Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 21
—Ya había oído hablar de Kaien antes cuando, durante un tiempo, formé parte de la manada de
Uryu, el Alfa de Durango. Era un tipo muy extraño —dijo Ichigo.
—¿A qué te refieres?
—Es un licántropo que odia lo que es, cosa habitual entre los Originales, pero disfruta con el
poder que implica la maldición. No obstante, durante buena parte de su existencia ha deseado
volver atrás en el tiempo y evitarla. Pero nunca antes conocí a nadie que odiara a los humanos
más que él.
—Sí, es extraño. No entiendo cómo se puede desear volver a ser algo que odias.
—Tampoco yo. La mayoría de Originales pasan por esa fase, pero la superan transcurrido un
tiempo. Aceptan su nueva naturaleza y tratan de adaptarse lo mejor posible. A Kaien le ha
costado varios siglos.
—Pero por lo que dices lo ha conseguido.
—Bueno..., necesitó algún empujón que otro. Pero sí. Lo ha conseguido. O al menos eso creo.
—Bueno ya sé qué pinta Chad en tus planes, es el poseedor de los documentos pero ¿qué
pinta Kaien?
—Con Kaien gané dos integrantes del Consejo más para que me respaldaran. Además de
mantener a Chad bajo vigilancia.
—¿Dos?
—Así es, Kaien y Uryu, el que fuera su amigo para más tarde ser enemigos. Esos dos han
tenido un pasado verdaderamente enrevesado. Cuando entré a formar parte de la manada de
Uryu, Kaien ya había sido desterrado de tierras americanas por infligir una de las normas más
antiguas del código de seguridad de la raza. Como Aizen, Kaien sintió la necesidad de elevarse
sobre la humanidad y trató de convencer a Uryu para que apoyara su causa. Pero lo hizo de
una forma equivocada, utilizando Infectados. Por entonces Uryu ya formaba parte del
Consejo y tuvo que hacer frente al ataque de Kaien por no ofrecerle su apoyo. Kaien fue
reducido y desterrado.
—¿No lo mató?
—No. Según Uryu el destierro es como una muerte en vida. Yo no lo comparto; muerto el
perro se acabó la rabia.
—Sí, ya sé de esa tendencia tuya. Pero has dicho que Kaien salvó la vida del padre de Chad.
Es decir que compensó de algún modo su proceder.
—No creas. Es difícil controlar a un animal herido. Eso es Kaien en realidad. El espíritu de un
lobo herido. Quizá por eso su personalidad es tan extraña y lo lleva a cometer actos que
después mortifican su conciencia. Además, hay que añadir que en esa batalla en la que Uryu
se alzó como vencedor, Kaien perdió su amuleto. Ya sabes lo que ocurre cuando un Original no
puede controlarse.
—Sí, puede ser terrible.
—Y lo fue. Kaien cometió auténticas crueldades durante el tiempo que no tuvo el suyo. Como la
violación de una mujer.
—¿Qué? —No podía creer lo que estaba oyendo.
—El Consejo actuó con rapidez para cerrar la boca de aquella humana que, aunque terminó
gravemente herida, no murió.
—Gracias a Dios.
—Créeme, hubiera sido mucho mejor para ella morir aquella noche que soportar lo que le vino
después.
—¿Qué quieres decir?
—Amaya, así se llamaba, dio a luz una niña, una Híbrida. Sobre Uryu recayó la responsabilidad
de mantener a esa mujer en silencio durante el resto de su vida. La internó en un psiquiátrico y
la mantuvo permanentemente sedada. En este caso, matarla hubiera sido menos cruel. La
pequeña fue dada en adopción.
—Y, ¿qué fue de ella?
—La bautizaron con el nombre de Nemu. —Los ojos de Rukia volaron hasta el panel para
clavarlos sobre la fotografía de la mujer y sus labios formaron un círculo perfecto—. Y
era el nexo perfecto para reunir a los tres licántropos y forzarlos a que se unieran a mi causa.
—¿Forzarlos?
—Por llamarlo de algún modo que me facilite explicarte lo que hice. Ten en cuenta que yo no
podía, ni puedo aún, ir descubriéndome alegremente frente a mis congéneres.
—¿Usaste a una niña?
—Quedó en el intento. En realidad la utilicé un poco más tarde, cuando ya era adulta.
—Pero lo intentaste.
—Sí, traté de hacerme con ella.
—¿Robarla?
—Algo así. Veamos. Nemu era una niña Híbrida sin posibilidades de pasar por el ritual de unión
de almas, es decir, con todos los números para convertirse en una humana loca de atar. Una
locura que al final la llevaría a criar malvas. Así que, ¿por qué no darle un propósito a su vida?
Si tenía que morir al menos que sirviera para algo.
—Eres un degenerado sin remisión —sentenció Rukia con una mueca de verdadera repulsión.
—¡Pero no lo hice!
—¡Lo intentaste!
—¡Le hubiera ofrecido una buena vida y quizá la posibilidad de pasar por el ritual! —Eso pareció
apaciguar el ánimo de Rukia y continuó—: Apenas si la rocé pero esa madre suya de adopción
era peor que las lobas cuidando de sus cachorros. La niña comenzó a llorar a pleno pulmón, yo
estaba muy nervioso y la herí sin querer en la ceja izquierda. Quise curarla pero no había
tiempo, tuve que escapar antes de que la mujer entrara en la maldita habitación. »Después de
aquel intento fallido, pasé varias noches devanándome los sesos, buscando una solución a la
idea que no paraba de rondar por mi cabeza. El apoyo del Alfa de Durango era muy importante y
mantener contento y controlado a Kaien, para que dejara ir a Chad a cumplir su cometido,
también era de vital importancia para mí. Pero debía hacerlo con sumo cuidado, sin levantar sus
sospechas, que creyeran que lo que les ocurría era fortuito, un golpe del destino. »Tenía que
jugar mis cartas con astucia. Debía ser cauto, cultivar la paciencia.
—Desde que te conozco he aprendido que eres un formidable manipulador. —Ichigo sonrió con
satisfacción—. Pero también un capullo redomado. ¿Qué hiciste?
—Estudiar en profundidad el entorno de Nemu. Observé a sus padres adoptivos. Recabé
información sobre sus vidas y descubrí que el hombre era un maldito caza lobos. »Hace un rato
me has llamado degenerado, me va a gustar saber qué opinas de un individuo que corteja a la
mujer que desea ser madre, sin tener capacidad para engendrar y la seduce para que, una vez
juntos, adopte a la hija de un Original que más tarde usaría como cebo para nuestra raza.
—Te exijo que me digas quién es para matarlo con mis propias manos.
—Tranquila, ya está muerto.
—Un hijo de puta menos
—Amén. —Rukia sonrió—. Nemu siempre supo de la existencia de su verdadera madre, Amaya.
Estudió arqueología, buscando una fórmula para escapar de las pesadillas que poblaban sus
sueños y no obsesionarse tratando de averiguar cómo y porqué su progenitora se encontraba
en aquel estado. Y, claro está, me las ingenié para poner a su alcance toda clase de información
sobre la carrera que le resultara atractiva.
El caso es que, más tarde, no me fue difícil mover los hilos necesarios para poner frente a sus
miras unas tierras donde sabía que encontraría un misterio. Unas tierras que pertenecían a
Uryu. La zona donde se había librado la batalla entre él y Kaien.»La mantuve
permanentemente vigilada desde que comenzaron los trabajos de excavación. Observando cada
uno de sus pasos y sus hallazgos. Hacerme una idea de lo sucedido allí no me fue difícil,
observando los cuerpos casi pude formar una imagen completa de la batalla. Seguir los
movimientos de cada uno de los cabecillas. Yo sabía que Kaien había perdido allí su amuleto,
así que era cuestión de tiempo que dieran con él. Pero debía adelantarme a ella para crear un
vínculo entre sus vidas imposible de romper. Había llegado el momento de volver a intentarlo.
—¿Lo encontraste?
—Pues claro. Yo siempre consigo lo que me propongo.
—Ya veo.
—Era un anillo magnífico. Un rubí engarzado en oro que contenía el poder y el control de la
maldición. Lo situé estratégicamente y me aseguré de que sólo ella pudiera encontrarlo. Y así
fue. Después, sólo dejé que la atracción del anillo maldito hiciera el resto. »Para Uryu fue
imposible dar parte de ese hallazgo. Como lo sería para cualquiera de sus características, una
Híbrida sin ella saberlo. El alma maldita que contenía su cuerpo se sintió atraída por la fuerza
del anillo inmediata e irremediablemente. »Cuando lo tuvo entre las manos, supe que por fin
había conseguido mi propósito. Nemu y Uryu terminarían por conocerse y, por supuesto,
Kaien viajaría hasta Durango para recuperar su amuleto. »Con lo que no conté fue con la
atracción que surgió entre Uryu y Nemu. Pero tampoco me supuso ningún trastorno. Esos
dos terminaron por formar una pareja. Kaien recuperó su anillo y conoció a la hija que jamás
supo que tenía.
—Eso está muy bien.
—Además me sirvió para conocer en persona a cada uno de los que puedes ver en el panel. —
No sé si conocerte es bueno. Aún no lo he decidido.—¿Y por qué no debería serlo?
—Porque utilizas a la gente. Los manipulas para conseguir tus metas. ¿Alguien te habló de la
amistad alguna vez? Quizá si hubieras pedido lo que querías...
—No seas ingenua, Rukia. Ninguno de ellos habría movido un dedo para ayudar a un
desconocido.
—No lo sabes. No lo has intentado. Te has limitado a perseguir tu objetivo sin pararte a pensar
en que el resto podría salir malparado.
—¡Nadie ha salido malparado! Todos han recibido o recibirán algo a cambio.
—¿Y crees que es suficiente compensación por controlar sus vidas de esa forma? —Sin darse
cuenta ya habían comenzado una nueva discusión.
—No los he controlado, sólo los he dirigido hacia el camino correcto.
—¿Correcto para quién, Ichigo?
—¡Ya te lo he dicho! ¡Yo no pedí verme en esta situación! —exclamó levantándose para
marcharse—. ¡Querías saber la verdad! ¡Pues ahí la tienes! ¡Mi verdad!
—¿Adónde vas? No hemos terminado.
—Necesito un poco de aire fresco.
No llevaba ni cinco minutos tratando de arreglar una de las motocicletas que tenía afuera,
cuando arrojó con furia las herramientas contra el suelo. Era imposible concentrarse en nada
que no fuera Rukia y el modo reprobatorio con que lo miraba, cómo había rechazado su forma
de proceder. ¿Qué demonios quería que hiciera? ¿Qué hubiera hecho ella en la misma
situación? Ichigo anduvo en círculo durante varios minutos, tratando de imaginar otros caminos
distintos a los tomados. ¡Bah! Que se fuera al diablo. Debía comprender que no era un
licántropo corriente, él era el Hati, el nacido de dos Puros, el que debía ostentar el cargo
superior en los rangos de la raza. Tenía poderes con los que otros sólo soñaban, ¿debía
sentirse culpable por ello? ¡No! ¡Se negaba rotundamente! ¿Cómo tener un arma así y no
utilizarla? Había que ser un imbécil redomado para no hacerlo. Rukia no era tonta, así que
estaba seguro que habría procedido del mismo modo.
¡Joder! El sueco se llevó las manos a la cabeza mientras la inclinaba hacia atrás buscando
aliviar la tensión. ¿Por qué estaba intentando comprenderla? Las hembras no se le daban mal
cuando de relaciones físicas se trataba, pero nunca había pasado de ese ámbito con ellas. ¿En
qué estaría pensando cuando pidió un enlace así? ¡Cómo si no tuviera ya suficientes
problemas! Y para colmo de males, necesitaba que lo entendiera.
Era primordial que Rukia participara de buen talante en lo que estaba haciendo. Que
comprendiera la magnitud de todo cuanto se traía entre manos. El plan que había urdido,
aunque ella pensara que no era el correcto, a su modo de ver era perfecto e infalible.
Hasta el momento, todo había salido a pedir de boca. Pero necesitaba la colaboración de
Rukia para encontrar a su padre.
Los ojos del sueco volaron hacia la espada de acero que reposaba en una esquina y caminó
hacia ella como atraído por un antiguo hechizo. Sus manos recorrieron la hoja bien calibrada,
terminada en punta roma y acanalada por ambos lados, que él mismo había mantenido afilada y
en buen estado.
La empuñadura, protegida con piel cordada, era corta y perfecta para el manejo con una sola
mano. Su mirada reposó por un segundo sobre el grabado del sello familiar, la runa Algiz.
La espada de su padre había sido un obsequio de Einar. No sabía cómo demonios consiguió
hacerse con ella. Recordaba nítidamente el momento en que se la entregó: «Algún día esta
espada volverá a reposar en el lugar que le corresponde, entre tú y tu reina. Hasta ese momento,
guárdala bien».
Su reina... Los antiguos que le eran leales no hacían más que hablar de ese tema. Parecía como
si fuera algo prioritario en sus vidas, más incluso que ayudar a Isshin o recuperar el mando
de la raza. Ichigo apretó la mandíbula evidenciando el rechazo que sentía hacia ese
pensamiento, pero no pudo evitar que la imagen de Rukia volviera a colarse en su mente.
—¡Por todos los diablos del infierno! —exclamó ejecutando un hermoso ejercicio de esgrima.
—¡Bravo! —aplaudió Rukia desde la puerta.
Ichigo apenas le dedicó una ojeada antes de devolver la espada a su lugar. Rukia se acercó,
seguida de su minúsculo guardián peludo y admiró el arma.
—Es muy hermosa.
—Sí. Lo es —contestó sin demasiado interés.
—Y pesada.
—Sólo en apariencia. En realidad no supera el kilo y medio.
—Qué interesante, a simple vista casi parecen quince. ¿Cuánto mide?
—¿Acaso estás considerando la posibilidad de usarla? —Rukia no participó del intento de
Ichigo por provocarla y no le quedó otra opción que responder a su pregunta—. Con la
empuñadura, poco más de un metro. Es una espada de combate. Ichigo volvió a recoger las
herramientas y centrar su atención en la motocicleta—. Era... Es de mi padre —se corrigió antes
de volver a quedar en silencio.
Rukia continuó mirando la magnífica obra de arte antigua. Pero pasados un par de minutos ya
no la veía. Su cabeza aún se mantenía ocupada con las dudas que la habían asaltado desde que
Ichigo se había marchado de la sala. Podía no estar de acuerdo con su modo de actuar o los
planes que había trazado pero, tal como él había dicho, no era quién para juzgarlo. Ella, que
había cometido error tras error. Que había llegado hasta él para traicionarlo y lo habría hecho si
no hubiera sido por esos sueños extraños y los mensajes que se enviaba a sí misma.
¿Por qué todo era tan complicado? Había llegado a la conclusión de que quizá la única forma
de combatir aquellas complejidades era precisamente el modo en que Ichigo actuaba y dirigía su
vida.
Después de todo, era él quien estaba inmerso en aquel océano de dobles intenciones, peligros y
traiciones. Quien debía decidir cómo o cuándo era el momento ideal para salvar a su padre. Y
era el único que conocía a su rival tan perfectamente como para lograr adelantarse a sus
intenciones.
Se permitió echarle un vistazo. El licántropo seguía entregado al trabajo de mecánico. Si quería
llegar al fondo del asunto, si deseaba saber cuál era su papel en todo aquel tinglado de
engaños, necesitaba que siguiera con su relato.
—Con tu permiso voy a asearme un poco.
—Estás en tu casa —dijo sin mirarla.
—Gracias.
Cuando estuvo seguro de que la Pura había desaparecido, Ichigo volvió a dejar las herramientas
en el suelo. Necesitaba descansar, desconectar de todo, saturar su cerebro de tanta información
trivial como para que dejara de procesar otro tipo de datos. Y sabía cómo hacerlo.
Se encaminó hacia la sala de estar y se dejó caer pesadamente sobre el sofá. Agarró el mando
de la televisión y comenzó a cambiar de canal repetidamente cada cinco segundos.
Para el que no supiera qué pretendía, aquel acto podía parecer un modo raro de llamar la
atención o de sacar de sus casillas a cualquiera, sin embargo tenía un propósito para él:
conseguir que su mente desconectara. Pasados cinco minutos obtuvo cierta paz y bendijo el
momento en que se descubrieron las ondas hertzianas y a Marconi por usarlas para un buen fin.
Pero la tranquilidad duró poco. Justo hasta el momento en que un pequeño engendro orejudo
se sentó entre él y la pantalla para mirarlo fijamente.
—Si tuvieras la mitad de inteligencia que tu dueña te atribuye, no estarías aquí —le dijo al
chihuahua.
Trece no movió ni un solo músculo. Se limitó a seguir mirándolo con fijeza proverbial. Ichigo
optó por pasar del chucho y volver a fijar la vista en la pantalla, mientras su dedo índice se
movía sobre los botones del mando. Entonces Trece despegó el trasero del suelo y de un
gracioso salto se encaramó al sofá que estaba casi completamente ocupado por el inmenso
cuerpo del licántropo.
—No insistas. No entiendo qué ve Kia en ti y desde luego estás loco si crees que obtendrás de
mi algo parecido.
Pero Trece volvió a hacer caso omiso de las advertencias del sueco y se acomodó junto a él.
Todo parecía ir bien hasta que un desagradable tufillo se coló por las fosas nasales del
licántropo. El olor subió en intensidad hasta el punto de aferrarse con acidez en la garganta.
—¡Maldita babosa peluda! —exclamó cuando acertó a pensar que el asqueroso efluvio procedía
del animal.
Ichigo se abalanzó sobre él y consiguió sujetarlo con ambas manos, pero Trece, fue
suficientemente rápido para mantener libres las dos extremidades delanteras y aferrarse con las
uñas al tejido del sofá, tratando de escapar del sueco.
Justo cuando Ichigo estaba a punto de taladrar las orejas del perro con sus colmillos, Rukia
apareció en el vano de la puerta, con la cabeza envuelta en una toalla.
—¡Joder! ¡Ichigo! ¡Suéltalo!
