Capítulo 22

Rachel, vuelve a Nueva York.

—¿Queda algo más?

—No, esa maleta y esta bolsa es lo último, ya está todo.

—Ok, lo hemos hecho en tiempo record, ¿eh? —se regocijó Michael.

—Sí, jamás pensé que una mudanza pudiese durar escasos 5 minutos.

—Más que una mudanza, es un traslado de habitación. Tener que cruzar solo un rellano es todo un acierto. Eres una afortunada.

—Totalmente, Michael. Totalmente…

No pudo estar mas acertado, pensó Rachel justo cuando dejaba su ultima maleta en la que iba a ser su nueva habitación. Apenas eran las 09:30 de la mañana, y ya podía instalarse en su nuevo hogar. El hogar de Dana Moore, Michael Brown y, por supuesto, Quinn Fabray. Su Quinn.

No dudó un solo segundo en ayudarla. Michael fue quien aquella mañana acudió a su llamada, tras haber recibido la petición expresa del Sr. Robinson, para que abandonase el apartamento lo antes posible, y así poder usarlo como almacén improvisado para todo el material que los técnicos que iban a cambiar todo el sistema de ventilación, pudiesen almacenar sus herramientas.

—Cuando se despierte Quinn, te dará las llaves de la habitación, y las de la entrada. Santana se las dio a ella —le dijo el chico tras asegurarse que todo quedaba perfectamente resguardado en la habitación.

—Ok. No hay problema.

—Me temo que no voy a poder echarte mano para ordenar todo este desastre—añadió lanzando una última mirada a la habitación—. Me tengo que marchar en breve.

—No, no te preocupes, está todo bien —respondía—. Suficiente has hecho con ayudarme tan temprano.

—Bueno, ahora somos compañeros de piso. Nos tenemos que ayudar… Y también te digo que has tenido suerte de que estuviese ya despierto. Como ves, en esta casa algunos madrugan más que otros —bromeó—. Y no te recomiendo que despiertes a las dormilonas para una tarea así.

—Lo tendré en cuenta. Me tengo que acostumbrar a tener compañeros.

—Tranquila, te resultará sencillo.

—Hola —Dana interrumpía la conversación asomándose a la habitación, completamente confusa—. ¿Qué hacéis?

—¿Cómo que qué hacemos? ¿Esa es la bienvenida que le das a tu nueva compañera? —le recriminó Michael.

—¿Ya te has mudado?

—Sí…Bueno, el Sr. Robinson me ha pedido que deje el otro apartamento antes de mediodía, y Michael se ha ofrecido a ayudarme.

—Sí, yo…Porque tú y Quinn preferís dormir.

—Hey… ¿Y por qué no me has llamado? Si estoy dormida no me entero.

—Es sábado y son casi las 10 de la mañana, ¿crees que es hora de estar dormida?

—Eh sí. Sobre todo porque he quedado contigo a las 11, así que aún tengo tiempo de sobra.

—No, no tienes tiempo, así que vístete porque nos vamos ya.

—¿Ya?

—Sí, si quieres recibir tu regalo, tienes que darte prisa.

—Ok…ok.

—¿Regalo? ¿Es tu cumpleaños? —intervino Rachel.

—Así es.

—Oh…Felicidades.

—Gracias —respondía Dana sonriente—. Esta noche vamos a cenar aquí con unas amigas. Por supuesto, cuento contigo si no tienes planes.

—Eh, no, no tengo planes…

—Perfecto. Pues una más para la celebración —replicó Dana—. Ok, y ahora será mejor que vaya a ducharme. ¡No tardo! —exclamó lanzando una mirada hacia Michael, segundos antes de correr, literalmente, hacia el baño.

—Si vas a cenar con ellas, asegúrate de tener toda tu documentación en orden —dijo el chico regresando a Rachel.

—¿Cómo? ¿Mi documentación?

—Sí, es probable que tenga que venir a deteneros por escándalo, o porque algún vecino os haya denunciado —advirtió tratando de mostrarse serio, aunque su rostro reflejase todo lo contrario—. Luego no digas que no te lo advertí —añadió saliendo de la habitación— ¡Hey Dana! —se acercó al baño— Te espero en el Brooklyn, si tardas más de 10 minutos, me marcho y te quedas sin regalo.

—¡Ya voy! —se escuchó tras la puerta.

—Hey, me marcho, ¿ok? —buscó a Rachel con la mirada—. Que sea leve —hizo referencia a la montaña de bolsas que ocupaban su estancia.

—Que tengas un buen día, y gracias por la ayuda.

—Un placer, compañera —respondía el chico regalándole una última sonrisa, antes de abandonar la casa y dejarla completamente a solas.

Nervios.

Eso era lo único que Rachel conseguía descifrar de aquella extraña sensación que la invadía al quedarse prácticamente a solas en aquel lugar, solo con el sonido de la ducha que Dana utilizaba, y la constancia de que Quinn dormitaba en su habitación. Una habitación que se encontraba paralela a la suya, pero con el cuarto de Dana entre ambos.

No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar Quinn cuando descubriese que ya estaba allí, a punto de instalarse por completo. Llevando a cabo aquel magistral plan que preparó con esmero cuando supo que Santana iba a comenzar su gira, y la iba a mantener alejada de Quinn durante aquellos meses. Una oportunidad perfecta que había estado esperando desde que supo de su desafortunado accidente.

Su objetivo principal era acercarse y estar a su lado. Ya lo había conseguido, en un tiempo record, y con unos resultados más que favorables. Ahora todo estaba en sus manos, en tratar de pasar el máximo de tiempo posible con la rubia, hacerle la vida más fácil sin que se sintiera sobreprotegida, y enseñarle que aquel contratiempo no iba a suponer más que una pequeña piedra en su camino. Otra más de las tantas que ya había conseguido apartar a lo largo de su vida.

Rachel no estaba dispuesta a permitir que aquel obstáculo mermase el estado anímico de la rubia.

Ante ella se presentaba la que iba a ser su nueva habitación, prácticamente igual que la había utilizado en el otro apartamento, pero con la diferencia del color de sus paredes, pintadas en un tono azulado. Y un pequeño pero importantísimo detalle, en vez de un ventanal, había una puerta que daba acceso directamente a la terraza.

Le gustó. Poder salir al exterior desde su habitación era un lujo que ni Dana ni Quinn tenían en sus habitaciones. Era un privilegio que solo ella parecía que iba a tener. Un golpe de suerte más, pensó.

Un escritorio, un armario, un tocador, un pequeño sofá y varias perchas repartidas por la estancia era todo lo que había en el interior. Más la cama, que al igual que las del otro apartamento, era dobles.

Colocar y ordenar su ropa iba a ser la primera tarea de su nueva vida, y estaba dispuesta a ello cuando recordó que había algo más importante que llevar a cabo en ese instante, cuando Quinn aún dormía.

Solo era un detalle, pero esperaba que fuese lo suficientemente importante, como para que no pasara desapercibido. No dudó en sacarlo de la caja en la que Michael lo había transportado sin siquiera ser consciente de ello, y llevarlo hasta la cocina, dónde debía estar dispuesto para ser utilizado.

Dana salía de la ducha justo en ese instante.

—¿Y eso? —preguntó deteniéndose frente a ella, cubierta por la ya famosa toalla que días antes había tenido el placer de descubrir.

—Mi pequeña aportación a esta casa —respondió Rachel sonriente.

—Oh, pero no tenías que traer nada. Aunque como ves, no tenemos tostadora.

—Por eso la compré. Fui testigo de lo que pasó con la que teníais, y ayer vi que seguíais sin ella. En una casa tiene que haber una tostadora.

—Oh…Genial. Es todo un detalle, y no sabes lo que te lo vamos a agradecer. Tienes pan en esa despensa, y la mermelada, o lo que le quieras poner, está en la nevera.

—Ok, pero creo que antes de empezar a utilizar vuestra comida, debería pagar mi mensualidad.

—No te preocupes por eso. Todo ese tema lo lleva Quinn, así que lo hablas con ella cuando despierte. Pero mientras no te quedes sin desayunar. ¿Ok? Además, seguro que Quinn también quiere tostadas.

—Perfecto. Gracias, en cuanto se despierte, hablo con ella.

—A ver si lo hace pronto —masculló regresando hasta su habitación—, no tengo ni idea de a qué hora llegó, y cuando se despierta tarde, está de mal humor.

—Será interesante tener una primera conversación con ella como compañera y que esté de mal humor.

—No es algo que te recomiende, la verdad. Pero puedes estar tranquila, —se detuvo en la puerta de su habitación—. Da la casualidad de que tú le caes muy bien, así que dudo que pague su ira matutina contigo —añadió regalándole un guiño de ojos justo antes de entrar en el cuarto. Y Rachel sonrió a sabiendas del doble sentido que llevaba aquella afirmación.

No lo dudó. Tras un par de segundos pensativa, decidió hacer caso a Dana, y comenzó a preparar el que iba a ser su primer desayuno en la nueva casa. Y que, con suerte, iba a compartir con Quinn.

Apenas 5 minutos más tarde, Dana regresaba al salón, perfectamente vestida y lista para abandonar la casa.

—Oye, me tengo que marchar, ¿vas a estar hasta que se levante Quinn?

—Eh…sí —espetó al tiempo que colocaba las primeras rebanadas de pan en la tostadora nueva—. Quiero ordenar mi habitación, y me va a llevar un par de horas mínimo.

—Ok, pues le dices que me he ido con Michael, y que comeré con él. ¿De acuerdo?

—Claro, yo le aviso —respondía sonriente.

—Perfecto, pues luego te veo…Recuerda que celebramos mi cumple y estás invitada a la cena —le dijo acercándose la puerta—. Adiós, Rebecca…

—Adiós, Dana —se despedía Rachel sin apenas tiempo a nada más.

Ahora sí. En ese instante en el que Dana abandonaba la casa, supo con certeza que, si se quedaba completamente a solas, a pesar de saber que Quinn dormía a escasos metros de ella. Algo que iba a aumentar sus nervios. Unos nervios que no iban a desaparecer de ella en toda la mañana, y mucho menos cuando apenas unos cinco minutos después de que Dana se marcharse, el movimiento regresaba a la casa. Fue sentir la puerta la habitación de la Quinn abrirse, y notar como su corazón empezaba a latir con tanta fuerza, que temía que pudiese escucharlo.

Rachel se detuvo. No habló, no dijo absolutamente nada ni se movió, simplemente la observó al verla aparecer completamente despeinada, y con su ya inconfundible pijama, formado por una sencilla camiseta y unas braguitas.

Quinn caminaba despacio, guiándose por la pared que dividida las habitaciones hasta que llegó justo a la puerta de su habitación, la que había pertenecido a Santana y que ahora permanecía abierta.

—¿Dana? —espetó buscando alguna respuesta desde el interior de la habitación—Mmm, ¿estás haciendo tostadas?

—Hola Quinn —susurró Rachel logrando que el desconcierto se adueñase de su rostro adormilado.

—¿Rebecca?

—Sí, Rebecca Green. Tu nueva compañera de piso.

—Oh…¿Ya…ya te has mudado? —cuestionó guiándose por su voz hacia la pequeña barra que dividía la cocina.

—Sí. Hace menos de una hora que estoy aquí.

—¿Y por qué no me has avisado?

—No era necesario.

—Claro que sí, te podría haber ayudado.

—Ya lo hizo Michael. Vine muy temprano, porque el Sr. Robinson me pidió que abandonase el piso antes del mediodía, y Michael estaba despierto. Apenas hemos tardado cinco minutos en traer todo.

—Vaya…pero, aun así, deberías haberme avisado. Tenía que darte la bienvenida al menos.

—Ya me la estás dando.

—Ya, claro. Recién levantada, casi dormida y con medio pijama puesto —se lamentó, y Rachel no pudo evitar dejar escapar una pequeña risotada al tiempo que veía como se sentaba en uno de los taburetes—. No te rías. Probablemente sea la peor bienvenida de la historia.

—Tranquila, no soy chica de protocolo, así que me vale que me des la bienvenida así.

—Ok. Si te conformas con tan poco, tú allá. Ya sabes que, en esta casa, igual te encuentras a Michael andando desnudo por el salón, o Dana te deja decenas de cajas repartidas por el suelo. Verme a mi en pijama es lo más normal que vas a ver en esta casa —añadió divertida.

—Supongo que me acostumbraré a todas esas cosas.

—Bien…Mmm, ¿estás haciendo tostadas? —preguntó curiosa.

—Sí, aunque es tarde para desayunar, pero bueno, Dana casi me obligó a que lo hiciera.

—¿Dónde está?

—Se acaba de marchar con Michael, me ha dicho que te avise de que no van a comer aquí.

—¿No? ¿Van a comer juntos? —cuestionó incrédula— Mmm, algo está pasando—espetó sonriente.

—¿Por? ¿No comen nunca juntos?

—Eh…sí, bueno, depende. Ya sabes que ellos están en una relación extraña, ¿no?

—Algo me has comentado.

—Supuestamente están enfadados.

—Michael le ha dicho algo de su regalo de cumpleaños.

—Ah…bien, entonces tiene sentido, apuesto a que se han reconciliado —sonrió traviesa—. Oye… ¿Cómo estás haciendo las tostadas? —preguntó extrañada.

—¿En la tostadora?

—¿Qué tostadora? No tenemos tostadora.

—Ya sí. Me he encargado de traer una…ah y con sensor de humo, si las tostadas se queman, se apaga sola.

—Oh. Es el mejor invento del mundo —bromeó—, pero no tenías que traer nada.

—Me gusta aportar mi granito de arena. Es bueno no llegar con las manos vacías, y como vi que aún no habíais repuesto la anterior, pensé que era buena idea.

—Es la mejor idea. Sobre todo, porque llevamos unas semanas haciéndolas en una sartén. Y como comprenderás, no es lo mismo.

—Pues a partir de ahora, las tostadas en la tostadora.

—Me parece perfecto. ¿Sabes? Me encantan las tostadas.

—¿Eso es una indirecta para que te haga el desayuno? —cuestionó tras percibir el divertido tono con el que habló Quinn, y la sonrisa contenida que seguía dibujando con sus labios.

—Eres tú la que me has dicho que no te gustan los protocolos. Si hubieses dicho que si, sería yo quien debería hacerte el desayuno. Pero como dices que no lo sigues, no me importa que lo hagas tú —añadió divertida.

—Ok. Estoy empezando a sorprenderme. Tanto Dana como Michael me han advertido de tu supuesto mal humor matutino. Veo que no es cierto, intuyo que estás de muy buen humor…

—Has tenido suerte.

—¿Ah sí? ¿Por qué?

— He dormido tanto que es imposible no estar de buen humor.

—Vaya, pues no sabes cuánto me alegro… ¿Cuántas tostadas quieres?

—Me conformo con una. Es tarde para desayunar, como bien dices —respondía entusiasmada—. ¿Tienes ya tus cosas en la habitación?

—Sí, ahora solo me falta ordenar el caos que he creado ahí dentro.

—¿Traes muchas cosas?

—No, pero siempre es un fastidio organizar, y es lo único que he estado haciendo durante los últimos días.

—Bueno, si quieres te puedo echar una mano.

—No estaría mal. Yo te hago el desayuno y tú me ayudas a organizar mi habitación.

—Si crees que puedo, lo haré.

—Claro, claro que puedes, pero antes, mejor desayunamos.

—Sí, aunque permíteme que al menos vaya a ponerme unos pantalones, y a por algo más a mi habitación —le dijo justo cuando abandonaba el asiento, y dirigía sus pasos hacia la habitación. Rachel no dudó en seguirla con la mirada.

Hecho que volvía a acelerar su corazón. Le bastaron cinco minutos de una entretenida y distendida conversación, mas un paseo de ida y vuelta a su habitación, con su aspecto desaliñado y encantador, para ser consciente del gran sacrificio que iba a suponer para ella colarse en vida. Quedarse allí, junto a ella durante tantas horas, días e incluso semanas, y no dejarse llevar. Y no caer en el deseo, en el anhelo que durante años había ido guardando por ella.

—No sé si has hablado con los chicos acerca de algunas normas que tenemos —le dijo alzando la voz desde su habitación, e irrumpiendo en la pequeña batalla mental que la mantuvo paralizada por algunos segundos.

—Pues…No, no he hablado mucho con ellos, la verdad.

—Ok. Pues me temo que voy a ser yo quien te de las instrucciones —replicó regresando a la cocina, ya con un par de shorts cubriendo sus piernas—. En primer lugar, te diré que en esta casa hay una norma esencial, algo que todo el mundo debe cumplir sin excepción alguna.

—Ok —respondía un tanto nerviosa, viendo como Quinn volvía a tomar asiento en uno de los taburetes— ¿De qué se trata?

—La norma principal, es que no hay normas.

—¿Cómo?

—No hay normas que seguir, porque si ponemos normas, no siempre se cumplen. Y cuando no se cumplen, aparecen los conflictos. Así que solo hay que tener en cuenta algo muy importante; respeto. Todos respetamos el espacio del otro, de esa forma nos respetaran a nosotros. ¿Entiendes?

—Perfectamente.

—El salón, el baño, la cocina y la terraza son zonas comunes. Es ahí donde tenemos que tener respeto. Por ejemplo, Michael es un gran aficionado al rugby y cada vez que juega su equipo favorito, lo ve en la televisión grande del salón. Nosotras siempre nos quejábamos, pero hemos aprendido a respetar que él quiera ver el partido, al igual que él me deja a mi ver películas, bueno, mejor dicho, me dejaba —recapacitó—. Y yo dejo que Dana vea esos programas de construir y decorar casas que tanto le gustan.

—Entiendo. No será un problema para mí. Apenas veo la televisión.

—Sucede igual con el baño. Por la mañana cada uno tiene un horario distinto, Michael casi siempre es el primero que se va, por lo tanto, es el primero que lo utiliza. Son pequeños detalles que han hecho que la convivencia sea buena, y procuramos no cambiar. A menos que suceda como el otro día en el que Dana tenía prisa y Michael no lo sabía. Son hechos puntuales que, por norma general, no suelen pasar a menudo.

—Ok. Todo claro.

—Bien. Toma, ésta es tu llave de entrada…Y esta es la de tu habitación —le dijo ofreciéndole sendas llaves.

—¿Habitación? —preguntó curiosa al tiempo le dejaba la tostada sobre un pequeño plato que ya permanecía frente a la rubia.

—Sí, la habitación es la zona privada, y todos tenemos derecho a mantener esa privacidad absoluta. Al principio siempre cerrábamos las habitaciones cuando salíamos de casa. Ya sabes, éramos cuatro desconocidos, excepto San y yo, viviendo en un mismo lugar, y había algo de desconfianza. Pero con el paso del tiempo, lógicamente no se ha hecho necesario que sigamos cerrando las habitaciones. Todos respetamos el espacio, aunque he de admitir que yo entro en todas como si nada me lo prohibiera —bromeó—. Pero eso no es el punto, el punto es que tú tienes derecho a mantener cerrada tu habitación cuando quieras y como quieras. Así que ahí está tu llave.

—Ok. Ok. Perfecto. Veo que lo tenéis todo muy bien organizado.

—Te acostumbrarás pronto.

—Eh, seguro que sí. Quinn, te he dejado la tostada en el plato, frente a ti —le dijo procurando sonar dulce, tras ver como no se había percatado del gesto.

—Oh, bien. Gracias —respondía tanteando el plato—. ¿Puedes acercarme la mermelada? Está en la nevera.

—Claro, ahora mismo —se acercó hacia el electrodoméstico y no dudó en abrirlo, pero la confusión le invadió al descubrir el interior.

Cuatro baldas, tres permanecían perfectamente divididas con separadores y una libre.

—Eh…Quinn, aquí hay varios botes de mermelada. ¿Cuál cojo?

—Eso pretendía que vieses —respondía sonriente—. Como ves, la nevera está dividida. Cada uno de nosotros tenemos un lugar donde colocar nuestras cosas. Ya sabes, caprichos o productos especiales que compramos aparte con nuestro dinero, no con el que utilizamos para la compra básica —explicó—. Mi división es la primera empezando por la izquierda, la que está a continuación y que como ves está casi vacía, es la tuya. La siguiente es la de Dana y la cuarta la de Michael. No sé si tienes algún capricho o si compras algo especial, pero todo lo que compres tú por tú cuenta, lo colocas en tu lugar y nadie lo tocará. ¿De acuerdo?

—Perfectamente.

—La balda superior pertenece a todos, ahí van los productos básicos, ya sabes, lo que compramos con el presupuesto común. El momento "vamos a hacer la lista de la compra", prefiero que lo vivas en directo. Es un momento culmen de nuestra convivencia —bromeó, y Rachel supo que probablemente se creaban conflictos.

—Ok. Me parece bien.

—¿Estás de acuerdo con todo? Hay gente que lo de dividir baldas, no lo lleva muy bien.

—Yo sí. De hecho, me viene bien, porque soy bastante especial con la comida y es probable que encontréis cosas mías que no habéis visto nunca.

—¿Tan especial eres?

—Bueno, un poco sí que lo soy —respondía divertida—. ¿Mermelada de fresa?

—Sí, esa es la mía. Como comprenderás, no te iba a pedir que me trajeras eso así, sin más…Solo quería que vieses como está todo predispuesto.

—Una buena manera de aprendizaje, sin duda. Pero quiero que sepas que, si me pides la mermelada por comodidad, yo te la habría acercado igual —le dijo dejando el pequeño bote junto a su plato. Y fue la reacción de Quinn la que volvió a dejarla por algunos segundos en silencio.

No solo asumió rápidamente donde había dejado el bote, sino que Quinn comenzó un pequeño ritual que dejó a la morena completamente pasmada, por la habilidad con la que lo hizo.

El plato frente a ella, un cuchillo que atrapó sin siquiera dudar de un pequeño soporte que quedaba a su izquierda. Un vaso a la derecha, y el bote, que ella misma deslizó con suma rapidez hacia la derecha también. La tapa del mismo, tras desenroscarla, colocada al milímetro en el lado opuesto, y una servilleta que acertó a sacar de la caja con la misma rapidez y precisión con la que se adueñó del cuchillo.

Cómo era capaz hacer todo aquello sin ver, pensó Rachel sin perder detalle de todos sus movimientos. De cómo manejaba el cuchillo y lo introducía en el bote de mermelada al primer intento, y lo llevaba a la tostada sin siquiera asegurarse antes donde estaba. De cómo distribuía cada cosa encima de la mesa, y tras usarlo, lo regresaba al mismo lugar, con una exactitud pasmosa. Y no solo era aquello. También era la facilidad con la que se desplazaba por la casa. Como conseguía ducharse o peinarse sin ayuda de nadie, y vestirse. Hasta un cigarrillo era capaz de encender a la primera, y eso era algo que Rachel no lograba comprender. Que veía realmente imposible para una persona que apenas llevaba dos meses viviendo en absoluta oscuridad.

Las dudas no iban a tardar en revolotear por su mente. ¿Había exagerado Brittany al decirle que Quinn no se veía capacitada para vivir sola? ¿Para ser autosuficiente? Todo lo que había visto desde que llegó indicaba lo contrario, excepto por el temor que parecía sentir en los lugares públicos que desconocía. Incluso la había visto cruzar una de las más transitadas avenidas, y recorrerla hasta uno de los extremos sorteando todo tipo de obstáculos.

Solo su estado anímico parecía un tanto preocupante.

Quinn no era la Quinn que ella había conocido. Su actitud era completamente distinta, tanto a la inconmensurable Quinn Fabray del instituto como a la dulce chica que ella conoció en el campamento, y que más tarde pudo seguir disfrutando en Nueva York.

Aquella Quinn era distinta. Seguía manteniendo su personalidad, pero terriblemente camuflada por una máscara que pretendía mostrar para hacer creer que todo iba bien. Quinn se volvía vulnerable, se sentía frágil cada vez que no lograba sortear los escasos obstáculos que se interponían ante ella, o bien alguno de sus compañeros le recriminaba cualquier mínimo error que cometiese. Lo pudo comprobar el día de la quemadura, cuando Dana le reprochó su actitud, y Quinn reaccionó como nunca lo habría hecho antes; huyendo envuelta en lágrimas.

Quizás era aquello a lo que se refería Britt. Quinn solo necesitaba ayuda emocional, no física, o al menos eso aparentaba.

—Oye —fue Quinn quien rompió el breve silencio mientras degustaba la tostada—. ¿Es necesario que ordenes tu habitación ya?

—Eh…bueno, debería. Soy un poco desordenada —fingió—, pero me gustaría tener al menos las cosas en su lugar para saber dónde están.

—Va…

—¿Por?

—No, por nada.

—No habrías preguntado si no fuese por algo.

—Mmm, nada. Solo era por si te apetecía acompañarme.

—¿Acompañarte? ¿Dónde?

—Bueno, ¿recuerdas que te dije que iba a comprar un regalo para Dana?

—Ajam.

—Pues no lo hice.

—Cierto, te dije que yo podría acompañarte.

—Ajam, pero no es por eso por lo que no fui, es simplemente que me di cuenta de que iba a ser una odisea comprar algo que ni siquiera he visto.

—¿Entonces no tienes regalo para Dana?

—Iba, iba a ir a comprarlo hoy.

—Ok. Pues yo te acompaño.

—¿De veras? Hey, no si tienes otros planes o no te apetece, no quiero que lo hagas por…

—No, tranquila. Mi único plan de hoy es ordenar mis cosas en la habitación, y como ya te he dicho, no es algo que se me dé muy bien. Así que puedo acompañarte todo el tiempo que quieras.

—Genial. Yo, yo me comprometo a ayudarte a ordenar cuando volvamos, ¿te parece bien?

—¿En serio?

—Claro. Tú por mí, yo por ti —musitó esbozando una divertida sonrisa que terminó contagiando a Rachel.

—¿Y tienes alguna idea de lo que le puedes comprar?

—Sí, sé que hay un reloj que le gusta mucho, y bueno, la última vez que lo vi fue hace 4 meses. Y no sé si aún está en la tienda.

—Ok. Pues iremos a por ese reloj, o lo que surja —replicó adoptando también el mismo tono divertido—. Además, yo también debería comprarle algo. Me ha invitado a la cena de esta noche.

—Oh, pues entonces genial. Vamos a tener un día movidito. Será mejor que vaya a ducharme. Me han entrado unas ganas terribles de salir ya. Debe hacer un día espléndido —añadió mostrando un halo de ilusión que volvía a pillar por sorpresa a Rachel.

—Perfecto. Vamos, cuanto antes termines, antes salimos. Yo aprovecharé para ir ordenando algunas cosas en mi habitación —le dijo sabiendo que aquel plan improvisado había logrado sacar a relucir el mejor humor de Quinn. Y por supuesto, había aplacado sus nervios.

Quinn no volvió a hablar, y aun con la mitad de la tostada en sus manos, fue directa hacia el baño, dónde se encerró para ducharse. Apenas tardó cinco minutos en terminar aquella acción, y correr directa hacia su habitación, no sin antes llamar la atención de Rachel, que, desde su habitación, pudo ver la divertida carrera que Quinn llevaba hasta su propia habitación. Divertida para Quinn, no para ella. Que, a pesar de ser consciente de la capacidad de la rubia, sentía como su corazón se detenía cada vez que intuía algo de peligro para ella. Justamente lo que Dana tantas veces le recriminaba.

Ver como llegaba sana y salva a su habitación, y se encerraba en ella envuelta en la toalla y con una sonrisa plantada en su rostro, logró que volviera a relajarse. Y que el buen humor siguiera instalado también en ella.

Un buen humor que también estuvo presente en Quinn gran parte de la noche que había pasado junto a sus compañeros, pero no justamente gracias a ellos. Fue a la vuelta, tras dar por finalizada la aburrida cena, cuando su estado de ánimo cambió. Como siempre solía sucederle cada vez que la encontraba en su buzón.

Una carta. Otra más, y con esa ya era la novena.

Era habitual encontrar cartas en su buzón, por supuesto, pero no aquel tipo de carta. De hecho, empezó a serlo justamente después de su accidente, y que iba dirigida hacia ella. Lo sabía a pesar de no poder leerlas Le bastaba tocar la textura del papel del sobre, para saber que era una de esas cartas misteriosas que había empezado a recibir cada viernes, desde que perdió la visión, y de las que solo Santana sabía de su existencia.

La primera, con fecha del 1 de mayo, aún merodeaba por su mente como un mantra.

"No necesitas los ojos para ver, es suficiente con sentir."

1ª carta para Lucy Quinn Fabray:

Poco a poco, vas caminando, vas soñando.

Miles de senderos, ninguno el acertado.

No te preocupes princesa de Ohio.

Prometo encontrar el paraíso por ti,

Prometo regalártelo.

Fue la primera y la que mas confusión le creó. De hecho, estuvo a punto de deshacerse de ella al creer que simplemente alguien estaba gastándole una broma. Pero aquellas palabras, parecían guardar algo más. Y poco a poco, el desconcierto al volver recibir una carta cada viernes, comenzó a convertirse en una extraña sensación. En algo que le transmitía ilusión, y algo de anhelo, que lograba cambiar su humor. Que lograba hacerla sentirse bien.

No llegaban firmadas, por supuesto, pero su instinto la llevaba a pensar directamente en ella. En Rachel. Porque estaba convencida de que era obra suya. De que solo Rachel haría algo así para ella.

Fue guardándolas una a una, y conservando en secreto sus sospechas incluso con Santana, que solo se limitaba a leerlas una sola vez cuando las recibía. Aquella última recibida, la novena, permanecía sin abrir sobre su escritorio, esperando el regreso de su querida amiga.

—¡Rebecca! —exclamó llamando la atención de la morena, tras sentir sus pasos por el salón.

—¿Ya estás lista? —cuestionó acercándose hacia la habitación, asomándose tras la puerta.

—Eh…Sí, solo me falta un pequeño detalle. ¿Puedes…puedes abrochar los botones de mi vestido? No…no consigo llegar —se giró dejando a la vista la espalda descubierta frente a Rachel, que no dudó en entrar y acercarse lo suficiente para llevar a cabo tal operación.

—Bonita habitación —musitó lanzando una mirada a su alrededor.

—Oh, gracias. Me acabo de dar cuenta de que no conocías mi pequeño mundo —respondía completamente halagada.

—No, no lo conocía.

—Pues bienvenida a mi mundo —añadió divertida, y Rachel sonrió.

Efectivamente, era su mundo. Entrar en la habitación era revivir la primera vez que lo hizo cuando Quinn la invitó a su casa a recibir clases particulares de dibujo. Aquella habitación tenía mucho que ver con la habitación que había dejado en Lima, y poco o nada que ver con la que tuvo mientras vivió en New Haven.

Lo tuvo claro. Quinn tenía allí su hogar, sin duda, y Rachel se alegró de que así fuera. Que Quinn se sintiese cómoda en un lugar, era algo muy bueno, a pesar de que aquello la obligaba a estar separada de ella. Si había algo que la morena había aprendido durante todo aquel tiempo en el que ambas estaban peleadas, era que la felicidad de la rubia, también era la suya y si en aquella ciudad era feliz, ella lo sería.

Pero aquella sensación de bienestar al entrar en la habitación, se esfumó rápidamente al ser consciente de lo que ya tenía ante ella.

Solo eran ocho los botones que aparecían frente a ella, y sintió como se convertían en toda una odisea.

No era la primera vez que la ayudaba a abotonar un vestido. Ni a ella, ni a Jennifer o cualquiera de sus amigas. De hecho, llegaba a ser incluso algo habitual si compartías casa con mas chicas. Pero Rachel no fue consciente de lo que suponía volver a revivir un momento como aquel, después de todo lo que les había sucedido. Después de tantos años anhelando volver a tenerla así, a escasos centímetros de ella. Y lo supo justo en ese mismo instante, en el que Quinn se recogía el pelo para permitirle que pudiese cerrar todos y cada uno de los botones sin impedimento alguno. Fue justo en el instante en el que su espalda quedaba descubierta, y una fuerza sobre humana la atraía hacia ella. Fue justo en ese instante en el que volvía a observar su cuello, sus manos enredadas en el pelo, y el olor que desprendía tras la ducha la embargaba. Fue justo en el instante en el que sus manos rozaban a consciencia la piel de la chica, y no podía contener el temblor repentino que la acusó. Fue justo en el instante en el que se acercó tanto a su cuerpo, que incluso podía percibir su calor.

Algo que Quinn pudo percibir perfectamente. No solo sentía como los dedos de Rebecca iban salvando los botones de forma ascendente, con una delicadeza exquisita, sino que también sentía como su cuerpo se acercaba más y más a ella. E inexplicablemente, una sensación de satisfacción que ya casi había olvidado, la inundó. Satisfacción por saber que volvía a ser ella, por sacar su lado mas seductor, y saber que era capaz de conquistar a quien se propusiera.

Que Rebecca estaba interesada en ella, ya no era un secreto. Su forma de actuar, sumado a las "casualidades" que las habían llevado a juntar en contadas ocasiones desde que se encontraron por primera vez, daban sentido a las palabras de Santana y María.

—Algún día me contarás tu secreto para tener unas manos tan suaves —susurró. Y lo hizo de tal forma que Rachel no fue capaz de cerrar el último botón sin mantener el pulso firme.

—No…no hago nada concreto —respondió con apenas un hilo de voz.

—¿No? —añadió curiosa al tiempo que dejaba caer su melena, y comenzaba a girarse sobre sí misma— ¿Me permites? —cuestionó invitándola a que le permitiera posar su mano sobre las de ella.

Pero Rachel dudó. Volvía a ser consciente de la cercanía entre ambas, y el tono de voz utilizado por Quinn la puso en alerta.

La conocía. Sabía cuales eran sus armas de seductora y conquistadora nata, y las estaba usando justamente en ese mismo instante, con ella.

—No…no tienen nada de especial —masculló tratando de quitarle importancia, mientras permitía que tomase su mano.

—Mmm —susurró Quinn al notar la extremidad sobre su palma y no dudó en acariciarla, palparla con delicadeza. Dejando a un lado la excusa de percibir la suavidad de sus manos, para simplemente, conseguir un mayor acercamiento con ella—. Son perfectas. No puedo verlas, pero apuesto a que son hermosas.

Alerta, pensó Rachel, que en ese preciso instante llegó incluso a escuchar sonar una alarma en su cabeza, obligándola a detener lo que estaba a punto de suceder. Porque estaba segura de que iba a suceder. De que iba a caer en su trampa, y lo haría con todo el deseo. Sin remordimientos.

—Será, será mejor que nos marchemos, ¿no? —reaccionó tras obligarse a rememorar todas y cada una de las advertencias que tanto Kurt como Jennifer le dijeron. Y llamándose a sí misma Rachel en continuas ocasiones, para hacerle recordar que no existía. Que Rebecca no era mas que una mentira que debía desaparecer— Deberíamos aprovechar el buen día que hace…

—Tienes razón —respondía Quinn tras soltar sus manos con delicadeza, y esbozando una satisfactoria sonrisa mientras se hacia con el bolso para abandonar la habitación—. Podríamos almorzar fuera —añadió deteniéndose junto a la puerta.

La había puesto nerviosa, y eso era primordial para saber que todo lo que pensaba sobre aquella chica, era cierto. Iba a ser más sencillo de lo que esperaba, y cada vez se sentía más y más segura de dar ese paso que tanto deseaba, aunque no fuese con la persona que tanto había anhelado.

—Eh, claro… Claro —tartamudeó Rachel, que aún seguía paralizada en mitad de la habitación.

—¿Vamos? —preguntó Quinn ya en el salón principal, y Rachel suspiró. Lanzó una nueva mirada a su alrededor, tratando de encontrar una serenidad que no parecía querer adueñarse de ella, y menos aun cuando descubrió la carta sobre la mesa de escritorio.

No lo dudó. Dio varios pasos hasta colocarse frente a él y observó como la carta permanecía perfectamente cerrada sobre la mesa.

—¡Vamos, Rebecca! —volvía a reclamar su atención— Me muero de ganas por salir.

Rachel rozó el papel con sus manos, y lanzó una mirada hacia el espejo que, justo al lado del escritorio, se mostraba sobre un pequeño tocador.

—Rachel, por favor…—susurró de forma imperceptible, mirando su propio reflejo en el espejo— Vuelve a Nueva York, y deja en paz a Rebecca.