Los Pecados del Lord
21: El final de una etapa
HINATA se apoyó en el codo para estudiarle. Naruto era como una enorme bestia dormida, con el brazo debajo de la almohada, las piernas desnudas y estiradas. La temprana luz de la mañana iluminaba la parte posterior de sus muslos, haciendo brillar el vello que le cubría la piel entre las cicatrices.
Ella no había tenido todavía una visión así de su cuerpo, la explícita certeza de que su piel había sido herida y golpeada con un atizador. Las cicatrices se entrecruzaban sobre los muslos y las nalgas, incluida la hendidura entre los prietos montículos. En algunas partes, la piel había sido destrozada por completo.
Naruto debía haber estado dormido en esa misma postura el día que le hicieron las heridas, esas de las que tanto se había burlado el conde Durand, boca abajo, relajado en el sueño. Se preguntó cuánto tiempo le habría llevado volver a sentirse lo suficientemente seguro como para pasar la noche en esa posición, incluso detrás de la puerta cerrada de su dormitorio. Imaginó que habría sido mucho.
Ahora dormía profundamente, relajado por completo. Hasta las patas de gallo que tenía en las esquinitas de los ojos se habían borrado.
No le tocó. Se recostó otra vez, observándole respirar en paz hasta que los cálidos rayos de sol que le caían sobre la espalda la indujeron de nuevo al sueño.
Algo rozó el muslo de Naruto y abrió los ojos bruscamente. La estancia estaba iluminada por la luz del sol y hacía demasiado calor debido al fuego de la chimenea. Reposaba en un cálido nido de sábanas y mantas con Hinata acurrucada a su lado. Lo que le había rozado era la rodilla de su esposa.
Su forma suave se ceñía a su cuerpo, calentándole con su abrazo. La luz solar incidía en su pelo y pestañas oscuras, en su piel. Tenía la cabeza apoyada en un brazo y el otro estirado a lo largo del costado, con la mano apoyada en el colchón.
Era muy hermosa.
En su mente surgió de pronto la idea de que, a pesar de que Hinata le había despertado involuntariamente, él no había reaccionado. No había cerrado los puños ni la había empujado. Se despertó en paz, en medio del calor y la luz que inundaban el dormitorio.
Ella continuó durmiendo, ignorante de sus meditaciones, y una extraña quietud le invadió. Uno a uno se fueron disolviendo todos los miedos que envolvían su alma.
Allí, en la cama con Hinata, estaba a salvo de la bestia que habitaba en su interior, a salvo de la crueldad de los demás. Instintivamente había dominado su reacción ante ella sabiendo, incluso en sueños, que debía protegerla. Había algo en el contacto de Hinata, en su esencia, que le tranquilizaba y le mantenía calmado.
Suspiró tan profundamente que el mundo pareció demasiado pequeño para contenerlo. Hinata estaba volviéndolo a hacer otra vez, le estimulaba, hacía desaparecer el gris que le rodeaba, le reavivaba.
Estiró la mano y le acarició el pelo con dedos temblorosos.
Ella gimió suavemente y abrió los ojos. Le miró confusa y somnolienta, luego sonrió.
—Naruto —susurró bajito—, te has quedado toda la noche.
Él deslizó la mano por su costado desnudo hasta acariciarle el pecho, cálido bajo las sábanas.
—Se me ha ocurrido que despertarme a tu lado tiene ciertas ventajas.
La sonrisa de Hinata se hizo picara.
—¿De verdad?
Él le abrió la boca con la lengua y ella le mordió el labio inferior; su erección comenzó a palpitar.
—Menuda ventaja —dijo ella.
El rodó para ponerse encima.
—Sí, una ventaja completa.
La sonrisa de la joven se hizo más amplia cuando se deslizó con facilidad en su interior.
—Ya veo —convino ella.
La silenció al comenzar a amarla con renovado vigor, en la seguridad y calidez de su cama.
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—Iruka...
El gitano terminó de soltar la cincha del caballo que acababa de montar y quitó la silla del lomo del animal. La llevó hasta el gancho en la pared, dobló los estribos y los dejó a un lado para limpiarlos una vez que se hubiera encargado del caballo.
Naruto le observó pasar el cepillo por el sudoroso pelaje de la montura. El semental entrecerró los ojos, disfrutando de los cuidados.
Iruka se mantuvo en silencio, esperando, como siempre, que le pusiera al tanto de lo que le preocupaba. Siguió cepillando al animal, librándolo de la suciedad y limpiándole el sudor.
—Iruka, quiero darte todo el dinero del mundo —dijo finalmente—. Quiero coronarte rey de Inglaterra. ¡Dios!, estoy seguro de que un gitano sería buen rey.
Iruka sonrió de oreja a oreja.
—Por favor, no lo hagas. No me gustaría tener que estar encerrado todo el día.
—Sin embargo, sí puedo darte todo el dinero que quieras. Te lo mereces.
—El dinero está bien para mantener la barriga llena y caliente —concedió Iruka.
—No te burles de esto. Ayer le salvaste la vida a Hinata. Para mí es más valiosa que todo lo que poseo.
Iruka siguió moviendo suavemente el cepillo.
—Estaba lo suficientemente cerca como para actuar, eso es todo. Sé cómo piensas, que te echas la culpa de lo ocurrido. Ese garañón es demasiado volátil, pero podríamos haberlo domado. Deberías haber ignorado a Madara y habértelo quedado.
—Bah, acabaría por sentarte ante un magistrado por robarle el caballo. Estamos bien sin él. Pero Hinata no debería haber tenido que sufrirlo.
—Sí, eso es cierto. —El gitano le miró con serenidad—. No me ofrezcas tu reino, no lo quiero. Sé que si hubiera sido mi madre, mi hermana o mi amante quien hubiera estado en peligro, tú habrías hecho lo mismo.
—Sí.
Iruka terminó de usar el cepillo metálico y lo limpió antes de comenzar a cepillar a otro caballo. Dio largas pasadas en la dirección del nacimiento del pelo, era un campeón que había terminado primero en Newmarket, Epsom y Doncaster. El animal se contoneó bajo la caricia y gruñó de satisfacción.
—Hinata quiere navegar en la barcaza —comentó Naruto.
La sonrisa de Iruka le iluminó los ojos.
—Deja que avise antes a mi madre para que haga una limpieza a fondo. Me arrancaría la piel a tiras si la llevase a bordo sin decirle nada.
Conociendo a la madre de Iruka, entendió por qué lo decía. La madre del gitano era una mujer pequeña, pero regía la vasta familia con mano de hierro.
Dejaron así las cosas. El romaní comprendía su gratitud y él sabía que el hombre no quería nada de lo que le ofrecía.
Salió de las caballerizas, todavía estaba demasiado agitado para montar a caballo y los animales no necesitaban a un jinete ansioso. Se puso a observar a los jockeys desde la valla que rodeaba el campo de entrenamiento.
Notó que Konohamaru se detenía a su lado antes que le hablara. Su hijo había crecido desde que abandonaron Rasengan y también se había vuelto más fuerte.
No pudo evitar recordar al niño que le seguía por todas partes, exigiéndole que le llevara con los ponis. Aunque nunca había sido demasiado ceremonioso con Konohamaru, siempre había estado pendiente de dónde se encontraba y qué estaba haciendo, buscándolo cuando se extraviaba, igual que cuando tuvo que ir a Glasgow a rescatarlo. Entre él y sus hermanos le habían criado sin causarle demasiados traumas.
—Bueno, me marcho —anunció Konohamaru.
—¿Te marchas? ¿Adónde vas esta vez?
El muchacho se metió las manos en los bolsillos y le miró con irritación.
—A la universidad. ¿No es allí donde has intentado encerrarme durante los tres últimos meses?
—Pensaba que odiabas Cambridge.
—Y lo hago. Pero no voy allí, me largo a Edimburgo. Pensaba intentarlo en Glasgow, pero ya viste cómo acabé.
—¿Para eso fuiste allí? —exclamó claramente exasperado—. ¡Maldición, Konohamaru! ¿Por qué no me lo dijiste?
Su hijo se encogió de hombros.
—Quería ver el lugar antes de pedirte que me enviaras allí. No esperaba meterme en líos. Me puse ropas humildes para no llamar la atención, pero resulté demasiado tentador para esos chicos. Querían arrancármela, ¿te lo puedes creer? Ya les dije que si necesitaban dinero solo tenían que pedirlo.
—¿Así que dejaste que te metieran en la cárcel con ellos? Qué noble por tu parte, hijo.
—No pensaron que me defendería. Estaba peleando tan duro como ellos, así que había cometido el mismo delito. No sé si te dije que su líder era bastante bueno para ser un matón callejero.
«¡Qué Dios le ayudara!».
—Sin embargo, has elegido Edimburgo. ¿Por qué? ¿Hay menos matones callejeros?
—Es más divertido, papá. Me gusta que vayan a enseñarme ingeniería. Y también arquitectura. Nada de filosofía, gracias a Dios.
—Si no querías estudiar filosofía, Konohamaru, solo tenías que decirlo.
El chico volvió a encogerse de hombros.
—Ni yo mismo sabía lo que quería, papá. Tenía que probar, investigar, enterarme de todo. Pero ahora estoy seguro. El curso académico ya ha empezado, pero me han confirmado que me darán clases particulares para ponerme a su nivel. Tendré a mi favor que soy de la tierra, conozco el carácter de la gente... Sé de qué pie cojean. Regresaré aquí en vacaciones y luego me esmeraré a fondo para ingresar en el Trinity College. Hoy cogeré el tren, te mandaré un telegrama cuando llegue. Tío Yahiko me ha dicho que puedo alojarme en su casa mientras esté allí.
A Naruto le sorprendió la punzada de dolor que sintió en el corazón. Se había acostumbrado a tener a Konohamaru a su lado todo el tiempo. En parte había comprado aquella propiedad en Berkshire porque estaría cerca de él mientras estudiaba en Harrow.
Ahora sus caminos se separaban. El hijo al que tanto le había costado proteger estaba preparado para protegerse solo.
—¿Por qué este repentino deseo de marcharte? —preguntó en tono ligero—. Es posible que necesite ayuda con los caballos. Las carreras de Newmarket empezarán dentro de nada y, ya puestos, podrías comenzar el próximo trimestre.
Konohamaru le miró fijamente a los ojos.
—Porque sé que estarás bien sin mí. Ya no me necesitas, papá. Ahora es Hinata la que cuida de ti.
—Pensaba que era al revés.
Su hijo hizo una mueca.
—Eso es lo que ella quiere que pienses. Has pasado toda la noche en su cama, ¿verdad? ¿Durmiendo y otras cosas?
Naruto se sonrojó.
—Eso no es de tu incumbencia, hijo.
—Lo sabe toda la casa, papá. Les agrada que tu matrimonio tenga una posibilidad de salir adelante, y a mí también.
—¡Santo Dios! ¿Es que no tienen nada mejor de lo que hablar?
—Parece que no. A todo el mundo le gusta Hinata y quieren asegurarse de que la tratas bien. A mí también, que conste; pero tenías que conseguirlo por ti mismo.
Naruto entrecerró los ojos.
—¿Es por eso por lo que llevas todo el invierno rondando a mi alrededor? ¿Para vigilar cómo me comportaba con Hinata?
—En parte. Por eso ha llegado el momento de que me vaya.
Quiso reír. Quiso abrazar a Konohamaru, decirle que era un tonto sin remedio, y después confesarle que le quería.
Ni uno ni otro eran proclives a esa clase de sentimentalismos, así que siguieron contemplando a los caballos. Una potrilla llamada Hija del Azar, un hermoso ejemplar bayo que había comprado un poco antes de que Tanahi se casara con Menma, corrió delante de ellos con elegancia y entusiasmo. Sería una buena apuesta en las carreras de potros de tres años.
—Konohamaru —comentó al cabo de un rato—, sé que no he sido el mejor padre del mundo, sino más bien todo lo contrario.
—No es culpa tuya, papá. Eres un MacUzumaki.
—También tú. No lo olvides. —Los caballos se dirigieron hacia ellos, incluida la potrilla—. No cometas los mismos errores que yo.
—Te aseguro que pondré lo que pueda de mi parte. Pero tengo una ventaja, ¿sabes? Lo único que tú tenías era un padre que golpeaba a sus hijos y sentía celos de ellos. Yo tengo un padre que intentó hacer lo correcto, incluso aunque metiera la pata la mayoría de las veces. Y además están mis dulces tías y mi madrastra para demostrarme que no todas las mujeres son malas. Algunas no solo quieren nuestro dinero, a algunas incluso les gustamos.
Naruto dejó escapar una risita.
—Sí, a algunas. Ahora voy a hacer algo que te avergonzará.
Agarró a Konohamaru y le estrechó con todas sus fuerzas. En lugar de ponerse tenso, el chico se rio y respondió con intensidad al abrazo, apretándole hasta que no pudo respirar. Sí, desde luego, Konohamaru era ahora más fuerte.
Se soltaron.
—Vuelve pronto, ¿de acuerdo? —pidió.
—Por supuesto. Aún tienes que enseñarme todo lo que sabes de caballos. Así, una vez termine en la universidad podré convertirme en tu socio en las caballerizas. Vamos a ser los mejores, papá.
—¿Lo tienes todo planeado? ¿Qué ocurre con la ingeniería y la arquitectura?
—Eso también es interesante. Incluso podría inventar un transporte más cómodo para los caballos o unas cuadras mejor acondicionadas. Haré amistades en la universidad y tanto ellos como sus padres nos enviarán sus caballos. —Konohamaru le dio una fuerte palmada en la espalda—. Ya me he despedido de Hinata. Se puso a llorar antes de besarme en la mejilla, luego me ofreció un paquete con pasteles. Casarte con ella es lo mejor que has hecho en tu vida, papá. Aún hay esperanza para ti.
Dicho eso, volvió a abrazarle. Y él le correspondió, soltándole solo a regañadientes.
Konohamaru se despidió con un gesto a Iruka, que se acercaba hacia ellos y luego se dirigió hacia la casa a grandes zancadas para subirse al carruaje que le llevaría a la estación. Era ya tan alto y fuerte como Menma, Yahiko e incluso Nagato.
—Crecen muy rápido —comentó Iruka cuando llegó a su lado. Él le miró pensando que el hombre bromeaba, pero la mirada del gitano era muy seria—. La infancia se va en un abrir y cerrar de ojos, enseguida se hacen hombres. Los payos sois muy extraños. Mandáis a vuestros hijos fuera en cuanto crecen. Mi familia permanece unida.
—Bueno, tú no vives con ella, Iruka, así que no sentencies. Además, mi familia también está unida, solo que un poco más dispersa.
—Los payos, cuanto más ricos, más espacio necesitáis.
—Eso es cierto, pero impide que nos matemos.
Iruka esbozo una amplia sonrisa. Konohamaru se subió al carruaje y él le observó alejarse por el camino con el corazón en un puño.
Añoraría a su hijo con todo su ser, pero entendía las palabras de Iruka y lo que había querido decir con ellas. Konohamaru podía volver siempre que quisiera. Él había hecho todo lo posible para asegurarse de que su hijo no temiera el regreso. Y en esa misión tenía la certeza de que había superado con creces a su propio padre.
Hinata encontró la casa más vacía sin Konohamaru, pero ahora su marido dormía con ella todas las noches, lo que quería decir que dormir, precisamente, dormía muy poco. Y cuando la despertaba por la mañana la amaba a conciencia, antes de dedicarse, legañosos, a sus actividades matutinas.
A Naruto le disgustaba haber perdido a Jazmín, era evidente, aunque afirmaba sin pizca de inflexión en la voz que no era así. Decía que tenía muchos más caballos y que Hija del Azar iba a ganar todas las carreras importantes de la temporada.
Deseaba que su marido pudiera hacer las paces con lord Madara, o mejor dicho, que Madara dejara de ser un imbécil. Jazmín era la que más estaba sufriendo y lo lamentaba por ella profundamente.
Pero se le habían ocurrido varias ideas para solucionar el problema. Legalmente, por supuesto. Escribió a su hermano Sai esperando reclutarle para la causa, pero él le respondió que no podía abandonar el regimiento. Tokuma estaba demasiado ocupado, como de costumbre; Sasuke, desde la India, tampoco podía ayudarle, y Neji...
Mmmm... Quizá Neji estaría dispuesto.
Sin embargo, antes de que pudiera poner en marcha sus planes, llegó un telegrama que la arrancó de aquel nuevo y agradable giro que había dado su vida.
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Naruto entró mientras ella hacía el equipaje. Sus habitaciones en la planta superior eran un desorden de cajas y baúles, de doncellas apresuradas entrando y saliendo con ropa. Hinata sabía que tendría que enfrentarse a él tarde o temprano, pero había esperado que los entrenamientos lo mantuvieran alejado un poco más de tiempo.
Sacó el telegrama del bolsillo y se lo tendió.
—No es necesario que me preguntes, ahí está la respuesta.
Le vio mover los ojos mientras leía las palabras.
«Brown se ha ido. Regresa inmediatamente».
—¿Brown? —atronó Naruto—. ¿Brown ha muerto?
—Eso parece. —Detuvo a la doncella que pasaba a su lado—. No, el azul no. Solo los grises y negros. La reina esperará que vaya de luto.
Naruto jugueteó con el telegrama entre los dedos.
—¿Por qué quiere que regreses? Hay otras damas que pueden consolarla.
—La reina solo me confió a mí el profundo cariño que sentía por Brown. Lo cierto es que ese hombre le dio sentido a su vida. Comprendo lo que estará pasando.
—No, no me entiendes... Lo que realmente quiero decir es: ¿por qué demonios vas?
—No será durante mucho tiempo —adujo ella—. Unas semanas. Un mes a lo sumo.
—No. —La palabra fue tan seca y brusca que ella le miró sorprendida—. Un mes es demasiado tiempo.
—Me ofrecerá la oportunidad de rematar algunas cuestiones inconclusas. De finalizarlas limpiamente.
—¿Qué cuestiones?
—Asuntos de mi vieja vida. Ya sabes que hice las maletas y me marché sin más. Tomé una decisión y desaparecí.
Naruto dejó caer bruscamente la mano sobre la tapa abierta de un baúl y esta se cerró con un fuerte golpe. La doncella les miró sobresaltada antes de salir con discreción.
—La reina tiene la casa llena de criados y damas que la sirven de manera incondicional —dijo Naruto—.¿Por qué tienes que ir tú?
Porque ya había visto a Victoria deprimida en otras ocasiones y sabía lo mucho que le afectaba. La reina era una mujer robusta, pero no sabía enfrentarse a las pérdidas con entereza. Amaba con intensidad y sufría de la misma forma, y ella lo sabía mucho mejor que Naruto.
—Recibí otro telegrama además del suyo. De otra de las damas —aclaró—. La reina apenas puede caminar, le cuesta incluso levantarse de una silla. Si puedo aliviar un poco su sufrimiento, si puedo ayudarla a conseguir relacionarse de nuevo con la gente, podré cerrar esa etapa y regresar aquí para comenzar mi vida.
—¿Para comenzar tu vida? ¿Y qué demonios has hecho los últimos cinco meses?
—Por favor, Naruto, es importante. Me necesita.
—¡Maldición! ¡Yo también te necesito!
Le observó en silencio. Naruto se estaba conteniendo a duras penas, apretaba los puños con fuerza dentro de los guantes polvorientos.
—Naruto. Volveré.
—¿De veras? —replicó con amargura.
—Por supuesto. Estamos casados.
—¿Sólo por eso?
—Para mí es suficiente.
Naruto sabía que ella no le entendía. Sus ojos perlados grises eran un mar en calma mientras doblaba un chal. La seda, satinada y plateada, hacía juego con sus ojos y resbalaba por sus brazos de la misma manera en que su pelo fluía sobre él cuando hacían el amor.
Hinata se marchaba... La perdía. Solo de pensarlo le inundaba un sudor frío.
—Cuando regrese, Konohamaru estará de nuevo en casa por vacaciones —comentó ella—. Seremos de nuevo una familia.
Una familia. Otra vez. Sonaba muy convencida... Como si todo fuera muy sencillo. Él y su hijo habían sido meros satélites gravitatorios girando uno en torno al otro, y los dos lo sabían. Hasta que llegó Hinata. Konohamaru había intentado sumergir a Hinata en su vida, incluso había pasado el invierno con ellos para asegurarse de que su matrimonio funcionaba, y ahora se había marchado, convencido de que todo estaba bien.
—No volverás —afirmó él.
—Sí, volveré. Ya te lo he dicho.
—Lo intentarás, pero la reina extenderá sus redes; te llevará de vuelta a su mundo, donde ella es el sol, la luna y las estrellas. No le gustan los MacUzumaki y hará cualquier para alejarte de nosotros.
Ella pareció perpleja.
—La reina busca tus consejos sobre caballos. Incluso reclamó tu presencia en Balmoral para hablar contigo al respecto.
—Eso es porque quiere que sus caballos ganen, no porque yo le guste o me respete. Victoria conoció a mi madre, la consideraba imbécil por soportar a mi padre. La compadecía y despreciaba a partes iguales. Cree que nosotros cuatro estamos cortados por el mismo patrón que mi padre, y no se equivoca demasiado.
—Se equivoca por completo. Lo sé. Konan me habló de tu padre; era un hombre horrible.
—Pero está aquí. —Naruto se golpeó el pecho—. Aquí dentro. El hijo de perra que nos engendró, el que mató a mi madre y mantuvo a Menma en un sanatorio mental, forma parte de mí. Forma parte de todos nosotros. Te habrás dado cuenta de que mi familia no está precisamente cuerda.
Ella esbozó una tierna sonrisa.
—Sólo es un poco excéntrica.
—Estamos locos de atar. Yo alivio mi locura entrenando a los caballos, pero apenas soy capaz de contenerla durante el tiempo que transcurre entre una temporada y otra. Hasta este año, contigo, en el que en lugar de beber y acostarme con todas las mujeres que se me ponían a tiro sin poder recordar ni en qué día vivía, me dediqué a pasear por el parque, a visitar museos y jardines.
» ¡Por el amor de Dios! Si incluso te observé discutir con Konohamaru en las tardes de lluvia sobre las virtudes de ciertos pasteles o desgranar las obras teatrales a las que asistimos. Mis amigos de Montecarlo me dijeron que me había vuelto hogareño y me reí, porque me dio igual.
Ella le miró con desconcierto.
—En Montecarlo no eras feliz.
—Sí, me sentía inquieto, pero no era desgraciado, ni mucho menos. ¡No, por Dios! Tanto allí como en París todo me resultó nuevo. Todo lo que había dado por supuesto durante años de repente tenía color y sustancia. ¿Por qué? Porque lo veía de nuevo a través de tus ojos.
Ella no era consciente de lo hermosa que resultaba allí parada, escuchándole, con el ceño fruncido.
—Pero tu corazón está aquí —afirmó ella—. En Berkshire. Con tus caballos. En las caballerizas de Waterbury Grange. Estoy segura de ello.
—Mi corazón está donde tú estés, Hinata. Así que cuando te marches... —Hizo un gesto fugaz con la mano.
—Regresaré —afirmó con terquedad.
—¿Con esta ruina de hombre? ¿Por qué?
—Porque te amo.
Naruto se quedó paralizado. Hinata ya había dicho eso antes, aunque no lo había repetido; era como si le preocupara su respuesta.
Pero ¡maldita fuera!, podía decirlo tan a menudo como quisiera. Muchas mujeres le habían dicho que le amaban, incluso lo había hecho Shizuka. Normalmente era lo que salía de sus bocas después de que les regalara un caro presente. Pero Hinata parecía triste, allí parada, mientras lo decía.
«Con ella no —le murmuró una vocecita interior—. Con Hinata puede ser cierto».
—Entonces ¿por qué te marchas? —preguntó.
—Porque necesito hacer ciertas cosas. Cosas importantes. Te pediría que me acompañaras, pero sé que no puedes dejar los caballos ahora y tenerte a mi lado solo lo complicaría todo.
—¿Qué cosas?
—Naruto...
Él dejó caer los brazos y se acercó a la ventana. Fuera, en el campo de entrenamiento, Iruka había puesto al caballo que adiestraba a medio galope.
La sintió a su espalda antes de notar su contacto tranquilizador.
—Esa noche hace seis años, en tu dormitorio —dijo ella bajito—, cuando me tentaste y te rechacé...
—Lo recuerdo. —Ahora el caballo iba a galope tendido y el gitano parecía formar parte de la bestia—. ¿Adónde quieres ir a parar?
—Te rechacé para no traicionar a Hiruzen, mi marido. Y tampoco te traicionaré a ti. Regresaré contigo, Naruto. Te lo prometo.
Él se dio la vuelta y la estrechó con fuerza. Se mantuvieron abrazados, iluminados por los rayos del sol. Notó que Hinata se tranquilizaba, aliviada de que hubiera dejado de discutir. Pero estaba muy lejos de doblegarse.
—No quiero que regreses conmigo porque te sientas obligada, cariño. Esos condenados votos matrimoniales... Ya te hicieron permanecer con una persona cuando lo que querías era huir. Si vuelves a mi lado quiero que sea porque lo deseas, no porque pienses que es lo que debes hacer. ¿Me has comprendido?
Ella le miró con los ojos velados.
—Creo que sí te comprendo, Naruto.
Él quiso entender en aquella frase algo más aparte de las palabras, pero no podría decir qué. La besó, derritiéndose en su calidez, y luego la dejó partir.
Iruka la acompañó. Naruto insistió en ello. Le aseguró que confiaba en ella, pero no sabían lo que podría encontrarse en su camino. Una doncella y un lacayo no eran suficiente protección y sabía que Iruka no permitiría que le ocurriera nada. Así que no hubo más discusión al respecto.
Una vez que llegaron a Windsor, el gitano marchó a reunirse con su familia en la barcaza que recorría el cercano Canal Kennet y Avon. Ella le llenó los brazos de paquetes de comida, ropa y juguetes para sus sobrinos y luego se despidió de él.
Windsor le resultó frío, húmedo y triste.
Mi amado Naruto,
La reina está muy afectada y la mayor parte de los días ni siquiera es capaz de andar Ha manifestado un profundo alivio al verme a su lado y confía en mi fuerza.
Me alegro de haber venido porque el resto de la Corte, aunque apenada por el sufrimiento de la reina, no apreciaba demasiado al señor Brown. Se impacientan con los elogios que desgrana Su Majestad sobre él y sus conversaciones sobre erigir mausoleos y monumentos en su honor. Parecen pensar que el señor Brown era solo un sirviente; en su opinión, uno que se daba muchos aires. Alguien que merece un enterramiento correcto, sí, pero nada más.
Sin embargo, olvidan que el señor Brown fue un verdadero amigo para la reina después del fallecimiento de su marido, cuando su corazón se quebró; que fue él quien la rescató para el mundo. Fue el señor Brown quien la apoyó para que cumpliera con su deber como soberana, quien le dio voluntad para continuar. Aunque no por otra cosa, debería ser recordado por eso.
Dudo mucho que, a pesar de las crueles murmuraciones y de esas cartas con las que la señora Terumi la chantajeaba, la reina y el señor Brown llegaran a ser amantes. Una pareja puede llegar a establecer una relación muy íntima sin compartir sus cuerpos, aunque estoy segura de que tú no lo creerás, mi Naruto, pero es cierto.
Lo que siento por ti es igual de vehemente, ya estés a mi lado o a cientos de kilómetros. No es necesario tocarte para experimentar mis sentimientos.
La reina y yo rara vez salimos de palacio y no hago más que mirar con anhelo los campos desde la ventana, deseando estar en casa, en Waterbury, contigo. Aquí los campos verdes están llenos de ovejas y los azafranes tiñen de color la primavera. Imagino que Waterbury mostrará una estampa parecida, brumosa y suave.
Por desgracia, no disfruto del buen tiempo porque siempre estoy detrás de las ventanas y estas están cubiertas con cortinas, sin otra cosa que hacer que leer para Su Majestad, o bordar o tocar el piano. Por lo menos tengo tiempo de sobra para trabajar en los cojines que estoy haciendo para nuestra salita, en brillantes y alegres colores. Disfruto mucho imaginando cómo quedará nuestro hogar.
Te escribiré tan a menudo como pueda, pero la verdad sea dicha, no tengo demasiado tiempo para mí misma. La reina está muy deprimida y me necesita todo el rato junto a ella.
Sin embargo, cada vez que me desabrocho los botones para meterme en la cama, pienso en ti. Imagino que son tus dedos los que me abren el vestido, el camisón, desnudándome para darme placer. Siento un hormigueo en todo el cuerpo con solo pensarlo, así que terminaré la carta antes de que comience a arder y queme el papel.
Por favor, saluda a la familia por mí, y a tus entrenadores, y a los mozos de cuadras, y a los caballos y a McNab. ¡Os echo mucho de menos!
Con mi amor más profundo para mi amado marido, Tuya,
Hinata.
—Ahora, querida, vamos a hablar sobre ese desgraciado matrimonio tuyo con los MacUzumaki.
«La reina debe sentirse mejor si saca a colación el tema de mi huida», pensó Hinata.
Mantuvo la mirada clavada en el bordado, de violetas azules sobre un fondo crema. Estaba redecorando la salita de Waterbury con cortinas azules y amarillas, iluminando con esos tonos la decoración de Naruto, que no era otra que la que había encontrado en la casa cuando la compró.
«Lo dice como si me hubiera casado con todos. Aunque quizá así sea».
—Su padre fue un bruto —adujo Victoria con decisión—. Conocí al antiguo duque, era horrible. Dicen que de tal palo tal astilla. Casarse con un MacUzumaki no es el matrimonio que quiero para una señorita refinada, en especial para una por la que siento tanto aprecio como tú.
Konan y Tanahi también era señoritas refinadas, meditó ella, sin embargo la reina no las mencionó.
—Lord Naruto y yo nos entendemos bastante bien —comentó—. Por supuesto coincidiremos en Ascot, pero imagino que ganará la Thousand Guineas Stakes en Newmarket con su nueva potrilla. Debería apostar por ella. Hija del Azar a ser una campeona.
La reina le lanzó una mirada penetrante.
—No cambies de tema. Te fugaste con él. Te has deshonrado a ti misma. Por primera vez agradezco que tu querida madre no esté ya entre nosotros. Se le habría roto el corazón.
Aunque no había conocido a su madre, se negaba a creer que Hanna Hyûga se hubiera sentido desgraciada al ver felizmente casada a su única hija, sin importar lo poco convencionales que fueran las circunstancias que rodearan el enlace.
—Lo hecho, hecho está —replicó—. Es agua pasada. Debo sacar partido a ello, eso es todo. —Se estremeció interiormente al pronunciar aquellos refranes, pero todos los dichos populares contenían su parte de razón.
—He oído hablar sobre vuestras andanzas en el Continente —continuó la reina—. Clubes nocturnos, casinos hasta altas horas de la noche. Tu hermano y tu cuñada se mostraban muy avergonzados.
Eso lo dudaba mucho. Neji, a pesar de ser adalid del trabajo honesto y duro, comprendía muy bien el placer y sabía que no hacía daño a nadie. Además, su hermano era mucho más liberal de lo que sugería su rígido semblante. Y como le había comentado a Naruto, Neji y su cuñada no tenían dormitorios separados.
—No es cierto que lo hecho, hecho está —dijo Victoria—. El matrimonio puede anularse. Tengo la certeza de que lord Naruto te pidió que os casarais legalmente porque sabía que no te seduciría hasta que tuvieras un anillo en el dedo.
Decidió reservarse el hecho de que Naruto ya la había seducido mucho antes de ponerle una alianza.
—Majestad, lord Naruto no es el villano que está insinuando. Teníamos una licencia. La vi. Y un vicario, y testigos.
—Actores contratados, una farsa todo. He escrito a Nagato MacUzumaki, dándole instrucciones para mover todos los hilos que sean necesarios para declarar nulo este matrimonio.
Imaginó la reacción de su cuñado al recibir esas instrucciones. Pero fue la presunción de la reina creyendo que podría interferir en su vida, y que ella se limitaría a obedecería, lo que la llevó, finalmente, a perder la calma.
—¿Cómo se ha atrevido? —dijo con la voz baja y aguda. La reina abrió los ojos como platos, pero ella continuó, valiente, echándole el rapapolvo a la reina de Inglaterra y emperatriz de Gran Bretaña—: Después de todo lo que he hecho por usted. Me lo jugué todo para recuperar esas cartas porque la respetaba y no quería verla humillada. Lord Naruto me ayudó, ¿lo sabía? Fue él quien pagó el chantaje para que usted no tuviera que desprenderse ni siquiera de un penique.
—¿Se lo contaste? —El susurro de la reina resonó en la estancia y las damas más alejadas levantaron la cabeza—. ¿Cómo te atreviste a decirle a Naruto MacUzumaki, de entre todas las personas, lo que ocurría con mis cartas?
—De no ser por él, hubiera sido muy difícil recuperarlas.
Victoria parecía sentirse insultada.
—No te engañes; Lord Naruto se lo habrá dicho al duque y habrá copias de mis cartas por todos lados.
—Naruto no se lo ha dicho a nadie. Le pedí que me guardara el secreto y estuvo de acuerdo.
—No seas ridícula. Es un MacUzumaki, no se puede confiar en él.
—Claro que se puede —le defendió ella—. Pero como siga insistiendo en poner fin a nuestro matrimonio, lord Naruto podría tomar represalias.
No es que creyera que Naruto se fuera a vengar de la reina esparciendo mezquinos rumores, pero, a fin de cuentas, ¿alguien sabía lo que se le podía ocurrir hacer a su marido? Recordó su mirada cuando le dijo que se marchaba de Waterbury: insensible, irritada, amenazadora...
Victoria, por su parte, sí lo creía.
—Eso es chantaje.
—Sí, lo es. Parece ser el único lenguaje que comprende.
De repente, se sintió muy cansada de esa vida; de la Corte, las murmuraciones, los tejemanejes secretos y las conversaciones informales. Siempre se había sentido como una persona ajena a todo eso; una don nadie hija de un don nadie, contratada por la reina por el aprecio que sintió antaño por su madre. Jamás había sido lo suficientemente importante para ser sobornada ni chantajeada a cambio de favores; solo había observado cómo lo hacían los demás. Nadie percibía nunca su presencia.
Ahora, como esposa de uno de los notorios y poderosos MacUzumaki, casada con el heredero del ducado, podía ser utilizada o podía ser peligrosa. Prefería ser peligrosa.
—Por consiguiente, creo que seguiré casada con lord Naruto —concluyó.
La reina la miró airadamente, pero ella supo que la soberana la percibía bajo un nuevo prisma; ya no era una sirvienta a la que ordenar ocuparse de los asuntos delicados, sino una mujer a tener en cuenta.
—Tu pobre marido se retorcerá en la tumba —aseguró con rencor Victoria—. El señor Sarutobi era un hombre respetable.
—Mi querido marido era un hombre generoso, creo que le gustaría verme feliz. —Hiruzen había tenido buen corazón hasta el final y se alegraba de haber sido fiel a sus principios y a él.
Victoria continuó mirándola con frialdad.
—Voy a hacer como si esta conversación no hubiera tenido lugar. —Alzó la costura del regazo—. Si no hubieras sido tan brusca, Hinata, te habría dicho que ha llegado tu hermano. Había hecho los arreglos para que te llevara a su casa a esperar la anulación, pero ahora, por supuesto, puedes hacer lo que desees. Estamos en paz. Hay un dicho que viene al caso, querida, será mejor que lo tengas en cuenta: cuando uno se hace la cama, luego debe dormir en ella.
¡Por Dios!, pues sí que era el día de los refranes. Pero ella se acostaría feliz en esa cama siempre que en ella estuviera Naruto MacUzumaki.
Metió la labor en la cesta de costura.
—¿Neji está aquí? ¿Puedo verlo?
—Por favor. Y envía a Beatrice. No creo que volvamos a vernos.
Se levantó e hizo una reverencia, aliviada y pasmada de tener permiso para marcharse. Siguiendo un momentáneo impulso, se inclinó y besó la descolorida mejilla de la reina.
—Espero que algún día llegue a estar orgullosa de mí —dijo—. Se lo aseguro, sus secretos están a salvo conmigo.
Victoria parpadeó sorprendida. Sintió la mirada de la soberana clavada en la espalda mientras atravesaba la estancia y salía. El clic de la puerta, que un lacayo cerró a su espalda, pareció señalar el final de una etapa de su vida.
Neji Hyûga la esperaba en un vestíbulo, no muy alejado. Resultaba un poco incómodo y monótono en medio del esplendor de Windsor. Ella soltó la cesta de costura y corrió hacia él por el amplio pasillo con los brazos abiertos. La sonrisa con la que Neji la recibió borró cada desaprobadora palabra de la reina.
—¡Me alegro tanto de verte! —exclamó sonriendo—. Necesito un cómplice para un crimen, Neji; y tú, mi respetable hermano mayor, eres el candidato perfecto.
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Continuará...
