Disclaimer: No tengo ni un activo en Disney, así que ninguno de sus personajes me pertenece.
Viñeta 9
A pesar del largo tiempo transcurrido desde su encierro, en comunicación con considerable número de gente, así como la costumbre de Anna y Olaf de hablar velozmente y cambiar rápido de tema, Elsa todavía no se habituaba a las típicas relaciones interpersonales, donde la conversación fluía con celeridad, girando en torno a un asunto un minuto, mutando a otro al siguiente.
A su alma filosófica le frustraba que no profundizaran más en índoles importantes, al igual que esa tendencia de la gente de llenar los silencios cuando estaban en compañía, o de abrir la boca si no era necesario.
Simplemente no se había criado para ser conversadora, ni se cambiaban conductas bien arraigadas.
La única excepción fue la noche en que conoció a su Caballero Negro, si bien charlaron de muchos temas en ritmo ameno y fueron más a fondo en determinadas cuestiones. Analizándolo más en calma, no le sorprendió descubrir que era un instruido príncipe, dado a la soledad y a los libros (en perspectiva, eso fue lo que les hizo congeniar, más allá de ser almas gemelas; sus personalidades se adaptaban. ¿O estar destinados influyó en sus gustos?).
A consecuencia de lo mencionado, no era de extrañar que estuviera ligeramente incómoda en esa fiesta de sus anfitriones —de la que fue imposible zafarse—, escuchando al grupo —el más decente de todos los invitados— yendo de un tema a otro, luego de la típica apertura del clima. Estaban hablando del oro en Nueva Holania, tras ver aburrido criticar un "antiguo" libro francés llamado La justa pereza, del que Elsa quería saber más y planeaba buscar.
Se sentía curiosa por el nombre y la ironía de que aristócratas capitalistas, solazándose en un baile, mientras sus trabajadores apenas salían de exhaustivas jornadas, comentaran sobre él. La obra sugería tiempos más cortos de producción y el disfrute de la clase obrera, o eso parecía.
Moriría por estar leyendo en el balcón de sus aposentos, que colindaban con uno de los muchos canales, no allí oyendo a ricos quejándose de los privilegios de otro estrato social o a tontos creyéndose genios por distinguir el oro del bronce.
Divertida de su sarcasmo, se cuestionó qué haría alguien como Hans si estuviese presente. ¿Sería educado dando a entender que eran pláticas intrascendentes, o ingenioso buscaría incorporar una frase o dos que inquietaran a su público unos segundos, tras lo que alguno trataría de demostrarse listo, respondiendo con agudeza o estupidez, y otro intentaría recuperar el matiz insípido de la conversación?
No, haría lo segundo si pudiera, como dejaba insinuar su inteligencia, pero el espejo impediría tal giro.
Extrañada, Elsa se preguntó por qué sus pensamientos se habían dirigido a él dos veces; empero, prefirió no abocarse a una materia digna de un momento con mayor libertad. Solo para responderse en el momento, se dijo que era porque, una hora atrás, había enviado a Corona su respuesta a la misiva de marzo de él.
Viendo que los dos caballeros y la dama con ella dirigían la discusión de la esclavitud minera hacia los artículos hechos del codiciado metal áureo, Elsa participó con un breve comentario y se permitió espiar discretamente a su alrededor. La habitación de paredes y techo blanco perla con molduras y bajos relieves dorados, mosaicos como tablero de ajedrez, candelabros de plata y grandes palmeras, daba un contraste perfecto al arcoíris de los ropajes en los asistentes al baile, los uniformes grises de la servidumbre y los trajes azules de los músicos.
Parecían una agradable paleta de pintor, especialmente en la pista, donde varios miembros de la clase alta bailaban una danza similar al famoso estilo polca, moviéndose al ritmo de rápidas y animadas melodías de tubas, contrabajos, clarinetes y violines. La diferencia estribaba en que las mujeres no se veían obligadas a alzar mucho sus faldas, como exigía el otro baile popular.
Era música entusiasta, como la que acostumbraban en Arendelle la mayor parte del tiempo, pero ahí ella no se uniría, aunque la falda de su vestido rosa pálido pudiera crear vuelo.
De repente, y la rubia se asustó de haberse perdido en sus pensamientos, sus interlocutores callaron y todas sus miradas se concentraron en ella.
Implacable gracias a sus años formativos, la reina de Arendelle no reveló su falta de atención, sino que mostró la sonrisa comedida que funcionaba para todos los casos.
Y no la perdió, pese al brinco de su corazón, cuando oyó el anuncio de tres recién llegados.
Comprendió que por estar de espaldas a la entrada no se dio cuenta del motivo del silencio del círculo.
—Su Alteza, el príncipe Hans Westergaard de las Islas del Sur, en compañía de la princesa Karen Westergaard y la dama Sorine Eiríksdóttir.
¿Lo había invocado, acaso?
Una pausa en el amplio salón indicó la consciencia de los presentes —músicos incluidos— sobre la relación tensa entre el recién llegado príncipe sureño y la reina de hielo en el salón.
Mas a ella no le interesó esa circunstancia, sino el hecho de que fuese su primer encuentro con él desde que supiera su condición de alma gemela.
Ahora bien, odiando contar con tal protagonismo, Elsa se giró dignamente y posó sus ojos en la alta escalinata de la mansión, donde tres figuras buscaban la causa de tal recibimiento.
Se fijó apenas en la anciana y la joven, centrando su mirada en el caballero de vestimenta oscura escoltándolas a ambas.
¿Por qué estaba tan complacido?, pensó intrigada, olvidándose un momento del espejo y el tirante silencio en el salón.
¿Qué hacía allí? ¿No que pasaba mucho de su tiempo en soledad? ¿Por qué nadie le advirtió? ¿Y Karen? ¿Sería su esposa? ¿Él se habría casado en el tiempo transcurrido desde su carta? ¿Le encontrarían un uso sus hermanos?
Sintió una extraña punzada de inconformidad. No obstante, buscó calma, ya que no tenía por qué responder así, ni era el momento y lo alertaría con su conexión; aparte, una boda real no pasaría desapercibida y… la joven no respondía por título real. Debía ser una sobrina, con tantos hermanos mayores habría alguna.
Como nunca antes, Elsa amó sus trece años tratando de controlar sus poderes, aprendiendo una rara combinación de rigidez y naturalidad al actuar. Nadie, ni el más observador, notaría reacción suya.
La cara de felicidad de él se modificó un ápice cuando finalmente la ubicó.
Un pálpito tembló en ella y en el lugar.
Debido a la distancia, sus ojos no se enfocaron a la perfección; por lo tanto, Elsa se limitó a inclinar la cabeza tranquilamente, deseando que él comprendiera sus intenciones. Sin pestañear, Hans le respondió el casual saludo, suponiendo la recuperación de todos, porque las voces y la danza se reanudaron.
No había que ser genio para saber la jugosa plática que seguiría.
Al volverse a su propio grupo, sin abrir la conversación, puesto que mostraría nervios, una idea repentina, absurda y tentadora cruzó la cabeza de Elsa.
¿Sabría que ella era Dama Azul? ¿Su espejo era real?
Empezaba a creerle bastante —no sabía con exactitud cuándo se decantó más por hacerlo—; sin embargo, era tan terca en algunas cosas que no dejaba ir un asunto hasta estar segura.
¿Era tiempo de ponerlo a prueba, sobre todo si lo influía ella?
Todo en su interior gritó ¡sí!
NA: ¡Hola!
Del libro al que se refieren es una parodia a El derecho a la pereza (con origen francés en 1880). En el siglo XIX, Australia era llamada Nueva Holanda, y en mitad de ese tiempo hubo fiebre del oro. La polca se hizo popular también para el mismo tiempo.
En la próxima viñeta verán la mala influencia que es Anna para Elsa ja,ja,ja.
Besos y abrazos, Karo
