Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time

Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1

Notas: ¡Hola a todxs! ¿Cómo se presenta vuestra semana? Ha habido un pequeño percance con Fanfiction (ya es la 2a vez que me la lían con las actualizaciones) y no he podido publicar el capítulo hasta ahora. Dejé en las reviews formas alternativas de encontrar la historia, ya que también la publico en Wattpad y Archive of Our Own. Si buscáis por mi nombre o por el nombre del fic, seguro que la encontráis ;). Siento la demora y, como siempre, muchísimas gracias a todxs por leerme y dejarme vuestras opiniones.


CAPÍTULO 12

Mano firme

El pasillo no tenía fin. Ella corría, jadeante, mientras dejaba atrás decenas de habitaciones sin llegar a ver aún el final de su camino. Todas las paredes eran iguales, todas las puertas estaban pintadas del mismo blanco mortecino que tanto aborrecía y todas las luces centelleaban a su paso. Olía a plástico y a químicos, una combinación que acentuaba aún más las náuseas que ya de por sí estaba sintiendo.

Odiaba los hospitales y, por algún capricho del destino, su suerte había querido que no dejara de visitarlos. Primero Henry y ahora ella. Apretó los carrillos, furiosa consigo misma por no haberla cuidado mejor. No debería haberla dejado sola. Aún sentía escalofríos al recordar la llamada que había recibido del Hospital de Coney Island: Emma había sido ingresada en urgencias tras un desmayo del que aún no sabían decirle la causa. «¿Y si los análisis de sangre se equivocan y ha heredado la enfermedad de Henry?», el corazón le dio un vuelco. No podría soportarlo.

Alcanzó la puerta 215 y se detuvo para coger algo de aire. Las manos le temblaban, sujetas a los marcos de madera de la entrada. Sam y Nigel la alcanzaron en cuestión de segundos. Al contrario que en el Hospital de Massachusetts, en esta ocasión se negaron a dejarla sola. Tampoco podía reprochárselo, ya que no estaban al tanto de los protocolos de seguridad de ese edificio y ellos sólo estaban cumpliendo con su deber: mantenerla a salvo.

—¿Quiénes sois? —oyó preguntar a una voz a sus espaldas.

Regina se ladeó de inmediato, encontrándose con un joven de no más de treinta años que sostenía un vaso de plástico con algún tipo de bebida caliente que no dejaba de humear. Era bastante alto, casi tanto como Sam, y muy apuesto. Atributos que, sin embargo, pasó por alto en cuanto vio cómo su mirada viajaba de ellos a la puerta de la habitación en la que se encontraba Emma. Arqueó las cejas, intrigada.

—¿Y quién eres tú? —le inquirió.

Él parpadeó, como si su pregunta hubiera sido de lo más absurda.

—Soy Graham, su novio —respondió. Ella frunció aún más el ceño, repasándole con la mirada—. Tú debes ser la casera, Regina Mills. Emma me ha hablado de ti —aclaró, el tono glacial—. Y estos dos hombretones imagino que vienen contigo, ¿no? Pues los tres podéis marcharos, yo me encargo.

La morena se echó a reír ante la ocurrencia. Aquella situación la superaba, ya que ni por un segundo había podido imaginar algo así. ¿Emma tenía pareja? No es que dudara del encanto de la rubia para atraer a terceras personas, pues ella misma también había caído rendida nada más verla, pero… todo le parecía extraño. Por lo poco que la conocía (y lo mucho que había investigado sobre ella los días previos a encontrarla), sabía que le gustaba estar sola o más bien que prefería confiar sólo en sí misma.

¿Qué la había empujado a cambiar de opinión? ¿Desde cuándo estaba con ese chico? Y lo más acuciante: ¿por qué no se lo había dicho? Se mordió el labio, incapaz de calmar la inquietud que le correteaba por el estómago. Quería respuestas. No, más bien las necesitaba casi tanto como el propio aire, pues sentía que la incertidumbre la estaba ahogando. Si Emma estaba enamorada de ese hombre, si un día decidiera alejarse de ella… ¿qué haría? No podía retenerla para siempre con mentiras. El corazón se le estremeció y un sudor frío le recorrió la espalda.

Sin embargo, no iba a dejar que ese patán la desestabilizara más de la cuenta. Hizo acopio de todas sus fuerzas y sonrió, desafiante.

—Me alegra saber que Emma ya te ha hablado de mí. Es una lástima que no pueda decir lo mismo: Tu nombre no ha aparecido nunca en nuestras conversaciones. Curioso, ¿verdad? Me pregunto por qué será… Puede que ni le diera importancia —resolvió, la mirada firme y los brazos cruzados. Él tensó los hombros.

—Eso es algo que le compete a ella.

—Y que tendrás tiempo de preguntarle en otro momento, me temo. Ahora decías que ya te ibas, ¿verdad? —le preguntó.

Graham no tuvo tiempo de responder ante el avance de Sam y Nigel. Los dos guardaespaldas dieron un par de pasos hacia delante, acercándose al joven. Ambos permanecieron hieráticos junto a Regina, ejerciendo el tipo de presión silenciosa por la que a la morena le gustaba tanto tenerlos cerca.

—¿Esto es en serio? Increíble… —renegó el castaño, arrugando el labio.

—Le diré «adiós» de tu parte —continuó ella, ignorándole—. Ha sido un placer conocerte, Gregory.

—Graham —la corrigió él.

—Como decía antes, dudo que tu nombre importe demasiado —zanjó la morena, dándose la vuelta dirección a la puerta—. No dejéis que nadie salvo el personal médico entre, ¿de acuerdo?

Sus dos hombres asintieron y Graham estalló en una risotada. Regina se ladeó, aún más furiosa que antes. Aquel muchacho la sacaba de quicio. Si no fuera quien era, probablemente habría pedido que le dieran una paliza. «Respira, cálmate», se dijo, intentando conservar esa apariencia asertiva. Necesitaba un maldito cigarrillo.

—Veo que no estaba equivocado respecto a ti y tu familia. Me alegra haber avisado a Emma y que haya abierto los ojos —expuso él, los ojos brillantes de determinación—. Buena suerte ahí dentro, signora.

Tras una breve inclinación de cabeza a modo de despedida, el joven echó a andar pasillo abajo en dirección a la salida. Sus palabras, no obstante, se clavaron en lo más profundo de la mente de Regina. ¿Había avisado a Emma? ¿Sobre qué? «Es imposible que lo haya averiguado, ¿verdad?», sintió un escalofrío y se volvió hacia la puerta. Tenía la mano en el pomo y su sudor hacía que el metal se le antojara resbaladizo. Tragó saliva y tiró de él, abriéndose paso al interior.

La sala tenía una iluminación tenue, proveniente de las dos barras fluorescentes que había sobre el cabezal de la cama. Un cuarto lleno de claroscuros en el que el mayor brillo lo encontraba en los ojos aguamarina de aquella muchacha. Emma estaba sentada, recostando la espalda sobre la almohada (que hacía las veces de cojín), mirándola en silencio. No parecía sorprendida, tampoco enfadada. ¿Desilusionada, quizás? Tenía el rostro pálido, en contraste con sus mejillas sonrosadas, y el cabello suelto y revuelto. Regina no sabía decir por qué, pero el mero hecho de tenerla delante ya calmaba su ansiedad.

—¿Cómo te encuentras?

—¿Dónde está Graham? —quiso saber ella, obviando su pregunta.

La morena tensó los carrillos, pero se forzó a sonreír y se sentó a los pies de la cama, doblando su chaqueta y dejándola a un lado.

—¿Quién? —cuestionó.

—Graham. Debes haberle visto al entrar, no hagas preguntas estúpidas —renegó la rubia.

—¡Ah, vaya! Así que ahora existe un tal Graham —dijo, fingiendo sorpresa—. ¿Cuándo pensabas contarme que estás saliendo con alguien?

—¿Es que acaso tengo la obligación de hacerlo? Te debo dinero, Regina, pero no mi vida —repuso, mirada y rostro firmes.

Las palabras la abandonaron, al igual que lo hizo su aliento. Aquella muchacha la estaba presionando demasiado, desafiándola hasta unos extremos que pocas personas habían cruzado. La rabia que había tenido que tragarse después del encuentro con Graham, la incertidumbre de no saber en qué demonios pensaba esa cría y el ardiente deseo que se abría paso en su vientre cada vez que intentaba ponerla contra las cuerdas iban a hacer que le estallara la cabeza. No podía dejar de mirarla, como si una fuerza magnética la arrastrara al abismo de sus labios.

Se deslizó por el colchón hasta quedarse a escasos centímetros de ella y apoyó la palma de la mano derecha sobre la pared, la izquierda aún sobre las sábanas. No tenía del todo claro lo que estaba haciendo, ya que (privada de su juicio) estaba siguiendo únicamente sus impulsos. Por su parte, Emma continuó en su sitio, aquella vez sin moverse ni un ápice. Tampoco había atisbo alguno de sonrojo en su rostro.

Estaba provocándola a conciencia y aunque la morena creyera tener el control de la situación, muy a su pesar sabía que no era así. Buscó algún atisbo de duda en la mirada de Emma, pero a medida que se perdía en el mar de sus ojos, más ardía en deseos de besarla. La rubia intentaba controlar la respiración en vano, podía verlo en el rápido vaivén de su pecho. Quería devorarla, hacerla suya hasta que su nombre fuera lo único que escapara de sus labios. Parpadeó, consciente de lo seca que tenía la boca y del palpitar de todo su cuerpo. «Basta, ya no eres una niña», se recriminó mientras apartaba la mano y echaba el cuerpo hacia atrás.

—No me debes la vida, está claro —dijo, recobrando la serenidad—, pero pensé que al menos podríamos ser sinceras la una con la otra.

—Tiene gracia que precisamente tú me digas algo así...

Regina arqueó la ceja y ella suspiró. Estaba claro que había algo que se le escapaba. Me alegra haber avisado a Emma y que haya abierto los ojos. Las palabras de Graham volvieron a ella y el temor le sacudió los huesos. El deseo le había nublado la razón y había olvidado la implicación de esa frase. Cogió aire y escondió sus temores tras una amplia sonrisa.

—¿Por qué dices eso?

—¿No tienes nada que decirme? —insistió la rubia.

El pánico se había adueñado de sus dedos, así que retrayó las manos y las entrelazó para disimular el temblor. ¿Podía ser posible que la rubia supiera acerca de Henry? ¿Qué le diría él al saber que le había fallado? Y todo ello por no haber tenido más cuidado, por haber dado demasiada libertad a aquella cría curiosa.

Definitivamente necesitaba fumar, pero encontrarse en un endemoniado hospital no ayudaba. Se mordió el labio en aras de atenuar su frustración y volvió a sonreír.

—No sé a qué te refieres, Emma... ¿qué se supone que debo decirte?

—Pues podrías empezar por contarme a qué te dedicas. Es decir, lo que sea que hagáis en la empresa en la que trabajas —exigió la rubia. Regina la miró, sorprendida. No era la respuesta que esperaba.

—¿No lo has buscado en internet? Quiero decir… Toda la información es pública, tengo hasta página en Wikipedia —respondió, las cejas enarcadas.

—Si quisiera saber eso ya lo habría leído. Quiero que me hables de lo que realmente hacéis, no aquello que fingís hacer —aclaró.

La morena empezaba a estar de lo más confusa. Por un lado, sentía cierto alivio, pues fuera lo que fuera lo que sabía Emma, no parecía tener relación con Henry. Sin embargo, no podía evitar sentir cierta inquietud. Era como si algo se le estuviera escapando de las manos, escurriéndose entre sus dedos.

—Creo que acabaremos antes si me cuentas qué es lo que tú crees que hacemos —propuso, cruzándose de piernas—. Así que adelante, soy toda oídos.

—Está bien —murmuró ella, irguiendo la espalda—. Me he enterado de dónde proviene tu fortuna, el dinero de los Mills. Dicen que está manchado de sangre, que realmente hacéis negocios en los bajos fondos, que traficáis con armas, drogas… ¿Regina, es eso verdad?

Quiso reír para restarle importancia, pero el brillo acuoso en la mirada de Emma la disuadió de hacerlo. Aquella cría estaba hablando muy en serio y ella se jugaba el puesto a que la persona que le había llenado la cabeza de esas ideas incendiarias había sido Graham. Cerró los párpados y se frotó las sienes con la yema de los dedos. Puede que no fuera un mal momento para empezar a sincerarse en algo. Abrió los ojos y suspiró.

—Como veo que es un tema que te preocupa, te daré la respuesta corta primero: Ni el señor Mills ni yo hemos hecho algo semejante. Jamás.

Al segundo de oírla, Emma se dejó caer en el colchón. Toda la tensión que parecía haber acumulado se había empezado a disipar e incluso su rostro parecía haberse suavizado.

—Sin embargo (y como decía), esa es sólo la respuesta corta —se apresuró a aclarar. Los ojos de la rubia la cuestionaron en silencio—. La verdad trasciende mucho más allá de un mero «sí» o «no». Lo cierto es que se trata de una historia algo larga de contar… Y muy personal, cabe decir. Nunca he hablado con nadie de esto —sus nervios se tornaron en una risilla entrecortada—. ¡Agh! Dios mío, cómo me gustaría poder fumar ahora mismo...

—Estamos en un hospital.

—Sigues siendo muy observadora —bromeó—. Lo sé, lo sé, «no es momento para bromas». Aunque tampoco necesitas asesinarme con la mirada para hacérmelo entender —añadió, risueña—. En fin, entiendo que, para esperar tu sinceridad, debo dártela yo también a cambio. ¿Puedo contar con que esperarás a que termine el relato antes de juzgar o decidir algo por tu cuenta?

Emma asintió, volviendo a incorporarse con lentitud. Ella le sonrió, agradecida y carraspeó un par de veces. Por más que repasaba mentalmente cómo empezar a explicarle su verdad, no daba con la fórmula correcta de hacerlo. «Esto es más difícil de lo que pensaba», resopló.

—Comencemos por lo básico: La empresa para la que trabajo, Big Data Enterprise, ¿sabes a lo que se dedica? —aguardó unos instantes, pero tras la nula respuesta de la rubia se decidió por continuar—. Somos una compañía que recopila y aprovecha los datos de cientos de millones de personas con distintos fines. El más común es el comercial, aunque también hemos recibido ofertas del gobierno para emplear nuestro software, Miracle, en distintos usos militares que no estoy autorizada a revelar. La cuestión es que procesamos, sintetizamos y tratamos la información convirtiéndola en pequeñas píldoras digeribles para el entendimiento de nuestros clientes. Eso es lo que hacemos —hizo una breve pausa y cogió aire—. Ahora voy a hablarte de la jerarquía y los orígenes de la empresa.

»Originalmente la empresa se llamaba D&M Associated y tenía dos socios: El genio tras la idea de Miracle, Henry Mills, y aquel al que podríamos llamar su mecenas, Anthony Dawson. Ambos fueron los fundadores de la compañía y mientras que Henry se encargó de la parte de I+D, Anthony se hizo con el control ejecutivo y financiero. Lo que empezó siendo algo pequeño, creció con una rapidez pasmosa y en cuestión de dos años la empresa salió a bolsa consiguiendo resultados increíbles. Henry y Anthony continuaron siendo los accionistas mayoritarios y, como tal, tenían plena potestad en las decisiones de la compañía. No obstante, con el paso del tiempo Henry empezó a sospechar que la ambición de su socio estaba llevándole por mal camino…

Regina se detuvo, cerrando los ojos. La cabeza le dolía y no dejaba de oír un pitido en el interior de sus oídos. Sabía lo que venía después. Volvería a su infancia, pero al contrario que cuando cocinaba, su mente no viajaría a un lugar agradable. No habría ni rastro de aromas o palabras cándidas, no. Volvería al frío de aquella noche, al rostro de horror de su madre, a ver cómo la luz se apagaba en su mirada.

Sintió una súbita calidez sobre su mano y al abrir los párpados se encontró con los ojos de Emma. Estaba sujetándola con suavidad, entrelazando los dedos con los suyos.

—Estoy aquí, ¿vale?

[...]

El frío aire invernal heló las ventanillas del automóvil en el que viajaba. No podía ver nada del exterior, sólo una brumosa capa de escarcha blanquecina. Henry se encontraba en el asiento trasero de un aparatoso Fiat 500, recorriendo las calles de Roma. Llevaba meses siguiendo la pista de los negocios ilegales de su socio, pero no había logrado dar con ninguna prueba concluyente que confirmara sus sospechas. Aún y así, tenía claro que Anthony se había desviado del modelo de negocio inicial y le llegaban voces sobre sus trapicheos en los bajos fondos. No sabía cómo había conseguido burlar el cortafuegos que él mismo instaló en el programa, pero su socio había empezado a emplear la información recopilada por Miracle en la compraventa de armamento e incluso de ciertas sustancias tóxicas. «Debí ser más cuidadoso», se maldijo, cerrando el puño.

Él había cruzado el atlántico en busca de esas pruebas. Sus contactos habían dado con una informante que estaba dispuesta a testificar acerca de la verdadera naturaleza de la delegación europea de D&M Associated, hasta el momento en manos de Anthony. La mujer tenía varios archivos con los que sustentar su testimonio: fotografías e incluso videos de las fábricas y almacenes que su socio dirigía a sus espaldas y desde donde se distribuía toda esa mercancía en negro.

El coche se detuvo a un lado de una avenida empedrada, en una de las calles más pobres de la capital. Habían llegado a su destino. Henry bajó del automóvil junto a sus dos guardaespaldas, abrochándose el largo chaquetón para resguardarse del frío, y sus ojos tantearon los alrededores hasta que dio con algo que le llamó la atención. Había una niña pequeña, de no más de cinco o seis años, acurrucada en el suelo junto a la entrada del apartamento que ellos habían venido a ver. Estaba hecha un ovillo y las piernas le tiritaban. Henry se agachó junto a ella, deshaciéndose de su chaqueta y envolviéndole el cuerpo con ella. ¿Qué hacía una cría sola en la calle? En cuanto sus ojos advirtieron que la entrada del domicilio estaba abierta, sintió un escalofrío.

—James, ve en busca de una taza de caldo caliente y varias mantas. Carlo, tú quédate con la niña —ordenó. Los dos hombres asintieron y el mayor salió corriendo calle abajo—. Yo vuelvo enseguida.

Se incorporó con lentitud y avanzó hacia el umbral de la puerta, adentrándose en el edificio. El pasillo de la entrada era estrecho y las paredes estaban cubiertas de un papel pintado bastante desgastado. Avanzó hacia el salón, seguido por el crujido de sus pisadas sobre la anticuada madera, y dio un ligero empujón a la puerta. Cuando la estancia quedó a la vista, también lo hizo el horror que la acompañaba.

Henry se llevó la mano al pecho, reculando hasta que su espalda chocó con la pared del lateral derecho del pasillo. Las piernas le flaquearon y cayó al suelo. Tenía la respiración disparada y el pulso le alcanzaba un ritmo desorbitado.

Tendidos sobre una moqueta empantanada en sangre yacían un hombre y una mujer, ambos con varios disparos en el cuerpo. Los dos tenían los ojos abiertos y parecían contemplarle, juzgándole en silencio. Era como si sus almas permanecieran allí sólo para hacerle saber que aquel crimen pesaba sobre su conciencia. Él había sido quien, a través de intermediarios, había presionado a la muchacha para hablar, para revelar la información de la que disponía. Y ella había accedido con la condición de entregársela personalmente.

Era tan joven… y tan hermosa. No pudo evitar ver el rostro de Nora en ella. Las dos mujeres tenían una complexión y edad similares, pero a diferencia de la pobre joven que tenía delante, Nora seguía viva. ¿Qué habría sido de él si le hubiera ocurrido algo? ¿Si se encontrara en una situación parecida a la de aquella niña a la que le habían privado del amor de sus padres? ¿Cómo se podía justificar un horror así? ¿Cómo podía vivir Anthony con una carga semejante?

Las náuseas le subieron por la tráquea y se hizo a un lado, vomitando en una esquina del pasillo.

—¡Señor Mills! —la voz de Carlo le llamó desde el exterior—. ¡¿Se encuentra bien?!

Henry se incorporó, tambaleante, las manos trepando por la pared hasta que logró erguirse por completo. Aún se sentía mareado y con la cabeza a punto de estallar, pero consiguió salir del apartamento.

—Carlo, ve adentro y avisa a la policía —inquirió.

El hombre salió corriendo hacia el interior del piso y él se quedó a solas con una niña a la que no era capaz ni de mirar a la cara. Sentía demasiada vergüenza, demasiada culpabilidad. «Soy un monstruo, el culpable de su sufrimiento, yo soy...».

—Dov'è la mia mamma? —le preguntó la pequeña, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.

El corazón le dio un vuelco y se forzó a tragar saliva. No podía esconderse, tenía que hacer frente a sus responsabilidades.

—Lo lamento muchísimo. Verás, y-yo... —se mordió el labio y apretó los puños. Ni siquiera era capaz de darle el pésame como era debido.

La niña le miró y se acercó a él, sujetándole de las manos. No pudo evitar echarse a llorar cuando aquellos diminutos dedos se enroscaron con los suyos. Había fracasado y una familia más sufriría las consecuencias. El estómago le dolía casi tanto como el pecho y la sensación de náusea le asfixiaba. ¿Cuántos errores más debía seguir cometiendo? ¿Cuándo podría parar toda aquella debacle?

«Al menos no dejaré que esta niña siga sufriendo», pensó, poniéndose en cuclillas para después alzarla en brazos. Carlo regresó del interior del apartamento con el rostro totalmente descompuesto. Sus ojos viajaron de la pequeña a él y tensó inmediatamente los carrillos.

—Hemos llegado tarde...

—Creo que no está todo perdido, señor —dijo, acercándose a ambos, y en un tono más comedido, continuó—. La pequeña me ha contado que su madre le hizo esconder un «pequeño aparato» metálico. Dice que era algo muy importante para ella y que sólo debía dárselo al «hombre americano».

—¿Dónde está? ¿Puedes preguntárselo?

Carlo asintió y se forzó a sonreír antes de dirigirse a la pequeña. Ella les observaba a ambos con unos ojos tan inexpresivos que le helaban la sangre. Oscuros como la noche que se cernía sobre las calles de Roma y sin un ápice de inocencia. Eran los ojos de alguien que había visto demasiado.

—Regina, puoi dirci dove hai nascosto il dispositivo? —formuló el guardaespaldas, atendiendo a su petición.

La niña asintió, subiéndose levemente la camiseta y sacando un disquete que había ocultado, sujeto a sus pantalones. Se lo ofreció sin dilación y Henry lo aceptó de inmediato, guardándolo en el interior del bolsillo de su camisa. Si aquel aparato contenía lo que creía que contenía, Carlo tenía razón: Aún había esperanza.

—Te llamas Regina, ¿verdad? —preguntó, apartándole un par de mechones que le caían por la frente—. Sé que no me entiendes, pero ni te imaginas cuan agradecido estoy por tu valentía y lo mucho que lamento el dolor que cargas sobre esos pequeños hombros… No puedo hacer nada para borrar lo ocurrido, pero te prometo una cosa: Desde este día y para siempre, no dejaré que vuelva a ocurrirte nada malo.

[...]

Regina terminó el relato y el silencio se adueñó de la habitación. Sentía las mejillas secas, la piel irritada por la sal de las lágrimas que no había podido reprimir, y el calor de la mano de Emma sobre la suya. La rubia no se había despegado de ella ni un segundo.

—Gracias al disquete de mi madre, Henry pudo exponer los trapos sucios de Anthony y poner fin a todas sus actividades. Me consuela pensar que al menos ni ella ni mi padre murieron en vano

—No sé qué decir... —admitió Emma en un hilo de voz.

—Me imagino. Sé que todo esto puede abrumar y que el daño ya está hecho, eso es innegable, pero también puedo asegurarte que Henry ha dedicado su vida a intentar enmendarlo. Desde la fundación Mills de ayuda para personas desfavorecidas, hasta el programa de becas para jóvenes y las subvenciones a centros de desintoxicación. Por suerte, toda esa información sí que está disponible al público por si quieres saber más —forzó una risilla, intentando enmascarar el dolor que aún le agrietaba la garganta.

—No lo decía por eso. Dios mío, soy horrible… Siento haberte hecho recordar algo así, soy una estúpida, y-yo… de verdad que lo siento —gimoteó Emma, los ojos anegados.

La morena suspiró, viéndola enjuagar las lágrimas con el borde de sus mangas, y se acercó a ella. No sabía si aquello era lo acertado o no, pero sí que sentía que necesitaba hacerlo. Extendió los brazos, envolviéndola por completo en un abrazo. Emma se aferró a ella con fuerza, hundiendo los dedos en su espalda y escondiendo el rostro en su hombro. La calidez de su cuerpo la hacía sentir extrañamente en paz y a la vez extremadamente vulnerable.

Ambas se apretaron contra la otra hasta el punto en el que olvidaron el dolor que provocaba sus lágrimas. Así que Regina se dejó llevar, llorando todo lo que había callado durante años.


¿Qué os ha parecido el capítulo?

¿Cómo creéis que influirá esta revelación en la relación de Emma y Regina?

¡Nos leemos!