Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia, al igual que los O.C's de mi autoría, SI me pertenecen.
Curiosidades: Las Casas de Vida se encontraban también asociadas aOsiris, dios del renacimiento. Se creía que el acto de copiar textos ayudaría al dios a renacer todos los años en su fiesta.
Capítulo IX: Amanecer ~Passé
La luna no era llena, pero aún así estaba hermosa. Su fantasmagórica luz resplandecía allí en donde se posara, emitiendo una energía revitalizante, ligera y muy agradable. La noche era perfecta para practicar en la soledad de los patios, rodeado de la maleza de las plantaciones y los árboles, y eso es lo que había estado haciendo Neith los últimos cuarenta minutos.
Cuarenta minutos de giros, saltos y combinaciones de movimientos, llevándola a convertirse en una sudorosa y agitada muchacha.
Sin embargo, por más entrenamiento que hubiera ejercido a lo largo de su existencia… por más carácter y temple que hubiese forjado a través de los años, nunca nada la había preparado para el suceso que se desencadenó entonces. Porque allí estaba ella, temblando como una débil hoja al viento, con la cabeza gacha y las pupilas contraídas por el miedo.
—¿Qué está haciendo?
La pregunta vibró como una condena en el aire, angustiándola. No tenía idea de cómo proceder… estaba petrificada. Repetía una vieja técnica que no hacía desde su accidente, y había dado la vuelta con su espada, llevando todo su peso en un golpe definitivo. Agradecía a Ra por siempre haber mantenido esa caprichosa costumbre de mirar antes de atinar a rebanar, porque de no haberlo hecho, en ese momento el cadáver de un sacerdote real estaría tendido justo delante suyo.
Y ella próximamente colgada en la horca, para ser más precisos.
—Sacerdote. —murmuró en un hilo —Y-Yo… yo estaba…
—¿De dónde sacó esa espada? —la cortó, más demandante. Ella tomó un par de respiraciones, buscando relajar su mente, la cual de pronto iba a una velocidad vertiginosa.
—Es mía. Mi padre me la obsequió.
Ya estaba, lo había dicho. Podía sonar incluso hasta impensable, pero había puesto su mano en el corazón y fue honesta.
—No intente probar mi paciencia. —entonces, sumó —Nadie obsequiaría semejante arma a una mujer.
Fue como echarle una botella de alcohol a las brasas de un fuego casi muerto. Neith barrió de un sopetón sus temores y vergüenza, y sin siquiera cuestionárselo, levantó la frente. El contacto visual tambaleó un poco su nueva carga, mas no la disipó ni por asomo.
—Yo jamás tomaría algo que no me pertenece. He dicho que mi padre me la obsequió, y esa es la pura verdad.
Mahado pasó de un estado de absoluta seguridad, a sentir auténtico asombro. Allí estaba: la mujer vehemente que había visto en los barracones días atrás, tirándose encima de un sujeto con ímpetu como si éste no le sacara una cabeza de altura. Miró su espada, que brillaba bajo la luz de la luna, dando una triste sensación de abandono al haber sido tirada al piso tras la sorpresa de su dueña.
La muchacha volvió a bajar sus ojos, queriendo dar a entender que lo respetaba por sobre todas las cosas, aunque ahora llevaba el ceño levemente fruncido. Al joven le resultó cómico estar frente a una persona que le costara tanto no exteriorizar sus emociones.
―Muy bien. Levántela del suelo entonces.
Si bien sus ganas de cumplir con la orden eran más que evidentes, Neith se tomó unos respetuosos segundos y, tras tragar saliva, se agachó, afilando la mirada para hallar la empuñadura entre la espesura de la oscura hierba. Su piel se erizó cuando el sonido de una hoja desenfundándose llegó a sus oídos, y apenas le dio el tiempo a apartar la palma cuando el filo de una segunda espada cortó parte del césped a centímetros de distancia, en un movimiento bruto y nada amable, pensado para herir.
―¿S-Sacerdo…?
―He dicho que la levante. ―la interrumpió, mirándola desde la altura con gesto soberbio y su propia espada apuntándola.
Neith no tenía ni la más remota idea de cómo proseguir, pasmada como en mucho tiempo lo había estado alguna vez. Boquiabierta, agudizó la mirada en contra de sus verdaderos deseos, obligándose a poner todo su cuerpo en estado de alerta, aunque su consciencia luchara por seguir agachando la cabeza ante el mayor.
Tenía dos opciones: o continuar patéticamente petrificada a nivel del suelo, o hacer algo para cumplir con la orden impuesta.
«¿Qué está intentando hacer? ¿Es una prueba? ¿Acaso… acaso es un castigo?»
―¿Qué no me está escuchando?
La pregunta había sonado con evidente desdén, el cual bastó para disparar la adrenalina en su torrente sanguíneo, habiendo tomado inmediatamente una decisión. Tenía que arriesgarse, por todos los cielos. Así que, previendo el siguiente movimiento del sacerdote, la rubia se lanzó por el costado opuesto del mandoble que se destinó a alcanzarla, arrastrando con los nudillos de su mano hábil la empuñadura de su arma blanca, cerrándola en un fuerte puño en cuanto sus dedos se cernieron a su alrededor. Una conocida seguridad floreció desde su pecho, y de un jadeo entusiasta se tiró en una pequeña voltereta por el suelo, esquivando otro ataque. Bastó con poner la planta de sus dos pies firmemente en el piso, que de un atlético brinco ya estaba derecha, repeliendo con su hoja otro movimiento del sacerdote, tan fuerte que la obligó a retroceder un torpe paso.
Neith apretó los dientes, posicionándose frente a frente por fin con él, midiendo su altura y su complexión para evaluar su futuro desempeño y velocidad. No sabía hasta qué punto un integrante de la corte sacerdotal podría conocer sobre combate físico, pero solo por si acaso se propuso exponer lo mejor de sí, invocando todo su aprendizaje y entrenamiento a lo largo de los años para así no subestimarlo. Sus cejas se fruncieron, dándole un aire furiosamente atemorizador.
―Le pido misericordia. ―quiso bajar su espada en cuanto terminó de decir eso, pero no pudo. Mahado embistió su hoja con elegancia en su dirección, volviendo a obligarla a defenderse. Ella quería evitar a toda costa un enfrentamiento con él.
―No se atreva a volver a lanzarla al suelo. Es deshonroso. ―luego sumó otro ataque, que fue desviado con mucha más firmeza esta vez.
―Señor, yo no…
―Usted no es digna de su tenencia. ―ella estaba evadiendo cada paso suyo, optando por el camino pacífico ―¿Qué dirían sus progenitores si hubiesen sido ellos quienes la hubieran encontrado ahora mismo en mi lugar, tratando de adoptar un papel que no le corresponde?
Quizás fue la indirecta mención de su padre, o tal vez su irascible carácter… no lo sabía. Lo único que sabía, es que de pronto un fuego abrasador trepó por su abdomen, llegando a cada rincón de su cuerpo para encenderla al completo. Era la única explicación que tenía para justificar su gruñido molesto, acompañado de su primer ataque.
Un ataque más intenso de lo que él había calculado a simple vista, cabe aclarar. Porque era una muchacha, sí, pero su empuñadura tenía la fuerza de un joven soldado entrenado, y eso no era algo habitual. Movió en círculos su hombro, tratando de calmar un poco el temblor que llegó desde su propia espada por el impacto, y se posicionó perfectamente para empezar un duelo físico.
Uno que le pareció una idea divertida en principio, pero que a los veinte segundos ya había despachado como una buena decisión. Ella era desprolija, desalineada y un poco inquieta, pero cada uno de sus movimientos eran pensados para armar un combo que cansase a su oponente lo antes posible. Tenía sentido: más allá de su cultura, el hecho de ser mujer la sometía a una complexión mucho menos apta para la batalla, y su estrategia lograba compensar sus falencias físicas. Sin olvidar lo rápido que su mente leía las acciones de su contrincante tras una mínima articulación de sus músculos.
Sin embargo, había que ser realistas: Neith no entrenaba desde hacía mucho, y la última vez que había empuñado una espada en un versus constaba de años atrás, con cuidado y en las etapas de su aprendizaje. Ella estaba dando pelea, pero se notaba que estaba oxidada y al cabo de unos minutos, Mahado la desarmó. En cuanto su mano soltó su arma, él aprovechó para agarrarla por el cuello de sus ropas y atraerla hacia sí, acercándola tanto que por poco no chocaron sus rostros, mientras que su otro brazo señalaba con la punta de su afilada hoja directamente a su cuello.
―Has perdido. ―soltó, jadeando producto del previo esfuerzo. Sus ojos amatista chispearon al oírlo, sin siquiera parpadear: no había rastros de cobardía, ni de sumisión.
Entonces, como si de una broma de mal gusto se tratase, una puntada a nivel de su axila desprotegida le cortó la respiración, congelando su piel y la sangre en sus venas.
―Jamás, señor.
Su estupefacción fue descaradamente notoria. El hechicero se alejó un sencillo y lento paso, bajando y enfundando despacio su espada para señalar el término de su disputa. Ella, en cambio, siguió con su corta cuchilla oculta levantada, con los nudillos pálidos y la quijada tensa, mortalmente seria.
―Eso fue deshonesto. ―recriminó él. De un movimiento hábil, la rubia volvió a guardar su pequeño filo a la altura de su añejo cinturón, e inmediatamente llevó su rodilla derecha al suelo, agachando la cabeza en una pronunciada reverencia.
―Soy creyente de que si la vida está en riesgo, todo es válido. Se dice que en la guerra todo se vale, ¿no es así? ―tras un titubeo, agregó ―Vuelvo a pedirle misericordia, sacerdote. Mis intenciones en ningún momento han sido llegar a herirlo.
Las hebras de su corto pelo destellaron extrañamente bajo la luz de la luna, llevándolas a un color platino que contrastaba en demasía con su morena piel. Mahado apretó los labios, para después apartar la mirada.
―Pónganse en pie. ―le ordenó. Fue a abrir la boca para seguir hablando, pero unos pesados pasos en la cercanía lo detuvieron, llevándolo a usar su poder para determinar su dueño. Un soldado alarmado por el ruido de la lucha se dibujó difuminadamente en su mente. Miró a la joven ahora erguida, resolviendo rápidamente cómo proceder ―Vuelva a su alcoba. Retírese.
Neith se sintió genuinamente contrariada, ya de por sí costándole digerir el hecho de que acababa de tener un duelo con un sacerdote real. Ergo no se demoró un segundo más e, inclinándose en un saludo corto, optó por acatar la orden e irse de nuevo a su cuarto.
Solo Ra fue testigo del grito de incredulidad y espanto que ahogó patéticamente con sus manos en cuanto cerró la puerta detrás de sí.
―¡Oye! Podrías haberme avisado…
Luego de su queja, nuevamente el sonido del flash resonó en el aire. Anzu se frotó un ojo, con la visión distorsionada por la fuerte luz.
―Las fotografías inesperadas son las más naturales.
Ella infló las mejillas reteniendo un taco, pero con la sensación de que un leve calor trepaba por su rostro. Estaban solos en el salón de prácticas, y aún así se sentía tan nerviosa como si un mundo de gente la estuviera mirando en medio de una presentación. Se cruzó de brazos.
―Maleducado…
―¿Me has hablado?
―Para nada.
Quiso seguir con el tonteo, pero su sonrisa fue más fuerte que sus ganas, y terminó estirando sus presionados labios.
―Ah, así está mejor. ―otro destello iluminó el salón, captando su secreto gesto alegre ―Con que llamarme maleducado te resulta divertido…
―Tú te lo buscas. ―rebatió ―¿Qué no tienes suficientes fotos ya? Llevamos casi una hora.
Dave -quien estaba recostado en el suelo- sostenía la cámara contra su cara, como si su lente fuese la única manera que tenía de mirar el mundo. Una pequeña mueca torcida acarició su boca, agudizando sus facciones.
―Jamás es suficiente…
―¿Qué has dicho? ―inquirió ella, realmente sin haber escuchado su murmullo.
―Que ya acabamos. ―dictaminó, poniéndose en pie con cierta pereza. La bailarina lo miró con cierta desconfianza, ergo no pareció con ganas de indagar al respecto ―Tómate el día de mañana libre, y aprovecha para descansar y disfrutar de tiempo pa…
―No. ―la cortante negativa lo desconcertó, por lo que dejó de estirar sus articulaciones para voltear a verla, hallando su mirada perdida en algún punto del suelo, esquivando la suya ―Preferiría venir, y cumplir con la jornada completa si es posible.
Él se tomó unos segundos, en los que analizó su lenguaje corporal detallando cada minúsculo movimiento facial y anatómico que pudiese darle alguna pista. La respuesta fue inmediata, pero él no tuvo intención alguna de acusarla.
―Anzu, ¿qué haces durante los fines de semana?
Era una pregunta tonta, con un trasfondo muy sombrío. La chica sentía sobre ella el peso de su esmeralda mirada, atravesando su esencia en un intento por llegar a sus pensamientos, leyéndola cuál libro abierto. No quería conectar sus orbes… no, porque si lo hacía, ella se debilitaría. Y no podía permitir tal cosa.
―Ya sabes, estudio lo teórico lo máximo que puedo. Trato de…
―Continúas yendo al parque, ¿no es así?
El diálogo quebró algo invisible en el ambiente, rasgando la paz y la calma, cortando una cicatriz a medio curar en la superficie de su corazón. Una angustia perdida tomó el dominio de su previo buen humor, y llevó a sus ojos a sentir aquel picor anunciante tan odiado por aquellos que detestan con su vida llorar. Su voz murió en su garganta, presionando su pecho, y fue tan evidente su transmutación emocional que el gesto de Dave cambió inmediatamente, ablandando su mirada.
―Y-Yo…
―Déjalo, fui descortés. Discúlpame…
Abrió los ojos paulatinamente, dejando salir entre sus dientes una larga exhalación, para después paladear su propia saliva como si fuese una niña pequeña. La muchacha se restregó ambos párpados, barriendo con ello las lagañas a los lados.
Había soñado con Dave.
Y no era un sueño cualquiera. Se trataba de un recuerdo, siendo específicos, de cuando ella practicaba en su escuela de danza y tenía largas charlas con él, pasando tardes agradables y en compañía. Él siempre era genuino, más que nada cuando se trataba de ella.
Pero ahora estaba muy lejos de aquello.
Un corto brazo rodeó su cuello despertándola del todo, aferrando en un puño su ropa de dormir a nivel de su hombro. Sonrió dulcemente.
―Hey, ya es hora. ―no obtuvo respuesta ―Vaikiro…
―Un poco más…
―Nos meteremos en problemas. Ya está amaneciendo. ―explicó, enderezándose ―Arriba.
No opuso más resistencia, y con los ojos aún pegados se levantó torpemente, rascándose la cabellera enmarañada. Se dirigió a la salida, tanteando la madera con sus pequeños dedos.
―¿Hoy te preparas tan temprano? ―le preguntó, movido por la curiosidad al verla lavándose la cara en la tarrina de agua. Por lo general, ella siempre seguía descansando.
―Debo hacer algunas cosas. ―mojó un poco su corto cabello, cuidando de limpiar detrás de sus orejas.
―Está bien. Me voy.
―Ten cuidado. ―se despidió ella, enjuagando sus brazos. Vaikiro levantó el mentón con una obstinación graciosamente infantil.
―Siempre tengo cuidado.
Ni siquiera pudo soltar su risita que el menor la dejó sola en su habitación.
El aroma floral de la noche partiendo para darle paso al amanecer, fue lo primero que pudo sentir Teana cuando, rato después, asomó su cuerpo por el dintel. Estaba fresco, pero dada su corta experiencia en aquel lugar, supo enseguida que sería un día de mucho calor.
Sin perder más tiempo emprendió rumbo, con el corazón agitado y las manos inquietas. Una sonrisa tonta luchaba por estirar su boca apretada, ganando por momentos la pequeña disputa por el control de sus músculos faciales.
Las bisagras de las puertas que daban ingreso a los establos, chirriaron en cuanto empujó las hojas de madera para ingresar a la estancia. Formando dos pequeños puños inseguros, continuó con su caminata, hallando rápidamente su objetivo de búsqueda.
―Buenos días, Teana.
Él sonrió tras su saludo, mirándola a los ojos con absoluta honestidad. La calidez que siempre la azotaba cuando él le dirigía la palabra en Japón, se adueñó de su pobre integridad, vulnerándola. Tuvo cuidado de realizar la reverencia primero.
―Buenos días, Faraón.
Ella sonaba igual de serena incluso en las mañanas, fue lo primero que pensó Atem. Arrastraba consigo el cansancio de la jornada anterior, pero luchaba por fingirlo de buena manera, quizás para no parecer irrespetuosa ante él.
―¿Ha podido descansar? ―quiso saber, ajustando algunas de las cintas de su montura.
―Perfectamente.
Qué va… Vaikiro había dado más vueltas que nunca en la cama. No era conocida por tener el sueño pesado, y a cada movimiento del infante se había quedado despierta como si ya hubiese dormido las ocho horas. No lo culpaba, pobre… hasta la fecha no había parado de sufrir las pesadillas que lo atacaban noche tras noche desde el ataque en su hogar.
―Muy bien entonces. Acérquese, le mostraré su ejemplar.
Antes de poner su mano sobre su pelaje, la castaña tragó saliva: tenía miedo, no iba a mentir. El mamífero parecía ser tranquilo, de un color crema con manchas negras salpicadas por algunos lugares de su enorme cuerpo. Sentir su calor al momento de rozarlo con tu palma, solo intensificó su sensación de calma. Teana sonrió, con la alegría de explorar con pausa la superficie del equino, que aparentaba ser de lo más indefenso.
—¿Cuál es su nombre? —quiso saber.
—Datish. Hace poco se supo que está esperando una cría. —la yegua relinchó entonces, como si afirmara sus palabras —Bien, será mejor que partamos ya. —Atem subió a su caballo de un brinco ávido, sin mostrar ningún tipo de esfuerzo, y aferró entre sus dedos las correas que lo dirigirían a su siguiente parada. La miró desde arriba —Muy bien, lo primero que tiene que hacer es agarrarse bien de este sitio de aquí, ¿lo ve?
Cinco minutos se fueron en una explicación detallada de cómo poder sentarse encima de su ejemplar, y en cuanto llevó a cabo su acción con absoluta determinación, una risa nerviosa silbó entre sus dientes al rodear sus dos piernas alrededor de la montura, con éxito. Quizás era algo tonto y común para muchos, pero no pudo evitar sentirse orgullosa de sí misma.
Sus hombros se tensaron cuando el equino dio sus primeros pasos, obligándola a aferrarse. Lejos de lo que imaginaba, su andar era suave y seguro, generando un vaivén constante debajo de sus muslos enfundados en la tela de su uniforme. Atem iba a la cabeza, quien dobló en un pasillo de piedra y dio con una fila de guerreros alineados para impedir el paso, los cuales se apartaron al verlo, reverenciándolo. El camino ganó una profundidad inmediata, engulléndolos bajo el manto de las antorchas ardientes adheridas a las paredes mohosas y el eco de las pezuñas de sus ejemplares.
Él incrementó su velocidad, obligándola a copiar su maniobra. Teana se preguntaba a dónde llevaría aquel extraño pasadizo, cuando de la nada empezaron a subir lentamente, divisando a lo lejos una enorme puerta de lo que parecía ser piedra, bajo la estricta custodia de otros hombres.
—Ella viene conmigo. —dijo él tras frenar, levantando el mentón en su dirección. Se oyeron entonces las puertas que se abrieron en una sincronía perfecta, dándole el ingreso inmediato a la oscuridad nocturna que se mezclaba con la espesa maleza que rodeaba el pasaje. Los pasos de sus transportadores pasaron a sonar ahogados, producto de la arena y la hierba que fue desapareciendo en tanto dejaron atrás el palacio, perdiéndose detrás de la primer enorme duna.
A medida que se alejaron, tanto la velocidad de su andar como la confianza de Teana fueron aumentando: montar no era tan difícil como parecía serlo. Atem encabezaba el camino, con una discreta capucha que lograba cubrirle el pelo en su totalidad, logrando que su identidad a simple vista pasara por inadvertida. La brisa fresca le erizaba los vellos, sin embargo se brindó ánimos recordando que en poco rato el sol estaría quemando su blanca piel.
La densidad de chozas y posadas fue disminuyendo cuanto más se alejaban del centro de la ciudad, tomando caminos marcados en el suelo por las mismas andanzas diarias, hasta que llegó un punto en que la arena en su máximo apogeo los recibió enteramente. La joven creyó que recorrerían dunas por un buen tramo, ergo no pasó mucho para que una sutil maleza formase parte del paisaje, alimentando progresivamente el cuadro con alguna que otra palmera. El verde se intensificó con su avance, y ya para cuando los primeros claros de la madrugada provocaron el cántico de las aves a su alrededor, sus ojos captaron por primera vez la particular belleza del antiquísimo río Nilo.
Un río cristalino y, en apariencia, calmo. Sin embargo, traicionero.
―¿Cómo se siente?
Atem había reducido su velocidad hasta llegar a su lado, generando con ello una marcha amena en la cercanía de las orillas del fluvial.
―Es más sencillo de lo que aparenta ser. ―confesó, enredando los dedos de su mano libre en el pelaje suelto de su equino, quien respondió a su caricia con un alegre relincho. Atem observó el horizonte, sonriendo un poco sin darse cuenta.
―Mi padre me enseñó a montar a los cinco años. ―le dijo ―Siendo sincero, no tengo muchos recuerdos lúcidos de ello. Sin embargo, si hay algo que jamás podría olvidar, es el momento exacto en que inicié mi primer trote, siendo recibido por la luz del amanecer.
Ella lo oía atenta, embelesada con su gesto concentrado y soñador. El sol seguía escondido, pero aún así ya podía ver las facciones de su acompañante sin forzar sus ojos por la oscuridad.
―Debió haber sido algo maravilloso. ―fue su respuesta ―Quiero decir, aprender siendo un niño tan pequeño.
―De hecho se convirtió en uno de mis pasatiempos favoritos, siempre que padre me autorizaba. ―su andar fue cada vez menos veloz, llegando al punto de detenerse. Con un movimiento firme, sus pies aterrizaron en el suelo, haciendo uso de las correas y la silla de montar para ayudarse. Teana observó la distancia que la separaba de tierra firme, y una mueca desconfiada torció sus labios ―Agárrese de esto de aquí, y use su fuerza para poder bajar prolijamente.
No quería parecer una tonta, por todos los cielos. Habían ocasiones -justamente como aquella- en las que se sentía sumamente inculta en cuanto a la cotidianidad de la vida misma; y aunque ella sabía que era por no pertenecer allí, no podía evitar seguir avergonzándose por su casi nulo conocimiento de las cosas. Sin embargo, haciendo de tripas corazón, la castaña inhaló con discreción y luego trató de hacer lo mismo que le vio hacer a Atem.
Claramente no llegó con sus pies enteramente a la hierba, sino que trastabilló dos pasos antes de enderezarse de nuevo bajo control. Fue imperfecto, pero al menos no terminó con el trasero humillantemente en el suelo, y lo agradecía.
―Cielos… ―fue lo único que optó por decir, antes de que uno de los insultos que pujaban por escapar de su boca saliera. Le dolían las piernas como si un tren la hubiera arrollado, no quería ni imaginarse de cómo se sentiría aquello al día siguiente, tras el frío de la quietud de su dormitar.
―Usted aprende rápido. Me arriesgaría a decir que parece ser buena alumna.
La muchacha escondió discretamente con su mano libre la sonrisa que curvó sus comisuras, divertida como no lo había estado en bastantes días.
«Si tan solo recordaras que fui una de las mejores de mi promoción en el colegio… bueno, si en realidad lo supieras» sacudió la cabeza, haciendo a un lado sus divagues. Ambos tiraban de las correas de sus caballos, acercándose cada vez más a la orilla del río Nilo tras cada paso. Llegados a un punto, dejaron las cuerdas semiatadas en un tronco, y Atem tomó asiento en una roca que rozaba el agua del fluvial, generando un sonido relajante y muy, muy natural.
Por su lado, Teana permaneció en pie detrás suyo, maravillada con los dibujos anaranjados que se dibujaban con más fuerza sobre el cielo que iba perdiendo sus millones estrellas.
―Acompáñeme.
Después, señaló con su palma abierta el sitio a su lado, sin despegar sus orbes del paisaje. La adolescente tragó con fuerza, cerrando dos frágiles puños cuando se posicionó a una distancia prudencial de él, ergo a su altura. Era absurdo estar separados por un metro, y aún con ello sentir que su piel se estaba quemando, que su corazón le robaba el aliento, que su pulso la hacía temblar ligeramente de la emoción. Él, tan ensimismado en el panorama, y ella, tan enamorada suyo… tanto amor oculto en un pequeño y débil cuerpo.
―¿Qué es eso?
Su pregunta fue rápidamente respondida, no por obtener una respuesta, sino porque de pronto los movimientos del muchacho sobre la roca se detuvieron, revelando así un pocillo dorado rebosante de rojas frutillas.
―Las traje para usted. Adelante. ―Teana miró al recipiente y a Atem intermitentemente, insegura de cómo proceder ―Perderá su desayuno por culpa de mi invitación. No me haga insistir.
Ella sonrió tímidamente, conmovida en secreto por su amable gesto y el haber dedicado algún momento para pensar en su bienestar.
―¿Me acompaña, faraón? ―le ofreció con educación. Era lo mínimo que podía hacer, aunque ello significara compartir la misma vasija.
―Le agradezco. ―levantó su palma delicadamente en señal de rechazo, sonriendo un poco. Extrajo una manzana de uno de los bolsillos ocultos por su elegante capa, y antes de echarle un mordisco y volver su mirada al horizonte, agregó ―Que aproveche.
―Que aproveche.
Y allí, bajo el cántico de las aves, con la brisa fresca de la noche muriendo, oyendo el agua corriendo infinitamente cerca de sus pies y, compartiendo el plácido silencio situado entre ellos, un joven faraón y una dulce criada contemplaron el nacimiento de un nuevo día en el Antiguo Egipto.
Un nuevo amanecer.
Estaba tan apurado que ya había empezado a trotar, haciendo que el sonido de sus pequeños pasos rebotaran con eco contra las paredes de piedra de los largos pasillos. No había recorrido gran trayecto, y aún así jadeaba levemente con la boca entreabierta, aferrando entre sus sudorosas manos una caja de madera oscura, de donde provenía un ruido cristalino.
Dobló en una intersección, dando con la salida del patio de los herbarios, y de un golpe duro rebotó hacia atrás, cayendo sentado en dos saltos. Ni siquiera pudo procesar qué rayos había sido eso, cuando la silueta del jefe de los herbarios se cernió sobre él.
―Niño insolente… ¿qué te había dicho de correr? ¡Mira el desastre que has hecho!
Tragó saliva, nervioso: el cofre se había abierto, y todos los frascos de hierbas y ungüentos que llevaba dentro se habían hecho añicos en el suelo, salvo algunos pocos.
―L-Lo siento, señor. ―murmuró con pena, realmente sintiéndose culpable por su poco cuidado. Vaikiro tenía un temperamento más bien inquieto; era un niño efervescente, de mirada intensa y de palabra fácil. No dudaba en decir lo que pasaba por su mente, y por lo general solía meterse en problemas cuando salía a jugar con los otros niños de su viejo pueblo, debido a que cargaba consigo un orgullo tremendo. Sin embargo, su vida había dado un giro de 180 grados hace semanas ya, en cuanto fue separado de su familia.
Bueno, Neith era su hermana… aunque no vivía en su antigua casa.
―¿Lo sientes? Has echado a perder las elaboraciones de toda la bendita semana.
―Quería llegar lo más pronto posible. ―quiso explicarse, angustiándose ―No fue mi intención…
―Tus manos. Ahora.
A Vaikiro le dio un vuelco en el estómago, acelerando su pulso: iban a azotarlo. Siendo honestos, él no era de los muchachos que se lamentara por heridas y golpes… mas no significaba que los azotes le gustaran. De hecho, eran de las lastimaduras que más le dolían, más que nada porque ya era sabedor de que sería castigado, y eso lo llevaba a un estado de inquietud bastante elevado.
Él podría haber bajado su carácter al haber pasado a habitar en el palacio del rey… ergo el carácter seguía ahí.
―El faraón dijo que eso no puede hacerse más.
Aunque se sintió absolutamente bien poder liberar un poco de su euforia, le duró poco. El sujeto se agachó, y de un movimiento brusco lo levantó de un tirón, tomándolo por el brazo. Sus dedos clavándose en su piel, hicieron que el pequeño lanzara un quejido doliente.
―Suéltalo, o te juro que en menos de lo que se dice "Ra", te encripto.
La tercera voz sonó como lo que era: una auténtica amenaza. La gravedad de su tono fue tal, que el jefe soltó al niño como si de pronto le quemara, provocando su caída de rodillas, esta vez sobre los restos de vidrios rotos.
―Sacerdote Seth. ―se inclinó con cierta torpeza, bajo su estricta mirada ―Este estropicio fue a causa suya. ―le dijo entonces, señalando al menor.
Ah, Seth no estaba particularmente de buen humor ese día, para desgracia del jefe de los herbarios… y digamos que no le había hecho nada de gracia toparse con algo de esa índole de camino a los barracones. Observó al niño de cabellos azabache, temblando sin atreverse a levantar sus orbes de los adoquines y con las rodillas sangrando. La escena era nefasta.
―Quiero que este suelo quede tan brillante como el mismísimo oro. ―ordenó, para después agregar ―Y la próxima vez que siquiera se rumoree que has intentado castigar físicamente a algún plebeyo, me encargaré personalmente de tu resolución.
Vaikiro se quedó boquiabierto, asombrado como nunca lo había estado en su corta vida. Se planteó la posibilidad de estar sumido en alguna especie de alucinación o sueño.
―Enseguida, sacerdote.
―Ah, y quiero que lo hagas tú, por si no he sido lo suficientemente claro. ―sumó con desdén, acariciando la fría superficie de su cetro ―Tú, levántate del suelo y sígueme.
Con un gesto incómodo, el infante se puso en pie, tenso como si de pronto su columna fuera una vara de acero. Tuvo todo el cuidado del mundo de siquiera rozar con sus iris la silueta de su jefe, con temor a que en el futuro se vengase de alguna forma por lo ocurrido. Ignorando el dolor y la adrenalina, se adelantó hasta llegar detrás del alto hombre que ya había partido de allí, ondeando sus ropas con una clase más que digna de su renombre. No pudo evitar comparar sus telas inmaculadas con sus trapos, manchados de tierra y clorofila. No tenía idea de a dónde lo estaba conduciendo, pero mientras que lo mantuviera lejos de su aterrador mandamás, él no se quejaría.
A menos que se lo estuviera llevando para de alguna manera castigarlo personalmente…
―No es la primera vez que te azota, ¿no es así?
Él negó con la cabeza, rápidamente recordando que el sacerdote no podía verlo ya que estaba detrás suyo.
―Soy torpe. ―explicó, mordiéndose el labio.
Seth arqueó una ceja.
―Por supuesto que eres torpe. ―moduló, tomando otro pasillo ―Eres un niño.
Aunque había sonado estricto, extrañamente Vaikiro se sintió confortado. De lo que había podido aprender hasta la fecha por parte de las habladurías, el sacerdote Seth era el más serio y comprometido de todos, emitiendo un aire de autoridad bastante atemorizante.
Atravesaron una alta puerta, la cual ni siquiera tuvieron que empujar, puesto que sus hojas se abrieron a ellos tras su cercanía. El pequeño -ahora caminando casi que al lado del muchacho-, vio sonreír al guardián real, con sus ojos chispeando.
―Me cuesta comprender por qué te satisface tanto saber que tu llamado mental logró llegar hasta mí.
Isis estaba pulcramente sentada, cerca de una de las muchas camas que habían en aquella grande y silenciosa habitación.
―Es bueno saber que nuestras prácticas están dando frutos. ―comunicó él, cruzándose de brazos. Todos los sacerdotes llevaban meses entrenando para que la conexión entre los artículos del milenio y sus portadores fuese más intensa, buscando llegar a un nivel en que se pudiera sentir si alguno de ellos necesitaba de la presencia o saber la ubicación del resto.
―Bueno, admito que el avance para todos ustedes es más que evidente, y me complace confirmarlo. ―dijo la fémina ―Ergo no hallo lógica a tu conformidad para conmigo, cuando por mi parte es algo que practico desde que tengo uso de razón.
Seth contuvo sus ganas de rodar los ojos, arrugando la boca. Isis siempre había sido muy difícil para la interacción social -aunque siendo honestos, él no era el más indicado para reprochar justamente respecto a ese tema-.
―Alégrate. No hace daño recordar cada cierto tiempo que tienes un don. ―luego, echó un vistazo de reojo al pequeño esclavo ―Supongo que sabes por qué estoy aquí.
Isis observó por primera vez al menor, quien jugueteaba nerviosamente con sus cortos dedos sin atreverse a verla.
―No sería la primera vez que le golpea. ―soltó, inclinando su rostro con delicadeza. Suspiró apenada, mirando la sangre en sus pequeñas rodillas ―Hace algunos minutos envié a la curandera a mezclar las raíces y especias pertinentes para él. Interveniste en un buen momento.
El dueño del cetro asintió, orgulloso.
―Quédate aquí. La curandera tratará tus heridas y te dirá qué hacer, puedes confiar en ella. Isis estará viendo que todo esté en orden.
―De acuerdo. ―murmuró con timidez el chico, sonrojándose un poco ―Muchas gracias, sacerdote Seth.
Él respondió con un corto gruñido, para luego girarse y partir en dirección hacia la salida.
―Seth.
―¿Isis?
―Ahora mismo están preguntando por ti en los barracones.
Sonrió de medio lado, reconociendo internamente antes de irse que aquella mujer tenía muchísimo más poder mental que cualquier sujeto que hubiera conocido hasta la actualidad.
Entrelazaba sus dedos sin dejar de andar, jugueteando. Una sonrisa tonta se había instalado en sus labios desde que ambos se habían despedido en los establos, una que incluso ni siquiera pudo borrar cuando, de camino a su cuarto, se cruzó con Asib, quien le cuestionó sobre su paradero y, luego de explicarle que el faraón la había llamado, simplemente la mandó a hacer sus tareas habituales.
No fue explícita en decirle haciendo qué ni dónde había estado.
Había sido maravilloso. Hasta diría que de ensueño: no hablaron mucho más, solo se limitaron a descubrir lo cómodos que se sentían simplemente estando en silencio uno al lado del otro, disfrutando del tiempo pasar. Estaba conociendo una faceta de Atem que, hasta el momento, le gustaba muchísimo, y sabía que aún quedaba mucho más por descubrir debajo de aquella coraza.
Abrió su puerta, y una vez adentro de su habitación la cerró, apoyando su espalda sobre la crujiente madera con los ojos cerrados, acentuando más su curvilíneo tirón de comisuras hacia arriba. Dio un suspiro gustoso: todo era tan genial…
―¡¿En dónde rayos te habías metido?
Juró que el corazón le había subido hasta la boca. Del brinco que dio, se golpeó los codos contra la entrada con un estrépito propio de alguien que casi sufre un paro cardíaco del susto.
―¡Por todos los cielos, Neith! ―exclamó, llevándose una mano al pecho en un inútil intento por bajar su elevada frecuencia.
―¡Te he buscado toda la maldita madrugada! Ni siquiera Asib sabía de tu paradero. Válgame Ra… válgame Ra y todo su séquito. ―eso último lo dijo en un murmullo ahogado por sus propias manos, que fueron a parar a su rostro. La castaña empezó a notar ciertos comportamientos no habituales en la mujer.
―Ya cálmate, estoy bien, solo fui a… ―tras un breve análisis de su lenguaje corporal, Teana frunció el ceño, finalmente cortando su justificación ―, oye, ¿qué te ocurre?
La aludida encerró en sus puños nerviosos dos grandes mechones de su cabello, desaliñando su ya de por sí descuidado aspecto. Una sensación de temor azotó la boca del estómago de la adolescente, reparando en los ojos irritados de su compañera.
―Estoy acabada, eso ocurre.
―¿Qué estás diciendo? Neith, explícate. ―le pidió, empezando a perder los estribos también.
―Estoy muerta. Me matarán, me colgarán en la horca o peor, me van a encriptar. ―ya para ese entonces, la luchadora había iniciado una caminata de un lado al otro a lo largo de la extensión de su pequeña recamara improvisada.
―Neith, si no…
―No tendrán misericordia. No debí haber sido tan impulsiva, soy una idiota…
―¡Neith! ―la aferró por los hombros, sacudiéndola un poco con el objetivo de detener su palabrerío sin sentido. Sus iris doradas chispearon con el contacto, como si con su movimiento hubiese regresado a su portadora nuevamente a tierra ―Escucha, si no me dices qué está ocurriendo, no puedo entender.
Aquello pareció surtir efecto. Tras tragar sonoramente, la hija de la matriarca se apartó de su agarre claramente incómoda, sin saber dónde posar sus orbes. Pasó una de sus manos por su cuero cabelludo, y echó un suspiro irritado.
―El sacerdote Mahado me vio practicando con mi espada.
Un alivio instantáneo le adormeció el cuerpo, liberando el aire que había estado conteniendo inconscientemente en sus pulmones: por lo visto Vaikiro estaba fuera de peligro… hasta cierto punto. No llegaba a comprender qué tan grave era que una mujer fuera descubierta ensayando movimientos de combate, pero por el pánico de su amiga, supuso que era algo muy, muy malo.
Bueno, si lo ponía en la balanza comparándolo con cortarse el pelo, la idea de que la castigaran con la muerte no le parecía tan descabellada. Claramente un absurdo, en su opinión.
―Y… ¿qué te dijo? ―preguntó, sin saber muy bien qué decir. Al oírla se pasó la palma por el rostro por décima vez.
―¡No se trata de lo que me dijo! Maldita sea, ¡tuvimos un duelo!
Le tocó empalidecer y quedarse boquiabierta.
―U-Un… ¿un duelo? ―reiteró patéticamente ―Quiero decir, ¿un duelo de monstruos?
La rubia juró que le daría un tic en un ojo.
―¿Eres estúpida? Ni siquiera sé cómo demonios funciona eso.
Inflando las mejillas de indignación, fue el turno de la menor de enrojecer, presa del enfado.
―¡Entonces sé más clara y explícate, maldita sea!
Habían dicho tantos maleficios que ya habían perdido la cuenta, pero eso realmente las traía sin cuidado, puesto que estaban muy ocupadas devorándose con el fuego de sus miradas. Neith apretó los labios, aflojando la tensión de sus hombros progresivamente hasta que llegó a relajar sus músculos. Luego de respirar un par de veces, volvió a tomar la palabra, ya en una tonalidad mucho más calma.
―Lo lamento. No estoy acostumbrada a lidiar con este tipo de sensaciones. ―confesó, tomando asiento bruscamente sobre su cama. Teana aflojó su gesto huraño, e inclinó la cabeza.
―No está mal sentir miedo de vez en cuando. ―respondió. Una risita sin ganas se oyó a cambio.
―No tengo miedo, por Ra, casi nunca lo tengo. ― le rebatió, sonriendo un poco ―Me inquieta desconocer mi resolución. ―terminó confesando ―Él me obligó a tener un duelo de armas entre ambos. Claramente intenté resistirme, pero terminó arrinconándome y yo acabé cumpliendo con sus deseos.
La viajera del tiempo se sentó a su lado, ciertamente apenada por su previo arrebato.
―Pero… ¿fue un duelo en serio? ¿Han llegado a…?
―No, no. Ninguno hirió al otro, que los dioses me amparen. ―aclaró con prisa. Un tono amargo nació desde su garganta después de unos segundos de silencio ―Mi papel fue lamentable, impensado… nunca debí volver a tomar esa espada. Nunca debí haberlo hecho por primera vez, para empezar.
―Neith… ―susurró con sorpresa, sintiendo auténtica tristeza. La chica se mordió el labio, haciendo trabajar su cerebro ―Bien, escucha, ¿alguien te ha mirando extraño desde que te has levantado?
La interrogante tomó con la guardia baja a su receptora.
―No… bueno, eso creo.
―Está bien. ¿Y has sabido de que te estén buscando, o de que estén hablando respecto a ti?
―Solo he salido del cuarto para venir hasta aquí. Créeme que estaba pensando en otras cosas, no mirando caras. ―contestó mordaz. Teana rodó los ojos.
―Ya, ya. ―comprendió rápidamente, levantando ambas manos ―Eso significa que ningún guardia te ha dicho nada hasta el momento, ni tampoco tu jefe.
―¿A dónde quieres llegar con esto? ―la cuestionó con extrañeza.
En el fondo, la verdadera alma oculta dentro de aquel joven cuerpo egipcio, sabía perfectamente que la fémina se hallaba fuera de peligro. Anzu Mazaki ya había tenido la buena fortuna de conocer a Mahado dentro de los recuerdos de Yami; un hombre fiel, leal, altruista, amable y muy, muy justo. Tenía la certeza de que si él no había tomado medidas con su amiga mismo en el instante de su descubrimiento, directamente no lo haría.
Dibujó una sonrisa dulce, y tomó su mano.
―Neith, estoy segura de que si el sacerdote Mahado hubiera querido tomar represalias al respecto, lo hubiera hecho en el mismo momento. ―le dijo, sonando confiada ―Pero aún si decidiera esperar hasta el día siguiente, ¿no crees que a estas horas del día está más que claro que él no va a castigarte por lo que pasó?
Pareció dejarla sin palabras, aunque sus ojos brillaron mínimamente, como si una pequeña cuota de esperanza hubiese surgido dentro de su pecho.
―Levanté mi espada contra el sacerdote Mahado. ―repitió, queriendo volver a dejarlo claro.
―Tú lo has dicho. Contra el sacerdote Mahado, no contra el sacerdote Seth.
Fueron las palabras clave para obtener su interés y atención absolutos.
―Tú… ¿eso crees? ―le preguntó.
La joven asintió, ya un poco más tranquila al volver a ver a su nueva amiga en mejor estado. Torció sus labios ladinamente, soltando su agarre para cruzarse de brazos.
―¿Y quién de los dos ganó? ―quiso saber.
Neith cerró sus ojos, avergonzada.
―¿Te refieres a sucia o limpiamente?
Teana estalló en una risa asombrada, boquiabierta.
―¡¿Le hiciste trampa?
―¡Ya cállate!
Seth ya había terminado de leer el comunicado que había desenrollado y abierto en el patio de los barracones, y sin embargo sus ojos seguían clavados en algún punto inespecífico del papiro luego de tres minutos.
―¿Sacerdote?
La voz de la organizadora que recién había ido a atender al soldado que acababa de llegar de la aldea del sur, fue lo que lo regresó de nuevo a la realidad, acelerando su corazón. Enroscó de nuevo la misiva, frunciendo el entrecejo hasta el punto en que sus cejas casi se tocaban. Cualquiera que lo viera, sentiría miedo: no era buena señal ver a Seth con esa cara. Sin embargo, quienes de verdad lo conocían, sabían que ese era su gesto de preocupación absoluta.
Y no podía significar nada positivo.
―Notifica una reunión sacerdotal inmediata. ―fue lo único que le dijo a la sirviente que aguardaba detrás suyo ―En presencia del faraón.
―Enseguida, sacerdote.
Aún después de un rato más, el sujeto continuó de pie en aquel lugar, haciendo girar los engranajes de su mente a toda velocidad.
Una tormenta se avecinaba.
—De nuevo.
Frunció el ceño, apretando los dientes, y de un movimiento poco prolijo con sus manos, echó una ráfaga de poder con un gruñido molesto, que terminó impactando a unos cuantos metros del hombrecillo de madera con el que siempre entrenaba. El golpe levantó algunas pequeñas piedras del suelo, lo que llevó a su maestro, Mahado, a entrecerrar sus párpados.
—¡Por todos los cielos, no puedo!
El grito se acompañó de una infantil pero frustrada patada al piso, que lejos de aliviar su enojo, no hizo más que aumentarlo, alimentando sus ganas de prenderle fuego a algo. Extraño… ¿no? Y es que muy rara vez se podía ver a Mana perdiendo hasta tal punto los estribos, una joven que habitualmente rebosaba de paciencia, alegría y muchas ganas de aprender cosas nuevas.
—Intenta concentrarte en el trayecto que te separa de él, y…
—Y no en el objetivo en sí. Ya lo sé. —lo interrumpió ella, inmediatamente arrepentida por su atrevimiento. Se llevó las manos a la cara, tapándose los ojos, y los cerró. Inhaló un poco y mientras tanto comenzó a contar hasta diez, a un ritmo calmo y controlado.
—Mana…
—Dos semanas. Llevo dos semanas tratando de aprender esta lección, y lo más sorprendente que logré fue mover la gravilla. —se mordió el labio, reconociendo aquel escozor en sus lagrimales que anunciaba su inminente llanto —No estoy avanzando, no…
—Mana.
Lo que la cortó no fue el llamado en sí, sino la mano que se posó sobre su hombro. De hecho, la muchacha hasta olvidó por un instante sus ganas de hacer una ridícula escena y bajó la guardia, develando al exterior sus orbes inseguras. El mejor hechicero de Egipto la observaba con determinación, transmitiendo así una gran fuerza de voluntad, de la cual no dudó en aferrarse cual tabla salvavidas.
—Lo… lo siento. —murmuró la joven, esquivando sus ojos. Sentía culpa y vergüenza por su previo comportamiento ―Me dejé llevar.
El silenció se abrió paso, dejando un vacío en el ambiente. La mano del mayor se retiró de su cuerpo, dejándola con una sensación de frío que la llevó a cruzarse de brazos, escondiendo su intención de reconfortarse a sí misma.
―Debes entender que no todo te saldrá a las horas o días de práctica, ni mucho menos a la primera. ―murmuró él ―Estás ignorando uno de los primeros principios de la hechicería. Quiero oírte decir cuál es.
Ella suspiró, removiéndose en su sitio.
―La paciencia es el elemento clave. ―murmuró ―Trabajaré más en ello. ―confió a cambio, asintiendo para darse énfasis. El hombre sonrió un poco.
―Hay técnicas que tardan años en perfeccionarse. No debes permitir que esto te frustre.
A Mana le dio la impresión de que él tenía la intención de agregar algo más, pero la llegada de un sirviente redireccionó su atención.
―Sacerdote Mahado, hechicera Mana. ―saludó con cortesía, inclinándose ―Sacerdote, se solicita su presencia en el salón sacerdotal.
―Enseguida voy. Gracias. ―una vez que volvieron a quedar a solas, echó un suspiro ―Debo irme. Hazme el favor y termina el entrenamiento de hoy por tu cuenta.
―Claro. ―aceptó, despidiéndolo con protocolar educación. Se quedó inmóvil, en la misma posición los siguientes segundos, hasta que dejó de oír sus pasos alejándose. Solo entonces, cuando los músculos de su espalda empezaron a fastidiarla, se erguió nuevamente, con el semblante ido y los ojos brillosos.
Mana rozó con sus dedos la tela de su vestido, a la altura de su hombro, el mismo sitio en el que Mahado había colocado la palma de su mano. Dobló distraídamente el borde de la costura y jugueteó un pequeño momento, sintiendo que la piel de sus pómulos empezaba a arder, al igual que la punta de sus orejas.
No era la primera vez que él la tocaba, por lejos. Ellos mantenían una sana amistad desde los años más jóvenes de sus vidas, y llevaba consigo memorias de ambos compartiendo aventuras, juegos y abrazos. Sin embargo, aunque las acciones fuesen siempre promovidas e impulsadas por el afectivo lazo amistoso del que se sostenían junto con Atem, Mana guardaba muy en su interior sus deseos de ser apreciada por Mahado no solo como amiga, sino como mujer.
Se mordió, con la culpa llenando cada rincón de su cuerpo, con aquel miedo constante de verse descubierta por su maestro corroyéndole. Si ella pudiera tener pesadillas -porque no las tenía, debido a que había aprendido a dominar ciertas partes de su mente a lo largo de los años-, estaba segura de que todas tratarían sobre la develación de sus profundos sentimientos ante todos. Le aterraba la idea de despertar un día, mirar su rostro y saber que él conocía su secreto.
Ella era su alumna, su pequeña aprendiz. Ella seguía siendo la niña risueña que chapoteaba en los estanques del palacio, que correteaba a los gallos, que copiaba sus valores para demostrar lo bien que se comportaba… la tenía muy difícil para ser vista como una dama ante aquel hombre de porte recto, de actitud altruista y de corazón noble.
Echó un suspiro, inclinándose para apoyarse sobre sus propias rodillas, y lanzó un gruñido agotado.
―Ya basta, deja de perder el tiempo en tonterías y concéntrate.
Mientras que la joven retomaba sus prácticas, más allá de las paredes de los patios, en el salón del rey de Egipto, una congregación de personas se estaba preparando para tomar ciertas decisiones que, sin siquiera sospecharlo, cambiarían el rumbo de la vida de muchos.
¡Buenas tardes, mis queridos lectores!
Estoy, literalmente, escribiendo esto en mi media hora de descanso, para así poder ya subir este capítulo que se me quedó olvidado en alguna parte de mi celular. No les voy a engañar: no tenía idea de cómo encarar algunas descripciones, pero aunque me haya costado, por fin puedo decir que estoy conforme con lo que conseguí plasmar.
Espero que para ustedes también sea de agrado :).
Podemos ver que el relacionamiento de nuestra pareja favorita se está volviendo cada vez más cercano, y aunque hasta la fecha no ha habido contacto, por ahora todo va sobre ruedas. No falta mucho para que empiece lo bueno ;) pero antes, es necesario un poco de tensión y algún que otro problema.
Y aquí es cuando entra la temática del capítulo que viene... y estoy tan ansiosa por subirlo que ya voy bastante avanzada con el mismo.
Les mando un saludo inmenso desde Uruguay, y les agradezco el apoyo y todos los comentarios que voy recibiendo en mi página de Facebook :) el link está en mi descripción.
Gracias totales por los reviews a: saralujan15; Guest1; Bat Dragon; Mexican Lady; Guest2; Mitsuki Ryuuzaki.
¡Nos vemos en la próxima!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
PRÓXIMO CAPÍTULO: Capítulo X: La aldea del Sur.
