Ren apenas durmió esa noche. Daba vueltas en la cama, las sábanas convertidas en un revoltillo desordenado a sus pies, sin molestarse siquiera en tratar de conciliar el sueño. Y es que las palabras del pollo seguían ahí, repitiéndose una y otra vez como en un eco… Porque tenía razón. ¿Cuántos de los grandes problemas de su vida había resuelto él mismo? Ninguno…
La actitud de Kuon ante la vida siempre fue la de que los problemas se solucionaban por sí mismos. Él callaba, apretaba los dientes y no hacía nada. Esa, la inacción, era su forma de enfrentarse al mundo, con la vaga esperanza de que en algún momento, si lo soportaba lo suficiente, dejarían de insultarlo y lo verían como Kuon y no como el hijo de Kuu. Y la única vez que intentó resolverlo por sí solo —de la única forma que supo y a golpe de puños, devolviendo daño por daño—, Rick murió y él casi se perdió a sí mismo en el proceso…
Y luego, oculta tras su sonrisa, estaba sensación dolorosa de abandono y menosprecio, de no estar a la altura, ni como actor ni como hombre, porque ninguna de sus novias lo quiso lo bastante para quedarse. Él siempre las dejaba ir, porque pensaba que eso era lo que ellas querían.
Así que sí, el pollo había dado en la diana y era dolorosamente cierto… Siempre habían sido otros los que arreglaban los pedazos rotos y él se limitaba a huir hacia adelante sin mirar atrás. ¿Y cuánto de todo ello lo llevaba escrito en la cara para que una persona a la que había visto tres veces en su vida fuera capaz de llegar a esa conclusión?
Solo años más tarde, Kyoko sabría de cuánto daño hicieron sus palabras de esa noche.
Horas después, mientras la señorita Woods le repasaba las raíces del cabello, con el rumor de sus acostumbradas protestas de fondo, Ren seguía pensando en su encuentro con el pollo y entonces, como una súbita revelación (aunque por lo demás, del todo previsible), se dio cuenta de que estaba haciendo lo mismo con Kyoko. La estaba dejando ir…
Estaba repitiendo el mismo patrón y se descubrió pensando en que no quería. No quería dejarla ir. Con absoluta certeza, supo que no podría vivir sin Kyoko. El solo pensamiento hacía que una mano gélida le oprimiera el corazón. Bueno, podría vivir sin Kyoko, ciertamente, pero nunca sería lo mismo. Kyoko había traído consigo la risa y la luz, y él se negaba a perderlas de nuevo. No quería volver a repetir esos días grises, tristes copias de sí mismos, donde su único aliciente y propósito era la actuación bajo un nombre falso. Con Kyoko, él había aprendido a apreciar la ilusión, la luz que hay en las pequeñas cosas, la amabilidad de los extraños, y sí, ¿por qué no?, también las divertidas exageraciones y desmesuras de la muchacha.
Y menos ahora, justo cuando ella estaba por fin bajando la guardia frente a él. Cuando lo había aceptado como ser falible, con todos sus defectos y virtudes, bajándolo por fin del pedestal del sempai.
Sí, debía respetar su espacio —porque eso es lo que hace Tsuruga Ren—, ese muro de helada cortesía que ella había erigido entre los dos, pero al menos debía hacerle saber que él seguía ahí, justo al otro lado, esperando por ella… Que no iba a dar un paso atrás.
Pero Kim no tenía que hacer lo mismo —ni para el caso Kuon tampoco—, faltaría más. Ellos no estaban constreñidos por las mismas convenciones morales que Ren. Y siendo como que era que él era todos y ninguno, podría encontrar un equilibrio entre la distancia respetuosa y la insistencia machacona de voluntad inquebrantable.
"No pierdes nada por intentarlo", se dijo. "Y si ganas…, ganas un mundo…".
Fue así como Ren sucumbió a las ventajas que la tecnología podía ofrecerle. Se pasó toda la semana enviándole vídeos de gatitos adorablosos y fotos de sus comidas (bueno, solo de sus bentos, pero eso ya era un triunfo), y los alternaba con mensajes breves que no esperaban respuesta. Tan solo un mensaje del tipo "Hoy hace un día espléndido" o "Espero que la jornada haya ido bien", y además, por pura necesidad, aprendió el delicado arte de los stickers. De entre todos, sus preferidos eran los animados, esos que se movían y repetían el gesto. Si a él le hacían sonreír, esperaba que tuvieran el mismo efecto en Kyoko.
Sí, Ren era bien consciente de que con este plan de ofensiva resistencia (puro oxímoron de la desesperación) no hacía más que traicionar aquello que una vez le dijera a Kijima, sobre que era del todo mejor escuchar su voz que enviarle mensajes sin sentido. Pero siendo honesto consigo mismo —y ahora debía serlo más que nunca—, temía que ella nunca le respondiera si marcaba su número. Así que, por decisión propia, prefería vivir como el gato de Schrödinger, vivo y muerto al mismo tiempo, porque un hombre tiene que proteger su corazón de alguna manera, y prefería esa incertidumbre, imaginándosela leyendo sus mensajes aunque no los contestara, que tener la certeza indiscutible de que ya no lo quería en su vida.
Y para no olvidarlo, para no ceder a la tentación de marcar su número, se puso como fondo de pantalla en el teléfono un precioso gato pelirrojo de ojos dorados al que llamó "Schrödy-chan".
