CAPITULO 21

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Aurea y la anciana se repartieron el trozo de pan y lo comieron sentadas junto al fuego del pequeño hogar. Cuando Aurea estaba tragando el último bocado, se abrió la puerta y entró un hombre alto y huesudo. El viento cerró de un golpe la puerta después que él entró.

¿Cómo te va, madre? —dijo, saludando a la anciana.

Volvió a abrirse la puerta y entró un hombre con los pelos de punta, como los vilanos del diente de león.

Buenas noches tengas, madre —dijo.

Entonces entraron otros dos hombres, sus espaldas azotadas por el viento. Uno era alto y bronceado, el otro gordo y de mejillas rubicundas.

Hola, madre —saludaron al unísono.

Los cuatro hombres se sentaron junto al fuego, y mientras lo hacían, se agitaron las llamas y el polvo giró como un remolino alrededor de sus pies.

La anciana miró a Aurea sonriendo, enseñándole las encías sin dientes.

¿Ya has adivinado quien soy? —le preguntó—. Ellos son los Cuatro Vientos y yo soy su madre.

DeEl príncipe Cuervo

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A la mañana siguiente Bella estaba soñando con un bebé de ojos verdes cuando la despertó el sonido de una risueña voz masculina en su oído:

—Nunca había visto a nadie dormir tan profundamente.

Los labios le acariciaron desde el lóbulo de la oreja hasta la mandíbula.

Sonriendo se acurrucó para apretarse más a su cálido cuerpo y descubrió que no estaba ahí. Desconcertada, abrió los ojos, y lo vio de pie junto a la cama, ya vestido.

—¿Qué…?

Él le puso un dedo en la boca para impedirle hablar.

—Chss. Voy a ir a ver a Gerard. Volveré tan pronto como me sea posible. Entonces haremos planes. —Se inclinó a besarla y a ella se le desperdigaron los pensamientos—. No dejes mi cama.

Y salió antes de que ella pudiera contestar. Suspirando, se dio la vuelta y continuó durmiendo.

Cuando despertó, una criada estaba descorriendo las cortinas. La chica la miró mientras se estaba desperezando.

—Ah, está despierta, señora. Le he traído té con panecillos frescos.

Bella le dio las gracias y se sentó para coger la bandeja. Vio un papel doblado junto a la tetera.

—¿Qué es esto?

La criada se acercó a mirarlo.

—No lo sé, señora, seguro. Un chico vino a dejarlo y dijo que era para la señora de la casa.

Acto seguido la criada hizo su reverencia y se marchó.

Bella se sirvió té en la taza y cogió la nota. Estaba algo sucia, pero la habían sellado con cera, aunque no se veía ni nombre ni dirección. La abrió con el cuchillo para la mantequilla y se llevó la taza a los labios mientras leía la primera línea.

Bajó la taza golpeando el platillo.

Era una misiva de chantaje.

Continuó leyendo el horrible mensaje. El autor la había visto en la Gruta de Afrodita y sabía que se había encontrado con Edward ahí. Con palabras groseras amenazaba con decírselo a la familia Gerard, añadiendo que ella podía impedir ese desastre acudiendo al salón de la Gruta de Afrodita esa noche a las nueve en punto. Debía llevar cien libras ocultas en un manguito.

Dejó a un lado la misiva y se quedó contemplando el té que se estaba enfriando y sus moribundos sueños. Sólo un momento antes había visto muy cerca la felicidad. Casi la tuvo en la mano, casi sostuvo sus alas agitadas. Y de pronto se escapó y echó a volar, dejándola con la palma vacía, sosteniendo solamente aire.

Una lágrima le rodó por la mejilla y cayó en la bandeja con el desayuno.

Aun en el caso de que tuviera cien libras, que no las tenía, ¿qué impediría al chantajista volver a exigirle una suma igual? ¿Y otra? ¿Y otra? Incluso podría elevar el precio de su silencio. Si se convertía en la condesa de Masen sería un blanco de primera clase. Y no cambiaba nada que Edward estuviera en ese mismo momento rompiendo el compromiso con la señorita Gerard; ella quedaría igualmente deshonrada si el resto de la sociedad se enteraba de sus visitas a la Gruta de Afrodita.

Y peor aún, Edward insistiría en casarse con ella de todos modos, a pesar del escándalo. Sería la causa de su deshonra y un desastre para él y para su apellido; el apellido que significaba tanto para él. De ninguna manera podía hacerle eso. Sólo le quedaba una salida; marcharse de Londres y dejar a Edward. Inmediatamente, antes que él volviera.

No se le ocurría ninguna otra manera de protegerlo.

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La cara de sir Richard se cubrió de un peligroso matiz de rojo; parecía estar en inminente peligro de sufrir un ataque de apoplejía.

—¡Rechaza a mi hija por una, una…!

—Viuda de Little Battleford —terminó Edward, antes que el hombre encontrara un epíteto menos apropiado para Bella—. Sí, señor.

Estaban en el despacho de sir Richard, mirándose.

La sala apestaba a humo de tabaco rancio. Las paredes, que ya eran de un sucio color amarronado, estaban más oscurecidas aún por vetas de hollín que comenzaban a media altura y subían hasta perderse en la oscuridad que ocultaba el cielo raso. Sólo había una pintura al óleo, que colgaba sobre la repisa del hogar, ligeramente ladeada; era una escena de caza, en que unos perros blancos con manchas beis estaban acosando a una liebre; a pocos instantes de ser desmembrada, mostraba serenos sus ojos negros planos. Sobre el escritorio había dos copas de cristal tallado hasta la mitad de un coñac que sin duda era muy fino. Ninguna de las dos copas se habían tocado.

—Ha jugado con el buen nombre de Sylvia, milord —dijo sir Richard casi a gritos—. Le haré pagar esto con su cabeza.

Edward exhaló un suspiro. La discusión estaba resultando más fea de lo que había supuesto. Y la peluca, como siempre, le picaba. Era de esperar que el viejo no pretendiera retarlo a duelo. Crowley no le permitiría olvidarlo jamás si se veía obligado a batirse en duelo con el gordo y gotoso baronet.

—La reputación de la señorita Gerard no sufrirá en absoluto a causa de esto —dijo, en el tono más apaciguador posible—. Declararemos que fue ella la que me rechazó a mí.

—Le llevaré a juicio, señor, ¡por romper el compromiso!

Edward entrecerró los ojos.

—Y lo perderá. Tengo infinitamente más fondos y contactos que usted. No me casaré con su hija. Además —continuó, suavizando la voz—, un juicio sólo serviría para poner el nombre de la señorita Gerard en boca de todo Londres. Ninguno de los dos desea eso.

—Pero el compromiso con usted le ha impedido aprovechar esta temporada para encontrar un marido adecuado —dijo sir Richard, y le tembló la carnosa papada que le colgaba bajo el mentón.

Ah, así que ese era el verdadero motivo del malhumor del hombre. Le preocupaba menos el nombre de su hija que la perspectiva de financiarle otra temporada. Edward sintió lástima de la chica por tener ese padre, pero pasado un instante vio la oportunidad y la aprovechó.

—Naturalmente, deseo compensarle la decepción.

Se acentuaron las arruguitas en las comisuras de los codiciosos ojillos de sir Richard. Edward elevó una oración de acción de gracias a cual fuera el dios que lo protegía. Había estado muy cerca de tener a ese hombre por suegro.

Veinte minutos después, Edward salía a la luz del sol que bañaba el pórtico de la casa Gerard. El viejo había sido un negociador astuto para el regateo. Como un regordete bulldog con los dientes enterrados en el extremo de un hueso que se negaba a soltar, había gruñido, tironeado y agitado furiosamente la cabeza, pero al final habían logrado llegar a un acuerdo. En consecuencia, él tenía los bolsillos bastante más livianos, pero estaba libre de la familia Gerard. Lo único que le quedaba por hacer era volver a casa a ver a Bella para hacer los planes para la boda.

Sonrió de oreja a oreja. Si se mantenía su suerte, ella estaría todavía en su cama.

Silbando bajó corriendo la escalinata en dirección a su coche.

Antes de subir al vehículo se detuvo un momento para quitarse la peluca y tirarla al suelo, y mientras el coche se alejaba, miró por la ventanilla y vio que un trapero se la ponía. La peluca empolvada en blanco, con sus rígidos rizos a los lados y en la coleta, hacía un raro contraste con la ropa sucia y la cara sin afeitar del hombre. El trapero se agachó a coger las varas de su carretilla y reanudó la marcha muy satisfecho.

Cuando el coche se detuvo delante de su casa, Edward ya iba canturreando la melodía de una cancioncilla indecente. Libre del compromiso con la señorita Gerard, no veía ningún motivo para convertirse en un hombre casado dentro de un mes; o dentro de dos semanas, si obtenía una licencia especial.

Una vez en el vestíbulo, entregó su tricornio y su capa al lacayo y subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Todavía le faltaba el consentimiento de Bella, pero después de esa noche estaba seguro de que ella no tardaría en capitular.

Al llegar al rellano echó a andar por el corredor.

—¡Bella! —Abrió la puerta de su dormitorio—. Bella… —Se detuvo en seco. Ella no estaba en la cama—. ¡Condenación!

Entró en la sala de estar por la puerta de comunicación. Tampoco estaba ahí. Exhaló un suspiro, exasperado. Volviendo a su dormitorio, fue hasta la puerta, asomó la cabeza y llamó a Dreary con un grito. Después comenzó a pasearse por la habitación. ¿Dónde podía estar? La cama estaba hecha, las cortinas descorridas. Se había apagado el fuego del hogar. Debía de haber salido de la habitación hacía un buen rato. Vio el libro rojo de Elizabeth sobre la cómoda; encima había una hoja de papel doblada.

Acababa de alargar la mano para cogerla cuando entró Dreary en la habitación.

—¿Milord?

—¿Dónde está la señora Swan?

Cogió el papel doblado; por un lado estaba escrito su nombre, con letra de Bella.

—¿La señora Swan? Los lacayos me informaron que salió de la casa alrededor de las diez.

—Sí, pero, ¿adonde fue, hombre? —preguntó, desplegando el papel y comenzando a leer.

—Sólo sé eso, milord. No dijo donde…

La voz del mayordomo se convirtió en un zumbido de fondo mientras Edward iba comprendiendo las palabras escritas en la nota.

«Lo siento mucho… debo marcharme… Tuya siempre, Bella.»

—¿Milord?

Se ha marchado.

—¿Milord?

Lo había dejado.

—¿Se siente mal, milord?

—Se ha marchado —musitó Edward.

Dreary continuó hablando y luego debió marcharse porque, pasado un rato, Edward descubrió que estaba solo. Se sentó en el sillón junto al fuego apagado, solo. Pero claro, hasta hacía muy poco, a eso era a lo que estaba más acostumbrado.

A estar solo.

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La diligencia crujió y saltó al pasar por un bache del camino.

—Aay —exclamó Maggie, friccionándose el codo, que se había golpeado con la portezuela—. El coche de lord Masen tiene mejores ballestas, seguro.

Bella manifestó su acuerdo con un murmullo, pero en realidad no le importaba. Debería estar haciendo planes; debía decidir adonde ir cuando llegaran a Little Battleford; debía pensar en cómo reunir un poco de dinero. Pero le resultaba tremendamente difícil pensar, y más aún hacer planes. Era muchísimo más fácil mirar por la ventanilla y dejar que la diligencia la llevara donde fuera. Sentado frente a ellas roncaba el único otro ocupante de la diligencia, un hombrecillo flaco con una peluca gris caída sobre una ceja. Ya estaba durmiendo cuando ellas subieron a la diligencia en Londres para comenzar el viaje, y no se había despertado ni una sola vez, a pesar de las sacudidas del vehículo y las frecuentes paradas. A juzgar por el olor que emanaba de él, una fuerte mezcla de gin, vómito y cuerpo sin lavar, no despertaría ni que sonaran las trompetas anunciando la Segunda Venida. Y no es que a ella le importara mucho si despertaba o no.

—¿Cree que esta noche estaremos en Little Battleford? —preguntó Maggie.

—No lo sé.

La chica suspiró y se tironeó el delantal.

Bella sintió pasar por ella un leve sentimiento de culpa. No le había dicho a Maggie que se marchaban de Londres cuando la despertó esa mañana. En realidad, prácticamente no le había dicho nada desde que salieron de la casa de Edward.

Maggie se aclaró la garganta.

—¿Cree que el conde nos seguirá?

—No.

Silencio.

Bella la miró. Maggie tenía fruncido el entrecejo.

—Yo creía que usted se iba a casar con él muy pronto —dijo la chica, aunque formuló la afirmación en forma de pregunta.

—No.

A Maggie le temblaron los labios.

—Eso no es posible, ¿verdad? —dijo entonces Bella, en tono más suave—. ¿Un conde y yo?

—Lo es si él la ama —dijo la chica muy seria—. Y lord Masen sí. La ama, quiero decir. Todo el mundo lo dice.

—Uy, Maggie —dijo Bella, desviando los ojos hacia la ventanilla, porque se le empañaron.

—Bueno, pues, es posible —insistió la chica—. Y usted ama al conde, así que no entiendo por qué volvemos a Little Battleford.

—El asunto es más complicado. Yo sería… un lastre para él.

—¿Un qué?

—Un lastre. Como una piedra de molino colgada a su cuello. No puedo casarme con él.

—No sé por qué…

Maggie no terminó lo que iba a decir ya que la diligencia empezó a entrar en el patio de una posada.

Agradeciendo la interrupción, Bella la aprovechó.

—Bajemos a estirar las piernas.

Pasando por delante del tercer pasajero, que seguía durmiendo, bajaron de un salto. En el patio, los mozos corrían de aquí para allá, ocupándose de los caballos, descargando bultos del techo de la diligencia y trayendo otros para reemplazarlos. El cochero estaba inclinado en el pescante cotilleando a gritos con el posadero. A todo el bullicio y confusión se sumaba un coche particular que también se había detenido en la posada. A la derecha varios hombres estaban inclinados junto a un caballo, examinándole un casco. Al parecer al animal se le había caído una herradura, o estaba cojo.

Bella cogió a Maggie por el codo y la llevó a situarse junto a ella bajo los aleros, para no estorbar a los hombres y muchachos que iban y venían por el patio corriendo. La chica estuvo un momento pasando el peso de un pie a otro hasta que al fin soltó a borbotones:

—Discúlpeme, señora. Tengo necesidad de usar el retrete.

Bella asintió y la pequeña criada se alejó corriendo. Entonces se puso a observar ociosamente a los hombres que estaban ocupados con el caballo cojo.

—¿Cuándo va a estar preparado por fin mi coche? —exclamó cerca de ella una voz estridente—. Ya llevo una hora esperando en esta asquerosa posada.

Bella se tensó al oír esa conocida voz. Ay, Dios, no, Lauren Mallory. Y justo en ese momento. Se aplastó contra la pared, pero ese día los hados no se andaban con chiquitas. Lauren salió de la posada y al instante la vio.

—Bella Swan. Por fin.

La mujer había fruncido tanto los labios que tenía marcadas unas feas arrugas radiales por encima y por abajo de la boca. Se le acercó y le cogió fuertemente un brazo, en gesto autoritario, y continuó:

—Me cuesta creer que haya tenido que hacer casi todo el camino a Londres para hablar contigo. Y he tenido que esperar en esta maldita posada. Ahora escucha atentamente. —Le sacudió el brazo, para dar énfasis—. No deseo tener que repetirlo. Lo sé todo de tu aventurita en la Gruta de Afrodita.

A Bella se le agrandaron solos los ojos.

—Yo…

—No. No intentes negarlo. Tengo un testigo. Y sé que ahí te encontraste con el conde de Masen. Apuntaste un poquito alto, ¿eh? Jamás me lo habría imaginado de una ratoncita tímida como tú.

La mujer se quedó pensativa un momento, al parecer curiosa, meditando eso, pero enseguida se recuperó y continuó antes que Bella pudiera poner la boca en funcionamiento.

—Pero eso no es lo importante. La parte importante es lo que te voy a decir. —Volvió a sacudirle el brazo, más fuerte—. Quiero que me devuelvas mi medallón y la carta que llevaba dentro, y si alguna vez dices una sola palabra acerca de Peter y yo, me encargaré de que hasta la última alma de Little Battleford se entere de tu indiscreción. Os echarán del pueblo, a ti y a tu suegra. Yo me encargaré de eso personalmente.

Bella agrandó más los ojos. ¿Cómo se atrevía…?

Lauren le dio una última y fuerte sacudida a su brazo.

—Espero haber hablado claro.

Dicho eso movió la cabeza de arriba abajo, como si hubiera acabado un insignificante quehacer doméstico; despedir a una criada impertinente, por ejemplo. Quehacer desagradable, pero necesario. Se giró y echó a andar para ocuparse de cosas más importantes.

Bella se quedó mirándola.

De verdad Lauren pensaba que ella era una «ratoncita tímida», una que se desplomaría de miedo ante las amenazas de la amante de su difunto marido. ¿Y acaso no lo era? Ahora mismo estaba huyendo del hombre al que amaba; del hombre que la quería y deseaba casarse con ella. Huyendo debido a una inmunda misiva de chantaje. Sintió vergüenza. No era de extrañar que Lauren creyera que podía pisotearla.

Dio un paso, alargó la mano y cogió a Lauren por el hombro; ésta casi se cayó en el sucio y embarrado suelo del patio.

—¿Qué…?

—Ah, ha hablado muy claro —ronroneó Bella, haciendo retroceder a la alta mujer hasta dejarla apoyada en la pared—. Pero ha cometido un pequeño error de cálculo: no ha pensado que a mí me importarían dos bledos sus amenazas. Y, si a mí no me importa lo que usted diga acerca de mí, bueno, se queda sin nada con lo que amenazarme, ¿verdad, señora Mallory?

—Pero tú…

Bella asintió, como si Lauren hubiera dicho algo muy profundo.

—Eso es. Pero yo, en cambio, tengo algo muy importante acerca de usted. El hecho de que usted se follaba a mi marido.

—Yo… yo…

—Y si no me falla la memoria —continuó Bella, tocándose la mejilla con un dedo, en fingida sorpresa—, vamos, eso fue hacia la época en que usted concibió a su hija menor. La pelirroja, la del pelo igual al de Peter.

Lauren aplastó la espalda en la pared y la miró como si le hubiera brotado un tercer ojo en medio de la frente.

—Ahora bien, ¿qué cree que diría el señor terrateniente acerca de eso? —le preguntó Bella, dulcemente.

Lauren intentó recuperar terreno.

—Bueno, vamos a ver…

Bella le enterró un dedo en la cara.

—No. Será usted la que vea. Si alguna vez vuelve a amenazarme o intenta amenazar a cualquiera de mis seres queridos, les diré a todos los habitantes de Little Battleford que usted se acostaba con mi marido. Lo mandaré imprimir y haré llegar las hojas a todas las mansiones, casas, casitas y chozas de Essex. En realidad, las haré llegar a todo el país. Quizás hasta tendría que marcharse de Inglaterra.

—No lo harías —resolló Lauren.

Bella sonrió, aunque no por simpatía.

—¿Que no? Póngame a prueba.

—Eso es…

—Chantaje. Sí. Y quién mejor que usted para dominar el tema.

La cara de Lauren se tornó blanca como un papel.

—Ah, y una cosa más, necesito viajar a Londres. Inmediatamente. Cogeré su coche.

Dándose media vuelta, echó a andar hacia el coche, cogiendo a Maggie por el brazo, que estaba boquiabierta ante la puerta de la posada.

—Pero ¿cómo voy a volver a Little Battleford? —gritó Lauren.

Bella no se molestó en mirar atrás.

—Puede ocupar mi asiento en la diligencia.

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Estaba sentado en un sillón de piel agrietada en la biblioteca de su casa de la ciudad, ya que no soportaría los recuerdos que le traería a la memoria su dormitorio.

Había una librería que le daba el nombre a la sala. Polvorientos libros religiosos llenaban los estantes, alineados como tumbas en un camposanto, todos sin tocar desde hacía varias generaciones. La única ventana tenía unas cortinas de terciopelo azul, corridas hacia un lado por un cordón dorado que ya había perdido su brillo. Por ella veía el contorno oscuro del techo de la casa de al lado. Momentos antes la luz roja del sol poniente perfilaba las siluetas de las muchas chimeneas sobre el techo. Pero ahora, ya se había hecho de noche afuera.

La sala estaba fría porque se había apagado el fuego del hogar.

En algún momento, no sabía cuándo, había entrado una criada para volver a encender el fuego, pero él le ordenó que se marchara. Desde entonces nadie había vuelto a molestarlo. De tanto en tanto oía murmullos de voces en el vestíbulo, pero no les hacía caso.

No estaba leyendo.

No estaba escribiendo.

No estaba bebiendo.

Estaba simplemente sentado, con el libro en el regazo, pensando, mirando al vacio, mientras lo envolvía la noche como en una tumba. Jock le había metido el hocico en la mano una o dos veces, pero puesto que él tampoco le hizo caso, al final el perro renunció y se echó a un lado.

¿Sería por las marcas de la viruela? ¿O por su mal genio? ¿Acaso no había disfrutado cuando le hizo el amor? ¿Es que él estaba demasiado absorto en su trabajo? ¿O simplemente no lo amaba?

Sólo podía ser eso. Tan poca cosa y sin embargo lo era todo.

Si a ella no le importaba su título, su riqueza, ¡buen Dios!, su «amor», no tenía nada más que ofrecerle. ¿Qué la había impulsado a marcharse? Esa era una pregunta que no lograba contestar. Una pregunta que no podía dejar de hacerse. Lo envolvía, lo consumía, se había convertido en lo único que importaba. Porque sin ella, no había nada. Su vida se extendía ante él en tonos grises, fantasmales.

Solo.

Estaba solo, sin nadie que le tocara el alma como se la tocaba Bella; sin la compleción que le daba ella. Sólo se había dado cuenta de eso después que ella se marchó: había un inmenso agujero en su ser sin ella.

¿Podría un hombre vivir con ese vacío dentro de él?

Pasado un rato sintió vagamente un alboroto de voces fuertes en el vestíbulo. Las voces se acercaron. Se abrió la puerta de la biblioteca y apareció Crowley.

—Ah, esto sí que es un buen cuadro —dijo el vizconde, cerrando la puerta. Dejó la vela que traía sobre una mesa y su capa y su sombrero en una silla—. Un hombre fuerte, inteligente, abatido por una mujer.

Edward no se movió, ni siquiera giró la cabeza para mirar al intruso.

—Tyler, vete.

—Me iría, muchacho, si no tuviera conciencia. —La voz de Crowley resonó extrañamente en la sala—. Pero resulta que tengo, conciencia, quiero decir. Condenada molestia.

El vizconde fue a arrodillarse junto al hogar frío y comenzó a amontonar trocitos de yesca.

Edward frunció un poco el ceño.

—¿Quién te ha enviado?

Crowley se acercó el cubo con el carbón.

—Tu anciano ayuda de cámara. ¿Davis se llama? Estaba preocupado por la señora Swan. Parece que le ha tomado cariño, más o menos como un polluelo impresionado por un cisne. Puede que haya estado preocupado por ti también, pero eso es difícil saberlo. No logro entender por qué sigues manteniendo a esa criatura.

Edward no contestó.

Crowley apiló delicadamente los carbones alrededor de la yesca. Era raro ver al refinado vizconde haciendo un trabajo tan sucio. A Edward ni se le habría ocurrido que supiera encender un fuego.

—¿Cuál es el plan, entonces? —preguntó Crowley, mirándolo por encima del hombro—. ¿Continuar sentado aquí hasta que te congeles? Eso es un poco pasivo, ¿no?

—Tyler, por el amor de Dios, vete y déjame en paz.

—No, Edward. Por el amor de Dios, y por ti, me quedaré.

Frotó el pedernal con el acero, saltó la chispa, pero la yesca no prendió.

—Se ha marchado. ¿Qué quieres que haga?

—Pedirle disculpas. Comprarle un collar de esmeraldas. O no, en el caso de esta dama, cómprale más rosales. —Cayó una chispa, prendió la yesca y una llamita comenzó a lamer los carbones—. Haz cualquier cosa, hombre, pero no quedarte sentado aquí.

Edward se movió, por primera vez, y el movimiento fue incómodo para sus músculos inmóviles tanto tiempo.

—Ella no me desea.

—Bueno, eso es una falsedad absoluta —dijo Crowley, incorporándose y sacando un pañuelo del bolsillo—. La vi contigo, recuerda, en la charla de Biers. La dama está enamorada de ti, aunque sólo Dios sabe por qué.

Se limpió las manos con el pañuelo, dejándolo negro, se quedó un momento mirando el estropeado cuadrado de seda y luego lo arrojó a las llamas.

Edward giró la cabeza hacia el otro lado.

—Entonces, ¿por qué me ha dejado? —masculló.

Crowley se encogió de hombros.

—¿Qué hombre conoce la mente de una mujer? Yo no, desde luego. Tal vez dijiste algo que la ofendió, casi seguro que la ofendiste, en realidad. O igual ella le tomó una repentina aversión a Londres. O —se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un papel cogido entre dos dedos—, podrían haberla chantajeado.

Edward se enderezó bruscamente y cogió el papel.

—¿Qué? ¿Qué quieres de…?

Se le cortó la voz, leyendo la maldita misiva. Alguien había amenazado a Bella. A su Bella.

Levantó la vista.

—¿Dónde diablos encontraste esto?

Crowley le enseñó las palmas abiertas.

—Davis otra vez. Me lo dio en el vestíbulo. Al parecer lo encontró en la rejilla del hogar de tu dormitorio.

—¡Ese maldito hijo de puta! —exclamó Edward, arrugando el papel hasta convertirlo en una bola, y arrojándolo al fuego—. ¿Quién es este hombre?

—No tengo ni idea. Pero debe de frecuentar la Gruta de Afrodita para saber tanto.

—¡Santo Dios! —Edward se levantó de un salto y metió los brazos en la chaqueta—. Cuando acabe con él no podrá visitar ni a una puta barata. Le arrancaré los cojones. Y después iré a buscar a Bella. ¿Cómo se atrevió a no decirme que alguien la amenazaba? —Se interrumpió, asaltado por un repentino pensamiento, y se giró a mirar a Crowley—. ¿Por qué no me diste esa carta inmediatamente?

El vizconde volvió a encogerse de hombros, imperturbable.

—El chantajista no estará en la Gruta de Afrodita hasta las nueve. —Sacó un cortaplumas del bolsillo y comenzó a limpiarse la uña del pulgar—. Ahora son sólo las siete y media. No le veo mucho sentido a precipitar las cosas. ¿Tal vez podríamos comer algo antes?

—Si no fueras tan útil de vez en cuando —gruñó Edward—, ya te habría estrangulado.

Crowley guardó la navaja y cogió su capa.

—Ah, sin duda. Pero sería agradable llevar por lo menos un poco de pan y queso en el coche.

Edward lo miró enfurruñado.

—Tú no vienes conmigo.

El vizconde se arregló el tricornio mirándose en el espejo del lado de la puerta.

—Pues, me temo que sí. Y Harry también viene. Está esperando en el vestíbulo.

—¿Por qué?

—Porque, mi querido amigo, esta es una de aquellas ocasiones en que podemos ser útiles. —Esbozó una sonrisa feroz—. Vas a necesitar padrinos, ¿no?