Lucy había visto con el rabillo del ojo a un grupo de hombres que cabalgaban desde campo abierto hacia la casa. Estaban demasiado lejos para distinguir si eran vaqueros, y luego habían desaparecido por detrás de la casa. Y aunque poco después le pareció oír pasos a su espalda, estaba demasiado metida en su conversación con Makarov para volverse y confirmarlo.

Cuando se giró para ver finalmente quién era su prometido, nuevamente vio a dos hombres. Uno de ellos era el bromista encantador. Estaba medio sentado en la baranda del porche, con las manos cruzadas sobre la rodilla doblada y el sombrero inclinado para protegerse del sol. El otro estaba apoyado en la pared junto a la puerta, los brazos cruzados; era casi tan alto como el encantador, lo que probablemente significaba casi un metro noventa, y sorprendentemente igual de apuesto. Algo perturbador en él hizo que Lucy no pudiera apartar la mirada durante un momento. Tenía un aire de… ¿peligro? Seguramente no, aunque por algún motivo a ella le hizo pensar en un forajido. Pero los Dreyar no escondían a criminales, ¿verdad? Aún así, no pudo dejar de imaginar que ese era el aspecto de un forajido cuando no ocultaba su rostro para un atraco.

Como el encantador, tenía el pelo rojo, aunque en su caso un poco más corto y más peinado. Sus botas no estaban desgastadas, sino casi resplandecientes. las espuelas sí que resplandecían. Y llevaba una chaqueta negra más apropiada para una calle de ciudad que para un rancho de Montana, una camisa blanca y una corbata estrecha, en vez de un pañuelo. Su cartuchera también era más elegante, con el cuero negro grabado al agua fuerte con un dibujo ondeante y adornado con clavos plateados. No iba vestido como un vaquero, por tanto, ¿por qué estaba en un rancho? ¿Era un visitante de la ciudad? ¿O era Laxus? La idea casi la paralizó.

Nunca en las cavilaciones sobre su candidato a esposo había tenido en cuenta la posibilidad de que este le diera «miedo», que era precisamente lo que le daba aquel hombre. Era claramente peligroso. Y eso lo arreglaba todo. Si era Laxus Dreyar, se largaba.

Ninguno de los dos hombres se Había movido todavía. Se limitaban a mirarla fijamente, no del mismo modo que la había mirado Sting, aunque igualmente la miraban. Unos ojos azul cielo la recorrieron con indolente admiración. Unos ojos grises tormenta se cruzaron con los de ella y se quedaron ahí clavados. Aquellos dos la estaban enervando. ¡Y seguía sin saber cuál de los dos era Laxus!

El hijo al menos debería haberle dicho algo a su padre al llegar, aunque probablemente le interesaba más escuchar la conversación de éste con ella. ¿O no la habían oído? El porche era largo, de modo que tal vez no.

Los dos hombres se irguieron al mismo tiempo, dejándola con la mirada expectante entre ambos y aguantando la respiración.

—Sígueme, Blondie. Será divertido.

Lucy soltó el aliento con un resoplido. Laxus era el encantador y su alivio fue inmediato, pero sólo de que el tipo oscuro y peligroso no fuera su prometido. En cuanto a Laxus, no estaba segura de alegrarse de que fuera el encantador. No obstante, en ese momento no podía pararse a pensar en eso, porque Laxus no la esperaba y bajaba ya las escaleras. El otro hombre no se inmutó, al menos hasta que ella pasó apresuradamente por su lado para alcanzar a su prometido.

Laxus miró atrás antes de doblar la esquina de la casa, pero no era a ella a quien miraba ni con quien hablaba cuando dijo:

—¿No habías dicho que me ganarías en una carrera hasta el baño, Erik?

—Eso fue antes de que ocurriera algo que rompiera con el tedio —replicó el tipo oscuro y peligroso.

—Creo que vas a poner nerviosos a los muchachos —le advirtió Laxus.

—¿Y eso?

—Haz lo que quieras —se burló Laxus.

Laxus no parecía temerle, aunque al dar a entender que los demás vaqueros sí, confirmaba sus sospechas de que el hombre que tenía justo a su espalda era tan peligroso como había supuesto. Sintió el impulso de alejarse de él. De hecho sintió la necesidad de volver a la casa corriendo. Un miedo irracional, se reprendió. Entonces se dio cuenta de que Laxus la miraba fijamente. El heredero de los Dreyar inclinó su sombrero atrás con un dedo y dijo en tono grave:

—Tenía la sensación de que se ocultaba una mariposa dentro del capullo de polvo, pero maldita sea, mujer, eres toda una sorpresa. Imagino que estás casada, ¿no?

El modo en que la miraba era más que perturbador, como si ella fuera una comida y él estuviera hambriento.

—Todavía no. O sea, estoy prometida.

Laxus le dedicó una sonrisa lenta que le aceleró el corazón.

—Me basta con «todavía no».

Lucy se sonrojó. ¿Estaba flirteando con ella? Eso ya sería más que simple encanto natural, eso sería sumamente inapropiado, sobre todo porque ella acababa de decirle que tenía prometido y sabía que él también la tenía. ¡Ella misma! ¿Sería Laxus Dreyar un mujeriego en versión Oeste? La idea no le gustó y se la quitó de la cabeza para centrarse en su misión.

—¿Ya ha oído lo que necesito, señor Dreyar?

Cogiéndola levemente del brazo para asegurarse de no perderla de vista, Laxus se limitó a retomar su camino.

—Por supuesto. Y puedes llamarme Laxus.

—Y usted puede llamarme señorita Realight, no Blondie.

Él se rio antes de preguntar:

—¿Y qué va delante de Realight?

—Jennifer, pero...

—Jenny ya servirá —concedió con una sonrisa—. Y ten en cuenta que esto no es la ciudad. Aquí somos más informales, aunque ya te acostumbrarás.

Informales era quedarse corto. Aunque tenía que admitir que Laxus tenía razón. Lucy no sólo estaba fingiendo ser una persona distinta, también estaba asumiendo un papel, el de empleada. Tenía que adaptarse a los Dreyar, hacer las cosas a su manera y no al revés. Al menos cuando insistían, como parecía estar haciendo Laxus con los molestos motes que no dejaba de ponerle.

Cuando llegaron a la parte de atrás de la casa, Lucy vio el rancho que se extendía ante ella: establos, corrales y rifles, la casa de los jornaleros a la que se dirigían, el huerto que había plantado y vallado Ed el Viejo antes de marcharse. También había otras dependencias, cobertizos de almacén, incluso su lavadero para la colada con cuerdas de tender llenas de sábanas y prendas masculinas. Se preguntó si el rancho de su padre tendría un aspecto similar, casi como de comunidad autosuficiente.

—¿De cuántos vaqueros disponemos? —preguntó, confiando en el pequeño ejército que iba a necesitar.

—Hay siete que acaban de volver conmigo de los pastizales. Y tres más que se quedan con el rebaño durante la noche.

Lucy esperaba una cantidad mucho mayor.

—¿Son suficientes para un rebaño tan grande como el que me ha dicho Sting que tenéis?

—Más que suficientes cuando mis hermanos y yo también trabajamos.

—¿Y siempre acaban la jornada tan temprano?

—No es temprano, aunque sí que empezamos temprano. ¿Qué? ¿Preparada para llevarte un chasco? —preguntó Laxus con una sonrisa.

Lucy apretó los dientes. El ácido humor de Laxus le resultaba molesto.

—¿Acaso has dicho que sería divertido? —replicó mientras llegaban a los dormitorios.

—Por supuesto que no.

—¿Te gusta vivir en una pocilga?

—Deja de exagerar. Trabajamos al aire libre. No podemos evitar dejar un poco de barro en la casa tras un día lluvioso.

No obstante, una palabra suya podría corregir ese asunto antes de la puesta del sol. A fin de cuentas, era el hijo mayor del dueño. Los vaqueros tal vez se quedarían, pero cumplirían sus órdenes. En realidad era a Laxus a quien tenía que convencer.

—Es mucho más que...

Pero no tuvo la oportunidad de hacerlo. En cuanto Laxus abrió la puerta, la empujó dentro y anunció a los presentes:

—Atención, esta señorita tiene algo que deciros.

Sólo le faltó añadir «y no os riais demasiado,» aunque la curva de sus labios ya lo sugería claramente. Pero los vaqueros todavía no se reían. Algunos estaban echados en sus camas, otros jugaban a las cartas al fondo de la larga estancia, y otros se llenaban los platos de un caldero que colgaba sobre el hogar. ¿Había algún cocinero en la hacienda? Pero de repente todos los vaqueros estaban mirándola fijamente. Sólo tenía que ser concisa... y tal vez sonreír.

Empezó con una sonrisa.

—Se que tal vez os parecerá una petición extraña, pero necesito algunos voluntarios para trabajar un poco en la casa grande. Si todo el mundo colabora, podríamos acabar en unas horas.

—¿Qué clase de trabajo? —preguntó alguien.

—Mucho —dijo ella, animada—. Habrá que sacar los muebles fuera, fregarlos con agua y jabón y airear los cojines. Limpiar la chimenea y luego eliminar el hollín restante de la sala. Fregar los suelos hasta que reluzcan. La cocina no se utilizará hasta que limpie a fondo de arriba abajo. Todavía no he visto el resto de habitaciones, pero no pueden estar en peor estado que la cocina y el salón.

Nadie dijo ni mu. Lucy miró a Laxus en busca de ayuda, aunque vio claramente que no la obtendría. Parecía divertirle mucho que ella quisiera poner a unos vaqueros a hacer las tareas de una criada. Los hombres básicamente siguieron su ejemplo. El descarado regocijo de su rostro hizo finalmente que todos echaran a reír.

—Yo ayudaré.

Las risas cesaron en el acto. Lucy estaba asombrada. La voz había sido la de Erik. Miró atrás y lo vio apoyado en la pared justo al lado de la puerta, con los brazos cruzados, igual que cuando estaba en pie en el porche. Aquellos ojos grises de tormenta recorrían lentamente en la sala, y de repente todos los hombres presentes parecieron temer por su vida, salvo Laxus y el cocinero de la parte posterior de la sala, que simplemente no prestaba atención a nada que no fuera la carne que estaba cortando.

Los vaqueros se levantaron y empezaron a salir desfilando de los dormitorios. Hubo numerosos comentarios, algunos discretos otros quejumbrosos.

Un vaquero bajo y patiestevado, con un bigote tan largo que las puntas le llegaban a la barbilla, gritó hacia el fondo de la estancia:

—¡Richard, mantén la cacerola caliente!

Un hombre rechoncho le gruñó al que tenía detrás:

—Como le digas a alguien que he hecho tareas domésticas, eres hombres muerto.

Lucy estaba sonrojada y al mismo tiempo sonriendo. Tenía su pequeño ejército, y no gracias a Laxus.

Sabía perfectamente que el miedo a Erik había influido en aquellos hombres, pero aun así miró a Laxus con aires de suficiencia y le susurró:

—Me alegro de que estuvieras equivocado.

—Equivocado no, simplemente superado por una hermosa sonrisa —dijo mirándola admirativamente—. Tienes un gran poder de persuasión, Blondie. Será más divertido si lo utilizas conmigo la próxima vez que necesites algo.

¡Le estaba hablando de seducción! La manera como la recorría con su mirada no le dejó dudas y la hizo ruborizar de indignación. ¡Su prometido estaba flirteando con Jennifer!

Cuando el último vaquero hubo abandonado los dormitorios, Erik le dijo a Laxus:

—¿Vienes?

—Ni hablar, voy a coger un poco del estofado de Richard. Tengo la sensación de que la señorita no va a cocinar nada esta noche. No te preocupes, luego ya llevaré el resto a la casa.

Lucy le dirigió una mirada feroz antes de salir de la casa de los jornaleros tiesa como un palo, con ganas de alejarse de aquel hombre irritante. Por desgracia, Erik se le puso al paso de vuelta a la casa. La joven apretó el suyo. Le parecía extraño temer a ese hombre y al mismo tiempo estarle agradecida.