Alma Gemela


Calma tu Corazón


Los demonios se apartaron y de entre la niebla surgió el «hermano» de Jiraya.

—Hola, Jiraya —dijo Madara con un tono que distaba mucho de ser amable y cordial—. Ha pasado bastante tiempo, ¿no? Unos once mil años, más o menos.

Naruto contuvo el aliento. No podía creer lo que estaba viendo. Había sospechado algo así, pero en ese momento la realidad cayó sobre él como un jarro de agua fría. Jiraya tenía un hermano.

¿Por qué lo había ocultado? ¿Y cómo podía Madara seguir vivo si no era un Cazador Oscuro? No tenía sentido.

Madara se acercó a Jiraya.

—Quédate ahí, Madara —dijo Jiraya con firmeza—. No quiero hacerte daño, pero lo haré si no me dejas otra alternativa. No permitiré que la liberes.

Madara miró a Naruto a los ojos y se echó a reír.

—Es como un culebrón de los malos, ¿verdad? El hermano bueno y el hermano malo. —Su mirada furiosa regresó a Jiraya—. Claro que no somos hermanos de verdad, ¿no es así, Jiraya? Tan solo compartimos la misma madre durante un tiempo.

Madara se movió para colocarse detrás de Jiraya, que se tensó de manera visible. El atlante no solía permitir que nadie hiciera eso, pero al parecer alguna fuerza invisible lo mantenía paralizado.

Madara estaba tan cerca de él que apenas los separaba un palmo.

No se tocaron.

Madara se inclinó para susurrarle al oído:

—¿Les decimos quién es el bueno, Jiraya? ¿Les decimos cuál de los dos vivió con dignidad? ¿Cuál de los dos era respetado por los griegos y los atlantes y de quién se burlaban?

Madara colocó la mano en el cuello de Jiraya, justo sobre el lugar donde la extraña marca aparecía de vez en cuando y tiró de él hacia atrás para poder susurrarle algo al oído en un idioma desconocido para Naruto.

Jiraya jadeó como si estuviera inmerso en una pesadilla. Tenía la mirada perdida y vidriosa y respiraba de forma agitada. Pese a todo, no se movió para zafarse de Madara.

Naruto contempló la escena sin saber qué hacer. No le cabía ninguna duda de que Jiraya podría hacerse cargo de la situación. No sabía de nada de lo que Jiraya no pudiera encargarse.

—Eso es, Jiraya —dijo Madara entre dientes, olvidada la lengua extraña —. Recuerda el pasado. Recuerda lo que eres. Quiero que lo revivas todo. Revive todas las barbaridades que hiciste. Todas las lágrimas que hiciste derramar a mis padres. Todos los momentos en los que te miré y me avergoncé de ti.

Naruto observó cómo las lágrimas asomaban a los ojos de Jiraya y se echaba a temblar. Desconocía los secretos de Jiraya, pero debían de ser espantosos para que lo afectaran de semejante manera.

A título personal, le importaba un comino lo que Jiraya hubiera hecho en el pasado. Durante quince siglos se había comportado como una persona abnegada y decente. Con secretos o sin ellos, eran amigos.

—Suéltalo —ordenó Naruto.

Madara ladeó la cabeza, pero se negó a dejar marchar a Jiraya. Aumentó la presión sobre la garganta de su hermano.

—¿Recuerdas cuando nuestra hermana murió, Jiraya? ¿El modo en que te encontramos mi padre y yo? Jamás he podido olvidarlo. Cada vez que pienso en ti, es esa la imagen que me viene a la cabeza. Eres repugnante. Asqueroso.

—Mátalo —ordenó Hamura— y abre el portal.

Madara no pareció escucharlo, puesto que toda su atención se centraba en Jiraya.

Orochimaru comenzó a acercarse a ellos con una daga. Naruto se abalanzó sobre él y se enzarzaron en una lucha por el arma. Los demonios atacaron mientras Madara seguía burlándose e insultando a Jiraya.

—Mátalo, Madara —repitió Hamura—. O perderemos la oportunidad de abrir el portal.

Madara sacó una daga de su abrigo.

Olvidada su lucha con Orochimaru, Naruto intentó llegar hasta ellos.

Aunque no pudo.

Madara alzó la mano y clavó la daga justo en el corazón de Jiraya. Se la hundió en el pecho hasta la empuñadura.

Jiraya jadeó y arqueó la espalda como si algo lo hubiera poseído. La daga salió disparada y golpeó la pared que había detrás de Hamura, justo por encima de su cabeza. Un haz de luz brotó de la herida antes de que esta se cerrara.

Al instante una especie de onda expansiva atravesó la habitación, tirándolos a todos al suelo. Madara acabó en el rincón más alejado mientras que los dioses quedaron inmovilizados en el suelo.

Jiraya se alzó en el aire y quedó suspendido a varios centímetros del suelo con los brazos en cruz. Incapaz de permanecer de pie bajo esa fuerza invisible, Naruto gateó hasta Hinata y la apretó contra su cuerpo para poder protegerla de lo que estuviera sucediendo.

Nadie era capaz de ponerse en pie. Ni siquiera los dioses.

Del cuerpo de Jiraya brotaron unos cuantos rayos que hicieron añicos los cristales y las bombillas. El aire se cargó de energía eléctrica y comenzó a crepitar. Jiraya dejó caer la cabeza hacia atrás cuando los haces de luz atravesaron sus ojos y su boca. La energía parecía recorrerle todo el cuerpo antes de irrumpir en la habitación en forma de cegadores rayos.

Los daimons y los demonios explotaron al unísono, ocasionando un enorme resplandor. Un dragón alado, que pareció salir de debajo de la manga de Jiraya, se enroscó a su alrededor como si lo estuviera protegiendo. O tal vez devorando.

Naruto jamás había visto algo parecido en toda su vida.

—¿Qué carajos es eso? —preguntó Orochimaru—. Madara, ¿qué has hecho?

—Nada. ¿Es el portal al abrirse?

—No —respondió Hamura—. Es algo totalmente distinto. Algo de lo que nadie me dijo nada. —Levantó la vista al techo y gritó—: ¡Artemisa!

Artemisa apareció y de inmediato acabó inmovilizada contra el suelo, como todos los demás.

Naruto apretó aún más a Hinata, que se aferró con fuerza a él mientras temblaba contra su cuerpo.

Artemisa le echó un vistazo a Jiraya y su rostro se enrojeció por la ira.

—¿Quién ha sido el idiota que ha cabreado a Jiraya? —exigió saber.

Los dos dioses señalaron a Madara.

—¡Estúpidos! —masculló—. ¿En qué estabais pensando?

—Teníamos que matar a un atlante para despertar a la Destructora — dijo Hamura—. Jiraya es el único que queda.

—¡Sois unos imbéciles! —rezongó la diosa—. Sabía que vuestro plan sería una bazofia. No podéis matarlo con una simple daga. Por si no os habéis dado cuenta, no es humano. ¿Dónde teníais el cerebro?

Hamura frunció los labios.

—¿Cómo iba a saber que tu mascota era un exterminador de dioses? ¿Qué clase de idiota se vincula con alguien así?

—Ya, ¿y qué se suponía que debía hacer? —replicó Artemisa—. ¿Unirme al Todopoderoso Exterminador de Dioses o conseguir una carroza del Mardi Gras y hacerle compañía a ese? —Señaló a Orochimaru, que parecía de lo más ofendido por su comentario—. Eres un tarado —le dijo a Hamura—. No me extraña que seas el dios de los niñatos borrachos de las hermandades.

—Disculpen —masculló Naruto—, ¿pueden centrarse un segundo? Tenemos un ligero problemilla entre manos.

—Cállate de una vez —farfulló Hamura—. Sabía que debería haber dado marcha atrás cuando te atropellé.

Naruto se quedó boquiabierto.

—¿Fuiste tú quien me atropelló con la carroza?

—Sí.

—Carajo, hombre —le dijo Orochimaru a Hamura—. Sí que has caído bajo. Ayer eras un dios griego... hoy, un conductor de carrozas incompetente. ¡Por todos los dioses! ¿Cómo he acabado haciendo tratos contigo? ¿En qué estaría pensando? Artemisa tiene razón, ¿qué clase de idiota utiliza una carroza para atropellar a un tipo para que este pueda volver a casa con su difunta esposa? Tienes suerte de que no acabara muerto y arruinaras todo el plan.

—Oye, ¿has intentado alguna vez conducir uno de esos cacharros? No es lo que se dice fácil. Además, es un Cazador Oscuro. Sabía que no lo mataría. Solo tenía que herirlo lo suficiente para que ella se lo llevara a casa. ¿Tengo que recordarte que funcionó?

Artemisa rezongó:

—Sois patéticos a más no poder. No puedo creer que tengamos genes en común.

Tras dirigirle una mirada de desprecio a Hamura, Artemisa luchó contra la fuerza invisible que los mantenía contra el suelo. Al igual que los demás, tampoco pudo llegar hasta Jiraya.

—¡Jiraya! —gritó—. ¿Puedes oírme?

Una risa incorpórea resonó en la estancia.

Jiraya inclinó la cabeza hacia delante y otra serie de rayos atravesó su cuerpo. La bestia con aspecto de dragón estrechó su abrazo y siseó con fiereza en dirección a la diosa.

Artemisa intentó ponerse en pie aferrándose a la pierna de Jiraya, pero algo la obligó a retroceder y a alejarse de él.

—¿Qué queréis que os diga? —gritó Orochimaru—. La idea era matar a Jiraya, liberar a Apolimia y reclamar nuestro lugar como dioses; no mosquearlo y hacer que el mundo llegara a su fin. A título personal, no quiero ser el gobernante de nada. Pero si no paramos a este tipo, el cántico que está entonando acabará con la vida tal y como la conocemos y deshará la creación.

—¿Qué hacemos? —le preguntó Hinata a Naruto.

Solo se le ocurría una cosa. Tenía que lograr que Jiraya recobrara el sentido.

Besó a Hinata en la boca antes de apartarse de ella. No estaba dispuesto a perder a su esposa cuando había vencido a la muerte para regresar junto a ella.

Convocó los poderes que aún tenía y permitió que lo rodearan. Ya no contaba con la inmortalidad que le confería ser un Cazador Oscuro, pero sí retenía todos los poderes psíquicos que le habían sido concedidos.

Con suerte serían suficientes.

Se puso en pie despacio. Un rayo salió disparado hacia él.

Naruto lo desvió. Avanzó despacio a través de la vorágine hasta llegar junto a Jiraya. Al parecer mientras permaneciera tranquilo estaría a salvo de la ira del atlante.

—Déjalo ya, Ero-sennin.

Jiraya le habló en un idioma que no comprendía.

—Dice que te apartes o morirás —tradujo Madara—. Está invocando a la Destructora.

—No puedo dejar que lo hagas —dijo Naruto.

La risa resonó de nuevo.

Puesto que su intención era distraer a Jiraya para que dejara de entonar el cántico, Naruto se abalanzó sobre él como último recurso. Lo atrapó por la cintura y lo tiró al suelo. El dragón se alzó con un alarido.

Naruto hizo caso omiso de la bestia y comenzó a golpear a Jiraya.

Hinata contuvo el aliento mientras observaba la lucha. El edificio entero parecía estar a punto de derrumbarse.

El suelo comenzó a temblar.

Estaban enzarzados como dos enormes bestias salvajes y el destino del mundo dependía de quién resultara ganador y quién perdedor. Musitó una plegaria sin dejar de observarlos, asombrada por la morbosa belleza y la elegancia de su lucha.

Sasuke apareció sangrando por la puerta y se vio arrojado de inmediato de espaldas contra la pared.

Artemisa intentó llegar hasta Jiraya de nuevo y una vez más este la arrojó al suelo mientras seguía enzarzado en su lucha con Naruto.

—Tengo que reconocerlo —dijo Orochimaru—. Este chico siempre fue un luchador.

Naruto dejó de luchar al oír esas palabras.

«Nunca aprendiste cuál era tu sitio, Narr. Nunca supiste cuándo debías dejar de luchar para razonar.»

Orochimaru había estado en lo cierto. Hasta ese preciso momento Naruto no había sabido cuándo debía luchar y cuándo retirarse. La calma le había permitido llegar hasta Jiraya.

Entonces recordó lo que Jiraya le dijera la noche en que se convirtió en Cazador Oscuro.

«Puedo enseñarte a enterrar ese dolor a un nivel tan profundo que jamás volverá a molestarte. Pero ten presente que todo tiene un precio y que nada dura eternamente. Algún día sucederá algo que te obligue a sentir de nuevo; y cuando eso ocurra, el dolor caerá sobre ti con todo el peso de los siglos. Todo lo que ahora ocultes resurgirá y correrás el riesgo de que no solo te destruya a ti, sino también a cualquiera que esté a tu lado.»

En esos momentos se preguntó a quién iban dirigidas esas palabras: ¿a él o a Jiraya?

Levantó la vista hacia Jiraya y vio la furia del hombre que lo estaba atacando. A eso se había referido Jiraya aquella noche.

Los dos habían mantenido durante tanto tiempo un control tan férreo sobre sus emociones que a ambos los cegaba la ira. Los instaba a atacar cuando necesitan retirarse y replantearse la estrategia.

Naruto cerró los ojos y convocó la calma que albergaba en su interior, tal y como Jiraya le había enseñado.

Jiraya lo atacó de nuevo.

En esa ocasión Naruto lo abrazó como un hijo en lugar de pelear.

Poseído por una fuerza y un poder desconocidos para él hasta ese momento, Naruto le rodeó la cara con las manos e intentó que su viejo amigo lo viera.

Las facciones de Jiraya habían dejado de ser humanas. Eran las de un demonio malévolo. Sus ojos eran de un rojo intenso mezclado con amarillo, y no había ni pizca de compasión en ellos. Eran fríos. Crueles.

Los colores se arremolinaban y temblaban como las llamas de una hoguera. Naruto jamás había visto nada parecido en su vida. ¿Quién podía imaginarse que Jiraya tuviera semejante poder?

Sin embargo, debía detenerlo. De una manera o de otra.

—Jiraya —dijo con voz tranquila y muy despacio—. Ya basta.

En un primer momento no creyó que Jiraya lo hubiera escuchado. No hasta que el atlante giró la cabeza y vio a Hinata en el suelo.

—Naruto —dijo con voz ronca y áspera. Sus ojos volvieron a resplandecer antes de clavarse de nuevo en Naruto.

De repente otra onda expansiva sacudió la habitación, aunque esa vez en dirección contraria a la anterior. Fue como si el poder que se había liberado estuviera regresando a Jiraya.

El dragón se lanzó hacia el techo y luego desapareció.

Las facciones de Jiraya se transformaron de nuevo en el rostro que Naruto había conocido a lo largo de los siglos.

Parpadeó y paseó la mirada, plateada una vez más, a su alrededor como si estuviera despertando de una pesadilla. Sin emitir palabra alguna, se apartó de Naruto, cruzó los brazos sobre el pecho y atravesó la estancia como si nada hubiera sucedido.

Cuando pasó junto a Artemisa, la diosa extendió la mano para tocarlo, pero él se apartó y siguió su camino.

Artemisa se giró hacia su Hamura con un gruñido.

—Espera a que papá te ponga las manos encima.

—¿A mí? Sabía lo que tenía planeado. ¡Espera a que le cuente lo de Jiraya!

Artemisa frunció los labios.

—¡Cállate, quejica! —Levantó la mano e hizo que su hermano se desvaneciera. Madara se encogió cuando la diosa lo miró—. ¡Tú! —dijo con una voz rebosante de odio.

Madara tragó saliva de forma audible.

—¿Cómo puedes proteger a un ser semejante? Después de mi muerte, me enviaron a los Campos Elíseos mientras que a él...

—No es asunto tuyo —lo interrumpió Artemisa—. Tu preciosa familia y tú le disteis la espalda y lo condenasteis por algo de lo que no era culpable.

—¿Que no era culpable? Por favor... —Madara intentó decir algo más, pero su voz se desvaneció.

—Eso está mejor —dijo Artemisa—.No acabo de creerme lo que has hecho. Te concedí una existencia perfecta. Tu propia isla, llena con todo lo que pudieras desear, y ¿a qué te has dedicado? A malgastar la eternidad odiando a Jiraya, maquinando distintas formas de matarlo. No mereces compasión alguna.

—No puedes matarme —chilló Madara—. Si lo haces, Jiraya morirá también.

—Y maldigo el día en que las Moiras unieron tu fuerza vital a la suya. —Lo miró con los ojos entrecerrados, como si lo que más deseara fuera hacerlo añicos allí donde estaba—. Tienes razón. No puedo matarte, pero sí puedo convertir tu vida en el peor infierno que puedas imaginar.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó Madara.

La diosa esbozó una sonrisa cruel.

—Espera y verás, humano despreciable, espera y verás.

Madara desapareció de la estancia.

Artemisa se volvió para mirarlos. Inspiró con fuerza y pareció calmarse poco a poco.

—Cuida tu alma, Narr —le dijo a Naruto—. Debes saber que pagaron un precio muy alto por ella. —Dicho eso, ella también se desvaneció.

Lo que los dejó a solas con Orochimaru.

—Bueno —le dijo Naruto al dios celta—, al parecer tus amigos te han abandonado.

Orochimaru suspiró.

—Una lástima. Exceso, Guerra y Destrucción. Juntos nos lo habríamos pasado de vicio en la tierra. Bueno, qué se le va a hacer. Tendré que conformarme con arrebatártela de nuevo. Después de todo me dio su alma y deseo reclamarla ahora. Y por supuesto, lo más divertido que tienen las almas es que solo se pueden reclamar de un cadáver.

Orochimaru se lanzó hacia Hinata.

Naruto sacó sus srads, listo para el combate.

Un brillante destello surgido de la nada iluminó la estancia. Al desvanecerse adoptó una forma que le era casi tan preciada a Hinata como la de Naruto.

—¿Nana? —preguntó Hinata con incredulidad.

Su abuela se interpuso entre ellos y Orochimaru. Se enfrentó al dios celta con una mirada colérica.

—Nada de eso, encanto. No te pertenece ni de broma.

Orochimaru estaba estupefacto por su aparición.

—¿Morrigan? ¿Qué haces aquí? Esto no te incumbe.

—Por supuesto que sí.

Kaguya, la abuela de Hinata abandonó la forma de anciana para transformarse en la hermosa diosa de la guerra que Naruto conociera en sus días como mortal.

Naruto se quedó helado.

Hinata balbució:

—¿Abuela? ¿Te importaría explicarme de qué va todo esto?

Su abuela la miró con expresión contrita.

—No quería que te enteraras de esta manera, cielo, pero Jiraya y yo teníamos que evitar que liberaran a Apolimia. Y para que Naruto quedara libre, era necesario que los dos os enfrentarais a Orochimaru.

Naruto se quedó con la boca abierta.

¿Jiraya lo sabía todo desde un principio? ¿Por qué no le había dicho nada?.

Morrigan se giró hacia Orochimaru.

—Lo siento. Esta vez fuiste tú quien se olvidó de leer la letra pequeña. Acordaste con Bran que Nahi renaciera de padres mortales para encajar en tu plan. Nunca especificaste que sus abuelos también debieran serlo.

»Puesto que no podía ayudar a Narr a escapar de tu maldición ni de su juramento sin acabar enzarzada en una guerra contigo y con Artemisa, supuse que lo menos que podía hacer era devolver a la vida a su esposa en el cuerpo de alguien a quien no pudieras tocar. Nahi ha renacido como Hinata, que es carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando Narr bebió su sangre, también tomó la mía, por lo que ahora se halla bajo mi protección.

Orochimaru soltó un juramento.

Kaguya frunció la nariz.

—Apesta, ¿verdad? No puedes matarlos a ninguno de los dos a menos que quieras enfrentarte a mí.

Naruto intercambió una mirada estupefacta con Hinata.

—Ya llegará el día, Morrigan. Ya llegará el día... —Orochimaru desapareció de la estancia con un destello.

Morrigan respiró hondo antes de darse la vuelta para mirarlos.

—Felicidades, chicos.

—¿Soy libre? —preguntó Naruto, que aún no podía creérselo.

Morrigan asintió.

—Con tus poderes de Cazador Oscuro intactos.

Hinata titubeó.

—¿Sigue siendo un Cazador Oscuro?

—No —respondió su abuela—. Artemisa lo liberó de su juramento cuando le entregó su alma. Una vez que se le conceden poderes psíquicos a alguien, permanecen con esa persona para siempre.

Hinata sonrió.

—¿Así que ahora podrá salir a la luz del día?

—Sí. —Morrigan pareció incómoda de repente—. Y ya que estamos, tengo que deciros algo.

—¿Qué? —preguntaron al unísono, temerosos de lo que pudiera añadir.

—Dada la forma en que funciona nuestro panteón, ahora los dos sois... —Se mordió el labio y comenzó a retorcerse las manos.

—¿Qué es lo que somos? —la apremió Naruto, aterrado de lo que se avecinaba. Cuando se trataba con un dios nunca se era lo bastante precavido.

—Sois inmortales, a menos que renunciéis a serlo.

Hinata parpadeó.

—¿Qué?

Su abuela carraspeó.

—Tus hermanos y tú nacisteis inmortales, cariño. Esa es la razón de que sigas pareciendo una niña a pesar de que rondas los treinta.

—¿Significa eso que mamá también es inmortal? —preguntó.

—No. Dado que tu padre no lo es, decidió renunciar a su inmortalidad para envejecer con él. Pero como es mi sangre lo que otorga la inmortalidad, ella te la ha transmitido y tú se la has dado a Naruto.

La alegría se apoderó de Naruto.

—¿Quieres decir que no tendré que verla morir de nuevo?

—Nunca. A menos que elijas hacerlo.

—Hombre, no —dijo Naruto entre carcajadas.

—Ya me lo imaginaba. —Morrigan retrocedió—. Bueno, estoy segura de que vosotros dos tenéis muchas cosas que hacer. Como planear una boda. Vamos, id a encargar unos cuantos bebés. —Los tomó de las manos y se las unió con un apretón—. Espero que me deis una enorme cantidad de biznietos.

Morrigan se desvaneció y los dejó mirándose, maravillados.

Hinata se humedeció los labios mientras contemplaba a Naruto. No podía creer todo lo que había sucedido esa noche. Sobre todo no podía creer que tuviera a Naruto para ella sola.

—¿Y qué será lo primero que hagamos?

Esa expresión tan familiar para Hinata apareció en sus ojos azules.

—¿Intentar concebir un bebé?

Ella soltó una carcajada.

—Suena bien, aunque es posible que regresar a tu cabaña nos lleve lo que queda de noche.

—Cierto, aunque tu casa no está tan lejos...

Hinata sonrió.

—No, no lo está.

Le besó la mano antes de conducirla fuera de la habitación.

Dejaron el edificio y se internaron en la ingente multitud de juerguistas del Mardi Gras que regresaban a casa. Hinata sentía una inmensa alegría mientras caminaba de la mano de Naruto en dirección a la calzada.

Con un jadeo, tiró de Naruto para hacerlo retroceder cuando una enorme carroza pasaba rozándolo. Acto seguido se deshizo en carcajadas.

—¿Qué te pasa con las carrozas del Mardi Gras?

—No son las carrozas, amor, eres tú. Cuando te tengo cerca todo lo demás se desvanece.

Ella se mordió el labio con picardía.

—Si sigues hablando así, no te quepa duda de que te llevaré a casa, te encerraré y tiraré la llave.

—Me parece estupendo, pero asegúrate de que estás desnuda cuando lo hagas.

FIN