Naruto Y Hinata en:

EL SECRETO DE NARUTO


Décimo Capítulo


Un Líder

La mañana estaba muy avanzada cuando Hinata se presentó en el gran salón para tomar el desayuno. Eran las consecuencias de no haber dormido apenas, después de pasarse la noche llorando. Su cabeza era un hervidero de ideas, de preocupaciones y de mala conciencia.

Se sentía mal por su madre; estaba preocupada por su salud y deseaba encontrarse de nuevo con ella cuanto antes. Pero esperaría. Le daría tiempo para reponerse mientras ella se acostumbraba a su nueva vida; si es que llegaba a conseguirlo, porque también se sentía mal por cómo se había comportado con Naruto.

Por haber respondido a su beso, dándole falsas esperanzas para después rechazarlo de aquel modo tan tajante. En cuanto el guerrero salió de la habitación, la culpa y el bochorno habían hecho presa en ella. Eso, y otro sentimiento que era igual de intenso y que era el causante de que ella no hubiera podido conciliar el sueño: su cuerpo recordaba los labios de Naruto y se alteraba. El corazón se le aceleraba, notaba la piel demasiado sensible y no encontraba ninguna postura cómoda en la cama. Solo había dormido una noche junto a él. ¿Cómo era posible que echara de menos su calor?

Con todo, el mayor de los problemas era que no sabía cómo resolver aquel conflicto.

Era cierto lo que le había dicho a Naruto. Cuando él se mostraba tan tierno, tan asequible, tan cercano, le recordaba demasiado a Menma. Y no creía que fuera justo para ninguno de los dos empezar una relación con la sombra de un fantasma interponiéndose entre ambos.

—Vaya, vaya... Veo que mi señora terminó muy agotada anoche y necesitaba dormir mucho —se burló Tenten al verla aparecer.

—No es lo que piensas —susurró Hinata. Se sentó en la gran mesa, donde ya no quedaba nadie para compartir el desayuno.

Su amiga se colocó a su lado, dispuesta a escucharla y a acompañarla mientras saciaba su apetito.

—¿Aún no habéis consumado el matrimonio? —Tenten fue al grano, alarmada por la irresponsabilidad de su joven señora.

—Shhh, no hables tan alto. No... no pude. Y él se marchó muy enfadado.

—Pues claro, Hinata. ¿Qué esperabas? Es un hombre muy viril y tu rechazo seguramente lo hiere en su orgullo. Yo que tú, no lo postergaría más. El nuevo laird tiene necesidades, y si tú no le procuras lo que una esposa debiera, lo buscará en otros rincones.

Aquella posibilidad la dejó helada. Apenas prestó atención a la bandeja con la comida que le trajeron desde las cocinas. Levantó los ojos hacia la criada y musitó un distraído "gracias".

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Tenten con el tono más suave, al ver la aflicción en su rostro.

—No, Tenten, por supuesto que no. Yo...

—¡Eh! ¿Qué haces ahí escuchando?

Las dos amigas se volvieron para ver que a sus espaldas, muy cerca de ellas, se encontraba la joven rubia que acompañaba a Toneri la noche anterior. Nessie, el ama de llaves de Hyuga Castle, la había sorprendido y ahora la miraba con los brazos en jarras, bastante furiosa.

—¡No estaba escuchando! Solo me acercaba a la mesa para tomar algo de desayuno —se defendió la rubia, sin dar muestra de estar avergonzada por su comportamiento.

—El desayuno se sirvió hace horas —rezongó el ama de llaves.

—¡A ella le acaban de traer una bandeja! —exclamó, señalando a Hinata.

Nessie se horrorizó por el comentario y su furia se acrecentó. Hinata pensó que aquella muchacha tenía muy poca sesera al enfrentarse de ese modo con el ama de llaves, puesto que su aspecto de por sí bastaba para intimidar a cualquiera. En su época de juventud, Nessie había sido muy amiga de su madre y, con el tiempo, se ganó el gobierno de Hyuga Castle por su buena disposición, sus dotes de mando y su capacidad de organización. Era una mujer muy robusta, de pelo rojo, aunque contaba ya con algunos mechones plateados en su espesa melena. Cuando se enfurecía, el cabello parecía volvérsele fuego y le daba una apariencia temible.

—¡Ella es la señora de esta casa! ¿Pero qué te has creído? —la reprendió con dureza.

Hinata estimó oportuno intervenir. Se puso de pie y se acercó, seguida por Tenten.

—¿Qué está pasando?

—Mi señora —Nessie bajó el tono para saludarla—. Qué alegría teneros de regreso. Lamento mucho no haber estado aquí para recibiros ayer, pero vuestro primo me dijo...

—Sí, ya lo sé —la cortó Hinata. Ya hablaría en privado con ella al respecto, no quería tratar el tema delante de la desconocida—. ¿Quién eres tú? —le preguntó a la rubia.

La joven apretó los labios, ofendida por el tono con el que se dirigían a ella.

—Mi nombre es Suiren. Soy una invitada de Toneri Õtsutsuki y tengo que decir que es lamentable el modo en que se me trata.

—¡Ja! —espetó Nessie, desdeñosa—. Se pone un vestido elegante y ya se cree toda una dama. ¿Quieres saber lo que eres? No eres más que una...

—¡Nessie! —Hinata la interrumpió antes de que dijese algo inadecuado.

—Disculpadme, señora. Es que no soporto ver según qué cosas, y que una mujer como ella se atreva a haceros de menos en vuestro propio hogar... No pienso consentirlo, por muy alto que vuestro primo se empeñe en colocarla.

—No tengo por qué soportar este trato.

—En efecto, no tienes por qué —respondió Hinata al resoplido de la joven rubia—. Así que, si no estás a gusto, te sugiero que busques otro lugar donde hospedarte.

El rostro de Suiren se puso lívido. Apretó los puños a ambos lados de su delgado cuerpo y se dio la vuelta para alejarse a toda prisa.

—Debisteis echarla de aquí a patadas —le recomendó Nessie—. Mucho me temo que no os traerá más que problemas.

Hinata suspiró. Coincidía con esa apreciación, pues había detectado algo muy turbio en los ojos marrones de aquella joven. Pero era la "invitada" de su primo y, por el momento, no deseaba más enfrentamientos. Bastantes problemas tenía ya encima.

Sus ojos se despegaron de la figura de la chica que se alejaba y se posaron sobre el fuego del hogar. Al hacerlo, se dio cuenta de que allí faltaba algo.

—¿Dónde está Trébol? —preguntó alarmada, al caer en la cuenta.

—Creo que el nuevo señor la llevó afuera —respondió Nessie con toda tranquilidad—. Por cierto, no os he dado la enhorabuena por vuestras nupcias, señora. Me alegro mucho de que al fin...

Pero el ama de llaves no pudo continuar. Hinata ya no la escuchaba. Se había precipitado hacia la salida, con el gesto espantado y una plegaria entre los labios que repetía una y otra vez.

—Dios mío, que no le haya hecho nada, Dios mío, por favor...

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Suiren se escabulló del salón, aunque su mente seguía dándole vueltas a lo que había escuchado. ¿La señora de Hyuga Castle no se había acostado aún con su esposo? Aquella, sin duda, era una información muy valiosa que pensaba guardarse para sí.

Podría haber acudido rápidamente a Toneri, puesto que el joven estaba deseando encontrar un punto débil donde atacar a Hinata MacHyuga, pero otra de las observaciones vertidas por la fiel dama de compañía de la señora frenó aquel impulso.

Tenten había dicho que el Uzumaki podría estar ya pensando en buscar en otros brazos lo que su esposa le negaba.

Suiren subió hasta la habitación que compartía con Toneri y se encerró allí a meditar, con una expresión concentrada en su bello rostro.

Lo cierto era que no encontraba del todo desagradable a su protector. De cabellos blancos alborotados y ojos azul claro, Toneri era en verdad bastante apuesto. Quizá algo enclenque, aunque ella ya se había prendado en el pasado de un muchacho que no tenía hechuras de hombre... y que luego resultó ser una mujer.

Compuso una mueca de odio al recordar aquel episodio.

La joven Ino Uzumaki, ahora la esposa del laird Campbell, se había reído de ella al fingir ser alguien que no era. Y también la había abofeteado delante de todo su clan... Había sentido tanto rencor contra ella que se alió con un traidor asesino para terminar con su vida.

Algo que no consiguió y que, por cierto, le costó el destierro obligado de su propio hogar para no sufrir las represalias.

Aún seguía odiando a Ino por todo lo que le había hecho. Y el destino le presentaba ahora en bandeja una oportunidad de resarcirse, al tiempo que ella encontraba un nuevo protector, más poderoso e infinitamente más atractivo y viril que Toneri. Seducir a Naruto Uzumaki sería un doble triunfo, porque ella habría logrado pasar de ser una sirvienta desterrada a ser una mujer poderosa dentro de aquellos muros.

Si lograba el interés y el afecto de aquel hombre, haría lo que fuese por ella, estaba convencida. Si había soportado los extraños hábitos sexuales de Toneri, estaba convencida de poder llevar a cabo cualquier fantasía que le rondara al Uzumaki por la cabeza. Sabía que a través de la lujuria se podía conquistar a un guerrero. Ya se le habían escapado otros antes que él, era consciente. Pero desde entonces había aprendido muchas cosas en las calles, obligada a rebajarse para conseguir algo de comida que llevarse a la boca, y allí en Hyuga Castle, a manos de su actual protector, que tenía mucha imaginación y muy pocos escrúpulos para conseguir su propio placer.

Sí, esta vez no pensaba dejar escapar la oportunidad.

Naruto Uzumaki terminaría comiendo de su mano, y saborearía la venganza imaginando la cara de Ino cuando se enterara de que su hermano había caído rendido a sus pies.

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El campo de entrenamiento se encontraba en la falda de la colina, a espaldas de Hyuga Castle. Era una zona extensa de verde hierba, sin árboles, con mucho espacio para que los hombres pudieran moverse con libertad. Hiashi MacHyuga había pasado allí bastante tiempo adiestrando a sus soldados, y Hinata suponía que Naruto habría acudido allí para pasar revista a las tropas que su padre había entrenado.

No quedaban muchos, de todas maneras. La guerra les había pasado factura y el ejército MacHyuga había mermado de forma considerable. Seguramente su nuevo esposo iba a necesitar incorporar más guerreros a sus filas... Aunque bien sabía ella que no iba a ser fácil. Los hombres en edad de combatir escaseaban por esas tierras. O eran muy viejos, o eran apenas muchachos imberbes.

La joven había llegado corriendo a lo alto de la loma, con el corazón en la garganta por miedo a que lo inevitable ya hubiese ocurrido. ¿Dónde estaba Trébol? Vio que los hombres habían formado pequeños grupos y combatían con las espadas entre sí. Al menos, los que llevaban los colores MacHyuga. Hinata se fijó en que eran observados y, posiblemente, evaluados por los soldados Uzumaki que habían acompañado a su esposo a su nuevo hogar.

Buscó a Naruto con la mirada y, cuando lo encontró, se le desencajó la mandíbula. ¡Trébol estaba con él, tan campante! La loba iba y venía a su alrededor mientras él vociferaba órdenes a los soldados. De vez en cuando, Naruto recogía una rama del suelo y la lanzaba lejos, y el animal corría tras ella hasta encontrarla y devolverla de nuevo a su dueño.

Hinata entrecerró los ojos.

Aquella imagen le resultó tan familiar que la paralizó en el sitio. Los mismos gestos, la misma manera de lanzar el palo, el mismo cariño cuando premiaba a la loba rascándole la cabeza.

"Sí, hasta que Trébol haga algo que lo enfurezca y él se tome la justicia por su mano", le recordó una vocecita en su mente. "Ahí radica la diferencia".

—Buenos días, querida prima.

La voz de Toneri, que parecía haber salido de la nada, la sobresaltó. Lo miró y se extrañó de no encontrarlo junto a sus hombres MacHyuga.

—Toneri, ¿por qué no estás con los demás? —le preguntó, sin andarse por las ramas.

—No me gusta que me rebajen.

Hinata no lo comprendió.

—¿Que te rebajen? ¿Qué quieres decir?

—Tu nuevo esposo cree que los Uzumaki son superiores a cualquier MacHyuga. Puedes verlo con tus propios ojos. Mientras nuestros hombres se dejan el alma en el entrenamiento, ellos se dedican a mirarlos y a darles órdenes, como si fueran chiquillos a los que deben formar. ¿Qué diría tu padre, Hinata? Sus guerreros, las tropas que lo acompañaron a la guerra, sometidos a la crítica cruel y soberbia de un laird que ni siquiera es uno de los nuestros.

Según hablaba, Hinata empezó a enfurecerse. A pesar de que no solía ser de la misma opinión que Toneri, al observar las prácticas de los soldados se dio cuenta de que en esa ocasión llevaba razón. ¿Acaso creía Naruto que los MacHyuga eran inferiores a los Uzumaki? Por supuesto que sí. Recordó el día de su llegada a Konohagakure, cuando le había reprochado que Tenten y ella hubieran viajado con una escolta de tan solo cuatro hombres. "¡Y además MacHyuga!", había dicho, con todo el desprecio del mundo.

Más enfadada de lo que había estado en mucho tiempo, bajó por la ladera con paso firme, dispuesta a pedirle explicaciones. No podía consentir el modo en que trataba a los MacHyuga; ellos eran su gente.

—¡Naruto!

El guerrero se giró y cuando comprobó quién lo reclamaba, frunció el ceño. Hinata se sorprendió al ver cómo su expresión, relajada unos segundos antes, se tornaba sombría al reconocerla. En eso no se parecía al hermano. La antipatía que Naruto sentía por ella era palpable en el ambiente desde siempre, y no había cambiado a pesar de estar casados.

"Olvidas que a lo mejor ahora sí tiene verdaderos motivos para estar molesto contigo", volvió a hablarle aquella vocecita en su cabeza que estaba empezando a detestar. "Es un marido frustrado, Hinata, ¿qué esperabas? Como bien dijo Tenten, lo has herido en su orgullo".

—Mi gentil esposa... ¿En qué puedo ayudarte? —le preguntó, con voz tirante.

—¿Qué significa esto?

—¿El qué?

Hinata hizo un gesto con la mano que abarcó a todos los hombres que entrenaban en la pradera.

—Se llama adiestramiento.

—¿Y solo se adiestran los MacHyuga? ¿Qué ocurre, los Uzumaki son tan duchos en el arte de la guerra que no tienen necesidad de practicar?

Naruto resopló ante esa queja. Se cruzó de brazos y miró a los soldados.

—No quiero ofender la memoria de tu padre, Hinata, así que no me hagas hablar de lo que opino acerca de las aptitudes de vuestros hombres.

—No quieres ofender, pero me ofendes —replicó ella, echando chispas por los ojos—. No tienes derecho a llegar aquí con tus colores y hacer de menos a los MacHyuga. Ellos han peleado tan duro como vosotros por Escocia y por nuestro rey. Merecen un poco más de cortesía por tu parte. Un buen líder no se impondría con estas tácticas, se ganaría el respeto y la confianza de sus soldados sin recurrir a la humillación.

La mirada azul de Naruto se oscureció peligrosamente tras la reprimenda. La situación empeoró, además, porque más de un soldado había escuchado las palabras alteradas de su señora, y detuvieron los combates simulados para prestar atención a lo que ocurría entre los esposos.

Hinata disimuló el temblor repentino que le causó el gesto fiero de Naruto. Tan grande, con esa expresión tan sombría, parecía capaz incluso de golpearla por su atrevimiento. ¡Ella, juzgando los métodos de todo un guerrero! Pero no se arrepentía. Si bien Naruto se había convertido en el nuevo laird del clan, no era un MacHyuga. Y solo una MacHyuga podía velar con total fidelidad por los intereses de su propia gente.

Su esposo no la golpeó. Ni se le acercó siquiera.

—Mi señora, no...

Naruto levantó una mano para silenciar al hombre que había hablado. Iroha, el lugarteniente del anterior laird, contemplaba a su señora con ojos espantados. Sin embargo, ante la orden del nuevo señor, cerró la boca y dejó que él manejara aquel delicado asunto.

Los ojos de Naruto no se apartaron del rostro encendido de Hinata. Habló por encima de su hombro, clavándole aquella mirada endemoniada que le encogía el corazón.

—Kiba, elige a tres soldados MacHyuga. Los que a ti te parezcan más fuertes.

—Sí, laird.

El soldado Uzumaki señaló a los más jóvenes y fornidos, que se adelantaron.

—Lee, te enfrentarás a ellos —Naruto apartó entonces los ojos de su esposa y se dirigió al grupo—. Emplearos a fondo, aunque no quiero heridas graves —les advirtió a todos.

Hinata se horrorizó con esa orden, pero mantuvo la boca cerrada. Observó cómo los tres MacHyuga tomaban posiciones alrededor de Lee y se preparaban, armados con espada y escudo, para enfrentarse con aquel oponente.

Para su asombro, el intercambio de golpes no duró mucho. La joven fue testigo de la enorme diferencia que había entre el Uzumaki y ellos. Sus envites eran potentes y equilibrados, golpeaba de manera estratégica y no malgastaba movimientos. Por su parte, los MacHyuga lanzaban sus espadas sin orden, cortando el aire la mayoría de las veces y desestabilizándose cuando Lee los esquivaba con gran habilidad.

Hinata no comprendía cómo Lee podía moverse con esa velocidad. En una abrir y cerrar de ojos, los tres soldados estaban tirados en el suelo, estratégicamente golpeados para dejarlos fuera de combate. Lee se irguió en toda su estatura cuando terminó con ellos y se volvió hacia su laird para esperar instrucciones.

—Gracias, Lee —Naruto no sonreía ni se mostraba satisfecho. Seguía estando muy, muy enfadado—. Ayudad a los caídos y retomad el entrenamiento, por favor. Tengo que hablar un momento a solas con mi esposa.

Nada más decirlo se volvió hacia ella y la tomó del brazo antes de que pudiera esquivarlo. La arrastró un trecho hasta alejarse lo suficiente como para que las tropas no escucharan lo que quería decirle y entonces la soltó.

—Tu gente está mal entrenada —siseó entre dientes por la ira que lo consumía—. Siento si eso te ofende, pero no ocultaré una verdad que puede costarle la vida a cualquiera de ellos solo para mantener el honor de vuestros colores. Esos hombres ahora también defienden mis propios colores. Los dos clanes se han unido, y mi deber es adiestrarlos lo mejor que sepa para que sean capaces de sobrevivir en un enfrentamiento y, también, para que puedan proteger a aquellos por los que luchan. Yo soy su laird ahora, te guste o no. Tal vez no lo sea durante mucho tiempo más, pero te prometo que mientras estos guerreros estén a mi cargo, aprenderán a pelear.

»No me importa si sienten que se les hace de menos, que los ofendo o que los humillo. Aprenderán. Porque sí que tengo todo el derecho a exigirles que den lo mejor de sí mismos, aunque no lo creas así. Al igual que tengo todo el derecho a reclamar otras cuestiones que ahora no vienen al caso... ―Naruto cogió aire antes de finalizar. Comprobó que Hinata había perdido el color de la cara ante su último comentario y añadió—: No lo haré, tranquila. Puedo ser un bárbaro en el campo de batalla, pero tú no eres uno de mis soldados, como bien me dijiste una vez. Jamás te obligaré a hacer nada que no desees. Y, por el mismo motivo, te ruego que no vuelvas a interferir tú en mis asuntos. No me obligues a cambiar mi forma de adiestrar a los hombres. Y nunca, jamás, vuelvas a poner en duda delante de ellos mi autoridad como jefe del clan.

Cuando terminó de hablar, Hinata sintió ganas de llorar como una niña pequeña. Se moría de vergüenza porque se dio cuenta de que había actuado sin pensar. El astuto Toneri había vuelto a hacer de las suyas, envenenándola contra su esposo. Y ella era más culpable si cabía que él, ya que no le había dado un voto de confianza a Naruto para demostrar que en verdad era todo un líder. Y lo era. Acababa de presenciarlo con sus propios ojos.

Naruto no se quedó a consolarla; se dio la vuelta y se alejó, perdiendo todo el interés en ella una vez que la puso en su sitio. Hinata lamentó que se marchara con tanta prisa, pues le hubiera gustado disculparse. Comprendió que él aún estaba muy enfadado y dolido, así que prefirió no forzar la situación.

Le pediría perdón, decidió, cuando estuviera más calmado. Reconocía que se había precipitado al juzgarlo, pero, si algo bueno tenía, era que sabía cuándo se había equivocado. No volvería a suceder, se prometió. Dejaría que Naruto actuara con los soldados como le pareciera, porque ahora había visto que era por su propio bien. Los MacHyuga por fin tendrían un ejército fuerte, acorde con el hombre que los lideraba.

"Eso, siempre y cuando Naruto continúe siendo tu esposo", habló de nuevo la voz de su conciencia. Hinata pateó el suelo, disgustada consigo misma. Odiaba esa vocecita, la detestaba con toda su alma.

Se dio la vuelta para abandonar el campo de entrenamiento y dejó atrás a los hombres. Pasó al lado de Toneri y se detuvo un momento.

—Deberías darle un voto de confianza. Naruto es un buen hombre.

—No es un MacHyuga —contestó su primo, cruzándose de brazos.

—Toneri, esta batalla no la podrás ganar. No vuelvas a tratar de ponerme en contra de mi esposo, porque no lo conseguirás. Cuanto antes asumas que ahora él es el nuevo laird, antes encontrarás tu propia felicidad.

Los ojos de su primo se entrecerraron al contestar.

—Aunque los hombres acaten sus órdenes, jamás lo aceptarán. Ninguno le jurará fidelidad, Hinata. De eso me ocuparé yo, te lo prometo.

Hinata apretó los dientes ante la tozudez egoísta de aquel familiar que le había caído en suerte.

—¿Por qué haces esto? Aunque Naruto no se hubiera casado conmigo, el rey no te hubiera elegido a ti, Toneri. No tienes posibilidades de llegar a ser jefe del clan, ¿no lo entiendes? Esto nos sobrepasa a los dos... a todos nosotros, en realidad. Estamos obligados por edicto real. No puedes hacer nada, igual que yo no pude oponerme cuando me enteré de que tenía que desposarme con un Uzumaki.

Toneri se acercó a ella. Se aproximó demasiado y la aferró del brazo para que no pudiera huir.

—Te casaste con él porque eres débil y muy poco inteligente ―siseó, muy cerca de su cara —. Si hubieses fingido, si le hubieras dicho a Indra que ya estabas comprometida conmigo, ahora sería yo el responsable de entrenar a nuestros hombres, y no un sucio Uzumaki.

Hinata se libró de su agarre de un tirón y dio un paso atrás. Nada más hacerlo, escucharon el gruñido de Trébol, que había llegado corriendo al rescate de su ama. Toneri palideció y se quedó muy quieto, sin dejar de observar al animal que lo amenazaba enseñando los dientes.

—No vuelvas a ponerme la mano encima, Toneri, jamás. No soy débil. Y hoy me alegro más que nunca de haber acatado sin protestar la orden de Indra. Gracias a nuestro rey, tenemos un laird fuerte y muy competente. Algo que, evidentemente, tú nunca serás.

Nada más decirlo, Hinata continuó su camino. Trébol la siguió, muy pegada a sus piernas, con el firme propósito de no dejar que aquel hombre volviera a tocar a su dueña.

Desde la distancia, alguien más se juraba a sí mismo que aquel individuo indeseable jamás volvería a acercarse a Hinata. Naruto había sido testigo del tenso momento entre los primos, y se había dado cuenta de la incomodidad de Hinata. Que Trébol además acudiera a su rescate no había hecho más que ratificar su impresión.

—¡Kiba! —llamó a uno de sus hombres de confianza—. Creo que el primo Toneri todavía no está familiarizado con nuestros horarios de entrenamiento. Llega tarde, y no me gusta que ninguno de mis soldados sea impuntual. Ve a buscarlo, quiero saber si su habilidad con la espada se equipara a la prepotencia que demuestra cada vez que abre la boca.

Kiba asintió y se encaminó hacia el estirado primo de la señora. Sonrió al imaginar la cara que iba a poner cuando se enterase de que el mismísimo laird quería cruzar la espada con él para probar su valía. A buen seguro, delante de Naruto Uzumaki no sería capaz de mostrar la altanería que había exhibido ante Hinata la noche anterior. Y pobre de él si lo intentaba siquiera.

Continuará...