Capítulo 9
—¿Te gusta ser capitán en las Fuerzas Especiales? No hablas de ello.
—Es que no debemos hablar de ello, cielo.
Noté que su expresión se ensombrecía, pero me recreé en el adorable mohín que hizo con los labios y que me dio ganas de hacer algunas cosas para las que se requería tener la puerta cerrada.
—Bueno, ¿no me puedes decir nada? Necesito saber algo sobre lo que haces en Afganistán.
Encogí los hombros sin apartar la vista del plato de carne de venado en su punto y le respondí con la mayor honestidad que pude.
—Es solo un trabajo, aunque supone una buena oportunidad para alguien como yo. Trabajo duro y a veces terrible. Solitario. Violento. Aburrido. Jodido... —Alcé la mirada de la cena para contemplarme en sus ojos y, por primera vez en mi vida, deseé no ser militar.
—Parece estupendo —dijo con sarcasmo—. ¿Cuánto tengo que preocuparme porque no regreses sano y salvo a mi lado, Naruto?
Cubrí su mano con la mía.
—Regresaré a casa dentro de diez meses y, cuando lo haga, estaré bien. En ese momento se completarán seis años y eso es mucho tiempo, te lo aseguro. Quiero hacer algo más con mi vida. Te prometo que esta será la última vez que me voy, Temari.
—Gracias a Dios. —Su voz sonaba aliviada, pero su expresión seguía siendo de preocupación.
—Si te sirve de consuelo, me resulta agradable ver que te preocupas por mí.
—Siempre me he preocupado por ti, aunque antes no estaba al tanto de lo que estaba pasando. Ahora es diferente; estoy aterrorizada por si te pasa algo malo que pueda arrancarte de mi lado. Solo de pensar que puedo perderte... Que jamás viviremos la vida que nos corresponde juntos...
—No. —Sacudí la cabeza—. No pienso permitirlo. Regresaré con mi unidad y haré mi trabajo lo mejor posible, y cuando sea el momento, regresaré contigo. Te lo prometo, y cumpliré mi promesa. —Tomé sus dedos y los acerqué para sostenerlos contra mi boca—. Me encanta tu mano... Mucho.
Noté que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—A mí me encanta el hombre que sostiene mi mano. Mucho —susurró con la mirada empañada —. Y quiero que regrese de una pieza.
Sabía que había llegado el momento. Nuestro tiempo. La hora de que estuviéramos juntos y aclaráramos las dudas que tanto tiempo llevaban torturándonos. Nuestro momento, para que supiéramos lo que nos perderíamos cuando no estuviéramos juntos, y que nos haría darnos cuenta que no podríamos vivir el uno sin el otro durante un segundo más.
—Mírame a los ojos mientras te digo que voy a volver. Lo haré. Y me bajaré del avión y escudriñaré entre la multitud hasta que te vea correr hacia mí, sunshine girl. Entonces te alzaré y te abrazaré con todas mis fuerzas, sabiendo que no tenemos que volver a separarnos.
Ella asintió levemente con la mirada todavía vidriosa, muy azul a la luz de las velas que iluminaban la mesa.
—¿Me lo prometes?
—Con todo lo que soy.
La vi relajarse imperceptiblemente en el asiento y la tensión se disipó un poco. Deseé que estuviéramos solos y no en un comedor con otras personas.
«Ha llegado el momento de llevarla arriba y amarla por completo».
Me incliné hacia ella.
—Tengo que estar contigo ahora —le susurré al oído—. Así podré alejar todas esas preocupaciones y temores que provocan todos esos malos pensamientos que tanto te asustan; sí, haré que desaparezcan. —Lo dije con los labios contra la piel de su mano y sin apartar la mirada de la suya —. Esta noche podremos hacer que desaparezca todo lo demás.
—Sí, por favor. —Percibí la lágrima que recorría su suave mejilla cuando asintió desde el otro lado de la mesa.
Ahí estaba mi respuesta; era todo lo que necesitaba.
Recorrimos de la mano el camino hasta la habitación, pasando ante retratos dignos de colgar en un museo. Algunos medían al menos dos metros de altura y ocupaban el hueco de las escaleras; allí había multitud de obras de arte de sorprendentes formas y variedades. Sin embargo, yo no podía fijarme en lo que había a mi alrededor, solo tenía ojos para mi chica.
Una vez que dejamos atrás las escaleras, la tomé en brazos durante el resto del trayecto; quería sentir su peso, ser yo quien la llevara al lugar en el que íbamos a estar juntos.
—Acabarás con dolor de espalda por llevarme en brazos.
—Es imposible que ocurra eso, cielo. Eres como una pluma. Me gusta sentir tu peso, ser quien te lleva, así que será mejor que te acostumbres a ello.
Mi sunshine girl se ruborizó, consiguiendo parecerme todavía más tímida y apetitosa; dulce como ninguna otra cosa.
—Rodéame el cuello con los brazos —le ordené.
Ella cumplió mi deseo y deslizó sus pequeñas manos a mi alrededor hasta aferrarse Me sentí en el cielo. La besé mientras se sujetaba y conseguí de alguna manera abrir la puerta, gracias a los pomos de las puertas antiguas que no se cerraban con llave desde el exterior. No quería abandonar su boca para tantear con la cerradura y poder acceder al interior en busca de intimidad. Necesitaba estar conectado a ella. Cada vez estaba más poseído por una desesperada necesidad de completar nuestra unión. Era tal mi anhelo, que esperar otro día sería demasiado para reclamarla como mía; como si fuera a perderla de alguna manera inexplicable.
La dejé de pie sobre el suelo a regañadientes, sosteniéndola hasta que recuperó el equilibrio. Ella me miró con los ojos entrecerrados mientras se quitaba los zapatos.
Me deshice también de los míos.
La vi morderse el labio y eso me puso tan duro que no pude contener un gemido.
—Cuando haces eso resultas todavía más sexy.
Ella no respondió, se limitó a comenzar a desabrocharme la camisa. Sus dientes, blancos y perfectos contra el labio rosado casi me hicieron perder el control antes de empezar.
—Me encanta este tono azul cielo. Es mi color favorito y lo sabes. —Terminó con los botones y me deslizó la prenda por los hombros—. Además, te queda muy bien y combina con el azul de tus ojos.
—A mí me encanta cómo me quitas las camisas. Te prometo que volveré a ponerme algo de este color para ti.
—Es tu turno —me dijo, dándome la espalda.
Cogí la lengüeta de la cremallera y tiré hacia abajo al tiempo que deslizaba los tirantes de seda por sus brazos. Sin nada que lo sostuviera, el vestido cayó al suelo en el momento en el que lo solté. Ella se giró hacia mí cubierta solamente por las bragas y el sujetador. De encaje de color azul cielo. Acabaría por darme un infarto.
«¡Qué los dioses me ayuden!».
Todavía seguía admirándola cuando sentí sus manos en el cinturón, y el tirón en la cremallera de los pantalones. Me deshice de ellos tan rápido que volaron por la habitación y la hebilla del cinturón se estrelló contra la pata de la mesa con un ruido metálico. En ese momento no era mucho lo que nos separaba, solo unos trozos de tela y apenas un poco de la templanza necesaria para disfrutar de nuestra primera noche juntos. El ruido hizo que la pasión se desatara, como si nos diera luz verde para todo lo que íbamos a hacer.
Lo que fue una suerte. Estaba desesperado. Podría ir más despacio después y hacerle el amor durante toda la noche. Pero en ese momento... En ese momento tenía que estar tan cerca de ella como fuera posible. Necesitaba sentir la piel de Temari contra la mía, y punto.
Apenas estaba cubierta por dos trozos de encaje azul, y hasta eso era demasiado. Quería disfrutar de la visión que me había imaginado antes; mi sunshine girl completamente desnuda delante de la ventana.
Busqué su piel con la boca, recorrí su cuello, su garganta, el hombro, la oreja... Su boca mientras la tocaba. Era besarla y todo encajaba.
Soltar su sujetador supuso un reto para mis dedos, que no querían colaborar. No quería destruir una prenda tan bonita, así que libré una batalla contra aquel encaje, dispuesto a no ser el perdedor. Tiré de nuevo, con poco éxito, hasta que ella dio un paso atrás.
—Déjame a mí.
La vi llevar las manos a la espalda y crear magia, porque aquella maldita cosa se soltó por fin.
Temari sostuvo las copas mientras deslizaba un tirante por el hombro, por el brazo.
Tragué saliva.
Luego repitió la acción en el otro, haciendo que me diera un vuelco el corazón.
El encaje de color azul cayó al suelo con un chasquido.
«¡Madre del amor hermoso! Es todavía más perfecta de lo que jamás imaginé».
Temari estaba bien hecha, sin duda, pero eso no era nada nuevo para mí. Siempre había sabido que sería perfecta. Supongo que lo que me impactó fue lo increíble que resultaba que confiara en mí de esa manera; que se entregara a mí, que me deseara. Eso y el hecho de que era el afortunado cabrón que había tenido la suerte de conseguirla; quien había tenido la oportunidad de verla así.
—Me dejas sin respiración, cielo. —Di un paso adelante y sostuve uno de aquellos pechos de tamaño perfecto. Ella arqueó la espalda con un leve grito cuando rocé el pezón con los dedos y tiré con suavidad para que se erizara.
—Tú también —susurró.
Incliné la cabeza hacia el otro pezón e hice lo mismo con la lengua en lugar de las yemas. Me emborraché con su sabor y con la sensación de tener aquellas magníficas tetas en la boca y en las manos.
Fui codicioso y alterné entre las dos hasta que no pude reprimir el deseo de verla ante la ventana, como en mi imaginación, ni un segundo más.
No, no lo había olvidado. Satisfaría aquel maldito y desesperado deseo o moriría feliz en el intento.
Arranqué la boca de su pecho con un gemido, sus manos todavía enterradas en mi pelo mientras se arqueaba ofreciéndome su cuerpo. Emitió una queja ahogada cuando la solté, y aquel sexy sonido me indicó que ella deseaba eso tanto como yo.
—No te detengas —me rogó, apretando las manos para que no me alejara.
—Quiero verte desnuda delante de la ventana —confesé a trompicones.
Ella se quedó inmóvil, pero aflojó el agarre y dejó caer las manos a mis hombros. Sus hermosos ojos verdes azulados se clavaron en los míos y supe que lo iba a conseguir.
Arrastró lentamente aquellos dedos mágicos desde mis hombros a mi torso, donde dibujó mis tetillas con una yema antes de alejarse de mí.
Mi erección y mis testículos se manifestaron con intensidad, dispuestos a tomar el control, pero yo no podía evitarlo.
Vi como Temari llevaba las manos a la única prenda que la cubría, aquella diminuta braguita de encaje azul pálido.
«¡Joder! Voy a palmarla antes de poder disfrutarla».
Deslizó los pulgares por debajo del encaje elástico que le cubría las caderas.
Iba a morirme sin remedio, daba igual lo mucho o poco que me preocupara, y la expresión «exquisita tortura» adquirió un sentido absolutamente perfecto.
No tuve más remedio que aceptar y comprender que en la vida de Naruto Namikaze solo había sitio para verdades sencillas sobre la vida.
Mi pene estaba a punto de reventar los bóxers cuando el tiempo se ralentizó hasta extremos increíbles mientras ella se movía. Había esperado eso durante tanto tiempo, la deseaba con tal desesperación, que apenas fui capaz de contener el impulso de ponerla bajo mi cuerpo y sumergirme en su interior hasta que aquel doloroso deseo de reclamarla se viera por fin medianamente satisfecho. La deseaba. La necesitaba.
Había traspasado el punto de no retorno con Temari, y me daba cuenta con claridad. No tenía que esperar más, no era necesario que soportara la agonía de verla con otros hombres sabiendo que estaban disfrutando de algo destinado a pertenecerme solo a mí. Era el momento de estar conectado con ella en cuerpo y alma, de calmar aquel ansia salvaje que llevaba tanto tiempo atormentándome.
Me obligué a respirar hondo y presenciar cómo mi preciosa chica deslizaba las braguitas de encaje azul por las caderas, por aquellas torneadas piernas, y daba una sensual patadita con la punta del pie, primero en una pierna y luego la otra, hasta que la prenda aterrizó silenciosamente algún lugar del dormitorio.
«¡Madre del amor hermoso!».
Creo que mirando aquel striptease tan sexy me morí un poco, que mi patético cerebro sufrió una extrema sobrecarga sensual, y no pude hacer mucho más que dejarme llevar mientras me recreaba en la vista de la perfecta belleza que se mostraba ante mí. Mis ojos todavía funcionaban, pero mi mente se había marchado alegremente y sin mirar atrás a un lugar que pertenecía a Temari, sin otro pensamiento que, «ya te tengo desnuda delante de la ventana en este momento y voy a estar en tu interior antes de que puedas hablar». Mi chica me había hecho el regalo más hermoso del mundo.
Su sedoso pelo rubio caía sobre su espalda. Quería apresarlo entre los puños mientras follábamos, utilizar aquella longitud para impulsarme. Tenía muchas ideas sobre lo que podíamos hacer, sí, pero en ese momento solo era capaz de respirar y mirar.
Sabía que llevaba años obsesionado con su pelo. ¡Joder!, era la causa de que utilizara con ella aquel apodo —sunshine girl— desde hacía años, y en ese momento era su único abrigo. Las oleadas rubias que fluían sobre sus hombros, que jugaban sobre sus pechos, dejándola desnuda a ratos, hicieron que mi fantasía se viera satisfecha en todos los sentidos.
Estaba sin palabras. No había ninguna que pudiera usar para describirla en ese momento. Era inútil intentarlo siquiera. Temari era preciosa, estaba desnuda, y quería hacer el amor con ella por primera vez. No existía nada más.
Deseé no olvidar nunca lo que veía en ese momento. Formulé un voto para no permitir que ocurriera.
Mi cuerpo gritaba por la necesidad de besar cada increíble parte de su cuerpo, pero me llevaría horas hacerlo correctamente y no podía esperar tanto. ¡Dios!, ni siquiera sería capaz de esperar simples segundos. Ese tren ya había partido sin esperar; sin paradas, sin trasbordos.
Mi consuelo era que no parecía que la situación fuera muy diferente para Temari.
«¡Dios mío! Es tan perfecta...».
No estoy seguro de cómo lo conseguimos exactamente, pero acabamos en la cama. Temari era una diosa sobre las sábanas, la ventana de mi fantasía no era más que un lejano recuerdo cuando me arrodillé junto a ella tratando de decidir por dónde empezar. Tenía un cuerpo que me dejaba sin aliento y planeaba tocar cada pedacito de él. Conocer lo que sentía al acariciarla con las manos y la boca me resultaba tan necesario como respirar.
—¿Qué te ocurre? —preguntó ella.
—Que eres tan jodidamente hermosa, que no sé por dónde empezar.
—Bésame. —Se arqueó, ofreciéndose de una manera tan increíble que perdí la capacidad de decir nada coherente. De todas maneras, eso era algo discutible, ya que había distintas maneras de hablar.
Deslicé las manos lentamente sobre ella, comenzando en la garganta y moviéndolas hacia abajo, estudiando sus suaves curvas y sintiendo su reacción ante mis caricias. Escuchando los sonidos que hacía y aprendiendo qué los provocaba.
Cuando llegué de nuevo a los pechos, reduje el ritmo, dedicando más tiempo a conocerlos íntimamente. Capturé la punta de uno con la boca y chupé, rodeando el pezón con la lengua antes de mordisquearlo. Ella gimió por lo bajo, arqueándose todavía más. Tenía los senos muy sensibles, justo el tipo de noción que quería tener sobre mi chica.
Centré mis atenciones en el otro seno, sopesando el suave volumen con la mano mientras lo lamía. Apresé la punta con los dientes hasta que se puso dura y erizada y ella me premió con hermosos sonidos que atesoré para el futuro. Ruiditos de sumisión sexual y aceptación de mis caricias, lo que me permitía tomar lo que ella ofrecía de buen grado.
Chupé y lamí ambos montículos. Los mordisqueé durante largo rato hasta que, finalmente, me detuve y admiré mi obra. Solo había reclamado lo que era mío.
No había llegado a estropear la perfección de su piel. Las marcas que había hecho con la boca eran solo símbolos de lo que significaba para mí. Una pantalla tangible de lo que habíamos compartido y solo para que nosotros lo viéramos, para recordar lo que habíamos hecho la primera vez que nos amamos.
Sin embargo, necesitaba mucho más que eso.
Deslicé la mano más abajo, por su vientre plano. Escuché que contenía el aliento y me sentí un idiota cuando cubrí sus labios con los míos al tiempo que sumergía la mano entre sus piernas. Mis dedos rozaron la perfección; suave, mojada y preparada para mí.
—¡Oh, Naruto! —gimió bajo mis labios—. Quiero... necesito... por favor...
Sonaba frustrada y me encantó, porque yo era la causa de que fuera así. Y mío era el poder de arreglarlo. La posición era jodidamente perfecta para ello.
—Lo sé, cielo —la interrumpí—, pero antes vas a correrte.
Separé sus pliegues con un dedo, rodeando la resbaladiza punta del clítoris, hasta que ella se retorció gritando mi nombre una y otra vez, gimiendo sobre las sábanas en una apasionada sumisión mientras se arqueaba y corcoveaba. La vi correrse, perdida en su respuesta, tanto física como emocional, mientras pensaba que podría verla alcanzar el orgasmo una y otra vez y no sería suficiente. Quería darle más placer. Elaina me pertenecía por completo y era bueno pertenecer a alguien. «Jodidamente bueno». Yo le pertenecía con la misma intensidad que ella me pertenecía a mí. Seguramente incluso más.
—Te d-deseo aho-ra... —susurró con un jadeo.
Sabía lo que quería de mí y estaba tan dispuesto a dárselo que no perdí más tiempo antes de coger el paquete de condones de la mesilla de noche y bajarme los bóxers.
Ella se incorporó para verme.
Cuando sus ojos cayeron sobre mi dura erección, me pregunté si estaría preocupada por cómo encajaríamos. Tenía que tener cuidado, porque me destrozaría hacerle daño mientras follábamos. No a ella. No a mi Temari. Sentí una creciente sensación de pánico y me di cuenta de que estaba a punto de perder el control; eso sería lo peor que podría ocurrir ante lo que estábamos a punto de hacer.
«¡Contrólate!».
Me observó mientras sujetaba el sobre del condón entre los dientes para abrirlo.
—No necesitas eso —aseguró, señalándolo con la cabeza.
—Sí, lo necesito —repliqué mientras lo deslizaba por la rígida longitud. Podía estar diciendo que no necesitábamos preservativos, pero yo sabía que sí lo hacíamos. Temari significaba demasiado para mí y no quería arriesgarme a dejarla embarazada cuando estaba a punto de marcharme. No estaba dispuesto a tuviera que enfrentarse sola al hecho de tener un bebé mientras yo estaba en el frente. No. Nunca. Y de todas maneras, ella era demasiado joven para ser madre. Más adelante... mucho más adelante, llegaría ese momento. Matrimonio. Niños. Sí, pero más adelante.
—¿Naruto? —Tiró de mis caderas con las manos, suplicante.
—Sí... —dije en voz baja para tranquilizarla.
Me puse encima de ella, separando aquellas piernas largas y sexys con las manos. Tuve ganas de probarla con los labios, de poner la boca en su sexo y sumergir la lengua en su interior por primera vez, pero sabía que no era el momento. Los dos estábamos demasiado impacientes.
Sin embargo, me prometí que lo haría después.
Temari estaba preciosa cuando bajé los ojos, y supe que siempre recordaría nuestra primera vez. La manera en que se estaba ofreciendo; cómo me dejó tomar las riendas... No podía estropearlo o jamás me lo perdonaría.
Me sonrió con una mirada vidriosa y misteriosa. Sentí un roce en el estómago y luego el contacto de su mano en el glande.
Gemí cuando me tocó. Ella tenía los labios entreabiertos, los pechos agitados por la respiración entrecortada y la anticipación cuando giró mi pene hacia su coño.
«¡Joder! Estoy perdido».
Los dos nos estremecimos cuando nuestros sexos se rozaron. Aquel íntimo primer contacto generó un abrasador calor entre nosotros. No importaba, estábamos a punto de hacer que los fuegos se avivaran todavía más, hasta que explotáramos.
—Te amo y solo deseo estar contigo —susurró.
«Increíble». Temari no solo aceptaba mi amor por ella —algo capaz por sí mismo de ponerme de rodillas—, además me estaba diciendo que ella, mi hermosa chica, quería estar conmigo.
—Te quiero, sunshine girl. —Mi respuesta llegó acompañada de un profundo impulso que sumergió mi pene en aquel húmedo calor suyo, donde ella aceptó toda la dura longitud arqueando las caderas para salir a mi encuentro. Encajamos a la perfección. Todo en ella era así, perfecto. Gimió mientras la llenaba, un sonido tierno y sexy, a la vez que me hizo perder la cabeza durante un momento mientras me acomodaba sobre ella.
El agarre de sus músculos internos en torno a mi polla era tan fuerte que me preocupó haberla penetrado demasiado pronto para mis propósitos. Tenía la esperanza de hacer el amor con ella durante toda la noche, tantas veces como pudiera arreglármelas.
Acerqué mi cara a la suya y la rodeé con las manos, cautiva de la invasión de su cuerpo. No pude evitarlo. Sólo sabía que debía hacerlo así. Que tenía que conseguir que fuera tan bueno, que ella jamás quisiera hacerlo con otro hombre.
Y era bueno. Era increíble.
—¿Esto es real? —le pregunté.
Ella asintió con la cabeza.
—Te amo.
—Yo también te amo. Y lo hare... siempre...
Frente a frente, nariz contra nariz, la miré mientras empezaba a moverme.
—Es increíble sentirte a mi alrededor —confesé, pensando que podía morir en paz.
Ella gimió, un dulce sonido que fue una señal de que comenzaba la cuenta atrás.
Su empapado y estrecho sexo se convirtió en mi universo durante los siguientes minutos. Encontramos el ritmo. Esperaba que ella estuviera sintiendo lo mismo, porque en ese momento, justo entonces... estaba reafirmando mi vida y realizando un cambio. Hacer el amor con ella era una hermosa danza, era distinto a todo lo que había experimentado antes con una mujer. Pero nunca había estado con ella... Nunca lo había hecho con una mujer a la que amara. De todas maneras, las comparaciones eran irrelevantes. No tenían sentido.
Había estado esperando... Esperando siempre y, en el momento en que ocurrió, sentí muchas más emociones de las que estaba acostumbrado a experimentar. Casi no sabía lo que estaba haciendo... solo que me perdía en su interior. Ella salió al encuentro de cada uno de mis envites, alejándose cada vez que me retiraba. Era una unión perfecta de mentes y cuerpos.
Cada vez que la llenaba ella emitía un gemido ahogado que me impulsaba a seguir.
—¡Dios! Contigo es increíble, sunshine girl.
—No... pares... —me rogó, moviendo la cabeza sobre la almohada.
—No lo haré. —Me moví con más rapidez y profundidad, feliz de poder satisfacer a mi chica. Me sujeté a sus caderas para mantener el equilibrio, porque el frenesí crecía a cada segundo que pasaba, hasta que sentí que ella comenzó a convulsionar, a temblar... Un ronco ronroneo salió de su garganta mientras se estremecía debajo de mí, apretándome con las piernas a la altura de los muslos para mantenerme clavado en ella durante todo el intervalo. Se aferró a mis brazos mientras surcaba la ola de la liberación.
La respuesta de Temari me espoleó. Me corrí justo después que ella y mi orgasmo surgió desde un profundo lugar de mi interior para salir disparado como una explosión. Nos miramos mientras nos fundíamos, todavía perdidos en la palpitante oleada de placer, respirando hondo... Viviendo el momento.
Había sido tan hermoso que siguió siéndolo cuando me retiré de su interior. Me miró mientras me deshacía del preservativo.
—Quédate conmigo —me exigió tirando de mi brazo.
«Como si pensara ir a algún sitio».
—No hemos terminado. Eso solo ha sido el calentamiento —aseguré antes de buscar sus labios e introducir la lengua dentro de su boca. La besé durante mucho tiempo; mi necesidad de estar en ella no se había visto satisfecha a pesar de lo que acababa de ocurrir.
Temari me acarició la cara con la mano y dibujó mi mejilla.
—Me has amado. —La manera en que lo dijo me sonó casi triste, como si estuviera tratando de luchar para asimilar la idea de que éramos una unidad. Quizá estaba asustada.
—Lo he hecho, sí. —Tomé su mano y la llevé a mis labios—. Nada podría haberlo evitado —aseguré.
—¿Nada? —preguntó con inocencia.
—Nada en los cielos y la tierra.
—¿Estás seguro de eso? —Se inclinó y cerró los dedos en torno a mi polla medio flácida. A mi dulce amor le gustaba tomarme el pelo más de lo que parecía.
—Creo que necesitas una pequeña demostración de lo determinado que estoy a amarte.
—Oh, estoy segura de que serás capaz de ello... al final. —Se rió con suavidad sin soltar mi carne desnuda, como si se sintiera dueña de la situación debido a lo que estaba tocando.
—Dame un poco de tiempo, sunshine girl, y tendrás un poco más de eso. —Hice una pausa, esperando a que asimilara la broma que contenía mi respuesta—. Pero antes... te haré gritar otra vez.
—¡Ahhh... Naruto! —jadeó cuando me moví sobre la cama y la obligué a tenderse en ella con las piernas abiertas.
Sus caderas se ondularon bajo mis manos, que le mantenían los muslos separados. Mi pene resucitó a pesar de lo que acababa de ocurrir unos momentos antes.
Tenía una misión. Llegar al lugar en su interior que me había apresado.
—Con la boca —informé antes de inclinarme hacia su sexo y admirar la belleza que se mostraba ante mí. No lo llevaba totalmente depilado, pero casi. Había solo una estrecha franja de vello rubio que me volvía loco. Solo quería poner allí la boca.
«¿Por qué he tenido tanta suerte?».
Lamí sus pliegues hasta que se separaron, busqué su clítoris y lo rodeé una y otra vez con la lengua, rozando aquel dulce y diminuto punto con delicados mimos. Tuve a Temari a mi merced durante los siguientes minutos. La mantuve abierta con las palmas de las manos en sus muslos mientras me deleitaba en su coño hasta que me sentí satisfecho con los resultados. Ella gritaba mi nombre como le había prometido.
Mantuve mi palabra.
Me llevó un buen rato llegar a ese punto porque era un cabrón muy codicioso cuando se trataba de ella. Degustarla era increíble y maravilloso, suave bajo mi lengua, mi chica era la perfección exquisita. La llevé una y otra vez a la cima... dando a mi pene el descanso necesario para que se recuperara para el largo camino que nos esperaba.
No hubo lugar para las medias tintas en nuestra primera noche juntos. El sexo se prolongó durante horas.
La mejor parte fue escuchar cómo gritaba «te amo» cuando conseguí que se corriera. Lo hizo cada una de las veces y yo la amé todavía más por decirlo. Si es que eso era posible.
No alejamos las manos ni la mirada el uno del otro. Ni la primera vez ni ninguna de las demás ocasiones en las que hicimos el amor esa noche. Los días que podía pasar con mi sunshine girl estaban acabándose y tenía que disfrutar de cada segundo disponible antes de que se me acabara el tiempo.
Envidié incluso los momentos en los que tenía que cerrar los ojos para dormir, y solo fui capaz de hacerlo porque sentía su piel contra la mía.
Y escuchaba su respiración pausada en la oscuridad.
Y olía su aroma con cada profunda inspiración.
