Capitulo 12
1950
La elfa se fue a bañar lloriqueando. Apenada, Aitana le había ofrecido su ayuda. Pero la el fina con educación le dijo que no hacía falta. Mientras la elfa hacia las tareas, Aitana acompañó a Riddle a la cocina. Luego de observar por un rato su expresión meditabunda, decidió romper el silencio:
—Debes olvidarlo —sugirió la joven. Él la miró, como si se hubiera olvidado de que estaba sentada enfrente de él. —Está acostumbrada a hacer cosas para los demás. — Su expresión no se ablandó. —Sin embargo, parece demasiado asustada como para animarse a salir sola de la casa. —Se aseguró de que no hubiera nadie allí abajo. Sr. Riddle, Solo estaba tratando de ser amable y considerada.
Como única respuesta, él emitió una especie de gruñido. El silencio se prolongaba entre ellos, tensando la atmósfera. Aitana respiraba agitada. Levantó la cabeza y se encontró con la mirada de Riddle. Quería perderse en sus profundos ojos negros... y lo hizo. Sus pupilas parecieron dilatarse, transformándose en dos ranuras, más alargadas que redondas. Riddle descendió la mirada hasta su boca.
Aitana hubiera jurado que sus labios vibraron como si él los hubiera besado. —Discúlpenme amos, la habitación de arriba ya está lista.
Riddle se levantó de golpe.
—Me daré prisa, así encontrara el agua todavía caliente —anunció a la elfina.
—. Sé amable —agregó en voz baja Aitana mirando con mal humor a Riddle.
¿Ser amable? Ninguna mujer le había ordenado jamás que fuera amable, excepto la pesada de la señora Cole del orfanato. Observó a la elfa sujetándose el delantal alrededor de su cintura antes de pelar las papas por las cuales había arriesgado la vida de todos. Sus lágrimas no lo habían afectado, pero ella debía entender la insensatez de su conducta.
—Me disculpo —dijo con un gran esfuerzo por fin—. Quería que entendieras la gravedad de lo que habías hecho.
—Lo entiendo, mi señor —aceptó con suavidad, sin darse vuelta—. Estuvo mal, y no volveré a hacerlo más, mi señor.
Riddle dio un gran suspiro para relajarse. Desde que había visto la puerta del sótano abierta, su cuerpo estaba a la defensiva. Debía admitir que disfrutaba de pelear. En el pasado, había sido una forma de aliviar la tensión, debido a sus esporádicos encuentros pasionales y sus aún más esporádicos viajes a Londres. Había participado muchas veces en duelos con magos que se creían superiores, pero nunca había tenido que combatir algo como lo que estaba enfrentando ahora.
Mientras Aitana estaba arriba. Riddle estaba inmerso en sus pensamientos, no podía creer en la excusa del sonambulismo que le había dicho Aitana. ¿Estaba fingiendo o en realidad no se acordaba de nada?
—Antes de irte – le pregunto Riddle a la elfa – ¿te dijo la señora que era sonámbula?
La criatura ahora con un chasquido de dedos cortaba las patatas en rodajas, echándolas luego en una olla que hervía sobre el fuego.
—Sí. A veces camina dormida, y me dijo que no debía asustarme.
—¿La escuchaste levantarse anoche? —No, mi señor. estaba agotada. ¿Acaso se levantó anoche?
Al menos sabía que no había mentido.
—Sí. Bajó las escaleras, aunque hoy no recuerda nada.
—Vaya…me sabe mal por mí señora —se lamentó la elfa, volviéndose para continuar con la preparación del guiso—. Quedarse viuda durante su noche de bodas, y ahora esto. Lo está soportando mucho mejor de lo que uno hubiera imaginado, siendo una dama de sociedad. ¿No le parece, mi señor?
—Puede ser… —admitió él.
—Y es tan bondadosa —agregó la elfina—. Nunca había trabajado para la aristocracia antes de venir a esta casa, pero me anticiparon que no esperara bondad de parte de ellos.
Aitana regresó muy pronto, sonrosada y limpia, y un poco avergonzada por la falta de gracia de su vestido.
—La bañera es toda tuya —anunció—. Pero me temo que terminarás oliendo al jabón que use.
Riddle se encogió de hombros.
—¿Crees que está bien allí dentro? —preguntó Aitana. Hacía un buen rato que Riddle no reaparecía de su baño.
Mientras revolvía el guiso, la elfa se encogió de hombros.
—Me imagino que está disfrutando del agua. Pero si está preocupada, puede ir a echar un vistazo.
Una sugerencia indecorosa, aunque tal vez... de hecho, sentía una extraña curiosidad. Ya le había visto el torso desnudo y su pierna... No se podía imaginar cuan impresionante debía ser todo su cuerpo viril emergiendo desnudo del agua... Bueno, sí podía imaginarlo, si lo intentaba. Pero no iba a hacerlo.
—¿En qué puedo ayudar? —le preguntó a la elfa, tratando de distraerse de sus turbios pensamientos.
—Oh no se preocupe mí señora, solos falta la mesa y ya…—dijo, con timidez—. El guiso estará listo muy pronto. No había mucho para agregarle. Nada de carne, lamentablemente. Pero tengo un pan y un poco de queso. Será suficiente.
La elfa ya había puesto los platos y las cucharas con un gesto de su mano. No le llevó mucho tiempo. Estaba poniendo en su lugar el último plato, cuando Riddle regresó de su baño.
Aitana le latía el corazón muy deprisa al verlo arreglado.
Riddle sin mirarla se dirigió hasta la mesa, con el semblante serio. —He ideado un plan para salir de aquí. La elfa comenzó a servir la cena. —Debemos huir de inmediato —prosiguió—. Somos demasiado vulnerables aquí dentro.
La elfa se quedó sin aire. —Pero ¿no será más peligroso estar afuera? Al menos aquí las paredes nos protegen, mí señor.
Riddle sacudió la cabeza. —Les resultaría fácil obligarnos a salir. Pueden esperar a que nos quedemos sin comida y estemos demasiado débiles para luchar, o bien envenenar el agua. Infinidad de cosas.
Aitana se estremeció. No se le había ocurrido nada de eso. Se preguntó si incluso en ese mismo momento estarían planeando algo siniestro.
—El Sr. Riddle tiene razón. Si salimos de aquí de día y nos llevamos nuestras provisiones, quizá tengamos una oportunidad.
—La decisión ya está tomada —anunció Riddle firmemente—. Debes venir con nosotros, Mora. No permitiré que te quedes sola.
—¡Señores! —interrumpió la elfa histéricamente.
Aitana se sobresaltó
—. ¡No hay tiempo para hacer planes! Le han prendido fuego a la casa.
Riddle se levantó de su silla, al descubrir que el humo se filtraba por la puerta del sótano. Maldición, quemarían la casa desde sus cimientos.
—Vamos —les ordenó —. Debemos irnos de inmediato.
—Pero ¿no deberíamos intentar apagarlo? —sugirió Aitana, levantando la varita sofocada—. ¿Y las provisiones, y la ropa? No podemos salir corriendo en medio de la oscuridad sin nada Sr. Riddle.
Mi señor, y se damos un vociferador al ministerio… ellos podrían…
—¡Debemos irnos, ¡YA! —repitió Riddle—. Ellos calculan que nos tomaremos nuestro tiempo para reunir nuestras cosas. Lo mejor que podemos hacer es dejar esta casa ya mismo.
—La varita —jadeó Aitana—. ¿La tienes? Riddle la sacó del cinturón. —Siempre, ¡por la puerta de adelante!
Aitana lo siguió con facilidad, pero la elfa se quedó inmóvil. Entonces, Riddle decidió arrastrarla. Llevaba la varita en una mano y con la otra aferraba el brazo de la elfa. Cuando abrieron la puerta, los esperaba un hombre de ojos relumbrantes.
Riddle simplemente lanzo un hechizo pese a los gritos de la elfa. Empezaron a correr casi tropezándose con el hombre caído.
—¡Corran hacia los árboles! —ordenó Riddle.
Como la elfa seguía petrificada, Aitana la aferró del brazo para obligarla a correr. Su protector iba detrás, tirando maleficios a todo ser que se acercara a ellas, mirando hacia adelante y hacia atrás, por si surgía alguna amenaza. Se sorprendió de que no se les echaran todos encima. Así que esto era lo que estos asesinos: que ellos salieran de la casa. Y como lo había sospechado, ellos debían de haber creído que Riddle y ellas dos intentarían atacarlos desde la casa o al menos que se tomarían su tiempo para reunir sus cosas. En ese momento, Riddle contaba con ventaja y no debía desaprovecharla.
—¡Sujeta a la elfa! Luego las guio al paso más veloz que pudo a través de la espesura del bosque. Conocía un atajo para llegar para poderse desaparecer con más facilidad y llegar a su destino.
