Hola a todos, aquí vamos con otra hermosa historia adaptada que espero que sea de su gusto. Como siempre se hace claridad que los personajes le pertenecen exclusivamente a S. Meyer y la historia es una adaptación del cual daré a conocer el nombre del autor al final de esta.


CAPÍTULO 10

Un terrible dolor de cabeza y un jaleo tan fuerte como para levantar a los muertos de sus tumbas despertaron a Edward poco después del amanecer del día siguiente. Se oían voces chillonas. El alboroto le recordó la memorable ocasión en que Bella clavó sus dientes en el dedo de la señora Perkins. No era algo que pudiera ignorar fácilmente, con resaca o sin ella. Preguntándose qué clase de problemas estaría ocasionando su esposa en aquella ocasión, gruñó y se bajó de la cama.

Después de ponerse la ropa a toda prisa, Edward salió corriendo de la habitación principal para dirigirse al pasillo del primer piso y siguió los gritos hasta llegar al cuarto de los niños. Descalzo y con la camisa medio abierta, entró en la estancia, esperando ver combatientes retorciéndose en el suelo. En cambio, encontró a Esme, tres criadas, Carlisle el mayordomo y Seth, el criado encargado de tareas diversas, reunidos en torno a la cama de Bella. Una de las criadas sostenía en sus brazos un montón de sábanas correctamente dobladas.

—¿Qué diablos está pasando aquí? —Gritó Edward.

Aparentemente sin saber qué decir, Esme se volvió hacia él con las manos alzadas en señal de impotencia.

—Jessica entró en la habitación con el fin de limpiar y cambiar las sábanas, como lo hace todas las mañanas.

—¿Y qué?

Metiéndose los faldones de la camisa en los pantalones, Edward atravesó el cuarto. Echó un amplio vistazo e hizo un balance de la situación. Bella, que llevaba un camisón blanco casi transparente de mangas largas, parecía ser el foco de atención. Se sentada sentada con las piernas cruzadas en el centro de su cama deshecha, con las torneadas piernas descubiertas hasta las rodillas y los brazos extendidos como si se estuviese protegiendo de los intrusos. Al mirarla, Edward pensó en una patinadora que acababa de caerse sobre el frágil hielo y que tenía miedo de que la gente allí reunida se abalanzase sobre ella con la intención de rescatarla, rompiera el hielo estrepitosamente y al final se hundieran todos en el agua helada .

Se frotó la cara con una mano y parpadeó, en parte para espantar el sueño, pero más que nada porque éste ya era un hábito nervioso. Esme decía que parecía un idiota cuando hacía eso. Pero, bueno, qué importaba.

Cuando su visión se despejó, Bella seguía sentada en el mismo lugar, y su postura expresaba con mayor claridad que las palabras que no quería que ellos se acercaran. Edward no podía deshacerse de la sensación de que estaba tratando de proteger algo. La pregunta era: ¿qué? ¿Un montón de ropa de cama arrugada?

-No entiendo que es lo que pasa. - decía Esme en voz alta—. Ayer se levantó sin armar tanto lío —miró a Edward—. ¿Qué debo hacer?

Edward tenía varias ideas, la primera de las cuales era prescindir de Carlisle y Seth. No podía creer que Esme hubiera permitido que dos hombres entraran allí mientras su esposa estaba vestida con tan poco recato. Sus pezones brillaban como dos pequeños faros que emitieran una luz de color rosado a través del camisón. Tenía la plena certeza de que, si él lo había notado, Carlisle y Seth también lo había hecho.

Señalando la salida con el dedo índice, gritó:

—¡Fuera de aquí!

Todos se sobresaltaron, menos Bella. A Carlisle se le salieron los ojos de las órbitas y su rostro se puso de un color rojo intenso. Seth, el menos inteligente de los dos, se rascó una oreja y clavó sus ojos azules en el patrón con una expresión inquisidora.

—Sólo hemos venido a ayudar, señor Cullen.

—¡Fuera! —Repitió Edward entre dientes. Empezó a sentirse como si su cabeza fuera de un melón arrojado al duro cemento—. ¡Salid de aquí ahora mismo! Este es el dormitorio de mi esposa, ¡por el amor de Dios!

Las criadas, todas tan nerviosas como pajarillos, se apresuraron a salir de allí. Edward cogió a Jessica, la portadora de las sábanas, del codo.

-You dont

Soltando un chillido de terror, la criada se quedó paralizada. Miraba a Edward como si tuviese cuernos. Como nunca le había alzado la voz a esa mujer, él no pudo menos que preguntarse por qué ella parecía tenerle miedo.

Soltó el brazo a Jessica y esperó hasta que los dos hombres y las otras dos criadas salieron de la habitación. Sólo entonces se volvió de nuevo hacia Bella. En el extremo superior de sus muslos esbeltos, un impreciso triángulo de tono oscuro se delineaba con claridad bajo el camisón. Sus piernas estaban cruzadas. ¡Se había sentado con las piernas cruzadas frente a dos hombres!

Lanzó una mirada hostil a Esme.

—¿Podrías explicarme qué pasa aquí?

—Como le estaba diciendo, señor, por razones que no logro entender, hoy se niega a salir de la cama.

—¡No es eso lo que quiero saber! Es decir ... —Edward se interrumpió. Después de mirar durante un segundo los ojos verdes y cándidos de su ama de llaves, soltó un gruñido y volvió a frotarse la cara con una mano, esforzándose por controlar su mal genio—. En el futuro, Esme, te agradecería que no dejaras entrar a ningún hombre en el dormitorio de mi esposa, hasta que ella se encuentre vestida de una forma adecuada.

Finalmente, Esme pareció entender, y esto se reflejó en la expresión de su rostro.

—Ah. —Miró a Bella de soslayo—. Desde luego. Lo que pasó fue que ... bueno, pues tuvo que enfrentarnos a una situación muy delicada aquí, señor. Una emergencia, por así decirlo. Y yo...

—Un incendio es una emergencia. Un árbol que cae sobre la casa, eso es una emergencia. Pero ... —señaló con la mano—, ¡esto no lo es! No me agrada que hayas permitido que esos hombres se la coman con los ojos. Ella podrá ser idiota, pero tú no lo eres.

-Si. —Dos manchas de fuerte color rosa aparecieron en sus mejillas rellenas—. Ahora que lo menciona, puedo entender su preocupación. De verdad. Le pido perdón. No se me pasó por la cabeza. Como ella es tan ingenua, no se me ocurrió que ... —Se interrumpió, poniéndose colorada hasta la raíz del pelo—. Bueno, Carlisle y Seth son como parte de la familia.

La mirada de Edward se deslizó por la parte delantera del camisón de Bella. A su juicio, la palabra ingenua no servía para describir la anatomía de su esposa. Tratando de encontrar una tranquilidad que seguía siéndole esquiva, Edward respiró hondo y soltó el aire despacio. Se estaba comportando como un marido posesivo y, además, su reacción había sido un tanto exagerada.

Dirigiendo todo el impacto de su mirada hostil hacia Jessica, preguntó:

—¿Hay alguna razón para que tengas tanta prisa en cambiar las sábanas de mi esposa?

—No ... No señor. Sólo que desde que ella llegó a esta casa adoptó la costumbre de arreglar su habitación primero. Antes de subir el desayuno, quitar el polvo y todo lo demás.

Con fingida paciencia, Edward respondió.

—Bueno, pues como hoy mi esposa parece poco dispuesta a empezar el día, cambia tu rutina, Jessica, y deja su habitación para el final. A lo mejor cuando regreses, ella muestra más entusiasmo por salir de la cama. —Quiso mirar su reloj, pero cayó en la cuenta de que, con las prisas, no lo había cogido—. Es bastante temprano, ¿no es verdad? A mí no me agradaría mucho que me despertases a esta hora para cambiar las sábanas de mi cama.

La rubia Jessica asintió con la cabeza e hizo una reverencia.

—Sí ... sí, señor. Edward miró a Esme.

—Si Bella quiere quedarse en cama un domingo por la mañana, no puedo más que aplaudir su buen juicio. Dejadla dormir, por el amor de Dios.

Tras decir estas palabras, regresó a la habitación principal con la intención de seguir el buen ejemplo de Bella y holgazanear el resto de la mañana. Después de todo, era domingo. Un hombre muy rara vez tenía la oportunidad de no hacer nada durante todo un día.

Acababa de desabotonarse la camisa cuando oyó que llamaban a la puerta con golpes fuertes. La inesperada visita hizo que sintiera un dolor que perforaba sus sienes e hiciera una mueca. Tras cruzar la habitación a grandes zancadas, abrió la puerta bruscamente.

—¿Y ahora qué pasa?

Esme se resuelve en el pasillo.

—Creo que será mejor que venga usted conmigo. Bella se está comportando de una manera sumamente extraña, y no sé qué pensar.

Antes de que Edward le respondiera, su ama de llaves, a todas luces fuera de sí, dio media vuelta. A él no le quedó más remedio que seguirla a la habitación de los niños. Al entrar en ese cuarto, vio que Bella finalmente había decidido salir de la cama y parecía estar buscando algo entre las capas de la ropa de cama.

—Parece que ha perdido algo —observó él con una voz afable que no dejaba traslucir su irritación—. ¿Eso qué tiene de raro?

—¿Que qué tiene de raro? ¿Qué puede haber perdido?

—¡Qué sé yo! —Con su dolor de cabeza empeorando a cada segundo que pasaba, Edward estuvo a punto de soltar un gruñido al oír su propia voz. Lo pensaría dos veces antes de volver a beberse una botella de whisky entera—. ¿Y eso qué importa?

Salvando la distancia con tres largas zancadas, Edward alcanzó la cama. Bella, que sólo en aquel momento pareció darse cuenta de que él había entrado en la habitación, se pegó un gran susto cuando lo vio junto a ella. Luego, inclinándose hacia adelante, abrió los brazos de manera protectora alrededor de su ropa de cama. Para indicarle que no tenía ninguna intención de tocar nada, Edward cruzó los brazos y la vio levantar la sábana que se encontró en la parte superior y echar una miradita debajo de ella. Curioso, se inclinó de lado y estiró el cuello para echar también un vistazo. No había nada. Era más que evidente que la chica era una idiota. Puesto que esto no era una novedad para nadie, y mucho menos para Esme, Edward no podía entender por qué lo había llamado. A su modo de ver, una chica rara comportándose de manera rara no era nada extraño.

—A lo mejor hay chinches - dijo él, sabiendo antes de hacer semejante insinuación que Esme se descompondría ante la sola idea de que pudiera tratarse de eso.

—¿En esta casa? ¡Muérdase la lengua!

Sintiendo un placer malsano por haber logrado despertar la ira del ama de llaves, volvió a centrar su atención en Bella. Y vio que después de mirar detenidamente debajo de su ropa de cama, ella pasó a buscar debajo de la almohada. Al no encontrar nada, comenzó a dar golpecitos sobre el edredón, palpando fuertemente sus dobleces, como si estuviese buscando bultos.

—Es indudable que está buscando algo - Y que no lo ha encontrado. —Miró a Esme con las cejas arqueadas—. Podría ser una cinta para el pelo.

—No llevaba ninguna cinta cuando se acostó.

Edward echó un vistazo a las manos de la chica. No llevaba sortija alguna. Pensó que era necesario rectificar eso. Un anillo de oro, sencillo. Supuso que tendría que comprar uno enseguida. Pero, por otra parte, quizás fue mejor preguntarle a su madre primero. Era posible que hubiera una razón para que Bella no tuviese anillos ni collares. A lo mejor se los tragaba o hacía cualquier otra cosa espantosa.

—¿Una joya? —Hizo la pregunta por decir algo, pues sabía cuál sería la respuesta de Esme.

—Ella no tiene joyas.

Dejó escapar un suspiro de exasperación.

—Bueno, en fin, parece estar convencida de que ha perdido algo, Esme. Tal vez algo imaginario. ¿Por qué no le sigues la corriente?

—Pero ¿no le parece que su comportamiento es muy extraño?

Edward lanzó una mirada de asombro a la mujer. —¿Qué esperas? ¿Que se porte como una chica normal? —Casi ciego por el dolor de cabeza que le martilleaba detrás de los ojos, se dirigió a la puerta—. Síguele la corriente. Ayúdala a buscar. Toma una taza de café mientras ella busca. No me importa, Esme. Sólo déjame descansar.

Su tono de voz enfureció a Esme, que le gritó.

—Creo que debería seguir bebiendo para que se le cure la resaca. ¡Eso es lo que pienso!

La sola idea de beber hizo que se le revolviera el estómago.

Poco después despertó del mediodía, Edward siseó al oír que llamaban de nuevo a la puerta. No podía creer del todo que, justamente el día en que había decidido dormir hasta tarde, no podía dejarlo tranquilo.

—¡Enseguida voy! —Gritó—. ¡Dejad ya de aporrear esa maldita puerta! No estoy sordo.

Después de ponerse los pantalones con dificultad, alargó la mano para coger su camisa y empezó aponérsela mientras cruzaba la habitación. Ya había logrado meter un brazo en una de las mangas cuando Esme gritó:

—¡Dese prisa, señor! ¡Se me ha perdido!

—¿Que se te ha perdido? —Acelerando el paso, Edward se lanzó hacia la puerta con la camisa enrollada alrededor de un codo. Abrió la puerta de par en par y le dirigió una mirada de incredulidad a su ama de llaves—. ¿Dónde se te ha perdido, por amor de Dios?

—Si lo supiera, no se me habría perdido, ¿no cree?

Pasando por alto este comentario sarcástico, Edward salió al pasillo.

—¿Se ha marchado de casa?

Esme corría junto a él para dirigirse a la habitación de los niños.

—Cuando la llevé a la planta baja, cerré todas las puertas con llave. Si salió, tuvo que hacerlo por una ventana. —Soltó un chillido de angustia y se llevó los nudillos de una mano a la boca. Con voz apagada, exclamó—: Si le ha pasado algo, nunca me lo perdonaré. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Así de rápido. Yo la estaba vigilando, señor. Se lo juro por lo más sagrado.

Edward se detuvo en el rellano, agarró la barandilla y se inclinó para echar un vistazo en el recibidor.

—¡Bella!

—Eso no servirá de nada, se lo aseguro. He removido cielo y tierra para encontrarla. Y, aunque no me guste reconocerlo, no creo que esté en casa.

Con el pulso empezando a martillearle las sienes como un mazo, Edward se dirigió a las escaleras. Bella podría estar deambulando sola por el bosque en aquel estado. La imaginó trepando a un árbol y cayéndose. O tropezando con una raíz. Miles de accidentes de todo tipo podrían acaecerle. Bajando los escalones de tres en tres, gritó por encima del hombro.

—Cálmate, Esme. No es tan catastrófico que haya salido. Ella conoce muy bien la zona. Es muy probable que haya ido a casa de sus padres.

La rellenita mujer corría con sus exasperantes pasos cortos para tratar de seguirle el ritmo a Edward. Cuando él llegó a la planta baja y probó a open la puerta principal, ella se llevó las manos a las caderas.

—Le dije que había cerrado todas las puertas con llave. ¿Es que duda de mi palabra?

—Desde luego que no. Sólo quiero cerciorarme. —Edward corrió por toda la casa intentando abrir las demás puertas. Todas estaban cerradas con llave, tal y como Esme le había dicho.

No creo que hayas comprobado si todas las ventanas tienen el cerrojo echado. Esme frunció los labios.

—No, no se me ocurrió hacerlo. Lo siento, señor. Nunca habría imaginado que ella intentaría salir por una ventana. Pero suelo echar todos los cerrojos.

Edward sabía que Esme, en efecto, siempre tenía cuidado de asegurar las ventanas con cerrojo al cerrarlas.

—No perdemos nada con revisar todos los cerrojos. Si alguno está descorrido, será un buen indicio de que ella ha salido de casa.

Tras llamar a gritos a los criados, Esme organizó un equipo eficiente para que los ayudara a recorrer toda la casa. Unos pocos minutos después, Edward volvió a encontrarse con ella en el recibidor.

—El cerrojo de la ventana del salón estaba descorrido. Es posible que haya salido por ahí. —Al ver la expresión de angustia en el rostro del ama de llaves, suavizó su tono de voz y la cogió firmemente por los hombros—. Esme, basta ya. Seguro que está bien. Iré a vestirme para ir a casa de los Swan. No hay duda de que la encontraré allí.

Ella asintió con la cabeza y se sonó la nariz.

—Sólo le pido a Dios que no le haya pasado nada. Es una criaturilla encantadora. Nunca me lo perdonaría.

—Estoy seguro de que no le ha pasado nada. Aunque no me guste reconocerlo, ahora que Anthony se ha marchado de aquí, dudo de que haya en toda la región un hombre tan perverso como para querer hacer daño. Y, aparte de lo que Anthony le hizo, ella ha estado deambulando por el bosque desde hace muchos años sin que le haya ocurrido nada. La única razón por la que ahora no permito que lo haga es su embarazo. Deja ya de preocuparte. La traeré a casa en menos que canta un gallo. ¡Vas a ver!

Bella no estaba en casa de los Swan. Y, lo que era aún más sorprendente para Edward, ninguno de sus padres pareció alarmarse cuando él apareció en el umbral de la puerta buscando a su esposa. Renee sugirió a Edward que la encontraría en el bosque. Pero no era necesario que fuera a buscarla. Bella tenía la costumbre de deambular, le recordó ella, y así era desde muchos años. Regresaría a casa hacia el atardecer, ya fue a la de Edward oa la de los Swan. Si optaba por esta última, sus padres le aseguraron a Edward que le enviarían un recado para que fueran a recogerla.

Preocupado aún, a pesar de las palabras tranquilizadoras de los Swan, Edward la buscó en el bosque antes de regresar a casa. Pero era como buscar una aguja en un pajar, como decía el proverbio. Se encontró en pleno campo, y sabía que Bella podría estar casi en cualquier. Al final, no tuvo más remedio que regresar a Cullen Hall y quedarse allí esperando. Si al anochecer aún no había aparecido, organizaría un grupo de búsqueda.

Esperaría, pues, con impaciencia a que llegara la noche. No podría estar tranquilo hasta que Bella estuviese en casa de nuevo. Era verdad que ella había deambulado por las colinas la mayor parte de su vida. Pero eso era antes de que su estado era tan delicado. La indiferencia de su madre le parecía completamente increíble. Una mujer embarazada podía sufrir multitud de percances, especialmente alguien como Bella, que no entendía todos los peligros que podía encontrar allí fuera. La sola idea de que ella se hiciera daño lo ponía muy nervioso. Bella, con su pelo negro enmarañado y sus grandes ojos azules. En un tiempo increíblemente corto, había logrado colarse en su corazón y se había vuelto más importante para él de lo que quería reconocer.

Suponiendo que Esme aún estaría muy nerviosa, Edward no se entretuvo mucho tiempo en las caballerizas. Desmontó enseguida y le entregó el caballo a un mozo de cuadra. Luego se dirigió directamente a la casa. En el instante mismo en que entró en el recibidor, Esme se inclinó sobre la barandilla del primer piso y le gritó.

—Ya está aquí. Sana y salva.

Tal fue el alivio que sintió Edward, que empezaron a temblarle las piernas. Necesitaba un poco de tiempo para recobrar la compostura, así que se apoyó en las puertas talladas de la entrada. Enseguida, alzó la vista hacia el rostro sonriente de Esme.

—¿Dónde estaba?

El ama de llaves alzó las manos para indicar, no sin algo de desconcierto, que no lo sabía.

—No tengo idea. Estábamos buscándola por toda la casa y, de repente, allí estaba. Es como si hubiera salido de la nada.

Edward frunció el ceño. Recordó el cerrojo descorrido de la ventana del salón.

—Lo más probable es que haya regresado por el mismo lugar por el que salió.

Bella apareció de repente en el rellano. Al echarle un vistazo, Edward no tardó en notar las reveladoras manchas de tierra que había en su vestido azul pálido y en sus medias blancas. Con el pelo negro tan enmarañado como de costumbre, la chica bajó la vista para mirarlo con sus enormes ojos azules. La expresión de su rostro era inexplicablemente solemne. Edward supuso que ella comprendía, aunque fue de manera vaga, que había hecho algo malo y que podría buscar problemas. Para que supiera que no estaba enfadado, sonrió y le guiñó un ojo. Si bien les había dado un tremendo susto a todos, ella en realidad no tenía la culpa; imputarle la responsabilidad era totalmente absurdo.

Se aseguró a sí mismo que la mejor manera de manejar la situación era tomando precauciones adicionales para que aquello no volviera a pasar. Miró a Esme.

—¿Tienes unos minutos? Creo que debemos establecer nuevas normas en esta casa, no sólo para los empleados domésticos, sino también para nosotros. No podemos permitir que ella vuelva a salir a hurtadillas. Mientras esté embarazada, corre muchos peligros. Si llegase a herirse hallándose lejos de la casa, podría desangrada antes de que alguien la encontrar.

Esme se puso tan pálida como una estaca blanqueada ante semejante posibilidad.

—Enseguida bajo.

Unos minutos más tarde, Edward y su ama de llaves se reunieron en el estudio. Entre los dos esbozaron algunas medidas preventivas que podían adoptar para hacer desistir a Bella de que volviese a salir furtivamente; o mejor, para impedirle que lo hiciera. La más importante de todas era que, a partir de aquel momento, todas las puertas exteriores debían permanecer cerradas con llave en todo momento, día y noche, y sólo Edward o Esme tendrían las llaves. Las ventanas de la planta baja, provistas de cerrojos interiores en lugar de cerraduras, presentaban un problema ligeramente mayor. Se determinó, no obstante, que, si todas se mantenían cerradas con cerrojo, sería fácil saber cuándo Bella había usado una de ellas como ruta de escape. Una vez fuera, la joven no podría volver a correr el cerrojo de la ventana que había used, y ellos sabrían con toda certeza que ella había salido de la casa. En tal caso, Edward podría emprender enseguida la búsqueda en los bosques cercanos.

A gusto con las medidas preventivas que había tomado, Edward se fue a dormir aquella noche con la certeza de que Bella no corría peligro. Se prometió a sí mismo que a partir del día siguiente reservaría una o dos horas todas las tardes para pasar un poco de tiempo con ella. No tenía ni la menor idea de para qué. ¿Cómo se podía entretener a una chica que era débil mental?

Esme parecía creer que era importante que Bella y él se conociesen mejor y, con este fin, Edward estaba dispuesto a sacrificar un poco de su tiempo. No sería fácil. Normalmente, pasaba las mañanas en su estudio haciendo el trabajo administrativo; y, por las tardes, se ocupaba de sus purasangres y de la granja, o iba a la cantera. Ya tenía demasiado trabajo, y algunas veces sintió que pretendía hacer de la noche día, especialmente durante el verano.

Sin embargo, lo que menos quería era que Bella viviera con miedo en su nuevo hogar. Si podía disipar sus miedos pasando una o dos horas con ella todos los días, valía la pena hacer el esfuerzo.

El plan de Edward resultó ser un poco más difícil de llevar a cabo a cabo a cabo de lo que esperaba. Reorganizó sus actividades para sacar tiempo para ella al día siguiente, pero cuando llegó a casa, no encontró a Bella por ninguna parte.

—¿Cómo que ha desaparecido? —Le preguntó a Esme.

—Bueno, pues ... —Las lágrimas que el ama de llaves estaba a punto de derramar hicieron brillar sus ojos verdes—. Pasó exactamente lo mismo que ayer, señor. Desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Carlisle estaba a punto de ir a buscarlo para informarle de lo sucedido.

—¿Habéis mirado las ventanas?

-Si. Ya las hemos mirado. Ningún cerrojo está descorrido. —La respuesta del ama de llaves hizo que Edward se detuviera bruscamente. Se volvió hacia ella—. ¿Ninguno? ¿Estás completamente segura?

—Ninguno.

—Entonces tiene que estar en alguna parte de la casa.

—Eso sería lo lógico. Pero no está en ningún lado. Hemos buscado hasta en el último rincón de la casa, señor. Es como si ... —Se interrumpió y se llevó las manos a la cara—. Es como si se hubiera esfumado en el aire.

Edward ya había visto aquella expresión en el rostro de su ama de llaves y sabía que era mala señal.

—Venga, Esme. No dejes que tu imaginación irlandesa te gane la batalla. La chica es de carne y hueso, como tú y yo. Ninguno de nosotros puede esfumarse en el aire.

—¿Está usted seguro? Es innegable que ella tiene algunas características de los duendes. Como ese raro afán de registrar su ropa de cama ... Lo hizo de nuevo esta mañana. Eso ya es mucho más que extraño, si quiere saber mi opinión. Una persona buscando algo que no ha perdido ... —Tembló ligeramente—. Sé a ciencia cierta que los duendes no son como nosotros. A veces ven cosas que nosotros no podemos ver, y tienen dones que lindan con la magia. Seguramente ha oído usted las historias que cuentan acerca de cómo doma a los animales salvajes en el bosque. Eso no es normal, y no me lo puede negar.

—No estoy diciendo que sea una chica normal. Sólo digo que, a pesar de sus peculiaridades, es un ser humano, Esme, y, por consiguiente, tiene límites y hay cosas que no puede hacer. ¿Esfumarse en el aire? Eso es una ridiculez. O bien ha encontrado un escondrijo en algún lugar de la casa, o está saliendo por una de las ventanas de arriba.

—¿Una ventana de arriba? —Esme dio un grito ahogado y se persignó—. ¡Dios santo! ¡Se puede romper el cuello!

—¡Exacto! —Edward se dirigió a las escaleras—. De ahora en adelante, todas las ventanas del primer y del segundo piso también deben permanecer cerradas con cerrojo. Nos ocuparemos de ello enseguida. Luego, reuniré unos hombres para que me ayuden a peinar el bosque. Es probable que ella esté deambulando por allí fuera, más feliz que una perdiz y completamente ajena al miedo que nos está causando.

Diez minutos más tarde, Edward estaba revisando los cerrojos de las ventanas del salón de baile, situado en el segundo piso, cuando sintió una presencia detrás de él. Con un hormigueo recorriendo todo su cuerpo, echó un vistazo por encima de su hombro y vio a Bella junto a la puerta abierta. Igual que el día anterior, su vestido holgado estaba cubierto de tierra y sus mejillas llenas de polvo. Puesto que Edward sabía que no era posible que se había ensuciado tanto dentro de la casa, sólo le quedaba suponer que la muchacha había hecho lo que él se imaginaba y había salido por una de las ventanas del primer piso o del segundo.

Pensar en ello hizo que se le acelerara el pulso. Mientras se podía hacer algunos arreglos en el techo, él había aprendido, a base de cometer errores, lo traicioneras que podrían ser algunas de esas tejas. Un paso en falso era todo lo que se requería. En algunos lugares, no había nada que pudiese amortiguar la caída de una persona. Tenía ganas de sellar todas las ventanas con clavos a lo largo de los travesaños inferiores.

—Bella -. Cariño, ¿dónde has estado?

Al oír esta pregunta, ella dio un paso atrás.

—No tengas miedo. No estoy enfadado contigo. Sólo estoy preocupado. Sé que has ido al bosque y, si saliste por una de estas ventanas, te has podido caer.

Ella dio otro paso atrás.

Moviéndose despacio, Edward trató de salvar la distancia que lo separaba de Bella. No alcanzó a dar más de unos cuantos pasos antes de que la chica saliera corriendo.

—¡Bella! Vuelve aquí. No te haré daño.

Sus palabras se perdieron en el aire. Edward dejó escapar un suspiro de desaliento y se frotó el puente de la nariz. ¿No se suponía que debía pasar algún tiempo con ella? Pero ¿cómo iba a lograr semejante hazaña? ¿Atándola a una silla, tal vez?

Atravesó el pasillo del segundo piso hasta llegar al rellano. Cogiendo uno de los postes de la escalera, dejó caer todo su peso sobre los escalones y los bajó de tres en tres. Una vez en el primer piso, se dirigió directamente a la habitación de los niños. Esme, que estaba reprendiendo a Bella y comprobando que no tuviese ninguna herida, no advirtió que había entrado en el cuarto.

—¡Ay, chiquilla, no puedes seguir desapareciendo de esa manera! Mi viejo corazón de irlandesa no lo soportaría. ¿Qué hiciste? ¿Saliste por una de las ventanas de arriba? ¡Que Dios nos ampare! Podrías romperte el cuello. ¿Acaso no lo entiendes?

Edward se acercó a la mesa donde Bella se encontró. Agachándose frente a su silla, la miró a los ojos con aire grave. Los sentimientos que leyó en ellos lo desconcertaron. Tenía miedo de que la castigaran, esto estaba perfectamente claro. Pero también parecía confundida y desde luego adoptaba cierta actitud de superioridad moral, como si la estuvieran acusando injustamente.

Edward la examinó con todo cuidado, empezando por el pelo, que parecía tener trozos de telarañas adheridos a los rizos, y terminando por las medias blancas, que estaban manchadas de tierra. Tierra grisácea. No roja. Casi toda la tierra en los alrededores era arcilla de color marrón rojizo.

—Esme, ¿hay algún lugar dentro de la casa, digamos un armario o un almacén de algún tipo, que pueda estar lleno de telarañas y polvo?

Esme farfulló de indignación ante la sola sugerencia de una cosa así.

—Sólo el ático, y usted sabe muy bien que siempre está cerrado. Yo tengo la única llave, y no se la he dado a nadie desde que usted compró la nueva caja fuerte, después de que Anthony se marchara. Edward frunció el ceño.

—¿Estás segura de que está cerrado con llave?

—Segurísima. Con todas las arañas y ratones que hay allí dentro ... —La mujer se estremeció—. Siempre está cerrado con llave.

—Entonces, ¿hay algún otro lugar? —Edward dijo las manchas que había en la ropa de Bella—. Si hubiera salido de casa, la tierra que cubre su vestido sería rojiza. —Tocó una de las manchas de sus rodillas—. Esto más bien parece polvo.

—¿Polvo? —El ama de llaves le lanzó una mirada hostil—. Quiero que sepa que aquí se limpia minuciosamente hasta el último rincón y la última grieta de la casa, sin excepción. Nunca permitiría que las habitaciones, los armarios ni ninguna otra cosa estuvieran así de mugrientos.

Edward sabía que eso era verdad. Pero las dudas seguían acechándole. ¿Habría encontró Bella algún escondrijo que Esme había pasado por alto?

—Quiero que mañana la vigiles atentamente —le ordenó al ama de llaves—. Si es necesario, pide ayuda a una o dos criadas. Quiero saber adónde va cuando vuelva a escabullirse.

La creciente indignación de Esme hizo que su acento irlandés se hiciera más fuerte.

—¡Tuvo que salir del edificio! No hay más que mirarla para saberlo, está totalmente cubierta de tierra. ¡No habría podido ensuciarse tanto dentro de la casa!

Edward se puso de pie y dio a la buena mujer unas palmaditas en el hombro.

—Sé que tienes razón, Esme. Pero, de todas maneras, haz lo que te pido, ¿eh? Te lo agradecería mucho. Y entretanto, cuando yo esté trabajando en las caballerizas, vigilaré el exterior de la casa, para ver si logro pillarla saliendo a hurtadillas por una ventana.

Miró hacia su esposa de nuevo y estudió la situación y sus posibles soluciones. Dado que a Bella se le había permitido deambular a voluntad cuando vivía en casa de sus padres, era posible que le pareciese que su vida en Cullen Hall era demasiado aburrida en comparación con lo anterior, y estaba en lo cierto. Era preciso organizar las cosas de tal manera que ella pudiese dar un paseo todos los días. Esme no tenía tiempo para acompañarla. En realidad, Edward tampoco.

Dejó escapar un suspiro de resignación. En última instancia, Bella era responsabilidad suya, y de nadie más. Si Necesita que la sacaran a pasear todos los días, y obviamente era así, él era el candidato que mayor obligación tenía de llevar a cabo esta tarea. Ahora que había decidido convertirla en residente permanente de Cullen Hall, no podría evitar que se presentaran situaciones en las que tendría que quedarse a solas con ella. No podía aplazarlo indefinidamente. Sería ridículo intentarlo ni siquiera. Aunque fue un matrimonio sólo de nombre, la realidad era que estaban casados; y, aunque su papel como tal no abarcara toda la extensión de la palabra, él era su esposo.

Lo indicado sería ejercer un poco de dominio de sí mismo, pensó con determinación. Si aún no sabía controlarse, debería que aprender.


hola a todos, disculpen el retraso ... pero quien dijo que dar clases era fácil ...

Bueno aquí les traigo otro capitulo ... ¿Que buscará Bella en las sabanas? ¿A donde vá cuando se le pierde a Esme?

Que opinan de este capitulo.