Kaigaku frecuentaba las calles descuidadas que quedaban cerca del burdel donde trabajaba. Vivía en unos viejos departamentos cerca de allá, por lo que sus salidas eran solo rodeando la zona. A veces disociaba en sus pensamientos hasta que se encontraba en una rúa desconocida y eso pasaba más a menudo de lo deseado. Ya no le sorprendía como la primera vez que lo experimentó, había aprendido a sobrellevarlo. Cada situación infortunada que pudiera pasarle era una nueva razón para aprender a conservar la calma.

Y él era pésimo en eso, lo tomaba como entrenamiento, pero una rutina practicada no podía ayudarlo a mejorar su colérico temperamento.

Incluso en ese momento, después de perderse por unos minutos hasta hallar el camino correcto, al encontrarse cerca de su hogar de nuevo, su reducida habilidad de antelación no se vio afectada.

Era normal para él en sus caminatas diarias solamente vagando por las sucias calles de la zona —en las cuales se ocultaba de las caras reconocidas como clientes retorcidos buscándolo—, ya nada que pasara lo sorprendía de sobremanera, mucho menos esto, lo cual solo era cuestión de tiempo. Sin un atisbo de sorpresa en su rostro, le dedicó una sonrisa al rubio que estaba sentado en la acera frente al cerrado lupanar.

Aún era medio día y el chico llevaba un uniforme pulcro, revisaba el celular sin percatarse de su alrededor.

Kaigaku se apoyó en un poste cercano cruzandose de brazos, esperando que el contrario levantara la mirada, pero podía pasar así hasta una hora y Zenitsu nunca levantaría la vista. Al contrario, parecía acercarse cada vez más al celular, como si quisiese entrar en él, aunque la expresión que tenía era amarga para un rostro tan resplandeciente como el suyo. Kaigaku tuvo que parpadear un par de veces antes de atraparse apreciando el rostro de su nuevo conocido escurridizo.

Suspiró impaciente y se levantó para quedar derecho, luego gritó:

—¡Hey, acosador! —los ojos avellana se dirigieron a él y eso solo aumentó aún más su diversión— ¡Llamaré a la policía si sigues persiguiéndome!

Zenitsu se levantó tan pronto como terminó de hablar y caminó sin chistar a su dirección. Mantuvo los labios en una línea recta, así pudo ocultar cualquier rastro de inseguridad. Pero sus ojos no mentían, aunque no exprese nada con palabras o gestos, esa pequeña llama encendida con las que conoció al rubio se reflejaban inmensas en ese momento. Y lo peor es que no eran de alegría, sino todo lo contrario.

Se lo esperaba, tampoco ocultó la diversión resbalando por sus labios curvos hacia arriba.

Quería olvidar a ese hombre pero se enfurecía si alguien se le acercaba. Tal vez solo se estaba mintiendo a sí mismo, esos deseos serían peores cuando se percatara de sus verdaderas intenciones.

—¿Qué hicieron? —Cuestionó, dejando salir la dureza en sus palabras, después cubrió sus labios. Había sonado nauseabundo en voz alta, Kaigaku también coincidía con eso.

Porque ese hombre que lo volvía loco, tenía algunos límites aún dibujados que tentaba por borrar si la situación lo sobrepasaba. Afortunadamente no pasó...

—Nada —una sonrisa— Es más duro de lo que aparenta. Unas palabras suaves y unas caricias por los brazos no fueron suficiente.

Tragó duro, Zenitsu desvió la mirada para no dejar en evidencia lo aliviado que estaba al escuchar eso. Las llamas en sus ojos cambiaron de forma y esa era una mala señal.

Solo porque le tenía un poco de aprecio iba a continuar hablando. Normalmente prefería mantener la discreción de quienes lo visitaban para sus atenciones siempre y cuando hubiera dinero por medio, pero Uzui Tengen no era un cliente.

—Aún así me acompañó justo aquí —dijo mirando el burdel frente a él— yo pude parecer una pérdida de tiempo pero, ¿Quién se resiste a los encantos de Hinatsuru? ¿Me entiendes? Él se alejó de mí sin mirarme otra vez cuando la vio cruzarse de piernas, un saludo y cayó a sus pies.

—Eso no es cierto —esa fue su respuesta inmediata. Nuevamente volvía a encarar su mirada, apretando los puños. Tragó grueso cuando vio que Zenitsu ocultaba sus manos temblando detrás de la espalda.

—Creo entender cómo pudiste seguirle el juego, debo admitir que es muy bueno con las palabras, como un viejo doctor regalando caramelos para parecer más amigable. Pero no le devolví la mirada, así que contestando tu pregunta otra vez, no hicimos nada.

Zenitsu dejó caer su mochila y la miró en el suelo, sus manos hechas puño y ocultas de Kaigaku se tornaron blancas ante la fuerza en que apretaba, contrajo sus hombros en espasmos previos al borde de las lágrimas.

—¿Por qué lo llevaste ahí? —sollozó cuando no pudo contenerlo más.

—Oh vamos, no estás llorando por eso.

—¡¿Por qué?! Solo te pedí que lo distrajeras en lo que me iba...

Kaigaku levantó los hombros.

—Sabes que los de su tipo son la peor escoria en el mundo, ¿verdad? Solo intentaba ayudarte.

—¿Atrayéndolo a un prostíbulo? Estoy intentando superar esto pero me lo estás complicando. También a él, sabes que está casado, te lo dije —. Guardó silencio unos segundos y negó con la cabeza— ni siquiera sé porque confíe en ti en primer lugar.

Entonces Zenitsu avanzó hacia él y apretó la tela de su camisa desde el pecho, lo miró a los ojos, buscando alguna pizca de misericordia ante la locura que lo envolvía, pero el chico de cabello ennegrecido solo le ofrecía sonrisas sarcásticas y callejones sin salida. Aunque sus ojos profundos ocultaran secretos prohibidos, a simple vista solo parecía una mirada soberbia y vacía.

Lo empujó con fuerza, Kaigaku perdió el equilibrio y después de tres pasos hacia atrás terminó cayendo al suelo. Sus manos se rasparon con el pavimento mugriento y la pierna donde fue el impacto se contrajo ante en golpe.

Gruñó como reflejo, sentía la vibración dolorosa en el músculo. Subió la vista sin entender por qué lo había hecho cuando solo quiso ayudarlo en primer lugar. Zenitsu solo se quedó perplejo en frente de él sin reacción alguna.

—Imbécil masoquista —perpetuó— Creí que intentabas superar esta mierda.

—Lo hago —el rubio desvió la mirada y se acercó para ayudarlo a levantarse— Lo siento, tienes razón...

Y comenzó a llorar. Siempre que se encontraban Zenitsu terminaba llorando, Kaigaku no sabía que hacer y solo permanecían estáticos hasta que la situación llegara a su final.

—No debí hacer todo esto, perdón... —sollozó pasando sus manos por la cara en un intento de detener las lágrimas— Tanjirou me dijo que primero debo cortar con toda relación con él...

Kaigaku levantó una ceja.

—¿Quién es Tanjirou?

—Vine a despedirme... —le ignoró— De una u otra forma, te relacionas con Tengen.

Kaigaku le sonrió sin creerlo, eso lo debió ofender pero no lo había hecho. Zenitsu podía intentar lastimarlo con palabras y no lograría su cometido porque no podía tomarlo en serio. Estaba perdiendo el tiempo pretendiendo ser maduro cuando era un chico ingenuo envuelto en situaciones complejas.

—No me relaciones con él— pasó su mano por lo largo de su espalda— tú y yo somos amigos.

El rubio volteó sorprendido a su dirección.

—¿Lo somos?

—Ajá. A ti te doy de mi tiempo gratis, asi que considerate afortunado.

El sol comenzaba a bajar por el cielo, los rayos anaranjados alumbraron sus cabellos hasta volverlos de oro y el brillo ocre en sus ojos resplandeció en las sombras de sus pómulos. Kaigaku acercó los dedos hasta acariciarle la cara y pasó su mano detrás de la nuca, sintiendo la suavidad de su cabello cayendo hasta enredarse.

Miró sus labios con anticipación, húmedos, rosados, entreabiertos por los suspiros tentativos. No dudo más y los apretó con los suyos, dejando que su lengua pruebe la textura de su piel, sintiendo los dientes bloqueando la entrada a su boca. Solo lo hizo un instante antes de separarse y volvió a sonreír engreído como acostumbraba.

—Amigos que se besan —completó y retrocedió dejando unos metros de distancia entre ambos.

Zenitsu mantuvo los ojos cerrados por un momento, pasó la lengua por dónde estuvo la contraria.

Cuando volvió a abrirlos, solo pudo observar a Kaigaku marchándose entre las sombras donde el sol no alcanzaba a iluminar.