XXII
Beso


—De verdad perdóname, Lucy; pero no puedes pasar —dijo la señora Dragneel con mucho pesar en su voz y corazón. Frente a ella se encontraba una chiquilla de cabello rubio con dos peluches de perrito, uno era rosa y el otro azul; en su mirada podía verse la tristeza y sus ganas de romper a llorar, eso casi rompe el corazón de la señora Dragneel.

—Pero...pero... —trató de replicar la niñita; su voz temblaba y se podía notar el nudo en su garganta. La señora Dragneel estaba segura de que se pondría a llorar. Increíblemente la pequeña resistió y sólo inhaló profundamente—. Está bien, Señora. ¿Le puede dar esto a Natsu?

la pequeña le entregó uno de los peluches, el de color rosado, para que se lo entregara a su hijo por ella cuando se fuera. La Señora Dragneel recibió el peluche y dibujó una dulce sonrisa.

—Claro, pequeña. Yo se lo doy —confirmó. Lucy se limpió las traicioneras lágrimas de sus ojos y se alejó rápidamente de ahí.

La Señora Dragneel la vio perderse a la distancia, y luego se metió a su casa para atender a su hijo enfermo.

Hace tan solo una semana, los jóvenes Natsu y Lucy se estaban divirtiendo como cualquier niño de su edad: jugando en el parque, con sus mascotas, en grupos, todo era felicidad; entonces fue cuando las temporadas de lluvia llegaron a Magnolia. Ambos pequeños tomaron la inteligente decisión de escaparse de sus respectivas casas, sin cubrirse con un impermeable, y jugar bajo y con la lluvia; se mojaron todas sus prendas, hasta los calcetines, claro que eso no le quitó la diversión en absoluto. Poco más tarde a Lucy le llegó la noticia de que Natsu se había enfermado de gravedad, tanto...que tuvieron que llevarlo al hospital. Lucy se sentía fatal, muy culpable por lo que le pasó a su amigo, y ella quería remediarlo.
Afortunadamente el pequeño Natsu ya se sentía mucho mejor, pero debía guardar cama por dos semanas más para descansar y ganar fuerzas, luego ya podría salir a jugar como cualquier otro día. Lucy al escuchar aquello salió despavorida de su casa y se dirigió a la de Natsu dispuesta a cuidarlo, ayudarle con lo que sea; sin embargo fue detenida en la puerta principal por la madre de Natsu. Ella le explicó que aunque Natsu ya se sintiera mejor, su enfermedad era muy contagiosa, y no la quería arriesgar. Lucy replicó, la Señora Dragneel respondió, y al final no pudo cumplir su misión. Derrotada, Lucy regresó a su casa para planear una mejor estrategia: Se escaparía de su casa a media noche para asistir a Natsu, y afortunadamente supo que los padres de su amigo tenían que viajar por negocios, por consiguiente su abuela lo tendría que cuidar; milagrosamente la señora, como ya es una mujer de edad avanzada, no puede permanecer tanto tiempo despierta por las noches. El plan de Lucy ya estaba completo, sólo faltaba ejecutarlo

El reloj marcó las ocho de la noche. La abuela de Natsu ya estaba profundamente dormida. Sin más ni más, Lucy aprovechó aquél momento; trepó por las ramas del árbol junto a la ventana de Natsu para llegar ahí, golpeó despacio la ventana para llamar la atención de su amigo. El pequeño Natsu despertó, se levantó de su cama y le abrió la ventana a su amiga. Lucy metió primero un pie, pero no lo colocó bien y se dio de bruces en el suelo; Natsu iba a auxiliar a su amiga pero ella rápidamente se levantó.

—Aquí estoy —dijo la niña rubia. Natsu no respondió, sólo se abalanzó sobre ella y la abrazó con todas sus fuerzas.

—Qué bueno verte, Lucy —dijo en un susurro—. Pensé que mi mamá te había regañado.

—No. Sólo me dijo que te dejara descansar y regresara después; pero ya estoy aquí y nos podemos divertir.

—¡Sí! —gritó Natsu.

Lucy siseó con el dedo índice sobre sus labios para indicarle que guardara silencio; Natsu se cubrió la boca con ambas manos y se encogió. Luego ambos sonrieron maliciosamente, era hora de jugar.

Pasaron las últimas dos horas jugando con los juguetes de Natsu, leyendo libros de terror, viendo una película de dibujos animados, haciendo figuras de origami; un centenar de cosas que en las dos semanas que Natsu estuvo enfermo no pudo hacer. Les encantaba pasar el tiempo juntos, y lo seguirían haciendo; después de todo...sólo se tenían el uno al otro.

El reloj finalmente anunció las diez de la noche, y Lucy ya estaba saliendo por la ventana para irse a su casa; pero antes de bajar por las ramas del árbol se volvió hacia Natsu para despedirse de él.

—Te veo mañana, ¿Va? —dijo Lucy. Natsu asintió.

—Claro que sí. Aquí te espero —afirmó.

De repente Lucy se acercó a él y le plantó un tierno beso en los labios; ambos niños se sonrojaron y desviaron la mirada.

—Quería darte un regalo pero no tengo dinero —comentó Lucy—, y se me ocurrió darte eso.

—Y-Ya veo... —musitó Natsu.

—¿T-Te gustó? —quiso saber la pequeña. Natsu, con la cabeza agachada, asintió. Lucy sonrió—. Hasta mañana.

—Nos vemos.

Lucy bajó rápidamente del árbol y aterrizó con los pies firmemente en la tierra; corrió como alma que lleva el diablo para llegar a su casa y que sus padres no se dieran cuenta que se había ido. Natsu sólo permaneció recargado en la orilla de la ventana sobre ambos brazos viendo como Lucy se alejaba. Ahora ya se sentía mejor.

A la mañana siguiente se supo que Lucy enfermó repentinamente.

FINALE.