Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo 11
Edward estacionó en el garaje, apagó su coche, y se le fue la energía.
Había tenido una conversación incómoda con Peter Damon, su socio y hermano de Charlotte. Todas las conversaciones entre ellos habían sido incómodas últimamente. Era de esperarse. Por supuesto que había tenido que contarle a la familia de Charlotte sobre su matrimonio.
En una forma nostálgica, estaban felices por él. Como su propia familia, ellos habían estado preocupados por él, pero no era fácil. Él entendía eso. Aún así, ellos se enorgullecían de sus modales. Cumplieron con su educado deber y le hicieron preguntas sobre su nueva esposa, su boda, y su vida juntos.
Graciosamente, era fácil hablar sobre Bella. Él sinceramente la disfrutaba, y ella había sido encantadora en su boda. Había que mentir muy poco cuando se trataba de Bella.
Él era la mentira. Se daba cuenta de lo mucho que su vida era un acto. Fingir una sonrisa. Fingir tener intereses. Fingir que no sufría todo el tiempo, y que no quería pasar el día en la cama. El letargo se filtraba en cada rincón de su cuerpo, haciendo que sus extremidades se sientan pesadas y sus pensamientos lentos. Pero fingía que le importaba su negocio. Fingía ser un buen jefe, un buen amigo, un buen hijo.
Ese día en particular, él fingió hasta poco después del mediodía. Eso era lo bueno de ser el jefe. Era fácil encontrar una excusa para irse. Él era una persona exigente por naturaleza. Qué extraño. Algunos días lo encontraba difícil tener una conversación, pero podía hacer funcionar una empresa con facilidad, podía manejar los proyectos, y mantenerse el día con el papeleo.
Edward descansó su cabeza contra el asiento, su mente en blanco por unos latidos mientras escuchaba la puerta del garaje bajar. Cuando terminó, cuando el garaje se sumió en silencio, lo recordó.
Así era como se suponía que debía terminar. Ese día, si hubiera sido capaz de tildar la última tarea de su lista, así era cómo iba a pasar. Conducir a casa del cementerio. Estacionar en el garaje. Cerrar la puerta. Respirar y esperar. Era lo más cercano a lo que quería que pudo encontrar—simplemente irse a dormir, desvanecerse hacia la nada.
Un golpe a su ventana lo hizo sobresaltarse, y lo sacó de su sueño oscuro. Parpadeó rápidamente, mitad preguntándose si había actuado sin pensar. ¿Había vuelto a encender el coche? Sus pensamientos no podían unirse, no tenían sentido sobre la realidad de ese momento. ¿Estaba muriendo ahora? ¿Su cerebro se estaba disolviendo mientras se quedaba dormido?
—¿Edward?
Parpadeó de nuevo, y sus pensamientos —perezosos— se solidificaron. Era Bella la que golpeaba su ventana, observándolo con preocupación. Abrió la puerta lo suficiente para poder escucharla.
—¿Estás bien? —preguntó ella—. Has estado sentado aquí afuera por un rato.
¿Se encontraba bien? Pensó en ello por unos segundos, distraído mientras la miraba a la cara. Ella era tan hermosa. Y fuerte.
Cuando abrió la boca, podría haberle contado lo que fuera. Podría haberle contado cómo sufría de cansancio que llegaba hasta la médula de sus huesos; el peso que sentía sobre sus hombros, y cómo no podía recordar cómo sentarse derecho. Podría haberle contado sobre sus pensamientos macabros y las cartas que jamás desechó. Él no la dejaría. Había hecho la promesa de ayudarla, y la mantendría, pero eso no significaba que había dejado de pensar en las cartas.
Las palabras que efectivamente salieron fueron nada de lo que Edward había estado pensando.
—¿Te gustaría ir de paseo conmigo?
~0~
Se le ocurrió solo cuando estaban de camino lo confiada que era Bella. Ella ni siquiera había preguntado adónde iban. Ella estaba sentada en el asiento del pasajero, tranquila como siempre. En los cinco días que habían estado viviendo juntos, él había notado que era fácil estar cerca de ella. Ella notaba sus silencios, pero nunca los comentaba. Ella había notado su costumbre de olvidarse de comer y no decía nada, simplemente colocaba un desayuno caliente o una cena suculenta frente a él. Hoy, ella había corrido de vuelta a la casa para tomar los sándwiches que ella había preparado en caso que él viniera a casa para almorzar.
Él amaba a su familia. Por supuesto que sí, pero ellos requerían mucha energía.
Su destino no era lejos. Eran horas pre-tráfico, así que la autopista dio camino a la ciudad rápidamente.
—¿Newport? —preguntó Bella, mirando por la ventana—. ¿Vamos a la playa?
—¿Está bien eso?
—Sí. —Bella soltó una risa—. Siempre pienso que es gracioso. Vivimos tan cerca del océano, y aún así creo que han pasado años desde que lo he visto. —Suspiró—. No desde que Mac era una bebé. Ella era tan graciosa, chillaba y pateaba las olas.
Sin pensarlo, Edward se acercó y le dio un apretón a su brazo en consuelo. Estaban trabajando en su plan, buscando abogados. Unos días antes de su boda, Liam finalmente había cedido, devolviéndole a Bella sus llamadas diarias con su hija. La pequeña se encontraba confundida. Ella solo sabía lo que su padre le dijo, y que él odiaba a su madre. Ella solo recordaba a Bella como una voz en el teléfono. Sus conversaciones eran forzadas, pero los niños eran criaturas confiadas. McKenna estaba abriéndose de nuevo. Lentamente. Muy lentamente. Completamente ignorando lo mucho que rompía el corazón de su madre.
Edward los llevó hacia la playa y encontró un lugar para estacionar con relativa facilidad. Era principios de primavera y un día de semana, además. La playa no estaba llena.
—Inesperado, lo sé —dijo Edward mientras comenzaban a caminar por la arena—. Tienes razón. Vivimos tan cerca y no vengo aquí lo suficiente.
Él pausó a una distancia segura del agua y se quitó los zapatos. Había algo sobre esto que le gustaba—sentir la arena en sus pies; las olas chocando firmemente en la playa; el suave silbido del viento, frío contra su piel.
A su lado, Bella se sentó en la arena, su mirada en el agua mientras comenzaba a quitarse los zapatos.
—Siempre he querido montar una moto acuática.
El comentario le hizo gracia. No habían motos acuáticas. Había un par de surfistas persistentes —dementes, el agua debía estar congelada— y algunas embarcaciones a lo lejos, pero no motos acuáticas.
—Si fuera rica, creo que tendría un barco. Uno de esos suficientemente grandes que podrías pasar la noche en el océano si quisieras.
Bella llevó sus piernas hacia su pecho, envolviendo sus brazos alrededor de ellas y posando su barbilla sobre sus rodillas. Movió sus dedos en la arena.
—Siempre he querido tomar un crucero. De hecho, quiero tomar muchos cruceros. Quiero viajar, y creo que esa sería la manera más divertida. Llevar tu hotel contigo. Comida increíble. Entretenimientos nocturnos, compras, y apuestas.
—Mucho que beber.
Ella le sonrió.
—Y despiertas todos los días con un nuevo lugar que explorar.
Edward asintió.
—Es divertido. He ido a algunos. Me gusta encontrar un asiento junto a la ventana con una taza de café mientras que las olas giran afuera. En Alaska, era fácil ver un camino de ballenas o verlas expulsar el aire a la distancia.
Bella suspiró, su expresión lejana, y él se preguntó en qué estaba pensando. Él reconocía lo privilegiado que era. Sus sueños, cuando había los tenido, las cosas que había deseado, jamás se encontraban fuera de su alcance. Él había trabajado duro, pero también ella. Ella esquivaba la pobreza, luchando a veces para mantener un techo sobre su cabeza y comida en su mesa. Un crucero era como un cuento de hadas por lo inalcanzable que era.
Bella se puso de pie de repente y marchó hacia la orilla. Edward se sentó en la arena, observándola con curiosidad. Él copió su pose anterior, acercando sus piernas y descansando allí su mentón.
Ella caminó unos pasos, llevando un dedo hacia el agua mientras el océano retrocedía. Bella chilló, bailando hacia atrás para evitar que las olas llegaran a sus pies. Por minutos, ella jugó con las olas hasta que, inevitablemente, la naturaleza ganó.
—¡Oh, por Dios! —En vez de alejarse, Bella se quedó en el agua, saltando en un pie al encontrarse hundida hasta el tobillo—. ¡Está congelada!
Edward se rio. Se escapó de su interior mientras sus labios esbozaban una amplia sonrisa. Por un momento, solo un momento, pudo respirar profundo. Volvió a reírse, porque verla era encantador. Esta mujer con tantos problemas, con demasiado peso sobre ella que debería dejarla tirada en el suelo, y aquí estaba, bailando en la orilla con una sonrisa tan despreocupada en su rostro. Ella aceptaba sus momentos de completa felicidad cuando los encontraba, y era hermosa por ello.
Entonces ella se volvió hacia él, sus ojos iluminados y su sonrisa traviesa. Ella salió del agua y se agachó, tomando y jalando de sus manos.
—Vamos.
—¿Qué? —Arqueó una ceja.
Ella volvió a jalar.
—Vamos —ella insistió.
Edward la dejó ponerlo de pie.
—¿Qué? —Comenzó a encaminarlo hacia el agua, y él se resistió, aunque no lo suficiente como para soltarle la mano—. Oh, no.
Ella se dio vuelta, meciéndose en sus pies mientras usaba ambas manos para tirar de una de las suyas.
—No tengas miedo. Estás descalzo.
—No tengo miedo. Y mira tus jeans. Te vas a congelar.
—Oh, sí. Voy a morir congelada en primavera en el sur de California.
Él puso los ojos en blanco, pero dejó que lo moviera. Cerca de la orilla, acercó un dedo al agua y siseó.
—Está fría.
Ella le tomó la otra mano, estirándolas.
—Todo tu pie. Los dos pies.
Como si pudiera resistirse a su sonrisa feliz. Él fingió resistencia, pero se acercó vacilante hasta que el agua tocaba sus pies.
—¡Ah! —El agua realmente estaba fría. Ellos debían ser un espectáculo, aún vestidos y parados dentro del océano frío.
Bella levantó su cabeza, sonriéndole, y Edward sintió la urgencia de besarla. Se sintió mareado con el poder de esta, recordando la sensación de su calidez al inclinarse para besarla en el día de su boda. Su esposa. Le había gustado besarla. Le había gustado el sentir sus labios y la forma en que su tacto envió un escalofrío agradable por todo su cuerpo. Se sintió correcto—el querer besarla, la satisfacción en hacerlo. Incluso llevó su mano hacia la cintura de ella, como si fuera a jalarla hacia él.
Los ojos de ella se movieron hacia sus labios, pero entonces bajó la cabeza. Su risa era nerviosa, y dio un paso hacia atrás, soltando su mano.
—Pero se siente bien.
Le llevó un minuto descifrar de qué estaba hablando. El agua. La frialdad ascendía por sus piernas, el choque de las olas en sus dedos.
—Sí. —Edward estiró una mano, aferrando el brazo de ella. Una corriente corrió entre ellos mientras ella llevaba una mano hacia su hombro, enderezándose. Sus ojos se encontraron de nuevo, y Edward sintió el calor de la sangre debajo de su congelada mejilla.
Otra ola los chocó, recordándoles que se encontraban un poco demasiado profundo.
—Vamos. Salgamos de aquí antes de que nos lleve.
Frotándose los hombros por el frío, Bella lo siguió de vuelta a la arena seca.
Entonces, el mundo se movió debajo de ellos. Literalmente. Edward estiró sus brazos para mantener el equilibrio, y Bella, que había estado inclinada para tomar sus zapatos, cayó al suelo. La tierra se sacudía, y la madera del muelle cercano emitió un ruido que hizo eco en el aire.
Terminó en unos segundos. Un terremoto. No uno grande, pero lo suficiente para que el corazón de Edward latiera a un ritmo acelerado. Echó un vistazo al agua. El océano no parecía estar perturbado, pero eso no lo hizo sentir seguro.
—¿Estás bien? —preguntó, tomando la mano de Bella para ayudarla a levantarse.
—Sí —respondió, su voz temblando con el mismo miedo.
Edward se sintió ansioso, colocando una pizca de pánico en sus pensamientos y sus palabras.
—Necesitamos movernos. Lejos de la playa. Por si acaso. —Esto era un simple hecho. Con tal terremoto pequeño, no era probable que ocurriera un tsunami, pero eso no significaba que se sintiera cómodo cerca del agua. El instinto lo puso en modo protector. Todo lo que sabía era que quería a Bella lejos, muy lejos del poder del océano.
Afortunadamente, Bella no discutió. Ella mantuvo el ritmo que él estableció mientras se alejaban de las olas. Las pocas personas que habían estado alrededor pensaban lo mismo. Todos se dirigieron hacia la rambla.
De nuevo en tierra firme, con la acera debajo de sus pies y el océano a una distancia decente, Edward se sintió mejor. La urgencia seguía picando debajo de su piel, pero sentía que podía contenerla entonces.
—Oye, está bien.
No fue hasta que escuchó sus palabras reconfortantes y sintió su mano acariciando su espalda que Edward notó que había acercado a Bella hacia él. Su postura era protectora—como si estuviera listo para luchar la ola si llegara a ellos.
—Fue solo un pequeño terremoto —dijo Bella.
Edward cerró los ojos, momentáneamente mareado. Racionalmente, él sabía que no había nada de qué preocuparse. Terremotos, en su mayoría, no eran algo importante. Oh, claro, en cualquier momento podrían serlo. Pero en su vida, no lo habían sido, y este definitivamente no lo era.
Debería soltar a Bella. No tenía derecho a sostenerla de la forma en que lo estaba haciendo.
—¿Estás bien? —Ella rozó sus nudillos contra su mejilla en un gesto que era cariñoso y, en la posición en la que estaban, íntimo. Edward se quedó sin aliento. Levantó una mano y enlazó sus dedos con los de ella contra su mejilla. Lentamente, abrió los ojos.
Ella lo estaba observando. El espacio entre los ojos de ambos parecía estar vivo y ardiente.
—Estoy bien —dijo, su voz más baja de lo normal—. Adrenalina.
Él deseaba besarla.
Bella se estremeció entonces, lo suficientemente violento que hizo temblar sus cuerpos. Él soltó su mano y dio un paso hacia atrás. Ella envolvió sus brazos alrededor de ella misma.
—¿Estás bien, Bella?
Ella había comenzado a temblar, pero se rio irónicamente.
—Hablando de adrenalina... —Debía haberla abandonado, dejándola en shock.
—Te dije que ibas a tener frío —dijo él suavemente, bromeando. Envolvió un brazo alrededor de sus hombros. Para darle calor, por supuesto—. Vamos. Podemos encender la calefacción en el coche. Quizás comer uno de esos sándwiches que hiciste.
—Suena bien —comentó ella con los dientes castañeteando.
No la soltó hasta que llegaron al coche.
—¿No tienes frío? —preguntó ella mientras se sentaba en el asiento del pasajero, sus brazos alrededor de ella nuevamente.
Habiéndola tenido a su lado, ¿cómo podría tenerlo?
—Adrenalina —dijo nuevamente—. Ya se irá.
Se subió al coche y encendió la calefacción, como prometido. Bella dejó de temblar rápidamente, y ella estiró un brazo hacia atrás para tomar el almuerzo que había preparado.
Comieron en un silencio tranquilo y amigable, observando el agua a una distancia segura.
Avanzamos de a poco entre ellos. Edward sigue escondiendo sus pensamientos oscuros, esperemos que Bella lo inspire a querer salir de allí. El maldito de Liam por lo menos permitió que Bella pudiera hablar con Mac. No sé si muchas leyeron Little Dreamer, mi traducción de la misma autora (sí, le hago propaganda porque amé esa historia, y esta tiene pizcas de ella jajaja) pero allí se explica mucho lo volátil que es el cerebro de una niña pequeña, como lo podés moldear a tu gusto. En esa historia, no sucedió para mal, pero aquí vemos como Liam está cambiando los pensamientos de Mac y ella pobre no sabe qué pensar de su madre. Es repugnante, pero es algo que normalmente suele pasar con hijos de padres separados.
Gracias por comentar y hasta el próximo :)
