9. Como los granos, siempre escoge el peor momento para aparecer
—¿Crees que Shikamaru me seguirá queriendo si me cargo a tu padre? De hecho, tal y como se ha comportado últimamente, incluso puede que me quisiera más.
El rostro de Temari ni siquiera se inmuta mientras contempla el asesinato de mi padre.
—Sí —responde Ino, muy seria—, no hay nada más romántico que un homicidio, sobre todo si la víctima es el padre de tu media naranja.
—Cierra el pico, listilla, que lo digo en serio. Si no hay padre, no hay drama; si no hay drama, mi mejor amiga y mi novio son felices. No le veo la parte negativa.
—¿Qué te parecen unas esposas? ¿O la condena en la cárcel y la posibilidad de que Maureen la Maltratadora se te ponga juguetona?
—Maureen la Bientratadora en este caso, pero sigue, sigue —le digo a Ino—. Se agradece cualquier aportación porque al final me parecerá hasta bien que Temari se cargue a mi padre.
La vuelta a casa de la que tantas ganas tenía se ha convertido en un encierro forzoso para evitar las miradas curiosas, por decirlo de una forma amable. Agradezco el respiro, la verdad, pero creo que la claustrofobia no me sienta bien.
Prueba A: quiero que una de mis mejores amigas elimine a mi padre.
Bueno, tampoco lo quiero muerto, pero quizá un intento fallido le abriría los ojos y se daría cuenta de que debe tomar decisiones más responsables y, quién sabe, quizá no volver a relacionarse con mujeres con profesiones de dudosa honorabilidad.
—Sakura... —Ino se tira en la cama, a mi lado, y por un momento pierdo de vista el punto exacto del techo que llevo mirando fijamente desde hace al menos treinta minutos. ¿Lo ves? Claustrofobia—. Sabes que lo siente y sé que lo sabes porque el pobre hombre ha hecho de todo para que lo supieras. Te ha dicho que eso fue hace años y que no esperaba que se hiciera público de la forma que ha ocurrido. Está avergonzado y más que preparado para pedir disculpas públicamente, y...
—Ya lo sé, estaba presente cuando soltó el discursito, ¿recuerdas? Eso no cambia el hecho de que yo no pueda entrar en el supermercado del pueblo sin que la gente me mire como si les fuera a contagiar el mal de la promiscuidad sexual con solo respirar en su dirección.
A Temari se le escapa la risa.
—Solo te has acostado con un tío, bonita, no creo que hayas heredado el gen de la promiscuidad.
—Sí, ese se lo llevó mi hermano. —De pronto, soy consciente de lo que acabo de decir; me tapo la boca con la mano y me incorporo de un salto—. Lo siento mucho, no pretendía decir eso.
Juraría que Temari se ha puesto un par de tonos más pálida. Me mira desde la silla de mi escritorio y se encoge de hombros, decidida a ocultar el daño que le haya podido hacer con mi comentario.
—No pasa nada, eso quiere decir que hacemos buena pareja.
Quizá debería preguntarle a Shikamaru si las cosas van bien entre ellos.
—Pero retomando lo de tu padre, no me puedo creer que la señora Uchiha te haya retirado la invitación así, sin más. Al fin y al cabo, lo sabe casi todo de tu familia, tendría que haberte mantenido al margen.
Sé que debería controlar la tendencia de Temari a hacer de mamá oso antes de que ataque a la mujer del sheriff, pero por un momento me gusta saber que hay alguien dispuesto a enfadarse tanto por mí. Sé que es infantil por mi parte, pero también es la confirmación de que lo que me está pasando no es justo y que ya hace demasiado tiempo que vivo a la sombra de los actos de mis padres.
—Ya te he dicho que me ha llamado y me ha pedido perdón mil veces. No es culpa suya, la junta de directores no quiere arriesgarse a que haya mala prensa y yo tampoco quiero arruinarles la noche. Es por una buena causa, me daría algo si hubiera alguna escenita por mi culpa.
—Claro, cómo se nos ocurre pensar que podemos salir como la gente normal y pasárnoslo bien sin que la gente del pueblo nos señale con sus antorchas —replica Temari, y se le escapa la risa.
De pronto, me doy cuenta de que esto le afecta tanto como a mí. Seguramente a mi hermano también le han retirado la invitación, como parte del veto general a la familia Haruno, lo cual significa que ella tampoco podrá asistir a la gala en calidad de acompañante. Me siento increíblemente egoísta por lloriquear durante horas por mis propios problemas sin tener presente en ningún momento que Temari se siente igual de mal que yo.
—Vaya, pues yo por una vez me alegro de no ir. Sai tampoco iba a llegar a tiempo y no tiene sentido ir si vosotras no vais a estar. ¿Sabéis qué? ¡Que les den! Se pueden meter la gala, el cáterin y las bebidas sabor a vómito por donde les quepan. No los necesitamos para nada.
Creo que es el discurso más incendiario que le he oído jamás a la modosita de Ino, así que decido no interrumpir su momento. Ahora mismo, bienvenido sea todo cuanto podamos decir para convencernos, aunque sé que al final del día me sentiré igual de humillada.
La cosa es peor aún porque, no sé cómo, pero he conseguido convencer a Itachi para que vaya. Sí, se ha resistido, y sí, he necesitado recurrir a alguna que otra pataleta, pero sé que, después de lo mucho que ha trabajado, para Mikoto es importante reunir a toda su familia y yo me niego a ser la mala de la película. Tampoco sería feliz sabiendo que Itachi está encerrado en casa como yo. Al fin y al cabo, es solo una noche y, la verdad, tampoco será para tanto.
O eso creo.
—Menos mal, ya habéis dejado de compadeceros de vosotras mismas. ¿Os apetece una pizza? —Hina entra en la habitación como la descarga brutal de energía que es, cargando con dos cajas en una mano y una bolsa en la otra. Cierra la puerta con el talón y susurra con aire conspirador—: ¿Crees que tu padre lo habrá oído? Ha sido un portazo tipo «estoy cabreada, odio al mundo y me apetece matar cachorritos». Es la mejor estrategia para sacarles favores a los padres. En serio, espero que lo haya oído. —Deja el botín encima de mi mesa, bajo la atenta mirada de las tres, y empieza a repartir platos de papel—. Como lleváis todo el día lloriqueando por la casa, he tenido que fiarme de las valoraciones de Yelp para saber dónde comprar lo mejor, y creo que me las he apañado bien. Primero comemos pizza y helado, después trazamos un plan diabólico para hundir la gala. No permitiré que nadie te arrincone.
Temari parece un poco aturdida mientras mordisquea su trozo de pizza con extra de queso.
—¿Te he dicho alguna vez que creo que te quiero?
Hina se quita importancia con la mano.
—Todo el mundo cree que me quiere hasta que descubren que, bajo tanta perfección, se esconde más perfección aún y no son capaces de soportarlo. Pero me fiaré de tus palabras.
—Hina, ¿qué pasa? Tienes una mirada extraña y me estás asustando. ¿Se puede saber qué has hecho en los escasos veinte minutos que has pasado fuera de esta casa?
—¡Qué bien que me lo preguntes! —Se sienta en el suelo, cruza las piernas y se frota las manos—. Mientras estaba por ahí, he recibido una alerta de Twitter sobre el representante de Itachi...
—Ebisu —murmura Temari, y yo asiento, aunque no sé qué tiene que ver ese tipo en todo esto.
—Como iba diciendo, he recibido una notificación que es la prueba definitiva de que el tío estaría dispuesto a vender a su abuela si sacara algo a cambio. Y precisamente por lo que acaba de hacer, tenemos que colarnos en la gala.
—Pe... pe... pero no podemos. Es una mala idea —tartamudea Ino, siempre la voz de la razón—. Es decir, que si Sakura o Shikamaru aparecen por allí las cosas podrían torcerse, y mucho, para la doctora Uchiha. El hospital necesita recaudar ese dinero urgentemente, lo sé porque llevo trabajando como voluntaria en el ala infantil desde que tenía catorce años. No... no lo diría si no fuera estrictamente necesario. No necesitan espectáculos.
Se me rompe el corazón al oír el tono de súplica de mi amiga. Para ella, la causa es muy importante, conoce personalmente a los niños a quienes irá destinado el dinero que se recaude, pero al mismo tiempo es una buena amiga y sé que la única razón por la que no va soy yo.
—Ah. —Hina parpadea y luego parece que se desinfla—. Vale, visto así, supongo que habrá que abortar la Operación Rescate Itasaku.
Su rostro se tiñe de tristeza; sería casi cómico si no fuera por lo que acaba de decir.
—¿Perdón? Operación ¿qué?
Hina se muerde el labio y las tres esperamos el impacto de la bomba que está a punto de soltar.
—Bueno, pues resulta que la notificación que he recibido, lo del tuit de Ebisu, pues decía que Itachi se estaba preparando para la gala con su adorable acompañante Stephanie...
Se me desencaja literalmente la mandíbula.
—¿Perdona?
—Ya —replica Hina, sacudiendo la cabeza con vehemencia—, esa ha sido exactamente mi reacción. A ver, ¿quién se supone que es la tal Pakura y por qué es la adorable acompañante de Itachi? Pero luego ha tuiteado una foto y los he visto a los dos, posando juntitos como si fuera el puñetero baile de graduación.
Cojo el móvil de Hina con gesto tembloroso y ahí están los dos, en HD, Itachi con esmoquin acompañado de una morena espectacular. Como soy mujer, no puedo evitar compararme con ella y la conclusión a la que llego es que no podríamos ser más distintas: tiene el pelo más oscuro que yo, supera mi metro setenta con creces, es esbelta en lugar de tener curvas y está morena. Lleva un precioso vestido de satén rojo hasta la rodilla y tiene una zarpa apoyada en el brazo de mi novio. La foto no es exactamente como las de los bailes de graduación; se están mirando el uno al otro y parece que no son conscientes de que les están fotografiando.
—¿Quién narices es esta tía? —exclama Temari, y de pronto me doy cuenta de que tanto ella como Ino también se han acercado para ver la foto.
—No lo sé, no he llegado tan lejos en mis pesquisas, pero dadme unos minutos más a ver si consigo averiguarlo.
—O —intervengo, muy seria— puedo llamar directamente a Itachi y descubrir qué está pasando. No me ha dicho que fuera acompañado.
De hecho, convencerlo para que fuera solo ya me ha costado lo mío. He tenido que persuadirlo y sobornarlo hasta que ha accedido, y sé que está enfadado por la parte que me toca. Por eso me ha sorprendido tanto que, de pronto, vaya acompañado y encima por una chica de la que no sé absolutamente nada.
—Cierto —replica Hina, asintiendo—, mejor haz eso.
Cojo el móvil para llamarlo y me percato de que las tres me están observando con demasiado interés.
—Chicas, ¿puedo estar sola cuando le pregunte a mi novio por qué demonios sale en una foto con la versión adolescente de Cindy Crawford?
No tardan demasiado en captar el mensaje. La Sakura sarcástica es un poco harpía.
Diez minutos más tarde, la puerta de mi habitación se vuelve a abrir, pero esta vez nadie trae pizza, aunque lo que veo me resulta bastante más apetitoso. Itachi debería tener prohibido llevar esmoquin, sobre todo si no es de alquiler sino hecho a medida, perfecto para su cuerpo. No es justo que él esté tan guapísimo y yo vaya en pantalones de chándal, pero como tengamos que esperar a ir a la par para mantener esta conversación, ya puedo ponerme cómoda. Lo miro y no puedo evitar sentir las inseguridades del pasado, hasta tal punto que me cuestiono qué hace alguien como él con alguien como yo. Por suerte, es algo que cada vez me ocurre menos. Ahora, por ejemplo, el sentimiento dominante es la ira, mientras que las inseguridades se han ido de paseo.
—Podríamos haberlo hablado por teléfono —le digo en cuanto cruza la puerta—. Si crees que vas a necesitar tu encanto personal en directo, es que tenemos un problema.
Sigo sentada en la cama, en chándal, con el pelo recogido en una trenza suelta y sin una gota de maquillaje. En cuanto lo veo, tan trajeado, me acuerdo de la chica de la foto y, por un momento, siento la tentación de tirar de las mantas y esconderme debajo.
—No tenemos ningún problema, bizcochito. Quería hablar contigo cara a cara porque necesito que me mires a los ojos cuando te diga que, hasta hace una hora, no tenía ni idea de que iba a ir con alguien a la gala.
—Te habría creído por teléfono. Estás siendo un poco dramático.
—Vale, tú créete lo que quieras, pero no quería arriesgarme. —Se arrodilla junto a la cama y me coge de la mano—. Sabes que no te estoy mintiendo, ¿verdad? No tenía ni idea de que iría con Pakura. Se presentó en la puerta de mi casa con su padre, que es un hombre muy importante para Mikoto, así que no quería dejarla en evidencia.
—¿Y quién es esa chica?
Jugueteo con los dedos y empiezo a pensar que Mikoto ha abandonado el equipo Sakura. Sé que hacia el final de su relación, no le gustaba ver a Karin revoloteando alrededor de Sasuke y que a Itachi y a mí nos ayudó a estar juntos. Si ahora está pasando algo parecido, si cree que ya no soy suficientemente buena para Itachi, para su familia, estoy en serios apuros.
—Es la hija de alguien del comité, un tipo muy influyente que consigue mucho dinero para el hospital. Es, eh, un forofo del fútbol americano y, por lo visto, Pakura también.
Empieza a molestarme el nombrecito de marras.
—Entonces es como un favor que le haces a tu madre, ¿no?
—Sí —recalca—, es eso exactamente. Le sabe fatal que tú no puedas venir y es consciente de que hacerme ir con la hija de un compañero no va a mejorar las cosas, pero se siente un poco obligada y yo...
—No hace falta que te expliques, ya lo sabes, pero... no sé, un aviso no habría estado mal. Si no fuera por los tuits de tu representante, ni me habría enterado, ¿verdad?
—Sabes que no es mi estilo, iba a venir a decírtelo en persona antes de irme. Luego, de pronto, Ebisu apareció de la nada y empezó a darme la vara con lo de la buena prensa y que me asociaran a una buena causa. A todo el mundo le pareció que sería una gran maniobra publicitaria y, cuando me di cuenta, estaba rodeado de gente esperando a que posara con una chica que no había visto en mi vida.
—Bueno, a ella no parece que le moleste.
Itachi suspira.
—Échate para allá.
—¿Qué?
—He dicho que te eches para allá. Esto de mantener las distancias no funciona conmigo. Quería tratar el tema de una forma racional, sin tocarte, porque si lo hago lo más probable es que los dos perdamos el control y la capacidad para pensar racionalmente.
—Madre mía, cómo se nota que no tenemos problemas de autoestima.
—Listilla.
Me acorrala contra la esquina de la cama y se estira a mi lado, no sin antes quitarse la chaqueta.
—Estás arrugando una ropa que es muy cara —le digo con una especie de cantinela que me recuerda muchísimo a mi madre.
Cada vez que nos obligaban a llevar ropa elegante, mi hermano y yo buscábamos cualquier excusa para destruirla, en mi caso rompiendo las cremalleras porque mi madre insistía en comprármelo todo una o dos tallas por debajo de la mía.
—Me da igual —responde Itachi imitando mi cantinela, se estira a mi lado, me obliga a tumbarme y me pasa el brazo alrededor de los hombros—. Veamos —continúa, inclinándose sobre mí, y odio que se haya puesto mi colonia favorita para Pakura; vale, puede que no se la haya puesto para ella, pero es que esa tipa no debería poder ni oler a mi hombre—, si no quieres que vaya, solo tienes que decirlo y no iré. Mikoto se siente tan mal que seguro que no le importa y los de la junta se pueden meter sus buenos modales por donde les quepan. Si no puedo llevar a mi novia a la gala, no tengo por qué llevar a nadie, esa fue la condición. No tenían derecho a acorralarme como lo han hecho, así que, si me retiro, no tiene por qué ser un problema y, aunque lo sea, me da igual. Sé que estás mal, Saku, y sé la ilusión que te hacía ir. No sabes cuánto me duele que te hayan hecho esto. Por eso yo tampoco les debo nada.
De pronto, siento que la ira se evapora y me doy cuenta de que todo el día de hoy ha sido ridículo, desde el principio hasta ahora. Precisamente por eso me da la risa, una risa histérica y gutural que, en cuestión de segundos, me cubre las mejillas de lágrimas. Itachi me zarandea; no sabe si río o si estoy llorando.
Levanto las manos hasta su cara y le doy un beso a modo de respuesta. Él tarda apenas un segundo en entenderme y enseguida me devuelve el beso, acompañado de un ruidito irresistible que me dice que está entregado, que no está pensando en el millón de cosas que deberían preocuparle ahora mismo. Al principio es un beso dulce y romántico, pero no tarda en convertirse en algo más adecuado para audiencias adultas, hasta que, de pronto, alguien llama a la puerta y nos obliga a separarnos. Nos tumbamos de espaldas sobre la cama e intentamos recuperar el aliento mientras Temari grita a través de la puerta que estemos visibles porque mi padre está abajo.
—Entonces no estás enfadada, ¿no?
—Lleva a la tal Pakura donde haga falta. Que Ebisu organice una bacanal mediática si quiere, tú posa para las cámaras y habla con la gente adecuada. Ayuda a tu madre a recaudar dinero y luego vuelve conmigo. Pero si la tocas una sola vez y yo me entero, que sepas que perderás un apéndice muy importante.
Itachi se ríe y me besa de nuevo, desliza los labios cuello abajo y se detiene en la unión entre el cuello y el hombro.
—No quiero moverme de esta cama.
Lo dice con voz grave y susurrante, demasiado para que yo me resista. Me encantaría que se quedara, retenerlo a mi lado hasta que la situación con mi padre se haya normalizado y podamos salir juntos a la calle, o al menos hasta que nos vayamos del pueblo.
Pero no puedo. Recuerdo la cara de Ino mientras hablaba de los niños del hospital y sé que no puedo arriesgar los fondos que tanto necesitan.
—Tienes que irte. No me gusta que vayas con la señorita Perfecta, pero sobreviviré. Vamos, que si he sobrevivido a una Karin, una Nae y una Samui, puedo sobrevivir perfectamente a una Pakura.
Sí, ya podemos hacer bromas al respecto.
Itachi me hace una mueca, pero sabe que mi pulla no es más que eso, una broma.
—Si te sirve de consuelo, creo que le ha hecho más gracia Sasuke que yo. Supongo que tampoco ha ayudado que saltara metro y medio cada vez que ha intentado tocarme. En cambio, Sasuke... Creo que acaba de dejarlo con la chica con la que salía y que no le importaría tener una historia con Pakura.
—Bueno, vale. En ese caso, te he enseñado todo lo que sé de mis artes de Celestina. ¿Crees que esta noche podrás ocuparte tú solo?
Me dedica una sonrisa lasciva.
—Ah, puedes contar con ello.
Después de echar a Itachi de la habitación, las chicas y yo decidimos quedarnos tranquilamente en casa y ver una peli. Somos solo nosotras, mi padre y Shikamaru no están, y ya no sabemos cómo fingir que nos estamos aburriendo como ostras. Después del bajón de la «no invitación», me he dado cuenta de que llevo demasiado tiempo encerrada en mi habitación. Una noche más y acabaré tirándome de los pelos. Casi toda la gente del pueblo está en la gala, así que si salgo no habrá tantas miradas curiosas, solo algunos universitarios y adolescentes que aprovechan el verano para trabajar.
—Ya sabéis que adoro a Channing Tatum y tal, pero esto... —Ino, mi ángel de la Ivy League, me acaba de hacer el trabajo sucio—. Es aburrido, ¿vale? Me aburro. Me aburro mucho. Me he pasado toda la semana ayudando a mi padre con los impuestos. El hombre se niega a aceptar que ni siquiera estoy estudiando algo relacionado con la contabilidad. Y ahora esto de estar aquí sentadas mirando la pantalla hace que me entren ganas de tirar lo primero que pille contra tu televisor, Sakura. Lo siento, sé que deberíamos estar tristes porque nos hemos perdido el acontecimiento de la década, pero ¿no podemos
hacer algo divertido?
El resto la miramos fijamente y acto seguido estallamos en carcajadas. Apagamos el televisor, dejamos el helado a un lado, nos levantamos del sofá y todas tenemos la misma idea, pero solo Temari tiene el valor suficiente para decirlo en voz alta.
—Sabía que tenía que conservar vuestros carnets falsos. Hina, tú tienes, ¿verdad?
—Desde los dieciséis. Hola, soy Sasha Giroux, tengo veintiséis años y trabajo en publicidad. Se aparta el pelo de la cara y pone morritos.
—Genial, ahora solo tenemos que ponernos bien sexis. ¿Que no podemos ir a un baile pijo en el que sirven foie? Pues nos vamos de discotecas y nos pillamos una buena a base de alcohol barato y frutos secos.
¿Sabes qué? Que la idea me provoca buenas vibraciones. Vale, puede que mi novio se esté divirtiendo en compañía de la chica (sí, la he buscado en Google) y quizá toda su familia está alucinando con ella por su falta de familiares problemáticos, pero me niego a quedarme aquí sentada imaginando posibles escenarios. Por ejemplo, Ebisu droga a Itachi y se lo lleva a él y a Cindy Jr. a Las Vegas para que los case una imitadora de Cher. Atrapados por el matrimonio, no les queda más remedio que esperar un tiempo prudencial antes de pedir la nulidad y, durante ese tiempo, Itachi se enamora de ella y el único hombro sobre el que puedo llorar yo es el de Sasuke que, como los granos, siempre escoge el peor momento para aparecer.
Es evidente por qué necesito salir y que me dé el aire, ¿verdad?
