Pequeña Nutria utilizó su último hechizo para sanar a Lavina y borró el daño sobre su cráneo. La guerrera recuperó la conciencia casi de inmediato y se incorporó.

– Oh, mierda, ¿qué ha pasado? ¿Dush?

El orco gruñó, tras ella, para hacer notar su presencia. Al volverse vio a Erisad, en el suelo. Estaba tumbada boca abajo, parcialmente desnuda. Su hombro y su espalda estaban desgarrados en una herida muy sucia que dejaba expuesta la carne húmeda debajo. Habían usado hechizos sobre ella, porque no sangraba, pero distaba mucho de estar curado. Los labios de la chica estaban pálidos, su respiración acelerada y, a todas luces, tenía fiebre. Sin decir una palabra, Pequeña Nutria volvió hasta ella y sacó varios trozos de tela de su mochila para apañar un vendado.

– ¿Qué mierdas ha pasado?

– La atacaron, con vardach, por la espalda.

– ¿Quién logró pìllarla por la espalda?

– Un puto orco.

Peq negó, no quería darle más datos. No necesitaba cargar a Lavina con la culpa de que Eri hubiese sido herida por intentar llegar hasta ellos dos. Dush volvió a gruñir, esta vez hacia Lavina.

– Ahora que puedes caminar, caminamos. No debemos quedarnos tan cerca.

Peq asintió y tenía lágrimas en las comisuras de los ojos. Lavina se percató.

– Peq, ¿estás bien?

– He gastado toda mi magia para salvarte a ti y para detener su hemorragia, no podré hacer más hasta dentro de unas horas y no sé si va a…

Lavina se agachó junto a Erisad y la tocó suavemente.

– Es una chica más dura de lo que parece. No te preocupes, la cuidaremos entre los tres y en unas horas harás que esté como nueva.

Pequeña Nutria no parecía convencido, pero asintió. El gnomo trató de cargar de nuevo con un petate que contenía las propiedades de Erisad, demasiado pesado para él, y tiró de los agarres con frustración. Lavina lo levantó del suelo.

– Yo lo llevo, tranquilo.

Dush volvió a levantar delicadamente a Erisad del suelo y echaron a caminar.


Eisin.

Habían tardado días en caminar hasta allí, ¿cinco?, ¿seis?, habían dejado de contarlos. Habían seguido la carretera entre Puerto Baden y Eisin, un antiguo camino empedrado, bien conservado, lo suficientemente ancho como para permitir el paso de dos carretas. Casi todo el flujo que habían visto viajaba hacia el sur: suministros de tropas, comida y esclavos para una guerra que no entendían. Sólo muy de tanto en tanto se cruzaron con alguien en sentido contrario.

En ese trayecto Selina se había agarrado a Otto como si él fuese su tabla de salvación y él a ella. Ellos dos eran los restos de un naufragio, aferrados el uno al otro para permanecer a flote. Eran una declaración de amor no correspondida y una belleza mítica reducida a una pieza más en el engranaje de una guerra. Pero, en la noche, se habían abrazado, ella sabiendo que su presencia lo protegerían a él del látigo, él sabiendo que el frío no osaría matarla mientras la abrazase. Nunca hacía frío cerca de Otto.

Y, a pesar de que mantuvieron los ojos abiertos, buscando el terraplén, el arbusto, la oportunidad de escapar, siempre tuvieron a alguno de los capataces detrás del grupo a caballo, vigilándolos.

– ¿A dónde crees que nos llevan, Otto?

– No lo sé…

Pero sabía que no era a ningún sitio bueno...

Lo primero que llamó la atención de Otto cuando vieron la ciudad de Eisin fue el río al sur de la ciudad. Era el poderoso río Felthera, que cruzaba todo Erethor y desembocaba en el Ardune.

Atravesaron los campos pisoteados por cientos de miles de pies y pezuñas, atravesaron uno de los barrios de lonas que se habían desplegado alrededor de la ciudad, como pétalos, lleno de tropas, y se adentraron en lo que era Eisin.

Edificios cuadrados, brutos y sin ninguna gracilidad… La mayoría construidos en piedra, con tejados de cañizo. Muchos de ellos renegridos por lo que parecían los restos de hollín.

Resaltando por encima de todos, sobre la colina, el templo a la sombra. Habían colocado pebeteros junto a sus puertas. Estaba encendidos, pretendiendo darle algo de la grandiosidad que un edificio tan tosco no conseguía por sí mismo.

Otto se volvió al detectar un grácil arco de piedra blanca, ligero y hermoso, encastrado dentro del muro de carga de uno de los toscos edificios. Tenía una rama de hiedra tallada a todo lo largo. El amor puesto en su talla era radicalmente opuesto a lo que veía alrededor… Algo se le encogió y no supo por qué.

Los guiaron hacia el puerto fluvial. Su grupo lo formaban una veintena de hombres y mujeres, todos arrancados de los poblados pesqueros a lo largo de la costa. Además de Selina, había otra mujer y dos hombres que habían pertenecido al mismo pueblo. Los habían mezclado con otros desconocidos, seguramente para evitar complicidades o rebeliones.

El puerto estaba concurrido, en movimiento, en un movimiento frustrantemente lento.

Amontonaciones de mercancías y tropas esperaban en diferentes puntos. Más lonas habían sido dispuestas entre los edificios para dar algo de protección a los sacos de grano o las tropas que esperaban pacientemente a la siguiente barcaza libre.

De nuevo, a Otto aquello le pareció una locura. ¿Por qué? ¿Dónde estaba la autoridad para impulsar toda esa maquinaria? Selina tropezó por tercera vez y él la ayudó a caminar. Estaba agotada, y tenía una leve fiebre.

Les ordenaron sentarse bajo una de las lonas. Les trajeron un cubo de agua para saciar su sed y dos panes. Selina se había guardado un pequeño cuenco y lo usaron para pasar el agua. La otra mujer partió el pan y lo repartieron.

Otto observó los movimientos del puerto. En un apartado dos orcos estaban peleándose y otros los estaban animando. Putos orcos. Ojalá no se acercasen a ellos buscando entretenimiento. Dos túnicas negras paseaban por el muelle oteando las labores de cargado de una de las barcazas. Tuvo el instinto de colocarse ante Selina cuando los vió aproximarse a su posición, pero al volverse, se percató de que su compañera había caído dormida… y que la otra mujer la había cubierto con un trozo de arpillera, ocultándola. Sonrió levemente a Otto.

– Pobre niña. Su rostro puede ser una maldición aquí – dijo.

Otto asintió. Las dos túnicas negras pasaron de largo, hablando entre ellos sin dirigirles ni una mirada.

En uno de los muelles, varios esclavos cargaban sacos en una barcaza. Se les veía agotados. Uno de ellos tropezó y el capataz se acercó y le golpeó con una vara, el hombre trató de ponerse en pie pero no lo logró. El capataz lo observó con gesto de fastidio, miró al resto de trabajadores que tenía, todos con la marca de esclavo, que aún trataban de cargar sacos con piernas temblorosas y resopló con frustración.

Detectó al grupo de Otto y se acercó. Era un hombre de mediana edad, ancho, fornido, y calvo. Se detuvo ante ellos, torció el gesto con expresión decepcionada y señaló a varios de ellos.

– Ese, ese, aquel, ese de ahí, aquel, tú… y ese…

Había seleccionado a los hombres más recios del grupo, e ignorado a los débiles y a las mujeres. Sus dos ayudantes hicieron señas a los seleccionados. Otto era uno de ellos. Se puso en pie para seguirlos. Se volvió un momento hacia la forma de Selina oculta bajo la arpillera. La mujer que la había escondido le dijo:

– No temas. Yo cuidaré de ella.

El resto de la tarde la pasaron cargando putos sacos de comida con los que alimentar a ese puto ejército de mierda que parecía existir sólo para fastidiar la vida de otros. Uno de los ayudantes del capataz era un criajo, larguilucho y estúpido, más joven que él. Llevaba un símbolo sagrado sobre su escuálido pecho, sin ser legado… y parecía disfrutar de atormentarles. El muy imbécil corría de uno a otro azuzándoles como si fuesen animales, y fustigándoles con la vara si se demoraban. Otto apretó los dientes, con cada línea de dolor que trazó sobre su piel. Y su deseo de arrancarle sus dientes torcidos y partirle de una patada esa barbilla retraída fue haciéndose cada vez mayor.

Pero no le convenía morir, Selina se quedaría sola.

El sol cayó, y pensó que eso les daría un respiro, pero no fue así. Encendieron antorchas y pebeteros en el puerto para que los esclavos humanos siguiesen con la tarea. Y se puso a llover.

– Joder – murmuró– … ¿hay algo más que pueda torcerse?

Un varazo cayó sobre su espalda y Otto gritó por la sorpresa.

Hambre, agotamiento, dolor… Sus piernas doblándose bajo el peso. Y el dolor fue convirtiéndose en ira, en rabia…

Y, por fin, les indicaron que se retirasen y otro grupo de desgraciados llegó para ocupar su lugar.

Otto regresó hacia el tendal que les habían designado, el lujo temporal de un techo de lona. Sentía los músculos entumecidos y tensos, y las marcas de la vara… Pero lo que más sentía era la marca sobre su cara. Ardía, quemaba… La tocó con los dedos, al tacto no se notaba caliente, los rebordes parecían cerrados, no había infección. ¿Por qué le dolía tanto?

No se percató de que había llegado a su zona designada y casi pasó de largo de ella. No había nadie bajo el tendal.

Miró alrededor, buscando cualquier rastro de ella, de las otras personas. Frente al tendal, otro esclavo entrado en años se sentaba junto a un pebetero, con gesto agotado, tratando de calentarse un poco.

La marca le dolía mucho… ardía...

– ¿Dónde está Selina?

Había preguntado en voz alta, a cualquier autoridad que le oyese. El anciano levantó la mirada hacia él.

– ¿Quién?

– ¡Selina! Las personas que había aquí, ¿dónde están?

– Si te refieres a las mujeres que estaban ahí, se las llevaron. Vinieron un grupo de túnicas negras y se las llevaron.

La cara le estaba quemando… y las lágrimas empezaron a caer por ella. Miró el puerto, los alrededores, buscando una pista de sus compañeros de camino, de ella, y gritó una y otra vez su nombre.

El anciano se puso en pie despacio y gesticuló hacia él.

– Chico, chico, cálmate o llamarás la atención y no será bueno para ti.

La advertencia ya llegaba tarde. El niñato de la vara se acercaba a él. Otto, en lugar de retroceder, avanzó hacia él.

– ¡¿Dónde está Selina?! ¡¿Dónde están?!

La vara del niñato cayó sobre Otto, sobre su cuello y su pecho, con mucha fuerza y la habilidad que le daba haber perfeccionado la técnica para hacer sangrar… Pero Otto no sintió ese dolor, el dolor que sintió provenía de la cicatriz sobre su cara. Le ardía la piel a lo largo de las líneas que le grabaron a cuchillo. Otto siguió avanzando hacia él.

– ¿Dónde las habéis llevado?

El niñato levantó la vara de nuevo, con un gesto de confusión y Otto rugió…

Y todos los braseros del puerto rugieron con él. Las llamas saltaron hacia arriba, iluminando con la luz anaranjada de un amanecer furioso. Hubo gritos de alarma.

El esclavo se apartó del brasero junto al que había tratado de calentarse con gesto anonadado.

Las llamas se derramaron fuera del pebetero y avanzaron contra el niñato de la vara. Empezó a lanzar chillidos agudos mientras las llamas lo envolvían, haciéndolo arder con una fuerza que ni toda su carne podía alimentar.

Otto lo dejó atrás y avanzó hacia la zona de lonas, las llamas reptaron tras él.

– ¡Selina!

El fuego, tras las pisadas de Otto prendió en todo cuanto se puso a su alcance, lonas, sacos, maderos, tejados…

Los gritos de alarma ya llenaban el aire. La gente salía de las casas que estaban prendiendo, otros corrían hacia el río con cubos… El fuego se expandía.

– ¡Selina!

Otto giró buscándola... Y las llamas giraron con él, fijando su atención en lo que él miraba, prendiendo, avivando…

Alguien con una túnica negra apareció por una de las esquinas y observó a Otto desconcertado. Otto miró al hijo de puta maldito bastardo hijo de una mierda podrida… Y las llamas se alzaron tras él como una bestia con voluntad propia. Unas fauces enormes se abrieron en el fuego y cayeron sobre el legado…

Sus gritos surgieron de dentro de aquel infierno y, por primera vez, Otto vio el fuego… Y lo sintió. Extendió una mano, lo acarició, el fuego siseó y una serpiente ígnea se enroscó suavemente alrededor de su brazo y le devolvió la mirada. Una sensación de devoción llegó hasta él y sólo pudo pensar ya en llamas, con una sensación de abandono y éxtasis llenándolo.

Y algo cayó sobre su cabeza…

El anciano soltó el madero con que lo había golpeado, lo aferró y lo arrastró fuera de la zona de destrucción justo a tiempo. Un grupo de cuatro legados apareció en busca del causante de eso. Estaban confundidos, sus ástirax incapaces de oler la procedencia de la magia. ¿Dónde estaba el canalizador que había provocado aquello?

Las bestias olfatearon el aire y se detuvuieron en los dos esclavos encogidos por el terror en una esquina… Uno de ellos aferrando al otro inerte en sus brazos.

Los legados los observaron un momento, y siguieron adelante, buscando al autor de aquello.

Otto despertó horas más tarde en una barcaza, al lado de otros esclavos. Lo primero que gritó fue:

– Selina…

El esclavo a su lado le agarró el brazo.

– Tranquilo, no quiero que prendas fuego a este barco.

Otto se volvió hacia él y lo observó. Le sonaba de algo… Recordaba algo sobre fuego y un esclavo anciano sentado...

– ¿Qué ha pasado?

– Recibiste un golpe en la cabeza.

Al llevarse la mano instintivamente, encontró una gasa húmeda contra su cráneo.

– Y, en ese trozo de tela, va mi último tesoro: mi única pócima de curación. No la desperdicies.

Otto miró a su alrededor, estaban sentados en la cubierta de una barcaza, apelotonados, como sacos. Llovía. El agua resbalaba por los rostros de los que le rodeaban.

– ¿Dónde están Selina y las otras?

El anciano negó.

– No lo sé. Pero lo que les espera va a ser mejor que lo que nos espera a nosotros. Nos mandan al frente de fuego.


Salieron de la línea de árboles en mitad de la noche. No había estrellas. Las nubes cubrían el cielo. Dush había cargado con Erisad, envuelta en dos de las capas, sin acusar cansancio por ello. En cuanto se vieron al fin fuera del bosque ensombrecido, la depositó en el suelo. Pequeña Nutria se acercó de inmediato, retiró las prendas y procedió a hechizar sobre las heridas. Mientras la carne se entretejía de nuevo por efecto de la magia, Dush miró en la distancia.

– Algo está ardiendo allí.

Lavina entrecerró los ojos y le pareció percibir un tenue fulgor.

– Creo que en esa dirección está Eisin – comentó.

– Pues parece que se les está quemando algo.

Lavina se encogió de hombros y echó a caminar dejando atrás a Peq. Dush la siguió. El gnomo los observó desconcertado.

– ¿A dónde vais?

– Tenemos que ir a matar a Grial – respondió Lavina.

Pequeña Nutria los miró, alejándose, todo decisión, Lavina acariciando el pomo de su espada.

– ¿Que tenéis que ir a qué?