Capítulo 11

AQUELLA ducha no era como la que tenía Sakura en Londres, con una alcachofa oxidada del que manaba un chorrito de agua templada. De la ducha de Sasuke salí agua abundante, a la temperatura adecuada y de forma instantánea.

Sasuke la enjabonó de arriba abajo con caricias cada vez más íntimas. Y la aclaró dirigiendo el agua a sus zonas más sensibles mientras la masajeaba y producía en ella una nueva excitación.

–Apoya las palmas en la pared –dijo él.

¿Cómo podía ser tan sensible su cuerpo?, se preguntó ella mientras Sasuke le aclaraba la espalda y las nalgas.

Sakura apoyó la cabeza en la pared y gimió de placer cuando él le separó las piernas y dirigió el agua con tanta habilidad que ella volvió a perder el control. Él la agarró cuando las piernas de ella cedieron y le levantó una para colocarla sobre su muslo antes de penetrarla para volver a conducirla al clímax.

–No puedo –protestó ella negando con la cabeza, segura de que era verdad.

–Claro que puedes –y se lo demostró de forma indudable.

Después de la ducha, la envolvió en suaves toallas y la llevó a la cama.

–Duérmete.

–¿Que me duerma? –se quejó ella mirándolo a los ojos.

–Tengo trabajo –contestó él antes de separarse de ella.

Y, como once años antes, se marchó.

¿Cómo había podido dormir?, se preguntó Sakura al despertarse y ver que el sol brillaba en la habitación. Se dio la vuelta, pero el otro lado de la cama estaba vacío y la almohada no había sido usada. Ella había dormido toda la noche, pero ¿dónde estaba Sasuke?

Al recordar la noche anterior se sentó en la cama. Era la primera vez que dormía de un tirón desde hacía mucho tiempo. Debía de estar agotada para haber dormido así. No era de extrañar, después de haberse saciado de Sasuke. No se oía nada. Parecía que la casa estaba vacía.

Ella solo era una visita temporal que se había quedado a dormir, pensó mientras se levantaba. Ese día tendrían que decírselo a Sarada: era lo que habían decidido la noche anterior. ¿Se le había adelantado Sasuke?

¡No! Sakura debía oírlo de labios de su madre se dijo mientras corría a ducharse.

Bajo el agua, que tan relajante le había parecido unas horas antes, comenzó a imaginar cosas horribles: que Sasuke se llevaba a Sarada en la lancha, en el helicóptero, en su avión... ¿Y cómo los encontraría si él tenía casas por todo el mundo?

Agarró una toalla, cerró los ojos y reconoció que sus temores eran infundados. Lo único que debía hacer era volver al restaurante a cambiarse de ropa y llamar a Sarada para quedar en la escuela, donde le explicaría todo.

Con ese plan trazado, se preparó para dar la explicación más importante de su vida.

Sarada salió corriendo de la escuela y se lanzó a los brazos de su madre.

–¡Hoy te has puesto el vestido azul! –exclamó con una sonrisa radiante–. Nunca te pones un vestido, salvo que se trate de una ocasión especial.

Sakura se sonrojó ante el escrutinio de su hija.

–Me lo he puesto para ti. He vuelto al restaurante precisamente para...

–¿De dónde has vuelto?

–No es asunto tuyo –Sakura se echó a reír. A pesar de la tensión que experimentaba, la expresión recelosa de su hija siempre le resultaba divertida.

–Has estado con él, ¿verdad?

Sakura pensó que era una lástima que la vida no fuera algo tan sencillo como elegir entre un vestido azul y otro amarillo. Había llegado el momento de decirle la verdad a Sarada sobre su padre. Estaba hecha un manojo de nervios.

–Me gustan los dos vestidos por igual. Tienes un gusto excelente.

–No es eso lo que te he preguntado. Lo que quiero saber es cómo te llevas con Sasuke.

–¡Sarada! –Sakura intentó ponerse seria, sin conseguirlo–. Es un hombre muy agradable.

–¿Un hombre muy agradable? –Sarada hizo una mueca.

–Un buen hombre –Sakura tenía que empezar por algún sitio.

–¿Y...? –la presionó su hija–. ¿Vas a volver a verlo?

–Será difícil no hacerlo en esta isla tan pequeña–. Pero, la próxima vez, lo veremos juntas.

–¡No! ¿Cómo va a surgir un romance conmigo allí? Tienes que verlo sola.

–Creí que te caía bien.

–Y me cae bien, pero solo si te hace feliz.

–Le gustó mucho cómo tocas –dijo Sakura para que la repentina tensión se disipara.

–Eres tú quien me preocupa, no él.

–Tenemos que hablar de eso.

–¿Por qué?

–Porque haya algo que debiera haberte dicho hace mucho tiempo. Vamos a sentarnos a la sombra y a charlar mientras esperamos el autobús.

Sarada se encogió de hombros y se sentó en el banco al lado de su madre.

–Entonces, ¿te cae bien, Sasuke? –pregunto Sakura con cautela.

–Muy bien. Enseguida congeniamos. Pero eso ya lo sabes. ¿A qué viene todo esto?

¿La odiaría Sarada cuando se lo contara? ¿Entendería las razones por las que no se lo había dicho antes o creería que se lo había ocultado a propósito?

–Me alegro de que te caiga bien, porque hay algo que debo decirte sobre él...

–¿Te ha pedido que te cases con él? –preguntó Sarada levantándose de un salto.

–No exactamente. Lo que tengo que contarte sucedió mucho antes de este viaje a Grecia.

–¿Es mi padre?

Sakura se quedó muda de asombro.

–¿Cómo?

–Que si es mi padre. ¿Sí o no?

–Quería decírtelo lo más delicadamente posible...

–Solo hay una forma de dar una noticia como esa y es con una orquesta tocando –Sarada no cabía en sí de gozo–. ¡Lo sabía!

Sakura agarró el brazo de su hija y deseó que alguien le hiciera lo mismo a ella.

–Todo sigue yendo bien entre nosotras, ¿verdad?

–Claro que sí –le confirmó la niña con impaciencia–. Todo seguirá igual que antes.

–Por supuesto. Nadie va a interferir en nuestra vida.

–Muy bien –dijo Sarada–. Sasuke nunca ha estado con nosotras, así que ¿por qué iba a interferir en nuestra vida?

–Tendrá que desempeñar un papel en tu vida, Sarada. Es tu padre. No puedes culparlo porque no haya estado contigo antes, porque se acaba de enterar de tu existencia.

–Eso no le da ningún derecho sobre mí –insistió la niña con obstinación–. Soy una experta en el tema. La mayor parte de los niños de la escuela tienen padres divorciados o a punto de divorciarse. Escucho todo lo que dicen al respecto.

–Pero Sasuke y yo no estamos casados.

–¿Qué más da?

–Quise decírselo en cuanto supe que estaba embarazada, pero no pude.

–Me da igual –afirmó Sarada abrazando a su madre estrechamente–. Solo me importas tú. No necesito a nadie más –estaba a punto de llorar–. Hasta ahora nos ha ido muy bien, ¿verdad?

–Desde luego –Sarada necesitaba que la tranquilizaran más que ella, pensó Sakura mientras la besaba–. Y así seguiremos.

–Entonces, ¿por qué tiene Sasuke que formar parte de mi vida? –preguntó Sarada soltando a su madre y mirándola.

–No tienes nada de que preocuparte, ¿me oyes? Nada en absoluto.

–Te oigo –respondió la niña con total seguridad.

No era el modo en que Sakura había creído que se desarrollarían las cosas. Se había imaginado que su hija estaría encantada de que Sasuke fuera su padre, pero parecía que se sentía más amenazada que contenta.

Lo importante era que Sarada entendiera que nada cambiaría entre madre e hija debido a las nuevas circunstancias.

–¿Por qué no quedamos con él? –propuso Sakura–. No tienes que preocuparte, ya que estaré allí. Puedes ir conociéndole poco a poco y ver cómo van las cosas. Te prometo que no tendrás que hacer nada que no desees.

–¿Significa eso que puedo quedarme contigo? –preguntó Sarada con las mejillas rojas de la emoción contenida.

–Por supuesto que sí –Sakura la atrajo hacia sí.

–Es que hay niñas en la escuela que no ven al otro progenitor. Y yo no quiero separarme de ti. ¡Te quiero! –exclamó.

Cuando Sarada abrazó a Sakura, esta, por fin, rompió a llorar.

Sasuke esperaba una llamada de Sakura. «Tómate el tiempo que necesites», le había dicho. Se presentaría cuando Sarada estuviera lista para verlo, y, entonces, Sakura y él hablarían de lo que harían.

Confiaba en que los problemas se resolvieran. Lo único que le importaba, al igual que a Sakura, era la felicidad de Sarada. Pero se debía enfrentar a un contratiempo: los medios de comunicación, que le seguían la pista. Su gente se había puesto en contacto con él para prevenirlo.

Sasuke siempre provocaba rumores. Era uno de los solteros más ricos del mundo, así que el interés de los medios era inevitable. Había dicho a sus empleados que quitaran importancia al asunto.

–Si lo hacéis, lo harán ellos.

–Lo dudo, ya que la señorita Haruno tiene una hija de cabello oscuro que es tu viva imagen y, además, fue la estrella de la orquesta en la fiesta de cumpleaños de tu padre –le contestó el director del departamento legal.

–¿Qué pasa porque se parezca a mí?

Recordó el rostro de Sarada y se sorprendió al comprobar que no se había dado cuenta antes del parecido que había entre ellos. El parentesco era evidente, y la prensa no lo pasaría por alto.

–Se especulará sobre el tema –le avisó su abogado–. Sería mejor que acallases los rumores antes de que se nos vayan de las manos.

–No es asunto de nadie. Tengo derecho a tener vida privada y va a seguir siendo eso: privada.

–No dejes que los sentimientos te impidan ver lo que sucede, Sasuke.

–¿A qué te refieres?

–A que las cazafortunas abundan.

–¿Te refieres a la señorita Haruno?

–Es hija de su padre –contestó su abogado con toda tranquilidad.

Sasuke cerró los puños. Sabía que su abogado solo hacía su trabajo y que él no quería a su alrededor empleados que le dijeran a todo que sí para incrementarle el ego. No podía culpar al abogado por decirle la verdad, aunque supiera que no iba a gustarle.

–Reflexionaré sobre tu consejo. Mientras tanto, espero que mantengas alejados a los periodistas de la señorita Haruno y de su hija.

–Y de ti.

–Y de mí.