Luego de casi un mes, he vuelto. Realmente lo lamento mucho, como algunos sabrán participé del gintober y sumé a aquello cosas de la universidad, por lo que no tuve mucho tiempo de escribir. Y de hecho el cap es corto ya que no quería dejarlos en ascuas por tanto tiempo.
Intentaré actualizar más seguido como al inicio.
Espero que el cap les guste!
El danzar de nuestros cuerpos
El calor de aquella habitación inundaba a esos dos cuerpos que amenazaban por ser despojados de sus ropas.
Gintoki besaba con pasión los labios de Tsukuyo y de vez en cuando dirigía su boca hasta el delgado cuello de la rubia, saboreando aquello que luego de unos minutos sería tan suyo como su propia alma.
— G-Gintoki… — la voz debilitada de la mujer con ojos color amatista era tan exquisita y dulce ante los oídos de Sakata que no podía resistir el querer escuchar más de ella.
Sus manos libidinosas paseaban por sus piernas y lograban posarse cerca de tal ansiada entrada entre sus muslos. No lo pensó más y comenzó a acariciarla en ese lugar exacto donde los más álgidos suspiros podían crearse. Y sus dedos, cual dulce baño de río, se mojaban con tal candoroso líquido que entibiaba en un santiamén las rugosas y varoniles yemas del peliplateado.
— A-Ah… — y no esperaba que esas femeninas manos tiraran tan sutilmente de su plateado cabello en cuanto adentro con cariño y suavidad su dedo en ella. — Se siente… ah… – pero no podía completar frase alguna porque los hábiles dedos de Sakata la hacían estremecer.
Sus labios entreabiertos lo invitaban a seguir besándola, acariciando su lengua de la más lujuriosa manera que pudiera imaginársele, saboreando ese néctar tan propio de ella y sintiendo que sus comisuras se mojaban por tan apasionado beso.
Y con su otra mano, descubría sus pechos despojándolos de lo poco y nada que restaba del kimono azul de Tsukuyo. Esos senos tan hermosos y suaves que ante sus ojos se presentaban le invitaban a saborearlos con la misma seductora lengua que hace unos segundos estaba dentro de la boca de la rubia.
Esos pezones erectos no demostraban más que ansias por ser besados y la respiración agitada de la mujer mostraba aún más su deseo, haciendo que su pecho subiera y bajara a modo de vaivén, dando una danza erótica ante los ojos de Gintoki.
Entonces los probó. Sentía como su lengua delineaba ese botoncillo de carne y a la vez podía discernir lo duro que estaba con respecto al resto de su seno.
Era imposible que los suspiros se hicieran esperar, porque era tan rápida la reacción de la chica como el movimiento de la lengua del hombre de plateados cabellos.
Y tomaba sus cabellos y apretaba las piernas. Los cosquilleos que sentía en su más cálida flor invadida por los dedos de Gintoki se le hacían de lo más exquisito.
Entonces él bajó lentamente por su seno hasta llegar a su ombligo, en donde se detuvo para depositar allí tiernos besos mojados que dejaban en ella una sensación sofocante. Siguió bajando hasta llegar al precioso monte de venus, sintiendo la pomposidad y suavidad de algunos cuantos hilares rubios los cuales se le hacían más que eróticos. Posó su nariz cerca de tan ansiada flor y olfateó ese aroma tan característico y exquisito de una mujer excitada.
Cualquiera pensaría que Gintoki se daba descaradas atribuciones sobre el punto exacto que Tsukuyo ocultaba con tanto recelo, cualquiera menos ella. Porque en cuanto sintió esa lengua posarse sobre su pistilo de la manera más depravada que pudiera imaginarse, su percepción del espacio tiempo se vio abrumada y solo podía concebir el placer en ese cuerpo tan curvilíneo y hermoso.
Comenzó a gemir, intentando aguantarse la voz porque, por más que viviera sola, si la chica se fiaba de sus cuerdas vocales, terminaría siendo escuchada por toda la aldea.
El sabor tan exquisito de su néctar embriagaba a Gintoki y succionaba todo lo que podía, creando así cada vez más estremecimientos en el cuerpo de su amada.
Lamia cual gatito los labios inferiores de la rubia. Jugueteaba con su clítoris, metía sus dedos a la vez que succionaba su ser. La chica no podía aguantar y sentía que podía venirse en cualquier momento.
Gintoki tampoco podía más. Estaba tan excitado que su frente sudaba y su miembro ya comenzaba a molestarme.
Subió nuevamente a los labios de la rubia para comenzar a besarla mientras sacaba a relucir su duro falo.
— Tsukuyo… necesito hacerlo… — le decía jadeando con un aliento tan cálido como la lava de un volcán.
— Con cuidado… — lo abrazó. Estuvo esperando durante tantos años este momento que cualquiera diría que estaba teniendo uno de sus más lujuriosos sueños, sin embargo no era así. — Solo seré tuya, Gintoki… — todo era real y podía sentirlo a flor de piel.
Gintoki comenzó a entrar despacio por la estrecha cavidad de la rubia. Estaba tan apretado que sentía que se iba a volver loco.
Ella podía experimentar un leve ardor, pero nada que no pudiera soportar. Después de todo, estaba tan excitada que los dolores se aminoraban al instante.
Se quedó un rato ahí, mirándola a la ojos, acariciando sus mejillas mientras dejaba que su entrada se acostumbrara a él.
— Eres tan hermosa, Tsukuyo… — le dijo para darle un beso tan sincero que calaba en lo profundo de su corazón.
La rubia lo abrazó del cuello y aferrándose a él le indicó que ya estaba lista para que su amado continuara.
Y lo hizo.
Sus movimientos al inicio eran lentos, pero exquisitos. Tsukuyo podía sentir el ligero ardor de tener su primera vez y a la vez se aferraba a la espalda de su amado con fuerza, tratando de aminorar el dolor pero sintiendo excitación a la vez.
Gintoki al sentir que la rubia se mojaba cada vez más, decidió acelerar las embestidas que le daba, sumiéndose en un placer inigualable que solo podría ser opacado con un balde de hielo.
¡Qué delicia era sentirlo cada vez más rápido! Experimentaba cosas nuevas y amaba que fuera así, solo con él y únicamente con él.
Los minutos pasaban y la pasión aumentaba cada vez más. Sentían que podían llegar a su límite y en cualquier momento pasaría, y es que, al cabo de una hora, era obvio que alguno de los dos terminaría — sin mencionar la cantidad de veces en las que Tsukuyo ya se había ido —. Gintoki finalmente terminó y abrazó a su amada mientras aquello sucedía.
Olfateaba la carne como si fuera suya y hundía su nariz en su cuello, reposando algunas hebras plateadas en el níveo hombro de la rubia.
Tsukuyo correspondió aquello y no necesitó decirle nada, no necesitaban sellarlo con palabras. Las acciones bastaban y eso era lo que importaba.
0o0
Era normal que a esas horas de la noche no hubiera nadie, o casi nadie, merodeando por la aldea Yato. Kagura lo sabía y aprovechaba la oscuridad para que ningún aldeano la viera entrar a su hogar y así levantar sospechas o preocupaciones.
Efectivamente, la chica había pasado desapercibida, sin embargo, un hombre de cabellos plateados, quién había salido un rato a tomar aire, la divisó entrando a la aldea.
— Kagura — le llamó en claro tono de preocupación. ¿Qué hacía esa chica a altas horas de la madrugada merodeando afuera?
— G-Gin-chan — paró en seco en cuanto escuchó su voz y espero a que el adulto llegara a su lado — ¿Qué haces aquí?
— Eso debería preguntártelo yo, ¿qué haces aquí y a esta hora? Desapareciste luego de la ceremonia y ahora llegas con la ropa sucia y el maquillaje corrido. — Podía notar también leves dejes de sudor en su piel gracias a que sus mejillas brillaban un poco por el fulgor de la luna. Por un momento pensó que estaba peleando con alguien debido al estado en el que ella estaba.
— Solo fui a dar una vuelta… — lo miró de reojo y pudo notar que en su cuello había una marca rojiza, como si algo lo hubiera pintado — ¡Ah, qué tienes ahí! — señaló — ¿Acaso es maquillaje? — le dijo intentando cambiar de tema.
En cuanto Gintoki cayó en cuenta, se tapó la marca con la mano y se puso sumamente nervioso, bajando la mirada e intentando dar cualquier excusa.
— ¡No, esto es…! — pero cuando volvió la mirada a Kagura ella ya no estaba frente a él, sino que se encontraba corriendo a toda prisa hacia su hogar, haciendo imposible que pudiera detenerla — ¡Oye, mocosa…! Demonios. — cerró los ojos afligido y se dirigió a la casa de Tsukuyo — esa niña, no sé qué mierda le ocurre. Primero da raras caminatas nocturnas y vuelve como si hubiera peleado con una jauría de perros, luego desaparece en plena ceremonia, ¿y ahora esto? ¿Acaso no le importa lo que pueda pasar con el clan? Aaah… joder. Necesito descansar. —
Y entre la oscuridad del alba siguió caminando a paso tranquilo y lento. Esa noche dormiría junto a su amada.
