o 21: La vie en Rose
El sonido de unos tacones resonando en la madera me hicieron despertar. Iban de allá para acá, retumbándome en la mejilla derecha, y haciendo eco en mis oídos. Tenía frío. Un frío antinatural e intenso que me hacía temblar ligeramente. Un frío que hace varias semanas no sentía al despertar. Intenté abrir los ojos, no sin algo de dificultad. Pero, de inmediato, tuve que cerrarlos con fuerza por un repentino y enceguecedor rayo de luz. Podía ver las manchas difuminadas, producto de haber sido encandilada. Mantuve los ojos firmemente cerrados intentando recuperarme. Sin embargo, momentos después, pude distinguir otro rayo de luz a través de mis párpados.
Flash.
Alguien estaba sacando fotografías, sin duda. ¿Era alguna especie de paparazzi? ¿Me estaba sacando fotografías a mí, acaso? Pero yo no tenía ninguna sesión fotográfica programada. Más aún, ni siquiera estaba trabajando para el Mimzy's Palace a esas alturas. No tenía sentido.
Estaba aturdida. ¿Era eso una especie de sueño? ¿Una pesadilla? Me esforcé en ordenar mis pensamientos. Pero me dolía pensar. Tenía la cabeza pesada y revuelta. Con mucho trabajo, comencé a aclarar la nebulosa confusa que tenía en mi mente. Me concentré en traer coherencia a mi extraña situación. Y, al hacer memoria de mis últimos pasos, mi estado y mi postura parecían completamente absurdos.
Abrí un ojo, con cuidado. El olor a polvo cosquilleaba en mi nariz. Necesitaba saber dónde estaba, pero desde mi ángulo no podía ver más que un piso de madera viejo. Y sólo lograba vislumbrar unos pocos frascos sucios, acumulados en un rincón de un estante con la pintura gastada. Todo el lugar estaba casi en penumbras, iluminado, escasamente, por una tenue luz verde, de una fuente desconocida para mí. Nada concreto que me diera una mínima señal para ubicarme. Eso era lo único que me importaba en ese momento; ¿dónde estaba yo? ¿Por qué estaba tirada en el piso? ¿Qué había pasado? No recordaba haberme sentido mal para llegar a desmayarme, y acabar en el suelo, en aquel lugar tan extraño. Yo estaba segura de que había estado en el Mimzy's Palace y, desde ahí, no recordaba nada más.
¿Dónde estaba la sombra?
Intenté mover mi cabeza, pero de inmediato desistí. Reprimí un quejido. Mi sien izquierda me palpitaba, y la ligera jaqueca que tenía se acentuaba más, de forma punzante.
Entonces, mi estómago me dio un vuelco al ver a aquellos ruidosos tacones caminar frente a mi cara. Se detuvieron a centímetros de mi nariz. Yo no estaba sola. Quien fuera esa persona, parecía no importarle, en absoluto, mi presencia. Esa mujer estaba dándome la espalda, pero podía escuchar el inconfundible sonido de cómo cargaba una cámara de fotos.
Flash.
Volví a apretar los párpados y fruncí los labios, con molestia. Al arrugar el rostro, noté un tirón en mi costado izquierdo de la cabeza. Como si algo pegajoso se hubiese secado en todo el contorno de mi cara. Hice una inspección general de mi cuerpo y me di cuenta que sólo mi cabeza estaba mal. Como si me hubiese dado un golpe duro. Uno que yo no recordaba.
"¡Tenías razón!" escuché a la mujer "¡Esto es una verdadera mina de oro!"
¿Había alguien más en la habitación o me hablaba a mí?
Yo mantuve los ojos cerrados. Sus tacones pasaron de mi costado izquierdo al derecho. La rabia me borboteó, de inmediato, en el pecho. ¡Esa mujer había pasado por sobre mí, como si fuese un bulto más en piso, y que sólo se limitó a esquivar! Era indignante. Esa persona era consciente de que yo estaba tirada en el suelo y no le interesaba ayudarme.
"Sabía que el tipo era raro." Continuó, ella, con entusiasmo. "¡Pero nunca me imaginé que Alastor Leblanc fuera El justiciero!"
Fue, entonces, que sentí cómo el estómago se me encogía del miedo y el terror bajaba por mi espalda, como un estremecimiento violento. Todo malestar físico se esfumó de mi mente en aquel momento, y mis entrañas comenzaron a retorcerse sin control.
¿Qué estaba diciendo esa mujer? ¿Cómo podía saber eso? ¿Quién era ella? ¿Dónde me encontraba?
"¡Esto hará historia!" Decía, con júbilo.
Ella volvió a pasar sobre mí, y se dirigió a la estantería para observarla con mayor detenimiento.
Intenté moverme, con urgencia. Tenía que hacer algo. No podía quedarme ahí. Pero mi cuerpo se sentía extremadamente pesado y frío. El dolor penetrante en mi sien había vuelto a hacerse presente y con mayor intensidad. Pero no me importaba. Tenía que detener a esa mujer. No podía permitir que difundiera esa información de Alastor.
"¿Qué mierdas es esto?" Exclamaba, emocionada. "¡Qué repugnante! Debería sacarle fotos a cada frasco por separado."
Esas fotos. ¿A qué le sacaba fotos con tanto ímpetu?
Con mucho trabajo, pude girar un poco mi cabeza, para elevar la vista. Finalmente, observé, con mayor claridad, el mueble que tenía frente a mí. Y lo reconocí de inmediato. Era una estantería llena de frascos con restos humanos y animales en aceite; cuchillos de diferentes tamaños, un saco de sal mal cerrado; una ardilla disecada por un novato y una gran cantidad de hierbas en racimos colgando desde el techo. Pude ver algunos símbolos extraños en las paredes, que ya había conocido tiempo atrás y había tenía prohibido entrar por mucho tiempo: Yo estaba en el cuarto de sacrificio de Alastor. Pero, ¿Cómo era posible? ¿Esa mujer me había llevado a la fuerza, desde el Mimzy's Palace hasta la casa de Alastor? ¿Qué pretendía con eso?
"¡Espera a que todos se enteren!" Dijo ella, de pronto, sin contener la alegría.
¿Qué todos se enteren? ¡Nadie más podía saberlo! ¡Nadie más que Rosie y yo deberíamos saber la identidad de El justiciero!
"Oh, su condena será muy satisfactoria." Agregó con malicia. "Aunque admito que supo ser escurridizo. La policía lo ha buscado por casi un año. Pero en algún momento iba a bajar la guardia."
Guardó la foto que había sacado en su bolso, y comenzó a preparar la cámara, nuevamente, con un nuevo papel fotográfico.
No. No. No. No. ¡NO!
La desesperación de aquella perspectiva me llenó de pánico. Nunca se me había pasado por la cabeza la mínima posibilidad de que Alastor pudiese ser atrapado. Él sabía evaporar la sangre. Él podía actuar entre las sombras sin ser descubierto. No había forma en que pudiera dejar rastros, manteniendo el mismo modo de actuar en cada uno de sus ataques. En los carteles de "se busca" que se pegaban en la calle, simplemente, había un recuadro en negro impreso en el papel, junto a un ofrecimiento de una recompensa por su captura. Incluso había recompensa sólo por información de su rostro. Ni siquiera había un dibujo aproximado de algún testigo. Nadie sabía cómo lucía. Podía ser cualquiera. Por eso había sido imposible su captura. Pero en aquel sótano estaba todo lo que pudiese delatarle como "El justiciero". Todos los restos humanos que él retiraba de sus víctimas para sus rituales, estaban ahí. Toda prueba suficiente para que Alastor cayera ante la ley de manera irrefutable, y fuese condenado por ello.
"Aún no sé qué es lo primero que haré con el dinero de la recompensa." Dijo la mujer, distraídamente.
De un solo impulso de furia, reuní las fuerzas que me quedaban para agarrar el tobillo de esa mujer con una mano. La sentía fría y tiesa, pero no me importó. Ella dio un respingo y se volteó a mirarme, o eso parecía. La oscuridad del lugar no me dejaba verla bien.
"¡No puedes!" dije, con la voz ronca.
Incrusté mis uñas en su piel. Quería hacerle daño a esa mujer. Quería silenciarla.
"¡Deja de sacar fotos!" Exclamé, con labios temblorosos.
"Oh, ya despertaste." Dijo ella, con desprecio.
Luchaba por tener las fuerzas para sostenerla, pero mis dedos apenas tenían agarre.
"¿Quién eres tú?" Exigí saber.
Entonces, ella levantó su otro pie y hundió el tacón en mi antebrazo. Lancé un alarido. Podía sentir cómo sus intenciones eran que aflojara mi agarre, pero me negué a soltarla. Apreté los dientes, aguantando aquella insidiosa tortura.
"Se suponía que no deberías moverte." Gruñó.
Miró en dirección a la puerta.
"Oye, no está funcionando." Dijo.
Y, de pronto, ella comenzó a retorcer la punta de su tacón, con fuerza, sobre mi antebrazo. Si no fuese porque tenía mi abrigo puesto aún, ella me habría roto la carne. Lancé un sonoro quejido, por el aumento dolor. Aguanté cuanto pude, pero, finalmente, perdí la poca fuerza de mi mano y ella se liberó de mi agarre. Mi brazo me ardía y temblaba, y mis ojos me picaban con las lágrimas de impotencia. Ella intentó dar unos pasos fuera de mi alcance, pero no la dejé. Aun con el brazo adolorido, le di un manotazo a uno de sus pies y ella perdió el equilibrio. Trastabilló hacia atrás y chocó contra la estantería. Algunos frascos tambalearon en su lugar, pero el que contenía los ojos en aceite cayó al suelo, haciéndose añicos, y salpicando gran parte de las piernas y zapatos de aquella mujer.
"¡Qué asco!" Exclamó, en pánico.
A mí también me salpicó en el abrigo, la mano y la cara. Los trozos de vidrio del frasco saltaron en todas direcciones y los ojos humanos quedaron regados en el piso. La intensa peste del conservante, en aquel espacio tan reducido, me irritaba la nariz y la garganta. Aquella mujer lanzó un grito de espanto, y escuché que hacía arcadas. Se alejó lo que más pudo de aquellos restos humanos y el líquido, mientras movía la pierna.
"¡Mis zapatos!" exclamó. "¡Me manchó la pierna! ¡Ugh!"
Quise ponerme de pie, pero no podía. Sentía que tenía un peso enorme en la espalda, que no me dejaba levantarme. Forcejeé, pero sin resultado. ¿Qué me había hecho?
"¡Estúpida!" gritó, de pronto.
Acto seguido, me propinó una patada en un costado, con tanta fuerza que me volteó hasta quedar de boca arriba. Me quejé en voz alta y, si hubiese podido encogerme por el dolor, lo habría hecho. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Temía que me hubiese quebrado una costilla. Entonces, por fin, pude mirar su rostro. Estaba completamente confundida. ¿Qué estaba haciendo ella en casa de Alastor? Sólo la había visto una vez, pero era imposible olvidar esa melena rubia y esa boca demasiado grande para su rostro. Era Katie. Katie Killjoy. La horrible reportera que, tiempo atrás, me había golpeado en la cara y protagonizamos un numerito de golpes y jalones de cabello en el Mimzy's Palace.
La observé, mientras tomaba una de las botellas con líquido de la estantería. Katie se acercó hacia mí y me sonrió. Su sonrisa era antinatural e inquietante, pero había un detalle que no pasé desapercibido: le faltaba el colmillo superior izquierdo.
"¿Feliz de verme?" Dijo, inclinándose hacia mí. "La última vez tuvimos una presentación poco adecuada, querida."
Katie destapó la botella y la olfateó. Luego la aproximó a mi rostro. Desde la boquilla salía un potente olor a hierbas mezcladas con aceite y agua.
"Katie Killjoy, linda." Dijo, con malicia.
Y comenzó a verter el contenido de la botella en mi cara. Moví mi cabeza de un lado a otro, con desesperación, tratando de evitar ahogarme. Mi cuerpo no podía moverse y no tenía fuerzas para levantar mis brazos para apartarla de mí.
"Un placer volver a vernos." Continuó, con desprecio. "Debo decir que te recuerdo cada día al mirarme al espejo, desde el día en que me aflojaste un colmillo, perra."
Yo me estaba asfixiando por el agua que entraba por mi nariz, hasta agolparse en mi garganta. Tratar de respirar por la boca no era opción y mantuve los labios apretados. Estaba a punto de creer que moriría, cuando, de pronto, Katie se alejó de mí. Yo giré mi rostro y comencé a toser, sin control, escupiendo toda el agua con aceite que podía, que sentía que me quemaba. Inhalé aire a bocanadas sonoras y ahogadas. Jadeando, mientras volvía a toser. Mis lágrimas salían y se mezclaban con mi rostro empapado por ese líquido. No quería morir.
Luego de unos momentos, miré a Katie, con los ojos nebulosos. Ella estaba en el suelo, y su abrigo completo se había empapado del aceite que estaba en el piso. Ella se levantó, con dificultad y se miró el cuerpo. Observó, con horror, que parte de los restos de cristal del frasco se habían incrustado en sus pantorrillas, haciéndola sangrar. Me miró, con furia. Yo seguía escupiendo agua y tosiendo, tratando de despejar mis vías respiratorias.
"¡¿QUÉ TE PASA, IMBECIL?!" Exclamó, indignada.
Pero ella no me estaba mirando a mí cuando lo dijo. Ella observaba a alguien que estaba en dirección a mis pies y a quien yo no alcanzaba a ver.
Entonces, lo escuché. Aquella otra persona le respondió, con una voz rasposa que caló en mi alma y me paralizó completamente. Como si hubiese sido la voz de un ser hecho de mis peores pesadillas, volviendo a atormentarme en carne y hueso. Alguien a quien jamás esperaría escuchar en casa de Alastor; mi refugio por los últimos dos años de él y de las consecuencias de sus acciones.
"No la mates."
Sentí que me daría un ataque de pánico y el llanto se me agolpó en la garganta, cortando el poco aire que había acumulado. Mis manos frías temblaron con violencia. Quería salir huyendo de ahí. Quería alejarme de ese hombre, con desesperación.
"¡No pensaba matarla!" Exclamó Katie. "No tenías que ponerte así, maldito enfermo. Ahora tengo vidrios en la pierna, por tu culpa."
"Ya te excediste con el golpe en la cabeza, idiota." Le respondió el hombre. "¿Intentas ahogarla sabiendo lo valiosa que es?"
Ahogué un chillido, apretando los dientes con fuerza. Su voz era rasposa, pero esa era la inconfundible voz de mi tío; Miguel Magne.
No podía ser cierto. No él. Era imposible que me hubiese encontrado. Me había mantenido tan ocupada durante semanas, que había olvidado, completamente, que él aún podía seguir en New Orleans. Hace casi dos meses que Sir Pentious nos había dicho que él estaría quedándose en la ciudad. Y tuve la esperanza de que hubiese muerto aquella noche en el callejón, luego de que tuvo una batalla con Alastor, por su deteriorado estado de salud. Pero seguía vivo.
Antes de salir de mi estupor, me lanzaron una tela encima de la cabeza, que me dejó sin poder mirar nada. Era un saco que apestaba a calcetines sucios y a humedad. Mi situación era patética. Estaba paralizada, completamente empapada, respirando erráticamente y lloriqueando de miedo, en las penumbras. Escuchar la voz de mi tío me superó, de alguna manera y me dejó completamente aturdida. Como si cada una de mis cicatrices en mi espalda reclamaran su nombre y el desasosiego de mi pecho me había cortado el aliento. Mi cabeza me mandaba señales ininterrumpidas de que saliera huyendo.
Escuché a mi tío tosiendo, con fuerza. Se oía realmente enfermo.
¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Por qué tenía que toparme con él, justamente, cuando ya creía que nunca más tendría la desgracia de encontrarlo? ¿Por qué cuando ya estaba retomando el control de mi vida? Ya tenía planes. Ya había encontrado a la persona con la que quería compartir mi vida. Ya había comenzado en el camino a mi sueño. La impotencia de no poder moverme me llenó de desesperación. Ni siquiera podía tronar los dedos. Los dedos los tenía tiesos, helados y llenos se aceite. Las lágrimas me escurrían por los costados. Me sentí miserable.
Escuché a Katie quejarse.
"Mierda." Espetó. "Si me tienen que poner puntos por estos vidrios, te voy a patear el culo. ¿Escuchaste?"
"Cállate, perra." Dijo mi tío, con desprecio. "Aceptaste las condiciones. Tomarás tu maldita parte de la recompensa y no volverás a verme."
Abrí los ojos de golpe, por la sorpresa. Alastor. ¿Dónde estaba Alastor? ¡Tenía que advertirle sobre Katie! ¡Debía quitarle las fotografías que había sacado! No podía quedarme llorando como una niña cobarde. Tenía que controlarme. La urgencia de la situación lo ameritaba. Intenté regular mi respiración, mientras me mordía el labio inferior, pero era bastante difícil considerando la situación. Tenía todo en mi contra. Ni siquiera podía mover las manos. Deseaba tanto tener una sombra como la de Alastor para poder defenderme o enviarla como mensajera. Pero estaba sola y suplicando por ayuda.
Pasaron unos momentos donde sólo escuchaba los pasos indecisos de allá para acá. Tenía los ojos cerrados con fuerza, intentando aguantar las lágrimas. Me sentía impotente y desesperada. No veía una salida a todo eso.
De pronto, sentí la ligereza en mi cuerpo, nuevamente. Moví mi mano con sutileza, para comprobarlo. Sí. Podía moverme otra vez. No sabía si había sido yo, pero no me importaba. Ideé algo simple y rápido: destaparme, lanzarle el saco a Katie y empujar a mi tío, para encerrarlos en el cuarto y que me permitiera huir. Ya había peleado con Katie y ella estaba herida en una pierna. Y mi tío debía estar muy débil para toser con tanta potencia. Ninguno de los dos podría seguirme en ese estado. Sólo debía limpiar mi mano del aceite.
Pero, entonces, comencé a escuchar algo. Una melodía de cuerdas y una poderosa voz de mujer comenzó a cantar.
Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen,
Tod und Verzweiflung,
Tod und Verzweiflung,
Flammet um mich her!
Junté valor y levanté el saco de mi cara. Me puse de pie de un salto, con el instinto de pelea a flor de piel. Trastabillé, intentado encontrar mi equilibrio. Miré a mis alrededores, esperando encontrarme con Katie a un costado. Pero no vi a ninguno de los dos. Es más, ni siquiera estaba en la misma habitación.
So bist du meine Tochter nimmermehr.
So bist du meine Tochter nimmermehr.
Oooooohohohohohohoh,
Meine Tochter Nimmermehr
Oooooohohohohohohoh
La melodía que llenaba la habitación provenía de un tocadiscos en un rincón de la habitación. Dentro de mi desesperada situación, la reconocí. Era la Reina de la noche, de la ópera La flauta mágica de Mozart.
¿Acaso me había desmayado, nuevamente, luego de casi morir ahogada? ¿O la visión del salón de rituales de Alastor había sido el sueño? Tampoco escuchaba nada más que el crepitar de la chimenea. Me mantuve en guardia. Ninguno de los dolores que me aquejaban, hasta hace poco, los sentía en esos momentos. Ni siquiera tenía el rostro o la ropa mojada.
¿Qué estaba pasando?
Zertrümmert sei'n auf ewig
Alle Bande der Natur,
Verstossen, Verlassen, Zertrümmert
Alle Bande der Natur
Oooooohohohohohohoh
Al observar con cuidado, me dio un vuelco al corazón cuando reconocí el lugar: era el estudio de mi padre. Pero no podía ser cierto. No había estado en ese lugar en muchos años. Y la casa de Alastor estaba, considerablemente, lejos de la Mansión Magne. Pero todo se veía demasiado real para ser un sueño. Todo estaba tal y como lo recordaba. Sin atreverme a dar un paso, me limité, simplemente, a mirar a mis alrededores. Intentando encontrar una explicación lógica a todo eso. No podía comprender si todo eso era real o si era una jugarreta cruel de mi cabeza. Todo era tan palpable y sólido. Las paredes recubiertas de madera de caoba brillante, eran inconfundibles. Observé los dos elegantes sofás de un cuerpo, de cuero negro, muy bien cuidados. El precioso candelabro de cristal que colgaba sobre mi cabeza, tintineaba por la luz natural de la habitación. La enorme alfombra con intrincados patrones de tréboles, seguía igual. Era la alfombra donde yo jugaba a las muñecas cuando era niña, mientras mi padre ordenaba los papeles administrativos. Miré a las estanterías en las paredes. Seguían ahí, lustrosas e imponentes. Llegaban desde el suelo hasta el techo y estaban repletas de libros en diferentes tamaños e idiomas, que papá había recolectado durante años, en los innumerables viajes que hizo alrededor del mundo. Muchos de ellos habían sido obsequiados por los mismos clientes con los quienes cerraba tratos de una suma considerable de algodón, y él los guardaba, como un símbolo más de los buenos contactos que tenía.
En las paredes había un par de cuadros de paisajes de la costa de Italia y España. Pero, destacaba una pintura familiar, donde estábamos mamá, papá y yo. Ese cuadro lo habían pintado cuando yo tenía doce años, y se me apretó el corazón al ver nuestros rostros felices. Podía ver mi felicidad infantil, de vivir sin más preocupaciones en que ser una buena niña y disfrutar de mis juegos. Retiré mis ojos de la pintura, con una mueca de dolor.
Hört, Hört, Hört,
Rachegötter,
Hört der Mutter Schwur!
Miré al tocadiscos nuevamente y se detuvo. Estaba sobre un mueble que tenía la colección de discos de vinilo, con música clásica elegida por mi padre. Miré a los grandes ventanales tenían las blancas cortinas abiertas. En silencio, podía escuchar a los pájaros cantar. El paisaje daba al ala oeste del patio, donde papá había pedido que les plantaran flores de Canna Lucifer, y en primavera era un espectáculo de rojo y mariposas. Él decía que eran sus favoritas por su color. Pero mamá me contó que era porque, en realidad, a él le gustaba compartir el nombre con una flor. Miré sobre gran la chimenea de mármol pulido, encendida, y, sobre ella, vi una cabeza de ciervo, una de león y una de un oso colgadas en la pared, como trofeos de cacería. El león y el oso habían sido regalos de cumpleaños para mi papá, de parte de sus colegas. Pero, al observar, al ciervo, tuve una fugaz epifanía; había visto ese nivel de detalle, a diario, durante los últimos dos años. Y, después de que Alastor me lo confirmara, no cabían dudas de que ese animal había sido tratado por su mano experta, como taxidermista de la familia Magne.
Todo parecía no haber cambiado con el paso de los años, pero, había algo en mi cabeza que me decía que algo no me calzaba en el estudio de mi padre.
Me giré en mis talones y observé, en el centro de la habitación, el imponente escritorio de mi padre, traído directamente desde Francia. De madera de marrón oscuro, de elaborados detalles tallados a mano. Con su majestuosa silla acolchada de rojo. Miré la superficie del escritorio y vi, sorprendida, que había una pequeña cabrita, de pelaje blanco, amarrada por las patas, por una firme soga. Sentí compasión por aquella criatura, que me miraba, expectante y temerosa. Mi primer impulso fue intentar rescatarla, pero me detuve en el acto. No. Tenía que preocuparme de huir. O de despertar. Lo que sea que fuera ese lugar.
Entonces, escuché a la puerta, detrás de mí, abrirse. Me tensé de inmediato. Alguien había entrado a la habitación y cerrado la puerta tras de sí.
Mi instinto de pelea estaba al límite. Atacaría cono todo lo que tuviera a quien fuera que estuviese ahí.
"Hola, Manzanita." Escuché a mis espaldas.
Un escalofrío horrible me sacudió el cuerpo, y sentí que se me cayó el alma a los pies, al reconocer esa voz. Todo el valor que había reunido, se esfumó en un segundo, dejando un miedo helado y paralizante en su lugar.
Él estaba ahí.
Mi respiración comenzó a descontrolarse. Sentía una especie de terror infantil, al escuchar su voz implacable, apretando mi pecho. Estaba acorralada como un niño a punto de ser regañado por una travesura que se salió de las manos.
Poco a poco, me giré. Y, entonces, quedé frente a frente con Miguel Magne.
Estaba tal cual lo recordaba de años atrás. De aquellas épocas de gloria en la mansión Magne. Pulcro y sin una mota de pelo en su traje. Su piel grisácea y pálida. Con sus pecas poblando sus mejillas en abundancia, y sus potentes ojeras amoratadas destacando en su rostro, dándole la permanente imagen de alguien en recuperación. No había un solo pelo en su perfilada barbilla, que desentonara con sus patillas, rígidamente, cuadradas. Su cabellera, larga y rubia, brillaba con la luz natural de la habitación; conservando esa elegante caída por su espalda, que había hecho que papá se molestara en más de una ocasión, por su longitud. Su delgadez y su gran porte resaltaba en la habitación. Era, incluso, más alto que Alastor. Y sus ojos oscuros, cansados y apáticos, mantenían aquella eterna expresión de hastío y aburrimiento. Pero, sobre todo, podía notar que su salud se veía mejor de lo que esperaba. Desentonaba con la imagen que Alastor me había descrito de su encuentro con él, semanas atrás.
Él se quedó unos momentos de pie. Mirándome, expectante.
Yo sólo lo observaba, como en trance. Me sentí de doce años nuevamente, al estar parada frente a él. Tenía el cuerpo completamente tenso, y contenía la respiración. Sentía un profundo rechazo hacia él. Quería golpearlo. Quería gritarle todo lo que tenía guardado en su contra. Quería hacerle daño. Y, al mismo tiempo, quería salir corriendo. Pero no me atreví a hacer nada. Me temblaban las piernas.
"¡Bueno…!" Intentó decir. "Ha pasado un tiempo sin vernos, ¿no?"
Mi tío dio una palmada al aire y se refregó las manos, inquieto. Se lo veía muy nervioso. Me quedó mirando unos momentos.
"Algo incómoda, ¿verdad?" Dijo, con el entrecejo fruncido y una sonrisa tensa.
Estaba paralizada. No sabía qué hacer.
"Te ves algo pálida." Dijo. "Quizás tengas frío."
Entonces se acercó a la chimenea, a grandes zancadas, tras el escritorio de mi padre. Me giré, para no perderle la pista. Y lo vi lanzar un par de leños al fuego. Las llamas se avivaron un poco, pero no sentí el calor. La verdad, creía tener la mente completamente desconectada de mis sentidos.
"Mejor, mejor." Susurró, asintiendo varias veces.
Entonces, dio unos pasos trémulos hacia mí, hasta quedar cara a cara. Sopesó lo que iba a hacer por un instante y, luego, me dio un inseguro abrazo, sin llegar a aproximar su cuerpo al mío. Simplemente apoyando, apenas, sus dedos en mi espalda e inclinándose un poco.
"Me alegra haberte encontrado, manzanita." Susurró, dándome unas palmaditas en la espalda.
Yo estaba, completamente, desconcertada y horrorizada. Sentí cómo asco me retorcía el estómago con su toque. Mi tío me estaba abrazando. El mismo desgraciado que me había encerrado en la mansión Magne por años, y que me había entregado a unos trabajadores, iracundos, tiempo atrás, para salvarse junto a su esposa, me abrazaba.
Se separó de mí y me frotó los brazos, con brusquedad y torpeza.
"¿Todo bien?" Dijo, con una sonrisa nerviosa.
Inspeccionó mi rostro y dio una rápida mirada a mi cuerpo.
"Te veo… bastante sana." Agregó, pensativo.
Luego miró mi mano izquierda, la tomó unos momentos y, luego de observar mis dedos, me sonrió más ampliamente.
"Creí que si te encontraba viva ya te habrías casado." Dijo, con alivio. "Pero veo que aún no hay anillo. Bien. Bien. Muy bien."
Me palmeó el hombro un par de veces, con su pesada mano y volvió a tomar distancia. Fruncí el rostro, completamente confundida e indignada.
Tuve que sacudir la cabeza. Era una situación surrealista y, completamente, ridícula. Era más sensato creer que Fat Nuggets entraría corriendo a la habitación y comenzara a hablarme, usando un tutú.
Todo eso parecía un sueño ridículo y cruel. ¿Mi tío estaba feliz de verme? ¿Y me hablaba como si hubiese estado preocupado por mí? Eso no podía ser verdad.
Se acercó a la una mesita, junto a la ventana, con un botellón de Whisky y varios vasos con las siglas "L" y "M" grabados en ellos. Vertió un poco del líquido en uno de los vasos y bebió de él.
Era mi oportunidad de escapar. Quise aprovechar que él me estaba dando la espalda para llegar a la puerta. Di unos pasos a ella, pero, de inmediato, ambos sofás de cuero se movieron solos, para bloquear la puerta.
La sorpresa me hizo retroceder. Me giré a Miguel, nuevamente, sólo para verlo con una mano en el aire.
"Oh." Dijo, con un tono de decepción. "¿Ya te vas? ¿No quieres conversar un poco?"
Usaba magia. Realmente usaba magia. Alastor me lo había dicho. Pero nunca lo había visto usarla. Sentía que el miedo, por saberme acorralada, se estaba comenzando a convertir en absoluto pánico.
"No te recomiendo que lo intentes." Dijo, con severidad.
Se tomó todo el líquido del vaso, de golpe, y se giró hacia mí, con soltura.
"Estoy de muy buen humor." Dijo, de pronto, más animado, dejando el vaso en su lugar. "Me he topado con una buena noticia. La verdad, es que me preocupaba que ya fuera tarde."
Se acercó al escritorio de papá y reposó una mano en la superficie. Sonrió, ampliamente, y me miró con una sonrisa de alivio y orgullo propio.
Toda esa situación estaba alcanzando nuevos niveles de irracionalidad. Mi primer pensamiento, de que eso no era más que un demencial sueño, estaba ganando peso.
"Pero parece que logré llegar a tiempo." Concluyó, feliz, haciendo sonar las palmas una vez más.
Entonces, la curiosidad por saber de qué se trataba todo eso, me permitió espabilar de mi impresión inicial.
"¿De qué hablas?" Dije, con voz temblorosa.
Me miró, con los ojos muy abiertos, y elevó mucho las cejas. Se puso las manos en los bolsillos de su pantalón y dio un silbido.
"De lo que todos hablan ahora mismo, manzanita." Dijo, con simpleza. "Por eso, te invité a mi estudio."
Ese comentario me hizo fruncir el ceño.
"Este es el estudio de mi padre." Rebatí.
"Oh." Dijo, dando una vista panorámica a la habitación.
Luego, me miró, con arrogancia.
"Pues no lo veo por aquí." Dijo. "¿O, acaso, tú sí?"
Y me sonrió, como si la posibilidad fuera inverosímil.
El dolor de cómo profanaban a mis muertos, comenzó a borbotearme en el pecho. Cerré los puños y apreté los dientes, con rabia. Pero a él pareció no importarle mi reacción, ni el hecho de que estuviera hablando de su fallecido hermano menor.
"Usé este despacho desde que tu padre nos dejó." Continuó, con aires de superioridad. "Utilicé esta silla y este escritorio por años. Así que esto es, oficialmente, mío."
Fue a la parte posterior del escritorio y abrió un cajón. De ahí sacó una caja de puros. Cortó la punta de uno de ellos y, luego, lo puso entre sus dientes. Con toda calma, sacó un encendedor plateado del mismo cajón y encendió el puro con su fuego. Tomó una bocanada honda y soltó el humo por su nariz. La habitación entera apestó a tabaco.
Lanzó un largo suspiro. Yo lo miraba, expectante.
"Supe que estás con el taxidermista que trabajaba para mi hermano." Dijo, de pronto.
Se me remeció el cuerpo, con pánico. Él parecía satisfecho al ver lo nerviosa que me había puesto.
"Los vi en la portada del diario de hoy." Él continuó, con el puro entre sus dedos. "Una foto a pesar de la oscuridad."
Y me sonrió, con satisfacción.
"Debo agradecerle al que escribió ese artículo. Fue vital para poder encontrarte."
Maldito Tom Trench. Maldito periódico. Maldita era yo, por no haber sido más cuidadosa con los periodistas que pudiesen haber estado libres del hechizo de Alastor. Ni siquiera había considerado que mi tío podría enterarse de mí por las noticias. No había pensado en las consecuencias de mi vida mediática. Me había estado enfocando en mis ensayos y en mis presentaciones en las últimas semanas. Y, al ser parte del show, creí que, omitiendo mi nombre real y con el cabello corto, estaba a salvo de que alguien fuera capaz de reconocerme.
Me había confiado demasiado.
"Con Alastor LeBlanc." Dijo, sin contener una risita burlona. "¿Con el taxidermista raro de mi hermano? ¿Es en serio? No pensé que tenías gustos por hombres más maduros, Manzanita."
A la mención de Alastor, logré sobreponerme.
"Mi vida personal no es asunto tuyo." Dije, desafiante.
Alzó una ceja, divertido.
"Pero claro que lo es." Dijo. "Si un miembro de los Magne se mezclase con gentuza que no es de nuestra categoría, sería una vergüenza muy grande para la familia."
"¿Dices que soy una vergüenza para la familia?" Musité, furiosa.
"De eso no hay duda." Dijo, con altanería.
Mi miedo inicial se estaba convirtiendo, rápidamente en ira. Ese sujeto se había aparecido, de la nada, a criticar mis decisiones. Decisiones que había tomado atrapada por circunstancias a las que él me había obligado a sobrellevar.
Jugueteó con el puro entre sus dedos.
"Me enteré que estuviste trabajando todo este tiempo para él como una sirvienta." Dijo.
"¿Qué hay con eso?" Reclamé.
"Oh, nada." Dijo, con indiferencia. "Supongo que, de todas las formas de no morir de inanición, era de las menos deshonrosas."
Resopló por la nariz.
"Y, también supe, que estuviste intimando con LeBlanc sin estar casados, desde hace tiempo."
Puso una mano en su frente y negó, con desaprobación.
"¡Y toda la ciudad se enteró!" Dijo, de pronto, con un tono dramático. "¿Qué pensaría tu padre de tu reprochable comportamiento? ¡A sabiendas de lo importante que era, para él, el matrimonio de su única heredera!"
Tenía graves problemas para digerir todo lo que Miguel acababa de decirme. La situación era ridícula. ¿Él me estaba recriminando por mis acciones? ¿Él decía que yo había llevado un estilo de vida inmoral? ¿Era un maldito chiste de mal gusto?
Caminó hasta el frente del escritorio y se sentó en la superficie.
"Pero no puedo decir que me sorprende." Continuó, con indiferencia. "Después de todo, la histeria y las conductas lascivas siempre han acompañado a las mujeres desde el principio de los tiempos. No pierden la oportunidad de enredarse con un hombre, lo suficientemente acaudalado, que pueda mantenerlas y no morirse de hambre en la pobreza. Es algo tan típico en ustedes."
Golpeó el puro con un dedo, para que la ceniza acumulada cayera sobre la alfombra. Me miró, como si fuera un caso perdido, antes de continuar.
"Aunque, la verdad, esperaba que te esforzaras un poco más en controlar tu lujuria, dado que provienes de familia de buenas costumbres. Compadezco la falta de criterio en tu estilo de vida, Manzanita."
No podía creerlo. De verdad él tenía la osadía de mirarme a los ojos para reprenderme, como si tuviera el derecho de hacerlo. Cada palabra acrecentaba mi desprecio hacia él. ¿Que él me compadecía por mí y el camino que había tomado? ¿Era una especie de broma sádica?
Lo observé con cuidado. Su anterior postura de alivio al verme viva se empañó, completamente. La realidad era que él no había cambiado en absoluto. Siempre rehuyendo de sus propias culpas, y apuntando a los errores ajenos, siendo incapaz de ver sus propios desaciertos.
Toda mi adolescencia la había vivido constantemente amedrentada por lo que él consideraba reprochable en mí. Las veces en que me recalcaba que yo debía obedecer y enfocarme en mis clases, porque esos eran los deseos de mi padre. Siempre haciéndome sentir miserable y que yo no era suficiente. Y me empeñé en serles de agrado a él y a mi tía Magda. Intentando ser merecedora del cariño de mis tíos y esforzándome en mis materias. Procuraba molestar lo menos posible y acatar cada orden, sin chistar. Pero sólo recibí desprecio de mis dos tíos durante años, por mucho que me esforcé en ser una buena chica. Y yo difícilmente objetaba un mandato. Pero, cuando ocurría, siempre aplacaban mis alegatos indicando que no era mi deber pensar, sólo obedecer. Que ellos estaban bien y yo mal. Y, lo que eligiera mi tío para mí, era ley en la mansión Magne.
Y, en ese momento, lo estaba intentando de nuevo. Pretendiendo que yo sintiera culpa por lo que yo había hecho y deseaba hacer. Intentando imponerse como brújula moral y juez ante mí. Mirándome, como si yo fuese una niña que no sabía nada de la vida. Como si tuviera que agachar la cabeza y rendirle obediencia. Como si lo que él pensara de mí fuera de vital importancia.
Pero no iba a lograrlo.
Elevé la cabeza y lo miré, desafiante.
"Eres sólo un enorme pedazo de mierda." Espeté.
"Shhh. Shhh." Dijo, levantando una mano conciliadora. "Manzanita, no tienes por qué usar palabras indecentes con tu tío."
"¡La única razón por la que me encontré con Alastor fue porque tú me dejaste atrás cuando huíamos al barco!" Rebatí, furiosa. "¡Alastor fue quien me rescató de los hombres a los que me entregaste, para salvarte tú y tu esposa! ¡¿Y piensas que puedes venir a decirme qué cosas no he hecho bien, si nunca en tu vida te interesó lo que yo quería?!"
Suspiró, mientras apagaba el puro en la suela de su zapato. Guardó el puro en su bolsillo, y, luego, me miró, con suficiencia.
"Quizás LeBlanc te haya ayudado cuando se presentó la oportunidad." Dijo, elevando los hombros. "Pero, ¿te mandé yo a mantener un amorío escandaloso con un hombre comprometido?"
Negó con la cabeza, frunciendo los labios, con indiferencia.
"No." Concluyó.
Elevó las manos, indicando inocencia.
"Fuiste tú la que decidió hacer las cosas según tu mejor parecer. Y ya ves las consecuencias cuando una mujer piensa y cree tener opciones: un desastre."
Se puso de pie y puso sus manos en sus bolsillos.
"Elegiste mal y te equivocaste." Dijo. "No es malo aceptar cuando uno se equivoca. Y, en este caso, tú eres la que está en la portada del diario de hoy, en un escándalo. Tú te humillaste sola, Charlotte. Yo no tuve nada que ver con eso."
Moví lentamente mi cabeza, conmocionada. Si alguna vez tuve la mínima esperanza en que él había sentido un poco de culpa en su alma por haberme dejado atrás, se esfumó, completamente. No parecía tener ni un poco de pesar en sus palabras. La empatía era un sentimiento totalmente ajeno para él. Y siempre había sido así. Un sujeto insoportable y despreciable.
"Sabía de tus gustos excéntricos, Charlotte." Continuó, sin inmutarse. "Pero LeBlanc sí que está a otro nivel."
"Eso no es asunto tuyo." Rebatí, con firmeza. "Yo lo elegí. Y no voy a permitir que emitas juicio de mi relación, ni de mi amor por él."
Di un paso al frente, con la mandíbula tensa y los puños apretados.
"Tú no tienes derecho a opinar de lo que me conviene y lo que no, Miguel." Concluí.
"Suenas igual que Luci cuando discutes, Manzanita." Dijo, arrugando la nariz.
"¡Deja de llamarme así!" Exigí. "¡Sólo mi padre podía llamarme así!"
Negó con la cabeza, mientras chasqueaba la lengua, con desaprobación.
"Parece que LeBlanc te ha aleccionado en tus buenos modales." Dijo. "Aunque él siempre me pareció que tenía los modales de un caballero anticuado. Creí que, como su sirvienta, habrías aprendido algo de cómo debía comportarte una señorita."
Entrecerré mis ojos. Independientemente del comentario tan descalificativo, había algo en su tono confiado que me estaba dando un mal presentimiento.
"¿Qué tanto sabes de Alastor?" Le dije, con desconfianza.
"Lo suficiente." Dijo, con simpleza. "Un locutor radial, y un entusiasta de la taxidermia en tiempo libre. Hace años conoció a Luci, y comenzó a trabajar en las reparaciones de los animales que destruiste."
Puso su mano en su barbilla, simulando concentrarse en recordar algo.
"Había algo más." Dijo. "Sí. Había algo de él que era importante. ¿Qué era? ¿Qué era? ¡Oh! ¡Idiota de mí! ¡Él dota de títulos de honoríficos!"
Lo miré, confusa.
"¡Sí!" Exclamó, con falsa alegría. "Él me lo otorgó a mí cuando nos encontramos en un callejón, hace como un mes. Tal vez, debería presentarme con mi nuevo título, como se debe."
Hizo una reverencia con su cabeza y dijo, con falsa solemnidad.
"Buenas tardes. Mi nombre es Miguel Alexander Magne, cabeza de la familia Magne y único sobreviviente conocido de las garras de El justiciero. Un placer."
Apreté mis manos en mi boca, para ahogar un grito de espanto.
"Quizás sea un poco largo." Dijo, con aire pensativo. "¿No lo crees así, manzanita?"
Lo miré, aterrada.
Era cierto. Miguel Magne había sido el único que, alguna vez, había escapado de la muerte a manos de El justiciero. El único que sabía quién era, dónde vivía y qué rostro tenía. Miguel era el único que podía entregarlo a la policía y prestar testimonio para sentenciarle, y condenarle a la silla eléctrica o al fusilamiento.
Me pasé las manos por la cara, con nerviosismo, ante aquella terrible perspectiva.
"No. No. ¡No puede ser!" Susurré, atemorizada.
"Oh, sí." Dijo, con desaprobación. "Esa noche fue muy descortés en atacarme. Se me hizo conocido, a pesar de usar antifaz. Y no recordaba en dónde había escuchado su voz. Hasta que lo reconocí en el diario de hoy, en la fotografía de la portada. Es difícil olvidar esa sonrisa tan espeluznante."
Me sonrió, con orgullo.
"Y, pues… ¡Vaya sorpresa que me llevé! "Continuó, con ánimo. "Resultó que él estaba contigo en una relación. Y, justamente, también te estaba buscando desde que llegué a New Orleans. ¿No te encanta cuando todo conspira a tu favor?"
Comencé a sentir que mi cabeza me daba vueltas. Volví a mirar a la habitación, desesperada. Deseaba que todo eso no fuese más que una pesadilla. ¿Qué era real? ¿Qué había sido lo anterior? ¿Por qué tenía que encontrarme con él? ¿Dónde estaba yo?
Me retorcía las manos, temblorosas. Rogaba, con toda mi alma, que todo eso no fuera más que una jugarreta cruel de mi cabeza. Deseaba mandar una plegaria a lo más alto, aun sabiendo que sería despreciada. Imploraba que alguien supiera donde estaba. Deseaba que Alastor supiera dónde estaba yo. Deseaba ser yo quién supiera dónde me encontraba. Nadie me estaba buscando.
Miguel quería capturar a Alastor. Y estaba segura de que él quería cobrar la recompensa. Pero algo no me calzaba en su explicación. Si sólo se trataba de solicitar la recompensa, ¿para qué esperar tanto? También se daba una remuneración económica (muy generosa) a cualquier que tuviera una pista real del rostro de El justiciero. Pudo haber ido directamente a la estación de policía la misma noche en que pelearon, para constatar lesiones y dar a conocer el rostro de Alastor, en un retrato hablado. Aún si no recordaba su nombre ni dónde lo había visto, esa era información valiosísima para la policía. Y el rostro de Alastor habría estado en todos los periódicos del país, con un gran "Se busca" en la primera plana.
Miguel Magne tenía, definitivamente, algo más entre manos.
Entonces, Miguel comenzó a toser, y me sacó de mis divagaciones. Tosió unas pocas veces más, de forma más violenta, y se tomó unos momentos para aclarar su garganta. Pasó un pañuelo por su boca y lo guardó en su bolsillo, rápidamente.
"Desgraciada tos." Susurró, molesto, con voz ronca.
Luego se giró hacia mí y me sonrió, fingiendo simpatía.
"Oh, Manzanita. "Dijo, con un gesto de compasión. "¿Aún no sales de tu sorpresa? ¿Te causó una desilusión saber la verdad? ¡Pobre chiquilla! De seguro lo veías como alguien intachable, ¿no? Me alegra que no pasara a mayores y no llegaron a casarse."
Otra vez mencionando el matrimonio.
Lo miré, con recelo. Dudaba que él estuviera preocupado de que me hubiese casado con un asesino. Todo cuando viniera de Miguel me hacía dudar de la sinceridad de sus intenciones. Y esa fachada de comprensión y empatía que tenía no me engañaba en lo absoluto.
Inhalé y exhalé por la nariz. Era mejor que él pensara que seguía teniendo la ventaja y fingir que mi reacción había sido por haberme enterado de la noticia. Y evoqué toda mi fe al conjuro de silencio que yo seguía teniendo.
"¿Nunca sospechaste en que él era El justiciero?" Me preguntó.
"No." Dije, mirándolo. "Jamás me lo imaginé. Aunque tenía una habitación del sótano a donde no me dejaba entrar. Pero siempre había sido un ciudadano ejemplar."
La mentira fluyó con naturalidad, una vez más, y él sonrió, radiante.
"¿Realmente no sabías?" Dijo, alzando una ceja.
"No lo sabía." Dije, con seguridad.
Se mantuvo en silencio, mirándome fijamente. Me estaba poniendo nerviosa. Pero confiaba la efectividad del conjuro de silencio.
"Bueno, no hay de qué preocuparse, Manzanita." Dijo, al fin. "Te prometo que lo llevaremos con la verdadera justicia y ya no tendrás que inquietarte de lidiar con él. Podrás seguir tranquilamente tu vida cuando yo él sea encarcelado."
"Ya veo." Dije.
Él miró al trofeo del ciervo y frunció el entrecejo.
"La verdad, debí esperarme que su vida tomara un rumbo así." Dijo, de pronto. "El tipo siempre ha sido raro."
Movió la mano y la cabeza del ciervo se cayó de la pared. Uno de los cuernos se partió a la mitad y el hocico del animal quedó achatado, por la caída. Lo observé, nerviosa y, luego, volví a ver a Miguel.
"Me topé con LeBlanc, varias veces, cuando trabajaba en las restauraciones de los trofeos de Luci." Dijo. "Él era sólo un chiquillo flaco y espeluznante, que sonreía todo el tiempo. Y tenía una fijación por los cadáveres de animales. Francamente, me sorprendió saber que él se interesara por una mujer viva... O casi."
Me miró unos momentos, antes de echarse a reír entre dientes.
"Incluso, llegué a pensar que usaba los animales muertos que preparaba en su taller, para satisfacerse."
Y se estremeció con su propio comentario. Intenté soportar mis ganas de saltar sobre él, para abofetearlo. Puso una mano en su barbilla y meditó sus siguientes palabras.
"Ahora que lo pienso, su casa siempre estuvo bastante apartada." Comentó. "No me imagino qué cosas te obligó a hacer, mientras eras su sirvienta. Quizás te enamoraste de él, porque te gustaba ser sometida."
Y se puso a reír, con sorna.
La indignación ante algo tan nauseabundo me hizo saltar en defensa de Alastor.
"Sólo a ti se te ocurrirían ideas tan enfermas." Dije, furiosa. "Alastor siempre fue respetuoso conmigo y nunca me obligó a nada, aun cuando pudo haberlo hecho, porque era mi jefe y mucho más fuerte que yo."
Detuvo su risa, de golpe.
"Él nunca se aprovechó de su posición para abusar de una sirvienta." Concluí. "Siempre fue un caballero conmigo. Y todo lo que hice con él, siempre fue bajo mi consentimiento."
Resopló, con una sonrisa confundida.
"¿Qué?" Dijo. "¿Lo defiendes a pesar saber que él es El justiciero? Él no es más que un maldito asesino, Charlotte. Casi me mata una vez. Y, de seguro, pensó matarte también, mientras trabajabas para él. El tipo es bastante inestable."
Eso no podía negarlo. Alastor, efectivamente, había pensado en matarme al principio. Pero después se había retractado de considerarlo, tiempo después. Y él había comenzado a ser El justiciero para resguardar mi integridad.
Además, Alastor era mucho más que un asesino. Él era aquel hombre encantador, inteligente y gracioso que supo ganarse mi corazón herido y que me había potenciado para sacar lo mejor y lo peor de mí misma.
"Pero sigo viva." Rebatí, firmemente. "Si él pensó en matarme alguna vez, se arrepintió de eso. Nunca descargó algún arrebato violento en mí, ni me propasó conmigo."
Alastor era un asesino, era cierto. Pero él había comenzado a hacerlo por mí. Se había vestido como El justiciero, para tomar responsabilidad en sus acciones. Cada asesinato que él hacía, era para mí. Él quería defenderme del destino cruel al que me había condenado. Y, a diferencia de Miguel, Alastor sí había sentido la culpa por haber deseado deshacerse de mí, a tal nivel, que se estaba encargando de eliminar a los criminales de la ciudad para que yo siguiera viva. Esa era la única motivación de El justiciero. Matar a los impíos para que yo viviera.
Miré a Miguel, acusatoriamente.
"Él no es como tú, Miguel." Dije, firmemente. "Tú, que abusaste, por años, de las trabajadoras de la mansión Magne."
Su sonrisa desapareció con completo, y me frunció el ceño.
"Me enteré de todo." Sentencié. "Sé de tu historial criminal en la mansión. Sé que rehuiste de la policía, quizás con qué artimañas, y no pudieron atraparte."
Elevé mi rostro, con dignidad.
"No eres nadie para juzgar el actuar de Alastor." Continué. "Alastor se encarga de encontrar y dar fin a los peores criminales que seguían acechando a la ciudad y se mantenían impunes. La gente lo respeta y agradece que los bandidos hayan sido ejecutados. Las familias de las víctimas de esos criminales sienten que pueden obtener algo de paz, gracias a la ayuda de Alastor."
Yo respiraba fuertemente por la nariz.
"Pero, en cambio, tú te dedicaste a abusar de las mujeres que no podían hacer o decir nada en tu contra, y que necesitaban el trabajo. Siempre te hiciste pasar por alguien intachable. Como alguien a quien no se le podía reprochar nada. Pero no eres más que un desgraciado que se aprovechaba de los menos afortunados, para conveniencia propia."
"Qué ternura." Dijo, en tono de burla. "Suenas como una ilusa niñita enamorada."
"Tú no le llegas ni a los talones a Alastor, pedazo de mierda." Agregué.
Me miró unos instantes, antes de dedicarme una sonrisa maliciosa.
"Te acostaste unas cuantas veces con él y ya crees que es el mejor hombre del mundo. Era de esperarse que te encapricharas tanto del primer sujeto que te trató bien, después de estar tanto tiempo encerrada en la mansión."
Me miró, con una ceja alzada.
"Las mujeres más volubles se aferran al primero que les hable bonito, y le perdonan todo para no perderlo. Actúan como unas hembras en celo, sin dignidad. Francamente, no se puede esperar mucho de ti, si la raza es la mala."
Mis manos temblaban de rabia. Quería tronar mis dedos, azotar a ese desgraciado contra las paredes. Lastimarlo lo suficiente para poder huir. Pero sentía las manos muy resbalosas por el sudor, y no quería crear un enfrentamiento innecesario. Yo llevaba las de perder. No tenía ninguna salida cerca, y lo único que podía hacer era esperar a tener una oportunidad.
Inhalé y exhalé, intentando serenarme.
"Esto es culpa de tu padre." Dijo, de pronto, con seriedad. "Él dejó que LeBlanc se acercara demasiado."
Miguel observó la pintura familiar en la pared, y fijó su mirada en el rostro de su hermano menor, en óleo.
"Después de un tiempo trabajando juntos en las reparaciones, mi hermano no tuvo problemas en empezar a contarle a LeBlanc sobre la magia familiar. Parece que LeBlanc también era un mago en potencia."
Frunció el ceño ante algo que llegó a su cabeza.
"Supongo que era inevitable que ustedes dos llegasen a conocerse, si seguía frecuentando tanto la mansión." Dijo, con severidad. "Siempre le advertí a Luci que él nos traería problemas si dejaba que se acercara tanto a la herencia familiar. Pero no me hizo caso."
Se pasó una mano por la cara y suspiró, exasperado.
"Ojalá nunca hubiese quemado ese maldito muñeco." Susurró, más para sí mismo que para mí. "Así se hubiese evitado todo esto."
Miguel estaba hablando de Little Devil. Mi querido muñeco que él había lanzado, cruelmente, a la chimenea, cuando yo era una niña.
Él me miró de reojo y resopló, molesto.
"Si lo pienso bien, tu padre y LeBlanc eran igual de raros." Continuó. "Así que estoy seguro de que Luci habría aprobado, gustoso, tu relación con ese bastardo. Después de todo, entre bichos raros se entienden."
Se rio de nuevo, con su propia frase. Yo me lo quedé mirando, tensa. Sintiendo cómo el creciente rechazo por él hacía que mis uñas se incrustaran en mis palmas.
Yo estaba harta de tanto rodeo. Toda esa charla eran una completa pérdida de tiempo. Se pavoneaba como alguien intocable, y esa actitud me había colmado la paciencia.
"¿Qué mierda quieres de mí?" Espeté, en voz alta.
Su sonrisa cayó de inmediato y me miró de reojo.
"No creo que me hayas estado buscando sólo para venir a reírte de mi relación con Alastor." Continué, envalentonada por mi enojo. "Ni, tampoco, para avisarme de que él es el justiciero. Dime, ya, ¿qué es lo que buscas?"
Fue, entonces, que lanzó un pesado suspiro.
"Qué observadora." Dijo, aburrido.
Se dirigió a la parte posterior del escritorio, nuevamente, y de otro cajón sacó una carpeta de cuero negra, con un cúmulo de hojas viejas y amarillentas que sobresalían de ella.
"Ciertamente, estoy buscando algo desde hace tiempo." Dijo.
Yo conocía esa carpeta. Lo miré expectante y él me devolvió una sonrisa confiada.
"¿Sabes qué es esto?" Dijo.
Negué con la cabeza, nerviosa.
"Tu herencia." Explicó. "Y pronto será mía."
El miedo ante sus palabras me puso en guardia. Pero no podía permitir que me viera indefensa, y hablé con más valor del que sentía.
"¿Esa es una amenaza?" Dije, frunciendo el ceño. "Planeas deshacerte de mí, ¿no es así?"
Se rio entre dientes, mofándose.
"Oh, no tenemos que llegar a esos extremos, Manzanita." Dijo, con tranquilidad. "Hay otras formas de que yo me quede con esto, y que ambos no tengamos que vernos las caras nunca más."
Lo miré expectante.
"Estas son hojas de un grimorio." Explicó. "Parte de las páginas que faltan, a decir verdad. Es un compilado de poderosos hechizos, después de mucha investigación nigromante. La familia Magne la ha tenido en su custodia desde hace generaciones y pasa a manos del primogénito. Pero, claro, en las condiciones en las que estás, aún no puedes recibirlo."
Fruncí el entrecejo.
"¿Y por qué no?" Exigí.
"Tu padre falleció y dejó el grimorio como parte de tu herencia." Dijo, con simpleza. "Eres su primogénita y te corresponde, por ser la siguiente en la línea de sangre. Pero puso una condición en su testamento para que puedas ser la legítima dueña. Así que, técnicamente, aún no te pertenece del todo."
Pensé en el testamento de mi padre. Siempre que tenía oportunidad, le pedía al abogado que me lo mostrara unos momentos. Lo había leído varias veces. Deleitándome de las palabras escritas por mi padre, de su puño y letra, que contenían sus últimos deseos en vida.
"Papá nunca me habló de un grimorio familiar." Dije.
"Pero te enseñó latín, ¿no es así?" Dijo, con simpleza. "Seguramente no quería que comieras ansias por obtener un libro de magia, siendo la niña consentida que eras. Habrías fastidiado hasta el cansancio por aprender a usar magia."
Miguel Magne se apoyó en el borde del escritorio y se puso a mirar las hojas del interior de la carpeta. Su cara de satisfacción era incómoda de ver.
"Magnífico." Susurró, sin despegar los ojos de los documentos.
"¿Acaso entiendes lo que está ahí?" Dije, a la defensiva.
"Yo no." Dijo. "La verdad se me da muy mal el latín."
No pude evitar resoplar.
"¿Y crees que voy a hacerte de traductora?" Dije, indignada.
"Nada más lejos de la realidad." Dijo. "Leer latín es raro, pero no imposible. Si no me quieres ayudar con eso, buscaré a alguien más. El hechizo que conjuré hace años continúa en marcha. Y teniendo el grimorio de mi parte, ya no voy a necesitarlo."
"¿Qué clase de hechizo has estado usando?"
"No tienes que saberlo." Dijo, con severidad. "Pero debe ser renovado cada cierto tiempo, y requiere de algunas… condiciones que ya no puedo cumplir como antes."
"¿Qué clase de condiciones son las que necesitas para hacer ese conjuro?" Dije, entrecerrando los ojos.
"No hay que entrar en detalles." Dijo, moviendo una mano. "El caso es que estuve intentando contactarte por semanas. Pero no logré saber dónde estabas. Una fuerte presencia de otros espectros nublaba mi conjuro de rastreo. Sólo sabía que estabas viva. De día era imposible llegar a ti. Entonces, traté de atraerte desde donde estabas en el momento más vulnerable de la noche."
Se irguió completamente y me miró alzando una ceja.
"¿No te pareció extraño que, de pronto, comenzaras a caminar dormida, Manzanita?" Dijo.
Abrí mucho los ojos, por la sorpresa. ¡No podía ser cierto!
"¿Eras tú el que me hacía caminar dormida?" Dije, confundida. "Pero, pero…"
"Fue realmente frustrante." Dijo, masajeando sus sienes. "Lo intenté cada noche desde que llegué a la ciudad. Pero sólo dos veces logré una conexión satisfactoria, como para lograr que te levantaras. Y después del segundo intento, ya no pude ser capaz de encontrarme contigo. No sabía por qué ya ni siquiera podía saber si estabas viva para intentar atraerte. Tu presencia había desaparecido. Y supuse que habías muerto."
Yo sentía la cabeza aturdida. Había sido a Miguel a quién escuchaba en sueños llamándome. Por eso caminaba en dirección a la salida de la casa, en un inexplicable sonambulismo. Él me ordenaba llegar a él.
"Hasta que me hizo sentido, esta mañana, cuando supe que estabas con LeBlanc: él había hecho un conjuro con un elemento tuyo, para protegerte de los hechizos que pudieran afectarte." Dijo.
La muñeca.
Desde que Alastor hizo a la muñeca con mi figura y la hundió en sal, no había tenido un nuevo caso de sonambulismo. Yo había pensado que habían sido los espectros quienes me estaban solicitándome. Pero, pensándolo detenidamente, no tenía sentido que me pidieran que me fuera de la casa. Y sospechaba que habían sido los mismos espectros quienes evitaron que yo me alejara. Era abrumador enterarme que hubo batallas por mi vida, mientras yo descansaba en mi cama.
"Pero al menos ya estás aquí." Dijo, satisfecho.
El seguía charlando sin prisas. El pánico de saberme con un hombre como Miguel Magne comenzó a invadirme de nuevo. Pero no veía salida posible. Él mantenía sus ojos en mí, como un león a una presa. Las ventanas estaban cerradas. La puerta bloqueada por dos sofás. No tenía forma de salir sin darle chance de que me agarrara a la distancia.
Su voz me sacó de mis divagaciones.
"Cuando noté que el grimorio estaba incompleto, fue demasiado tarde. Yo ya estaba en Francia." Dijo, en tono lúgubre. "Siempre necesité sólo de un hechizo y me estaba funcionando bien. Hasta que las exigencias de mantener ese conjuro me sobrepasaron."
Comenzó a pasearse por la habitación, con los ojos desenfocados. Parecía estar hablando más para sí mismo que para mí.
"Y cuando fui a revisar si había algo del hechizo que no había visto, me doy cuenta que faltaba esa página, junto con otros más. Yo… no podía creerlo. Viajé con Magda hasta aquí en el barco, apenas tuvimos la oportunidad y..."
Se detuvo de golpe.
"¿Magda?" Susurró.
Miró a sus alrededores, como buscando a algo. Se puso una mano en la boca y abrió los ojos, asustado.
"Magda. Magda. Fue tu culpa, Magda. Te pedí que me ayudaras. Tiraría el cadáver al mar, durante la noche. Era tan simple. No me dejaste opción. Por eso tuve que… Fue tu culpa, Magda. Luci."
Se pasó la mano por los ojos, y comenzó a sollozar. Yo estaba conmocionada. Miguel Magne estaba completamente desquiciado. Gimoteó un par de veces y elevó la vista, para mirarme. Me miró de pies a cabeza, como si me viera por primera vez. Se pasó los puños por los ojos y se aclaró la garganta. Tomó la carpeta negra, y la alzó para que yo la viera bien, con una sonrisa satisfecha.
"Por fin lo tengo." Dijo, emocionado. "Tengo las páginas que hacían falta. Pasé años esperando tenerlas todas en mi poder."
Lo miré espantada y conmocionada. No podía creerlo. Mi tío siempre me había parecido alguien horrible, pero dentro de sus cabales. Ahora podía notar cuán dañado podía estar mentalmente. El hombre era completamente peligroso. Y, sobre todo, dudaba de la veracidad de sus intenciones.
Tragué saliva y exhalé para controlar el tono de mi voz.
"Si dices que esa es mi herencia y no pretendes matarme." Exigí saber. "¿Cómo planeas hacer que sea tuyo sin quitarme de tu camino?"
Miguel pareció recuperar la noción de lo que hacía, y me miró, con desagrado, unos momentos antes de responder.
"Me recuerdas mucho a Lilith, Charlotte" Dijo, entrecerrando los ojos. "Demasiado osada para ser una mujer. Pero, claramente, no heredaste su inteligencia. Ni tampoco su presencia."
Se acercó a mí hasta quedar frente a frente. Sus recientes lágrimas seguían brillantes en sus ojos.
"Eres tan, desgraciadamente, diferente a ella." Dijo, mirándome, con desaprobación. "Lilith tenía elegancia y clase. Incluso tuvo la fortaleza para aguantar un embarazo de un miembro de la familia Magne. Luego de varios intentos fallidos, claro está."
Me miró, como estudiando mi cuerpo con la mirada.
"Pero dudo en que puedas alcanzar ese nivel. Ni para tener crías servirías." Escupió.
"¿De qué me hablas?" Dije, confundida.
"¿Sabes si alguien más de la familia tuvo hermanos, además de tu padre?" Preguntó.
Fruncí el ceño, y tuve que esforzarme para recordar que mi padre mencionara tener un tío o una tía, o algún primo con el apellido Magne. Pero no había nada. Pensé en las tumbas del mausoleo. Eran realmente pocas para el linaje familiar tan rico. Sólo mis dos abuelos y mis dos bisabuelos. Nada de primos, tíos o tías. Sólo únicas parejas que dejaron un único heredero en cada ocasión, sólo a excepción de mi padre y mi tío.
"No." Dije.
"Los Magne siempre hemos sido hijos únicos, Charlotte." Explicó. "Podría llamarse una "maldición familiar". Incluso las esposas y esposos, completamente saludables, del primogénito del apellido tenían problemas para tener hijos. Como si dios intentara conspirar en contra de nosotros, deseando el exterminio de la prole que tiene el poder del grimorio entre sus manos: Los Magne serían pocos."
Acarició la superficie de la carpeta negra.
"Por eso, fue todo un evento que mi padre tuviera dos hijos. De seguro, tú tendrías el mismo problema de toda mujer que porta el apellido Magne."
Se inclinó hacia mí. Su aliento apestaba a sangre, combinada con el puro que se había fumado.
"Pero, por las extrañas… circunstancias por las que sigues viva, dudo mucho que puedas siquiera concebir." Dijo, sin perder la sonrisa. "Tus entrañas deben haberse quedado muertas como tú."
De pronto, puso una mano sobre mi vientre y dio unos golpecitos. Di un respingo, por la sorpresa y le di un manotazo. Me retiré varios pasos hacia atrás, mirándole con asco.
"¡No te atrevas a tocarme!" Exclamé.
Me sonrió, con altanería.
"¿Qué no quieres que te toque?" dijo, incrédulo. "Estuviste encerrada en la mansión tantos años, Manzanita. ¿Crees que no habría intentado hacerte algo mucho antes?"
Mi estómago se revolvió con horror, a esa perspectiva. Imaginarme como una de las tantas víctimas de las desviaciones de mi tío, fue espantoso.
"Créeme que tener a una jovencita cerca, siempre es tentador." Dijo, con simpleza. "Tus padres no estaban. Y sólo bastaba dar la orden de que nadie se acercara a tu habitación. Y yo hubiese sido libre de hacer cuanto quisiera y las veces que quisiera con Charlotte Magne."
Frunció la nariz y me miró, con desprecio.
"Lo habría hecho, si no fuera porque me da asco sólo verte." Sentenció. "Ni siquiera sé qué mierda eres, Manzanita."
"¿Qué yo te doy asco?" Dije, ofendida.
"A tus padres se les ocurrió la ridícula idea de revivir a su hija." Dijo, en tono de reproche. "Te fuiste a India como mi sobrina, pero volviste como algo diferente. Como una criatura que puedo describir como un ser vivo. Eres lo más parecido a un zombi. Una criatura maldita que no debería seguir entre los vivos."
Era la primera vez, en muchos años, que Miguel me llamaba así. Una cosa. Un ser no humano. Una criatura maldita.
"Charlotte Magne dejó de existir el día en que recibí la carta del abogado, que me informaba sobre su muerte. Me solicitaron que me encargara de los preparativos. Te cremarían en India y te meterían en una urna para el largo viaje en barco. Me indicaron que llegarían directamente al cementerio, para hacer el entierro. Había dejado todo listo para la sepultura. La placa de tu tumba estaba lista. La gente los esperó con infinidad de flores y coronas con sus condolencias. Todos vestían de prendas negras, llorando por la partida de la pequeña Charlotte. Amigos, socios y sirvientes de la familia Magne."
Suspiró, exasperado.
"Pero cuál fue la sorpresa que, al llegar al cementerio, vieron que estaba la niña viva." Dijo, molesto. "La gente estuvo feliz de ver a la niña sana y salva. Y Luci se encargó de decir que todo había sido un error, y que Charlotte nunca había muerto. Pero a mí no me engañaba. El abogado había sido explícito en sus especificaciones. Y, después de varias discusiones con mi hermano, logré que confesara que tú habías sido revivida."
Alastor ya me lo había dicho. Pero que Miguel me confirmara lo que había pasado, fue devastador para mí. Yo recordaba haber llegado al cementerio, siendo niña, y ver a todos mis conocidos llorando de alegría por verme. Simplemente creí que me habían extrañado mucho. Y mi papá dijo que todos me habían llevado lindas flores de bienvenida. Pero ese recuerdo, claramente, había sido nublado ante mi inocencia infantil, y no saber el contexto real de toda esa reunión.
"Todos estaban felices de tenerte de vuelta." Dijo. "Pero yo sabía que no pertenecías entre los vivos. Tú, Charlotte Magne, eres algo no natural, en el lugar equivocado."
Y me apuntó con un dedo acusatorio.
"Sólo estás aquí por el deseo que tuvieron Luci y Lilith para mantener a un cadáver que, decían, era su hija." Dijo, miguel. "Y la única razón por la que te mantuve bien cuidada después de su muerte, fue por las estúpidas condiciones que puso mi hermano en su testamento. Si algo te pasaba, toda la fortuna pasaría a la caridad. Te dejó bien protegida."
Y suspiró, con resignación.
Yo lo escuchaba a medias. Me faltaba el aire. Sentía que la cabeza iba a estallarme de tanta información.
Yo no podría tener hijos. Mi familia y toda la decendencia estaba maldita. Y yo ni siquiera sabía ya si era un ser humano.
"Es un alivio que no puedas concebir." Dijo. "Al menos no habrá que preocuparse porque haya otro como tú en este mundo."
Miguel Magne se dirigió al escritorio y miró a la cabrita amarrada en el centro. Por primera vez pareció notarla. La miró con desagrado antes de volver a mirarme.
"Mi madre tuvo cinco abortos antes de que naciéramos Luci y yo." Dijo, de pronto. "Ambos nacimos luego de que mis padres superasen los cuarenta años de edad. Fue una gran celebración que dieran a luz a dos varones sanos. Mellizos, como no se había visto en generaciones completas en la familia Magne. Pero, ya ves, que tu padre y yo no concordábamos en muchas cosas. Estábamos separados en el útero materno. Cada uno por su lado. Cada uno haciendo lo que mejor le parecía con su vida y sus elecciones."
Volvió a mirar el cuadro familiar de los Magne.
"Siempre pensé que Luci llegó de último momento. Como si no hubiese sido planeado que llegara. Siempre fue más bajo que la mayoría, pero, ciertamente, tenía cualidades que correspondían a un líder, a pesar de que nació quince minutos después de que yo naciera. Y comenzó a robarme desde entonces."
Lo miré, indignada.
"Mi padre jamás te robó nada." Dije, con voz temblorosa. "Él se ganó todo lo que tuvo a pulso. ¡Eres tú quien debería estar agradecido con él por mantenerte por tanto tiempo!"
Entonces, él me dio una bofetada, que me hizo caer al piso por la fuerza.
"¡CÁLLATE!" Exclamó, furioso.
El dolor en mi rostro me palpitaba. Escuchaba la respiración agitada de Miguel haciendo eco en la habitación. Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo miré con desprecio.
"¡Tú no sabes nada!" Gritó, fuera de sí. "¡Sí él no hubiese existido, yo no habría tenido todas las carencias físicas que él obtuvo para poder nacer! ¡Él me robó la salud! ¡Toda la vida estuve sometido a tratamientos médicos porque no era lo suficientemente fuerte! ¡Los médicos decían que en la formación de ambos, yo salí desfavorecido! ¡El negocio familiar! ¡Mi padre consideró que Luci era mejor llevando el negocio del algodón, porque no tenía que caer enfermo cada mes como yo! ¡Perdí mi herencia por ser el primogénito! ¡Luci heredó el grimorio, aun cuando yo nací antes! ¡Porque él sería más 'responsable', según mi estúpido padre! ¡Incluso podría haberme casado con Lilith y no con la insípida de tu tía, que no fue capaz de darme un solo heredero! ¡Luci siempre ha sido un parásito que se llevó todo lo bueno que me correspondería en mi vida!"
Las palabras de Miguel estaban llenas de dolor y frustración. Parecía que todo el odio que tenía acumulado por tantos años lo estuviese vomitando encima de mí.
Mi tío detestaba a mi padre. Y nunca había entendido el por qué.
De pronto, comenzó a toser, nuevamente, con mucha fuerza. Al punto en que se encorvó, casi por completo. Tosía con violencia y vi cómo de la mano que cubría su boca escurría sangre entre los dedos.
Yo me puse de pie de un salto. ¡Era mi oportunidad! Intenté llegar a los sofás, para moverlos de la puerta, pero no alcancé a tocarlos siquiera. Miguel me tiró del brazo, todavía tosiendo. De su boca salía sangre. Intenté zafarme, dándole manotazos.
"¡Suéltame!" Exclamé, asqueada.
"¡No vas a ninguna parte!" Gruñó.
Me lanzó hacia un lado y volví a caer al piso.
Entonces, del interior de su abrigo, sacó una enorme daga y me la extendió. Creí que había perdido la razón.
"Ven. Mata a esa cabra." Ordenó.
"¿Qué dices?" Dije, desconcertada.
Dio un par de zancadas al escritorio, tomó a la cabrita joven con brusquedad y la lanzó al piso. El animal no hizo sonido de quejas. Sólo se quedó mirando al vacío.
"Es un sacrificio." Dijo, con voz ronca. "Eres la legítima dueña del grimorio. Pero, te juro que si haces esto por mí, ya no me verás más."
El sonido del grito lejano de una mujer llegó a mis oídos. Pero Miguel sólo se mantuvo firme, extendiéndome el arma. Miré al cuchillo, luego a él y, finalmente, a la cabrita amarrada junto a mí. No sabía si creerle o no. Sólo quería huir de ese maniático.
"No." Dije, con repugnancia. "No voy a ayudarte, maldito enfermo."
Entonces, alguien comenzó a golpear la puerta desde afuera, con fuerza.
"¡Ayu…!" Intenté exclamar, pero Miguel me acalló, poniendo una mano sobre mi boca.
"Silencio o te mataré." Siseó, de forma maniaca, escupiéndome gotas de sangre a mi rostro.
Miré, con espanto, cómo la cara de Miguel se estaba comenzando a desfigurar. Su cabello había perdido brillo y comenzaba tomar el color de un amarillo pajoso, deslucido y mugriento. De su rostro demacrado comenzó a emerger una frondosa barba desaliñada y canosa. Su piel se había arrugado y resquebrajado, y sus ojos enrojecidos, estaban hundidos y amoratados, que delataban lo enfermo que estaba. Parecía que había envejecido veinte años en un par de segundos.
La luz de la habitación comenzó a bajar y el color del fuego cambió. Se había tornado de color verde y era la única fuente de luz del estudio. Comencé a sentir el rostro, el cabello y la ropa húmeda, y un potente aroma a hierbas llegó a mi nariz. Y, sobre todo, sentía un dolor punzante en el costado izquierdo de mi cabeza y una jaqueca comenzaba a aquejarme.
"Vas a cooperar." Ordenó. "Ahora entiérrale el cuchillo a ese sacrificio."
Fue, entonces que el fuego de las llamas de la chimenea comenzó a avivarse, cada vez más. Miguel se giró a mirar al fuego, asombrado. Por primera vez, vi miedo en sus ojos.
"Imposible." Musitó.
Su respiración comenzó a alterarse aún más. Luego, se volvió hacia mí sólo para lanzarse encima de mi cuello y comenzar a ahorcarme en el suelo. Mi cabeza golpeó el piso y él puso todo su peso sobre mi cuerpo. Hundió sus dedos en mi tráquea, con fuerza. Yo peleaba, arañándole la cara e intentando darle patadas, para apartarlo de mí. Lanzaba alaridos y quejidos sin aire, mientras peleaba por mi vida. Sentía cómo el dolor en mi cuello se aguzaba con cada intento de poder respirar. Veía borroso, al horrible rostro lleno de odio de Miguel, por las lágrimas que comencé a derramar por la desesperación en la batalla.
Iba a morir si seguía así.
¡Alguien ayúdeme, por favor!
¡Alastor!
"Mentirosa de mierda." Dijo, con desprecio. "¿Tú lo invocaste? ¿Cómo lo hiciste? Siempre supiste que LeBlanc era El justiciero, ¿verdad? ¡Por eso le dijiste a Katie que dejara de tomar fotografías! ¡Eres una perra malparida!"
En ese momento, el fuego de la chimenea llegó a su punto más alto, lamiendo el cielo de la habitación, siendo la única fuente de luz del lugar.
Entonces, Miguel se detuvo. Me miró con espanto y levitó unos centímetros en el aire. Para, luego, ser arrojado por el aire, por aquella fuerza invisible, hasta azotar contra el escritorio. Yo me levanté e inhalé bocanadas del aire que me faltaba, con urgencia. Y comencé a toser sin control. Me puse una mano en el cuello. Resentía las garras de Miguel, mientras intentaba respirar otra vez. El paso del aire me dolía.
No sabía qué o quién me había salvado. No veía a nadie cerca de mí. Pero estaba, profundamente, agradecida.
Miré a mis alrededores, sin dejar de toser. Ya no estaba en el estudio de mi padre. Estaba en la habitación de sacrificios de Alastor, como la primera vez que había despertado. Yo apestaba a agua de hierbas y una botella rota estaba a pocos pasos de mí.
¡Entonces, todo había sido una ilusión! ¡Nunca había estado en el estudio de papá!
Miré a Miguel. Él se encontraba en el suelo, con la mesa de trabajo de Alastor volteada y las hojas del grimorio regadas en el suelo. Se quejaba, pero no parecía ser capaz de ponerse de pie.
Y, en el suelo vi con sorpresa que, en vez de la cabrita amarrada, había una muñeca con cabello rubio en su lugar.
