Nueve:

"Beth."

Ese día no fui a clase. Me quedé horas y horas tumbada en la cama, tan sólo levantándome para ir al lavabo y beber de vez en cuando, paralizada por aquél enorme dolor que sentía por todo el cuerpo. Sólo podía pensar en Quinn y en Brittany, una y otra vez, de forma compulsiva, y cada vez que lo hacía, me sentía más y más hundida en mi depresión. Así me pasé los siguientes cuatro días, sin apenas comer y sin apenas dormir, en la oscuridad, sin poder parar de llorar. Me daba la sensación que me estaba volviendo loca. No sé si Quinn me escribió o no, porqué apagué el teléfono en cuanto llegué a casa y no lo había vuelto a encender. Si tenía que estar sin ella, prefería no recibir noticias suyas. Su recuerdo era la peor de mis torturas.

Sabía que estaba cometiendo un error, lo supe incluso antes de hablar del tema, pero no podía dejar que nadie me hiciera daño. No podía hacerlo. Mi padre estaba casi muerto por dejar que mi madre le hiciera daño, por protegerme a mí… porque yo dejé que mi madre le hiciese daño a él.

Todo me daba igual. Ya nada importaba. El dolor constante me agotaba y aunque pasaban los días, la intensidad no disminuía. Cuando llegó el jueves de la siguiente semana, aún no había ido a clase. Al día siguiente haría una semana que no había visto a Quinn.

Octubre había entrado con fuerza azotando cada rincón del país haciendo temblar hasta los árboles más fuertes. La casa estaba helada, igual que todo mi cuerpo. Apenas había comido en esos últimos seis días y me sentía débil. Mis brazos empezaban a estar delgados, pero no sentía hambre, sólo dolor. Aquella tarde ni siquiera me vi con fuerzas de ir a ver a Leroy.

Me pareció que el viernes amaneció gris, pero no conseguía distinguir gran cosa detrás de las persianas que llevaban cerradas ya siete días. Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra. Algo empezó a dar golpecitos en las persianas. Al principio no le hice ningún caso pero poco a poco los golpecitos se convertían en taladros en mi cerebro, así que abrí la ventana poco a poco, dejando entrar la luz, para ver qué era lo que me estaba causando tal tormento. El aire fresco renovó el ambiente cargado de la habitación y me llenó los pulmones de aire otoñal. Por un momento, me pareció incluso sentirme mejor.

Vi que el causante del ruido era un pajarito que picaba insistentemente uno de los agujeros que había en la vieja persiana. No se asustó. Me miró un momento y siguió con su labor. Lo tenía a apenas treinta centímetros de mí, y no sé si era porque hacía siete días que no veía nada o por la gran sensación de soledad, pero aquella criatura me pareció la más bonita del mundo. La observé hasta que, después de varios minutos de insistencia, consiguió sacar del hueco un pequeño pero rechoncho gusano. Con aire triunfal, volvió a mirarme, orgulloso de su captura, y salió volando. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió entre los árboles. Entonces entendí que tenía que hacer algo.

No podía dejarme morir en aquella habitación por mucho dolor que sintiera, porque, de todas maneras, la vida seguiría sin mí. Leroy nunca hubiera hecho eso. Él luchó por mí a pesar de su dolor y su desgracia. Brittany también luchaba por ella misma, para que nadie la viera sufrir. No podía dejar que los esfuerzos de los demás fuesen en vano.

Decidí ir al cementerio y llevarle a Britt un enorme ramo de flores silvestres y margaritas, y allí abriría el sobre. Tenía que dejar escapar el dolor e intentar seguir con mi vida. Tenía que dejar que Brittany S.Pierce se fuera y descansara en paz.

Me duché y conseguí comer algo consistente, lo cual me hizo ver las cosas un punto más positivo. Después me abrigué bien y salí en busca de flores para hacer el ramo para ella. Al estar nublado, los colores otoñales parecían resaltar todavía más que de costumbre. En tan sólo una semana los árboles habían tomado preciosos tonos anaranjados, y el suelo empezaba a cubrirse de una magnífica capa de tonos avellana como los ojos de Quinn Fabray. También algunas de aquellas preciosas hojas y madroños para complementar el ramo. Una vez de vuelta a casa, me esmeré todo lo posible hasta que me quedó el ramo más bonito que jamás había hecho. Sé que le hubiese encantado. Me sentía mal por no haberle preparado uno así cuando estuvo en vida. Uno siempre se da cuenta de las cosas cuando es demasiado tarde.

No había casi nadie en el cementerio. Algunos pajaritos cantaban, lo cual ayudaba a disminuir la sensación fúnebre del lugar. La lápida de Britt era simple, fría, sin ninguna flor que la acompañara. Puse el ramo y de pronto se convirtió en la lápida más destacada y más bonita de todas.

Quedaba precioso, tal y como ella se merecía. Tome el sobre y lo abrí. Metí la mano para ver que había dentro, y encontré su collar de unicornio. Poder tener ese colgante, sabiendo lo que significaba para ella, me llenaba de orgullo, pero a la vez de tristeza.

Me lo puse enseguida, y sentí como si de repente estuviera a mi lado. Volví a mirar en el sobre, y vi que había una carta. Ni siquiera había conseguido sacarla del sobre, cuando los ojos se me llenaron de lágrimas:

"Mi querida Rachel,

Si estás leyendo esto es porque estoy muerta (Siempre quise escribir esto, como en las películas)."

No pude evitar sonreír por su gracia. Desde luego era única. Me vino a la cabeza la imagen de su cara sonriente con ese cabello rubio alborotado, y su bata multicolor. El nudo de la garganta cada vez se hacía más grande y cada vez me costaba más respirar.

Seguí leyendo.

"Sé que estarás un poco triste (espero) pero sé que lo superarás. Eres la persona más fuerte que he conocido jamás (pero no la más bonita, ¡esa soy yo!). Por favor, no me odies por no haberlos dejado avisarte. Nunca quise que nadie me viera agonizando. Sé que lo entenderás. No sé bien qué escribir y mira que si hay algún momento de mi vida más importante que este para saber qué escribir que me caiga un rayo… bueno… o tal vez no…

Sé que las cosas te irán bien. Lo has pasado muy mal en la vida, pero no va a ser siempre así. Créeme. Todo el mundo no es malo, aunque te cueste creerlo. Tienes que darle una oportunidad a la gente. Sé que para ti es difícil, pero no cometas los mismos errores que yo. Tienes que aprender a perdonar, y sobre todo a perdonarte. Las cosas que pasaron nunca fueron culpa tuya. A veces, en la vida, pasan cosas malas y no podemos hacer nada para evitarlo.

Serás feliz, lo sé. Sea con Quinn o no, la vida te depara grandes aventuras. No dejes escapar las oportunidades.

Te quiero mucho. No estés triste, porque siempre estaré a tu lado.

Un beso muy grande hermanita de la mejor unicornio, Brittany S.Pierce."

Y firmó la carta. La releí varias veces, visualizando con viveza su imagen. Aunque no podía parar de llorar, un peso dentro de mí había desaparecido y me hacía sentir un poco mejor. Emprendí el camino a casa un poco más optimista, pensando en las sabias palabras que Brittany me había escrito.

Decidí tomarme los dos días siguientes para recuperarme y reincorporarme al instituto de nuevo el lunes. Cuando volví al colegio no asistí a las clases de Quinn. No tenía todavía el valor de volver a verla. El martes, durante la hora del recreo, la vi de lejos y el corazón me dio un vuelco. Cada día me daba más cuenta de lo mucho que la echaba de menos y de lo mucho que había perdido. Lo único que me tranquilizaba era seguir escribiendo el libro que había empezado para ella, esforzándome al máximo para hacer los mejores dibujos que jamás había hecho. De alguna manera me hacía sentir más cerca de ella. Cuando estuviera listo se lo daría, tal y como le prometí.

El jueves fui a ver a Leroy desde la última vez que fui cuando me enteré que Brittany había muerto. Me resultó raro no visitarla. Tardaría mucho en acostumbrarme a no verla más.

El domingo por la noche decidí encender el móvil. Hacía dos semanas que estaba apagado. Me llegó un único mensaje de Quinn, de justo el día después que la vi por última vez.

'Rachel, quiero que sepas que te quiero con todo mi corazón. Siempre estaré aquí por si me necesitas. Pienso en ti constantemente. No volveré a molestarte. Quinn'

Volví a llorar, echándola muchísimo de menos. Tenía muchas ganas de abrazarla y de no separarme de ella jamás. ¿Y si realmente lo había hecho mal? Brittany me había escrito en su carta que tenía que darle una oportunidad a la gente. Pero a la vez, las palabras que ella me dijo antes de irme me daban vueltas sin parar en la cabeza. ¿Qué era lo que no me quería contar?

El lunes 21 de Octubre volví a ir a sus clases después de veinticuatro largos días. Pensé que verla, de algún modo me haría bien, pero fue todo lo contrario. Tenerla tan de cerca me produjo todavía más dolor. Sus ojos también mostraban dolor. Parecía triste y su voz había perdido todo color. Verla de ese modo me partía el corazón. Intenté mantener la vista baja todo el tiempo para no cruzar mi mirada con ella, pero hubo un momento en el que nuestras miradas se cruzaron, causándome una gran punzada en el corazón. Ella también quedó afectada perdiendo el hilo de su explicación, y su mirada entristeció aún más. Al final de la clase, quería quedarme y hablar con lla, pero algo me impulsó a salir sin hacerlo.

¿Por qué no aceptaba simplemente a contarme lo que ocurría, a ser sincera conmigo? ¿Y por qué no podía yo estar con ella sin que me lo contara?

Los dos días siguientes no pasaron muy bien. El tiempo lluvioso no acompañaba mi ánimo. Estuve tentada en muchos momentos en escribirle, pero no lo hice. Cada vez me costaba más reprimir mis impulsos y no podía parar de pensar en ella y en lo que Brittany me había escrito.

El miércoles por la noche, justo cuando estaba a punto de escribirle un mensaje, miteléfono sonó. Como si de telepatía se tratara, era un mensaje de Quinn.

'Sé que no debería contactarte, pero no saber cómo estás me está matando lentamente. Por favor, dime si estás bien. Sólo eso y te dejaré en paz si es lo que quieres'.

Me quedé paralizada un momento, hasta que conseguí reaccionar.

'Estoy bien, dentro de lo que cabe. No puedo ni empezar a describir lo mucho que te echo de menos. Ya no sé si hice bien o no, pero creo que merecía saber la verdad, merecía que fueras honesta conmigo'

Lo envié nerviosa. Su respuesta tardó unos minutos.

'Lo sé y no sabes lo que me arrepiento de no habértelo dicho cuando me lo pediste. Me asusté. Ahora entiendo que debía haberlo hecho. Sé que ya no tengo derecho a pedirte nada, pero si tan sólo me dieras unos minutos, me gustaría poder contártelo todo, aunque ya sea demasiado tarde. Mereces saberlo.'

No supe qué contestar. Hablar con ella sería muy doloroso, pero a la vez, sentía que si pasaba más tiempo sin hacerlo no podría soportar el sufrimiento.

'De acuerdo. ¿Cuándo quieres que nos veamos?' –le escribí.

'Si quieres podemos quedar mañana, después de clase, en mi despacho.'

'Deacuerdo' –le contesté. – 'Te veo mañana'

'Muchas gracias. Que descanses'

Resultaba raro enviarse mensajes tan fríos y tan distantes. La sentía tan lejos que el sentimiento de desesperación empezaba a apoderarse de mí.

Aquella noche apenas pude dormir. Estaba nerviosa por volver a hablar con Quinn cara a cara, pero también asustada por lo que fuera que me iba a decir. Las clases se me pasaron tan lentamente que parecía que alguien estaba parando el tiempo para hacerme sufrir. Miraba el reloj y decidía esperar lo máximo posible antes de volverlo a ver, pero cuando lo hacía tan sólo habían pasado cinco minutos cuando a mí me parecía casi una hora. Incluso su clase se me hizo eterna. Cuando sonó la sirena, dejé que Quinn saliera primero y luego me dirigí a su despacho. Ya podía notar el nudo en la garganta y todavía no había ni entrado.

Abrió la puerta tan hermosa como siempre, aunque con esa mirada triste que le acompañaba durante las últimas semanas. Ella también parecía nerviosa, pero sonrió pidiéndome que entrara. Estar de nuevo en esa sala me hacia recordar la pasión que un día vivimos, y me sentí todavía peor al pensar que seguramente jamás volvería a ocurrir.

— Muchas gracias por haber venido. Sé que no es fácil —me agradeció.

— Es a ti a quien tengo que agradecer el hecho de que quieras contármelo —le contesté sin poder ocultar mi abatimiento.

Estar a su lado sin poder abrazarla o besarla era más duro de lo que me imaginé. Quinn hizo un gesto como si quisiera abrazarme, pero no supo cómo hacerlo, y yo tampoco le di pie para que lo hiciera .

— Por favor, siéntate — me pidió señalando una silla.

Ella también tomó una silla y se sentó a mi lado. Se aclaró la garganta, nerviosa, y empezó a hablar.

— Lo que te voy a contar no es fácil para mí, y puede que tampoco lo sea para ti y me veas como el ser más horrible del mundo. Quise dejar el pasado atrás sin darme cuenta que tenía que ser sincera contigo. Lo que quise hacer por un bien y me salió mal. Pensé que si no te lo decía sería mejor para las dos, pero me di cuenta de que debería haberlo hecho al revés —consiguió decir sin poder ocultar su pena y su arrepentimiento. —Lo primero que tienes que comprender es que mi madre es una persona muy manipuladora. Siempre ha vivido por las apariencias y por lo que pensarán los demás. Tanto a mi hermana como a mí nos apuntó a los deportes más 'snobs' y a los clubs más selectos irlandeses. Siempre estaba haciendo clases extraescolares y aprendiendo a comportarme como la clase alta. Mi padre jamás lo aprobó. Él quería que nosotras creciéramos en la naturaleza, lejos de todo aquello, pero mi madre siempre es la que tiene la última palabra. No es hasta hace poco que me di cuenta de lo dominado que tiene a mi padre, hasta el punto de maltratarlo psicológicamente como a todos los que vivimos a su alrededor. Cuando yo tenía diecisiete años, sucedió algo que en esos momentos lo tomé como un error, un crudo error en mi vida, lo cual, al pasar los años me arrepentí de si quiera haberlo pensado como ello. Rach, yo quedé embarazada a esa corta edad, embarazada de una pequeña que no tenía la culpa de mis errores y a la cual di en adopción porque mi madre no quería que nadie se enterara del pecado que había cometido y para cubrirlo me obligó a salir con un chico de una familia de buena reputación. Su familia tenía muchas tierras y árboles de manzanas, todo lo ostentoso que le gusta a mi madre. Tienes que entender que yo estaba sometida bajo las normas de mi madre de una manera que jamás nadie debería estarlo. No tenía voluntad propia, siempre hacía lo que ella me decía. Estaba aterrorizada de sus reacciones, de su mirada de desaprobación por lo que había hecho. Este chico, Biff McIntosh, me recordó a mi madre desde el primer momento en que lo vi, y algo dentro de mí lo odió desde el principio, pero no sé cómo ocurrió que acabé saliendo con él. Tienes que creerme cuando te digo que no era feliz. Parecía que alguien se había apoderado de mi cuerpo y que yo ya no tenía ningún control sobre mi persona. Acabé creyendo, tal y como mi madre no paraba de repetirme, que aquello era lo mejor que podía conseguir, y que debía estar agradecida que Biff quisiera tenerme a su lado después de ser una madre adolescente, que nadie jamás se fijaría en mí. Tardé ocho años en darme cuenta de que aquello no era lo que quería, o en conseguir el valor para dejar todo aquello atrás y empezar a vivir mi vida por primera vez. Jamás estuve enamorada de Biff, y sé que él tampoco lo estuvo de mí, pero a él le iba bien ese estilo de vida. Teníamos un piso en una buena zona de Dublín que su padre le había regalado, pero siempre estaba fuera, o trabajando o en sus clubs de snobs. Sé que parece una estupidez, pero cuando estás en esa situación, no sabes qué hacer, todo me daba miedo.

Se tomó unos segundos para respirar agobiada por lo que estaba relatando.

— Hacía muchos años que no veía a mi padre tan contento como cuando le dije que me iba a ir y que lo iba a hacer sola. Mi madre no se lo tomó de la misma forma. Me prometió que si me iba me desheredaría por la vergüenza y la deshonra que aquello suponía para su nombre y para el nombre de Biff. Es por eso que me llama, para recordarme que no es tarde para volver y pedir disculpas, para intentar convencerme que estoy equivocada. Ella quiere que vuelva con Biff, no por mi felicidad, sino por su reputación. Es ahora, que es estoy fuera de aquél horror, que me doy cuenta de lo mucho que he perdido de mi vida y de lo mucho que tengo que recuperar.Y no, no me arrepiento de haber actuado como actué al dale a mi pequeña Beth a una madre que pudiera darle una mejor vida de lo que yo podría darle. Desde ese día, jamás volví a verla. Jamás la busqué por su bien y el mío y hoy me arrepiento de ello. Si hubiera sido valiente y menos cobarde ahora estaría a mi lado.

La voz se le entrecortaba.

— Jamás había estado enamorada de nadie hasta que te conocí. Yo pensaba que el amor no existía, pero no es así. Estas últimas semanas que pasamos juntas han sido las más felices de mi vida con diferencia. Jamás voy a volver a aquella vida y no quiero volver a ver nunca más a Biff ni a nada que me recuerde lo mal que me lo hizo pasar y los muchos años que desperdicié a su lado. No quería decírtelo para que no te preocuparas, para que no pensaras que me iba a ir, porque antes de eso preferiría estar muerta.

Tomó aire e intentó tranquilizarse. Estaba emocionada y tenía los ojos llenos de lágrimas que intentaba reprimir. Yo lloraba en silencio mientras escuchaba su triste historia.

— Rachel, sé que no tengo derecho de pedírtelo, pero se me parte el corazón cuando pienso que no voy a estar contigo nunca más. Por favor, te pido que te lo pienses, y si aún así ya no quieres estar conmigo, nunca más te lo pediré por mucho que me duela. Pero tienes que saber que yo jamás quise hacerte daño y que me equivoqué, y te pido perdón por ello, una y mil veces.

Sin apenas dejarle respirar, aún con las lágrimas en los ojos, me tiré a sus brazos y la besé. Cómo no besarla si había sufrido tanto en todos esos años.

—No eres la peor persona del mundo Quinn. Eres el ser más especial que he conocido en toda mi vida.