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Antes del alba

Kenma x Akira

Disclaimer: personajes no son míos


Anteriormente: Kenma colapsa.


XXI

Cuando Akira me sugirió que lo acompañase hasta Sendai, di por hecho que sería una mala idea, sin embargo, no quise negarme. «Para cambiar de aire», dijo. Podía ver sus reales intenciones. Mi humor errático y contradictorio preocupaba a Akira hasta el punto de tomarse aquella molestia, y aunque estaba claro que no sabía cómo lidiar con ello, lo intentaba. Le habría dicho que estaba asumiendo una responsabilidad que no le competía, si no fuese porque yo conocía esa sensación de impotencia al saberte incapaz de ayudar a las personas que realmente te importan, hundidas ante ti, y al final, decidí intentarlo, más por él que por mí. Le hice el favor de que se preocupara por mí, por mucho que me desagradase la idea.

Por supuesto, en el fondo yo pensaba en Kei y Kuroo, en todo lo que no hice, como un espectador pasivo silente.

Akira fue a recogerme a casa. Ya me hubo advertido de que vendría acompañado.

—¿Y tú quién eres? —preguntó mamá observando con mucha curiosidad los cabellos colorados de Hanamaki-san.

—Un mero escolta, Hanamaki Takahiro —respondió todo sonrojado, inclinando sus cabellos colorados—. Conduciré con cuidado, puede quedarse tranquila.

Hanamaki-san nos llevaría en su carro hasta Sendai. Akira provechó que su otro novio tenía asuntos que hacer para no pagar peaje.

—Tienes un buen vehículo —comentó papá observando las llantas—, ¿Cuantos caballos de fuerza…?

Esos dos se quedaron un buen rato conversando de coches mientras Akira me ayudaba a acomodar el equipaje. Yo era todo un neófito en el tema de los vehículos, con suerte lograba identificar una moto de un camión, pero al parecer, por lo que podía oír, el auto de Hanamaki-san, para lo pequeño que era, estaba más que bien.

Akira insistió en que yo tomara el puesto del copiloto. Me despedí de mis padres con algo de resignación. A mamá le bastó una mirada para darse cuenta de la situación. Saqué las manos por la ventanilla del auto y tomé las manos de mamá. «Estoy bien», dije sin hablar. Hanamaki-san arrancó motores y encendió la radio. «Mi carro, mis reglas, mi música», advirtió a Akira, quien se cruzó de brazos y sacó su teléfono.

Hanamaki-san solo era un año mayor que yo, y aunque a esa edad la diferencia ya no era demasiado, a mí me parecía una diferencia insalvable. Parecía una persona mucho más madura que yo o Akira, más inteligente. Esa clase de adulto responsable que ya tienen sus propios autos e hipotecas. Observé de reojo su perfil. Unas finas pequitas recorrían sus pómulos pálidos. El espejo del retrovisor me enseñaba el semblante serio de Akira, enfrascado en su teléfono.

—No te preocupes —dijo Hanamaki-san—. No estaré pegado a ustedes todo el fin de semana. Apenas lleguemos a Sendai, los dejaré en paz.

Asentí, sin saber qué se decía en esos casos.

—Estás incomodando a Kenma, Hanamaki-san.

—¿Qué dices? Es exactamente lo contrario.

—Pues mejora tu tacto. A mí tampoco me has dicho a qué vas a Sendai.

—Iré a ver a un amigo —continuó explicándome, vigilando el reflejo de Akira en el espejo retrovisor—. Creo que Matsukawa se está volviendo loco de verdad.

—¿Matsukawa-san? Pero eso ya lo sabíamos. Hace un buen tiempo de que Matsukawa-san está como una cabra.

—No lo estás entendiendo, Kunimi. No estoy hablando de sus excentricidades, es otra cosa. Es que murió su abuela hace un par de meses —continuó explicándome—, que fue la persona que lo crio, y bueno… supongo que le ha afectado más de lo que hace ver. Ayer me comentó que quería dejar la carrera y… no lo sé, supongo que quiero ver cómo está.

—¿Debería ir a verlo yo también? —preguntó Akira, sin quitar la mirada de su teléfono.

—No, no hace falta. A lo mejor yo estoy dramatizando. Quiero primero ver cómo está, y ya te diré si necesito ayuda.

—Nosotros visitaremos a Tsukishima —continuó Akira, todavía sumergido en el teléfono—, ¿te parece bien, Kenma?

—¿Tsukishima-san? —preguntó Hanamaki—, ¿cuándo retomaste contacto con él?

—No ese Tsukishima. Es el hermano, el menor. Ese blondy gafotas al que llaman Tsukki, ¿te acuerdas?

—Ah, Tsukki, ya sé quién. Ese chico que tuvo el accidente en auto. Qué tragedia. He oído que su situación es angustiante.

—¿«Situación»? ¿Quién dice algo así?

—Sendai lo dice.

—¿Es que no hay chisme que no te sepas?

—Soy Vanity Fair.

Me reír a mi pesar, pero no tenía cómo participar de la conversación. Recordé que Akira me comentó, muy al vuelo, de que tuvo un romance con el hermano mayor de Kei. Hanamaki-san parecía estar enterado de aquello también, además de los de Kei. Así que una situación angustiante. Yo no me habría atrevido a decir algo como aquello.

—Kenma y Tsukki son buenos amigos —continuó Akira—. No entiendo bien cómo si Tsukki es todo un insoportable, pero son buenos amigos.

—Yo también me pregunto cómo es que tú tienes algún amigo —sinceró Hanamaki.

Supe que no hablaba con maldad o con la idea de provocar algún daño. Parecía que de verdad le sorprendía de que su novio, ese que tenía otros miles de novios, pudiese ser amigo de alguien más.

Era una farsa. Me retrepé contra la ventana y cerré los ojos.

. . . .

—¿Sigue durmiendo? —La voz de Kunimi.

—Eso parece.

Abrí los ojos. Los faros de los vehículos, al otro lado de la ventanilla, se habían encendido. Seguí quieto en mi sitio, sin dar señales de que me había despertado.

—Me pregunto si yo le hice esto.

—¿«Esto»?

—Oíste la canción y el arreglo que le hice. Sabes a qué me refiero.

—Ahhh. No te creas tanto. Es ingenuo pensar que exista un solo gatillante. Yo no creo que los problemas de las personas se puedan reducir a ese punto de señalar una única causa concreta. Pero te diré una cosa de la que tienes parte: cuando te callas la verdad, Kunimi, no ayudas a nadie.

—No puedo evitarlo. Nadie quiere quedarse solo.

—No me lo expliques a mí.

—¿Te cae bien Kenma?

—Pues… no me cae mal.

—¿Te dan celos?

Oí una risa.

—Habría preferido que te lo dieran.

—Te lo he dicho: no me importa que tengas otros novios o novias. Pero dímelo. Cuando te callas, es como si no me consideraras digno de la verdad. ¿Eso es lo que valgo para ti?

—No… nunca fue con esa intención. Es solo… no he querido hacerte daño.

—Si yo no puedo soportarlo, es cosa mía, no tuya, pero no es el caso. Solo, no me prives de la verdad. Dame ese privilegio. ¿Cuántos años llevamos? ¿Por qué todavía tengo que repetirte estas cosas?

—Lo siento.

—Olvídalo, no me gusta enfadarme mientras manejo. Mira, me preocuparía si se tratase de una relación tóxica, o algo que te hiciera daño, pero los vi aquel día en el cumpleaños de Kenma, y no puedo reprocharte nada.

—¿Nos vemos bien?

—Claro. Hace una buena pareja.

—¿De verdad no te dan celos?

—Son relaciones distintas, en etapas distintas. Cuando los veo me recuerda a nuestros primeros días de relación. Me da cierta clase de ternura.

—¿Piensas que nosotros hemos perdido la magia?

—No. Me gusta más la etapa en la que estamos ahora. Ojalá puedas llegar a esa etapa con otras personas.

Volví a cerrar los ojos. Una lágrima recorrió mis mejillas.

. . . .

—Hey, bello durmiente, ya llegamos.

Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra del estacionamiento. Hanamaki-san, quien sacaba nuestras maletas del portaequipaje, me dejó el bolso en mis manos.

—Enhorabuena, Kenma. Estás a punto de conocer a tus suegros.

—¿No te quedarás? —preguntó Akira—, de seguro habrá profiteroles.

—No seas así, sabes que estoy lejos de esas tentaciones. Además, yo he venido a Sendai a atender mis propios asuntos, así que nada —le dio un beso muy cerca del ojo, como si fuese lo natural en ellos, y regresó al carro. Cuando asomó el rostro por la ventanilla, vi su rostro iluminado por los faros del auto, que atenuaban sus finas pequitas—. Te llamaré cuando tenga noticias de Matsukawa, ¿de acuerdo? Y Kenma, un consejo: no pongas los codos sobre la mesa.

Creí detectar cierta amargura en el tono de Hanamaki. Eso fue meterme el miedo en el cuerpo. Traté de ordenar mi cabello en vano. No se me ocurrió jamás este momento. Le pregunté a Akira los tips para tratar con sus padres. Se largó a reír.

—Ya no les queda más remedio que quererme así como soy. Por mucho tiempo no me perdonaron que estudiara música, pero… sí, supongo que esa fue la peor decepción. Después de ello, todo lo demás han pasado a ser «detalles».

—¿Soy un detalle?

—Todo el mundo te quiere, Kenma. Honestamente, no sé por qué. Con ese carácter tuyo, es imposible creer que todo el mundo te quiera, pero es así.

Y la verdad fue que los señores Kunimi eran gente muy normal, muy de la onda de mis padres. Al parecer Akira los preparó para mi visita. Ya sabían que estudiaba diseño de videojuegos y con el señor Kunimi me entretuve bastante platicando acerca de si es pertinente considerar a los videojuegos como una expresión artística. Era obvio que había estudiado el tema de antemano, pero lo preferí así. Me ayudó a entrar en confianza y olvidar mis temores iniciales. A la madre le interesaba conocer más de mí, mis pasatiempos, mis gustos. Me sometió a un cuestionario como los que mi madre preparaba para mis amigos.

—¿Y Takahiro-kun? —preguntó el padre de manera muy con tanta espontaneidad, que se ganó un codazo de su esposa.

—No, está bien mamá, Kenma conoce a Hanamaki-san. Fue a visitar a Matsukawa-san quien al parecer se está volviendo loco, esta vez de verdad.

—Eso fue lo que pensé, desde que murió su abuela… —la madre se llevó una mano al pecho y con lo que, ya no podía considerarlo de otra manera, los Vanity Fair de Sendai.

Sendai no podía considerarse una ciudad pequeña propiamente tal, pero no era metropolitana como Tokio, y al parecer, los chismes parecían instaurados como algo cotidiano. Debía ser solo una proporción de Sendai, en todo caso. La elite. El departamento de los Kunimi no debía ser barato. El vehículo de Hanamaki-san tampoco. Miré mis manos pálidas, y recordé el aspecto desaliñado que llevaba. ¿Estaba preparado para convertirme en el comidillo de esta gente?

Lo imaginé por un momento, los rumores que pudieron correr sobre Akira un tiempo atrás. Aquel chico que desaprovechó su vida estudiando algo tan incierto como lo es la música, quien para hacerse un nombre, escalaba posiciones a base de múltiples novios y novias. ¿Qué habrían pensado aquellos padres, o el mismo Hanamaki-san, al enterarse de aquella manera de los deslices de Akira? Seguramente los habrían llamado así, deslices, porque la gente con dinero tiene a usar términos imprecisos.

La imagen de los señores Kunimi no se condecía con el tono amargo que usó Hanamaki-san tras hablar sobre ellos. Reconocí los restos de una pelea de hace varios años, que dejó a los padres de Akira arrepentidos y a Hanamaki-san herido.

Por eso me trataban como me trataban, con tanta amabilidad y cortesía. Yo era un chivo expiatorio para la expiación de pecados ajenos. Me sentí como un intruso comiendo en esa mesa bien puesta, con el mantel de diseño y los vasos en forma de prismáticos. Aquellos pequeños profiteroles dispuestos a modo de canapé. La sopa en cuencos de porcelana local, pesados y elaborados a mano. Quizá los señores Kunimi no eran tan similares a mis padres, al menos no en ese aspecto, pero no podía dudar de que hay padres que quieren mucho a sus hijos, pese a todo.

—¿Sucede algo? —me susurró Akira.

Negué con la cabeza. No sabía de qué me sentía culpable. Nacía en mí la imperiosa necesidad de disculparme, por lo que fuera.

La cena se extendió hasta muy entrada la noche. Luego Akira me enseñó su antigua habitación. No había casi pertenencias. Muebles en desuso que albergaban anuarios viejos y no mucho más. Destacaba una cama junto al futón de visitas. Nos colocamos los pijamas y nos acostamos mirándonos.

—Hoy te oí hablar con Hanamaki-san…

—Entonces sí estabas despierto…

—Solo fue un momento. Quería decirte que a mí tampoco me desagrada Hanamaki-san, aunque no he sido capaz de dominar muy bien mis celos. Si fuera una persona desagradable, entonces quizá sería más fácil. Pero no es el caso.

—Hanamaki-san le cae muy bien a todo el mundo. En ese aspecto también es como tú. La diferencia es que Hanamaki-san no es un pesado.

Le di un beso. Lo tomé de las manos.

—Hay una cosa que necesito saber. ¿Qué sucedió durante mi cumpleaños?

—Ya sabía yo que no tenías aguante para el ron con limón…

—No me esquives…

—Yo tampoco tengo aguante, somos dos.

—Entonces tampoco no te acuerdas.

Akira negó con la cabeza.

—Bueno, Hanamaki-san dice… —Dudó antes de continuar. Sentí la mano de Akira apretar la mía—. ¿Por qué bebiste tanto? No eres esa clase de persona.

—¿Qué soy, según tú? ¿Un chico más, cierto? La típica persona que sabe pasar desapercibida e ignorada incluso por sus amigos.

—Deja de decir eso. No te miento cuando te digo que todo el mundo te quiere. Tú piensas que pasas desapercibido, y a lo mejor así fue alguna vez, pero ya. De lo poco que recuerdo de tu cumpleaños, es que todo el mundo estaba allí. Me sorprendió. Gente de Tokio y también gente de Sendai. Tú eres el verdadero Vanity Fair.

—Pero no estaban ni Kei ni Kuroo.

—Deja a Kei y Kuroo por un momento.

—No… No lo entiendes.

—Dímelo, por favor. Deja de cerrarte. No me importa si me hace daño.

Y aunque quería, no podía hablarle. Tenía un nudo en la garganta que me dolía y quería llorar, y no entendía por qué. Ya estaba cansado de esta personalidad.

—De acuerdo, te diré qué sucedió en tu cumpleaños… o bien, lo que me dijeron que sucedió. Recuérdame jamás beber margaritas. Quien sea que inventó el tequila, era un diabólico.

Al parecer Akira estuvo más ebrio que yo. En su versión, que era la versión de Hanamaki, Akira y yo acabamos enrollándonos en el baño. Creo que todo el mundo nos oyó… Akira se desmayó sobre mí, y yo pedí ayuda a Hanamaki-san. Me vino un flash de Akira y yo besándonos en la estrechez de un cubículo de baño. Akira, con el pantalón en las rodillas y mi boca en su ingle, me apartó de golpe, provocando que mi cabeza chocara con uno de los tabiques. Intentó vomitar dentro del tacho de la basura, pero le falló levemente el cálculo, y tras vaciar su estómago, cayó desmayado sobre mí, desparramando semen por todos lados.

Pero Akira no me dio aquellos detalles, quizá por desconocerlos. Él me dijo que se desmayó, y que Hanamaki-san llegó y lo llevó a la residencia de músicos. Podía imaginar el panorama. Yo huyendo con la mitad de mi consciencia, los pantalones por las rodillas, salpicado de semen, buscando a Hanamaki-san, pidiendo por su ayuda en ese estado.

¿Por qué no podía morirme de una vez? Sufría los efectos de una resaca retardada. Cómo en las vida se me ocurrió hacer algo tan idiota. Por favor, Kenma, muérete ya.

Me abracé a Akira.

—¿Qué más sucedió?

—Después de dejarme en la residencia, Hanamaki-san volvió por ti, pero ya no estabas.

—¿Volvió por mí?

—Alguien lo llamó.

—¿Quién?

—No lo sé, alguno de tus amigos. Le dijeron que te llevarían hasta un hotel cápsula. Logró hacerse con la dirección. Creo que te dejó isotónicas y medicinas.

—Entonces fue él. ¿Por qué?

—No tengo idea. Supongo que es su forma rara de decirme que está bien con esta situación. ¿Ya te siente mejor?

—Si es posible, me siento peor.

—¿Peor?

Pero no sabía explicárselo. Odiaba a las personas que no ofrecían motivos para odiarlas.

—Yo… creo saber qué te sucede. Hanamaki-san dice que los problemas de las personas no tienen una sola causa, pero yo no estoy tan seguro de concordar. Quizá sean varios factores, pero hay algunos que pesa más que otros, y…

—Mañana.

—¿Qué?

—Hablemos mañana. Déjame seguir durmiendo.

. . . .

Olvidé el insomnio de Akira. Me despertó el sonido ya conocido de las marimbas, de alguna parte del departamento.

Era el cuarto de al lado. En medio de la oscuridad, Kunimi había desenfundado sus baquetas y repetía de memoria aquello que él llamaba mi tema. La melodía rápida y a la vez silenciosa, que sin ser triste, producía cierta melancolía.

El final cambiado.

¿Había cambiado nuestro final? ¿De eso se trataba?

Cuando acabó, le dije.

—Volvamos a la cama.

Nos atrapamos en un beso. La habitación de los señores Kunimi estaba al otro extremo de la casa.


Haciendo cálculos... restan dos, tres capítulos más, ahhhh...