Descargo de responsabilidad: ni los personajes ni el argumento original me pertenecen. Yo solo juego con ellos porque el final del manga estuvo a puntito de provocarme una úlcera :D

Había un link en mi perfil de la imagen que he utilizado como portada, pero FF tiene algo en contra de los enlaces y ahora no sabría deciros exactamente quién es su autor.

Advertencia: para basarme en los personajes me he fijado más en el manga que en el anime. Pero también es cierto que han pasado años desde que me lo leí y aunque he vuelto a él para pescar algunos detalles necesarios para este fic no me puedo considerar una experta. Así que habrán errores, claro que sí, y si me los señaláis puede que los corrija o puede que no. Depende de si contribuyen en algo a la hora de contar este relato.


◤El Intercambio◢

«"1. tr. Hacer cambio recíproco de una cosa o persona por otra u otras". Ukyo y Akane no saben qué ha ocurrido, pero están más que dispuestas a desvelar el misterio por el que se hallan tan lejos de sus propios cuerpos. Y mientras se enfrentan a diversos desafíos, quizás encuentren respuestas que no sabían que buscaban. »


EPÍLOGO

«En el que Gosunguki espera, espera y espera...»


Era verano y hacía calor.

Era verano, hacía calor y Hikaru se preguntó otra vez por qué no había aceptado aquel trabajo en el extranjero que le habían ofrecido hacía un par de meses, en un país donde el sol no brillaba tanto y seguramente no acabaría los días con la necesidad de arrancarse la piel a tiras.

Sin su permiso, sus ojos se deslizaron hasta su mesita de noche, donde una orquídea que nadie podría clasificar se erguía majestuosa en su macetero.

Hikaru la había bautizado como Himi-chan hacía años, cuando se hizo evidente que se había convertido en un elemento más de su habitación. Himi-chan incluso se había mudado con él cuando tuvo que irse a vivir a un cuarto más cerca de su lugar de trabajo hacía algunos meses.

Himi-chan lo había acompañado en sus mejores momentos, pero también en los peores.

La planta era, sin lugar a dudas, su mejor amiga, pero esa no era la razón por la que se negaba a abandonarla.

Y es que cuando Hikaru miraba a Himi-chan, no veía las hermosas flores púrpuras que colgaban de un extremo, ni las preciosas vainas oblongas que aparecían justo debajo. Eran naranjas y, por lo tanto, difíciles de ignorar. Cualquier botánico habría vendido su alma por cultivar un ejemplar tan hermoso como aquel.

No, cuando Hikaru miraba a Himi-chan, todo lo que era capaz de ver era la prueba de que su ambición más grandiosa algún día, pronto, se convertiría en realidad.

Había comprado sus semillas hacía ya cuatro veranos. ¿O eran cinco? Habían sido semillas de una orquídea común y corriente autóctona de japón que el florista le había advertido tendía a ser «temperamental». La chica de sus sueños también se podía considerar «temperamental» y Hikaru la quería de todas formas, así que no había considerado aquella observación como algo negativo.

Tal y como demandaba el hechizo, la había plantado en tierra robada de un cementerio, la había regado con una mezcla de agua del pozo de un templo y sus lágrimas y había cubierto la maceta con una prenda de su amada antes de dejarla siete días mirando al este.

Cada noche, había pronunciado el hechizo en voz baja mientras repetía su nombre una y otra vez.

«Akane, Akane, Akane».

Al final de esos siete días, Hikaru se había convertido en el orgulloso propietario de una planta que no aparecía en ningún libro de botánica. Medía más de dos palmos de alto y había madurado completamente en el lapso de una semana, así que no tardó en recolectar las pesadas vainas que había dado, ni en añadir sus entrañas en una mezcla de chocolate que depositó en delicados moldes con forma de corazón.

Mientras los dejaba reposar en la nevera, Hikaru había tenido que morderse los labios para contener las lágrimas. Estaba tan, pero tan cerca de cumplir sus sueños.

Había sido en un extraño momento de suerte que se había topado con la valiosa información de cómo conseguir un cambio en los sentimientos de su amada. Había estado navegando por internet durante horas, investigando las propiedades mágicas de ciertos materiales, cuando de repente en su monitor había aparecido la respuesta a todas sus plegarias. Estaba escrita en chino, pero Hikaru había estudiado aquel idioma desde que tenía doce años (la mayoría de los encantamientos que le interesaban estaban escritos con sus símbolos) y había entendido la mayor parte del ritual descrito.

Después de leerse por encima una introducción que hablaba sobre los orígenes y motivos del hechizo, lo había copiado tan rápido como podía y con la mejor letra que era capaz en su libreta secreta. Sabía que no podía perder el tiempo; su madre estaba en casa y eso significaba que el teléfono iba a estar ocupado cada media hora, más o menos. Y en cuanto cogiera el aparato, internet dejaría de funcionar (1).

Hikaru se arrepentía de no haberse guardado la dirección de aquella página, porque nunca jamás la volvió a encontrar. Había tenido que hacer su hechizo armado tan solo con las instrucciones copiadas en su libreta y sus recuerdos, aunque teniendo en cuenta que la planta había crecido tal cual se había descrito suponía que no lo había hecho tan mal.

Su verdadero plan comenzó al día siguiente, cuando tuvo que ingeniárselas para dejar los chocolates en la taquilla de Akane con una nota anónima sobre sus sentimientos. En su mochila llevaba otra caja con más chocolates, por si la chica decidía ignorar los primeros. Nunca los había necesitado, aunque ahora que Hikaru se paraba a pensarlo, tampoco sabía qué había sucedido con ellos después.

El hechizo decía que sabría que las vainas se habían consumido cuando el primer pétalo cayera al suelo. Durante días, Hikaru había estudiado a Himi-chan con dedicación. Durante las noches, había soñado con que ocurría…

Hasta que, un día, ocurrió. El pétalo cayó y con él las lágrimas que había contenido durante semanas. Oh, el hechizo era real y tenía poder y Akane lo amaría y…

Mientras lloraba, le había parecido ver un segundo pétalo descansando sobre su hermano caído, pero no le había dado mayor importancia cuando, luego, fue incapaz de encontrarlo.

Después, el hechizo solo decía que tenía que esperar. A qué, no sabía exactamente, salvo que cuando la magia empezara a hacer efecto la planta empezaría a morir o algo así. Sus conocimientos sobre el chino tampoco eran tan amplios. Hikaru se había encariñado de la preciosa flor, pero incluso dejó de regarla con la esperanza de acelerar el procedimiento.

Himi-chan no había probado una gota de agua desde entonces, pero seguía tan lozana como si se hubiese criado en los mejores invernaderos del país.

El sonido de una notificación lo sacó de sus cavilaciones. Hikaru miró su ordenador y, en efecto, acababa de recibir un nuevo correo electrónico. Se preguntaba si sería otra empresa que rechazaba sus servicios. Últimamente, era todo lo que recibía…

Su corazón dio un vuelco cuando leyó el asunto y el remitente.

De: Nabiki Tendo.

Asunto: Me complace informarles que…

Maldición. El asunto estaba cortado, pero Hikaru no guardaba dudas de que eran las noticias que había estado esperando. De reojo, comprobó que Himi-chan estaba tan sana como siempre, pero se dijo que no tardaría en marchitarse. Clicó sobre el nuevo mensaje…

—Oh, no—murmuró.

Algo cálido se deslizó por sus mejillas.

Eran lágrimas de frustración.


Lejos, muy lejos del apartamento de soltero que Hikaru Gosunkugi compartía con su planta de compañía, una pareja se apeaba de un camión de mudanzas. El hombre vestía ropas de entrenamiento de cierta influencia china mientras que la mujer lucía un vaporoso vestido amarillo que había complementado con un sombrero de paja y sandalias planas.

—Las cajas azules son de la cocina —le recordó la mujer al hombre mientras sacaba unas llaves de su bolso—. ¿Sabes si tardará mucho el repartidor de comida?

—Acabas de zamparte un paquete de papas en el coche, mujer —respondió el hombre desde la parte trasera del camión—. ¿Cómo puedes seguir con hambre?

La mujer entrecerró los ojos en su dirección.

—¿Qué insinúas, querido esposo? —se interesó con frialdad.

Pese a que no le hacía ni pizca de gracia lo que sugería Ranma, no pudo evitar que al final se le escapara una sonrisita al notar el sonrojo que se extendió por sus mejillas.

Su marido levantó las manos en el aire como señal de rendición.

—Últimamente estás muy rara, Akane —murmuró, claramente avergonzado.

Akane sabía que todavía no se había acostumbrado a su nuevo título, pues ella tampoco se había familiarizado del todo con aparecer en todas partes como «Sra. Saotome». Y eso que ya habían pasado varios meses desde que registraron el matrimonio.

—Y tú sigues igual de impertinente, Ranma —respondió ella con una sonrisa.

Akane le dio la espalda para abrir la puerta de madera que separaba la casa del exterior. El jardín estaba vacío y se notaba que hacía tiempo no recibía ninguna atención humana; sería una de esas zonas de la casa en las que tendría que trabajar con especial esmero si quería que algún día se pareciese en algo a su hogar de la infancia.

Anotando «cosas para el jardín» en su lista mental de todo aquello que debería comprar en algún momento, pero que no tenía ninguna prioridad real, Akane se dirigió a la casa y frunció el ceño cuando, al llegar al recibidor, un extraño y pesado olor a cerrado y polvo atacó su sentido del olfato.

—Por Dios —se quejó—, ¡dijeron que lo iban a ventilar antes de que llegáramos!

Detrás de ella, Ranma intentó ahogar una risa, aunque lo único que consiguió fue gruñir como cierto animal porcino. Akane arqueó una ceja, pero decidió que lo mejor era no decir nada. Con paso firme y sin detenerse a quitarse los zapatos, se dirigió directa a la cocina.

Ranma la siguió de cerca.

—¿Dónde quieres que deje esto? —le preguntó.

Akane le señaló la encimera con un gesto distraído. Ranma no tardó en depositar sobre ella la caja que albergaba todos los utensilios y productos de limpieza que habían guardado a propósito por separado; la agente inmobiliaria que los había ayudado a hacerse con el piso ya los había avisado del estado en el que se encontraba.

Akane no tardó en abrirla. Ranma la observó durante unos instantes hasta que, al final, dijo:

—¿De verdad te vas a poner a limpiar ahora? — rezongó—. Akane, tenemos mil trastos que sacar de ese camión.

—Estoy segura de que no son tantos —replicó ella.

Al fin y al cabo, eran una pareja joven que acababa de adquirir su primer hogar. Por el amor de Dios, si hasta tuvieron que contratar el camión más pequeño porque no necesitaban mucho más.

—Seguro que puedes hacerlo —dijo, guiñándole un ojo a Ranma.

Ranma, sin embargo, no se mostró muy convencido. Ni siquiera se inmutó cuando Akane le ofreció una sonrisa descarada.

—Si lo hacemos entre los dos seguro que terminaremos antes —señaló con el ceño fruncido—. Y así no tendrías que limpiar todo sola. Te ayudaría después.

Akane cogió una bayeta y comprobó con satisfacción que el agua sí había sido dada de alta. Al menos en eso la inmobiliaria sí había cumplido su palabra…

—¿Akane? —insistió Ranma.

Akane apretó los labios en una fina línea. Mientras escurría el trapo, pensó en las indicaciones que le había dado la enfermera durante su última visita a la consulta médica la semana anterior.

De repente, sentía la boca seca.

—No puedo levantar tanto peso —murmuró—. Supongo que podría ayudarte con lo más liviano, pero solo nos quedan los muebles y esas cajas enormes que nos dieron los de la mudanza.

En retrospectiva, quizás deberían habérselo pensado mejor. O, bueno, Akane debería habérselo pensado mejor, ya que era la única que tenía acceso a cierta información privilegiada y, por tanto, la única que podía actuar en consecuencia. Encima habían contratado el servicio de mudanzas más barato que encontraron, que no incluía ningún tipo de ayuda con la carga y descarga de sus cosas. Antes, sus padres los habían ayudado, pero tanto ella como Ranma habían insistido en que podían terminar el trayecto solos.

En retrospectiva, quizás las ansias de estar a solas con su marido, después de tantas semanas compartiéndolo con toda su familia, la habían cegado ante todo lo demás.

Aunque no la podían culpar exactamente. Una tendía a acostumbrarse a ciertas cosas después de cuatro años viviendo juntos. Y solos.

—Hey —una mano cálida se deslizó por su brazo mientras otra le quitaba el sombrero para acariciarle el pelo—, me dijiste que estabas bien.

Akane se giró lo suficiente para apreciar la mirada cargada de preocupación que le ofreció Ranma.

Sonrió.

—Y estoy bien, tonto —insistió, aunque se dejó caer hacia atrás, contra su pecho, cuando Ranma le pasó una mano por la cintura y la atrajo hacia sí—. Sana como un toro.

Ranma se tensó, abrazándola con más fuerza. Akane sabía por qué: no hacía mucho tiempo, no era extraño verla levantar muebles de madera maciza contra él. Ya había dejado de hacerlo, pues golpear a tu pareja estaba mal lo mirases por donde lo mirases, por mucho que te frustrase su asombrosa capacidad para insultarte sin querer, pero había seguido entrenando con baldosas de piedra muy pesadas durante años y hasta ahora nunca había protestado. Era normal que no entendiese nada de lo que estaba ocurriendo.

El sonido de un claxon los separó. Seguramente era el conductor del camión, que tenía prisa.

—Ve —dijo Akane, empujándolo con suavidad.

Ranma, a regañadientes, obedeció.

Al final, resultó que un vecino que había estado observando desde su ventana la mudanza se ofreció a ayudarlo. Akane quiso invitarlo a él y a su esposa a comer como agradecimiento, pero el amable señor les aseguró que no era necesario pese a que, con toda seguridad, les había ahorrado algunas horas de trabajo duro.

Cuando hubieron terminado y todos los muebles se encontraban en el interior de su hogar, era ya mediodía y Akane se moría de hambre. El paquete de papas sí la había satisfecho durante el viaje, pero desde entonces había pasado tiempo suficiente como para sentirse ligeramente mareada. Además, había limpiado con intensidad (y éxito) toda la planta de abajo, así que también estaba cansada y adolorida.

Quizás por eso, cuando sonó el timbre, exclamó alegremente:

—¡La comida!

Ranma se rio en voz alta, aunque al notar la mirada ofendida que le lanzó su esposa no tardó en ofrecerse voluntario para recibirla. Akane, que se había sentado en el suelo y no estaba muy segura de tener las fuerzas necesarias para levantarse, asintió complacida con el desarrollo de los acontecimientos.

—Nos han dejado un paquete en la entrada —dijo Ranma cuando regresó con varias bolsas en una mano. En la otra, sostenía una caja de cartón sellada con la cinta oficial del servicio de reparto—. Es de tu hermana —añadió con asombro mal disimulado.

Akane frunció el ceño.

—¿De Kasumi? ¿Por qué no nos lo ha dado al salir de casa?

Ranma se aclaró la garganta.

—De tu otra hermana —aclaró. Eso la hizo levantarse de un salto.

¿De Nabiki? Akane abrió la boca con sorpresa cuando Ranma le pasó el paquete, porque esa hermana suya en particular no hacía regalos. Ni siquiera de cumpleaños o en épocas especiales. Al fin y al cabo, ¿acaso era absolutamente necesario gastar dinero en los demás? Nabiki era de la firme opinión de que no, no lo era, así que Akane no podía sino dudar de su procedencia. Quizás era un obsequio de inauguración de su nuevo hogar que Kasumi había enviado en nombre de las dos, o algo que ella le había obligado a comprar…

Akane abrió la caja y se detuvo en seco cuando sus dedos tocaron la suavidad del algodón. Con cuidado, extrajo un diminuto uwagi blanco (2).

—Pero cómo ha… — maldijo por lo bajo.

Debajo del uwagi encontró el zubon (3) a juego y una carta. Akane guardó rápidamente las ropas en la caja y abrió la carta tan rápido como fue capaz. Estaba escrita a ordenador, porque Nabiki por supuesto que nunca perdería el tiempo en enviar una carta manuscrita, y decía:

«Querida hermanita:

Reconozco que no te creía capaz de faltar a tu palabra. Supongo que los años te han hecho más sabia y has empezado a reconocer el valor de ocultar la verdad hasta el momento más adecuado.

No obstante, tú y yo teníamos un trato desde hace años. Un trato que te cargaste cuando te fugaste y te casaste sin decirle nada a nadie. Como víctima damnificada de esta estafa, he decidido que, a modo de indemnización, venderé toda la información que quiera sobre el heredero del dojo Saotome-Tendo.

¿Podrías hacerle algunas fotografías con lo que te he mandado una vez nazca? Necesito material de calidad. No tengo dudas de que vosotros dos hacéis niños preciosos, y los genes Tendo solo producen especímenes bellos, así que seguro que le quedará todo genial».

Akane sintió cómo le huía la sangre del rostro y tuvo que apoyarse en la pared para no caer redonda al suelo. Ranma, quien la había estado observando por el rabillo del ojo mientras servía la comida, no tardó en levantarse para sujetarla por el hombro para que no perdiera el equilibrio.

—¡¿Qué pasa?! —voceó mientras le arrebataba la pieza de papel de sus manos.

Akane ni siquiera tuvo tiempo de tratar de impedírselo. Antes de que se diera cuenta, Ranma ya había leído por encima el contenido de la carta y la miraba con los ojos muy abiertos cargados de expectación y esperanza.

—Ranma… —intentó decir.

Pero Ranma se le adelantó:

—¿Es verdad? —dijo, acercando una mano a su vientre todavía plano—, ¿estás…?

Por alguna inexplicable razón (que de ahora en adelante Akane bautizaría vagamente como «hormonas») sintió que se le inundaban los ojos de lágrimas y solo pudo asentir. Se le había formado un nudo en la garganta que solo se hizo más grande y pesado cuando Ranma dejó escapar un grito bastante parecido a un aullido y la abrazó.

—Oh, Akane —murmuró Ranma justo antes de besarla.

Akane le devolvió el beso, pero no por mucho tiempo. Antes de que pudiese averiguar sus intenciones, Ranma le rodeó las caderas con las manos y la levantó del suelo.

—¡Cuidado con la comida! —protestó Akane mientras se aferraba con todas sus fuerzas a su cuello cuando empezó a girar.

Aun así, no pudo evitar que se le escapara una risa.

Si no hubiesen estado tan ocupados celebrando, tal vez habrían notado que la carta de Nabiki continuaba:

«Por cierto», decía, con una caricatura de Nabiki haciendo el símbolo de la victoria con una mano, «todo lo de antes era mentira. Kasumi me ha convencido de que debo dejaros a vosotros el honor de anunciar la llegada de mi querido sobrinito. Lo que sí he hecho es enviar un boletín informativo a todas las partes interesadas con la actualización de vuestro estado civil. Aunque me la hayas colado con la boda, Akane, tenía mis derechos sobre esa premisa en particular, ¿no?

Enhorabuena, hermanita».

Claro está, a los recién casados y futuros padres tampoco podría haberles importado menos.


(1): ¿Alguien se acuerda de esa época? Yo era muy pequeña, pero todavía recuerdo los cabreos que se pillama mi hermano mayor cuando mi madre cogía el teléfono y él estaba haciendo "algo importante" en el primer ordenador que tuvo la familia.

(2): Es la chaqueta tipo kimono de los gis.

(3): Estos son los pantalones.


N/A: Hala, aquí está el final. Un aplauso a Megami Akane por atreverse a elucubrar en un comentario sobre el verdadero culpable. ¡Y encima acertar! ¡Feliz año a todos y a todas!

Para mi reviewer invitado:

Teuton: Lamento no cumplir con tus expectativas, pero a mí el epílogo tmb me parece bonito, ¿no?


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