"Tengo que confesarte, hoy que estás aquí, no te has ido y ya empiezo a extrañarte. Quiero que pase lento el tiempo entre tú y yo".
Niña Buena
Parte II
Capítulo 5
Las contradicciones tenían a Severus en un profundo dilema: por un lado, mandaba su sentido del deber; y por otro, estaba su necesidad emocional.
El primero había comandado su vida los últimos meses. Se había convencido de que el trabajo era lo único que conseguiría mantenerlo cuerdo (como lo fue en las épocas de guerra), y no estaba tan equivocado. Su trabajo era apasionante, le fascinaba todo lo que aprendía cada día, desde los sofisticados implementos para la elaboración de pociones, hasta el más insignificante detalle a la hora de cortar los ingredientes. A pesar de su vasta experiencia, aquel campo siempre ofrecía algo nuevo que aprender, y él era curioso por naturaleza, además de ambicioso. Había llegado a un punto en su carrera en que estaba muy por encima de la mayoría, y eso lo llenaba de autocomplacencia... al menos, en ese sentido.
No podía decir lo mismo de su vida personal. Sus compañeros eran... agradables, lo cual era mucho decir, bajo la mirada de una persona esquiva como él. Se relacionaba con ellos únicamente durante sus horas laborales, pese a que solían invitarlo a sus fiestas los fines de semana. Snape no era un hombre de amigos, no era sociable, le guardaba cierto resquemor a las relaciones de cualquier tipo. Esa era su forma de ser, y no tenía ningún interés en cambiarla.
Por esto era que había dado un paso al costado cuando la presidenta de MACUSA anunció que una vez al mes se realizarían reuniones con el gremio de pocionistas del Ministerio de Magia Británico, con el fin de "fomentar y fortalecer los vínculos" entre ambos gobiernos.
En primera instancia, Severus casi había saltado de su asiento para ofrecerse como voluntario. No obstante, reculó sus acciones y simplemente se quedó callado, deseando que nadie le prestara atención.
Ir a Londres era lo que tanto había estado deseando, pero ahora que se presentaba la oportunidad, no estaba tan seguro de querer hacerlo... porque no sabía si tendría la fuerza para marcharse otra vez. Si veía a Hermione, si la tenía cerca, todas las razones que había construido para quedarse en América se derrumbarían.
Pudo evadir los primeros viajes, pero, como era de esperarse, su éxito no duró por mucho tiempo. La secretaria de la presidenta lo mandó llamar a su oficina un día, y Snape tenía la firme sospecha del porqué: Cassandra Holloway en persona le pidió (aunque su tono inflexible era el de una orden) que fuera a la siguiente reunión, con el pretexto de que él era una gran eminencia y que su presencia sería bien vista, y a Severus no le quedó más remedio que acceder a sus "peticiones" y prepararse mentalmente.
El primer viaje a Londres casi acaba con su cordura. Cuando la dichosa reunión terminó, todavía faltaban unas horas para que saliera el traslador que lo llevaría de vuelta a Estados Unidos, y entonces, Severus no supo qué carajo hacer. La mayoría de sus colegas aprovechó el tiempo libre para ir a visitar a sus familias o amigos, y él sintió la urgente tentación de aparecerse en el departamento de Hermione, encerrarse allí y no salir nunca más... Sin embargo, optó por algo más sano y sensato: fue a la casa de su madre.
Sin embargo, la ansiedad lo empujó a despedirse sólo unos minutos después de haber llegado. Ciertamente, lo alegró verla y hablar con ella, pero estaba inquieto, y no tenía ánimos de verse asediado por sus preguntas. De modo que regresó al ministerio y mató las horas que faltaban en la sala de espera de los Trasladores Internacionales.
Una vez en su casa, el peso en su pecho se aligeró y pudo respirar con normalidad. Había albergado la esperanza de no tener que volver pronto, pero, aparentemente, el destino no quería ser muy generoso con él, pues fue uno de los nombres más solicitados para la reunión del mes siguiente... y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Para ese punto, con la sombra del inminente viaje alzándose sobre él, no pensar en Hermione era una tarea imposible de realizar. La extrañaba tanto que dolía. Si fuese posible morir de anhelo, Severus se encontraba agonizando. Fue como si todos sus esfuerzos se hubiesen volcado en contra de él para echarla de menos constantemente. El deseo de tocarla, de ver su sonrisa y sentir su aroma lo atormentaba a toda hora. Tampoco era fácil ignorar sus necesidades físicas; tuvo que encontrar alivio por su propia mano en más oportunidades de las que le hubiese gustado admitir. Bastaba con recordarla sobre él, atrapándolo con su delicioso cuerpo para que sus sentidos se enardecieran por completo.
La necesitaba... y se supo prisionero de su necesidad... de su debilidad.
El día del viaje, cuando terminó la reunión, aceptó que estaba actuando como un bastardo egoísta, que estaba rompiendo las reglas que habían impuesto... y también aceptó que no le importaba ni una mierda. Fue por ello que, sin vacilar ni cuestionárselo, se dirigió al departamento de Hermione. Si pasaba que sólo conversaban, que ella lo había superado, por él estaba bien. Sólo... quería verla.
Y cuando, efectivamente, la vio, pudo haber llorado de felicidad. Era la misma mujer hermosa que había dejado en ese preciso lugar, con esa maravillosa mirada, con su cabello tan desastrosamente perfecto y sus expresiones transparentes que dejaban ver todas sus emociones. Era ella, en su esplendorosa plenitud. Ella, en carne y hueso.
—¿Severus?
Su nombre murmurado por aquella suave voz le hizo querer correr hacia ella y abrazarla hasta el fin de los días; pero se quedó quieto, sus músculos rígidos le impedían cualquier movimiento.
—Hola— dijo él, de forma casual, como si se hubiesen visto el día anterior. Hermione no le quitaba los ojos de encima, parecía que estuviera viendo un fantasma—. Estaba abierto abajo.— La explicación era, más que nada, para sacarla de su estupor.
—Ah...— Hermione parpadeó rápidamente, en el momento que su cerebro terminó de asimilar lo que estaba pasando, cuando entendió que Severus realmente estaba ahí.
Hermione empujó a lo más hondo de su ser las ganas de echarse a llorar, e impuso una actitud calmada. ¿Qué debía hacer en una situación como esta? Lo correcto sonaba a algo muy parecido a colgarse del cuello de Severus, besarlo apasionadamente y rogarle que no se fuera. Bajó la mirada y rechazó la idea.
—¿Estás bien?— preguntó Severus con cuidado, frunciendo el ceño y escudriñándola con los ojos.
Hermione levantó la vista con rapidez y le sonrió.
—Sí... sólo... sorprendida.— Severus notó que su sonrisa era triste, se veía cansada. Abrió la boca para decir algo, pero ella se le adelantó: —. ¿Entremos? Tenemos mucho de qué hablar.— Hermione fue rápidamente a abrir la puerta, él hizo un gesto para que pasara primero y entró tras ella.
El departamento lucía exactamente igual a como Severus lo recordaba, el aroma familiar lo golpeó de inmediato, una mezcla de chocolate caliente y libros viejos. Merlín, él adoraba estar ahí, se sentía en casa, sentía como si todo estuviese en su lugar.
—¿Quieres té... o mejor un café?— preguntó Hermione, titubeante.
Severus se tomó unos segundos para observarla, preguntándose cuáles eran sus verdaderas intenciones, además de poder verla otra vez. Lo último que quería era lastimarla... pero sus impulsos estaban controlándolo en esos momentos.
—Té—respondió en voz baja, a pesar de que no tenía planeado quedarse por mucho tiempo.
Hermione asintió y fue a la cocina, dejándolo solo en la sala. Sus manos temblaban mientras preparaba el agua y las tazas. El oxígeno faltaba de repente. Cerró los ojos y se apoyó en una mesa, respirando profundamente. Sólo era Severus... en su casa... después de meses sin verlo... Se dio unos golpecitos en las mejillas y salió de la cocina con una taza en cada mano.
Lo vio sentado en un sofá, el mismo en el que habían hecho el amor un sinfín de veces, con los codos recargados en las piernas y la mirada en el suelo. Hermione caminó hacia él y le acercó la taza. Severus la miró, esbozando una sonrisa apenas visible.
Agradeció con un leve movimiento de cabeza, mientras ella tomaba asiento a su lado, a una respetable distancia.
Un inusual silencio se asentó entre ellos. A través de las ventanas cerradas, se vislumbraba un cielo azul oscuro de atardecer, de estrellas escondidas tras las nubes. Durante algunos minutos, lo único que se escuchó fue el sonido de las tazas chocando con los platillos y sus disimulados sorbos.
—Y... ¿qué tal Estados Unidos?— preguntó Hermione de manera nerviosa, tratando que su voz saliera animada, aunque no supo si lo consiguió—. ¿Y MACUSA?— añadió, al ver la extraña mirada que Severus le dirigió.
—Bien... bien— fue la vaga respuesta del mago. Se removió en el sofá y dejó el té a medio beber sobre la mesa de centro—. Un poco caótico para mi gusto... pero, aun así, hay más orden que en el Ministerio de acá.
Hermione sonrió involuntariamente. Tenerlo ahí, frente a ella, hablándole de la vida era una dicha que inflamaba su corazón. Sus gestos de indiferencia al hablar, su mirada suavizándose al mirarla... era todo lo que ella quería.
—Sí, bueno, aquí hay bastantes cosas por mejorar aún— comentó Hermione, sosteniendo la taza entre sus manos frías—. ¿Todo bien en el trabajo?
—Sí, estamos progresando... Aunque mis compañeros son demasiado presumidos.— Severus hizo una mueca de desprecio, y Hermione soltó una risita.
—Y como tú eres la personificación de la humildad...— dijo sarcásticamente. Los labios de Severus se curvaron en una media sonrisa, y sus ojos se entrecerraron.
—Casi olvidaba lo insoportable que eres.
—Pensé que era imposible olvidarse de alguien tan insoportable como yo— repuso Hermione, viéndolo a los ojos, que la iban quemando poco a poco.
—Por eso dije "casi"— habló Snape en un tono grave.
Un nuevo silencio cayó sobre ellos, uno tenso, sofocante. Hermione se obligó a respirar y apartar la mirada; mientras que Severus se giró ligeramente hacia ella para poder verla mejor.
—¿Y tú? ¿Cómo te ha ido?— quiso saber el hombre, con franco interés. Hermione compuso una sonrisa tímida y volvió la vista hacia él.
—Bueno... podría ser mejor... pero también podría ser peor... Así que no me quejo.— La verdad era que las cosas no estaban marchando como ella querría, se le estaban presentando algunas dificultades al escribir, y el dinero comenzaba a ser un problema. Pero, por algún motivo, sentía que no debía decírselo a él—. Tengo que cambiar toda la trama de mi novela para que venda más... ya sabes, para que le guste a los adolescentes.— Severus resopló y rodó los ojos—. Sí, así mismo reaccioné yo... pero está bien... Supongo que mis propias ideas no son tan buenas...
—Sí lo son, Hermione— replicó él, severamente—. El problema es que la gente es... tan básica y superficial...— Hermione ensanchó su sonrisa. Severus siempre la apoyaba y la hacía sentir mejor. Cada vez que ella tenía bajones de ánimo, él se empecinaba en subírselo, ya sea con palabras alentadoras, una rica comida preparada por él, o un simple abrazo. ¿Cómo se suponía que iba a dejar de amarlo?—. Mira, haz lo que tengas que hacer ahora, pero no abandones tus otros proyectos... Siempre habrá alguien que sabrá valorarlos.
Hermione agachó la cabeza y bebió un sorbo de té.
—Sí— dijo en un susurro. Los músculos de sus brazos ardían ante la necesidad de abrazarlo. Tuvo que conformarse con mirarlo nada más—. Gracias, am... Gracias— se corrigió a último momento. Había estado a punto de decirle "amor".
Severus se percató de ese desliz, pero lo pasó por alto. Él mismo estaba conteniéndose con todas sus fuerzas para no tocarla ni soltar lo que su corazón gritaba. En cambio, se dedicó a revolver el té y ordenar sus pensamientos.
Bien, ya la había visto, habló con ella, incluso pudo darle un consejo... ¿y ahora? Lo razonable era agradecerle el té y retirarse. Lo lógico ahora era una despedida. Lo maduro era desearle suerte, cruzar la puerta y regresar a su vida.
—¿Pasa algo?— preguntó Hermione, inclinándose para verle la cara parcialmente oculta tras su pelo negro. Severus se volteó apenas y la miró de reojo—. Te ves preocupado...
—No, no es nada importante— respondió, enderezando la espalda. Suspiró, se acabó el té y depositó la taza en la mesa. Su entereza estaba a muy poco de desmoronarse. Si se quedaba un minuto más, ya no se haría responsable de sus acciones.
—¿Seguro?— insistió Hermione. Se movió en el sofá hasta quedar a una ínfima distancia de él y posó con delicadeza una mano en su rodilla como apoyo—. Te conozco, Severus...
Esa mano en su rodilla sanó en parte el dolor que estaba sintiendo. El tenue calor que le brindaba se extendió por todo su cuerpo... y supo entonces que no iba a poder resistirse.
Severus cubrió la mano de Hermione con la suya y entrelazó sus dedos, gesto que ella recibió con un suave apretón y una sonrisa de labios cerrados.
—En realidad, sí es importante.— expresó él, la miró de frente—. Tengo que preguntarte algo...
—Dime.— Se miraron a los ojos por unos segundos, ella expectante; él, nervioso.
—¿Puedo besarte?— preguntó, serio, con la voz ronca y baja, como si temiera haber dicho algo incorrecto.
Hermione cerró los ojos y exhaló. Cuando volvió a abrirlos, la expresión suplicante y ansiosa de él deshizo cualquier pensamiento racional.
—Por favor.— En cuanto pronunció aquellas palabras, la mano de Severus viajó a su mejilla, y su boca casi chocó con la de ella.
—Gracias— dijo él, un segundo antes de besarla en los labios, deseosa y urgentemente.
Hermione soltó la taza que había estado sosteniendo y rodeó el cuello del hombre, atrayéndolo lo más posible a ella, mientras sus bocas se movían una contra la otra, buscando las emociones que se habían guardado por tanto tiempo.
El beso se tornó tan demandante que apenas podían respirar, pero ninguno estaba dispuesto a romperlo. Sus manos, antes entrelazadas, ahora recorrían sus rostros; sus cuerpos se habían sumergido en un abrazo apretado.
Severus la sujetó de la cintura y la sentó en sus piernas, sin dejar de besarla. Su corazón latía a toda velocidad y el cuerpo de ella lo quemaba hasta por dentro.
Respirando con fuerza por la nariz para no separarse de sus labios, Hermione se desprendió de su abrigo y lo tiró al suelo, mientras Severus se desabotonaba rápida y torpemente la levita y luego la camisa, pero no pudo llegar a sacárselas, pues ella se acomodó a horcajadas encima de su cadera y comenzó a moverse contra su entrepierna abultada.
Hermione detuvo el beso cuando escuchó el suave gemido de Severus; se apartó un poco, pero él permaneció con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Una fugaz luz de cordura le advirtió que no siguiera por ese camino, porque después sufriría más que antes. Se tomó un segundo para reflexionarlo y lo desestimó. Lo quería ahora, y le importaba un carajo lo que pasara después. Lo abrazó por el cuello y lo atrajo hacia ella, permitiéndole recuperar el aliento apoyado en su cuello.
El juicio de él estaba nublado por el deseo, y ella era lo único que podía y quería sentir. Lentamente, empezó a acariciar el cuello de la bruja con sus labios, delineando su curva hasta el inicio de su camiseta y recorriendo el camino de vuelta. La respiración de Hermione era cada vez más agitada, en tanto las manos de él encontraban el camino hasta la piel desnuda de su espalda.
Había tantas cosas que Hermione quería decirle; entre ellas, rogarle que se quedara, que retomaran la vida que habían comenzado a formar juntos... pero se guardó todo, consciente de que no estaba en su naturaleza ser egoísta, y mucho menos con el hombre al que amaba tanto. Suspiró hondamente, cuando Severus tiró delicadamente su camiseta hacia arriba. Levantó los brazos y él terminó de quitársela. Entonces, los dientes del hombre se enterraron en la carne de su cuello, y Hermione se mordió el labio, gimiendo tenuemente.
Severus ya no aguantaba más, la necesitaba ahora, y descubrió que a Hermione le sucedía lo mismo, ya que abandonó el abrazo que mantenía en su cuello y fue directo a abrir su cinturón. Él ayudó con el resto, soltando el botón de su pantalón y liberando su miembro hinchado. Hermione lo envolvió en su mano con un fuerte apretón que lo hizo jadear a través de sus dientes apretados. Juntó compostura y se apresuró a despojarle los pantalones y la ropa interior.
Hermione se incorporó ansiosamente y pateó sus pantalones a cualquier parte, para luego volver a acomodarse en el regazo del mago. Sujetó la dura erección en su entrada y descendió sin más preámbulos, sintiendo cómo la llenaba por completo. Sus gemidos ahogados y profundos salieron al unísono, y ella comenzó a mover su cadera, al mismo tiempo que él la tomaba con firmeza de la cintura y descansaba su cabeza en el respaldo del sillón, con los ojos cerrados.
Dios, se sentía mejor de lo que recordaba. Esa mujer se movía de tal forma que conseguía excitarlo hasta la locura. Y estaba tan mojada y caliente, sus gemidos eran tan ardientes... y la había extrañado tanto...
De pronto, Severus perdió completamente la concentración y el autocontrol, una ola de placer devastador lo atravesó y no pudo hacer absolutamente nada para evitarlo. Rodeó el cuerpo de Hermione con ambos brazos, escondiendo la cara en su hombro y apretando los dientes con toda su fuerza, en un esfuerzo inútil por controlar las contracciones de su bajo vientre. Sin embargo, un segundo después, gimió con la voz estrangulada y se derramó en ella, embistiendo involuntariamente en sus últimos instantes de placer.
—Oh, no... Mierda, no...— susurró Severus de manera entrecortada y grave. Tragó saliva y aflojó los brazos.
Esa no era precisamente la forma en la que había querido que sucedieran las cosas... porque, en primer lugar, no había estado dentro de sus planes acabar haciendo el amor con ella... menos aún "acabar" tan rápido.
Todavía jadeando, Hermione le acarició el cabello y dejó tiernos besos en su cabeza. Para los estándares a los que él la tenía acostumbrada, aquello fue sorprendentemente corto... Aunque tal vez no tan sorprendente, dadas las circunstancias. Sonrió, acunando su cara entre sus manos para mirarlo a los ojos.
Severus estaba mortificado. Por más confianza que tuviese con ella, era la primera vez que duraba tan poco, y realmente dudaba que Hermione hubiese siquiera estado cerca de terminar. Cuando sintió las manos de ella tomando dulcemente su rostro, no le quedó más remedio que salir del escondite de su hombro y alzar la vista. Sus ojos castaños lo miraban con ese familiar amor, y su sonrisa era, a todas luces, sincera.
—Perdón...— dijo él, con un hilo de voz. Dejó caer su frente en el pecho de Hermione y suspiró—. Ha pasado mucho tiempo...
—Está bien... No importa— lo tranquilizó Hermione, sin dejar de acariciar sus mejillas. Se movió hasta quedar sentada a su lado y se recostó en su pecho semidesnudo. Severus giró apenas la cabeza, y vio que ella seguía sonriendo—. ¿Cuánto tiempo te queda?— preguntó, con un ligero tono travieso. Severus consultó su reloj de pulsera.
—Un poco más de una hora— dijo él, la miró y alzó una ceja, en respuesta a la expresión coqueta de ella.
Hermione se inclinó sobre él y atrapó sus labios en un beso profundo, mientras acariciaba su estómago suavemente. Notó de repente que podía sentir sus costillas más fácilmente que antes. Dejó de besarlo y se separó unos centímetros.
—Estás más delgado.— Severus soltó aire por la nariz en una risa seca y frunció el ceño.
—Estoy igual— repuso en voz baja.
No iba a preocuparla con las nimiedades de sus pobres hábitos alimenticios desde que llegó a Estados Unidos. Alimentarse apropiadamente no había estado dentro de sus prioridades el último tiempo; se había enfocado en su trabajo y en intentar no pensar demasiado en ella como para importarle comer tres veces al día. Y aunque sí se había dado cuenta de su pérdida de peso y masa muscular, tenía cosas más apremiantes que atender.
—Hmmm, Severus...— Él la calló poniendo un dedo sobre sus labios.
—Estoy bien, Hermione— aseguró, sonriendo ligeramente. Quitó el dedo y le dio un corto beso—. No te preocupes por mí.— Hermione hizo una mueca.
—Sabes que siempre me voy a preocupar por ti—. Él esbozó una sonrisa que tocó sus ojos.
Severus sabía que, en ese momento, estaba tirando por la borda todos sus progresos, que su nueva vida sin ella sería más difícil aún cuando regresara a América... pero ya le daba igual.
La mano de Hermione bajó temerariamente por el abdomen del mago, deteniéndose y presionando la zona bajo su ombligo. Severus cerró los ojos y exhaló pesadamente, la sangre volvía a acumularse en su entrepierna con asombrosa rapidez. Sólo ella podía hacerlo reaccionar de ese modo.
—Mujer insaciable— murmuró él, divertido, curvando sus labios en una pequeña sonrisa.
—Tú me malacostumbraste— replicó Hermione, su mano bajó más y se deslizó por su miembro, que comenzaba a hincharse velozmente.
El gruñido de Severus la hizo sonreír, y ahogó un grito cuando la tomó de la cintura y se puso de pie con ella en brazos. Sus piernas rodearon inmediatamente la cadera del hombre y retomaron el beso que habían iniciado.
En el camino al dormitorio, Severus terminó de sacarse su ropa como pudo, dejándola desperdigada por el piso de la sala. Una vez que se tumbó en la cama, encima de la mujer, ya estaba listo otra vez para la acción. Le echó un disimulado vistazo al reloj en el velador: disponía de una hora para complacer a su mujer, disfrutar unos pocos momentos con ella y regresar al ministerio a tiempo para tomar el traslador. No era mucho, pero era lo que tenía, y no iba a desperdiciar ni un minuto.
Las piernas de ella estaban abiertas, dispuestas a recibirlo cuando a él le placiera; sin embargo, en vez de eso, Severus fue bajando por su cuerpo, depositando besos húmedos y caricias fervientes en cada rincón de su suave piel. Al llegar a su intimidad, la tocó de arriba abajo delicadamente con un dedo, relamiéndose los labios, mientras la bruja gemía en voz baja y le desordenaba el pelo. Severus subió la mirada un instante, para regocijarse con la vista, y su lengua atacó el punto más sensible de ella. Lo succionó, lo mordió cuidadosamente y lo chupó a conciencia. Luego de unos minutos, introdujo un dedo, y los gemidos se transformaron en gritos de placer, justo antes de que Hermione se estremeciera bruscamente y su cuerpo se tensara por completo.
—Dios, Severus... Te necesito ahora— dijo ella, con la voz temblorosa, tirando de él por los hombros para que se pusiera sobre su cuerpo—. Eres el hombre más maravilloso...— Hermione sabía que sus ojos estaban anegados en lágrimas, pero no se sentía capaz de reprimirlas. Todas sus emociones estaban ahora a flor de piel, expuestas y vulnerables.
La garganta de Severus estaba seca y apretada, y le impedía formular cualquier clase de palabra, lo que, por un lado, era una suerte, porque ¿qué ganaba diciéndole todo lo que sentía por ella? Sólo terminaría lastimándolos más. ¿Qué sentido tenía confesarle que era el amor de su vida y que no quería separarse jamás de ella... si en unos minutos más se iba a ir?
Respiró hondo y secó las lágrimas que bajaron por sus mejillas sonrojadas. Acomodándose entre sus piernas, la besó en los labios largamente. Hermione rodeó su cintura, empujó y él se dejó conducir en ella.
Sus ojos se encontraron cuando él empezó a moverse. El acto era lento y apasionado, sus respiraciones se agitaban al ritmo de sus embestidas profundas. Una nueva lágrima rodó por el rostro de Hermione, y Severus la secó con un beso, que se trasladó a su quijada y luego al hueco de su cuello, y se quedó allí, memorizando su aroma, su calor y el sonido de sus quejidos. Ella era hermosa, era perfecta.
Hermione lo abrazó por el cuello, tirando de él para que uniera su pecho al de ella. Lo quería sentir completamente, no quería perderse ni un sólo detalle de su cuerpo. Cuando el hombre cambió el ángulo de su cadera, ella se mordió el labio, y le enterró las uñas en la espalda. Lo notaba endurecerse todavía más en su interior, pero nunca incrementó la velocidad. Le hacía el amor tranquilamente, prolongando al máximo el momento de terminar.
Los resoplidos de Severus se volvieron menos controlados, apretó los dientes para mantener la concentración, y Hermione cerró los ojos cuando la mano de él tocó su clítoris.
—Por favor, vente conmigo— dijo él sin pensar, y si Hermione no hubiese estado tan sumida en la neblina del placer, habría captado el verdadero significado de sus palabras; habría notado la súplica en su voz.
—¡Oh, mierda!— exclamó ella, en el momento que un nuevo orgasmo sacudía su cuerpo.
Severus giró la cabeza para mirarla llegar al clímax, y sólo entonces, se permitió gemir en voz alta y dejarse ir. Una corriente eléctrica recorrió su espina, haciéndolo temblar. Descansó parte de su peso en el cuerpo de ella y le dio un beso apretado, presionando su boca con los labios cerrados.
Cuando se separaron, aún respiraban con dificultad, sus rostros estaban enrojecidos y perlados de sudor por el ejercicio. Severus se esforzó por recuperar el control de su cuerpo y se movió a un lado de la cama, acostándose de lado. Hermione lo imitó, y se quedaron viendo, sus ojos comunicándose en el silencio.
Y entonces, la realidad cayó sobre ellos como un manto helado. Comprendieron que lo que acababa de pasar había sido solamente un escape, un desahogo, pero que no era sostenible en el tiempo. No podían seguir viviendo así: esperando eternamente estos encuentros esporádicos y olvidarse de vivir.
Hermione apretó los labios y bajó la vista un instante. Ella estaba bien con su vida en Londres, tenía un trabajo que adoraba, a sus amigos, a su familia. Estaba felizmente establecida, y si bien había fantaseado más de una vez con irse a América con él, no estaba segura si lograría ser completamente feliz allá, aun si estuviese a su lado. Su felicidad no dependía únicamente de Severus.
—Esto no nos hace bien— susurró Hermione, rompiendo el calmo silencio, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
Severus se quedó callado unos segundos. Era consciente de que ella tenía razón, lo había sabido desde mucho antes de aparecerse en su departamento. Aun así, no se arrepentía de nada. La culpa llegaría después, por supuesto, cuando volviera a su enorme y solitaria casa y los sentimientos se le abalanzaran como balas. Por ahora, no obstante, se contentaba con tenerla ahí.
—No...— fue la única palabra que pudo ofrecer.
Algo dentro de él se rompió cuando la vio luchar contra las lágrimas, y todo lo que pudo hacer fue estrecharla entre sus brazos y acariciar su desordenado cabello. Giró la cabeza para ver el reloj y su estómago se encogió. Lo mejor era despedirse pronto.
"Cinco minutos más...", se dijo Severus. Sólo pedía cinco minutos para sentirla contra su cuerpo, nada más. Y sus cinco minutos fueron la peor burla, porque le parecieron cinco segundos.
Hermione reunió toda su fuerza de voluntad para separarse de Severus. Sentía como si el aire se hubiese solidificado, le costaba respirar y su pecho estaba apretado, pero, aun así, pudo levantarse y ponerse su bata.
—Puedes usar la ducha si quieres— murmuró ella con prisa, evitando mirarlo para que no viera las lágrimas que caían por sus mejillas.
Severus asintió con la cabeza y Hermione salió de la habitación a toda prisa. Se dio una ducha rápida de agua helada, y cuando volvió al dormitorio, encontró su ropa sobre la cama. Suspirando, se vistió solo y en silencio. La desdicha era como ácido en su estómago, pero había valido la pena cada maldito segundo.
Fue a la sala y vio a Hermione acomodando las tazas que habían usado en una bandeja, sin mirarlo, con movimientos torpes y apurados. Y se sintió morir cuando notó su llanto silencioso.
—Lo siento— dijo Severus en voz baja. Odiaba verla sufrir, lo odiaba más que cualquier otra cosa.
Se acercó a ella, que sostenía la bandeja con precario equilibrio en sus manos, se la quitó y la dejó en una mesa cercana, para después envolverla en sus brazos y atraerla a su pecho.
—Perdóname— volvió a decir, apoyando los labios en su cabeza.
—No es tu culpa— repuso Hermione. Lo abrazó con fuerza, respirando el olor de su ropa.
Se alejaron poco a poco y suspiraron a la vez. Hermione le dio una sonrisa cansada; Severus la observaba con aflicción. Sin cruzar palabras, ambos se dirigieron a la puerta, y una vez que estuvieron allí, él se detuvo y no pudo contener un último acto de imprudencia.
—¿Me harías un favor? Y no te pediré nada más — dijo Severus, urgentemente. Hermione lo miró sin entender y movió la cabeza en afirmación. Entonces, él la abrazó por la cintura y acercó su boca a la de ella—. El último...— Hermione sonrió con tristeza.
—El último— confirmó, llevando las manos con delicadeza las mejillas de él. Deshicieron la distancia y se encontraron beso lento y suave.
Severus disfrutó ese contacto de honesto amor como si fuese lo último que haría en su vida. No dejó escapar el más mínimo detalle, desde la calidez de su aliento hasta la forma en que los cabellos sueltos de ella se interponían entre sus labios. Guardaría todo, absolutamente todo en su memoria.
Alargaron el beso todo lo que pudieron, y cuando acabó, sus respiraciones se mezclaron en la escaso espacio que los separaba.
—Cuídate, ¿sí?— dijo Severus, juntando su frente con la de ella.
—Tú también... Y, por lo que más quieras, no más visitas sorpresa.— La media sonrisa de él contrastaba con sus ojos afligidos.
—Lo prometo.— Aunque le doliera el alma, Severus estaba hablando completamente en serio. Sin embargo, no lo prometía por él.
Dio un paso hacia atrás, alejándose del magnífico calor y aroma de esa mujer. Era hora de volver a la normalidad, al futuro que tanto le había costado forjar... y dejar que ella fuese libre para decidir qué hacer con su vida de ahora en adelante; una vida en la que él no estaría incluido.
Quiso decir "adiós", pero su garganta no le permitió articular ningún sonido, así que, apretando los dientes, le dirigió una mínima insinuación de sonrisa, dio media vuelta y se marchó, ahora sí, por última vez.
¿Vieron que tan mala no soy? Les di un capítulo de puro y duro sevmione (un poco trillado ya quizá).
Entramos en la recta final, así que no desesperen. La próxima semana no habrá actualización, porque me dedicaré 100% al reto de Halloween, pero las recompensaré con un capítulo extra largo, lo prometo.
Como siempre, muchas gracias por leer, estar, comentar y existir. Esto que hago cobra sentido por ustedes. Espero que lo disfruten :)
Besos.
Vrunetti.
