Salir de ese infierno no era una tarea fácil, pero eso no era preocupación para Yang. Tuvo que cargar a una inconsciente Yin por entre callejones oscuros hasta el lugar más cercano donde se atrevería a estacionar una ambulancia. La adrenalina no era superior a una de las tantas batallas peleadas hasta el momento. No sabía qué había pasado. No sabía por qué o como había llegado a una situación como esta. Lo único que importaba era que Yin estaba en peligro.

El viaje transcurrió a alta velocidad. En un rato él se encontraba envuelto en las luces blancas de la sala de espera del pasillo del hospital. La velocidad se detuvo estrepitosamente. El segundo se estiró cuan goma de mascar. Esperaba que Yin quedara en manos profesionales y que pudiera recibir noticias favorables.

Rato más tarde llegó el Maestro Yo, sumándose a la lerda espera junto a su hijo. Durante aquel rato, Yang se encargó de entregarle la más mínima cantidad de información posible, con respuestas escuetas, esperando poder conformarlo.

Pasada la medianoche, un doctor finalmente salió con novedades.

-La señorita se encuentra estable dentro de su gravedad –explicó mientras revisaba sus papeles-. Se encuentra fuera de peligro, pero tomará alrededor de una semana en estabilizarse. Es indispensable que se quede internada por lo menos dos semanas.

-Pero ¿qué tiene doctor? –preguntó el panda con preocupación.

El doctor lo miró con seriedad a través de sus anteojos. Guardó sus papeles dentro de su delantal, y se cruzó de brazos.

-Sufrió una sobredosis de drogas –informó-. Encontramos en su organismo restos de marihuana, cocaína, éxtasis, heroína, entre otras que aún estamos identificando.

Padre e hijo se miraron mutuamente. Era una sorpresa hasta para Yang. Temía que aquel humo también hubiera sido una droga de las tantas mencionadas. Aparentemente a él no había tenido efectos secundarios producto de su exposición.

-No, yo no lo entiendo –el rostro del viejo panda parecía desencajado.

-Yo tampoco, es por eso que llamamos a la policía –respondió el doctor con una mirada de dureza.

-Pero, ¿al menos ella está bien? –intervino Yang.

-Si –respondió el doctor-. Cuando logre recobrar el conocimiento podrás visitarla. Por lo pronto, señor Yo, tenga la amabilidad de acompañarme.

Una última mirada intercambió padre e hijo. Yang vio cómo su maestro y padre salió a la siga del médico. Nuevamente quedaba solo, confundido, en un mar de pensamientos que solo existían para hostigarlo. Solo tenía un rumbo fijo que apuntaba hacia Yin.