Día 22. Suburbios

Número de palabras: 914

Sinopsis: "¿Te arrepientes de todo esto? Nunca."


Crowley era alguien que usualmente se reía de las ironías que traía la vida consigo. Las consideraba cómicas, un escupitajo en la cara para las personas que creían que tenían todo controlado, la muestra más obvia de que los planes de Dios no están escritos en piedra.

Pero era otra cosa cuando se referían a las ironías de su propia vida. No sabía si reír o llorar cuando recordaba que le había costado más de seis milenios poder ganarse la aceptación de su Zira (porque su amor siempre lo tuvo) pero tan sólo bastaron menos de dos años para casarse y establecer una cómoda y tranquila vida en los suburbios.

Aunque él consideraba que todo había valido la pena, que el dolor y pena que había sufrido por los rechazos del ángel en antaño era equivalente a toda la dicha y felicidad que sentía en el presente. Y ese pensamiento tan sólo se reforzaba más aquellas noches donde la luna los velaba atentamente bajo el tenue brillo que emitía, cuando el astro danzaba entre las nubes, caprichoso y sin abandonar su actitud furtiva, de cuando en cuando se asomaba para contemplar desde lo lejos, la entrega total de los amantes. Si sólo pudiera ver, su luz tocar, su fría imagen contemplar aquella escena, se sonrojaría al descubrir las sábanas revueltas, la prueba húmeda, palpable de que el amor existe y se hace a la cadencia de la divina experiencia que los humanos suelen llamar amor.

Aziraphale era otra historia. Él consideraba que había ido al ritmo correcto. Porque sí, para él, seis mil años de espera había sido necesarios, después de todo, en todo momento estuvieron siendo cazados por sus bandos, los cuales esperaban cualquier desliz de cualquiera de los dos para someterlos a un castigo. Y el corresponder los sentimientos del otro sólo hubiera añadido más peso a sus sentencias, las cuales ya tan sólo esperaban ser cumplidas en cualquier momento.

No fue hasta el fallido fin del mundo cuando finalmente pudieron ejercer su amor de manera libre, sin reproches ni condenas. Y su mudanza hacia los suburbios, dejando atrás no sólo a un ajetreado Londres sino también una agitada vida, no había hecho más que hacerlos más libres, dejando que su amor pudiera tener el futuro que merecía.

Era también en esas noches, cuando el tibio aire nocturno jugaba con las cortinas de la ventana de la habitación, que Aziraphale se encontraba tendido en la cama, tenía una sonrisa pintada en los labios, las mejillas rosadas y recostado sobre su costado abrazando el espacio vacío del lugar que el demonio había ocupado hasta hacía muy poco.

Aziraphale cerró los ojos una vez más, sólo Crowley en su mente y en su corazón, debajo de su piel, en cada célula y en su mente se volvieron a recrear las caricias que incendiaron sus ganas, los besos que le hicieron alcanzar el cielo, el exquisito perfume que se desprendía de su amado. El rubio estaba prendido de la intempestiva fuerza de su amante, y maravillado de los cuidados y el amor que Crowley mostraba cada vez que lo tomaba. De esos besos que empezaban de manera tierna, pausada y que poco a poco se convertían en la hambrienta demanda de reclamar los labios de Aziraphale para él y sólo él.

Y esa era su manera de entender que Crowley le pertenecía y no, ¿Quién en su sano juicio podría pensar si quiera en poseer algo que, en libertad, es lo más bello del universo? Aziraphale lo sabía y era por eso que atesoraba cada momento, cada pequeño instante que compartían, porque si era verdad que Crowley no le pertenecía, también era cierto que las memorias que juntos creaban eran de ellos y de nadie más. Así que Aziraphale las reclamaba para él mismo, en el momento en que lo deseara, para volver a vivirlas, para volver a sentirlas y hacerle el amor una y otra vez a su amado.

El olor a canela le hizo abrir los ojos, su esposo (¡Esposo! Aun sentía que el corazón le revoloteaba cada vez que pensaba en ello) regresó a la habitación con una bandeja, la cual llevaba una taza de té y una carta, al igual que todos los días.

El ángel fue testigo del cuidado con el que Crowley dejo ambos artículos frente a él. Eran detalles muy pequeños, pero en todos ellos ambas se colmaban de atenciones y cariños, cada uno de ellos gritaba cuánto se adoraban. Y aunque tuvieran dificultades, problemas, se presentaran reproches o reclamos, todos se desvanecían, morían en sus labios al contemplar sus miradas. A Aziraphale le gustaba mucho admirar el dorado de los ojos de Crowley y a este le volvía loco el amor y afecto que reflejaban los azules ojos del ángel.

— ¿Te arrepientes de todo esto? —le preguntó Aziraphale cuando su amante volvió a recostarse a su lado. Era la misma pregunta que hacia cada vez que sus inseguridades se alzaban, amenazando con romper con el momento.

Crowley, con la paciencia que se la había otorgado tras más de seis mil años, entrelazó su mano con la del rubio, decidido a acallar esas dudas con besos, mimos y una que otra carta de amor.

— Nunca.

Y con eso era suficiente para romper con las incertidumbres y volver a dar rienda suelta a un amor que había esperado demasiado para verse cumplido y que se encontraba totalmente seguro ahí, entre las cuatro paredes de aquella casita de los suburbios.