Mirando por la enorme ventana que estaba al lado de la cama, un chico de ojos verde, observaba aburrido las cortinas azules moviéndose con el viento.
Mirar las cortinas se veían más interesantes que mirar las blancas paredes del hospital. Tal como lo había hecho ayer.
El chico no sabía quién era o por qué estaba ahí. Acababa de despertar en el hospital hace un día.
Al desconocer su identidad, supuso que se llamaba Adrien, porque así rezaba el grabado de su anillo de plata.
Según la enfermera, Adrien había sido admitido en el hospital policial desde hace una semana.
Había sido encontrado en la calle y alguien había llamado a una ambulancia.
No tenía ninguna herida física que pudiera conllevar al coma, pero Adrien había seguido dormido toda la semana.
Durante esa misma semana, el hospital había tratado de buscar a su familia o a sus amigos, pero los esfuerzos fueron en vano. Y no ayudaba el hecho de que Adrien no había tenido ninguna identificación cuando fue hallado.
No tenía nada de nada, y la policía supuso que le habrían robado cuando se desmayó.
Ya que no tenía ninguna herida que indicara que había caído de algún lugar o que había sido golpeado en un asalto, habían adjudicado su pérdida de memoria a un posible shock.
Como precaución, habían puesto a Adrien en una habitación para él solo, para que así no sea molestado por otros pacientes.
—Joven Adrien, el almuerzo está listo. Anunció la enfermera. Colocando la comida frente a él, lo ayudó a sentarse.
Ella viró para salir pero en cuanto caminó se detuvo. —Y no dejes más de la mitad, eh! advirtió, preocupada por él.
Durante el primer día que estuvo despierto, Adrien apenas y tocó la comida.
La enfermera notó que Adrien solo comía vegetales, y por eso, ella había pedido comida vegetariana para él.
Desde entonces Adrien había empezado a comer más, terminando completamente la ensalada, pero nunca toda la comida.
Durante los últimos 5 días, Adrien había estado 3 de ellos con el suero.
Aunque el doctor dijo que lo que le había pasado había sido debido al shock, ella estaba empezando a pensar que había sido porque Adrien no consumía lo debido y su cuerpo se había hecho débil.
Tras confirmar el que Adrien haya comido su ensalada, se retiró.
La enfermera le había dicho que en una semana más, le darían de alta.
Su corazón se apretaba ante el miedo y la ansiedad. Sus preocupaciones crecían más ya que no tenía familia, una casa, o un trabajo.
Suspirando ante su predicamento, Adrien decidió seguir la sugerencia de la enfermera e ir a la consejería en el noveno piso.
Ella le había hablado sobre el trabajador social y Adrien necesitaba toda la ayuda que pudiera encontrar para poder empezar desde cero.
—Qué te parece el hospital? el director del hospital, El señor Damocles, preguntó con tono amigable.
Para alguien con ese puesto, el hombre era extremadamente sociable y agradable.
Marinette pensó que quizá esa era la razón por la que el hombre había salido con una idea tan bondadosa.
Viendo a los niños pequeños corriendo por los pasillos y deteniéndose al ver al médico, Marinette sonrió cálidamente. —Creo que es un hospital maravilloso, comentó con entusiasmo. En el momento en el que el ascensor que los llevó al séptimo piso se abrió, las enfermeras les dieron la bienvenida. Las voces de los niños se oían por los pasillos, y las personas mayores charlaban en las habitaciones mientras tomaban el té.
Con toda honestidad, Marinette nunca habría esperado que el hospital de la policía pudiera ser tan agradable.
—Si alguna vez necesitas ser internada, eres bienvenida aquí. Dijo Damocles en son de broma. Claro Marinette estaba agradecida por la oferta pero no tenía planes inmediatos para enfermarse.
—No tengo intenciones de ser hospitalizada, pero si algún día llega a suceder, es bueno saber que cuento con alguien que me tenderá la mano. Respondió educadamente, sonriendo tímidamente.
Damocles rió, y la llevó hacia las paredes blancas.
El director del hospital había querido decorar las paredes para animar a los pacientes.
Sabiendo que las paredes plenamente blancas deprimirían a los pacientes, Damocles había pedido voluntarios de las universidades cercanas. En su opinión, los dibujos de los estudiantes, quienes eran personas normales, llegarían más a los pacientes que los de alguien que tuviera conceptos difíciles de entender.
Marinette había sido una de las estudiantes recomendadas para el proyecto, debido a que su profesora se quedó sin palabras ante su reciente creación – el conmovedor cuadro de una criatura celestial.
Debido a que esta era la primera vez participando en un programa de caridad, Marinette estaba extremadamente nerviosa y se preguntaba si sus pinturas serían lo suficientemente buenas y si de verdad llegarían a los pacientes.
Al mismo tiempo, Marinette estaba increíblemente emocionada por el proyecto y el pensar en que sus pinturas pudieran ayudar a alguien le creaba una sensación cálida.
Afortunadamente, Marinette nunca había estado hospitalizada antes, pero podía imaginar lo que sería estar sentada a solas en la cama de un hospital, preguntándose cuando sería dada de alta, la ansiedad por ver el mundo después de haber estado metida ahí por tanto tiempo, el miedo de nunca mejorar, y el recelo de no saber qué pasará al día siguiente.
Este revoltijo de emociones era lo que Marinette quería convertir en algo hermoso.
Se preguntó qué sería lo más apropiado para ver en ese estado de depresión.
Ella se imaginó lo que quisiera ver cuando sintiera miedo del día siguiente, y lo primero que llegó a su mente fue la sonrisa de Chat.
La sonrisa de inocencia pura que Chat Noir solía darle, era lo que la mantenía en pie.
La sonrisa de la persona amada y el saber que te recibiría con los brazos abiertos, ya sea el amor de una madre, de un amigo, de una pareja o de una mascota, tal vez el saber que había alguien esperando, era lo que más anhelaba una persona hospitalizada.
Tal vez eso era lo que hacía que valiera la pena pelear contra las enfermedades, la determinación de ver al ser amado.
—Señorita Dupain-Cheng. Llamó Damocles, deteniéndose frente a una puerta blanca. —Esta es la habitación que pintarás.
Hacía media hora atrás, Marinette había pedido hacer un pequeño recorrido para sentirse cómoda, y conocer más las instalaciones y las personas ahí.
Gustándole el afán de Marinette por entender más de la fundación y el proyecto de la caridad, Damocles había decidido enseñarle el hospital él mismo.
Al saber que el cumpleaños de Marinette era el 4 de julio, Damocles había decidido asignarle la habitación 704.
Abriendo la puerta de la, supuestamente, vacía habitación, Damocles parpadeó sorprendido al ver a un chico sentado en la cama.
No había nombre en la placa de la puerta y asumió que la habitación estaba vacía, pero debió haber revisado el sistema solo por si las dudas.
A veces las enfermeras olvidaban cambiar la placa si un paciente era admitido, o a veces olvidaban avisar cuando desconocían el apellido del paciente, ambos no eran casos extraños ya que se trataba de un hospital policial.
—Chat... Marinette susurró incrédula.
En la cama estaba la figura de la persona que había creído jamás volver a ver.
Por un momento, Marinette pensó que estaba alucinando y por ello se congeló en su lugar.
Su mente trató de convencerla de que el chico que la estaba mirando, era solo parecido a Chat o que tal vez los cupidos tenían una versión idéntica en la Tierra, pero...su corazón latió desesperado en el momento en que sus ojos chocaron.
Al escuchar ese nombre, Adrien giró ante la inesperada visita. Frunció el ceño confundido. —Disculpa...te conozco? la miró dudoso pero por alguna razón, su corazón pareció recordar lo que su mente no, ya que no dejaba de latir como loco. Colocó una mano en su pecho, preguntándose qué era esa sensación cálida y dolorosa...
Soltando sus cosas, Marinette corrió a su lado.
—Gatito mio... lo llamó con amor, abrazándolo fuertemente.
Naturalmente, sus lágrimas cayeron y golpearon el cuello de Adrien.
Sorprendido, Adrien se relajó a los segundos, sintiendo que este abrazo era familiar.
Se sentía a salvo entre esos brazos que lo rodeaban.
Como si ahí fuera su lugar...
Sin que ellos la vieran, una cupido sonrió justo fuera de la ventana del hospital y regresó a Shangri La.
Misión completa.
Sosteniendo el pergamino en su mano, la cupido se preguntó si Adrien alguna vez sabría que el Consejo había llorado su pérdida, ya que él era su favorito entre todos. Especialmente porque Adrien estaba bajo la errada impresión de ser la vergüenza entre la sociedad de los cupidos.
Algo que no era cierto.
Gracias a él, el Consejo estaba trabajando para cambiar la política de sus pasantías y encontrar una nueva forma para que los jóvenes cupidos se familiaricen con la Tierra y entiendan la importancia de su existencia sin salir heridos emocionalmente.
Esta orden necesitaba ser revisada por el Consejo quién le había dado el nombre de 'La Enmienda del gato negro' en honor a Adrien.
Los cupidos son descendientes del hijo de la diosa Afrodita, un dios de nombre Eros, quien fue el cupido original.
Dentro de cada cupido, yace la sangre de Eros, la sangre de un dios.
Todos los cupidos son inmortales por esa razón, y no pueden morir excepto por una forma.
Una puñalada con la flecha de otro cupido, es letal.
La sangre de Eros se desprende del cuerpo, y junto con el poder de curación, son absorbidos por la flecha mágica. Sin sangre inmortal, un cupido ya no es más un cupido. Este ser experimentará la vida y la muerte como un simple humano.
—Adrien...? Marinette musitó con voz ronca, restregando sus ojos para aclarar su visión.
Las luces de la cocina estaban encendidas y Marinette hizo un gesto ante la súbita iluminación.
Parpadeando, por fin pudo ver a Adrien en el comedor.
Mirando el cuaderno de dibujos de Marinette, Adrien se sentía sorprendido.
El fuerte amor que Marinette sentía por él podía transmitirse con las imágenes.
Afortunadamente, Marinette tenía este cuaderno de dibujo en sus manos el día que lo encontró en el hospital.
El doctor estuvo convencido de que Marinette conocía a Adrien a nivel personal, y le confío su cuidado.
El hecho de que el mismo director del hospital los había ayudado, había servido de mucho.
Había tenido que rellenar muchos papeles pero por fin Adrien estaba oficialmente viviendo con Marinette.
—Regresa a la cama, amor. Dijo con voz de sueño, extrañando la calidez del cuerpo de Adrien acurrucado a su lado.
Cerrando el cuaderno, Adrien apagó la luz y fue hacia Marinette, guiado por la luz de la luna que se colaba por la ventana.
Estando en la cama, Adrien se recostó y acerco a Marinette en sus brazos, ella sonio y se dejo mimar en los brazos de su pareja y recargó la cabeza en su amplio pecho.
—Marinette...lo siento... musitó acurrucándola más cerca.
Marinette frunció el ceño. —Por qué?
—Porque...no te recuerdo... Adrien admitió nervioso. Claro, ella sabía de su amnesia, pero obviamente estaba esperando que en algún punto, recuperara todos sus recuerdos.
Mirando los dibujos de Marinette y las incontables fotografías que habían sido tomadas...aún a pesar de eso, no recordaba nada.
Adrien estaba empezando a tener miedo de que nunca recordaría a Marinette, y que en algún momento ella se aburriría y lo dejaría sólo.
No sabía lo que haría si perdiera a Marinette, y no sabía si era porque su corazón la anhelaba o porque se sentiría indefenso sin ella.
—No pasa nada, amor...haremos nuevos recuerdos. Aseguró Marinette, abrazándolo más cerca. —Además, lo que teníamos no era...perfecto... confesó tímidamente. Bueno, el tiempo que pasaron juntos fue maravilloso, dejando de lado el que Marinette había estado enamorada de alguien más y del hecho de que Adrien había tratado de juntarla con esta otra persona.
Para cuando Marinette se dio cuenta de sus sentimientos por Adrien, todo había sido muy tarde.
El mes que habían pasado lejos desde que Adrien se fue a Shangri La, había sido como vivir el infierno día a día.
Al menos así lo había sentido, al pensar que nunca más volvería a ver a su gato negro.
—Pero quiero recordar...todo lo que compartí contigo. Aún si no fueron buenos momentos... murmuró delicadamente. Cada día que pasaba, Adrien podía sentir el amor de Marinette consumiéndolos. Aun así, su corazón se apretaba a pesar de amar a Marinette...y aún no entendía por qué se apretaba de esa forma.
A veces Adrien se sentía confundido con sus sentimientos, y eso era algo que lo hacía sentir incómodo. Era casi como si amara a Marinette en el cuerpo de alguien más.
Al sentirlo tensarse, Marinette lo tomó delicadamente del rostro y lo besó. —Eventualmente...estoy segura que lo harás.
—Cómo es que estás segura? dijo haciendo un puchero.
—Estoy segura porque eres un ángel... respondió sin dudas.
—Un ángel? repitió escéptico.
—Eres mi ángel. Respondió Marinette, sonriendo al ver a Adrien sonrojándose antes de volver a besarlo. —Adrien...estás bendecido al tener mucha gente que te quiere y también por las que están cuidándote desde el cielo. Todo estará bien, amor. Marinette aseguró confiadamente.
Adrien rió infantilmente antes de besarla. —Si soy tu ángel, entonces tú también estás bendecida.
—Lo estoy...es una bendición tenerte a mi lado. Murmuró amorosamente. —Te amo, Adrien.
—Yo también te amo...Princesa... susurró con tanta confianza aquel nickname, que sorprendió a Marinette haciendo que lo mirara en busca de respuestas. —No recuerdo aún nuestro pasado...pero sé que lo haré...lento pero seguro, si? sonrió confiadamente, besándola antes de acurrucarla más cerca de su cuerpo.
Algunos cupidos ven el terminar sus días como un simple humano, como un castigo pero otros...
...para otros cupidos...esta es una forma de poder ser felices con quienes aman...
Fin.
