Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente de la maravillosa Victoria Vílchez, yo solo hago la adaptación. Pueden encontrar disponible la saga "Antes de que… " de venta en línea (Amazon principalmente) o librerías. Todos mis medios de contacto (Facebook y antigua cuenta de Wattpad) se encuentran en mi perfil.


Me temblaban las piernas, las manos, los brazos... toda yo. En el momento en que había localizado a Edward en la parte superior de las escaleras, mi cuerpo se había convertido en una masa temblorosa, repleta de nervios y excitación a partes iguales.

La escena era muy similar a la que yo misma había protagonizado tiempo atrás, y entendí por fin lo que él debía haber sentido aquel día. La emoción de saber que estaba haciendo eso por mí fue más de lo que podía soportar.

Me apoyé en la barra, esperando que no me fallaran las piernas, y seguí el descenso de Edward escalón tras escalón. No cantaba nada mal, su voz grave y algo rasgada, recordaba incluso a la del vocalista de Revólver; pero aunque hubiera desafinado en cada nota no creo que se lo hubiera tenido en cuenta.

Las dudas sobre lo que Edward sentía por mí quedaron desechadas de un plumazo en cuanto se encaramó a la barra sin importarle que el bar estuviera con el aforo completo, incluyendo —por alguna extraña casualidad, que tal no fuera tal— a la gran mayoría de nuestros amigos y compañeros de facultad. Edward era, sin duda, el hombre de mi vida. Y no solo por estar allí cantando nuestra canción, sino por los dos años en los que había sido el mejor amante, amigo y novio que pudiera desear.

Habíamos tenido peleas, como todas las parejas, más teniendo en cuenta que era algo posesivo y demasiado protector conmigo, pero mirando atrás me di cuenta de que al final siempre permitía que yo tomara mis propias decisiones, que fuera yo misma. Y antes de eso, cuando intentábamos no ser otra cosa que amigos, había estado para mí cuando lo había necesitado. Que recreara mi declaración de amor en el mismo lugar y de la misma forma, solo venía a confirmar lo mucho que me quería y cuanto significaba lo nuestro para él.

Su mano apareció frente a mi rostro, invitándome a acompañarle. La tomé sin asomo de duda. Ya ni siquiera pensaba en la gente que nos rodeaba, solo le veía a él, con esa sonrisa espectacular en los labios y los ojos brillando de emoción. Le permití que me alzara y, una vez arriba, se colocó frente a mí para desglosar las últimas frases de la canción. Me dolía la cara de sonreír y el corazón me latía descontrolado, pero mantuve la vista fija en él.

Cuando se arrodilló, esperé la consabida frase, aquella sencilla petición de un baile que se había convertido en una especie de santo y seña entre los dos. Edward se llevó la mano al bolsillo y extrajo algo de él, acto seguido me mostró la palma y su contenido: una cajita de terciopelo que abrió segundos más tarde. Al ver el anillo que albergaba se me descolgó la mandíbula y tuve que redoblar los esfuerzos para mantenerme en pie. ¿Significaba aquello lo que yo creía que significaba?

Los aplausos, silbidos y gritos de ánimo que habían inundado el local hasta entonces cesaron de forma paulatina, hasta que un silencio —anormal para tratarse de un bar— reinó en la abarrotada sala.

—Bella... —masculló, Edward, con la voz ronca, no sé si por los nervios o la emoción—. Dime... dime que te casarás conmigo.

Sus palabras aflojaron del todo mis rodillas y, si no llega a ser porque Edward reaccionó con rapidez y me sujetó, me hubiera caído desde la barra de cabeza al suelo. ¡Acababa de cambiar la frase! ¡Me estaba pidiendo matrimonio! ¡Boda, anillo! ¡Casarnos! Todo eso, y más, fue lo que pasó por mi mente en décimas de segundos. Pero tras el shock inicial aparecieron imágenes, multitud de imágenes de nuestra vida en común, de sus besos, de sus abrazos, de las noches que habíamos pasado juntos, de nuestros viajes, de cada palabra de aliento, de las veces que habíamos hecho el amor y de las que nos habíamos quedado dormidos el uno junto al otro, abrazados... Supuse que era algo así como lo que dicen que ocurre cuando estás a punto de morir y tu vida pasa ante tus ojos en tan solo un instante.

Parpadeé al percibir los dedos de Edward acariciarme la mejilla. Me mantenía contra su pecho, con el otro brazo en torno a mi cintura. El anillo había desaparecido de mi vista y pensé que me lo había imaginado. Al girar la cabeza en busca de la mano que me sujetaba, se me escapó una risita nerviosa al comprobar que sostenía la cajita. No, no había sido un sueño.

—¿No vas a contestar? —me urgió, claramente nervioso aunque sin dejar de sonreír.

Abrí la boca, pero las palabras se resistieron a abandonarla. Tuve que aclararme la garganta dos o tres veces antes de conseguir decir algo:

—¡Madre mía! —fue cuanto atiné a responder.

Lo más probable era que no fuera lo más adecuado, pero mi mente aún estaba recuperándose de la proposición que acaba de hacerme.

Edward enarcó una ceja, se inclinó sobre mí y me dio un beso. La calidez de su contacto, la dulzura con la que sus labios se apropiaron de los míos y su lengua acarició mi boca, no hizo otra cosa que contribuir al caos que reinaba en mi cabeza.

Al separarse de mí y ver que continuaba sin decir nada, fue él el que tomó la palabra:

—Te amo, Bella. Te amo, te quiero y te necesito en mi vida —afirmó, rodeando mi rostro con sus manos y empleando el pulgar para acariciar mis mejillas—. Te amo desde el primer instante en que te vi, y quiero seguir amándote mientras viva. Te quiero a mi lado cada día y cada noche. Lo único que deseo es que bailes siempre conmigo.

Sin esperar mi respuesta, volvió a arrodillarse y a mostrarme el anillo, no sin antes asegurarse de que podía mantenerme en pie por mis propios medios; algo que conseguí a duras penas.

—Dime que te casarás conmigo —repitió. Sus maravillosos ojos verdes permanecieron fijos en mí, contemplándome con adoración.

No había dudado ni por un momento de cuál sería mi respuesta, pero la devoción que mostraban sus palabras consiguió que se me llenaran los ojos de lágrimas.

Aun así, esa vez, no dejé de contestarle. Me arrodillé frente a él para hacerlo.

—Te amo, Edward, y bailaré contigo y... me casaré contigo—murmuré—. Y haré cualquier cosa contigo... —añadí, riendo y llorando a la vez.

Los silbidos y aplausos de los clientes se desataron en cuanto finalicé la frase. Ni siquiera recordaba que teníamos público, todo lo que veía en ese momento era a Edward deslizando el anillo en mi dedo con una sonrisa enorme en la cara y los ojos brillantes y húmedos. Me lancé sobre él, con bastante poco decoro, y lo cubrí de besos mientras él no dejaba de susurrar mi nombre.


Juro por dios que por un momento sentí que iba a decir que no, pero dijo que siiii. ¿Y ahora? Esperemos ver un poco más de su historia. Les aviso que quedan dos capítulos y el epilogo.

Y por cierto, ¡Feliz Navidad mis chicas hermosas!, espero que la estén pasando muy especialmente bien con sus seres queridos, tienen mis mejores deseos siempre. Y aun que sabemos lo duro que ha sido este año, agradezcamos lo poquito o mucho que tengamos. Aprovecho para dales las gracias por siempre estar ahí, en ese lugarcito de mi corazón que me hace tan feliz.

Ariam. R.