Ese domingo fue el más miserable de mi vida de casada.
El día entero lo pasamos pretendiendo que el otro no existía. Incluso la comida que preparé para él se quedó en la mesita fuera de su puerta, sin que la tocara.
Estaba tan desesperada por hacer algo que saqué algunas de mis prendas que necesitaban remiendos y que llevaba meses posponiendo. Envidié el estudio de Aang y su infinidad de proyectos. Yo no tenía nada de eso, todo mi tiempo solía irse entre el trabajo y las tareas de la casa.
A media tarde, no pude soportarlo más. Necesitaba salir de allí.
—Voy al supermercado —grité en dirección al estudio de mi esposo, sin recibir confirmación de que me hubiera escuchado.
La lista de la compra era más una excusa que una necesidad; aún había víveres comprados la semana anterior. Tras dar un par de vueltas en los pasillos de la tienda, decidí que una botella de sidra podría ser un buen pretexto para hablar con Aang y de paso celebrar la buena noticia.
Zuko lo prometió. Nos entregaría las escrituras sin cobrar. Eso significaba que el resto del dinero nos pertenecía y podríamos usarlo para la renovación del edificio, que tan descuidado había estado por casi una década. Eran términos generosos… y ya era hora de contarle a Aang.
De vuelta en la casa, lo encontré acompañado de Appa en el comedor, con la mirada perdida y el gesto triste.
—Traje algo para la cena —alcé la botella de sidra y obtuve una sonrisa tenue de su parte.
—Déjame ayudarte —tomó las bolsas del supermercado y las llevó a la cocina, para luego tomar la botella y sacar el corcho.
—Yo voy por las copas —nuestra vajilla para fiestas no era demasiado fina.
—Han sido semanas difíciles… —era una manera de disculparse, supuse. Asentí, tratando de sonreírle.
—Mucho. Hay algo que quiero contarte —tomé la primera copa y la lavé—. El viernes que fui a cenar con Yue, le pregunté si supo algo de la venta del Templo.
—¿Sí? —escuché su emoción y sentí su mano sobre mi hombro—. ¿Y sabe algo?
—De hecho, su agencia fue la que tramitó la venta. Me dijo que encontró el registro de la venta —puse la segunda de las copas en la rejilla para dejar que se secara y poder servir la sidra.
—¿Lo sabes? —su voz se tornó urgente—. ¿Quién fue?
—En este momento, el Templo está a nombre de Zu… del señor Zuko —sequé las copas y las puse sobre la mesa. Mi esposo soltó una exclamación ahogada.
—¿Qué tiene esa familia en mi contra? ¿Quiere terminar lo que su padre empezó?
Lo abracé, pero se quedó tenso, como si no lo sintiera.
—No es tan malo, hablé con él y me dijo que...
—¿¡HABLASTE CON ÉL!? —gritó al sacudirse mi abrazo con fuerza.
Me encogí contra la pared. Nunca me había hecho nada, pero su ira nunca se había dirigido contra mí.
—Hablé con él sobre el Templo, Aang. Es la única razón por la que hablaría con él. ¡La razón por la que hicimos el trato! —mis palabras se hacían frenéticas conforme su semblante se ensombrecía cada vez más—. ¡Son buenas noticias!
—Nada bueno puede salir de gente así, no de esa familia. ¿Qué hablaste con él? ¿Cuántas veces le has llamado? Me mentiste respecto a la tarjeta —me señaló y la acusación me hizo un nudo en la garganta.
—¡No es cierto! Le llamé anoche para tratar de reparar el error que fue toda esta situación del millón de yuanes, ¡de sacar algo bueno de toda esta situación horrible! —perdí el control sobre el volumen de mi voz—. Algo bueno del contrato que cumplí por ti.
Lanzó una risa sarcástica que jamás le había oído en los 10 años que llevaba de conocerlo.
—No me mientas, Katara. No lo hiciste por mí, ¡lo hiciste por tí! ¡Querías hacerlo! —de un movimiento barrió la mesa y envió todo lo que estaba encima al suelo, donde aterrizó con un sonido de vidrio rompiéndose.
—¿Cómo puedes decir eso? —me encogí todo lo que pude contra el mueble de la cocina—. Todo fue por salvar el Templo, por tí.
—Mientes de nuevo, ¡era obvio desde el principio que querías ir con él!
—¡Pensé que era guapo, pero jamás hubiera ido con él de no ser por el Templo!
—¡¿Qué tan estúpido crees que soy?! —dio un puñetazo a la mesa—. ¡Seguiste tus propios motivos egoístas!
Eso fue la gota que derramó el vaso.
—¿Egoísta? ¿Egoísta? ¿Te estás escuchando, oyes lo injusto que es eso? ¡muy injusto! ¡Desde que nos casamos, todo lo que hemos hecho fue alrededor de lo que tú querías! —mi voz se quebró—. ¡Nos mudamos aquí por la renta barata para pagar la hipoteca, doy el dinero para la casa y que tú hagas el libro, dejé de lado mis sueños para ayudarte! ¡Y como pago por todo eso, ahora te niegas incluso a escucharme!
Me miró impasible.
—No puedo vivir con alguien que me miente —fue todo lo que respondió, y el veneno en su voz fue suficiente como para romperme el corazón.
No me moví de la cocina, paralizada, y escuché algunos movimientos en el cuarto. Lo vi salir a toda prisa, tomar el collar de Appa y cerrar la puerta de golpe.
Sin deseos de pensar en lo que acababa de pasar, fui por una escoba para barrer los restos de vidrio. Con los mismos movimientos mecánicos, me fui a recostar a pesar de lo temprano de la hora. No podría dormir, pero había trabajo al día siguiente.
Ya en la oficina, Song notó de inmediato que algo había pasado, pero no me presionó y le agradecí en silencio.
Dos días de trabajo pasaron de manera similar, sin que yo tuviera noticia alguna de Aang. ¿A dónde habría ido? Mantenía el deseo de que, una tarde que regresara, él estaría de vuelta, esperándome. Esa tarde, encontré algo distinto al regresar a casa. Una ausencia incluso más profunda que el silencio ensordecedor de las noches a solas.
Cuando entré a la sala, en lugar de encontrar el sillón, había solamente un hueco. Poseída por el terrible presentimiento que acarreaba eso, corrí a su estudio: vacío. Se había llevado todas sus cosas, quedaban apenas una mesa, el archivero y un librero todavía con algunos libros y cuadernos de dibujos de su carrera.
Para mi propia sorpresa, no sentí nada. O simplemente la devastación era demasiado aplastante como para reaccionar. Ojalá hubiera alguien aquí conmigo. No me sentía capaz de enfrentar una casa tan vacía yo sola… cuando mi padre se había ido, al menos tuve a Sokka y a la abuela para paliar la peor parte del espacio que dejó vacío.
El sonido del timbre me obligó a cerrar la puerta a la terrible visión del estudio vacío, y salí a abrir.
—¡Suki! —me sorprendí al encontrarla en el porche—. ¿Qué haces aquí?
¿Era una respuesta a mis plegarias?
—Es jueves, ¿te acuerdas? ¿dije que llegaba el jueves? —Suki me miró con extrañeza, sin dejar de sonreír. Yo no recordaba nada al respecto. Probablemente, lo decía en alguna carta que no abrí la semana anterior. El instante en que notó mi gesto, vi cómo se tornaba en preocupación—. ¿Qué pasó?
—Aang se fue —dije sin emoción.
—¿Qué?
—Peleamos el domingo y se fue, acabo de regresar y vi que se llevó todas sus cosas… —sin notarlo, había comenzado a llorar.
— ¿Qué? —Suki me tomó por los hombros—. ¡Ustedes nunca pelearon antes!
Fui incapaz de responder y los sollozos ahogaron mi voz.
—¿Qué fue lo que pasó? Vamos, cuéntame dentro —ambas entramos a la salita, a donde Suki arrastró dos sillas del comedor para sentarnos.
Traté de calmar las emociones que me impedían hablar, y por segunda vez le conté todo a alguien. Todo, hasta los celos de Aang y sus explosiones, hasta la llamada a Zuko, la pelea con Aang y los días que pasé sola.
—Se comporta como un niño —comentó con enojo cuando terminé, y me abrazó—. Seguramente hizo esto en un arrebato. Espera a que se calme y él mismo te buscará…
—Estoy cansada de esperar a que él haga cosas —de que me tomara en cuenta, de que notara el esfuerzo que yo hacía. Estaba harta de esperar por cosas que nunca llegaban.
Suki suspiró, dejando el tema.
—Oh, antes de olvidar decirte… Me imagino que no leíste la carta. Sokka me encargó que te dijera que su padre podrá venir hasta las fiestas de fin de año. La reunión familiar se pospone.
—Ah, creo que es mejor —sonreí débilmente.
Con mucho tacto, Suki se embarcó en una animada narración de los últimos proyectos del trabajo de mi hermano y del trámite que la traía a Ciudad Chin, lo que me distrajo efectivamente el resto de la tarde.
Al día siguiente, desperté con tan pocos ánimos como los días anteriores. Aunque representó una leve mejoría encontrar a Suki maquillándose en vez de la deprimente atmósfera solitaria donde echaba de menos los sonidos de Appa.
—¿No tienes un poco de corrector verde que me prestes? Tengo ojeras y creo que olvidé el mío —la vi de reojo, mirándose en el espejo del cuarto.
—Sí, debe estar con mis otros maquillajes —yo casi no lo usaba, y de hecho ella misma me había regalado el que tenía—. Toma lo que necesites.
Comencé a vestirme. Terminaba de ponerme los zapatos cuando Suki soltó una exclamación de sorpresa.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —me giré a toda prisa, pensando en algún insecto u otra alimaña que de algún modo pasó a la casa, ahora que no había vigilancia de Appa.
—¿Cómo conseguiste este labial? Es una edición limitada, sólo hicieron 100 piezas y lo sacaron hace un mes —sujetaba entre sus manos uno de los maquillajes que estaban en el yate esa noche.
"No voy a usarlos. Y por lo que sé, no se pueden compartir. Mejor llévatelos", dijo en la madrugada, cuando ambos ya estábamos vestidos y yo regresé por mi bolso al cuarto donde me había cambiado. Trató de darme también la paleta de sombras, pero no cabía en mi bolso y no quería dar explicaciones. El labial lo acepté porque era pequeño y encontraba el color precioso… aunque no había vuelto a usarlo desde esa noche.
—Fue un… regalo —hubiera preferido no responder. Por fortuna, ella no insistió y mientras yo iba a la oficina, ella fue a atender el trámite que necesitaba y quizá a dar la vuelta a la ciudad.
Mi jornada de trabajo pasó como los otros días y por la tarde sentí a Suki observarme con preocupación. A la mañana siguiente, ya sábado (por la tarde ella regresaba a Kyoshi), se hartó de intentar que me levantara.
—Sé exactamente lo que necesitas —declaró Suki con un ademán triunfal, después de la tercera vez que intentó quitarme la colcha, sin éxito.
—No, no lo sabes —respondí al enterrar la cara en mi almohada.
—Ya verás. Vístete, nos vamos dentro de una hora.
Gruñí. Una hora era una eternidad, y al mismo tiempo, apenas suficiente para reunir ánimos y ponerme en pie.
Cuando se cumplió el tiempo, salí para encontrar a Yue con Suki en el comedor, con un gesto ligeramente incómodo. Era comprensible, después de todo Suki era esposa de su exnovio. Los murmullos que intercambiaban cesaron en el momento en que entré.
—¡En camino, o perderemos la reservación! —Suki se puso en pie. Interrogué a Yue con la mirada, pero ella respondió con una sonrisa y nada más.
Tomamos un taxi hasta el centro comercial más grande de Ciudad Chin y nos hizo entrar a un spa con un gran cartel que lo anunciaba como "Dama Elegante".
No tenía ánimo para resistir y las seguí. Con unas esponjosas toallas blancas, entramos al sauna, lleno de vapor perfumado con esencias aromáticas. Siguió un masaje, un baño de lodo y mascarillas. Al final, varias empleadas se encargaron de manicura, pedicura y maquillaje. En todo ese tiempo, Suki y Yue se encargaron de mantener la conversación centrada en temas ligeros, que me distrajeron con efectividad de mi humor melancólico.
—Nada como sentirse hermosa para levantar el ánimo —suspiró Suki con satisfacción, y sonreí casi contra mi voluntad. La piel quedaba tan suave, y todos los detalles de mi aspecto recibieron atención.
—Nunca antes vine con amigas —rió Yue, quien casi resplandecía con el elaborado peinado que la estilista le hizo gratis, después de casi desmayarse al ver su cabello.
—Todavía hay otra parada —Suki nos tomó de los brazos y nos dejamos guiar hasta otra tienda, ésta de ropa y lencería—. Una mujer se siente 80% más segura si su ropa interior la hace ver sexy.
—Suki, nadie la va a ver —me sonrojé.
—Eso no importa. Saber que la traes puesta es suficiente. Los días que me siento desanimada, siempre me pongo uno como éste —me mostró una pieza de cuerpo completo, hecha por entero de encaje. Yue ya estaba distraída con los estantes de la tienda y Suki se inclinó para susurrarme al oído—. Regresando del trabajo, tu hermano siempre me reitera lo asombrosa que me veo.
—¡Suki! ¡No necesitaba esos detalles! —me giré para tratar de huir.
—Oh no, no escaparás. Seguro hay alguno que te guste —me arrastró a ojear los estantes, sin cesar la charla de colores, estilos y materiales.
Terminé saliendo con una bolsa que contenía tres juegos de lencería en diferentes colores, aún preguntándome cómo espíritus me había convencido. Después de eso, Yue y yo despedimos a Suki en la estación de autobuses.
El lunes acudí al trabajo con el juego de encaje azul debajo de la ropa. Tuve que admitir que Suki tenía toda la razón: no era visible, pero la tela suave me recordaba mi imagen en el espejo. Esa seguridad se traslucía en mis pasos.
Saludé a Song con mucho mejor ánimo que la semana anterior y me puse a trabajar con diligencia en las cartas que quedaban de la jornada anterior.
Una conmoción en la puerta hizo que ambas levantáramos la vista. Entró un mensajero seguido de lo que parecían todos los empleados del edificio. El mensajero se acercó a nuestros escritorios.
—Buenas tardes, me dijeron que la señorita Katara trabajaba en esta oficina —llevaba una caja en las manos.
—Es ella —Song me señaló antes de que yo pudiera decir nada.
—Firme aquí, por favor —me tendió un papel y una pluma y tuve un serio déjà vu al hotel de Omashu—. Muchas gracias.
Se retiró y dejó sobre mi mesa la caja, que dejaba ver a través de la tapa transparente un pequeño ramillete de lilís de fuego, acompañado de una nota.
—¡Vamos! ¿Quién te lo envió? ¿Tu esposo? Ay, si mi novio fuera más como él —intervino casi sin respirar una empleada de la otra oficina de mi piso, con quien habría hablado a lo más dos veces. Los murmullos en el resto de los visitantes se hicieron oír también.
—Errr... —estaba muy segura del remitente, ¿quién más? Eso no significaba que quisiera decirlo.
—¿Qué hacen todos ustedes aquí? ¿Hay alguna emergencia? —encontré en el señor Tong un inesperado salvador. Como la multitud no pudo dar una razón, él se apresuró a sacarlos—. ¡Vamos, vamos, regresen a sus puestos!
Echó una ojeada a las flores en la caja con una diminuta sonrisa.
—Ustedes dos, vuelvan al trabajo también —nos dijo, con mucha menos severidad que a los otros.
—¿Y bien? ¿Qué dice? —Song se inclinó sobre mi mesa en cuanto el señor Tong desapareció tras su puerta.
Pasé saliva y abrí la tarjetita.
Estimada Katara:
Los obstáculos burocráticos para los trámites
me han impedido resolver el asunto con la rapidez que deseaba.
Con una reiterada disculpa, tengan por seguro
que no he olvidado mi promesa y me presentaré en breve.
Mis respetos,
Zuko
—Oh —Song se volvió a sentar con los ojos muy abiertos. Seguramente ella asumió también que el remitente era Aang, y ahora no sabía qué pensar al respecto—. Puedo decir que fue Aang, si quieres.
Eso no iba a detener los rumores, pero era mejor que divulgar la verdad.
—Gracias. Aang y yo peleamos… —no estaba muy segura de por qué dije eso, pero Song asintió.
—Las flores están preciosas —fue su último comentario antes de que ambas regresáramos a nuestros respectivos trabajos. Sí, yo pensaba eso también, y la mezcla de emoción y culpa diluida en enojo no me impidió apreciarlo.
N/A: Y… creo que accidentalmente cree un capítulo extra. Ahora serán 17, si no pasa nada más, lol :P
Muchísimas gracias a quienes siguen la historia semana con semana, los correos que me notifican de los comentarios, favoritos y etcéteras nutren mi entusiasmo :'D
