Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
9. No Soy el Enemigo
Reed MacNab estaba excitado. La frágil figura del muchacho de cabello negro y ojos grises había avivado su libido hasta conseguir que no pudiera pensar en nada más que en encontrarlo a solas. Tras la cena, mientras sus compañeros se quedaban en el gran salón disfrutando de la música, el vino y el baile, Reed salió rumbo a las cocinas buscando a su presa.
Sin embargo, allí solo encontró una buena reprimenda de la cocinera por meterse en sus dominios sin ser invitado y la decepción de no hallar al muchacho.
—¿Dónde puedo encontrar al chico moreno, ese escuálido con ojos grandes y plateados? ―preguntó, no obstante.
El ama de llaves de Innis Rasengan, Jane, que entraba en esos momentos, escuchó la pregunta.
—Algunos sirvientes se han retirado ya a descansar, mañana les espera un duro día ―respondió.
—Necesito que alguien me suba unos cubos de agua caliente a mi habitación y el muchacho me ha caído en gracia. ¿Puedes avisarlo, si eres tan amable?
Jane quedó muy sorprendida por la inesperada petición. No eran horas de darse un baño y, además, en la alcoba que habían puesto a disposición del lugarteniente de MacNab no había ninguna tina para el agua. Antes de poder contestarle, sin embargo, el viejo consejero Mitokado entró también en la cocina con el pretexto de conseguir un poco de leche caliente para poder conciliar mejor el sueño. La cocinera estaba acostumbrada al hábito del anciano y tenía ya su cuenco preparado.
—¿Qué ocurre? —preguntó al ama de llaves, extrañado de encontrar al MacNab en las cocinas.
Jane explicó la petición de aquel hombre y las dificultades que conllevaba, pero el anciano consejero le restó importancia a sus impedimentos y él mismo le dio la solución.
—Es nuestro invitado, Jane, el segundo del clan MacNab y merece nuestra hospitalidad. Busca al muchacho que ha pedido y envía a otro sirviente más para que entre los dos trasladen la tina de mi propio cuarto a la alcoba de Reed. Si es necesidad de este magnífico guerrero darse un baño después de tan largo viaje, no podemos ni debemos negarle ese gusto.
Jane asintió y salió disparada de las cocinas rumbo a las chozas de los sirvientes. Fue derecha a la de los St. Haruno y encontró a la familia preparándose ya para irse a dormir.
—Hin y Sakura, venid conmigo.
—¿Ocurre algo? —preguntó Mebuki, alarmada por lo tardío de la hora.
—Nada que deba preocuparte. Uno de nuestros invitados requiere de un favor especial.
Los jóvenes intercambiaron una mirada de fastidio, pero se apresuraron a obedecer al ama de llaves.
La siguieron hasta el interior del edificio principal y subieron al primer piso, donde se hallaban los distintos aposentos. Llegaron hasta el que ocupaba Mitokado y entraron para llevarse la tina. Jane les guió luego hasta la de Reed MacNab, que ya los esperaba impaciente mientras se paseaba ansioso de un lado a otro.
Sus ojos color aguamiel devoraron a Hin en cuanto entró por la puerta, aunque se abstuvo de hacer ningún comentario delante de Jane y de Sakura.
—Ahora, id a por el agua caliente. Hin, ayudarás a nuestro invitado en lo que necesite, ¿entendido?
Hinata notó un desagradable escalofrío recorriéndole la espalda. ¿Acaso no prefería ese hombre que le ayudara en su baño una sirvienta? Al punto, lamentó ese pensamiento. Tampoco deseaba que alguien como Sakura, por ejemplo, tuviera que vérselas con semejante guerrero. Su mirada torva y velada indicaba que ese MacNab no tenía ni un ápice de nobleza en su enorme cuerpo.
Bajó junto a Sakura de nuevo a las cocinas con un nudo oprimiéndole la garganta, deseando y rezando con fervor para que, una vez llenada la tina, aquel hombre la liberara de sus servicios. Sin embargo, algo le decía que no iba a ser así, por lo que, en un acto de audacia impulsado por el miedo, escondió uno de los cuchillos de la cubertería entre sus ropas antes de volver a la habitación con el agua.
Cuando entraron en el cuarto del invitado, Sakura y ella vaciaron los cubos en la tina.
Su hermana adoptiva hizo una reverencia al hombre antes de salir por la puerta y Hinata estuvo tentada de gritarle que no la dejara a solas con semejante individuo. El miedo la paralizó, e hizo lo único que podía hacer en aquella situación. Se volvió con un carraspeo para aclararse la garganta, que se le había quedado seca por el pánico, y preguntó:
—Mi señor, ¿deseáis alguna otra cosa?
—Mmm, veamos... —El MacNab caminó alrededor de ella, como un ave de rapiña volaría sobre su presa antes de caer sobre ella—. Antes, en el salón, no me has dicho tu nombre.
—Cierto. Pero sin duda vos lo habréis escuchado de labios de mi laird, como el resto de los presentes.
El hombre abrió los ojos, sorprendido por su descaro. Hinata no sabía de dónde le nacía esa valentía que la obligaba a arremeter contra su acosador.
—Hin.
—Así es, señor.
—¿Te apetece darte un baño, Hin?
—Creía que el agua era para vos.
—Y así es. Pero podemos compartirla, ¿qué me dices?
—Es un ofrecimiento muy amable por su parte, señor, pero debo rechazarlo.
—Qué pena —suspiró Reed—. Entonces, ayúdame a desnudarme.
Hinata empezó a temblar. El MacNab detuvo su caminar y se quedó esperando con las manos alzadas a que el sirviente comenzara la tarea. Ella se acercó, con el corazón latiendo desbocado por el miedo que sentía. Con disimulo, palpó el cuchillo escondido entre los pliegues de sus calzas y soltó un poco de aire, aliviada. Desabrochó con los dedos trémulos el cinturón de cuero y le quitó el manto que descansaba sobre uno de sus hombros. Le tocó el turno a la camisa y Hinata se estremeció cuando escuchó el gruñido satisfecho del hombre al notar sus dedos temblorosos sobre el pecho.
—¿No te han dicho nunca que tienes manos de mujer?
Sus ojos se encontraban a escasos centímetros y Hinata percibió claramente la maldad que anidaba en los del MacNab. Temió verse descubierta, pero lo que dijo a continuación la dejó paralizada de puro estupor.
—Por suerte para mí, no lo eres. Me gustan más los muchachos poco hechos y tiernos como tú.
Hinata se olvidó hasta de respirar. ¿Un hombre que deseaba a otro hombre? En su corta vida había oído cosas al respecto, pero jamás les prestó la debida atención. Ahora, se materializaba frente a ella una cuestión que siempre había creído ajena a su mundo y, aún más, que amenazaba su propia integridad física. Eso, sin contar con que ella no era en realidad el mozo que el MacNab suponía. ¿Cómo reaccionaría si seguía adelante con su acoso y descubría que en verdad era una mujer? No quería averiguarlo, presentía en aquel hombre una violencia latente y un orgullo que quedaría expuesto si averiguaba que lo habían engañado.
—Aún no estoy desnudo, ¿qué haces ahí parado? —lo apremió.
A duras penas pudo Hinata completar la tarea. Y, cuando lo tuvo desnudo delante de sus ojos, enrojeció hasta la raíz del cabello al observar su virilidad, erecta y dispuesta, enorme y amenazadora. Jamás sus ojos vírgenes habían visto a un hombre tal y como Dios lo trajo al mundo. Pero, mucho menos, había visto a nadie tocarse sus intimidades delante de otra persona. El MacNab se acariciaba con una mano mientras sonreía de oreja a oreja al contemplar la reacción de Hinata.
—Pareces extasiado. ¿Nunca has visto la verga de un auténtico guerrero? Ven, acércate, te dejaré tocarla...
Hinata se sintió asqueada. Tanteó en busca del cuchillo y lo aferró con fuerza debajo de la ropa, a su espalda. Si aquel MacNab daba un solo paso hacia ella, se lo clavaría donde primero alcanzase.
{...}
Jane entró en la alcoba de su laird para llevarle las velas que le había pedido antes de retirarse. Naruto estudiaba unos documentos en su mesa y levantó los ojos cuando la escuchó llegar.
—Aquí tenéis, señor. Aunque, si son para seguir trabajando por lo que veo, tengo que reprenderos seriamente. Se ve que estáis agotado después de esta jornada, los invitados han consumido toda vuestra energía.
—Solo estaba repasando las cuentas de Innis Rasengan, Jane —se sinceró con su ama de llaves, a la que estimaba y cuya opinión respetaba mucho más que las de sus propios consejeros—. Me preocupa un comentario vertido por MacNab acerca de nuestras arcas. Necesitaré que mañana me hagas un inventario de los víveres que almacenamos en la despensa y de los barriles que nos quedan en la bodega. Quiero saber con lo que contamos para lo que queda de invierno.
—No os apuréis, mi señor. Mañana sin falta os daré cuentas de lo que me pedís.
—Gracias, Jane. —Naruto iba a despedirla cuando recordó algo—. Hace unos minutos he oído mucho jaleo en el corredor. ¿Ha ocurrido algo?
—No, laird. Al menos, nada importante. Estábamos trasladando la tina de la alcoba del señor Mitokado a la de nuestro invitado, Reed MacNab.
—¿Por qué? —Naruto frunció el ceño, aquello era muy raro.
—El mismo Mitokado me lo pidió, para atender la demanda del guerrero. Mandé a Hin a por el agua, en estos momentos el muchacho está atendiéndolo en su baño...
El rugido furioso del laird asustó a la pobre Jane, que solo pudo apartarse del camino de su señor cuando se precipitó hacia la puerta con el rostro oscurecido por la cólera.
Naruto notaba que la sangre latía frenética en sus venas mientras avanzaba por el corredor a pasos agigantados. Sin llamar, abrió de golpe la puerta de la habitación ocupada por el MacNab y la imagen que descubrió lo paralizó unos segundos.
Reed estaba completamente desnudo, a excepción de sus botas, y miraba con lascivia a su presa mientras se sobaba con una mano delante de sus narices. Hin, por su parte, no apartaba los ojos del miembro endurecido del guerrero, con el rostro encendido.
No supo qué le molestó más: si ver al MacNab frotándose como un cerdo en celo, o suponer que Hin se hallaba expectante y ansioso por descubrir dónde desembocaba aquel preludio.
—¿Qué significa esto? —gritó, sobresaltando a los dos ocupantes del dormitorio.
—¡Por los cuernos de Satán, Namikaze! ¿Acaso no es evidente? El muchacho y yo estábamos empezando a conocernos...
—¡Cúbrete, Reed! —le ordenó Naruto—. Creo que durante la cena he dejado clara mi postura al respecto: no dejaré que ocurra, no en mi casa.
—No. Tus palabras exactas han sido que si tus gentes consentían en compartir el divertimento, no habría ningún problema. Y no he oído que el chico se negara.
Naruto fulminó a Hin con la mirada. Una rabia espesa lo cegó. Se dirigió a él y lo aferró del brazo, arrastrándolo luego fuera de la habitación.
—¡Eh, un momento! —se quejó el MacNab, dando un paso hacia ellos.
El laird de los Namikaze se detuvo en seco y le habló por encima del hombro, sin levantar la voz, sin girarse siquiera.
—Será mejor que te hagas a la idea: habrás de consolarte tú solo. Ninguno de mis sirvientes subirá a tu habitación, así que no solicites a nadie más. Y si me entero de que alguno de los míos pasa la noche contigo, por la mañana me encargaré de arrancarte personalmente eso que te estabas acariciando con tanto placer.
Reed supo que era capaz de cumplir esa amenaza, por lo que rumió su frustración cerrando la puerta con un golpe tremendo.
Naruto tiraba del brazo de Hin sin miramientos y lo condujo hasta su propia habitación. Una vez allí, lo encaró con la furia que le roía las entrañas. Para su sorpresa, vio cómo el muchacho sacaba un cuchillo de entre sus ropas y lo apuntaba con la mano temblorosa.
—No... me... toques —susurró, casi sin voz.
Tenía los ojos muy abiertos y la tez pálida.
—¿Es que acaso querías quedarte con él? —masculló Naruto. Aún tenía la vaga esperanza de haberse equivocado y de que Hin, en realidad, no deseara encamarse con el animal de Reed como había supuesto.
Dio un paso hacia él, dispuesto a desarmarlo, pero la mirada desquiciada del muchacho lo detuvo. Blandió el cuchillo con más fuerza y barrió el aire que los separaba a modo de advertencia.
—No... te... acerques.
Naruto tuvo un breve pero lúcido momento de inspiración. Al contemplar la imagen asustada de Hin, el color cerúleo de sus labios entreabiertos, sus ojos bien abiertos de miedo, comprendió. El chico estaba aterrorizado, estaba como ido. Tal vez jamás había visto lo que acababa de presenciar en el dormitorio de Reed. Tal vez esa bestia le había dicho palabras que lo habían sumido en ese estado enajenado. Una vez más, Naruto lo comparó con un frágil duendecillo. Tuvo el absurdo e intenso deseo de acercarse y consolarlo para que entendiera que no había nada que temer. Quería que dejara de temblar y que sus ojos volvieran a enfocar.
Al segundo, lamentó dicho impulso con todo su ser.
A cualquier otro le hubiera dado un buen pescozón para que espabilara. ¿Qué tenía Hin, que lo volvía tan insoportablemente blando? El enfado, dirigido contra sí mismo, lo terminó pagando el muchacho. Naruto se dejó de tonterías y se abalanzó sobre él para apresarle la muñeca con la que sostenía el cuchillo. Apretó la carne demasiado tierna para su gusto hasta que logró que la mano se abriera y soltara el arma.
Sus ojos, apenas separados unas pulgadas, se fundieron en una mirada intensa. Los de Naruto, penetrantes, se comían los de Hin, agrandados por el miedo.
—Yo no soy el enemigo —le susurró con brusquedad, incómodo por sus propias reacciones—. No te haré daño, relájate.
Fueron palabras determinantes, mas no obraron el cambio que el laird pretendía; al contrario. Hin por fin reaccionó, pero, en lugar de mostrarse relajado y manso, se enrabietó. Sus párpados se entrecerraron y el gesto de su boca se endureció.
—Para mí sí, laird Namikaze —siseó con furia, para sorpresa de Naruto—. Para mí sois un auténtico monstruo, que ataca fortalezas al amparo de la noche, como un zorro, y mata a placer.
La acusación fue como un puñetazo en la boca del estómago. Le aturdieron sus palabras, pero el tono con que fueron dichas... Había veneno y mucho dolor en su voz. A pesar de que en otras circunstancias al laird le hubieran resbalado tales improperios, en esta ocasión provocaron que algo zozobrara en su ánimo. Por eso tal vez aflojó su presa, y Hin aprovechó para salir corriendo del cuarto y huir despavorido.
No sabía por dónde iba, las lágrimas la cegaban. Hinata atravesaba el corredor, iluminado por las antorchas que pendían de las paredes, con la imagen de Naruto Namikaze en su cabeza. En su delirio, había sustituido el rostro de Reed por el del laird. Ya no era el MacNab el que la había aterrorizado hasta conseguir que su mente desconectara de la realidad. Al parecer, todo su ser había decidido evadirse para no seguir sufriendo el pánico helado que le causaba ver a aquel hombre tocándose del modo en que lo hacía, o la expresión de sus ojos color aguamiel, que prometían la más desagradable de las experiencias.
No era MacNab, ya no, porque al recobrar el sentido había sido el rostro de Naruto Namikaze, oscuro y maligno, el que ella había visto. Una cara de expresión sombría, que la atormentaba incluso en sueños; la cara del miedo, la cara de un asesino. Y Hinata, en su pesadilla, solo comprendía una cosa: tenía que defenderse de él, escapar, a falta de la fuerza necesaria para hacerle frente...
Llegó a su choza y tuvo la lucidez de detenerse antes de entrar. Se limpió la cara con las mangas, respiró hondo y trató de serenarse. Si Mebuki la descubría en ese estado, se moriría de preocupación.
—¿Qué haces ahí parado, Hin?
Hinata se giró al escuchar la voz melosa de Suiren. La chica le miraba con aquellos ojitos tiernos que la ponían tan nerviosa. ¿Es que esa noche todos se habían vuelto locos?
—Iba a acostarme, ya he terminado mis tareas.
—Sí, ya he visto que ese MacNab tan rudo solicitaba tus servicios... —Suiren se acercó a ella contoneándose—. ¿Te ha gustado, Hin?
—No, yo... —Hinata guardó silencio al ver la mezquina expresión en el rostro de la joven sirvienta.
—¡Claro que sí! —exclamó, acercándose tanto a ella que pudo notar sus pechos apretándose contra su cuerpo—. Y ahora comprendo por qué durante todos estos días me has ignorado a pesar de mis insinuaciones.
Sus labios se acercaban peligrosamente a los de Hinata y esta echó la cabeza hacia atrás por instinto.
—¿Qué insinuaciones?
—¡Oh, vamos! ¿No lo has notado, Hin? Desde que llegaste he estado intentando que lo comprendieras... Creo que eres el muchacho más guapo que he visto en mi vida.
Se abalanzó sobre ella y la puerta evitó que pudiera esquivarla. Suiren la besó. Juntó sus bocas en un beso apretado que duró solo hasta que Hinata pudo reaccionar y apartarla de un empujón.
—¿Cómo te atreves? ¿Me rechazas? ¿En serio prefieres la compañía de ese apestoso MacNab a la mía?
Sus ojos eran dos rendijas rebosantes de maldad y Hinata se estremeció al notarlo.
—Suiren, yo... lo siento, tengo que irme. —Abrió la puerta a su espalda con la intención de escapar cuanto antes.
—Te arrepentirás de esto, Hin —siseó la sirvienta con veneno.
Sin duda, está loca, pensó Hinata con un escalofrío.
¿Quién hubiera pensado que la dulce Suiren era en realidad una arpía manipuladora capaz de montar en cólera al no salirse con la suya? Entró en la choza y cerró antes de que a la chica se le ocurriera alguna otra maldad.
Su nueva familia dormía al calor de un agradable fuego y Hinata se supo a salvo por primera vez en toda la noche. Se le llenaron los ojos de lágrimas y deseó que Mebuki estuviera despierta para que la abrazara y la consolara; pero, por supuesto, despertarla y preocuparla con sus problemas era lo último que haría. Se metió en el catre notando un cansancio extremo, físico y mental.
Tal vez por eso le costó conciliar el sueño.
A su mente volvía una y otra vez la grotesca imagen de aquel guerrero desnudo, explicándole con detalle y con voz arrastrada todas las cosas que pensaba hacerle. Su estómago se retorcía de angustia al recordarlo, tenía la piel erizada y los dedos crispados en torno a la manta. Al final, justo antes de que el sueño la venciera, un pensamiento revelador consiguió que su ánimo se sosegara un poco: Naruto Namikaze en realidad no la había atacado. Fue quien la sacó del dormitorio del MacNab, el que la arrastró lejos de las sucias manos de Reed y la salvó de la experiencia más aterradora de su existencia.
—Pero eso no te redime, Naruto Namikaze —susurró, medio dormida—. Aún eres mi enemigo.
Naruto golpeó la puerta con el puño repetidas veces, sin importarle que fuera una hora tan intempestiva. El padre Iruka debía encontrarse durmiendo, pero en ese momento le traía sin cuidado. Aquellas eran las dependencias anexas a la pequeña capilla, donde se había instalado el religioso a su llegada a Innis Rasengan, unos años antes, y pocas veces el joven había necesitado visitarlo. Ni él ni sus hombres acudían con asiduidad al rezo, pero era algo a lo que el padre Iruka ya estaba acostumbrado. Por eso, estaba convencido de que el pobre hombre iba a llevarse toda una sorpresa al verlo allí, delante de su puerta a altas horas de la madrugada.
No se equivocó. La puerta se abrió tras unos cuantos golpes más, mostrando el rostro asustado del clérigo al otro lado, que vestía ropa de cama.
—¡Naruto!
—Necesito hablar con vos, padre —le soltó sin preámbulos. Nunca había sido de trato delicado, y no iba a empezar esa noche.
El sacerdote se hizo a un lado para que entrara, sin abandonar la expresión de incredulidad por tener allí, en su pequeña salita, al laird de los Namikaze reclamando sus servicios.
—¿Quieres que te confiese a estas horas? —preguntó con cautela.
—De ningún modo.
—Entonces, ¿en qué puedo ayudarte?
Naruto le miró con ojos atormentados. El padre Iruka supo captar al instante la angustia que espoleaba su ánimo, pero esperó con paciencia a que fuera él quien expusiera sus cuitas.
—Tengo un problema y no sé cómo afrontarlo —confesó al fin.
Su interlocutor suspiró y le señaló una de las butacas para que tomara asiento. Antes de acomodarse él, sirvió dos vasos con un licor que solo probaba en ocasiones especiales. Naruto reconoció la botella, había sido un regalo de su difunta madre, Kushina, para el sacerdote. Se trataba de un brebaje que preparaban sus antepasados al que llamaban Agua de Vida, y que conseguían a base de destilar cebada y centeno. El líquido, decían, era capaz de revivir a un muerto y de espantar las más amargas penas. Cuando el padre Iruka le entregó uno de los vasos, le dio un trago para calentar las tripas antes de encarar aquella conversación. El sacerdote hizo lo mismo y luego se sentó frente a él, mirándolo a los ojos.
—Así que tienes un problema —empezó a decir, moviendo su cabeza—. Debo admitir que me tienes intrigado. No has acudido a mí desde que tu madre nos dejó, a pesar de que has tenido que lidiar con situaciones muy complicadas para un laird que acaba de hacerse con el control de un clan. No viniste a mí cuando tu padre cayó durante la batalla, ni tampoco cuando tu mejor amigo fue acusado de violación. Tampoco me has pedido consejo para acallar todos esos rumores que circulan sobre ti más allá de los muros de Innis Rasengan...
—¿Qué rumores? —le interrumpió Naruto, aunque sabía de sobra a qué se refería.
—Los que dicen que eres un asesino sin corazón y que irás derecho al infierno por poseer un alma tan impía como el mismísimo Satanás. ¿Es que acaso son ciertos?
Aquel hombre no era solo un sacerdote. El padre Iruka era de la familia, alguien que siempre se había preocupado por su bienestar y al que no podía mentir.
—No. No son ciertos.
—¿Y por qué permites que te difamen de esa manera? Antes, en la cena, el MacNab te interrogaba acerca de ese ataque a los Hyuga y tú no lo has sacado de su error. ¿Por qué tus gentes, tus soldados, no desmienten esos sucios rumores?
—Porque yo se lo he pedido así. Padre, sabéis lo que me ha costado asumir el mando de Innis Rasengan. A pesar de que el rey Indra pretende que todos los clanes luchemos unidos, los Namikaze seguimos teniendo enemigos que no dudarán en aplastarnos al menor signo de debilidad. Mi padre peleó muy duro para que nuestro nombre fuera temido más allá de estos muros y yo debo velar por mantener esa reputación que nos precede.
El sacerdote abrió los ojos, sin ocultar su disgusto.
—¿Crees que mantener el legado de Duncan es lo que debes hacer? Tu padre era un hombre cruel, Naruto, tú no eres así.
—Sí, lo soy. Porque no puedo ser de otra manera, él se encargó de prepararme a conciencia para tomar su relevo.
—Lo sé —susurró—, estuve allí viéndolo, sufriendo junto a tu madre por ti... y por todos los que estaban a su cargo. Aunque tú lo tengas como ejemplo de un buen líder, Naruto, hay otras opciones. Se puede gobernar un clan desde el respeto, la piedad, la generosidad...
—Padre, sabéis que no soy un hombre temeroso de Dios. Soy un guerrero. Aunque os disguste, mis actos, por muy crueles que puedan pareceros, siempre estarán destinados a proteger a nuestra gente. Que los otros clanes crean que fui yo quien ordenó el ataque a Byakugan, me favorece. Que estén convencidos de que fui yo el que asesinó a Tokuma Hyuga sin vacilación, me convierte en alguien temible. Un laird al que no querrán contrariar, con el que no querrán enfrentarse.
El sacerdote lo escuchaba sin dar crédito a lo que oía.
—Pero, ¿no tienes curiosidad por saber quién ha vertido esas calumnias sobre los Namikaze? Aunque a ti pueda parecerte que te ha hecho un favor, convirtiéndote en un líder temido por todos, al final tendrás que rendir cuentas por esa fechoría. Porque, no te engañes, es una auténtica felonía. Hiashi Hyuga se encuentra en el frente, junto a nuestro rey, protegiendo los intereses de Escocia. Que alguien ataque su casa, que masacre a su gente, a su propio hijo, es un acto desleal y carente por completo de la nobleza que el rey Indra espera de todos sus súbditos. Me sorprende que a día de hoy no tengamos noticias suyas. Supongo que los ingleses le tienen tan ocupado que no puede permitirse el lujo de poner orden en su propia tierra; pero no te quepa duda —lo señaló con un dedo acusador—, el rey querrá esclarecer este asunto y pedirá explicaciones.
Naruto no lo había pensado. Jamás creyó que el ser acusado del ataque a los Hyuga fuera más allá de los rumores que corrían de aldea en aldea. ¡Qué estúpido! Ahora veía que, tal y como esos dos viejos cuervos consejeros se empeñaban en recordarle, no estaba tan curtido en las intrigas del poder como lo había estado su padre. Las palabras del padre Iruka le habían abierto los ojos, pues era evidente que alguien trataba de perjudicarlo frente al rey Indra. Y no solo a él. Los Hyuga también habían sido víctimas de quien quiera que fuese el culpable de aquel ataque. Claro que, ellos, de un modo mucho más salvaje y atroz. ¿Quién podría tener algo en contra de ambos clanes?
—Deberíais ser vos mi consejero, padre Iruka, y no los dos buitres carroñeros que mi padre me legó.
El sacerdote le mostró una sonrisa comprensiva.
—No lo soy, pero siempre me tendrás para escucharte y darte mi punto de vista en todo lo que necesites.
—Lo sé, padre. Y tengo muy en cuenta el sermón que acabáis de darme... Mañana mismo empezaré a investigar para descubrir quién atacó a los Hyuga haciéndose pasar por Namikaze.
—Me parece lo más acertado y prudente, Naruto. Es necesario encontrar al culpable antes de que el rey Indra tome cartas en el asunto.
El joven laird asintió con la cabeza y su mente regresó al verdadero problema que lo había impulsado a sacar al religioso de su cama en plena noche. Bebió lo que quedaba de su Agua de Vida y luego dio vueltas al vaso entre sus manos, sin saber cómo abordar su mayor preocupación.
—No era de esto de lo que querías hablarme, ¿verdad? —adivinó el sacerdote, al ver que Naruto volvía a sumirse en aquel silencio atormentado que lo torturaba.
—No.
—Habla, pues, hijo mío. Te escucho, y sabes que nada de lo que me cuentes saldrá de entre estas cuatro paredes.
Naruto se lo agradeció mentalmente. Aun así, le costaba un mundo pronunciar las palabras.
—Padre... Mi problema, mi dilema... es de carácter moral.
—Comprendo.
—No, no lo entendéis. Yo nunca... es decir, que siempre creí que un hombre... —Se tapó la cara con las manos, incapaz de proseguir. No, de ninguna manera podía confesar lo que le quemaba en el alma. Trató de pensar otra manera de enfocar sus dudas—. Veréis, hace poco llegó una nueva familia a Innis Rasengan.
—Lo sé. Mebuki es muy creyente, viene a menudo a la capilla a rezar junto a su hija Sakura.
El laird asintió.
—Han traído con ellos a un muchacho, Hin. Ya lo habéis visto durante la cena. Él...él no es como los otros. Me saca de mis casillas, me dan ganas de estrangularlo por su torpeza y su... su...
—¿Su qué?
—Su poca hombría —admitió al fin—. Tengo la sensación de que es afeminado, y ya sabéis lo que opinaba mi padre al respecto.
El sacerdote se reclinó en su butaca y entrelazó los dedos de sus manos, mirándolo con intensidad.
—Lo sé. ¿Y tú qué opinas?
—¿Yo? —Naruto se sorprendió por la pregunta y se puso a la defensiva—. Lo mismo que él, por supuesto, que no deberían existir personas así.
—¿Estás convencido de que es afeminado? —volvió a preguntar el padre Iruka, alzando una de sus cejas.
—Esta noche lo he encontrado en una situación comprometida —le explicó, y acto seguido le relató lo ocurrido con el MacNab, sin omitir ningún detalle. Salvo, eso sí, la furia que lo había invadido al suponer que Hin deseaba ese encuentro tanto como Reed.
—Por lo que explicas, ese muchacho es aún muy joven y no sabe nada de la vida. Si dices que estaba aterrado, posiblemente nunca se haya visto en una situación semejante. Kizashi y Mebuki lo adoptaron hace poco, ¿qué sabemos de él? Tal vez nunca haya tenido una familia que le haya explicado ciertas cosas, tal vez sea tan inocente que no entienda las relaciones entre hombre y mujer como las entendemos tú y yo. Y apuesto lo que quieras a que tampoco había sospechado nunca que un guerrero pudiera insinuársele como lo ha hecho el MacNab. Si me permites decirlo, yo creo que el joven Hin solo está confundido.
Naruto meditó esas palabras.
Si aquello era verdad no estaba todo perdido. Tal vez pudiera rescatar a Hin, hacer de él todo un hombre... Y así a lo mejor él podría dejar de soñar con sus ojos grises de una vez por todas.
—Gracias, padre —dijo, levantándose para marcharse—. Creo que ya sé lo que tengo que hacer.
Se encaminó hacia la puerta, pero el sacerdote lo siguió.
—Espera, Naruto, escucha. No todos nacen para ser soldados, y puede que ese muchacho no esté destinado a formar parte del ejército Namikaze. Por lo que más quieras, recuerda que todos somos criaturas de Dios, con nuestras virtudes y nuestros defectos. No repitas los errores de tu padre, no te conviertas en un tirano como él. Piensa en tu tío Minato: un guerrero como pocos y, sin embargo, opuesto a tu padre en todo. Recuerda lo que él te enseñó, se puede ser fuerte y, al mismo tiempo, justo y generoso.
Naruto notó un nudo en la garganta ante la sola mención de su tío, Minato Namikaze. No podía pensar en él en esos momentos, no quería dejarse llevar por la emoción.
—Tranquilo, padre. No someteré a Hin a más entrenamientos.
Aquello intrigó al sacerdote.
—Entonces, ¿en qué estás pensando?
—No puedo decíroslo, padre Iruka. Pero si quiero que Hin se convierta en un verdadero hombre, tal vez tenga que ayudarle a distinguir unas buenas faldas de las calzas masculinas de los soldados.
No dijo más, pero dejó al sacerdote preocupado con aquella insinuación. Tenía razón, prefería no saber qué se le había pasado por la cabeza para guiar los pasos de Hin en la dirección que la moral cristiana dictaba. Solo rezaba para que, lo que fuera que hubiera pensado, no resultara una completa indecencia...
Continuará...
