CAPÍTULO 10
EPOV
—Ya es hora de despertar, dormilón —escuché su voz y después un par de besos en mi cuello.
Habíamos pasado toda la noche hablando y actualizándonos sobre lo que ocurría en nuestras visas antes de encontrarnos de nuevo. El día anterior quisimos pasar el tiempo acurrucados, acariciándonos, sólo disfrutando el uno del otro. No, no habíamos tenido sexo aún porque ambos pensábamos que primero deberíamos dejar todas las cosas claras. No teníamos dudas sobre nuestro amor ni el comenzar una nueva historia juntos, pero por lo mismo de que queríamos que funcionara, primero debíamos poner todos los puntos sobre las íes.
—Vamos, el desayuno está listo y no estoy dispuesta a tener que recalentarlo sólo porque estás de perezoso —mordisqueó mi oreja y dejó besos por toda mi mandíbula.
Llevaba su cabello suelto, con sus ondas naturales cayendo sobre su rostro y creando una cortina con un delicioso aroma a manzana verde y a panqués de plátano. Mis favoritos; no los había probado desde que me había separado de ella, así que el saber que los había cocinado hacía tan tentador el salir de la cama.
—Podemos desayunar en la cama —le dije.
—Edward, hemos pasado todo el día de ayer en la cama. No hemos salido de ella más que para lo necesario —apuntó—. Además tenemos que empezar a platicar sobre los planes a partir de ahora. Y quiero que me lleves a ver la ciudad en la que voy a vivir.
La miré impresionado ¿Ella estaba hablando en serio? ¿Quería dejarlo todo y venir a vivirse aquí conmigo? ¿A Londres?
Me senté rápidamente y tomé sus manos. No quería que se sintiera presionada o con la necesidad de tener que demostrarme algo y por ello estuviera proponiendo el venir a Londres. Tenía razón en cuanto a tener que comenzar a plantear nuevos planes para nosotros, así que me levanté de la cama y tiré de ella para ir hacia la cocina, donde efectivamente había una pila de panqués de plátano y una taza de café humeante.
—Me imaginé que como yo no has comido uno de esos desde hace mucho —dijo detrás de mí—. No podía prepararlos o comerlos porque me hacían pensar en ti.
—Tengo otra promesa para ti —le dije girándome hacia ella y abrazando su cintura.
—¿Cuál?
—Tendré un poco de esos panqués por lo menos dos veces a la semana —sonreí y me incliné hacia su mejilla donde dejé un beso.
Después de haber obtenido mi promesa de tener panqués de plátano dos veces a la semana continuamos con el desayuno. Una mañana que aunque me gustaría decir que había sido algo normal en nuestro pasado, no había sido así. La distancia y el tiempo fue algo que no nos dejó compartir tantos momentos especiales y normales entre pareja. Eso definitivamente era algo que debía de incluirse en los nuevos planes.
—¿Entonces qué es lo que haremos ahora? —preguntó después de comerse su último trozo de pan y sobarse su barriga.
—No saldremos si eso es lo que preguntas. Te quiero para mí, sólo para mí. Ha sido mucho tiempo que quiero recuperar —tomé su mano y tiré de ella para colocarla sobre mi regazo.
—Eso es lo que más deseo, pero debemos de hablar sobre qué vamos a hacer a partir de ahora —me dijo.
—Lo único que me interesa de esos planes es que serán a tu lado —me recargué en su hombro y disfruté de sus caricias en mi nuca.
—Lo sé, pero debemos saber qué pasos daremos. He pensado que podemos mudarnos juntos, si te parece bien —noté cierto tono de timidez—. Quizá consideres que sea muy pronto después de todo lo que ha pasado, pero si no quieres puedo mudarme a un departamento…
—Para —coloqué mi mano sobre sus labios—, ni creas que aceptaré que vivas lejos de mí y para que quedé claro con lejos me refiero incluso a un departamento cruzando el pasillo —murmuré sobre su cuello, lo que hizo que su piel se erizara.
—Así que…
—Sea donde sea que vivamos lo haremos juntos —le dije totalmente convencido.
Después de una pequeña charla quedamos en que iríamos a vivir a Seattle. Sería lo más lógico, ella tenía a su familia allá y su galería. Yo en Londres sólo tenía mi trabajo, uno en el cual sería bastante sencillo conseguir el traslado y si no fuera así estaba seguro de poder encontrar algo.
—¿Estás seguro con esto? —preguntó Bella de manera tímida—. Yo no tengo ningún problema en mudarme acá. Tardaría un poco porque tendría que cerrar la galería o ver qué hacer con ella…
Presioné sus labios con mis dedos deteniendo su discurso.
—No, no quiero pasar más tiempo separado de ti —aparté mi mano cuando estuve seguro de que me escucharía—. La razón por la que llegué a Londres es porque necesitaba poner tierra de por medio; entre más cerca estuviera más grande era la tentación de buscarte y sabía que estabas herida y no querías saber de mí. No hay nada que me retenga aquí; mis amigos más cercanos se encuentran en Seattle y mi única familia eres tú ¿Por qué querría que nos quedáramos aquí?
—Está bien, entonces nos iremos a Seattle —Bella se encontraba sonrojada y sus ojos brillaban por la emoción.
—Mañana mismo pediré mi traslado. Quizá demore un par de semanas.
—Te esperaré, puedo quedarme aquí e irnos juntos —besó mi mejilla—. Tampoco quiero separarme de ti.
Y aunque quisimos no volver a separarnos tuvimos que hacerlo. Bella seguía viviendo con su madre así que debíamos encontrar un lugar para los dos, por lo cual tuvo que viajar dos días después de nuestro reencuentro para buscar un lugar donde pudiéramos vivir ambos; además de tener que decirle a su madre sobre mudarse conmigo. Emmett estaba más que feliz por ambos, argumentaba que estaría allá para el nacimiento de su bebé… y esperaba poder estarlo. El traslado fue fácil de lograr pues sería de mayor utilidad estando en Seattle, lo que realmente me detuvo de tomar el primer vuelo hacia el amor de mi vida una vez confirmada mi asignación a la oficina central fue la sorpresa que había estado preparando para ella. Estaba ansioso por ir hacia ella. Teníamos una nueva oportunidad para hacer todo esto juntos: la casa, la familia y hasta el perro si ella quería; pero esta vez lo haríamos bien.
Mi teléfono me sacó de mis cavilaciones mientras observaba la pantalla de la computadora. Di los últimos clics para confirmar y después tomé el celular. La foto de una Bella con el sol iluminando Hyde Park apareció en el celular; la había tomado en nuestra única salida que tuvimos mientras ella estuvo en Londres, no se había dado cuenta de cuando la tomé. Miré la hora, en Seattle serían pasadas de las diez de la noche. Seguramente estaba por irse a dormir.
—Preciosa —respondí como saludo.
—Te extrañó —soltó sin más y cómo culparla cuando todo en mí estaba pidiendo a gritos que abordara el siguiente vuelo y fuera con ella—. Es jodidamente extraño ¿sabes? No llevamos separados ni una semana completa y ya muero por verte. Prometí ser paciente, pero más te vale mover ese sexy trasero tuyo hacia acá.
Me la imaginé haciendo un tierno mohín y deseé tanto el estar a su lado. Pensé para mí mismo que sólo debía de terminar un par de cosas y pronto estaría con ella de nuevo.
—Sólo me faltan un par de cosas, estaré contigo más pronto de lo que crees —escuché su suspiro. Para ella más pronto no era lo suficientemente pronto… tampoco para mí—. Mejor cuéntame sobre los avances en la búsqueda de nuestro nuevo hogar.
—Es difícil hacer esto sin ti. Insisto, ven pronto —gruñó.
—Veo que andamos un poco gruñones ¿Qué puedo hacer para remediarlo?
Tiempo atrás sabría qué hacer al respecto. El sexo telefónico funcionaba bastante bien para distraerla y disminuir su tensión, pero aunque nos había reconciliado todavía no llegábamos a ese punto; y no porque no lo deseáramos sino porque sentíamos que había muchas cosas por solucionar antes de eso.
—Es sólo que… —soltó un bufido—. Nada, olvídalo.
—Bella, por favor.
—Nunca hemos tenido la experiencia de buscar una casa juntos y recuerdo cuando solíamos hablar de ello cuando recién nos casamos. Sé que no estamos casados ya, pero es, ya sabes, una ilusión, fantasía; como quieras llamarlo. Es algo que quiero vivir contigo —podía sentir a través de la línea que se sentía apenada por admitirlo.
—Tienes razón. Es algo que debemos hacer juntos —tamborileé los dedos sobre la mesa pensando qué podíamos hacer para solucionar esa situación—. Ya sé ¿tienes tu portátil cerca?
—Sí, ¿qué vas a hacer?
—Vamos a buscar la casa digna para comenzar la historia de la familia Cullen-Swan —le dije mientras abría de nuevo mi laptop.
—¡Oh, Edward! —un jadeo atravesó la línea telefónica.
—Hagamos videollamada, compartiré pantalla para que podamos ver las casas los dos juntos. Será como ir a verlas —le dije mientras la buscaba por Skype—. Después tú harás la cita para que podamos verlas físicamente.
—¿Ya te dije que te amo?
—Mmm no me importaría escucharlo una vez más —coloqué el teléfono entre mi oreja y hombro mientras comenzaba la reunión con ella—. Colgaré, te veo en unos segundos.
No esperé demasiado cuando ella respondió mi llamada. Su hermoso rostro apareció en mi pantalla; tal y como dijo estaba en su habitación. Se veía adorable en su pijama con una Minnie Mouse estampada en la playera de manga larga. Tomó una cobija y se envolvió con ella.
—¿Tienes frío? —pregunté.
—Sí, te cobraré bastante caro que no estés aquí para poder acurrucarme a tu lado —hizo un bello puchero.
—Lo recompensaré, nena.
—Estamos como en los viejos tiempos —comentó.
—No, ahora es mucho mejor —respondí—. Juro que cuento las horas para poder ir a ti. Sólo mi cuerpo se encuentra lejos, te has llevado mi alma y mi corazón contigo.
—Siempre has sido tan dulce.
Nos miramos a través de la cámara y me dieron unas ganas inmensas de besarla. Su nariz había comenzado a ponerse roja por el frío, así que me apresuré a compartir la pantalla de las páginas de inmobiliarias en Seattle.
—Estas son algunas inmobiliarias. Empecemos por definir qué es lo que queremos.
—Que sea una casa con un patio amplio —fue lo primero que dijo.
—Que tenga de cuatro a cinco habitaciones —continué.
—¿No son esas muchas habitaciones? —preguntó confundida
—Quiero muchos hijos —respondí de manera natural—. Quiero que tengan sus propias habitaciones.
—¿Muchos hijos? ¿Cuántos son exactamente muchos hijos? —observé cómo esa perfecta ceja se levantaba.
—¿Cinco? —miré cómo se entrecerraron sus ojos a manera de mostrar su desacuerdo— ¿Cuatro? —ella negó—. Está bien, que sean tres y la otra habitación podemos acondicionarla como tu estudio.
—Me encanta esa idea, que sean tres pequeños.
Respiré aliviado.
—¿Algún estilo de preferencia?
—Amm, me gusta el estilo mediterráneo ¡Sí, ya lo vi! —dio un par de brinquitos y su cara se iluminaba—. Quiero que se sienta realmente esa sensación hogareña, que cuando lleguemos a casa después de una larga jornada de trabajo sintamos que es nuestro.
—Me agrada también el estilo mediterráneo, da esa sensación de un hogar acogedor.
Ingresé las características que buscábamos en los filtros y se arrojaron unos cuantos resultados. Todas las casas eran realmente bellas, abrí la galería de fotos que se encontraban de cada una de ellas. Avanzamos entre las opciones a punto de darnos por vencido al no encontrar alguna que nos diera la sensación de que fuera nuestro hogar; aquel lugar donde comenzaríamos a construir nuestra familia.
—Quizá si cambiamos de estilo o aumentamos el tamaño de la casa.
—No uses eso de pretexto para tener los cinco hijos que quieres —me señaló—. ¡Oh, espera! Esa de ahí, la tercera que se muestra en la página.
Fui hasta donde ella me había señalado. En cuanto la vi supe por qué la había pedido. Pude imaginarme de inmediato ahí con ella. Viendo el paisaje a través de la amplia ventana que abarcaba la mitad del piso de la entrada. Llegando a casa y ella corriendo a mi encuentro, o bien, yo preparando la cena esperando que regresara de su galería.
La casa tenía un amplio jardín rodeándola. Era de tres pisos, con puertas y contraventanas de madera, los muros color beige. Baldosas, piedras y farolas enterradas en el césped marcaban el camino hacia la entrada. La cochera se encontraba a desnivel, donde iniciaban escalones que llevaban a la puerta. Los techos ligeramente inclinados y con tejas cubriéndolos.
—Tendremos que mandar a cercar. Nuestros hijos podrían tener algún accidente o alguien podría pasar al jardín y molestarlos —dije con seriedad.
—Sólo tú puedes preocuparte por unos hijos que por ahora sólo existen en nuestra imaginación —dijo riéndose.
—Tú lo has dicho, cariño: por ahora —le guiñé un ojo.
Hicimos un par más de elecciones en caso de que no pudiéramos conseguir esa casa, pero implorábamos porque sí pudiéramos lograrlo. Ya había empezado a imaginar toda una vida ahí.
Un bostezo se le escapó y supe que era hora de cortar la llamada por mucho que me doliera.
—Anda, ve a dormir. Pronto estaré ahí para velar tus sueños —le dije al despedirme.
...
...
Tres días después me encontraba viajando a Seattle. Bella no lo sabía, ella creía que todavía estaría en Londres por un par de días más- Quería darle una sorpresa; por lo que tuve que pedirle a Emmett que fuera por mí al aeropuerto.
—Hombre, qué bueno verte por acá de nuevo y mejor aun sabiendo que te quedarás —mi amigo me recibió con un caluroso abrazo.
—¿Cómo está Rosalie? —le pregunté.
—Claro, como ella es la embarazada poco importa el futuro padre.
—No seas dramático —le dije mientras avanzábamos por los pasillos del aeropuerto.
—Ella está bien, por fin me hizo caso respecto a dejar de trabajar. Bella ha ido a verla un par de veces.
—Sí me ha dicho cuando hablamos. Me dijo que cuando acudió a ustedes para saber mi dirección le dio miedo —reí.
—Ya sabes cómo es mi Rose —se encogió de hombros, pero al mismo tiempo se mostró orgulloso.
Me llevó a su casa donde justamente se encontraba Bella, Rosalie le había pedido ayuda para guardar la ropa del pequeño antes de su llegada que cada vez se encontraba más próxima. Estaba más que ansioso por encontrarme con ella de nuevo. Me había costado tanto el no revelarle que llegaría aquel día, sobre todo cuando hacía dulces pucheros mientras hacíamos videollamadas o el par de ocasiones en que las cosas comenzaron a subirse de tono durante nuestras conversaciones.
—Por cierto ¿está todo listo? —le pregunté.
—Por supuesto, mañana podrás pedirle a tu chica que se case contigo. Otra vez —bromeó mientras abría la puerta de su casa.
Al entrar escuché una dulce risa proveniente de la cocina. Eran como pequeñas campanas de viento. Me sentí de inmediato atraído hacia ese lugar. Dejé mis cosas en la entrada y caminé hacia ella. Se encontraba de espaldas, sentada en un banquillo en la barra de la cocina. Rosalie me vio y trató de disimular, pero falló; por lo que Bella se giró y al verme se levantó de manera rápida de su asiento y se arrojó a mis brazos. Sus piernas se enrollaron en mi cintura.
—Estás aquí —susurró enterrando su rostro en mi cuello.
—Estoy aquí, cariño. Estoy aquí —la estreché entre mis brazos y aspiré el aroma de manzana verde que se desprendía de su cabello.
—Te extrañé tanto —me dijo mirándome a los ojos después de despegar su rostro de mi cuello. Los suyos se encontraban brillosos, radiantes— ¿Por qué no me dijiste que llegabas hoy?
—Quería darte una sorpresa —respondí.
Un par de carraspeos nos sacaron de nuestra burbuja y Bella al darse cuenta de que había olvidado por completo la compañía que teníamos en la cocina se sonrojó y bajó rápidamente de mi cuerpo.
—Disculpen por interrumpir, pero temíamos que si no lo hacíamos las cosas podrían llegar a subir de tono y hay un menor de edad en la habitación —dijo Emmett tocando el estómago de Rose.
Ella le dio un manotazo.
—Lo lamento —dijo una Bella toda sonrojada.
—No lo hagas, es bueno ver esta faceta de Edward —dijo Rosalie sonriéndonos—. Es bueno verlos a los dos así. Daban pena, en serio que sí.
Todos nos reímos con ella.
Dos horas después terminábamos de cenar y ya estábamos preparados para irnos.
Tomé el abrigo de Bella y sus guantes -el invierno se veía a la vuelta de la esquina- y no quería que se enfermara. No ahora que estábamos a nada de iniciar el nuevo capítulo de nuestra historia. Sostuve la prenda mientras ella se lo ponía y después deposité un pequeño beso sobre la punta de su nariz.
—Gracias por la cena de bienvenida, Rose. Estaba deliciosa —le dije.
—No fue nada. Sólo un pequeño pago a Bella por haberme ayudado a acomodar la ropa del bebé. Queda poco más de un mes para su llegada —Bella estiró su mano y la posó sobre el vientre de Rosalie.
—Vendré la próxima semana para ayudarte con las cortinas y te traeré el cuadro que te prometí —dijo.
—¿Un cuadro? —pregunté curioso.
—Es sólo una manera de agradecerles por haberme ayudado cuando decidí ir por ti —Bella se encogió de hombros.
—Fuiste por mí cuando tú ya me tenías —besé su mejilla y ella soltó una risita suave.
Salimos de la casa de Emmett y Rose y fuimos hacia el coche de Bella. Una vez dentro esperé a que encendiera el carro, pero no sucedió. La miré interrogante, pero ella sólo se mordía el labio.
—¿Qué? —dije con una sonrisa.
—No sé adónde llevarte —dijo con un poco de timidez— ¿Quieres ir a mi casa con mi madre? No sé quién estaba más ansiosa de verte, si ella o yo.
Reí
—También quiero verla, pero preferiría que fuera mañana. Quizá cuando lleguemos ya se encuentre acostada.
—Tienes razón ¿entonces?
—Reservé una habitación en el mismo hotel de la vez pasada.
—Entonces al hotel.
Ya en el hotel me acompañó hasta la recepción, pero en el momento de despedirnos todo lo que nos habíamos reprimido en la casa de Emmett salió a flote. Nuestro beso se volvió intenso en el mismo instante en que se tocaron nuestros labios, rodeé su cintura con un brazo mientras que con el otro tomé su cabeza. Ella se aferró a mi camisa y dejó caer su cuerpo sobre mí, lo que me dejó sentir cada una de sus curvas. Mis pantalones comenzaron a hacerse más apretados en mi entrepierna.
—Llévame arriba —pidió al separarse y pasó su lengua por sus labios.
—¿Estás segura? —junté mi frente con la suya.
Ella comenzó a reírse y me besó de nuevo con furia.
—Llevo esperando esto desde que fui a Londres —se mordió su labio inferior y la besé suavemente para liberarlo de la prisión de sus dientes.
A penas pusimos un pie en la habitación la acorralé contra la pared. La tomé de sus muslos e hice que se enrollaran en mis caderas. Pegué mi cuerpo lo más que pude al suyo. Mi cuerpo se sentía como si estuviera vibrando ante el placer de tenerla así. Unimos nuestros labios con desesperación. Había sido demasiado tiempo, había tantas emociones explotando en ese momento que sólo éramos capaces de actuar dejándonos llevar por ello.
Bella tironeó de mi cabello cuando mordisqué su labio inferior. Bajé hasta su barbilla y continué por el camino que me marcaba su mandíbula. Llegué hasta su lóbulo y también lo mordí suavemente.
—No sabes cuánto te he extrañado —susurré en su oído y como respuesta obtuve un gemido—. Quiero hacerte mía, quiero admirar tu cuerpo y reconocerlo.
—Edward, por favor —dijo ella mientras movía sus caderas sobre mi erección.
Sus manos bajaron hasta mi camisa y con dedos torpes comenzó a desabrochar los botones. Jaló de mi camisa y entre maniobras y con ayuda de la pared logró quitarme la prenda. Comenzó a tocar mis hombros y bajó hasta mis bíceps y después pasó a mis pectorales.
—¿Has estado haciendo ejercicio? —jadeó.
—No tenía mucho donde perder el tiempo —le dije.
—No, no. Hazte para allá, tengo que mirarte bien —la bajé con cuidado y di un paso hacia atrás para dejarle espacio. De inmediato su mirada recorrió todo mi torso—. Estoy perdida.
Reí por su comentario.
—Ahora es mi turno.
Mientras caminaba de nuevo hacia ella noté que recorría cada parte de mí con su mirada. Había hambre en ellos, expresaban algo tan primitivo.
Me dediqué a quitarle cada prenda de su ropa de manera lenta. Realmente quería tomarme mi tiempo en esta ocasión. Cada movimiento fue una oportunidad para acariciar, rozar su piel, besar cada tramo que quedaba al descubierto. La suavidad, tal cual el terciopelo, me incitó a seguir tocándola; su aroma me estaba embriagando, los ruidos emitidos por ella eran música para mis oídos. Estaba hambriento de ella, pero quería disfrutar del momento. Sería nuestro primer encuentro íntimo después de todos estos años, quería que fuera especial.
Me paré frente a ella para admirar la esculturalidad de su cuerpo. Eran trazos maduros los que marcaban sus curvas. Sus pechos realzados por la prisión de su sostén, erguidos y firmes. Su cintura pequeña daba paso a sus amplias caderas y seguían un recorrido de piernas largas y torneadas. Ella era simplemente perfecta.
—Tan hermosa —susurré más para mí que para ella.
La llevé hasta la cama y la recosté boca abajo. Ella miró sobre su hombro y yo le guiñé un ojo mientras me quitaba el resto de mi ropa. Mi erección quedó libre de la prisión del bóxer, estaba bastante duro, me sorprendía que no me hubiera corrido con sólo mirarla. Me incliné sobre ella y tomé el broche de su sostén para liberar sus pechos, ella me ayudó levantando su pecho, después aproveché para besar toda su espalda hasta llegar al elástico de sus bragas. Las bajé hasta debajo de sus nalgas y besé ambas. Terminé de bajar la última prenda que tenía y subí por sus piernas dejando besos húmedos. Su respiración se volvió entrecortada y de vez en cuando me lanzaba miradas sobre su hombro.
La giré y observé su figura esparcida por el mullido colchón. Me acerqué a besarla y ella respondió de inmediato. Tiró mi cuerpo hasta que quedé recostada sobre ella, pero me aseguré de dejar mi peso sobre mis brazos. Sus piernas rodearon mis caderas y empujaron mi trasero hacia ella. Sentí la punta de mi miembro tocar la humedad de su carne. Gruñí por lo bajo ante ese pequeño roce que sólo era un preludio de la llegada a un paraíso.
—Hazlo —pidió en mi oído—. Por favor, no me hagas esperar.
No caería tan fácilmente. Besé su cuello y bajé hasta sus senos. Tomé uno en mi boca y con mi lengua rodé su pezón y después lo succioné, ella se agitó debajo de mí, pero yo continué con mi acometido. Pasé al otro pecho y repetí la acción. La miré directamente a los ojos mientras bajaba por su vientre besando, soplando y terminando por mordisquear sus caderas.
—Mierda, Edward ¿en serio? —parecía desesperada—. Tenemos toda una vida.
—Pero hace mucho que no te adoro —dije quejándome.
Ella iba a comenzar a decir algo, pero lo único que salió de su garganta fue un jadeo en el momento en que pasé la punta de mi dedo entre sus carnes. Bajé hasta su abertura e introduje un dedo, lo giré y acaricié la suavidad de su cavidad. Saqué mi dedo y volví a tocarla por fuera. Su vulva se encontraba brillante por su excitación. Mi miembro dio un respingo ante la anticipación de poder enterrarme en ella. Sólo faltaría un movimiento de mi parte y estaría dentro de ella. La presión en mi vientre se hizo insoportable y de continuar así terminaría corriéndome sobre su cuerpo. Así que abrí más sus piernas, me acerqué un poco más y humedecí mi polla con sus jugos. La miré de nuevo a la cara mientras comencé a adentrarme en ella. Su estrechez y calidez me recibieron y traté con todas mis fuerzas de no llegar al nirvana en ese momento.
—Edward —jadeó Bella y arqueó su espalda.
Tomé sus pechos en mis manos mientras comenzaba a mover mis caderas de manera cadente. Su rostro se distorsionó por el placer. Me agaché y chupé sus pezones, primero uno, luego otro. Ante la inclinación, la penetración se hizo menos profunda, pero permitía que nuestros cuerpos se rozaran en otros puntos, provocando que el placer aumentara.
—Dios, justo ahí, justo ahí —repetía una y otra vez.
Volví a besar su cuello y después su labio. La sensación de besarla mientras bailábamos al ritmo de la pasión era casi sobrenatural. Sus paredes comenzaron a volverse más estrechas, eran casi una prisión que ya me impedía moverme.
—Bella, te sientes tan bien —gruñí en su oído.
El nudo que se había empezado a formar en mi vientre cada vez se hacía más intenso, más apretado y cuando el interior de Bella comenzó a palpitar anunciando su orgasmo, mi pene se sacudió en su interior y liberé mi simiente en ella. Apoyé mi cabeza en el hueco de su cuello, ambos estábamos jadeantes y sus piernas estaban a mi alrededor; poco a poco comenzaron a aflojarse. Me incliné un poco y dejé un beso detrás de su oído. Me acosté a su lado y tiré de ella para dejarle encima de mí.
Ella llevó una de sus manos a mi nuca y comenzó a acariciarla. Se sentía bastante bien.
—No he usado condón —le dije—. No es que…
—Shhh, lo sé —me dijo—. Sigo usando la píldora.
Me levanté un poco y besé suavemente sus labios. Ella me sonrió y me besó de vuelta.
Después de esa vez nos acurrucamos debajo de las cobijas. Ella estaba recostada sobre mi pecho mientras que con sus dedos índice y medio trazaban patrones heterogéneos. Yo por mi parte acariciaba su espalda y el brazo que tenía a mi alcance. Disfrutaba de la calidez de su pequeño cuerpo a mi lado, el sentir su respiración sobre mi piel, su aroma a mi alrededor y el palpitar de su corazón chocando con mi piel. No sabía cómo había podido sobrevivir todos esos años sin ella.
—Estoy tan feliz de que ya estés aquí —me dijo y después besó mi pecho—. Supongo que aquí inicia realmente nuestra nueva vida.
Cerré los ojos y pude vernos a ambos envejeciendo juntos, con nuestros pequeños creciendo y compartiendo nuestra dicha. Los malentendidos nos separaron, pero el destino había tocado nuestra puerta para decirnos que nuestro amor no había terminado y teníamos una nueva oportunidad.
—Sí, aquí inicia nuestra nueva vida.
Bueno, pues casi llegamos al final de esta historia. Les dije que les daría un final feliz a este par porque lo merecen y aprovecharán muy bien la oportunidad que les ha dado el destino, ya lo verán en el epílogo ;)... morirán de amor.
INFINITAS GRACIAS POR SUS COMENTARIOS: kaja0507, Maris Portena, miop, nicomartin, LizMaratzza, jupy, Car Cullen Stewart Pattinson, Smedina, torrespera172, Elizabeth Marie Cullen, rjnavajas, Pameva, saraipineda44, Lizdayanna, Santa, Liz Vidal, Adriu, Jade HSos, Wenday 14, , indii93, cavendano13 y las personitas anónimas.
Espero realmente lo hayan disfrutado. Les agradezco mucho su tiempo y no olviden dejar sus reviews para alimentar mi alma ;)
¡Nos leemos pronto!
Dai.
