CAPÍTULO 21
—Lady Warren.
Ella le entregó al mayordomo de Pembroke House la capa y el sombrero, también los guantes. Segundos después lo acompañó por el vestíbulo hasta el salón. Parecía que en la casa no había nadie más que ella, pero estaba equivocada porque Albert la esperaba de pie en medio de la estancia.
—¡Buenas tardes! Gracias por venir —dijo él.
Ella se sobresaltó porque seguía con la guardia baja. No le había dado la oportunidad de prepararse para el encuentro.
—Hola —fue la escueta respuesta al saludo efusivo de él.
—Estás muy hermosa esta tarde —comentó Albert.
Candy no pudo menos que mirar su atuendo y dudó. Había escogido un vestuario muy serio: vestido gris oscuro aunque de falda muy voluminosa. Muy diferente a los que solía utilizar pues ese vestido lo había llevado cuando se encontraba dejando el luto negro por la muerte de Michael.
—Gracias.
Él le sonrió, y ella deseó borrarle la sonrisa. ¿Por qué su presencia le producía esa belicosidad, esas ganas de lucha continua?
—Espero que no me hagas perder el tiempo hoy.
Albert alzó las cejas. Decidió tomarse la afrenta con humor:
—Solo una palabra, y no te haré perder el tiempo nunca más.
Ella no se esperaba esa declaración.
—¡Lord Andrew me escandaliza! —le respondió alzando una mano.
—Bien sabes que no hay nada que provoque a lady escándalo. —Ella quedó estupefacta al escucharlo—. Salvo yo mismo.
—Eso es un ego y lo demás nimiedades —contestó suspirando—. Y va siendo hora de que alguien te baje esa arrogancia —ella no iba a tirar la toalla: estaba todavía en el primer round.
—Siéntate, Candy.
Ella obedeció sin chistar. Él, bajó la vista a su vientre, y ella se puso nerviosa automáticamente ante el anhelo que observó en los ojos que la miraban.
—¡Mi respuesta sigue siendo la misma de siempre!
Albert alzó los ojos con insolencia.
—Pero aún no sabes la mía —respondió calmadamente.
—Estoy aquí para zanjar esta cuestión de una vez por todas.
—Me alegra que pienses así. Todo es más fácil si cooperamos.
Ella estaba cada vez más incómoda.
—No pienso permitirte que manipules mis decisiones —Albert entrecerró los ojos, cauto.
Debía elegir sus palabras con precisión.
—Te guste o no, lady Warren, tengo que ver con alguna de ellas.
Candy se removió nerviosa en el sillón.
—Nunca he mantenido lo contrario —respondió enfadada—. Salvo que necesito tiempo para pensar y decidir, y no me lo estás poniendo nada fácil, y por ese motivo me estás posicionando todavía más en los reparos que siento.
—¡Cuidado, Candy! —ella lo miró con recelo ante la advertencia—. No querrás tenerme como enemigo.
—¿Cómo enemigo? —la sorprendió que le dijera algo así—. ¡Ni como amante! —sintió la necesidad de devolverle el golpe.
Albert sonrió ante su réplica mordaz.
—Vamos, esa cuestión ya quedó resuelta en Battlefield, ¿hace falta que te lo recuerde?. Candy casi se ahoga al escucharlo.
—Tienes de caballero lo mismo que de párroco y… —no la dejó responder.
—Solo estoy pidiendo espacio, espacio en tu vida.
—No es espacio lo que pretendes —lo acusó ella, y él alzó las cejas con curiosidad—. Deseas alzarte como un conquistador absoluto, y no puedo permitirlo.
—Prueba impedírmelo y comprobarás lo lejos que puedo llegar en mi afán de conquista.
—No soy una debutante en busca de un marido rico y noble —le recordó con ojos brillantes.
—Estoy de acuerdo, eres una mujer embarazada que debe casarse con el padre de su hijo para evitar el escándalo, y ¡oh, sorpresa!, yo soy el padre de ese hijo que esperas.
Candy apretó los labios.
—Esto no es un juego, lord Andrew —le recriminó.
—Es cierto, lady Warren, pero tienes que entender mi posición. No puedo permitir que mi hijo y heredero sea ilegítimo.
—¿Eso significa que has decidido establecerte definitivamente en Pembroke House? ¿Ahora deseas recuperar tu derecho como heredero de Letterston cuando tanto renegaste en el pasado de tu propia herencia? —preguntó con enfado.
Albert se preocupó porque la veía tensa.
—¿Por qué tanto enojo, Candy?
Ella soltó un suspiro largo.
—Por la forma en la que has tratado todo este asunto nuestro desde el principio —contestó algo airada—. Podías haberme sacado de mi error en el preciso momento que oíste mi voz en el salón de Lake Crest. Sabías lo que yo pensaba, lo que sentía tu hermano Anthony, pero no dijiste nada al respecto, como ahora —hizo alusión al silencio de Albert, y lo recriminó—. Participaste gustoso porque querías. Casi te aprovechaste de mí: de lo que sabías, de lo que te había confiado en ese encuentro. Todo eso hiciste, pero no abriste la boca para sacarme de mi error.
Albert decidió intervenir.
—Ha llegado la hora de que escuches mi verdad —anunció. Candy guardó silencio de inmediato—. Admito mi parte de culpa en nuestro encuentro. Debí de dejar claro que era yo y no mi hermano Anthony el que estaba contigo haciéndote el amor, pero no tenía modo de saber que la invitación no iba dirigida a mi persona. En mí defensa te diré que si pones en un vaso de cóctel un exceso de ego, la mitad de curiosidad, y tres cuartas partes de pasión, obtienes a un hombre abrumado por las sensaciones y por el deseo. En una sola palabra: me obtienes a mí. —Candy iba a protestar, pero él se lo impidió—. Juro por mi honor que no supe en ningún momento que me confundías con otro. Creí en mi orgullo, en mi vanidad, que esa escena estaba preparada única y exclusivamente para mí. Descubrirlo fue tan desagradable que aún siento escalofríos. —Albert hizo una pausa breve. Candy parecía más calmada, como si comenzara a entenderlo—. No pude pensar en protegerte, porque me sentí desbocado por todo lo que me hacías. Perdí el control de una forma que me produce vergüenza y orgullo a la vez. Yo, que siempre sé controlarme, me desaté justo en el momento en que no debía. Y cuando traté de hablar contigo, me soltaste la bomba de la indiferencia encima de mi cabeza —Albert soltó el aire y la miró con un brillo en los ojos que ella no supo interpretar—. Has de reconocer que puedo estar tan molesto como tú, que puedo sentirme tan engañado como tú. Candy bajó la mirada de forma pensativa.
—Podrías haberte callado. Podrías haberme dejado con mi error.
Albert le ofreció una mirada seria.
—¿Lo habrías preferido? —Candy negó inmediatamente con la cabeza. Él siguió—. No podía quedarme quieto viendo de qué forma mi hermano construía una relación contigo con los pilares de barro.
Ella pareció molestarse.
—No eres juez de nadie —le espetó dolida.
—Te ha tocado bregar con la peor parte, lo sé —la mujer pareció no entenderlo; él, se apresuró a explicarle la situación tal y como la veía—. Hay dos hombres que están interesados en ti y que además son hermanos. Con uno de ellos has contraído una responsabilidad importante, tal vez a pesar tuyo, que es el hijo que viene en camino; con el otro, no has tenido tiempo ni de intimar.
Candy lo cortó bruscamente:
—Estás manipulándome y lo sabes.
—Estoy poniendo las cartas encima de la mesa, no te confundas.
Ella se puso a la defensiva.
—Ahora vas a escucharme tú —dijo Candy, y él asintió—. Decidí seducir a Anthony por culpa de nuestra última conversación donde me ordenabas que no aceptara su propuesta de matrimonio, y lo hice para hacerlo desistir, pensé que si me convertía en su amante, dejaría de proponerme matrimonio.
—¿Ahora soy yo el culpable de que quisieras seducir a mi hermano?
Candy alzó la cabeza con altanería.
—¿No me ordenaste que me alejara de él?
Albert no podía creérselo.
—Y en vez de alejarte decides seducirlo, jugar con él.
Esa afirmación la ofendió.
—Soy una mujer adulta, responsable, y pensaba disfrutar de la compañía íntima de un hombre atractivo, y del cual podría haberme enamorado sin lugar a dudas —Albert la taladró con la mirada—. Anthony es encantador, alegre y optimista —Candy hizo una pausa y vio que Albert se ponía tenso, pero que, de todos modos, seguía callado—. Jamás jugaría con él. Me ofende siquiera que lo insinúes.
—Pues la realidad es diferente, lady Warren, y has demostrado estar por fuera de los márgenes de esa realidad.
Ella no podía objetar nada a ese argumento.
—Es cierto, olvidé detalles muy importantes como… —Albert la interrumpió:
—La posibilidad de un embarazo.
Ella lo miró con dureza, pero asintió: en algo él tenía razón.
—Es cierto, pero en mi defensa diré que no estoy acostumbrada a seducir a hombres, normalmente son ellos los que tratan de seducirme a mí.
Albert casi explota.
—Esas fantasías se terminaron —él lo dijo como un hecho, y ella se lo tomó como una amenaza.
Candy lo traspasó con la mirada.
—¿Ves? A eso me refiero, esa arrogancia me supera —hizo una pausa, quería volver a su relato—. Las cosas que te dije —balbuceó—. Las cosas que te hice —no supo cómo continuar—. Hemos llegado a un punto en el que no hay retorno —sentenció—. No puedo mirarte a la cara sin sentir que ardo.
Albert podía concederle eso, que la avergüenza la abrumara tanto para no desear una conversación con él.
—Salvo lo de atarme, el resto me gustó bastante, tanto, que apenas puedo controlar el impulso de saltar sobre ti ahora, tumbarte sobre el diván, y hacerte alguna de las fantasías que tengo contigo desde aquella noche.
—Estoy aquí para ofrecerte un acuerdo —le recordó ella: no iba a entrar en su juego de seducción; no, otra vez.
—¡No aceptaré un acuerdo!
Ella lo miró estupefacta.
—Aún no sabes lo que vengo a ofrecerte —le respondió algo encrespada porque su postura era inamovible—. Tras mucho meditarlo, he decidido que si alumbro un hijo varón, permitiré que sea el heredero de Letterston pero sin la obligación del matrimonio.
Albert bufó incrédulo.
—¡No! —afirmó él—. Nuestro primer hijo será el heredero legítimo de Letterston, y para eso debemos casarnos.
Candy se dijo que eso no podía ser.
—¿Y qué será de mis otros hijos? —exclamó dolida—. ¿Y si no desean que su madre se case de nuevo? No puedo arrancarlos de Battlefield.
—No serían justos contigo, y la verdad es que me importa bien poco lo que opinen al respecto —ella iba a protestar, pero él no se lo permitió—. Yo hablaré con tus hijos y les explicaré todo.
—¿Crees de verdad que pienso permitirte esta intromisión? —Candy se quedó muy seria.
—Es lo justo, Candy —le dijo él—. Son dos niños que no deben opinar sobre las decisiones de los adultos, y si es necesario, yo se lo explicaré.
Ella sentía ganas de llorar, pero se repuso. ¿De verdad creía Albert que el heredero de Battlefield no podía opinar sobre el futuro de su madre? Alzó el rostro y lo miró.
—Gracias por haberme aclarado este punto —le dijo ella de pronto—. Por ese motivo te informo que he decidido que lo que nazca será tu ilegítimo heredero, lo quieras o no.
El hombre la taladró con la mirada.
—¡No lo permitiré, y la ley de Inglaterra tampoco!
Candy tragó con fuerza.
—Soy una viuda respetable, con una fortuna considerable, y si deseo que mi hijo nazca ilegítimo, así será.
Albert soltó un suspiro largo.
—Pero yo no lo permitiré —Candy encogió los hombros—. La ley está de mi parte, Candy. Estos son mis términos. Y más te vale que los aceptes. —Hizo una breve pausa, como para darse ánimos—. Tendrás a mi heredero, y tengo la intención de que sea legítimo.
Candy creyó que deliraba.
—¿Piensas obligarme? —le preguntó con desdén—. Porque no soy una debutante que tema al escándalo, no tengo nada que perder.
Albert la miro de pies a cabeza de una forma tan dura que ella se sobrecogió.
—Esta vez, Candy, no me mantendré de brazos cruzados: hace quince años no me quedó más opción, pero te juro que esta vez no. Quiero a este hijo, y también a ti, pero si no puedo tenerte, entonces lucharé por él con todas mis fuerzas.
—Pues ya no tenemos nada más que decir.
Albert asintió con la cabeza.
—¡Recuerda mis palabras! —le recordó agriamente.
—No te tengo miedo, ni vas a conseguir que te lo tenga —aseveró ella.
—Y yo no soy tu enemigo, ni vas a conseguir que lo sea —respondió él.
Candy terminó por mostrarle una sonrisa llena de desagrado. Se levantó sin despedirse, y abandonó Pembroke House más llena de aprensión que cuando llegó.
...
Esta conversación era necesaria entre estos dos, aunque parecen perros y gatos.
