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LAS APARIENCIAS


EL ENFRENTAMIENTO DE Naruto y Chiyo continuaba en la sala de estar. Los demás se habían dispersado, pero parecían incapaces de marcharse

Naruto se pasó una mano por el cabello, presa de súbita fatiga, y bajo la cabeza. Sólo quedaban en ellos rescoldos de la ira y al cabo de un momento alzó la vista hacia su abuela

—Gracia y elegancia —dijo con voz apagada— Desconoces el significado de esas palabras. Hinata es toda gracia y elegancia, y siento de veras por ti que jamás llegaras a comprender que...

—Lo que comprendo son las cosas que he visto hoy —replicó ella, inflexible—. Lo que ella ha...

—Han sido sólo accidentes. ¡Accidentes!

La ira llameó un momento, pero remitió en seguida. No servía de nada. De repente, Naruto sólo deseó salir de allí, coger a Hinata y alejarse de aquella gente lo antes posible. Era un deseo tan fuerte, que se volvió hacia Hinata, pero el lugar donde había estado poco antes, junto al sofá de satén, estaba vacío.

—Salió con Hiruzen —dijo Ashina—. Supongo que han ido arriba.

Lo dijo sin la menor emoción, la mirada casi involuntariamente fija en la chimenea y los restos del leopardo esparcidos allí, el ceño fruncido.

Naruto no sentía el menor deseo de analizar el aspecto de su abuelo. Sólo podía pensar en ir en busca de Hinata, y se volvió hacia la amplia arcada del vestíbulo. Shion estaba allí, una mano esbelta apoyada en el marco, su cuerpo silueteado contra la penumbra del vestíbulo. Estaba serena, contenida. Y sus ojos reflejaban una inequívoca expresión de triunfo.

Naruto lo comprendió de repente. Se la quedó mirando un momento, inexpresivo, al tiempo que las sospechas aumentaban.

—Accidentes, sólo accidentes —repitió.

Cuando al fin llegó la comprensión, fue tan rápida e incontrovertible que casi le hizo tambalearse. Su intención de ir en busca de Hinata cambió por completo. De todos modos, el daño ya había sido hecho, y unos pocos minutos más toda una vida, quizá ya no importaban. Su voz sonó al fin transmitiendo una clara convicción.

—Has sido tú.

Ella se dijo que debería haberse marchado en cuanto Hinata salió silenciosamente con Hiruzen. La cólera de aquel hombre era paralizante; se había apoderado otra vez de él, aunque con una calidad distinta a la ocasión anterior, más oscura, más amenazante. Ella no se molestó en replicarle, o no pudo hacerlo.

No importaba. Los pensamientos de Naruto giraban como las ruedecillas del pequeño tren bajo el árbol, encajando la vaga imagen hasta tenerla del todo clara.

—Has sido tú—repitió, la mirada fija en Shion—. Debí haberlo sabido, debí darme cuenta. Hinata no comete esa clase de errores. Es necesaria la ayuda de alguien, uno de nosotros que tenga sus facultades intactas, ¡y eres tú! —Cerró un momento los ojos, visualizando la mesa del desayuno, y los abrió de nuevo.

» Tú cambiaste los vasos esta mañana. Qué conveniente te ha sido que mi abuela sea una fanática de las buenas maneras en la mesa. Las dos estabais solas cuando bajé, otra deliciosa coincidencia, ¡y tú habías cambiado los malditos vasos! —Dominó su rabia y prosiguió en un tono más frío—. Y esta tarde las dos estabais solas en el sofá.

» Te vi entrar, pero en vez de reunirme con Hinata, como debería haber hecho, dejé que Hiruzen me entretuviera. Ninguno de nosotros estaba prestando atención. Y lo hiciste de nuevo, dejaste caer la figura, ¿verdad? ¡Oh, no! Hiciste algo más inteligente: dársela a Hinata de modo que la dejara caer. Es así, ¿no es cierto, Shion?

Ella parpadeó una vez.

Su silencio mientras permanecía erguida altivamente en el umbral era irritante, nada más. Naruto asintió, confirmando sus propias suposiciones.

—Sí, eso es exactamente lo que hiciste. En ambas ocasiones pusiste los medios para que Hinata cometiera esos errores, y lo único que me falta es comprender por qué.

Ella seguía sin decir nada, pero al final enarcó las cejas lentamente, con una expresión de patente aburrimiento.

—Eres una zorra —dijo Naruto—. Tú lo has amañado todo; eso es evidente. Lo dispusiste para que diera una mala impresión... a personas que son incapaces de ver. Pero, ¿por qué? ¿Qué te impulsó a hacerlo? —Volvió a fruncir el ceño. La inspiración tardó un largo momento en acudir pero al fin lo hizo; recordó el intento de seducción aquel día en el establo—. ¿Por mí? ¿Ha sido para retenerme de alguna manera? —La miró con expresión de incredulidad—. Creí haberte dejado claro una vez que no quería tener nada que ver contigo.

Shion replicó entonces.

—No seas tan engreído, Naruto. No estoy interesada por ti ni lo más mínimo. Creo que te das cuenta de que Hinata es una carga demasiado pesada para ti. Eso es todo. Esa es una de sus mayores preocupaciones, ¿sabes? Y está en lo cierto.

Naruto se quedó perplejo.

—¿De qué diablos estás hablando?

Shion echó la cabeza atrás y su risa resonó en la habitación. Aquella situación le encantaba: ver a Naruto tan desconcertado. Entonces se apartó del umbral y fue a sentarse en el brazo de un sillón.

—Las apariencias, Naruto, entre otras cosas. —Miró brevemente a Sasori, sentado cerca, con una expresión inescrutable. Le observó un momento y luego se volvió hacia Naruto—: Ella no puede mantener las apariencias.

» ¿No has oído a tu abuela? Es una vergüenza para tu familia, para ti, un desastre, aunque creo que Chiyo ha ido un poco lejos al decir que también lo es para ella misma. Hinata siempre ha tenido una maravillosa capacidad de ser ecuánime. Es muy justa consigo misma; sabe cómo son las cosas. Y también quiere ser justa contigo, Naruto.

Retazos de diversas escenas cruzaban por la mente de Naruto. Hinata en la mesa del desayuno con Shion, deprimida cuando no debería haberlo estado. Hinata entrando en la sala de estar aquella tarde, del brazo de Shion, y otra vez con un aspecto sin duda alicaído. Su cólera casi estalló de nuevo, pero la contuvo con un gran esfuerzo.

—Has jugado con sus temores, ¿verdad? Susurrándole cosas al oído, haciendo aflorar de nuevo todas sus dudas. ¡Dios mío! ¿Cómo has sabido todo eso? ¡Claro! Hinata te lo dijo, ¿verdad? En una de vuestras amigables charlas. Hinata se abrió a ti, te contó sus más profundos secretos, sabiendo que la comprenderías, que simpatizarías con ella.

» Así pues, has amañado todo esto para convencerla de que es una carga para mí. Le has hablado de las apariencias, de lo que «está bien». Has despertado todas sus preocupaciones para que esos pequeños accidentes hicieran el resto.

Se aparto de ella, cerrando los ojos un momento mientras todo pasaba de nuevo por su mente. Era realmente increíble lo que le había hecho sufrir a Hinata. Y volvió a sentirse perplejo.

—Pero, ¿por qué? ¿Con qué finalidad? —Finalmente comprendió—. ¿Para que me abandonara? ¡Maldita sea, Shion! ¿Qué ganas tú con eso?

Ella cometió el error de dirigir una rápida mirada a Ashina. Naruto lo observó y comprendió en seguida. Se volvió muy lentamente hacia su abuelo, la mirada fría como el acero.

—Tú has organizado esto.

Ashina parecía incapaz de sostener la mirada de su nieto, y bajó la vista hacia la alfombra.

—Respóndeme, ¡maldita sea! ¿Lo has preparado tú?

Su respiración se había vuelto entrecortada mientras aguardaba, pero ya conocía la respuesta. Hubo un leve rastro de alguna emoción en los ojos de Ashina cuando finalmente le miró, pero habló con aplomo.

—No tengo nada que ver con lo que le ha ocurrido a Hinata. No, yo... —Hizo una pausa y alzó el mentón; nunca había huido de una confrontación en su vida y no iba a hacerlo ahora. De todos modos, probablemente había perdido a su nieto—. Pero es como deseaba, que tú y Hinata terminarais vuestra relación. Ya lo sabes.

—No, tú no has sido el causante directo, pero lo pusiste todo en marcha —dijo Naruto con repugnancia.

Siguió mirando a su abuelo y, de repente, la ira desapareció de su rostro al darse cuenta de que, de algún modo, toda la familia estaba implicada. Cada uno tenía algo que ver con las crueldades que se habían perpetrado en el curso del día. Y estaba asombrado, aturdido. Miró de nuevo a su abuelo y luego a Sasori, cómodamente sentado no lejos de él, y pensó en su abuela, que estaría en algún lugar de la casa, y la expresión de cólera cedió el paso a otra de intenso dolor.

—No puedo creerlo —dijo—. Todos participaron en esto, ¿verdad? No sé exactamente por qué, pero así es. Y para realizar vuestros fines y designios, cualesquiera que sean, han tratado de romper la relación entre dos personas que se quieren más qué a nada en el mundo, que sólo desean estar juntos. ¿No les duele eso? ¡Díganme!

Aguardo, pero no obtuvo respuesta ni de Ashina ni de Sasori. Naruto se pasó una mano con fatiga por el cabello, y su cólera brotó de nuevo. Se volvió hacia Shion.

Ella le miraba fríamente. Naruto la contempló un momento, con verdadero odio, y se le acercó.

—Así que mi abuelo te puso en movimiento. No sé si sabía exactamente lo que estaba haciendo. —Alzó un poco la voz para asegurarse de que su abuelo podía oírle—. Pero aún no veo lo que puedes conseguir a cambio de todo esto, Shion. ¿Dinero? Sí, eso debe de ser. Eso es lo único en el mundo que puede ofrecer. Y creo que el tuyo se te ha terminado. Por eso volviste a casa, ¿verdad? Yo pagué las facturas de tu ropa, ¿sabes?

Recordó el rostro de Hinata cuando al fin cedió y le entregó el montón de papeles, la misteriosa sonrisa que le había dirigido. Lo comprendió cuando revisó las facturas, procedentes de tres tiendas que Hinata no frecuentaba y por cantidades que no gastaba. Le dijo:que Shion esperaba una transferencia de fondos y que le devolvería el dinero. Naruto rió fríamente al recordar aquello.

—Hinata cree que vas a devolverle el dinero. Es gracioso, ¿verdad, Shion? Y debes de tener hábitos costosos para haber gastado tu fortuna con tanta rapidez. ¿Cuáles son? ¿Los revisamos un momento? —Ella no replicó y Naruto se encogió de hombros—. Tienes razón. No podría importarme menos. Pero no entiendo una cosa. Si estabas en una situación económica tan apurada, ¿por qué no te prostituiste? Estoy seguro de que lo sabes hacer muy bien. O podrías haberlo intentado.

—Vete al infierno —respondió ella con voz ronca, y se volvió dispuesta a marcharse.

Aquello sulfuró a Naruto y le hizo perder el dominio de sí mismo. Cruzó la sala, tomó a la mujer por un brazo y la obligó a volverse. Era la primera vez que se encontraba ante un hombre poseído por una ira semejante.

—Oh, no, no vas a irte. No hasta que hablemos de Hinata. Ella es el centro real de esta discusión. Le arrebatas lo que sea con tal de conseguir lo que quieres, ¿verdad? Cualquier cosa. Incluso su vida entera. No te importa lo mucho que la hieras, mientras consigas lo que deseas.

» Tú la privaste de la visión. ¿No era eso suficiente? Vamos, Shion. Digámoslo todo..., lo que sientes exactamente por Hinata. Quiero saberlo. ¿Qué sentiste al verla caer por la barandilla hace veinte años? ¿Te produjo una agradable sensación?

Ashina y Sasori, que habían estado escuchando y observando con cierto asombro, vieron ahora una sombra de temor en la expresión de Shion, mientras Naruto seguía sujetándola por el brazo. A Sasori le sorprendió descubrir que aquello le satisfacía.

Shion se liberó del brazo de Naruto y se alisó el vestido. La sombra de miedo había desaparecido de sus ojos, y le dirigió una mirada maligna antes de volverse de nuevo para seguir su camino.

Naruto estaba a punto de perder todo su dominio. Lo sabía, pero ya no podía hacer nada por evitarlo. Cogió a Shion por los hombros y la hizo girar en redondo.

—¡Dímelo, Shion! ¡Quiero saberlo! ¿Qué sentiste?

Esta vez ella se liberó de un tirón, al instante. Le miró fijamente sintiendo que las punzadas de dolor empezaban a latir en sus sienes, y alzó el mentón con brusquedad. Muy bien. Si estaba tan empeñado en saber, se lo diría. Se lo diría a todo el mundo, porque ya no importaba. Ella ya había ganado.

—¿Qué sentí? —dijo fríamente—. Nada. No me importó, ¿comprendes? —De súbito una expresión sombría veló su rostro—. ¡Hinata, Hinata! Qué popular era la pequeña Hinata; tanto como lo es ahora, excepto aquí, en esta sala. Pues bien, ¡ya es hora de que las cosas dejen de ser tan estupendas para ella!

Naruto la abofeteó, haciendo que se tambaleara contra el marco de la puerta. La violencia de su reacción le sorprendió incluso a él mismo, pero no lo demostró.

—Pagarás por eso, Shion —le dijo en un tono glacial—. Pagarás por eso y todas las demás cosas que le has hecho a Hinata. Y no le harás nada más. Te lo prometo.

Shion se había recuperado, incluso del aturdimiento producido por el castigo físico. Después de todo, ella era la que dominaba la situación, y al pensar en ello, el sordo dolor en las sienes se desvaneció. Miró a Naruto directamente, apartando la mano de la mejilla que le escocía.

—No, no soy yo quien pagará, sino tú. Vosotros dos, que pasaran la vida en vuestro propio infierno privado. El infierno de la soledad. Yo me encargaré de ello, y puedo hacerlo. —Le miró con firmeza, una leve sonrisa en los labios—. Ya me has dicho una vez que no podías hacerle comprender, y créeme, eso lo sé mejor de lo que tú lo sabrás jamás.

Naruto había recuperado el control de sí mismo.

—Has olvidado una cosa, Shion. En tus esfuerzos para realizar esta faena para mi... abuelo, has olvidado una cosa. Hinata sabe muy bien que me tienen sin cuidado las apariencias y todas esas cosas. Hinata sabe que la quiero tal como es.

—Muy bien, entonces no tienes nada de que preocuparte, ¿verdad? —dijo Shion en voz baja.

Se volvió y salió de la estancia.

Naruto permaneció con una mano aferrada al borde del marco, y su mirada siguió la lenta ascensión de Shion por la escalera. Cuando desapareció en el rellano, notó una mano en su hombro. No se volvió.

Era Ashina. La máscara de su rostro había desaparecido para revelar a un hombre realmente turbado.

—Naruto, no tenía idea... No me había dado cuenta de como es... — Hizo una pausa, mirando involuntariamente los fragmentos del leopardo, y se volvió hacia su nieto—. No comprendí lo que iba a poner en marcha, lo que haría...

—Jamás comprenderás lo que has hecho —dijo Naruto sin tono, y siguió mirando la escalera desierta.

—Naruto...

—¡Déjame en paz!

Se apartó bruscamente de aquel hombre al que no podía seguir mirando y regresó a la sala de estar. La recorrió con la mirada, hasta que vio el árbol navideño y el pequeño objeto colocado entre los demás regalos: un hombrecito con un escudo a lomos de un bello caballo blanco.

Y por primera vez en su vida sintió un temor que le llegaba a lo más profundo de su ser.

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Continuará...