Descendiente
El grupo de tres que eran Diana, Trevor y un atado Ares se dirigió a la cueva donde la amazona había dejado el barco donde la pareja tomó tierra en el mundo mortal. El dios de la guerra había sido atado con el lazo de la verdad y amordazado con una mordaza prestada por un granjero de cerdos en el pueblo que habían protegido. Su vuelta a Ecuestria había sido en un barco militar y en el que el terrestre divino había sido apresado tras escribir a Celestia de la situación, para que poco antes de llegar a Manehattan, los tres embarcaran en un bote y se acercaran a la costa para no levantar sospechas entre los civiles, algo que la princesa quería evitar. Según sus propias palabras, no estaba segura de como reaccionarían sus súbditos ante el conocimiento de que existían los dioses, por lo que esa operación debía ser de máximo secreto.
Diana se acerco a las aguas, que tocaban ligeramente la roca, e invoco a la nave amazona, apareciendo de inmediato. Tras indicar a su hermano que subiera al barco y atarlo al mástil, se acerco a Trevor con una pequeña sonrisa, una que mostraba más tristeza que alegría.
- Pues... esto es un adiós, supongo.
- Aún no entiendo porque no puedes quedarte- dijo Trevor mientras pasaba su casco derecho por la mejilla de la yegua.
- No puedo dejar a mi madre sola en esta situación- Diana miró de reojo a Ares, que estudiaba el barco en el que viajaría durante mucho tiempo.- Además, soy Wonder Mare y la princesa de Temyscira, es mi deber estar ahí.
- En ese caso, espero que podamos volver a vernos algún día.
Ambos ponis se unieron en un profundo beso antes de que Diana se subiera a su barco y empezara a alejarse de la cueva. Trevor siguió la trayectoria de la nave, saliendo de la cueva y empezando a ir por la arena blanca de la playa, observando atentamente la figura de su amada en la embarcación, que se despidió de él efusivamente hasta perderlo de vista. El viaje fue largo y silencioso, y en todo el transcurso de este, la amazona no despegó la vista de Ares, quien tampoco apartó sus ojos de ella. Si no tuviera esa mordaza, estaba segura de que estaría maldiciéndola todo el camino, eso, o intentando convencerla de unirse en contra de su padre.
Después de un día de viaje, el barco entró en la zona de niebla que Diana sabía que significaba que se estaba acercando a su hogar. Al traspasar la cúpula, sintió un sentimiento de nostalgia al ver la isla paradisíaca. Pronto, llegó al muelle, donde habían algunas amazonas ahí, preparándose para alguna excursión naval, y deteniéndose al ver a la princesa de Temyscira volver. Wonder Mare lanzó los amarres al puente de madera, que varias yeguas agarraron y ataron los mismos, asegurando la nave. Tras esto, desató al dios y lo ayudo a bajar, ignorando las miradas extrañadas de las otras, y dirigiéndose a las escaleras que llevarían a la capital.
En poco tiempo, la noticia de su llegada, junto a su compañero, se propagó por toda la ciudad, llegando a oídos de Hipólita. Esta mando de inmediato a varias guardias para escoltarla al castillo de forma inmediata. Unos minutos más tarde, la extraña pareja entró en la sala del trono, y Diana pudo ver a su madre junto a Antiope, ambas mirando con alegría a la yegua, sana y slava, pero alzando la ceja ante la presencia del semental. La amazona se arrodilló frente a las dos, obligando a Ares a hacer lo mismo, antes de hablar.
- Madre, tía, ya estoy aquí. Lamento profundamente no haber hecho caso a su orden de volver de inmediato, pero...
- No tienes de que disculparte, Diana, ya me lo suponía- dijo Hipólita con una sonrisa cansada, haciendo que su hija mostrara otra igual, antes de centrarse en el terrestre.- ¿Quién es tu prisionero?
- Te explicaré los detalles más tarde, pero en resumen, este es mi hermano Ares. Mi padre, Zeus, me mandó traerlo aquí para que fuera su prisión, y si, madre, ya se la historia- dijo Diana observando a Hipólita seriamente.
Está se quedó en silencio, tanto ella, como su hermana. Hipólita observo a su hija durante un buen rato sin decir nada, tratando de asimilar que su hija hubiera descubierto la verdad.
- Diana... yo...
- No pasa nada, madre- interrumpió la amazona con un suspiro.- Tu solo te limitaste a criarme lo mejor posible, es con Zeus con el que tengo un problema.
- ¿Y quién no?- dijo Antiope con una pequeña sonrisa, encogiéndose de hombros al ver la mirada de Hipólita.- ¿Qué? Sabes que tengo razón, ese dios se ha hecho más enemigos que otra cosa, me sorprende que aún esté en el poder.
Hipólita negó con su cabeza antes de hacer un gesto a dos de sus guardias, que apresaron a Ares con cadenas y le llevaron a las mazmorras, a la espera de la construcción de una prisión más adecuada. La reina de las amazonas se acerco a su hija, que había recogido el lazo de la verdad, y le dio un gran abrazo, uno que Diana acepto con gusto. Al separarse, su madre le mostró una sonrisa enorme.
- Me alegra que estés en casa, hija mía.
- Y yo... Si me disculpa, madre, iré a descansar un poco.
Tras asentir, Hipólita vio a su hija abandonar la sala, sintiendo que algo iba mal. Sentía en lo más profundo de su ser que a su hija le pasaba algo.
- No está tan contenta como esperabas, ¿eh?
Hipólita se giro para ver a su hermana acercarse, mirándola con una ceja alzada, antes de centrarse en las puertas que acababa de atarvesar Diana.
- Le pasa algo, lo sé.
- Sospecho que tener que quedarse aquí después de ver el mundo mortal es decepcionante.
- Es algo más... Lo presiento.
Las semanas pasaron lentas para Diana, quien había devuelto los objetos que la señalaban como Wonder Mare. Su madre y tía habían escuchado con interés su historia en el mundo mortal, y pronto, se convirtió en una de las favoritas de las amazonas, hasta estaban preparando una obra de teatro. Pero Hipólita supo ver algo que otras no, su hija se había enamorado del mortal llamado Trevor, y verla sufrir por no estar a su lado era algo que le dolía profundamente. Por mucho que trato de convencer a su hija de que podía ir con su amado, ella insistió en que su deber era estar allí para impedir que Ares se saliera de control, pues sólo un dios podría detener a otro dios. Su entrenamiento volvió a comenzar, sólo que en esta ocasión, fue aún más duro que antes, y la limitación que ejercía la cúpula sobre ella, que la reina amazona había pedido a los dioses para proteger a sus súbditas de la fuerza de un dios al ver lo rápida que se estaba desarrollando su hija en combate, se borro.
Diana se centro en controlar su fuerza y velocidad hasta el punto de no matar a nadie, además de adquirir un estilo de combate más defensivo, evitando así causar daño directo. Cuando se le preguntaba al respecto, la princesa sólo respondía que tuvo suficiente con matar una vez. Con el primer mes en la isla, la amazona empezó a tener un comportamiento un tanto... extraño. No era raro verla combinar distintos tipos de comida distinta, y en más de una ocasión, se quejo a su madre de que no tuvieran helados. Pero cuando empezó a sentir nauseas y, muy de vez en cuando, vómitos, fue cuando Hipólita supo que estaba pasando algo. Ignorando a su hija, que aseguraba que estaba bien, mandó llamar a una experta en medicina, además de ser quien la trato cuando estuvo embarazada en su época, para que examinara a la princesa de Temyscira. Después de dos días, la curandera le dio su veredicto a la reina, que en seguida mandó llamar a su hija a su sala de descanso.
Al llegar, vio a su madre sentada en su sitio, indicando con la mirada que se sentara en el sitio que normalmente ocupaba Antiope, justo frente a ella. Con una ceja alzada, Diana se sentó, tomando y agradeciendo la taza de té que se le ofrecía, tomando un sorbo y esperando a que su madre se decidiera a hablar.
- Dime, Diana, ¿hay algo sobre tu relación con este mortal llamado Trevor que no me hayas dicho?
- No, madre- dijo Diana evitando la mirada.
- No me obligues a traer el lazo de la verdad. ¿Tuviete relaciones de carne con el mortal?
- Si...- dijo Diana tras un largo silencio y un suspiro.- Fue algo del momento, y aunque me digas que no debería haberlo hecho con un mortal yo...
- Me importa poco eso- dijo Hipólita dando un sorbo, confundiendo a Diana.
- ¿Ah, no?
- Diana... Si te lo digo es porque la curandera ya tiene los resultados de su último examen en ti...
- ¿Y...?
Hipólita se quedó en un silencio largo, sin saber como decir lo que quería decir correctamente. Al final, se decidió por lo directo.
- Estas embarazada, Diana.
La amazona se quedó en silencio durante un rato, tratando de analizar la información recién recibida. Mientras lo hacía, su madre habló.
- Se que quieres quedarte aquí, pero yo te recomiendo que vayas con Trevor ahora mismo. Tu tienes la ventaja de tener a un padre que seguro querrá criar a su hija o hijo contigo.
- P... pero Ares...
- Podemos sobrevivir sin ti. Y si te sientes más segura, puedes volver tras dar a luz.
Diana pensó en la oferta de su madre, sopesando los pros y contras, no le gustaba dejar Temyscira sola con el dios de la guerra, pero tampoco le agradaba la idea de no decirle a Trevor la verdad. Al final, tomo una decisión.
Trevor se alejo de las caravanas donde viajaba su familia, de la que se había alejado desde que se alistó en el ejército, y se acerco al mercado del pueblecito de Hollow Shadows. Con el llevaba varias semillas recolectadas, tanto en el Imperio Grifo como en Ecuestria, algo que llevaba tiempo deseando hacer. Pero aún así se sentía un poco vacío, ¿de qué servía hacer tu talento especial sin nadie con quien compartirlo? Eso sin mencionar que tras la guerra, que hacía poco que había acabado, eso parecía poco en comparación. Se acerco a un puesto de verduras dirigido por la especie dominante en el pueblo, los thestrals, demostrando que era un agricultor.
- Buenos días, señor.
- Igualmente- dijo el thestral con una sonrisa.
Trevor agarró una bolsa de semillas de varias verduras exóticas y las dejo sobre el mostrador.
- Me preguntaba si le interesaría adquirir semillas de varias...
- No me interesa, gracias.
- Pero...
- He dicho que no me interesa- esta vez, el thestral se mostró más insistente, dando el mensaje de que no lograría nada.
Con un gruñido, el terrestre agarró las semillas y se acerco a otros puestos. De cinco, sólo logró vender en uno, volviendo con unas ganancias pobres. Mientras se acercaba, escucho la voz de su hermana pequeña y su madre hablando animadamente con alguien, y cuando escucho la tercera voz, se paralizó. Acelerando el paso, se asomo por detrás de una de las caravanas y vio a la causante, una yegua terrestre con un abrigo marrón, pero con una crin negra reconocible en cualquier parte.
- ¿Diana?
La yegua se detuvo y giro la cabeza lentamente, demostrando que, efectivamente, era Diana. Esta sonrió al terrestre antes de acercarse.
- Hola, Trevor.
El semental avanzó para tocar con su casco la mejilla de la yegua, sin creerse que estaba allí realmente. Al confirmarlo, no pudo evitar avanzar para darle un beso que ella acepto con gusto. Al separarse, Trevor observo a su hermana mirarle con picardia, pero por suerte para el, su madre decidió que era un buen momento para dejarles a solas. Una vez así se sentaron alrededor de la pequeña fogata, apagada en ese momento, pues no era muy necesaria.
- ¿Cómo has sabido dónde estoy?
- Fruit Orange- dijo Diana sonriente.- Me dijo que estarías aquí, veo que acertó.
- Ya, le escribí hace dos días diciéndole que vendríamos aquí- comentó Trevor con una pequeña sonrisa.
- No sabía que eras nómada.
- Antes no lo era, pero después de... la muerte de mi hija... y la guerra, decidí acompañar a mi familia. Ahora solo ves a mi madre y mi hermana, pero en dos días llegarán mis tíos, primos, y varios más.
- Estoy deseando conocerles.
Trevor observo curioso la sonrisa inocente de la yegua, sin saber porque había vuelto con el. Se suponía que no volvería por Ares, y sin embargo, ahí estaba.
- ¿Qué pasó, Diana? ¿Por qué estas aquí?
- ¿Por dónde empiezo?
Los rayos del sol tocaron poco a poco el mundo bajo el, iluminando la cara de Diana. La yegua desperto lentamente, mirando el hueco que mostraba el paisaje del mar cercano a Manehattan. Un movimiento a su lado le llamó la atención, y al girarse, dio una sonrisa a la pequeña bolita que era su pequeña hija, una potra verde claro, crin blanca y ojos naranjas, llamada Granny Smith. La potra miró curiosa a su madre antes de darle una de sus sonrisas sin dientes y extender sus pequeños cascos para exigir ser levantada por ella. Reprimiendo una risa, la amazona se sentó y agarró a la niña en sus patas delanteras, acercándola a su pecho.
- Hola, pequeña amazona, ¿qué tal dormiste?- la potra miró con curiosidad a su madre antes de lograr atrapar uno de sus mechones negros y llevárselo a la boca, haciendo reír a la mayor.- Veo que alguien tiene hambre.
La yegua se colocó en una posición cómoda para que su hija pudiera tener acceso a su fuente de leche materna. Mientras la pequeña Granny Smith se alimentaba, Diana quito las cortinas y observo el mar, consciente de que volvería pronto a Temyscira. Hacía una semana que había nacido la potra, por lo que tanto ella como Trevor se separaron del resto de la familia Smith Apple para ir a donde la amazona tenía su barco oculto. Había pensado mucho en eso, tenía que volver, no se sentía cómoda dejando a quien era su hermano, el dios de la guerra, con su pueblo. Además, quería ver si conseguía que le enseñara a usar sus poderes de mejor forma, puede que estuviera encerrado, pero las pocas veces que había ido a verle, parecía haberse calmado.
La sensación de que su hija había dejado de alimentarse y el sonido de un pequeño hipido la sacaron de sus pensamientos. Cuando bajo la vista a donde estaba la potra, la vio alejándose por la cama que compartían en la caravana, decidida a explorar su entorno. Diana sonrió al verla, su pequeña exploradora, y supo que no podía llevarla consigo. Era algo que había estado debatiendo consigo misma, pero sabía que era necesario, su hija no podría vivir en Temyscira para siempre, y cuando se lo comento a Trevor, este estuvo de acuerdo, pero argumento que al menos debería ir con ella algún día en el futuro para conocer sus orígenes. Al fin y al cabo, era la hija de una diosa, si, técnicamente, semidiosa al ser su padre un mortal.
Aún así, la yegua le aseguró que su hija, tal como le explicó su madre, al tener aún menos sangre divina que ella, significa que sólo tendría fuerza, resistencia y una regeneración bastante mayores a la media pero sin llegar a la potencia de un dios completo o la de Diana. Y si sus suposiciones eran correctas, al tener una parte mortal más presente por su estado divino debilitado, envejecería y perdería sus habilidades eventualmente, y si no era así, entonces iría a Temyscira para vivir con su madre, eso, o iría al mundo mortal para estar con ella. Escucho los sonidos de cascos viniendo del exterior, y supo que Trevor había vuelto de la ciudad.
- ¿Cariño, estas ahí?
Diana sonrió cálidamente antes de levantarse, bajar de la cama y coger a su hija con su pata izquierda.
- Vamos, pequeña amazona, tu padre ya llegó.
La pequeña solo dio su sonrisa sin dientes y agarró otro mechón de su madre para llevárselo a la boca, está vez, sólo por tenerlo ahí. Cuando Diana salió de la caravana y bajo al suelo, se encontró a Trevor junto a un unicornio que cargaba con una alforja donde estaba un artefacto extraño.
- ¿Qué es?- dijo Diana mientras se acercaba con una ceja alzada, dando un beso al terrestre antes de volver a centrarse en el extraño aparato.
- Algo que hace poco que han inventado, una cámara de fotos.
- ¿Fotos?
- Imagínese un cuadro- dijo el unicornio sonriendo.- Un cuadro sacado al instante con solo apretar un botón, un instante del tiempo congelado para poder ser recordado cuando quieras.
- Pensé que te gustaría tener un recuerdo de ella- dijo Trevor mientras acariciaba la cabeza de la potra.
Volviéndose a ver a su hija, la verdad de que tendría que irse se hizo aún más real con eso, haciendo que sus lágrimas vinieran a ella. Los tres se colocaron con vistas al mar, y el unicornio preparo todo para hacer dos fotos, una para Trevor, otra para Diana. Al acabar, el terrestre le pago y la pareja le observo marchar, centrándose en las fotos, que el fotógrafo había tenido la amabilidad de enmarcar en un sencillo cuadro de madera. A pesar de que debería haberse ido al mediodía, la yegua no pudo, quedándose hasta bien entrada la noche, momento en el que bajaron a la cueva donde esperaba el barco amazona. Allí, Diana apretó a su hija dormida en su pecho, besándola en su frente y cantaba una nana que le cantó su propia madre cuando ella misma era un bebé.
- S... si tienes algún problema, no dudes en pedirle a la princesa que contacte conmigo, ella sabrá como.
- Por supuesto, cariño.
- Y asegúrate de que sepa que es una amazona y de donde viene.
- Lo haré.
- Si sus habilidades se hacen muy complicadas para controlarlas por ti mismo, pide ayuda a la princesa o a mi, yo...
- Diana, estará bien.
Trevor junto su frente con la de Diana, que tenía sus ojos fuertemente cerrados, dejando ir sus lágrimas. La yegua beso una vez más a su hija, sin querer separarse.
- Te amo, mi pequeña amazona, no lo olvides...
Con dolor en su corazón, le paso a Trevor a la pequeña Granny, dándole luego un gran beso a su amado antes de subir en el barco. Esa noche, ninguno de los dos despegó la vista del otro hasta que se volvieron un punto en su visión.
Al abrir sus ojos, Diana observo las dos imágenes que tenía sobre su mesilla de noche. La primera era la foto de ella, Trevor y su hija, la segunda era un retrato de la princesa de Temyscira y una Granny Smith de seis años, pintada por una de las amazonas más buenas en pintura de la isla el mismo año en el que la pequeña terrestre llegó a la isla. El motivo había sido la Segunda Guerra Grifo, una guerra que estalló por las tensiones generadas por la anterior y la subida al poder de un gobernante grifo bastante extremo, hace ya bastantes años de eso. La amazona había querido participar pero entre que su amado, que había sido asignado como capitán de su propio escuadrón, le había pedido que cuidara de su pequeña y que no estaba segura de que Ares no se escaparía de su prisión gracias a esa guerra, se quedó donde estaba. En los cinco años que duro el conflicto, pudo disfrutar de criar a su hija por ella misma, aunque al principio está la odio por abandonarla, pero tras diez meses con su madre, pudo llegar a entender sus motivos.
Diana se desperezo y se levantó, saliendo de su habitación, llena de imágenes de su hija y unos pocos dibujos hechas por ella en su tiempo en la isla. Hacía ya mucho que se estaba planteando volver al mundo mortal, Ares había demostrado ser totalmente inútil, y las amazonas demostraron ser unas carceleras formidables, hasta habían creado un simulacro de escape usando a su princesa y su fuerza divina como modelo. La yegua ya tenía claro que, si volvía, Granny Smith podría estar o muerta o muy anciana, pero al menos tendría a sus bisnietos, a los que había podido observar gracias al Espejo que Todo lo Ve, espejo regalado por el mago de la Roca de la Eternidad hace unos sesenta años.
Este no sólo les permitía a las amazonas ver el mundo exterior, sino que les avisaba de si algo entraba o salía de la cúpula. Diana fue al comedor donde comía con su madre y tía, extrañándose al no verlas ahí. Curiosa, cogió una única manzana de la bandeja de frutas y camino a la llamada como la sala de observación, donde encontró a Hipólita y Antiope, observando el espejo. Este estaba tras unos cuantos escalones, en medio de una habitación circular y con una cúpula con un agujero en el centro por el que se colaba la luz del sol. La amazona se acerco y se sentó junto a su madre, observando el espejo.
- ¿Algo interesante?
- Solo estamos viendo los cambios en el mundo mortal, y buenos días- dijo Hipólita sin apartar la vista del espejo.
Este mostraba un suceso de hacía dos días, una unicornio vestida con un traje verde y con la aparente habilidad de crear lo que quisiera con un anillo, luchando con seres de otros mundos contra un ser oscuro. La imagen cambió a una del día anterior, una tienda siendo atracada por cuatro ponis, hasta que un borrón azul y con rayos arcoíris entró, ato a todos los ladrones, y se llevó una lata de sidra tras dejar el dinero en el mostrador. Un nuevo cambio, esta vez sucediendo en ese mismo momento, y Diana pudo ver a Celestia sentada en una mesa junto a un montón de escombros de piedra, y a su lado otra alicornio más pequeña, de pelaje naranja y crin morada, teniendo el traje que la señalaba como la nueva campeona de la magia, que cerró sus ojos e iluminó su cuerno, envolviendo las rocas y reconstruyendo una estatua que representaba a un poni unicornio encabritado sobre sus patas traseras.
La imagen volvió a cambiar a un suceso de esa mañana y mostró la base de una grúa sufriendo un fallo eléctrico y explotando, haciendo que la gran estructura empezara a caer sobre la calle de una gran ciudad. En cuestión de segundos, un borrón rojo y azul apareció, colocándose bajo la estructura y mostrándose como una yegua terrestre con un traje azul, capa y botas rojas con una "S" en su pecho del mismo color que la capa, colocando la grúa suavemente en el suelo, algo que sorprendió a Diana, pues que ella supiera, solo los dioses podían volar en una forma terrestre y poseer una fuerza abrumadora.
La escena fue sustituida por tres criminales en un almacén, en la noche anterior, por lo que estaban a oscuras, acercándose a una puerta. No obstante, el más alejado fue arrastrado a la oscuridad con un grito, alertando a los otros, que se pusieron nerviosos, y las amazonas vieron el terror puro en sus ojos. Un proyectil con la forma de un murciélago salió de las sombras y se clavó en el casco del segundo poni, haciéndole tirar su arma. Un minuto después, algo salió de las alturas y se llevó al tercer poni, dejando al desarmado solo. Poco después, cuando consiguió coger el arma nuevamente, una figura, de la que Diana solo distinguió dos orejas puntiagudas y ojos blancos, aterrizó tras el, preparándose para el combate. La imagen desapareció y volvió a ser un espejo normal y corriente, dejando a la yegua un poco confundida. ¿Quiénes eran esos mortales? Tenía que admitir que ya no observaba mucho el mundo mortal más allá de un rápido vistazo a su hija y sus bisnietos, por lo que no sabía cómo estaba llendo exactamente y desconocía por completo la existencia de estos ponis con esas habilidades.
- Antiope- dijo Hipólita, sacando a Diana de sus pensamientos.- Que corra la voz, hay que preparar un nuevo torneo para elegir a una nueva Wonder Mare.
- Por supuesto.
La yegua salió de allí, dejando a madre e hija solas, está última mirando a Hipólita con una ceja alzada en curiosidad.
- ¿Madre?
- ¿Qué? El mundo mortal está cambiando, y con eso, creo que es hora de abrirnos al mundo.
- Entonces yo...
- Diana, por mucho que seas la mejor, es tradición hacer el torneo. Ahora sal de aquí y prepárate- dijo guiñando un ojo a su hija.
Con una sonrisa y un abrazo, Diana salió de allí, dispuesta a prepararse para un nuevo torneo.
