Qué tal les va:
Uf, amigo. Meses han pasado. No tengo disculpa, lo sé. Todo cuanto puedo decir es que he estado peleando por terminar la universidad, lo que me ha mantenido recluido en mi habitación estudiando como un desquiciado y eso también ha afectado mi salud. El presente capítulo no sólo ha sido un esfuerzo de meses (para que se hagan una idea, si en mi estado de rutina normal podía escribir algunas páginas por día, ahora sólo puedo escribir unas líneas por día y con intervalos muy prolongados, así de esclavizado a la universidad estoy), sino también un desesperado intento por continuar la historia. He tenido que prescindir incluso de detalles que tendré que retomar con la debida posterioridad, pero quiero gritarle al mundo que sigo en pie y escribiendo, aunque todo me juegue en contra, en especial la responsabilidad académica. Porque con ustedes también tengo una responsabilidad y no quiero fallarles de ningún modo.
Debo decir también que los acontecimientos actuales han sido una bendición a nivel de regreso del grupo y planes futuros (The baddest me parece un temazo, espero con ansias el disco y el hecho de que profundizaran en el universo a través de cómic ha sido fantástico por los detalles dados), porque me ha permitido enncauzar la historia correctamente y saber cuán amplio es el margen de acción, así que a diferencia de otras veces, ya cuento con un terreno sólido sobre el que trabajar y si Dios quiere y todo sale bien, después no tendría que costarme tanto seguir.
Como siempre, quiero agradecer encarecidamente a quienes no han olvidado esta historia, yo nunca, nunca me olvido de ustedes, aunque me esté desangrando en el piso y mis apuntes. Especialmente agradecido estoy con WafleKouhai, la querida Chiara Polairix y Chess Steam. Aún quueda mucho por contar. Tal vez no demasiado, pero detenerse no es una opción.
La canción a la que hace referencia el título de este capítulo es el clásico del querido Elvis Presley.
Y sin nada más que agregar salvo que, por supuesto, esta propiedad intelectual no me pertenece, les doy la bienvenida a la lectura.
El número no figura en mi registro. Estoy obligado a memorizarlo y emplear un teléfono desechable. No dura más de cinco llamadas. La mayoría de los contactos son presenciales en puntos ciegos.
Si lo decido así, sería la última llamada antes de verme obligado a cambiar el equipo. Y considerando todo lo que ha pasado, es casi un milagro.
Diría que esto figura dentro de mis obligaciones, pero en última instancia le estoy dando la razón, sin quererlo, a Lucian y su maldita advertencia.
Penny tiene razón. Nadie con dos dedos de frente querría quedarse sentado tan campante en tanto un puñado de locos como Niebla Negra quiere tener tu cabeza o tus genitales como trofeo de una guerra que, según ellos, declaramos nosotros.
Ellos. Técnicamente no soy del Grupo Diamante. Más aún, no soy de Black Task. Pero eso no me distingue. El bando es de los que entorpecen el camino al premio mayor y en el mismo cabemos demasiados.
Y para los muchachos sigo siendo el ejemplo de lo que puede pasar. De lo que me he salvado porque una deidad en la que ya algunos empiezan a creer me ha considerado digno de su atención un par de veces. Una certeza muda de que la providencia, tal vez, no quiera hacer acto de presencia una tercera vez.
Por no mencionar el puñado de amenazas que se acumuló en la mesa de reunión y que vino a confirmar lo que todos ya aceptan. Estamos todos en un punto de mira y será difícil eludir el disparo.
A menos, claro, que se opte por ir a la caza del tirador. Mucho antes de que pueda siquiera jalar el gatillo.
Lucian, Cat, cualquiera debería saber. Esto está más allá de las lealtades. Por mucho que convenga o no a la Imperial. Si tienes los medios… si tienes la disposición… ¿Vas a esperar sentado?
Tampoco es que alguno de los chicos lo considerara con seriedad. No al menos antes de la reunión. De la situación en particular. Del plano completo del todo. Desde los lugares recorridos, la idea de aumentar el número de posibles blancos y ni qué decir de los ataques confirmados y lo poco que pudiéramos saber del modus operandi de un fantasma que se ha dejado ver a través de las amenazas y algunas muestras de daños físicos.
Creo que, al final, todos sospecharon que sería algo más que una mera reunión en cuanto el móvil desechable en altavoz crepitó en el centro de la mesa de la sala, dejando oír, del otro lado de la línea, la voz de un tipo al que todos ellos se referían simplemente como Fundador. El dueño de Black Task. Un tipo de tal grado en el escalafón de la firma que sólo el líder de un escuadrón puede contactarlo directamente. Un tipo con tal aire de importancia que sólo los líderes conocen su cara y los subordinados la leyenda y los rumores.
El mismo tipo que estuvo desde el principio hasta el final de esa reunión de logística en la que debía estar presente, según ellos, porque "los representaba a ellos ante la firma de algún modo". Por mucho que la postura casi sindicalista no pareciera coincidir con esa extraña forma de disciplina castrense, el sujeto no puso reparos más allá de mi presentación. Apenas si interrumpió un par de veces para solicitar precisiones y todo lo demás fue silencio de su parte mientras, entre Prince y Bird, desmenuzaban los detalles valiéndose de diapositivas, exposiciones y explicaciones que, básicamente, pretendían resumir lo jodidos que estábamos.
Una idea común que se manifestó con el colofón que ofrecí sin querer y en cuanto pidieron mi opinión:
–Les declaramos la guerra en cuanto no nos apartamos de en medio.
–Sugieres que…
–Las amenazas son el primer paso, ¿alguien lo ha puesto en duda?
–Si nos estamos apresurando… es decir, qué escándalo sería si nos…
–Nuestros nombres no van a aparecer incluso si nos diezman, es tan simple como que… si nos matan, sabrán que morimos intentando… intentando proteger a las muchachas.
–No tienes que seguirnos hasta el infierno, jefe.
–No los sigo, Penny, yo me hice mi propio camino el día en que me dejé apuñalar.
–Entonces…
–En tanto nos hallemos donde estamos… preocupémonos de ellas en la medida que sabrán usarlas como señuelo.
–Pero eso sigue siendo una posibilidad.
–Sigue siendo.
Y es que a nadie le hizo mucha gracia considerarlo.
Que ni siquiera intentaran llegar a ellas. Que decidieran saltarse el camino y saldar cuentas con cada uno directamente.
Miré a los chicos. ¿Cuántos de ellos habían atravesado algo parecido a Tierra Pura? ¿Serían novatos caídos en desgracia o veteranos desencantados del anterior sistema? El trabajo es el trabajo, los escuché decir. No creo que a ninguno le haga gracia entregar algo que no sea sólo el esfuerzo físico necesario y algunas horas sin dormir. La paga no vale tanto. Tienes más que sólo esto…
O eso he querido creer desde que los conocí.
Fue tras una larga pausa que la voz del Fundador nos arrancó de la abstracción:
–¿Penny?
Al aludido, por supuesto, no le tomó demasiado dar una respuesta que parecía llevar meditando lo suyo:
–No pretendo quedarme esperando mucho más y… si le soy sincero, señor, me importa tanto la integridad de esas chicas como le importaría a cualquiera a quien le encargan cuidar una tienda por un pago mensual, pero no voy a quedarme sentado mientras veo cómo estos locos creen que es divertido ponernos en su punto de mira.
Un largo suspiro desde el móvil me anunció que nada de lo que pudiera venir después sería la mejor alternativa y así parecieron entenderlo todos.
–Entiendo a lo que quieres llegar, Penny, pero…
–Creo que todos aquí somos plenamente conscientes de los riesgos y créame, señor, esto no se trata de revanchas ni competencias –suelo verlo serio, pero en ese segundo me costó creer lo nervioso que lucía–. No está en nuestros planes morir el día de mañana y… mucho menos así.
–El encargo es la prioridad, ¿lo recuerdas?
–Con todo respeto, señor… hoy por hoy, está claro que ahora mismo… nosotros nos hemos convertido en el encargo.
Todos dirigieron la mirada a las amenazas recibidas de parte de Niebla Negra que descasaban sobre la mesa, muy cerca del móvil. Fue ahí que volví a ver sus caras. Todos habían perdido el color. Incluso Bird parecía a punto de desvanecerse, salvándolo la silla. Así y todo, lograron recuperar la firmeza necesaria y darle una mirada de aprobación al superior inmediato.
No entendí el código ni falta que hizo, pues Fundador pareció considerar haber oído lo necesario.
–Siendo el caso… Grupo Diamante –exclamó el tipo desde su lado con súbita solemnidad–. Desde este momento, ustedes y las tropas a su cargo quedan afectos al Protocolo de Liberación en su Fase Cero con todas las autorizaciones pertinentes.
–¡Sí señor! –Rugieron todos los presentes, levantándose de golpe de sus asientos y adoptando la postura firme.
–Como Comandante les exijo la máxima discreción al momento de proceder, quedando a cargo de la maniobra el Mayor que responde a la clave Penny Lane.
–Sí señor –articuló Penny, a unos metros de la pared donde me hallaba apoyado.
–En caso de fracaso, oficialmente Black Task Enterprise se desligará por completo de cualquier antecedente que la ligue a la situación, quedando permanentemente eliminados de nuestros registros y siendo la responsabilidad exclusivamente vuestra.
–¡Sí señor!
–¿Quién de ustedes responde a la clave de Mariachi?
Aquello me desconcertó casi tanto como a uno que otro. Hacía lo suyo que no adoptaba esa posición y en vista de lo poco que entendía, no sabía cómo dirigirme al que se me antojaba lo más parecido a un fantasma que vería jamás.
–¿Señor?
–Normalmente Black Task no confía en agentes externos, pero Penny responde por usted, así que lo asumo digno de tal confianza.
–Señor…
–No podemos pedirle más de lo que ya ha dado, pero agradeceremos su colaboración dentro de los parámetros y su discreción a cambio de la retribución correspondiente y que será la justa dada las circunstancias, ¿podemos contar con usted?
¿Y qué habría pasado de negarme?
Los vi a todos tan seguros que la sola opción, por un segundo, me pareció lo más próximo a una decisión estrafalaria. Habiendo pasado ya por tanto y me atrevía a temer a las consecuencias que podría traer consigo una negativa…
Negarme, de cualquier modo, habría puesto los focos sobre mí. Asumiendo que saliera en una pieza tras creer que algo así pudiera ser una buena idea. Contrario a lo que ellos pudieran imaginar, también tenía nociones de discreción, sigilo y rastreo.
De otro modo, no me habrían invitado a participar en la reunión ni mucho menos me habría enterado del significado que encierra el Protocolo de Liberación en su Fase Cero.
El germen de una situación futura que está más allá de todas las previsiones.
Después de todo, la Imperial jamás ha necesitado de buenas razones para tener a Black Task entre ceja y ceja más allá de hacerles la competencia en un área que no admite el juego del libre mercado.
Así puestos, desde el primer día pesó más en la balanza Niebla Negra que Black Task. Sin embargo, ahora que han alcanzado la Fase Cero de su Protocolo, no estoy tan seguro de esa afirmación.
Y sí. Desde el principio he sabido que todo esto no es más que la suma de factores. Que al final del día, por mucho que confianza, lealtad, discreción y demás sean meras palabras, terminan teniendo un peso si lo que quieres es algo muy específico.
Por mucho que a las partes no les guste, todas están de acuerdo en lo mismo: La cabeza de Niebla Negra y el cabrón que pueda dirigirla se vería bien colgado sobre la chimenea.
El tema es ver si aquí pesa más una norma prohibitiva o quién se hace primero con el trofeo.
Tiene su gracia. Al final, todos quieren un premio. Y lo último que necesita nadie es otro baño de sangre como el Music Bank.
Bien mirado, tenemos todos los ingredientes dispuestos y cocinándose a fuego lento. Basta una llamada. Una sola llamada para que todo esto salte por los aires…
Pero… ¡Mierda! No tendría por qué importarme tanto. Black Task se parece demasiado a El Gremio. Y los dos se parecen demasiado a Los Hijos de la Promesa. Esos Hijos se parecen demasiado a Niebla Negra. Y al final, todos nos hundimos en la misma porquería. ¿Por qué tendría que importarme tanto que me considerarán digno de apestar de la misma forma?
¿Será que quiero creer, por un segundo, que el hedor que despiden esos militares sectarios me agrada más que mi propia hipocresía?
Al menos ellos tienen la posibilidad de hacer algo más. Porque incluso si me concentro en mi papel de empleado de Riot y por tanto, en representante de una de sus joyas de la corona…
La madre que me… que ni siquiera eso esté haciendo bien…
Han pasado cuatro días y estoy bastante seguro de que pueden pasar todas las semanas habidas en los calendarios presentes y futuros hasta el domingo sin ocaso y no podré sacarme de la cabeza nada de ese día en particular.
De hecho, si me concentro un poco, aún percibo su esencia adherida a mis manos.
Dios… ¿Qué tan horrible ha sonado eso último?
Pero lo cierto es que no puedo dormir desde entonces. Ni ella me lo habría permitido de haber dispuesto de más tiempo. Aún me duele todo el cuerpo y creo que puedo imaginar los trazos que me adornan la espalda. Tengo suerte de no tener marcas en el rostro y de haber tenido días lo bastante ocupados y lejos de ella y las demás como para terminar de disimular la flagrante violación de una de las reglas de la naturaleza de mi contrato.
A menos que sí existía la bendita cláusula que prohíba las relaciones en…
Y desde entonces, claro, ningún mensaje suyo. Podría enviarle uno yo, pero… la verdad es que no tengo ni idea de cómo proceder en este caso. Antes de los disparos bien que pude crear la situación para que esa maldita loca diera la orden, pero ahora…
Ahora la extraño como un estúpido y no sé qué hacer.
Porque tengo miedo de que se note en mi cara si me ven. Tal vez no se note demasiado en la suya, pero siento que todo mi cuerpo grita que, en algún segundo, a ella le importó tres carajos que fuera el idiota más grande en este país y sin saber ni la mitad…
Dios santo. Estoy metido hasta las cejas en algo que complica todos los flancos. Y lo peor de todo es que no me arrepiento. Por mucho que no tenga idea de qué viene después… o cómo sostener…
Golpean la puerta. Dos veces antes de que pueda autorizar la entrada.
No creo que sea la primera vez que la veo cruzar un umbral, así que no sé explicar qué me aturde tanto.
Tal vez sea esa mueca seria que no puede presagiar nada bueno. Lo peor de todo es que creo tener una vaga idea de lo que pueda explicar su estado de ánimo y así y todo, no tengo ni la más remota idea de qué hacer conmigo mismo.
No lleva las trenzas, pero sí los moños. No lleva plataformas, sólo ropa deportiva, la sudadera amarrada a la cintura y el abdomen al descubierto. No ha pasado por las duchas. Imagino qué estaba haciendo. Casi puedo ver el aire que escapa de su boca condensarse a causa del cambio de temperatura. De pronto, todo lo invade El Vacío y ante su mirada y su ceño, casi me siento desamparado.
–K… Kai'Sa, qué…
–Cuatro días, Jojo, cuatro días –bien, canijo, qué mejor que ir al grano–. ¿A eso le llamas un tiempo prudencial?
–Nada ha sido muy prudente, Kai'Sa.
–No me cambies de tema.
–Es el mismo tema –trago saliva y me obligo a levantarme de mi asiento–. Qué… ¿Qué haces aquí?
–Ah no sé, tal vez me ofrecí a buscar a mi novio antes que mis amigas porque parece ser la única forma de comunicarnos, el trabajo, ¿no te parece?
De pronto, me falta el aire, las fuerzas y todos sus sinónimos.
No es como que habláramos de nuestra situación tras… tras todo lo que pasó. De hecho, se podría considerar un milagro que pudiéramos intercambiar algunas ideas coherentes mientras yo tenía la cabeza enterrada entre sus…
Desde luego que… todo eso… es decir… cada maldito segundo vivido con ella y cada palabra dicha…
Pero tan siquiera imaginar que para ella tendría tal trascendencia el hecho en sí…
–Podrías…. El móvil…
–Tú también habrías podido en todos estos días y ahora… ¿En serio creíste que perdería la oportunidad de un poco de intimidad?
–Hay… mejores formas de mostrarme tu enojo.
Porque está furiosa. No necesito de mayor formación para entenderlo. Y lo peor de todo es que parece disfrutar de mi estado.
–Vas a necesitar hacer mucho más que la última vez para compensarme por esto, Mariachi.
–Más… ¿Cómo qué?
–¿En serio tengo que decirte qué hacer?
No. Eso sería humillante. Más de lo que ya es y parece entenderlo. Así y todo, me obligo a rodear el escritorio, apoyarme en él frente a ella y sacar de alguna parte lo que sé que he sido en ciertos momentos de esta locura.
–Se… se supone que… yo tendría que pedirte que seas…
–Te esperé demasiado, me hiciste pasar por estupideces imperdonables, ¿en serio crees que me queda paciencia para esperar a que reúnas el valor para encontrar las palabras? –Creería ese mal humor si no fuera por el escandaloso rubor que la traiciona–. Agradece que no te lancé mi bolso de deporte, lo consideré antes de venir hasta acá.
Echo una mirada a todos los ángulos al momento en que ella voltea hacia la puerta. Tengo unos segundos para confirmar que no hay cámaras de vigilancia en este verdadero cubículo. E incluso de haberlas, no creo que me detenga a estas alturas.
Supongo que esto se puede sumar a la enorme lista de estupideces que he hecho en los últimos días y que viene a alterar mi precario equilibrio sobre una zona desmilitarizada en la que cualquier paso podría hacerme volar por los aires.
Pero si debo hacer una maldita excepción… de acuerdo, no es como que sea la primera vez, pero si me detengo a contar las veces en que he tenido voz y voto… si quiero recordar más adelante un instante por surgir de mi convicción, que sea ahora mismo. Que sea ella. Porque necesito que sepa de un golpe que la he extrañado de formas que no creí posibles tratándose de añorar.
Es como hace unos días. En que pensé en mis padres. En mi niña. Pensé en cuchillos, balas y pulmones. En Niebla Negra. En Black Task. En K/DA. En el Sargento Lee… a veces lo extraño… en la doctora Seo, en la jodida Teniente Yi. En el maldito de Wukong Rey Mono. Pensé en Lucian, Cat, Vi y tantos otros que creen tener mayor derecho sobre mis acciones de lo que dicta una situación convencional.
Acepté estar donde estoy. Porque así lo quise. Porque lo necesitaba. Porque no necesitaban a otro o no me lo habrían exigido. Y así como lo he necesitado, me he callado. Y así como otros han hecho conmigo como han querido, quiero poder decir ahora qué es lo que quiero. Por mucho que todo esto signifique un riesgo, a todas luces, innecesario.
Y quienquiera que lo haya decidido, no fui yo. Porque ahora sé qué necesito y en el nombre de otros me lo he guardado demasiado.
Apenas si alcanzo a agarrarla de un brazo y voltearla. Apenas si tengo el segundo que necesito para callar sus protestas en mi esfuerzo por recordar a qué sabe su boca. Es el mismo sabor fresco que no sé definir. Aferrarse a su cintura parcialmente desnuda encierra el mismo sentir que lo que me parece una eternidad atrás. Y sí, claro que me duelen los golpes que me da en el pecho, pero el agarre le termina de dar a entender que me importa más no soltarla que cualquier dolor que pueda invocar. Se me termina de confirmar cuando se aferra a mi cuello con ambos brazos al tiempo que abre su boca y sé, ahora mismo, que puede caerse el mundo detrás de esa puerta y yo no me daré por enterado en tanto tenga la certeza de que ella no se apartará de mí.
Dios santo… ella es tan real…
Aquí no hay demasiado aire. Es eso o nosotros hemos ido demasiado rápido. Con todo, no despegamos nuestras frentes ni quiero perderme un solo detalle de su expresión arrobada ni el orgullo que me produce saber que tengo la culpa de la misma o del estado de sus labios.
–Sé mi novia, Kai.
No sé de dónde ha salido eso ni si tiene demasiado sentido. No alcanzo a sentir del todo que he terminado de cavar mi propia tumba con una pala y mis desmedidos impulsos A ella parece tomarle un par de segundos procesar lo que acabo de decir antes de ocultar su cara en mi hombro, sin hacer amago de soltarme.
–De… de todas las formas de pedirlo… ¿No se te ocurrió otra mejor?
–Pensé en… ya sabes, un perímetro de seguridad… apartados de los paparazis… una… una cena o un almuerzo… preguntarte por tu restaurante favorito tras… tras una o dos semanas de espera…
–¿Y? ¿Qué pasó con eso?
–Pasó que entraste por mi puerta y cualquier espera me pareció excesiva.
Percibo cierto temblor a través de las palmas. No sé si es una risita contenida o un sollozo mal disimulado. No estoy seguro de que me guste alguna de ellas.
–Bien que aguantaste cuatro días.
–Tú tampoco lo hiciste nada mal.
–¿Tendré que acostumbrarme a eso?
–¿Eso es un sí?
Antes de que pueda cuestionar algo más, tengo el rostro entre sus manos y sus labios violentamente estrellados en los míos, forzando la diferencia de altura más allá de los límites de la incomodidad y mi propio nirvana fuera de las enseñanzas del Buda.
Apenas si alcanzo a entender que me ha empujado y desde la puerta, me sonríe con el mismo salvajismo que atesoro en estas últimas noches en vela.
–Vas a ser tú el que se acostumbre.
No hay demasiado espacio para el eco, pero se encarga de prevalecer. Y aunque la puerta esté cerrada, ella sigue frente a mí. O su sombra. O los pequeños detalles a los que me aferro en espera de retenerla un poco más. Por mucho que ahora sea el escritorio el que me sostenga y me permita tener conciencia de la magna tontería en la que me he metido de cabeza y por mi propio pie.
No sé si estoy jugando con fuego o jenga sobre gelatina. Tendría que arrancarme el cabello con las manos y no dudo que lo haré más tarde. Pero ahora eso no puede importarme menos.
Es la primera vez en mucho, mucho tiempo que siento que todo esto sí vale la pena de algún modo.
Y lo tengo que decir en voz alta:
–Entonces… es un sí.
Es la primera vez que agradece una reunión. Incluso sin que exista un encabezado en la pizarra, sabe de qué tratará y la perspectiva no puede aliviarla más.
Todo ha sido demasiado. Estos últimos días han sido un exceso. No puede seguir de este modo y lo sabe bien. Ni ella ni ninguna de las chicas. Por supuesto que tiene todo que ver los últimos incidentes, pero de ahí a tan siquiera imaginar que se vería obligada a profundizar en ellos un poco más…
Lo admite. Tiene miedo. Y miedo es lo último que cualquiera, con dos dedos de frente, necesita. No importa a lo que se dedique.
Es cierto que ahora se puede explicar muchas cosas, incluso desde un poco antes de la infame noche del ataque en la disco, pero… bueno, ¿quién necesita tener una explicación para despertar un día con la garganta rebanada? Difícilmente la perspectiva le ayudará a descansar en paz. Asumiendo, claro, que exista algo más allá que espere su llegada.
Y Ahri lo último que necesita ahora es un consuelo que vaya más allá de lo terreno y que, en su cabeza, se reduce a una mera expectativa.
Incluso Eve, siempre tan temeraria, no parece tan dispuesta como antes a desafiar las expectativas y más ahora que saben que se les han metido entre ceja y ceja a un puñado de locos fuertemente armados y cerebros bien lavados, la peor clase de pirado, sin lugar a dudas.
Después de todo, no es como que no puedan defenderse solas, pero una cosa es arremeter uno contra uno y otra, diametralmente opuesta, es asumir que pueden verse en la circunstancia de hacer frente a un ejército cuya disciplina nace de lo peor que pueda albergar el ser humano.
Al fin y al cabo, no es como que Niebla Negra necesite mayor presentación.
Así que esta reunión viene a ser un bálsamo, por mucho que venga a oficiarla…
Bueno, no es como que su presencia suponga un incordio en sí, por mucho que Ahri aún no encuentre el valor para mirarlo a la cara tras desmayarse el desgraciado en sus brazos porque no fue capaz de mantener la dureza que merecía su imagen ante el abrasador alivio de saberlo vivo a pesar de tres disparos de tal potencia que el chaleco no quitó que se llevaran un pulmón por delante.
De hecho, ahora que sabe lo que sabe, ni siquiera puede afirmar que se sienta furiosa con él.
Más bien consigo misma. Por necesitar, ante todo, que él esté presente para impedir que sufra algún daño.
No debiera ser así. Personas como él deberían ser protegidas por cualquiera de ellas, ¿no es así como funciona la cadena de especies?
En cambio él… ofreciendo carne y sangre…
No, piensa Ahri, acomodándose en su asiento. Lo último que necesita es que la imagen que no ha podido sacarse de la cabeza en días, de pronto, adquiera ribetes cuasi divinos.
Pero a quién carajos quiere engañar… en verdad la perspectiva del reencuentro la mantiene en estado de permanente alerta. Asume que Eve no ha hecho mayor comentario al respecto porque, a su modo, experimenta lo mismo y Kai'Sa, siempre tan discreta, no romperá hoy con esa tradición, por mucho que su semblante hable de un estado de relajo que resulta del todo extraño tratándose de la exigente bailarina. Akali, por su parte, brilla por su ausencia, pero no es novedad un elegante retraso tratándose de ellas.
Mejor, piensa la cantante. Más presión a la olla volvería el conjunto intolerable. Saturaría sus fosas nasales y el mareo volvería cualquier encuentro un suplicio mayor del que potencialmente podría ser.
Y es que incluso faltando un par de asistentes, se percibe la alteración en el ambiente.
No tiene mayor ciencia. Tampoco es algo que hable a menudo. Es simple. Todos tenemos un olor característico. Ciertas especies están llamadas a detectarlos y guardar para sí la característica que los distingue. Y no es que Ahri viva pendiente de la esencia de cada quien, pero de un tiempo a esta parte, las mismas parecen definir la situación misma.
Por ejemplo está Eve. La misma que, cuando Twisted o Tresh formaban parte de su rutina en momentos diferentes de la misma, estaba por sobre la esencia disimulada del azufre y las violetas mezcladas con el toque que recuerda un buen vino tinto, el de la mejor calidad. Entonces todo eso se mezclaba con un extraño dulzor y algo muy parecido a la sangre y podía durar días y días.
Y la pequeña Akali, por su parte, que de pequeña apenas si tiene los números si se ponen en perspectiva. La misma que trae consigo la estela del acero y el polvo, la tierra húmeda a veces. Que en los aciagos tiempos de Kayn llegó a verse mezclada con el humo de hojas quemadas sin ella saberlo
Todos tienen su firma, algunos más evidentes que otros. Independiente de sus esfuerzos por pasar desapercibidos. No es que vaya tras ellos. Es tan simple como que está ahí a la espera de ser identificado.
Por eso lo curioso no es que la esencia de Kai'Sa, quien acaba de llegar, haya cambiado. Es que parece no ser la única que lo ha percibido.
Tampoco es que Kai dé mayores señales de haber alterado su rutina. Sigue siendo tan exigente como siempre, incluso en las labores cotidianas. Puede que sí se esmere un poquito más en detalles inusuales, como la carga del móvil o su propia puntualidad en los compromisos, pero vamos, no son tantos los días así, no puede definir la rutina eterna.
Además, sigue siendo mejor pensar en la esencia que la puede rodear. La mantiene ocupada cuando el compromiso no es suficiente. Su mente trabaja identificando los factores. Se pierde más allá del alcance de la realidad.
Se podría decir que incluso pierde de vista la memoria inmediata que...
–Pensarán que lamento la demora, señoritas, pero lo cierto es que ha valido cada maldito segundo.
Como si la exclamación no fuera suficiente para sobresaltarlas, el portazo termina por confirmar la impresión al tiempo que la delgada sombra camina a paso rápido hacia la punta de la mesa, frente a la pizarra con la agilidad que nadie atribuiría a un reciente herido de bala.
De hecho, nada en su semblante se parece al Jong Ki que se desmayara en sus brazos.
Ha perdido parte de la palidez que parecía caracterizarle en el último tiempo e incluso frente a ellas, cosa inusual, puede mantener el buen humor haciendo el mínimo esfuerzo. Ni siquiera parece que lo haga de forma consciente.
E incluso la esencia que lo rodea ha cambiado. Y es que algo altera el natural equilibrio entre pólvora y café, pero no atina a identificar qué…
–Imagino que ya tienen la cabeza puesta en lo que harán tras terminar con este incordio, así que descui
den, seré breve.
Fiel a su promesa, garabatea un par de líneas generales sobre la pizarra con las que no parece conforme, de manera que las borra con la palma de la mano y las vuelve a trazar, ya algo más tranquilo.
–Nadie que te viera pensaría que tienes problemas respiratorios, cariño.
En boca de Evelynn, lejos de sonar ofensivas o burlescas, tales palabras parecen portar una curiosa mezcla que fluctúa entre la ironía, la genuina preocupación y una dosis no menor de coquetería. De hecho, el último ingrediente destaca lo suficiente para enviar una fría corriente a través de los brazos de Ahri. Porque en otras circunstancias toleraría… qué dice, siempre ha tolerado la naturaleza descarada de su compañera, pero siente que hoy no es la ocasión.
Tal vez nunca lo sea, ya puestos…
El ambiente, sin embargo, se torna un poco más tolerable en cuanto el representante deja escapar una breve risa.
–Actúo dentro de mis posibilidades, señorita, pero descuide, mi salud se verá fortalecida con mi nueva rutina de acondicionamiento físico.
Kai'Sa hace eco de la breve risa, al tiempo que aparta la mirada de la pizarra. Incluso sin ver, mantiene la sonrisa. Cualquiera de las muchachas diría incluso que, en el último tiempo, no la han visto de tan buen humor como ahora.
–Bien, quedamos entonces…
–Jojo… ¿No crees que deberíamos esperar a Akali? Ella…
–La pondrán ustedes al tanto, no creo que esto le suponga una novedad además.
Lleva buena parte de razón. En letras grandes, en un lado del panel, se ve con letras mayúsculas "TRUE DAMAGE". Se ha dicho que es el nombre clave del nuevo proyecto de la menor del grupo, pero algo le dice a Ahri que, en realidad, se trata del nombre definitivo. A esto le siguen una serie de actividades que parecen abarcar diferentes etapas de un espacio en blanco del calendario hasta el año siguiente.
–Según el cálculo, para las fechas establecidas debiera ser posible retomar las actividades como grupo, si existe la posibilidad de que esto se alargue, tal vez los altos mandos quieran discutir con ustedes la posibilidad de prórroga o la hipotética discusión en torno a las cláusulas contractuales.
–¿Qué harás mientras tanto, Jojo? –Kai'Sa, claramente risueña, le suelta la pregunta al representante, quien se apoya en la pared más cercana mientras aparenta pensar una respuesta.
–Por mí no se preocupe, aquí dentro no me faltará quehacer, pero si quiere darme una idea… tal vez quiera escucharla.
Tanto Ahri como Eve contemplan el breve diálogo con una ceja alzada. Después de todo, ambas conocen mejor que nadie la clase de juego que intenta jugar la bailarina principal del grupo. En parte porque ellas mismas se han divertido adoptando esa postura cuando ha hecho falta. En parte porque la misma Kai'Sa no es como que destaque por emplear dichas tácticas, de manera que la falta de experiencia casi puede olerse.
En parte porque el objetivo es Jojo. El mismo que ha sido blanco en otras circunstancias. El mismo que ha respondido con sequedad, frialdad, incluso ironía y fastidio.
El mismo que, ahora, le devuelve una sutil sonrisa a la bailarina.
Esto tiene que ser una broma.
El pensamiento invade la mente de Evelynn con tal violencia que no puede hacer nada para ponerle atajo. Ni siquiera le sorprende que su cabeza llegara hasta ese extremo. Es tan simple como que la perplejidad se ha llevado una considerable parte de su frialdad.
Y mientras el representante se toma su tiempo para resumir las cláusulas contractuales referentes a las pausas y las agendas separadas, la demonia no puede evitar centrar la mirada en su compañera bailarina, acaso con el propósito de confirmar o refutar (preferentemente esta última) la impresión que ha incubado sin quererlo.
La misma que la lleva a reparar en el relajo de la bailarina. Un relajo impropio de ella mientras le describen, a grandes rasgos, la agenda separada que ella misma ha presentado.
Aunque vista en mayor detalle, la expresión de Kai'Sa dista del convencional relajo.
En realidad eso se parece demasiado al…
Al arrobo.
En Kai'Sa. La misma exigente bailarina que tuvo ese encontrón con el mismo representante que le ha devuelto la sonrisa. La misma que tampoco lo recibió del mejor modo ni mucho menos se ha guardado ciertas críticas referentes a su actitud. La misma que, en el último tiempo, también ha fungido como mediadora entre él y el resto de las chicas porque todas parecen demasiado molestas para perdonarle algo en lo que no ha tenido demasiada culpa que digamos, porque sí la ha tenido, pero no tanto. No se le exime en su totalidad.
Así que no es una sorpresa que el desgraciado se lleve mejor con ella que con cualquiera de las chicas. Sin ir más lejos, es un secreto a voces que Akali lo odia lo suficiente como para compensar la falta de desprecio de parte del grupo, pero de ahí a imaginar que entre esos dos pueda existir una descarada complicidad que bien podría ser…
–Ten cuidado, Bokkie, no vayas a terminar comiéndote a Jojo con esa mirada…
Más que creerlo, la irónica puya de Evelynn persigue un objetivo muy claro. Una reacción. Sólo una reacción necesita para terminar de convencerse de que las palabras siguen siendo el límite establecido entre esos dos.
Sin embargo, no cuenta con que el representante no deje de mirar la pizarra mientras Kai'Sa apenas si desvía la mirada lo necesario para enfocarse en la demonia. Por supuesto que le ha arrancado un sonrojo, pero ahora mismo prima la sonrisa desvergonzada de la bailarina mientras articula una palabra, una sola palabra, sin producir sonido:
¿Celosa?
Mierda.
Por fortuna, la mano de Evelynn descansa sobre su rodilla debajo de la mesa. De otro modo, todos verían su puño apretado, tenso.
Está claro que la bailarina intenta ser graciosa, pero tal es su estado de ánimo que permanece ajena al hecho de que la broma de la que se ha valido para contraatacar, lejos de relajar el ambiente, sólo ha contribuido a condensarlo más.
Y es que la diabólica diva no necesita más para sacar algunas conclusiones que no le resultan nada de agradables.
Pero cómo puede ser…
La sangre le hierve. Su lengua se ha convertido en una fiera y reclama su lugar. No hay nada que desee más que abrir la caja de pirotecnia y armar un escándalo que…
–Vaya, ¿qué es esto? Espero no haberme perdido de mucho.
Aunque saben quién acaba de llegar sin mucha discreción, las chicas presentes voltean más por reflejo, más por costumbre.
Tienen que aceptar, con algo de vergüenza, que les resulta difícil reconocerla de buenas a primeras. Pero cuando lo hacen, les resulta imposible disimular su asombro.
Es innegable. El estilo platinado le queda malditamente bien a la joven ninja. No es que alguna de ellas no lo pensara antes, es sólo que… probablemente todas estuvieran demasiado ocupadas recordando su avasallador talento musical al punto de dejar de lado, sin querer, algunos aspectos no menores.
Como el hecho de que Akali siempre ha sabido esconder, debajo de una imagen relajada, casual y un tanto rebelde, un grado de belleza que parece rivalizar tranquilamente con cualquiera de sus compañeras.
Y no es que el maquillaje le resulte ajeno, piensa Ahri, pero una cosa es emplearlo porque… porque carajo, nadie que trabaje en ese ambiente puede preciarse de ir por cualquier escenario sin a lo menos una pizca de lo que haga falta, al menos una capa que pueda cubrir los defectos que no son visibles a simple vista, pero que se ven amplificados a causa de las luces, las cámaras y sus ángulos.
Y por supuesto que Akali no es la excepción a esa regla, pero una cosa es hacer uso de apenas la sutileza necesaria que deja intacta tu belleza natural y otra muy distinta es valerte de la cantidad justa para no parecer una exageración y que te haga el favor de amplificar tus virtudes.
Eso sumado a la tenida que no olvida su estilo urbano, pero que da buena cuenta de la figura que oculta la mayor parte del tiempo...
Dios...
Y nada más sale de la mente de la demonia al verla ahí, junto a la puerta. Ahri no parece ni de lejos mucho mejor y Kai'Sa parece haber perdido la confianza con que bromeara hasta hace unos segundos. De hecho, da la impresión de estar a punto de ahogarse con el aire que respira. Y el cuadro resultaría casi divertido de no ser porque refleja, en buena medida, el sentir de las demás.
Porque en qué momento la pequeña ninja se convirtió en… en…
–No se perdió de casi nada, se habría dormido a los cinco minutos de empezar de todos modos.
Y sólo reparan en la expresión de su cara cuando ésta se diluye tras las palabras del representante.
No es como que haya pasado demasiado entre que llegó y la respuesta a su pregunta. De hecho, lo más probable es que todos esos pensamientos en sus cabezas no fueran más que marañas confusas mientras Mariachi no dejaba de escribir o de mirar la pizarra, siempre pensando en lo que pudiera estar dejando en el tintero.
Así que no. Ni siquiera ha vacilado en voltear tras oírla llegar y menos aún ha tardado en responder. Y esto no supondría ningún problema si no fuera porque la expresión de Mariachi ha variado también.
Él, el siempre sonriente al punto de la exasperación, tiene enormes dificultades para disimular su franco fastidio.
Y a Ahri no es que le sorprenda. De hecho, es de conocimiento público dentro de Riot Entertainment Studios que la ninja no ha sido lo que se dice agradable con Mariachi, casi criminalizándolo por el solo hecho de desempeñar sus obligaciones. Y no es como que alguna de ellas se mostrara mejor en un comienzo o en el último tiempo, pero al menos creen poder afirmar haberse mantenido en una línea constante.
Con Akali, en cambio, todo ha sido una debacle y mucho se teme Ahri que aquello terminó de confirmarse la noche en que Mariachi tuvo que echarle una mano a la ninja en el hospital, con todo lo que eso significa tratándose de alguien de su alcance dentro del ambiente.
Todo para intentar establecer el momento en que Jo Jong Ki decidió dejar de intentar disimular su verdadero sentir.
Algo que bien podría aparcar ahora que ha vuelto a sobrevivir a un atentado y más considerando el rotundo cambio de la muchacha y la indisimulada sonrisa confiada con la que hiciera su aparición, clavando la mirada en él, o en su espalda, desde que abriera la puerta.
Es decir… vamos, no es que le haga mayor gracia reconocerlo en este momento. Quizás en un mejor escenario sí, pero ahora… ahora los hechos son los hechos y la pura y santa verdad es que tendrías que ser de piedra o faltarte algunos órganos vitales para no quedar sin aliento ante una Akali que parece robarse la luz del entorno, haciendo palidecer la sala.
Así que Evelynn tiene dos opciones en mente: O al tipo se le ha atrofiado algo con los balazos o algo de mayor envergadura e intensidad se alberga en su interior y ha bastado para aplastar lo que dicta la lógica de la primera impresión:
Que Akali, la rapera de K/DA y miembro fundadora del proyecto True Damage, está francamente deslumbrante.
Y a Jo Jong Ki, Mariachi o Jojo aquello parece importarle tanto como que el que pasto, el día de hoy, creció más que ayer.
–Al menos… podrías resumirme lo que llevan hasta ahora, ¿no?
Y lo peor no es que Akali parezca notarlo. Es que a duras penas se ve capaz de disimular que esa estoica postura reflejada en la respuesta a su pregunta inicial le afecta. Ahri lo nota. Es apenas un instante en que su sonrisa no sólo ha decaído, ha parecido temblar. Todo mientras algo en sus ojos parece apagarse.
–Imagino que tiene el móvil para algo más que tontear, ¿verdad?
Evelynn no quiere reconocerlo, pero ahora que Jojo se ha liberado de las cadenas del disimulo cortés, guarda una extraordinaria semejanza con el maestro más cabrón que recuerda haber tenido en la más tierna infancia. Incluso las cejas alzadas le traen de vuelta la imagen de ese frío desgraciado.
–De qué estás…
–Todas recibieron el mismo mensaje indicando la misma hora, ¿no es así?
–Pues… sí, pero…
–Si incluso sabiéndolo no ha podido postergar la sesión con los estilistas, no es mi asunto, como tampoco creo que alguna de sus compañeras quiera oírme repetir todo desde el comienzo…
–Jojo –suelta Evelynn, sorprendida de que la percepción de que algo parezca romperse en lo profundo de la ninja recién llegada le pueda afectar tanto–. La verdad… no creo que haya problema en que lo repitas.
–Intente respirar con un pulmón mientras expone y me cuenta cómo le va –replica el representante, antes de volver a la joven ninja–. Haga lo que quiera, pero no nos engañemos, a esta hora usted ya estaría roncando, así que no finja que ahora habría sido diferente.
Lo peor no es cómo lo dice. Lo peor es que es cierto. A ninguna se le olvida cada reunión en la que la ninja hiciera exactamente eso. Las veces en que daba la impresión de que al representante no le importaba tales desaires, pareciendo incluso que se los tomaba con humor y no que simplemente se hallaba, por entonces, bastante lejos todavía del límite de ira acumulada.
Y todo alcanza nuevos ribetes cuando la ninja se sienta junto a la demonia, del otro lado de la mesa y frente a Ahri y una tensa Kai'Sa que ha seguido el diálogo con el aire contenido entre el pecho y la boca o al menos eso parece decir su palidez y su mandíbula apretada, misma que se relaja en cuanto la recién llegada toma asiento con pesadez y apoya las manos en las rodillas.
Por supuesto que Evelynn puede verlo todo. Incluyendo el temblor de los dedos que intenta esconder apretando los huesos de las piernas.
Y es extraño. No puede decir que termine de sentir lástima por su compañera y amiga. Que haya acabado ese intercambio casi la alivia. Y no es algo que haría en circunstancias normales, pero incluso ahora, quiéralo o no, a su mente vienen recuerdos relacionados con un miserable innombrable al que, por alguna razón, no puede evitar relacionar con todo esto.
Y mientras el representante termina los puntos legales y liquida lo práctico, la demonia, por debajo de la mesa, acaricia brevemente el dorso de una de las manos de la ninja. Ella parece crisparse ante el tacto, cuan gato rabioso, pero no se mueve de su posición.
En realidad, parece costarle toda su fuerza mantener el tipo en esa silla.
Akali se sorprende tragando saliva ante lo que parece ser el compás final del momento.
–Se asume que del periodo de pausa volverán con ideas frescas, así que no dejen de perseguirlas, todos quieren ser sorprendidos.
Si debe ser sincera, no recuerda cuándo fue la última vez que tragara de esa forma. Tampoco es como que nadie lleve la cuenta de tales cosas, pero seamos honestos. Cualquiera podría relacionarlo con un instante clave. Un momento en particular que parece determinado por la inminencia de una embestida colosal.
Si debe ser del todo sincera, todo esto le parece absurdo. No sólo la situación, también su sentir. La masa amorfa de sus emociones, de pronto, ha decidido adquirir nitidez, consistencia e incluso una identidad legible. Todo mientras tiene que aceptar que lo que intenta olvidar a toda cosa está muy lejos de ser el peor sueño de su vida.
Tampoco ayuda que, al terminar y ponerse todas de pie, Kai'Sa se acerque al representante con demasiada naturalidad y le diga un par de cosas al oído que el mismo parece recibir encantado, a juzgar por la sonrisa y la forma en que se posa esa maldita mano derecha en el brazo izquierdo de la bailarina, devolviendo ella a su vez un gesto casi coqueto a juzgar por la posición de su cabeza.
Incluso algo tan simple parece gritar con estridencia y aplastar sus huesos.
No quiere verlo. No quiere seguir viéndolo. No sabe qué puede pasar si tiene que seguir viéndolo, de manera que antes de que pueda tragar y permitirse dudar una vez más, se esfuerza en tener éxito a la hora de encontrar no sólo su voz, también las sílabas que le hacen falta.
–Jojo.
Quiere creer que ha sonado con toda la calma del mundo y no como un gemido doloroso como aquellos que lleva ahogando en su almohada en las últimas noches o en los baños cuando parece que la certeza descubierta la demolerá.
Sigue siendo el mismo cabrón miserable. No puede ser que este descubrimiento… no puede ser que los nuevos nombres… no puede ser que todas esas cosas consiguieran cambiar todo lo demás.
Y sin embargo, ahí está la ninja. Recuperando el sudor en las palmas de los primeros brutales días de entrenamiento y sabiendo que, con esas dos sílabas, no sólo ha captado la atención del aludido al acercarse, también del resto de sus compañeras.
Si al menos le diera a entender con palabras que la ha escuchado y no se quedara callado con expresión neutra… tan a la espera… qué demonios, no sería más fácil, sólo quiere tener una ocasión para arrepentirse.
–Jojo, yo… necesito hablar contigo.
–Usted dirá –replica él con voz plana.
–Puede… ¿Puede ser en privado?
La petición parece extrañar genuinamente a Kai'Sa antes de sentir una vez más la mano del representante en su brazo, seguido de un gesto con la cabeza y una mirada. De hecho, una mirada parecida parece dirigir a Ahri y Evelynn, junto a la puerta, pero más relajada.
–Les hablaré más tarde, señoritas.
Les… es tan evidente que el número al que se dirige es más acotado…. Mierda, en verdad desearía que todo eso no fuera más que la paranoia fruto de la tensión que experimenta y una realidad con tanto asidero…
Kai'Sa no protesta. Ella es así. No es que no tenga nada que decir. Es que es buena postergando las cosas para encontrar el momento idóneo. Pero eso ahora no le importa. No más que ver a sus compañeras desaparecer tras la puerta mientras, de pronto, aterriza sobre ella la certeza de haber dado un paso.
Apenas se cierra la puerta, Jojo deja escapar el aliento antes de tomar asiento agarrando una silla al azar y dejar caer las manos sobre la mesa.
–La escucho.
La muchacha puede sentirlo. Si no lo controla, el labio inferior comenzará a temblar y no podrá hacer nada para disimularlo.
Quiere… necesita mantenerse firme, pero ahí está, como una estúpida extrañando una palabra como "señorita" para dirigirse a ella.
Necesita la firmeza y… y ahí está. Obligada a acostumbrarse a la sequedad de cada oración que le dirige.
Pasando por alto hasta los detalles más escandalosos de su aspecto…
Preguntándose de dónde saca el valor para sentarse en el borde de la mesa, mirando la pizarra llena de anotaciones y con el representante a cierta distancia, sin molestarse en disimular su impaciencia.
–Si te pregunto qué harás en todo este tiempo… con nuestras agendas divididas… no me lo dirás, ¿verdad?
–No serán vacaciones si lo está pensando.
–Pero nada comparado con esto.
Él sólo se encoge de hombros. Uno más abajo que el otro. El cuchillo, por supuesto. Es difícil saber si no se queja por principio o porque no tiene razón de tal.
–¿Cuánto sabes de mi nuevo proyecto, Jojo?
–Lo suficiente.
–¿Qué es lo suficiente para ti?
–Lo que ha decidido que lo sea.
Sonríe. Le cuesta. De hecho, no le extrañaría haber perdido cierto grado de sensibilidad facial. Espera que se quede en el terreno de las sensaciones y no de las proyecciones.
–Vamos a entrar por la puerta grande, Jojo, no cualquiera puede presumir de algo así desde el comienzo –al menos ha sabido recuperar su presunción. Aunque su propio tono no le gusta, lo que transmiten sus palabras consigue tranquilizarla–. Ni mucho menos puede cualquiera poder presentarse como una constelación de estrellas.
Al menos parte de la impaciencia se ha diluido. Es eso o el hecho de que ni siquiera se molesta en mirarla, ocupado como está escuchándola mientras se pierde en el vacío del techo sobre sus cabezas.
–Pero es difícil, ¿sabes? Lidiar con… con tantos egos… tantas trayectorias… ¿Tienes idea de lo difícil que es trabajar en equipo con quienes desde el comienzo se niegan a compartir agendas o a colaborar en lo más básico?
La mirada sardónica que le dedica es suficiente respuesta. Casi se podría decir que toda la sala grita la misma respuesta:
¿Sabe a quién carajos le está preguntando?
–Es un poco pronto para hablar de frustraciones –observa el representante desde su asiento.
–Entonces todavía estoy a tiempo.
–¿Para?
–Para prepararme, para… estar dispuesta para empezar algo nuevo.
–Puede ser.
–Pero el caso, Jojo… el caso es… que no puedo hacer esto yo sola.
Permanece quieto en su asiento. No mueve las manos. Todo sería más sencillo de darle señales. De que sí, entiende hacia dónde quiere ir. Sería más fácil si no se le diera tan estúpidamente bien mantener la boca cerrada y esperar.
Así que, una vez más, Akali se obliga a tragar saliva y aclarar su garganta.
–Ahora que True Damage es una realidad… quiero que seas mi representante.
No puede creer que acaba de decir lo que le ha tomado horas y horas de preparación mental. No puede creer que le tome tan poco a cada sílaba perderse en el aire. Ni mucho menos puede aceptar que tamaña propuesta el muy desgraciado la reciba prácticamente impertérrito.
Porque sabe que lo ha dicho fuerte y claro. Sabe que no está sordo. Sabe que si ahora la mira con esa expresión neutra es porque ha entendido cada palabra.
–Antes de que lo digas –se adelanta Akali impulsivamente–. ¿En serio crees que si quisiera jugarte una broma me privaría del público?
Eso parece hacerlo recapacitar. Ahora sí parece sorprendido. Por supuesto que no lo había pensando. Además del alivio, la ninja se permite experimentar cierta satisfacción por el solo hecho de haberse adelantado con tal precisión a las inquietudes.
Pero nada la delata. En parte por la posición que ha escogido. Es muy difícil que alguien pueda leerla sentada y de perfil. Así proyecta todo lo que parece faltarle. Por mucho que esta solitaria instancia represente más cosas de las que, sabe, él querría enumerar.
Así que espera en silencio. El tiempo que haga falta. No quiere hacerlo, pero no está en posición de elegir. No quiere darle tiempo. No quiere que lo piense. Porque entonces cualquier excusa podría parecer válida con cierto margen de elaboración. La ventaja de su ataque es la sorpresa. Y su posición confiada, carente de estabilidad. Ahora se perfila la dificultad.
–No es como que quiera creer algo tratándose de usted –comenta él sin mirarla, acaso siguiendo su ejemplo.
–Una cosa es que creas, otra que te lo guardes, incluso en silencio puedes gritar demasiado.
–Parece una especialista en interpretar el silencio ajeno.
–Algo tiene que quedar de un entrenamiento tan riguroso, Jojo.
–Y si es el caso, ¿qué la hizo pensar que podía hacerme semejante propuesta en primer lugar?
A través del duro barniz, la joven percibe un gramo de curiosidad. Casi podría ser morbo. O la necesidad de encontrar el lado gracioso de la situación.
Akali, por su parte, no alcanza a sentirse herida. Puede que el nerviosismo y el dolor previo la hayan anestesiado al punto de recibir el ataque casi con indiferencia. Puede que la concentración que necesita para mantener el tipo termine por abstraerla del resto de los embates. Puede. Puede y no puede. De hecho, ella misma no alcanza a creer que se haya decidido a seguir ese rumbo.
Ni mucho menos que la respuesta sea tan humillante. O que no pueda importarle menos.
–Hablas… Como si te odiara –murmura la ninja con una sonrisa casi triste.
–No es como que me haya ofrecido demasiadas alternativas.
–Deberías habérmelo… preguntado.
–Creerle no es un esfuerzo que esté dispuesto a hacer.
–Jojo… dime algo –no le importa demasiado que le pueda ofrecer el mejor ángulo de su tristeza, a pesar de esbozar lo que intenta ser una sonrisa mordaz–. ¿En verdad no te importo?
No sabe si es el tono con el que acaba de dejar volar la pregunta o su postura que Jojo el Mariachi termina por suspirar. Imagina que, de tener dos pulmones, el aire que deja escapar sería más. Tanto mejor, no quiere esperar.
–Me importan demasiadas cosas a diario, termino bastante cansado al final del día –es su turno para sonreír con discreción–. No soy ningún coleccionista de incordios, mientras menos peso tenga en la espalda, tanto mejor.
–¿Un incordio? ¿Eso soy para ti?
No es que no lo sospechara. De hecho, hasta lo imaginaba, pero oír su confirmación… oír esas palabras…
Por un momento, Akali vuelve a estar tras una puerta, espiando a su compañera y al representante mientras se revuelcan como dementes.
Por un instante, la joven vuelve a estar en las escaleras de emergencia buscando el consuelo en la fortaleza de una empleada que ha aparecido de casualidad.
Por un segundo, Akali vuelve a ceder ante el peso de la verdad que por tanto se negó.
Por un momento, vuelve a derrumbarse en lo más profundo. Sólo la mantiene en pie una desconocida forma de desesperación. Tan parecida a una dañina euforia…
–Ha tenido demasiado espacio para serlo, no piense ni por un segundo que tendrá algo más.
Debería dejarlo ir, piensa la joven ahora que el cabrón se ha puesto de pie. Debería dejar las cosas como están. Después de todo, no puede decir que todo se deba a la casualidad. Aunque lo último que quiere es asumir. Resignarse. Aceptar. Porque ya acaba de aceptar lo que mantiene la velocidad de su circulación sanguínea y, lejos de sentir que la verdad la ha liberado, todo cuanto tiene es un peso muerto y una angustia que no termina.
Porque mucho antes de esa verdad, otra ha definido su camino. Y es tan simple como que no le gusta perder.
Y ahora no es el momento para olvidarlo.
–Jojo… ¿Conoces a Kayn?
La pregunta parece tan fuera de lugar que la perplejidad basta para pararle los pies al representante. Es tiempo valioso que Akali no planea desperdiciar.
–Quién…
–Nunca… ¿Nunca te has preguntado qué hacía llorando en el baño de un centro comercial?
Calla. Tiene razón. El silencio siempre lo delatará. No importa la falta de práctica. Él grita más callado que con las palabras.
–Le tomó mucho convencerme, ¿sabes? Bueno, quizá… no tanto, yo también… yo también estaba interesada en un comienzo, aunque… tenía mis reservas –es la primera vez que lo rememora y lo dice, aunque sea a grandes rasgos–. Pero… con el tiempo… las reservas… las defensas… todo termina por ceder, no sólo porque te canses sino porque… porque quieres creerle, quieres… quieres creer que tomas la decisión correcta.
–Y eso…
–Él… llegó a ser muy… muy importante para mí y… lo peor no es que llegara a saberlo, es que… eso… todo eso no le importara.
Ha pasado tiempo. Demasiadas cosas. Así y todo, el recuerdo consigue tensar su garganta más de lo que está dispuesta a aguantar con estoicismo.
–Ése… ése fue el día en que lo encontré con otra y yo… no supe… no supe qué hacer –qué penosa suena, es increíble. Y más que se atreva a ponerlo en palabras–. Si quieres… si quieres ve, pregúntale a cualquiera de las chicas, ¿crees que alguna de ellas sabe esos detalles?
Puede verlo. Sorprendido. Realmente sorprendido. Pero también con un pie atrás. Posición de guardia. Como si esperara el ataque y buscara la forma de responder. Incluso ahora, sigue creyendo que es una trampa. Y Akali no puede creer que haya espacio para una pizca más de dolor.
–¿Y por qué no ellas? –Masculla el representante a regañadientes–. ¿Por qué a mí me…?
–Porque así lo quiero –sabe que esas palabras hacen eco en sus recuerdos inmediatos–. Porque quiero… quiero que eso esté en tus manos, sólo en las tuyas, quiero… –respira profundo ante lo que viene a su cabeza–. No quiero que sea nadie más.
–Pero…
–Y ya después… puedes hacer lo que quieras, no importa –mentira, eso último… cuánto le ha costado decirlo, pero… ¿Qué más puede ser?–. He querido hacer esto ahora que… que tengo la oportunidad y… quería que… que después de saberlo… decidieras si… si aún crees que te odio.
Los separan varios pasos. Él la mira. Sí. La mira. Pero no se parece a las últimas miradas que le dedicara. Parece recién caer en la cuenta de que se trata de ella. O de un detalle que se le ha escapado. Parece intentar afirmarse de algo. Parece incluso intentar recordar qué es lo que hace ahí. Pero no se mueve. Eso la envalentona. Eleva sus fuerzas. Independiente de su memoria reciente. Independiente de todo aquello que intenta olvidar, porque cada segundo de las escenas le causa más dolor del que está dispuesta a tolerar por mucho más.
–Pero… si te sirve oírlo de mí, Jojo… no, no te odio –ha apagado todas las voces de su cabeza. Akali sabe que, por una vez, su mente y su corazón están de acuerdo incluso en las protestas–. No es sólo que no pueda o… no quiera hacerlo, es… que tampoco soportaría que tú lo hicieras.
Ahora sólo le cabe una pregunta en la cabeza.
Por qué.
Por qué tiene que ser ahora.
Por qué tiene que parecer tan tarde y aún así, no poder resignarse.
¿Ha sido culpa suya? ¿Quiso en verdad todo eso? ¿O todo no fue más que la excusa y la verdad sólo vino a demostrar la fragilidad de su propia mentira a través de su poderío?
¿Lo habría descubierto incluso sin haber visto a Kai'Sa acostándose con él? ¿O todo lo que necesitaba su corazón era la violencia de ese impacto para terminar de romper la coraza en que juró encerrarlo?
–Haz lo que quieras, Jojo, decide lo que quieras, pero… no… no decidas odiarme.
Sabe que ha llegado en que no puede importarle menos cómo luce o cómo ha sonado. Pero por primera vez, la mirada del representante pesa demasiado como para mantenerla. Ella también está exhausta, de manera que no puede reprocharle que aparte los ojos de él y respire profundo. Cómo es que no dice nada respecto de sus latidos, tienen que dejar un maldito eco en esa sala.
–Si… si no la conociera, señorita, diría que usted me está…
–¿Y si así fuera qué? ¿Tendrías algún problema?
Ha sido la suma. El tono dubitativo. El recuperar esa solitaria palabra. Señorita. El efecto que esa triste suma de sílabas le ha causado, incapaz de creer que extrañaría tanto oírla viniendo de él…
La ha extrañado tanto…
Dios…
Lo… lo ha extrañado tanto…
Pero no está preparada para verlo.
No para verlo tras soltar esa pregunta.
Porque claro que tendrá algún problema. Claro que hay problemas y es ella la estúpida que ha llegado tan tarde e incapaz de aceptar los hechos. Más ciega de su propia desesperación. Más atrapada en su propio dolor y en la fuerza desconocida de un sentimiento contra el que se ha cansado de pelear.
Una alarma los sobresalta. Los obliga a respirar. Es la excusa que la joven ninja necesita para mirarlo. Para descubrir que ha sido su móvil y que el mensaje lo lleva a fruncir el entrecejo. Permitiéndole recuperar parte de la compostura antes de volver a mirarla y descubrir la perplejidad grabada en los mismos ojos que parecen remecer una fibra que el entrenamiento alguna vez escondió.
La perplejidad y la tristeza.
–Tal vez deba odiarme, señorita –masculla, para su sorpresa, el representante con la mano en la puerta–. No sólo sería fácil, en realidad… no le faltarían razones.
–Lo siento, Jojo –ahora sí le dedica la sombra de su característica sonrisa arrogante–. Eso no es algo sobre lo que tú puedas decidir.
–Tal vez –concede él con absoluta resignación–. Pero dolerá menos después.
Si supiera… si supiera todo lo que duele ya… ¿Qué tanto más podría doler mañana?
–No has respondido a mi propuesta –declara la ninja, viendo a Mariachi poner un pie fuera de la sala de reuniones–. Tienes hasta el viernes, ¿me oyes?
En silencio cierra la puerta. En silencio la deja sola. No quiere ilusionarse. Y esos malos recuerdos la ayudan mientras se deja caer sobre la silla. Se percata de las lágrimas en cuanto las ve estampadas en la superficie de la mesa.
Después… ¿Después de qué? ¿De que él y Kai'Sa decidan hacer pública su maldita aventura? No… entonces será peor. Entonces sí que no sabrá que hacer. Como ahora. Que ha actuado movida por el impulso. Sabiendo que duele como el infierno, pero también incapaz de renunciar al sentir.
Como tampoco es incapaz de odiar a Kai'Sa. Maldita sea… ¿Habría sido diferente si en el ascensor esa tarde hubiera reconocido que le dolía el silencio de Mariachi pero sentía tanta alegría y alivio de verlo recuperado que fue incapaz de decidir qué expresar más allá de la rabia de le producía su despreocupación?
Habría… ¿Habría sido diferente de no haberla dejado ir tras él?
O de haber tomado una decisión diferente desde el comienzo…
Bueno, ya está. Ahí tiene los resultados.
Y si va a llorar… si no puede evitarlo… es mejor que sea ahora, porque si alguna de las chicas la ve… eso no sabría explicarlo.
Puede detenerse, pero es lo último que pasa por su mente. Porque si lo hace, él verá su cara. Y no… no puede permitir que vea cuánto le ha afectado esa verdad.
En principio sí que considera recriminarle. Cómo es posible que, cuando ha intentado sorprenderlo, quien se ha llevado la impresión ha sido ella.
Ni siquiera atinó a sospechar algo en cuanto supo hacerse con su dirección. No está tan familiarizada con las calles de la capital imperial como para presumir que una calle en particular pueda pertenecer a un barrio en específico.
Y no es que tenga importancia, al final del día, el lugar en el que decidas vivir si el mismo no pudiera parecerse tanto a un tormento.
En buena hora decidió vestir ropa lo bastante discreta como para que ningún paparazzi pudiera sospechar. En buena hora abordó un vehículo discreto y ni qué decir que la inestimable ayuda de uno de los chicos de seguridad le brindó, tan dispuesto como estaba a hacer cualquier cosa que no fuera permanecer parado en su sitio y en su turno todo el santo día.
Por supuesto que la sorpresa que se llevó el chico al ver la dirección que le tendía la bailarina fue de tal magnitud que no habría podido disimularla ni con una semana de ensayos previos. A punto estuvo de considerar que el conocimiento de dicha información pudiera ser público cuando el chico la miró casi temeroso.
–Se… señorita… ¿Está segura de que es la dirección correcta?
Claro que sí, le dijo con una sonrisa un poco divertida. Gesto que el chico no correspondió, dejando escapar un suspiro antes de abordar el vehículo de la firma. Le faltó persignarse antes de marchar. No le habría extrañado que lo hiciera de haberlo perdido de vista.
Y en cuanto arribaron a esas calles, pudo comprender la razón.
Porque la sola presencia de un vehículo parecía desentonar.
Porque las cicatrices de las recientes protestas más parecían heridas supurantes que otra cosa.
Porque de pronto, pudo vislumbrar y hasta justificar el semblante pálido del muchacho. Debía de ser de los novatos dentro del cuerpo de seguridad. Ni siquiera recordaba haberlo visto con el pelotón a cargo de la seguridad permanente.
–Señorita… no sé qué puede… ser tan importante para que venga acá, pero…
–Tranquilo –se escuchó decir la bailarina, trayendo a colación una frialdad que parecía perdida–. Sé exactamente lo que hago.
Y mucho le costó aferrarse a la afirmación cuanto, entre restos de barricadas y rescoldos, edificaciones estropeadas e innumerables grafitis, el vehículo se detuvo frente a un edificio particularmente deteriorado, para sorpresa y desconfianza de los pobres miserables que contemplaban el vehículo.
–Señorita… comprenderá que no puedo dejarla sola aquí –musitó el chico, mirándola a través del retrovisor.
–Yo… voy a necesitar privacidad.
–¿Tan siquiera…?
–Escucha, esto es lo que haremos –sin saber de dónde sacó tal ocurrencia, la joven se acercó al asiento del guardia–. Vas a dar una vuelta en cuanto me baje y si no te he enviado un mensaje en cinco minutos confirmando lo contrario, entras por mí, ¿te parece bien?
Ni siquiera esa instrucción pareció tranquilizarlo y la muchacha no pudo culparlo. Quizá qué cosas pasaron por su cabeza ante la idea de entrar a un lugar así, apenas armado con las herramientas y sin saber si se encontraría ante una amenaza dos o tres veces peor.
Y lo cierto es que la chica misma se planteó dar marcha atrás en cuanto vio al vehículo alejarse y ella misma adoptar una postura diferente bajo la sudadera. Bien cabía la posibilidad de que el muy cabrón pusiera ese dato para despistar. Tal vez todo aquello no hiciera falta, pero ya estaba lejos y no podía decir que el peligro le resultara ajeno.
Pero… Dios santo, si su padre la viera… el mismo que intentó mantenerla ajena a los altos riesgos que encerraba un trabajo peligroso…
–¿Qué quiere?
Era de suponerse que a la entrada pudiera encontrarse con una mujer de edad y mal humor. No tenía pintas de tratarse de un hotel. Ni siquiera el hotel más barato. Tampoco conseguía imaginarla como la casera de buenas a primeras, pero no cabía duda que la confianza que destilaba, a pesar de su edad y su desgaste físico, debía de provenir del respaldo que debía de otorgarle una propiedad, por mucho que la misma dejara mucho, mucho que desear.
–Yo… estoy… estoy buscando a alguien –se escuchó farfullar la bailarina en un absurdo coreano que parecía más propio de una novata.
–Todos buscan a alguien, niña –replicó la dueña con sorna, antes de intentar volver a la lectura de un ajado libro sin portada.
–Jo Jong Ki, ¿le suena de algo o aquí se pierden los nombres?
No supo la muchacha qué le sorprendió más a esa mujer, si el súbito envalentonamiento del que hizo gala o el nombre en particular. Cualquiera que fuera la razón, bastó para que la aludida echara una mirada al registro que parecía tener en el mesón y que se perdía a simple vista.
–El Mariachi, ¿no? Tercer piso, número cuatro, el ascensor no sirve, ¿sabe que vas?
Tampoco mostró mayor interés en obtener una respuesta, de otro modo no la habría dejado ir así como así. También lo llamaban Mariachi. ¿Cuántas veces había sonado ese ridículo tono en ese lugar? ¿Le habría causado problemas.
Incluso de haber estado habilitado, la bailarina nunca habría usado esa cosa que decía ser un ascensor fuera de servicio. A medida que subía las destartaladas escaleras se podía oír música a todo volumen, conversaciones, discusiones e incluso una que otra risa. Los dos primeros pisos parecían largos pasillos que continuaban a la vuelta de distantes esquinas, con puertas mal cerradas a juzgar por las rendijas y otras derechamente abiertas, pero sin ofrecer nada que no fuera un interior oscuro como el día que anunciaba su retirada.
Cada trecho parecía eterno, de manera que la joven experimentó cierto cansancio al llegar. Aunque sin importar su buen estado, las escaleras siempre se le antojaron complicadas.
La puerta cuatro del tercer piso resultó fácil de encontrar, pero tras un par de golpes sin respuesta, comenzaba a desesperarse. Más con el maldito reloj en contra y un pasillo escandaloso y nada tranquilizador entre decoración y ruidos extraños…
–Oye… ¿Buscas al Mariachi?
Por poco la voz le arrancó los pulmones por la boca. De la puerta vecina asomó una cabeza de cabello negro, ojos dorados y facciones felinas, acentuadas por la afilada sonrisa. Antes de poder responder, el tipo soltó una carcajada.
–Si no está muerto allá dentro, debe estar en el lavadero.
–Dónde…
–A mano derecha al final del pasillo, es fácil, dile al cabrón que aún espero mis calcetines.
Lo último lo escuchó cuando ya prácticamente corría con tal de alejarse de ese extraño tipo. Y tenía razón. A la vuelta de la esquina, al final de ese pasillo, el escándalo de las lavadoras en movimiento resultó casi confortante. Rezando porque nadie más la viera. Porque dentro sólo hubiera…
–Mierda, ¿es en serio? Acabamos de comprar el jodido detergente.
Sólo… sólo estuviera…
–Como se haya acabado también el papel, le voy a…
–Jojo.
No estaba preparada para verlo ahí. Lidiando con un canasto de ropa y vestido con chándal. Con la botella vacía de detergente y cambiando de una expresión rabiosa a una de perplejidad. Como aquella vez en el lujoso apartamento del grupo y que parecía tan… tan surreal…
No. No podía estar preparada. Porque verlo sería confirmar que todo este tiempo…
Casi resultó admirable que el representante supiera dejar el envase de detergente sobre una lavadora en funcionamiento antes de tragar la poca saliva que parecía quedarle al enfrentar a la bailarina.
–K… Kai'Sa, qué…
–Tú…
–Qué haces tú…
Debió de ver su expresión desencajada antes de correr hacia él y puede que eso lo pusiera en guardia. Del mismo modo, puede que el abrazo fuera lo último que esperara y lo vino a saber cuando a punto estuvo de derrumbarse en sus brazos de no ser por su propio agarre y el hecho de que el representante supo afirmarse de la lavadora.
A duras penas Kai'Sa ahogó un grito. Por supuesto, las malditas costillas…
–Tú…
–Qué haces aquí, Jojo –tal vez deba darle tiempo para recuperarse, pero después de haber pasado por tanto para llegar, siente que la última cosa que tiene es tiempo. Aún debe avisarle al chico de seguridad...
–Vivo… vivo…
–¡Sé que vives aquí! –Casi ruge la bailarina al encorvado y sorprendido Mariachi–. Pero… por qué…
–Kai'Sa…
–Por qué… vives aquí.
Doblado como está, Jojo consigue deslizar una mano áspera por la mejilla de la joven. No quiere llorar, ya la ha visto llorar demasiado, sobre todo la primera vez que hicieran…
¿Es el tacto o el recuerdo el que eleva su temperatura?
–Kai, es… es difícil de explicar…
–Puedo esperar.
–También… puede ser un poco largo.
Para sorpresa de Jojo, la bailarina saca el móvil y no tarda demasiado en teclear un mensaje y es tras enviarlo que le devuelve la mirada decidida.
–Tengo tiempo.
–Kai…
–No tendrías que estar aquí… no… no puedes estar aquí –se lleva las manos al cabello y casi tironea de él–. Cómo es que… cómo es que trabajando con nosotras no ganes… no… no puedas…
–No… no, Kai, escucha, esto no…
–¡Cómo has aguantado algo así! ¡Cómo es que no has dicho nada!
–Porque esto no…
–Cómo… ¡Cómo has permitido que no se te…!
–¡Kai! –No sólo le grita, la aferra de los hombros. Y la joven está segura, nunca ha gritado así, al menos que sepa. Y el efecto se hace notar en su deteriorada salud–. Nada, escúchame bien, nada de esto… digo, esto… esto no tiene que ver con lo que me pagan.
–Eres… eres un…
–¿Quieres escuchar por una maldita vez lo que digo antes de pensar nada?
Su propio tono casi lo espanta, de manera que la suelta. El sonido de su respiración no ahoga el lavado, pero sí resulta extraño.
–Cómo… cómo has sabido –bien, la mirada de Kai'Sa es elocuente y su pregunta un poco estúpida–. No deberías estar aquí.
–Quería sorprenderte.
–Parece que salió al revés, ¿verdad? –La sonrisa irónica del representante se diluye ante el dolor de la joven–. Kai…
–Debiste decirme, Jojo.
–Sí, yo…
–Quiero ver dónde duermes.
Casi deja de respirar. Casi ha perdido las fuerzas. Casi le agradaría saberse responsable de algo así.
–Kai…
–Ahora, Jojo.
Le toma un largo minuto al representante suspirar y agarrar el canasto de la ropa. Le toma otro tanto decidir que puede tomar la mano de Kai'Sa y guiarla de vuelta por el pasillo hasta la puerta número cuatro. No hay un vecino que asome su felina cabeza. No hay más que ruidos y el sonido de una llave introduciéndose en la cerradura.
Una puerta abrirse y un foco encendiéndose.
Decir que Kai'Sa necesita dos pasos para entrar sería exagerar.
De hecho, a duras penas caben ambos e incluso Mariachi debe sentarse en la cama.
Decir incluso que es un cuarto sería exagerar. El ropero de Ahri, con facilidad, triplica o cuadriplica esas dimensiones donde apenas si cabe esa jodida cama y un escritorio. Nada más. El dormitorio de la bailarina parece una mansión.
Y la sola idea de que todo este tiempo, él…
–Hay… tengo mis razones –masculla Jojo con la cabeza baja y el atisbo de una sonrisa triste en los labios–. Y… tal vez quieras…
No lo deja continuar. En parte porque ese cubículo apenas si deja espacio para maniobras.
Le sobran razones para tomar su cara y besarlo de esa forma.
Podría ser que no quiere darse espacio para volver a llorar. Ha llorado demasiado. Él mismo, sin saberlo, ha sido razón de demasiadas lágrimas.
También los últimos meses y la mayor parte de ellos, un infierno para él. Ahora lo sabe. Ahora más que nunca lo ve. Y el saberse responsable de buena parte de ellos.
En parte porque sí. Quiere oír razones, pero la opresión del pecho… ese maldito dolor que nubla sus sentidos… en verdad necesita calmarlo.
Pero si lo hace es porque lleva dos días esperando este momento. No parece demasiado visto en retrospectiva, pero cada hora se sintió un día y sabe que cualquier cosa puede esperar. Esto no.
Y es tal la fuerza que imprime a sus labios que el representante no puede protestar. Y ganas no le faltan, pero termina con ellas en cuanto consigue montarse a horcajadas sobre él, resistiendo a duras penas la porquería de espacio y esa cosa que Jojo afirma, es su cama.
Lo sabe sorprendido aún, pero le gusta sentir que la aferra cuando el beso cesa. Como si fuera todo lo que tiene. Como si todo y único fueran uno mismo. Como si más allá de ella, la realidad pudiera irse al carajo al tiempo que ella acerca la boca a su oreja.
–¿Crees que puedas recordar todo lo que me tengas que decir?
–Si quieres…
–Eso puede esperar, yo no, Jojo.
–Pero… aquí…
–Debería bastar… para que me muestres todo lo que aprendiste.
–Jojo…
Es la primera vez que me mira desde que acepté que no podemos estar los dos en la cama al mismo tiempo. Las mantas apenas bastan para cubrirla y temo que el frío de este lugar se haga notar. Por mucho que mataría por ver su forma descubierta una vez más...
¿Siempre ha tenido el cabello tan largo? Parece que no termina nunca. A ella parece divertirle que me detenga tanto en él.
Ella es realidad. Es toda realidad en medio del vacío. A falta de luz, sus ojos parecen destellos y todo lo que tengo claro es que podría quedarme contemplándola toda la noche o todo el día… porque ya no sé qué hora es. Pero si ella vuelve a decir mi nombre así…
Si tengo la oportunidad de oír mi identidad mezclada entre gemidos… sus gemidos…
Entonces qué no haría yo por ella…
–Ven conmigo, Jojo.
Suena segura. Rotunda. Tanto así que sus palabras parecen haberse llevado el aire de esta habitación.
–Ven conmigo –vuelve a decir. Quizá he callado demasiado. Quizá le asusta mi silencio–. No tienes que hacer esto… ni yo pienso dejarte aquí.
Atrapa mi mano entre su cabello y la besa. La beso de vuelta. Sin dejar de mirarla. Porque otra cosa no puedo hacer. Porque otra cosa no quiero hacer.
Por mucho que no sea así.
–No tienes que hacerlo, Kai…
–Cuando quieres y puedes, el tener que pasa a un segundo plano.
–Kai…
–Vámonos, Jojo… por favor.
Conozco ese todo. Lo recuerdo. No suelo jurar. Pero tuve que escucharla así para jurarle… para querer jurarle lo que puede parecer imposible.
Aunque me he jurado que jamás me iré.
–Te debo una historia, Kai, ¿recuerdas?
–No tienes… no tienes que contármela aquí.
–Te lo prometí.
–Puedes… cumplir esa promesa… cuando salgas de este infierno.
Apenas hay espacio, pero consigo tenderme a su lado. Quiero mirarla, pero esta posición es todo lo que puedo hacer. Tengo frío. Ella parece notarlo, a juzgar por cómo me aprieta con cuidado contra sí. Hace unos minutos no he dejado esquina sin saborear. Ahora, apenas si puedo besarle la frente. Apenas si puedo confirmar que su aroma sí es el que creo.
–No hay infierno si te siento así.
–Jojo…
–Voy a contarte una historia, Kai, no sé cuánto me tome, no sé cuántas preguntas responderé en el proceso, pero… quiero que… si vas a saberlo… lo sepas por mí primero que nadie, ¿de acuerdo?
–Jojo…
–Si me odias después de esto, será tu decisión, la respetaré, pero quiero que sepas una cosa por mí y nadie más –logro mirarla. En medio de sombras, sus ojos también parecen contarme sus historias–. Eres mi certeza, Kai, eres… eres mi fortaleza.
No. Por favor. No llores. No me beses ahora. No necesito más dudas.
–Te dije que tengo tiempo –musita contra mis labios.
–Sólo si prometes escuchar hasta el final.
–Sólo si no me haces esperar.
–Lo siento.
–Tonto…
–Lo siento por todo.
Aún no lo entiende. Ahora quiero que lo haga. Aunque no esté seguro. Aunque sienta que estoy pidiendo imposibles.
Si me odia después, no creo que lo haga más de lo que me odio a mí mismo.
Es mi certeza. Mi fortaleza.
Más que decirle la verdad, me aterra descubrir ahora que no sabría qué hacer sin ella.
