Los personajes son de Stephenie Meyer y la Historia Pertenece a Noelia Amarillo
CAPÍTULO 12
Jamás se había sentido tan feliz. Tan... completo.
Rodeaba con los brazos a la mujer a la que amaba desde hacía años. Se había mantenido abrazado a ella toda la noche, apretado contra su piel sedosa. Su pecho respiraba contra su espalda, delicada y elegante; su ingle se metía contra el dulce trasero; una de sus piernas arropaba las de la de mujer que estaba acurrucada contra él. Su mujer.
Inhaló profundamente aspirando su aroma, esa esencia inconfundible que le hacía desear pasar el resto de su vida así, arrullado por su presencia, por su personalidad, por sus bromas y enfados.
Su pene se irguió impaciente. Estaba tan cerca de ella que dolía. Sin abrir los ojos se movió hasta quedar encajado entre sus muslos. Sintió en el glande el calor femenino que guardaba la entrada a su vagina. Empujó. La corona de su verga quedó rodeada por la piel suave, húmeda por el rocío de su esencia. Sentía que podía tocar el cielo sólo con elevar la mano.
Abrió los ojos dispuesto a beberse la imagen de Bella. Los tibios rayos del amanecer se filtraban entre las tablas de las contraventanas, reflejándose rasgados en la tela de las cortinas y sumiendo la estancia en sombras apenas visibles. Parpadeó aturdido. ¿Ya amanecía? ¿Tan pronto?
Observó a la mujer acurrucada entre sus brazos, su respiración acompasada y la laxitud de su cuerpo le indicaron que estaba profundamente dormida. Cerró los ojos, contrito. Deseaba introducirse en ella, penetrarla hasta oírle jadear.
Pero era tarde. Muy tarde.
Salió de su interior lentamente. Sintió los músculos de la vagina aflojarse sobre su glande y deseó volver a entrar en ella. Apretó los labios y se alejó de su cuerpo tentador. Tenía muchas cosas que hacer, no podía entretenerse ahora por mucho que lo deseara.
Se levantó de la cama y, gracias a la poca luz que se colaba por las ventanas, consiguió no tropezarse con nada. La cabaña permanecería en sombras mientras las contraventanas estuvieran cerradas, pero aun así, había cierta claridad que le permitía imaginar lo que le rodeaba. Abrió el arcón y sacó unos vaqueros, una camisa limpia y unos calcetines. Buscó una toalla y la pastilla de jabón que, supuestamente, había sobre la encimera del aparador, y luego recorrió con la mirada el suelo hasta dar con las botas camperas. Con la ropa entre los brazos abrió la puerta; la luz entró a raudales iluminando el interior, se giró y observó a Bella. Seguía dormida, colocada de lado sobre la cama, tan hermosa como un hada, tan bella que le dolieron las entrañas por tener que abandonarla.
¿Cómo puede un hombre alejarse voluntariamente de su más añorada fantasía?
Haciendo acopio de toda su férrea voluntad, Edward dio un paso atrás sin dejar de mirarla y traspasó el umbral. Inspiró profundamente y cerró despacio la puerta, ocultando en la oscuridad la claridad que segundos antes iluminaba el cuerpo amado.
Bajó decidido los escalones del porche, saludó con la cabeza a Negro, lo palmeó en el lomo y después se dirigió a la bomba de agua; colocó el cubo bajo el grifo y bombeó. El líquido comenzó a fluir tras unos segundos. Helado. De la sierra. De los riachuelos ocultos en las profundidades de la montaña. Cuando tuvo suficiente, se lavó apresuradamente.
—¡Joder! —siseó entre dientes.
Hundió la toalla en el cubo de agua gélida y se aclaró con pasadas
largas la espuma que decoraba su cuerpo. Estuvo a punto de estallar en carcajadas al recordar que Bella pensaba que él residía siempre allí. En verano era agradable vivir en la cabaña; al estar en mitad del bosque la temperatura era más fresca que en el pueblo y el río que pasaba cerca contaba con unas buenas charcas en las que bañarse y nadar. Pero en invierno... Ni siquiera podía sacar agua con la bomba, pues ésta se congelaba y el viento soplaba tan fuerte que daba la impresión de que era el aliento del lobo a punto de derribar la cabaña de los Tres Cerditos; de hecho, todas las primaveras tenía que arreglar el techo y las contraventanas. No. En invierno prefería con creces su cómoda casa, sus chimeneas llameantes, su bañera con agua caliente...
Acabó de asearse con rapidez y miró al sol que poco a poco se alzaba en el cielo. Rondarían las seis de la mañana era tarde, muy tarde.
Se vistió apresuradamente y entró en el establo, su 4 × 4 esperaba paciente la hora de ponerse en marcha. Retiró el freno de mano y lo empujó fuera. Luego entró en el coche, cogió un cuaderno y un boli y escribió algo con trazos veloces. Arrancó el papel, pero se lo pensó un poco y comenzó a escribir notas a diestro y siniestro con una gran sonrisa en los labios. Minutos después entró en la cabaña, recorrió apresuradamente el mobiliario y luego se dirigió sonriente a la cama; dejó una de las misivas sobre la almohada, junto a la cabeza de Bella. Se retiró, pero un segundo después volvió a inclinarse sobre ella. Posó sus labios sobre su frente y la besó tiernamente.
—Te quiero—susurró.
Bella escuchó el susurro y supo que era su voz, la voz ronca y cariñosa del hombre. Sonrió esperando que él la besara de nuevo, pero esta vez en los labios. No fue así. Oyó la puerta cerrarse y el ruido de un motor al arrancar. Se sentó sobresaltada en la cama, descorrió las cortinas y se peleó con las contraventanas hasta que consiguió abrirlas, pero ya era tarde. Lo único que consiguió ver fue la estela de polvo dejada por las ruedas de un vehículo grande. Nada más. Él se había ido.
Volvió a sentarse sobre la cama y miró a su alrededor. Los tenues rayos de sol se colaban por la ventana abierta. El interior de la cabaña estaba muy desordenado, su ropa yacía arrugada en el suelo, la mecedora del porche estaba pegada a la pared, la mesa corrida de su lugar en el centro. Miró al techo, las cuerdas de cuero colgaban altas de las poleas. La cama estaba desecha y las sábanas arremolinadas a los pies. En el borde que daba a la pared había un... ¿estuche? Cerca de él una pequeña botella de aceite para masajes y a su lado una cosa morada. Parecía un... cono o algo por el estilo. Era fino en la punta y poco a poco se iba ensanchando hasta que cerca del final volvía a estrecharse, manteniendo ese grosor durante un par de centímetros, para luego abrirse en una base redonda, plana y más amplia. Bella enrojeció de golpe. Era el dilatador que había penetrado su ano.
Lo cogió con cuidado, estaba pegajoso por el aceite e increíblemente suave. Recordó su tacto cuando estaba dentro de ella, el placer que le había proporcionado, y abrió los ojos como platos. ¿Cómo había podido meterse eso ahí? De hecho, ¿cómo había podido albergar ahí la enorme y gruesa polla de su amante? Y... ¿cómo había podido disfrutar tanto? Suspiró asustada al sentir las mariposas revolotear de nuevo por su estómago. Se estaba convirtiendo en una adicta a ese hombre y a las cosas que le hacía.
Su mirada recayó en el estuche abierto. Gateó sobre la cama y lo cogió casi con reverencia; acto seguido ahogó un jadeo al atisbar lo que había en su interior. Más aceite para masajes, una pequeña bala vibradora y un enorme falo de látex, morado, todavía precintado en su envoltorio. ¿Para qué cojones quería él eso? Su vagina se estremeció y su clítoris comenzó a palpitar al imaginar lo que podría hacer con ese juguete.
—Creo que acabo de averiguar una cosa sobre ti —murmuró para sí—. Te gusta el morado. Sin lugar a dudas —afirmó recordando el pequeño vibrador en forma de mariposa, del mismo color, que guardaba en su cajón; obsequio de aquella vez que se perdió en el bosque y él la rescató. Abrió los ojos sobresaltada ¿Eso había sucedido hacía menos de una semana? Desde luego el tiempo pasaba veloz cuando estaba compañía de su amante. O pensando en él... o añorándolo como en ese mismo instante.
Se mordió los labios disgustada por el rumbo de sus pensamientos y decidió hacer algo para tener la mente ocupada. Lo primero de todo, arreglar ese desastre de cabaña. Colocaría la ropa, buscaría sábanas limpias para cambiar la cama, ya que ésta estaba claramente sudada (por decirlo de alguna manera), limpiaría el... juguete y lo guardaría en el estuche, y luego se asearía, se vestiría y se iría. Se levantó dispuesta a empezar y, en ese momento, vio el papel sobre la almohada.
«Quédate todo el tiempo que quieras. En el mensaje avisé a tu familia que no llegarías hasta la hora de comer. Hay una copia de la llave en el arcón. Recuerda. Esta noche yo no la olvidaré nunca. PD. No curiosees en mis cosas.»
Bella bufó indignada. Ella no curioseaba en las cosas de nadie. Por supuesto que no.
Ella cotilleaba, investigaba y husmeaba. ¡Ja!
Corrió risueña hasta el arcón y lo abrió. Allí, encima de todo estaba la llave. La cogió y acto seguido comenzó a hurgar. Pantalones, camisas, calcetines... No había ropa interior, Mmm, quizá él no usase de eso, pensó arqueando las cejas varias veces. Se mordió los labios, divertida, y siguió curioseando. No. Investigando. Debajo de toda la ropa encontró otro papel.
«¿No te he dicho que no curiosees en mis cosas? Vuelve esta noche. Te estaré esperando.»
Bella estalló en carcajadas mientras se dirigía veloz al aparador de la pared. Abrió los cajones; estaban llenos de trastos inútiles. Había una nota en uno de ellos.
«No se te ocurra tirar nada de lo que encuentres. Aunque parezca inservible, es mío. Ya te estoy echando de menos.»
Bella cayó de rodillas y pegó la nota a su pecho. ¡Joder! Ese hombre era un romántico, A su extraño estilo, pero romántico al fin y al cabo.
Abrió las puertas del aparador y observó su interior. Encontró una bolsa de deporte. Intentó sacarla, pero era muy pesada. Sobre ella había... otro mensaje.
«No deberías curiosear aquí. Está llena de herramientas peligrosas. Déjala en paz. No podría soportar que te cortaras con la sierra o los cuchillos. Cada vez te anhelo más.»
Bella resopló, pensativa. Parecía increíble, pero ese hombre había dejado una nota en cada sitio que había llamado su atención. ¿Era adivino, o ella era tan transparente que él leía en su mente sin problemas? O por el contrario, ¿la conocía tan bien que sabía de sobra qué lugares y cosas llamarian su atención? Dejó la bolsa y siguió mirando lo que había detrás de las otras puertas, abandonando esos intrigantes e incómodos pensamientos. Mochilas llenas de trozos de cuero —rnmm, ¿qué se propondría crear esta vez?—, toallas, esponjas, jabón... y extraños trozos de madera. Bajo uno de ellos halló la última misiva.
«Te dije que no curiosearas, ahora has estropeado la sorpresa. Espero que te guste. Regresa a mí cada noche.»
Miró con atención el trozo de madera que había descartado al ver la nota, no era un trozo cualquiera, era una talla. Una talla pulida y suave que representaba a una mujer dormida. Las facciones de la figura eran las suyas, el cuerpo era el suyo. Él la había grabado en ese trozo de madera, le había dado su forma. Era precioso. Una lágrima recorrió su mejilla. Era el regalo más hermoso que jamás hubiera recibido. ¿Cuándo lo había hecho? Ese hombre parecía tener un don en las manos.
Se sentó en el suelo al estilo indio y volvió a leer cada una de las notas. Había algo en la escritura que la recordaba a... alguien. Las palabras estaban trazadas con cuidado, las letras se unían entre si tal y como les habían enseñado en el colegio tantos años atrás, los trazos eran firmes y gruesos; intensos, a falta de otra palabra mejor. Y los conocía. Estaba segura. Había visto antes esa caligrafía.
Cerró los ojos e intentó recordar algo que él había dicho la noche anterior, cuando estaban haciendo el amor medio dormidos. Algo sobre que se moría por tenerla cada noche. Que se levantaba empalmado pensando que ella estaba sola en la... ¿habitación del centro? {Dónde? Bella bufó irritada, no recordaba exactamente qué había dicho él, y lo que recordaba no tenía ningún sentido. Decidió dejarse de bobadas y comenzar a hacer lo que tenía que hacer. Se levantó del suelo dispuesta a darse una buena ducha que le quitara de encima todos los fluidos pegajosos que pringaban su cuerpo y en ese momento recordó.
—¡Joder! Aquí no hay ducha... ¡Ni agua caliente!
Edward aparcó el 4 × 4 sobre la acera frente a la casa de su padre. Bajó rápidamente y entró en la casa. Llegaba tarde, tardísimo.
—¡Llegas tarde, tío! —gritó Alec en cuanto le vio aparecer en el almacén.
—Lo sé, lo sé; Me he entretenido —gruñó mirando el reloj colgado de la pared. Las siete menos cuarto, ese día irían de culo.
—Alec, sube a la cocina y llena el termo de café —ordenó Carlisle con voz severa.
—Sí, abuelo —obedeció el niño, no sin antes lanzar una mirada de advertencia a su tío. El abuelo llevaba enfadado desde la noche anterior y, cuánto más tardaba Edward en llegar esa mañana, peor humor tenía...
Edward observó la mirada de su sobrino y luego miró extrañado a su padre. Tenía pinta de estar muy, pero que muy cabreado.
El anciano se acercó a su hijo, lo miró irritado y sin previo aviso le sobó un buen coscorrón en la cabeza.
—¡Ay! ¿Por qué has hecho eso?
—Mira lo que has hecho —gritó enfadado Carlisle.
—¿Qué he hecho? —Edward lo miró alucinado, no había hecho nada malo. O al menos nada malo que su padre supiera.
—¡No te das cuenta de nada! —explotó sulfurado el viejo—. ¡Tienes la cabeza hueca! —Dio dos golpes suaves (más o menos) con los nudillos en la cabeza de su hijo—. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Alguna neurona qué aún funcione? —preguntó irónico sin dejar de darle golpecitos.
—¡Para! —espetó Edward, alejándose y frotándose la cabeza «¡Joder con el viejo! Esos nudillos huesudos son un arma mortal», pensó—. A ver, tranquilízate y dime qué coño he hecho.
—Bella ha pasado la noche fuera —explicó el anciano muy serio.
—¿Y qué? Eso no es culpa mía —rebatió con rapidez. Sí era su culpa pero nadie debía saberlo.
—Bella duerme en otra casa y tú sólo dices que no es culpa tuya. No te entiendo, ¡te juro que no te entiendo!
—¿Qué quieres que diga?— preguntó confundido. No sabía que mosca le había picado a su padre.
—Quiero que te enfades, Que te cabrees. ¡Que rompas algo! —gritó exasperado Carlisle.
—¿Que rompa algo? —De repente intuyó qué había pasado, pero no era posible—. ¿No ha avisado de que no vendría dormir? —Estaba seguro de haber enviado el mensaje.
—Sí. Nos mandó un mensaje de esos a mí y otro a Alec. Suerte que estaba mi nieto en casa —clamó Carlisle, mirando fijamente a su hijo y acusándolo de no estar cuando era necesario—. De repente se puso a sonar ese maldito trasto, y por mucho que le daba a la tecla esa de descolgar no había nadie al otro lado de la línea. Menos mal que Alec me explicó que no era una conversación sino un «msmsms» de esos. Maldita sea la letra diminuta del asqueroso trasto, no era capaz de leer nada. Menos mal que estaba Alec..
—Aquí para leerte el mensaje —acabó Edward la frase—. Bueno, pues si Alec te leyó el mensaje, ya sabías que Bella no vendría a dormir, por tanto, no tienes de qué preocuparte ni enfadarte.
—¡Eres tú quién se tiene que preocupar!
—¿Yo? Bella ya es mayor y sabe cuidar de sí misma —argumentó Edward, confundido por la furia de su padre.
—¡Señor, qué mal te he hecho yo para que me des este hijo tan idiota! —clamó al cielo un segundo antes de darle otro coscorrón, esta vez bastante fuerte.
—¡Papá!
—¡No te das cuenta de que Bella está haciendo amigos! —Lo dijo como si fuera algo horrible. Un pecado capital o algo así.
—¿Y qué? —Edward alzó la mano cuando vio a su padre levantar el brazo—. Ah, no, no vuelvas a atizarme o te juro que no respondo.
—¿Que no respondes? ¡Yo sí que no respondo de mí mismo! Bella ha hecho amigos. ¡Ha pasado la noche con otro hombre y a ti te parece bien! —gritó, dándole un empujón—. ¿Cuándo vas a reaccionar? —Otro empujón—. La vas a perder otra vez.
—Vamos papá, déjame en paz —gruñó Edward, al ver por dónde iban los tiros.
—Nadie sabe que te pertenece. Si no espabilas se irá de nuevo, y esta vez no volverá.
—Joder, no digas chorradas. Ella no pertenece a nadie. Y no se va a ir.
—¿Ah, no? Conocerá a alguien que le guste y se irá con él.
—No va a conocer a nadie —afirmó Edward, apretando los dientes. De hecho, ya había conocido a alguien. A él. Sólo había un pequeño problema... Bella no sabía que era él.
—¿No? Mira hijo, antes Bella no salía; se ocultaba entre estas cuatro paredes. Ahora no. Ahora sale, habla con unos y otros; es una mujer muy hermosa y especial. Y los hombres la miran. La miran mucho, les gusta... y quieren conocerla mejor —explicó Carlisle, posando con ternura una de sus arrugadas manos sobre el hombro de su hijo—. No saben que es tuya, que la quieres hace años. Y tú no te molestas en pararles los pies. No haces nada para remediarlo. ¡Pierdes el tiempo como un tonto sin hacer absolutamente nada! —finalizó, gritando y dándole otro coscorrón.
—¡Papá! Joder, ése ha sido a traición —dijo frotándose la cabeza. Le estaba empezando a doler.
—¡Pues reacciona! ¡Haz algo!
—¡Y qué cojones quieres qué haga! —gritó furioso. Claro que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Por supuesto que se daba cuenta de las miradas que le echaban a Bella los hombres del pueblo, pero no pensaba pelearse con ellos como un semental encelado. Y le costaba lo suyo. Estaba jodidamente celoso, pero no de ellos, sino de él mismo. De su otro yo, que la tenía cuando él no podía siquiera acariciarla.
—Podrías tirarla a la Fuente Nueva —propuso Alec desde las escaleras. Miraba a su abuelo y a su tío como si tuviera la solución a todos sus problemas.
—Lo que me faltaba, ¡supercherías de viejos! —refunfuñó, mirando a su sobrino y negando con la cabeza—. Dejad de meteros donde nadie os llama y vámonos, que llegamos tarde.
Alec se encogió de hombros y siguió a su tío. No le hacía gracia que nadie cortejara a su madre. La noche anterior al saber que ella no regresaría a dormir, se había enfadado muchísimo. No quería que se echara novio, no quería compartirla con un tipo al que no conocía, pero si tío Edward entraba en el juego... Mmm, mejor él que un desconocido.
Cuando Bella llegó a casa era casi mediodía. Al final se había entretenido jugando con Negro en el cercado y se le había echado el tiempo encima. Asomó la cabeza por la puerta y vio a su suegro sentado en mitad del almacén, montando cajas con la mirada clavada en la entrada.
—Hola, Carlisle—saludó, consciente de que no había modo alguno de pasar desapercibida.
—Hola, Bella. ¿Qué tal anoche?
—Muy bien —contestó, sintiendo como el rubor ascendía implacable hasta sus mejillas. «La noche había estado mejor que bien» Uf.
—¿Tus amigos se portaron bien?
—Fueron muy amables.
—¿Alguno en especial?
—¿Cómo?
—¿Alguno fue especialmente amable?
—Eh... no. —«Sí. Sí. ¡Sí! Fue amable, especial, excitante, arrollador, maravilloso.»
—¿Qué tal la cena?
—Eh... bien, muy rica. —«Aún sentía el sabor de su amante en el paladar.»
—¿Dónde cenasteis?
—Por ahí... —«En una cabaña de cuento de hadas en mitad de un bosque mágico...»
—¿En Santa Cruz del Valle? —preguntó de nuevo Carlisle. Estaba muy interesado en la respuesta. Santa Cruz no era un pueblo muy grande, apenas si tenía una docena de restaurantes en los que cenar. Si habían cenado allí, podría averiguar dónde y, lo más importante, con quién.
—Hmm, ¡sí!
—¿En el asador?
—Ah, no... En casa de un amigo. Bueno, uf, qué tarde se me ha hecho. Me voy corriendo a preparar la comida. Tengo muchísimas cosas que hacer —«Cualquier cosa antes que seguir respondiendo a este interrogatorio», pensó mientras subía corriendo las escaleras.
—Algo se está cociendo aquí —dijo Carlisle, pensativo. Bella se mostraba esquiva en sus respuestas y el imbécil de su hijo no reaccionaba como habría sido de esperar.
Bella subió las escaleras rauda y veloz, puso la lavadora en marcha y luego bajó a la cocina para preparar la paella. Cuando tuvo todo en marcha bajó el fuego al mínimo y subió a tender la ropa. Camisetas, pantalones, ropa interior... Y entre todas las prendas encontró una que por nada del mundo esperaba encontrar allí: un tanga. Pero no uno cualquiera, no; el tanga que perdió días atrás en la cabaña del bosque. ¿Cómo había llegado a la lavadora? Bueno, quizá no fuera ése, sino otro similar.
—Las higueras del Cerro del Bas están a rebosar de brevas —explicó Edward al sentarse a la mesa—. Nos esperan cuatro días agotadores.
—Cómo siempre que se acerca la Virgen, las brevas del Bas brotan —comentó Alec olisqueando el aire—. Leches, mamá, esto huele que alimenta —dijo, alzando su plato y sonriendo esperanzado.
—¿La Virgen? —preguntó Bella extrañada, llenando el plato de su hijo.
—Mi nieto se refiere a la Fiesta de la Virgen de la Puebla. Todos los años coincide con el final de la recogida de la breva —comentó Carlisle acercándole el plato. La paella olía a gloria.
—Ah.
—Tienes que verlo, mamá, es fabuloso. El día de la Víspera la gente del pueblo camina tras los gigantes y cabezudos, la orquesta recorre las calles a golpe de tambor armando follón y montan una pequeña feria con tómbolas y todo. ¡Durante tres días hay baile toda la noche! ¡Es genial! Y el día de la fiesta, a las doce la noche, la orquesta deja de tocar y se apagan todas las luces y entonces... ¡Boom! Estallan los fuegos artificiales durante al menos media hora. ¡Es la bomba!
Bella miraba a su hijo sin parpadear. El muchacho estaba claramente excitado por la perspectiva de la fiesta, cómo si no hubiera estado nunca en fiestas en Madrid. No era por menospreciar al pueblo, pero Bella estaba segura de que no había una celebración igual a la Verbena de la Paloma, con la carrera de San Francisco y las Vistillas engalanadas y los madrileños vestidos de chulapos y chulapas bailando el chotis en tablados improvisados en la calle. El olor a churros y fritanga, las corralas iluminadas al son de la música de zarzuela... Era mágico. Y eso por no hablar de San Isidro, con su verde pradera rebosante de gente que había ido a oír la misa y a beber el agua de la Fuente Milagrosa; el aroma de los barquillos, el soniquete de los organilleros... Pero claro, su hijo de La Paloma no había podido disfrutar nunca porque siempre estaba en el pueblo en agosto y San Isidro... Desde que se separó de Benjamín no había vuelto a ir. Sin lugar a dudas, era hora de volver a pasear por la pradera y asistir a los tablados de seguidillas.
—¿Nos ayudaras, mamá? —escuchó lejana la voz de Alec
Bella parpadeó para alejar el recuerdo de esas fiestas que tanto había amado de niña y miró a su hijo, avergonzada por no haber prestado atención a la conversación que se desarrollaba a su alrededor.
—Mamá. ¿Estás ahí? —preguntó divertido.
—Perdona, cielo, me he distraído. ¿Qué decías?
—Comentábamos que estos días van a ser muy duros, hay mucho por recoger y el abuelo no va a tener tiempo de montar todas las cajas necesarias. Y luego hay que clasificar las brevas y llevarlas a la cooperativa antes de que cierre por la tarde.
—No te preocupes, ayudaré al abuelo; como he hecho hasta ahora —remarcó Bella.
—No será suficiente —refunfuñó Alec, bajo la atenta mirada de su tío y su abuelo—. Con lo que hacéis, ahora no nos llega ni de coña. El tío y yo vamos a tener que levantarnos antes de que amanezca para que nos dé tiempo a recogerlo todo у no vamos a poder casi ni comer, porque habrá el doble de brevas que llevar a la cooperativa. Y sólo tenemos un coche, por tanto necesitaremos hacer muchos viajes.
—Dime en qué puedo ayudaros —se ofreció Bella. Alec sonrió satisfecho.
—Puedes levantarte con nosotros y comenzar a montar las cajas a la vez que el abuelo. Luego nos ayudarás a colocar las brevas y, si no te importa, podemos usar tu coche para llevar algunas cajas, así no tendremos que hacer más de dos viajes para llevarlas a la cooperativa —concluyó Alec entusiasmado. Si su madre les ayudaba tardarían mucho menos tiempo y él podría salir pronto por las tardes para ver a Jane. Su tío había estado muy acertado al aconsejarle que la tirara a la fuente y la besara— Tenía los labios más suaves del mundo y los ojos más bonitos del universo. Era tan guapa y divertida.
—¡Alec!
—¡Qué? —Despertó sobresaltado de su ensoñación.
—Hijo, ahora eres tú el que se ha despistado —comento Bella sonriendo—. Te decía que no me importa ayudaros, pero llenar el coche con brevas... con lo que manchan. Sólo tiene un par de años.
—Pero mamá...
—Déjalo estar Alec —le interrumpió Edward, levantándose para dejar el plato ya vacío en el fregadero—. Tu madre tiene razón, es mucho trabajo y el coche es nuevo —comentó sin dejar de mirarla—. Esta tarde ya discutiremos cómo lo vamos a hacer —dijo colocándose tras Bella y posando las manos sobre sus hombros—, Déjala tranquila, parece cansada —afirmó inclinándose sobre ella y dándole un suave beso en la mejilla—. Ve a tu cuarto y descansa. —Apretó las manos sobre sus hombros y volvió a besarla en la mejilla, esta vez muy cerca de la comisura de los labios—. ¿Alec, has acabado de comer? —preguntó inclinado junto a ella, su cálido aliento desplazándose sensual sobre su nuca.
—Eh... Sí, tío —atinó a responder el muchacho.
—Entonces vámonos, hay trabajo que hacer —aseveró irguiéndose. Bella giró la cabeza extrañada por la manera de actuar de su cuñado—. Descansa —dijo con cariño Edward, a la vez que le acariciaba la mejilla con sus ásperos dedos.
Cuando el hombre y el adolescente abandonaron la cocina, un silencio asombrado llenó la estancia. El de una mujer que no se esperaba, bajo ningún concepto, las tiernas caricias del hombre al que hacía años se había sentido muy unida. El de un anciano que veía, por fin, cómo su hijo menor despertaba de su letargo e iba a por lo que llevaba años anhelando.
A las siete de la tarde regresaron Alec y Edward. Se veía que el muchacho estaba contento y nervioso, excitado. El hombre, por el contrarío, caminaba con pasos lentos y pesados y en su rostro se marcaban profundas ojeras, fruto del cansancio. Sólo deseaba comprobar que Bella había descansado y que entre ella y su padre habían montado cajas suficientes como para adelantar el trabajo del día siguiente. Les esperaban jornadas muy duras y él, en esos momentos, sólo podía pensar en regresar a la cabaña y esperar a que le visitara.
Apagó el motor del coche y se dirigió a la puerta. Estaba sacando las llaves cuando su sobrino carraspeó incómodo.
—¿Qué pasa Alec?
—Me preguntaba si...
—¿Si qué?
—Si te apetecería venir a la Soledad con nosotros esta tarde.
—¿Con vosotros?
—Sí. Voy a decirles a mamá y al abuelo que vayan a dar un paseo por el parque. Yo voy a ir con Jane.
—¿Con Jane?
—Sip. Ayer la tiré a la fuente y la besé.
—¡Vaya! Al final te decidiste y por lo que veo te fue bien —comentó guiñándole un ojo.
—Sí —Alec enrojeció hasta las cejas—. Me gustaría que la conocieras.
—¿Conocer a quién? —preguntó Bella, que al oír el motor del coche y ver que no entraban, había salido a ver qué pasaba.
—A Jane.
—¿La chica de la fuente?
—Sip... Ahora es mi novia.
—Ah... Eso es... maravilloso —finalizó al ver la mirada satisfecha de su suegro, que también se había acercado a escuchar.
—Sip. Me gustaría que fuerais a la Soledad, voy a estar con ella toda la tarde.
—Claro que sí. Me encantará conocer a tu... novia.
—¡No!
—¿No?
—No mamá. No te la voy a presentar.
—¿Y cómo quieres que la conozca?
—De lejos.
Una hora más tarde, Edward, más cansado que un condenado a galeras, esperaba impaciente a que el camarero de la Cueva se dignara a tomarles nota. Bella observaba nada discretamente a su hijo, el cual paseaba agarrado de la mano de una muchacha rubia y no muy alta. Jane. Edward bufó y miró a su padre. Estaba sentado unas mesas más allá, con sus amigotes del tute, y de vez en cuando levantaba la cabeza y arqueaba las cejas como diciéndole «hijo, haz algo» y él respondía con una mirada irritada que venía a significar: «¿Qué coño quieres qué haga? Estoy en mitad del parque. Rodeado de gente.»
—Es muy guapa, ¿no crees? —dijo Bella, por enésima vez en media hora. No prestaba atención a nada que no fuera su hijo—. Pero sigo pensando que son muy jóvenes, no deberían andar tan pronto con estos líos.
Edward observó sus labios moverse al ritmo de las palabras. Deseaba besarla en ese mismo instante, devorar su boca y penetrar con la lengua en su húmedo interior. Mordisquearle los labios, lamerle las comisuras y apartar a bocados el pañuelo que llevaba al cuello y ocultaba las marcas que su boca le había hecho la noche anterior.
Quería desnudarla y acariciar su cuerpo, lamer la dulce humedad que brotaba entre sus piernas al hacer el amor e incitarla a gritar de placer. Pero estaba en el puñetero parque, rodeado de niños montados en bicicleta, de abuelos jugando al tute y de familias que paseaban ajenas a sus deseos mientras Bella no le prestaba ninguna atención, pendiente como estaba de su hijo y su supuesta novia. ¡Mierda!
—Hola, Bella. Primo... —saludó una voz conocida. Edward cerró los ojos atormentado. ¿Qué más podía salir mal?
—¡Emmett! Siéntate con nosotros —le invitó Bella.
—Tres son multitud —refunfuñó Edward entre dientes.
—Oh, vamos, no seas gruñón.
—No le pidas eso, Bella. Para Edward es imposible no gruñir, tiene alma de Lobo Feroz —explicó Emmett con una sonrisa, a la vez que se sentaba a la mesa y llamaba con una seña al camarero. Este acudió de inmediato, para cabreo de Edward que llevaba un buen rato haciéndole señas.
—Estás aguantando mucho aquí, preciosa —comentó Emmett extrañado—. Creí que te irías en un par de semanas.
—Yo también lo pensaba pero, ya ves, resulta que estoy disfrutando muchísimo de estas vacaciones. —Emmett arqueó las cejas interrogante mientras Edward metía las manos en los bolsillos de los pantalones para no coger a su primo de la camisa y sacarle de una patada de la mesa. ¡No podía ser más inoportuno!
—Ah... ésta es la respuesta al misterio: estás de vacaciones —aceptó Emmett. Bella le miró, interrogante—. En verano el pueblo parece otro, hay cierta animación. En invierno, uf, es deprimente; sólo hay viejos.
—Y algún que otro idiota que viene a dar por culo —interrumpió Edward, mirando fijamente a su primo.
—En invierno hay tanta gente aquí, que el cementerio de la Almudena parece una discoteca de Ibiza en comparación con nuestra calle mayor —continuó Emmett sin hacer caso a Edward.
—Y tú sabes eso porque... ¿vives aquí? ¿Paseas cada día por la Corredera? ¿Vas al centro cultural por las tardes? —inquirió Edward, muy suavemente. Su primo muy pocas veces aparecía por el pueblo; no tenía ni idea de lo que allí se cocía.
—Vamos, Edward, sé que adoras este lugar, pero en invierno sólo quedan los viejos que se resisten a abandonar el pueblo para no quedarse sin sus partidas de tute y los cuatro tontos que no ven más allá de sus narices y están obsesionados con que esto es el Paraíso —afirmó Emmett guiñando un ojo a Bella, seguro de que ella pensaba igual que él.
—Déjalo —gruñó Edward desviando la vista. No le apetecía discutir.
—Tienes que abrir los ojos, primo. El pueblo está muerto. Las familias se largan en cuanto tienen la primera oportunidad. Aquí no hay nada. Estás tirando tu vida y tu carrera aquí —aseveró.
—Aquí hay tranquilidad, aire puro, vida relajada...
—Trabajo duro en el campo, inviernos gélidos y calles vacías.
—No empieces.
—¿Qué os pasa? —preguntó Bella inquieta. Sabía que los dos primos no se llevaban exactamente bien, pero no esperaba esto.
—¿No te lo ha dicho? Le han ofrecido un buen trabajo en Talavera que, con gran falta de inteligencia, ha rechazado porque está obsesionado con llevar el pueblo a una nueva época de esplendor —dijo señalando a Edward.
—Vete a la mierda —gruñó Edward en un tono de voz que trasladó a Bella a una cabaña en mitad del bosque. Movió la cabeza aturdida.
Veía fantasmas donde no los había.
—¿Qué trabajo? —preguntó confundida.
—De lo suyo. En el matadero municipal.
—¿En el matadero?
—Sí. Un buen trabajo, bien pagado, bajo techo, caliente en invierno y fresquito en verano.
—¿En un matadero? —repitió Bella, confundida.
—Sí, de veterinario. Certificando que los animales están sanos y todo eso... —explicó Emmett moviendo la mano, como si fuera el mejor trabajo del mundo.
—¿Eres veterinario? —preguntó Bella a Edward.
—Sí —admitió él cogiendo su Coca-Cola y dando un trago.
—¿Y por qué trabajas en el campo de sol a sol? —Ahora fique estaba confundida.
—Porque me da la real gana —contestó. Bella jadeó sorprendida. Edward había usado la misma frase que usara su amante desconocido la noche anterior. No... tonterías, sólo era una coincidencia.
—Por favor primo, qué falta de educación; hablar así a tu cuñada —rió Emmett—. Aquí el señor —continuó señalando con la cabeza a Edward—, se niega a ejercer su carrera porque asegura que la estudió para atender a sus animales y nada más. Nos hace creer que es un salvaje incapaz de trabajar entre cuatro paredes y alejarse de sus amadas montañas —explicó irónico—, pero lo cierto es que es un cobarde que teme separarse de lo que conoce y que además tiene la absurda esperanza de que bajo su batuta, y con un par de ligeros cambios, conseguirá hacer que el pueblo vuelva a ser lo que era.
—¿Por qué no te vas un rato a la mierda, primo?
—¿Bajo tu batuta? —inquirió Bella, mirando a Edward. No entendía nada.
—Por Dios, primo, todo el año dando mítines y no se lo has dicho a tu cuñada, ¡esto sí que es bueno! —exclamó Emmett. Luego miró a Bella divertido—. Edward quiere ser el nuevo alcalde del pueblo. El tío Sam está viejo y ha pensado en retirarse. Y Edward, raudo y veloz, se ha ofrecido voluntario para ocupar su puesto. Sólo tiene que conseguir los votos del resto de habitantes, claro que eso no será complicado. Todo el mundo opina que él es lo mejor que le puede pasar a Mombeltrán —dijo como si le quemaran la lengua con ácido.
—Yo no doy mítines —proclamó Edward, enfadado.
—¿Quieres ser el nuevo alcalde? —preguntó Bella, estupefacta.
—¡No, por Dios! No me interesa la política. Sólo quiero mejorar algunas cosas.
—Por ejemplo, crear más infraestructuras para la gente que no vive aquí —se burló Emmett. Le fastidiaba sobre manera que el palurdo de su primo fuera a ser el nuevo alcalde. Había desperdiciado su vida y su carrera labrando la tierra y ahora se iba a convertir en el hombre más importante del pueblo. ¡Menuda broma!
—¡Si tuvieran los servicios que precisan, la gente se quedaría! —replicó enfadado Edward, dando un golpe a la mesa.
—¿Qué servicios? —Bella miraba a los dos hombres alucinada. ¿Edward era veterinario y quería ser alcalde? Y Emmett, el ejecutivo agresivo, el hombre divertido, ¿se estaba comportando como una arpía?
—Una escuela, por ejemplo —fastidió Emmett.
—¿No tenéis escuela? —inquirió asombrada Bella.
—Por supuesto que la tenemos.
—No por mucho tiempo.
—Joder —soltó Edward, levantándose de la silla.
—Eh, tranquilos chicos. Cuéntame qué pasa, Edward.
—Tenemos escuela, pero hay pocos niños. Sí no llegamos a un cupo, la tendremos que cerrar.
—¿Cómo piensas evitarlo?
—Quiero hacer una guardería o algo similar —ante el gesto extrañado de Bella, decidió explicarse un poco— Las familias que trabajan en el campo, como yo, en invierno recogen la aceituna, en verano los higos y las brevas... Cuidan de sus tierras y trabajan en las cooperativas. La gente está contenta de vivir aquí, pero cuando empiezan a tener bebés, no tienen donde dejarlos hasta que cumplen los tres años y entran en preescolar. Muchas familias tienen que llevar a sus hijos a Arenas de San Pedro, donde hay guarderías y talleres extraescolares para los niños más mayores. Al final, acaba siendo más cómodo irse allí a vivir, aunque regresen aquí para trabajar, pero las cosechas las llevan a las cooperativas de Arenas y el pueblo poco a poco va perdiendo infraestructuras. Si finiéramos una ludoteca, muchas familias se quedarían; incluso puede que muchas volvieran. Arenas es mucho más caro, hay más coches y el ambiente que se respira es más estresante; la gente del pueblo prefiere la tranquilidad al jaleo.
—Sólo hay un problema —comentó irónico Emmett—, nadie trabaja por amor al arte.
—¿A qué te refieres? —inquirió Bella.
—El Ayuntamiento no tiene dinero para pagar a una nueva maestra para la guardería. De hecho no tiene ni siquiera dinero para montar una guardería —declaró Emmett.
—Ese no es problema. El Ayuntamiento está de acuerdo en subvencionar los gastos de mantenimiento; sería cuestión de encontrar una casa y arreglarla un poco —rebatió Edward.
—¿Y arreglarla no cuesta dinero? —la sonrisa burlona de Emmett se hizo más amplia.
—No, si lo hacemos nosotros —afirmó Edward con pasión—. Con pintar las paredes y poner sanitarios nuevos, sería suficiente. El material escolar podemos cogerlo del sobrante de la escuela y, luego, poco a poco, ya se iría ampliando en función de las necesidades.
—Y la cuidadora de los niños, dedicaría su tiempo a la guardería por amor al arte —reiteró Emmett.
—No. Cobraría una cantidad por niño. Seguramente al principio no acudirían muchos y su sueldo sería bajo, pero en cuanto se corriera la voz y la gente viera que el proyecto se lleva a cabo, la guardería se llenaría.
—Seguro —se burló Emmett.
—A mí me parece una idea estupenda —dijo Bella, entusiasmada.
—Lo es —afirmó Edward—. Cuando las familias comprueben que el pueblo tiene un lugar adecuado para los niños pequeños, todo cambiará. Mientras que media España está en crisis, aquí hay trabajo de sobra.
—Oh, sí, un trabajo estupendo —se carcajeó Emmett.
—Un trabajo duro, pero satisfactorio. Hay tierras que poco a poco se vuelven salvajes ya que nadie las trabaja; el Ayuntamiento podría ayudar a recuperarlas. Las torres de vigilancia precisan de gente que patrulle la sierra y dé la alarma ante un posible fuego; hacen falta manos para limpiar el monte de las agujas de pino y los árboles muertos que alimentan los incendios y hacen que sean aún más temibles y descontrolados... Y todo eso se paga, quien lo hace recibe un sueldo.
—Lo dicho, un trabajo que cualquiera desearía.
—¡Un trabajo al aire libré donde al único al que debes rendir cuentas es al monte! —gritó Edward, vehemente—. También se precisan manos para las cooperativas; en invierno se recoge la oliva, luego hay que lavarla, pesarla, molerla, batirla y mil tareas más hasta que se convierte en aceite. Hacen falta empleados para envasarlo, seleccionarlo y etiquetarlo. No todo el trabajo se realiza en el campo —afirmó pasándose las manos por el pelo. Era una tarea titánica e imposible de explicar en pocas palabras a los profanos—. La Madre Naturaleza ha llenado estas tierras de tesoros incalculables y los estamos echando a perder, necesitamos gente que trabaje aquí... Y nadie lo hará si no tiene guarderías que se ocupen de sus hijos como en las grandes ciudades. Las ventajas de vivir aquí son muchas, el médico te conoce por tu nombre, no eres un número; sabe cada enfermedad que has tenido a lo largo de toda tu vida. En la escuela las clases no llegan a diez niños, la atención es superior a cualquier colegio de ciudad; de hecho, nuestros chicos sacan notas extraordinarias en la universidad. Tenemos un centro cultural, con un grupo de teatro, y todos los meses hay una representación. Entre semana hay talleres de informática, carpintería, un club de lectura, otro de costura, de pintura... Tenemos todo lo necesario para vivir, menos niños y familias —concluyó masajeándose la nuca.
Bella lo miraba y no lo reconocía. No era el muchacho solitario y responsable que había conocido. Era mucho más. Un hombre emprendedor, inteligente, con visión de futuro y muy preocupado por su gente. Sentía cada palabra que decía; no hablaba en vano. Había intensidad en su voz, determinación en sus rasgos. Lo miró fijamente y lo supo. Llevaría a cabo todo lo que se había propuesto, aunque le fuera la vida en ello.
—Claro primo, y tú vas a ser el súper hombre que lleve a cabo la gran reforma —declaró Emmett, burlón.
Edward negó con la cabeza, de nada servía hablar, las cosas tenían que hacerse. Las palabras se perdían con el tiempo, sólo los hechos perduraban.
—Estoy segura de que lo lograrás —aseveró Bella poniendo una de sus suaves manos sobre el brazo de su cuñado—. Es un proyecto estupendo, Edward. Yo misma me siento tentada a ofrecerme para el puesto de maestra en la guardería —sonrió, intentando animarle.
—¿Tú? —pregunto asombrado Emmett. ¿Qué narices había pasado entre esos dos en esas semanas?
—Sí, yo. Tengo el título de Técnico en Educación Infantil. No soy maestra, pero puedo impartir clases a niños hasta seis años —declaró orgullosa.
—No lo pongo en duda. Es una gran idea —afirmó Emmett, inclinándose sobre la mesa—. Deja tu trabajo en Madrid, abandona tu casa y vente a vivir al pueblo para dar clases a dos o tres churumbeles por cuatro duros al mes. Muy inteligente, Bella.
—Eso sería al principio, en poco tiempo los niños llenarán la guardería y serán necesarias más aulas —dijo Bella, enfadada. Emmett se estaba poniendo muy pesadito con el tema.
—¡Joder! No me lo puedo creer. Para ser alcalde hay que saber, y Edward es sólo un pueblerino, conductor de tractores, con aspiraciones de grandeza —proclamó indignado—. Un veterinario haciendo de alcalde, ¿donde se ha visto tamaña insensatez?
—Lo hará estupendamente —afirmó Bella. Luego miró con ternura a su cuñado—. Conoces a la gente, las tierras y el pueblo. Sabes cuáles son sus necesidades; podrás con todo eso, y más.
—¿Pero tú estás escuchándote? Esto es de locos —exclamó Emmett irritado porque ni siquiera Bella veía el despropósito— ¡Un veterinario venido a menos, metido en política! Es ridículo.
Edward miró a su primo, estaba harto de él. Durante todo el año había estado molestándole con el tema del matadero. Parecía empeñado en que abandonara su vida en el pueblo a cambio de un buen sueldo, trabajando entre cuatro paredes en Talavera. Y últimamente era peor, desde que sabía que lo habían propuesto como candidato a alcalde, se pasaba la vida burlándose de él y ahora lo humillaba delante de Bella. Estuvo tentado de pegarle un buen puñetazo, pero... Seguía estando en mitad del parque, rodeado de familias y niños. Se levantó de la silla, sacó dinero del bolsillo y lo dejó sobre la mesa,
—Te veo mañana —se despidió de Bella.
Bella observó el gesto abatido de su cuñado, miró furiosa Emmett y acto seguido se levantó y fue tras Edward.
—No le hagas ni caso, es un idiota —dijo posando una mano sobre su hombro.
—Creí que te caía bien.
—Ya no —dijo tendiéndole la mano.
Edward sonrió, parecía que la tarde iba mejorando. Asió la mano que le tendía y la guió en silencio por los caminos que atravesaban el parque hasta llegar a la reja que rodeaba el jardín del castillo. Caminaron a lo largo de su perímetro y llegaron a un punto en que estaba rota y abierta. Levantó los bordes cortantes e indicó a Bella con la mano que pasara.
—Vaya, no sabía que se podía pasar al castillo.
—En realidad no se puede.
—Pues parece que nadie sabe eso —comentó ella divertida.
Había grupos de adolescentes sentados en la hierba con la espalda apoyada en los muros, jóvenes que retozaban cariñosamente entre los arbustos de jara salvaje e, incluso, vio a una pareja salir del castillo. Se quedó asombrada y miró a Edward, él se rió.
—No se debe entrar al castillo, pero los chavales buscan lugares donde... darse un par de besos tranquilos.
—Hum seguro que tú has dado unos cuantos... besos... dentro de ese castillo.
—Menos de lo que piensas —respondió divertido.
Bella sonrió y se tumbó en la hierba. Observó paciente a Edward y éste empezó a hablar.
Sí. Le habían ofrecido un puesto en el matadero, un buen puesto, pero él no estaba hecho para certificar que los animales estuvieran en condiciones de ser sacrificados y convertidos en alimento. Comprendía que era algo importante y necesario, pero él había estudiado veterinaria para curarlos, para disfrutar de ellos; no para ver como morían bajo sus manos. Además, todo lo que siempre había soñado ya lo tenía; le gustaba trabajar al aire libre, pasear por sus tierras y comprobar que las plantas crecieran sanas y fuertes.
No. No se había presentado al puesto de alcalde, de hecho no le hacía la más mínima ilusión, pero tío Sam y los miembros del Consejo se habían empeñado en que hacía falta sangre joven para que el pueblo se «reanimara» y lo habían propuesto a él. Aún no tenía claro si aceptaría en caso de que saliera elegido en las elecciones del próximo año.
Sí. Tenía algunas ideas, planes que realizar en el pueblo. Algunos ya estaban puestos en marcha, otros los comenzaría después de la recogida del higo, en octubre. La guardería-ludoteca era uno de ellos, pero también quería restaurar el monasterio abandonado a las afueras del pueblo. En los años anteriores habían trabajado en el antiguo
Hospital de San Andrés y lo habían rehabilitado por completo, ahora quería hacer lo mismo con el castillo, el monasterio... Había pensado en transformar un par de edificios abandonados en casas rurales y convertir el pueblo en un lugar a tener en cuenta por los guías turísticos y atraer ese mercado. Lo cierto es que tenía mil ideas en la cabeza.
Bella le escuchó interesada, al principio asustada por lo imposible de la tarea a llevar a cabo pero, poco a poco, él le fue explicando cómo pensaba conseguirlo. Y acabó entusiasmada, convencida de que todo llegaría a realizarse; aunque tardarían años.
—¿Qué te parece? —preguntó él cuando terminó de explicárselo todo. Ya era tarde, comenzaba a anochecer y el sol lanzaba rayos anaranjados que convertían la piedra del castillo en reluciente oro.
—Uf, me parece que tienes mucho trabajo por delante, pero estoy segura de que puede usted hacerlo, señor alcalde —finalizó con una sonrisa.
Estaban sobre la hierba. Bella tumbada de espaldas; Edward, de lado, apoyado sobre un codo, la miraba intensamente.
—¿De verdad serías la maestra de la guardería? —preguntó acariciándole el pelo.
—¿Eh...? ¿Te refieres a lo que he dicho antes, cuando estaba Emmett?
—Sí. —Sus dedos colocaron un mechón de pelo sobre la mejilla de Bella y se entretuvieron creando formas.
—Siempre me han gustado los niños, los adoro; de hecho, empecé a estudiar magisterio, pero luego, ya sabes... —arqueó las cejas. Edward asintió, sabía. El bebé. Alec—. Si la guardería estuviera en Madrid, me encantaría intentarlo. Pero aquí... —negó con la cabeza—. El pueblo no es santo de mi devoción.
—No te veo muy infeliz ahora —murmuró él, acariciando con las yemas de los dedos la suave piel de su cuello, apartando con delicadeza el pañuelo que ocultaba su marca.
—Oh, vamos. Sabes que estoy a gusto aquí; que este verano, en contra de lo que pensaba, estoy disfrutando mucho —aseguró ella a la vez que apartaba los dedos del hombre del pañuelo. No quería que viera los chupetones que tenía. De hecho en cuanto regresara a la cabaña pensaba cantarle las cuarenta a su amante por habérselos hecho.
—Entonces... ¿por qué no pruebas a quedarte? —preguntó Edward, inclinándose sobre ella, acariciándole los brazos desnudos.
—¿Quedarme? ¿Aquí? ¡Ni loca! —contestó, riendo—. Mi vida está en Madrid; mi casa, mis amigos, mi trabajo...
—Un trabajo que no te gusta.
—¿Cuando he dicho yo eso?
—Te tiras horas sentada en una silla haciendo facturas... No parece muy divertido.
—¿Cómo sabes eso?
—Eh... Me lo ha contado Alec —respondió apretando los clientes. Tenía que ir con cuidado con lo que decía.
—Bueno, pues para tu información, me gusta mi trabajo. Más o menos... —confesó, risueña.
—En la guardería tu trabajo sería mucho más satisfactorio —afirmó, posando los dedos en el pañuelo.
—El instituto de Alec está en Madrid. Al igual que la Universidad.
—Tu hijo estaría encantado de vivir aquí, le gusta el pueblo mucho más que Madrid, y tiene buenos amigos... y una nueva novia. El instituto de Arenas está diez minutos en autobús, y la Universidad está en Ávila. Todos los chicos del pueblo se van a vivir allí entre semana cuando hay clases y vuelven el fin de semana. Eso les ayuda a ser independientes, a valerse por si mismos —comentó bajando por fin el pañuelo y observando los tonos anaranjados de los chupetones que le había hecho la noche anterior. Sonrió satisfecho.
—Me da la impresión de que estás intentando convencerme de que me quede aquí a vivir —expuso ella, entre divertida y alerta.
—Sí.
La boca de Edward descendió hasta posarse sobre la de Bella. Presionó con suavidad contra ella, acarició los labios con su lengua hasta que se rindió y le permitió entrar. Sus lenguas se tocaron, se abrazaron, lucharon entre ellas. Recorrieron el cielo del paladar, acariciaron los dientes. Los brazos de Edward rodearon el cuerpo de su amada. Las manos de Bella se anclaron a la espalda de Edward. Un gemido rompió el silencio y dio por terminado ese instante especial.
Bella movió las palmas y las presionó contra el torso que se cernía sobre ella, alejándole. Él se incorporó sobre su codo sin dejar de mirarla. Tenía los labios hinchados, las mejillas sonrosadas, el cabello despeinado. Era la mujer más hermosa que había visto jamás.
—Yo... yo... Tengo que irme a hacer la cena —dijo Bella, levantándose de un salto y corriendo hasta el agujero en la reja.
Edward se levantó, tenía una erección de caballo. La polla le palpitaba y los testículos le ardían, pero aún así corrió tras ella. Traspasó la verja y la vio caminar veloz por el parque en dirección a la casa. Un par de hombres se acercaron a ella con intención de conversar, pero Bella no detuvo su paso. Edward comprobó, irritado, que varios de sus amigos se quedaban mirándola y sonreían. Sí, los hombres del pueblo se habían dado cuenta de que Bella era una mujer preciosa, la habían conocido y estaban a la caza. ¡Mierda!
Dio un paso, dispuesto a perseguirla, obligarla a detenerse y contarle todo. Confesar quién era él, acabar con la mentira de una vez por todas, pero se detuvo antes de entrar en los caminos iluminados de la Soledad. Retrocedió y se ocultó entre las sombras. Respiró profundamente y se miró el regazo. Tal y como se temía, sus pantalones se abultaban sospechosamente a la altura de la ingle. No podía caminar por el único parque del pueblo, rodeado de niños en bicicleta, ancianos jugando al tute y familias paseando dichosas, con una antena parabólica en los pantalones.
—Joder —se quejó, dando una patada al pobre arbusto que había elegido ese lugar, años atrás, para brotar.
Miró el cielo, serían cerca de las diez de la noche, Bella no acudiría a la cabaña esa noche. Ya la echaba de menos.
Hola! Llegue con nuevo capítulo, ya me lloraban por uno XD Ok, No!
Haaa! mi Edward no solo tiene una gran polla, sino también un gran corazón XD, tan bueno y Bella empieza a admirarlo. Mmmmm….. Esto se pone interesante!
Mini adelanto:
—Suéltame. ¿No me has escuchado? —inquirió moviendo nerviosa el cuchillo que aún tenía en la mano.
—Te he oído —asintió él, agarrándola por la muñeca y quitándoselo—, pero no pienso hacerte caso.
—A ver, Edward, centrémonos —respiró profundamente, dando un paso atrás y alejándose de él—. No puede haber nada entre nosotros; eres mi cuñado.
—Eso no es delito.
—No me apetece liarme con nadie y menos aún contigo —indicó Bella, cruzando los brazos sobre el pecho.
—No estoy interesado en tener un «lío», quiero más —rebatió él alzando las cejas. ¿Bella no quería liarse con nadie? ¿Y qué coño hacía follando con él en la cabaña sin siquiera conocer su nombre?
Lucerito!
