Capítulo 11
La lluvia fría congelaba sus huesos.
Sakura tiritaba como tiritaban las otras dos, mientras pensaba si habrían seguido bien el camino hacia Stirling, cuando, sonriendo, preguntó:
—¿Y decías que no iba a llover?
—Decía... —afirmó Iramet empapada.
Poco después, en un determinado punto del camino, vieron unas luces y un cartel en el que ponía Stirling. Eso hizo sonreír a Sakura. Una vez en el hogar de Iramet, se resguardarían de la lluvia, podrían llenar sus tripas y, después, ella y Shizune continuarían su camino.
Sin tiempo que perder, la joven pelirosa se volvió y preguntó:
—¿Por dónde hay que tirar para ir a tu casa?
La muchacha, resguardada por la manta, miró a su alrededor. Ella no era de Stirling. Y, tras unos segundos de incertidumbre, murmuró:
—Pues... no... sé...
—Pero ¿cómo no vas a saberlo? —musitó Shizune.
Iramet sonrió con apuro. Se retiró el agua que le corría por la cara e indicó:
—Está todo tan oscuro que..., bueno...
Aquella duda en sus palabras y en su mirada hizo que Sakura maldijera y, sin ningún filtro, gritara:
—Maldita sea. ¡Nos has mentido! ¡No vives en Stirling, ¿verdad?!
Iramet no contestó, y Sakura gruñó enfadada:
—Mira, no tengo tiempo para jueguecitos tontos de niñas tontas. Tengo prisa por regresar a mi casa y...
—¿A Noruega? —preguntó Iramet.
Shizune, al oír eso, miró a su niña y, sorprendida, preguntó en noruego para que aquélla no la entendiera:
—¿Qué le has contado? ¿Te has vuelto loca?
Sakura resopló.
—Shizune, no me mires así y, tranquila, no pasa nada. Y en cuanto a ti —se quejó mirando a Iramet—, te quedarás aquí. No pienso seguir cargando contigo.
—Ay, no...
—Ay, sí... —la imitó la pelirosa.
—No..., no me puedes hacer eso —gimoteó Iramet asustada.
—Pues lo voy a hacer.
—Pero... pero si te he regalado el anillo de la amistad...
—Te lo devuelvo —gruñó aquélla.
—¡No!
—¡Sí!
—No puedes..., eres mi hermana.
—Yo no soy tu hermana.
—¡Lo eres! —insistió aquélla bajándose del caballo, con tal celeridad que cayó de culo hacia atrás. Su inutilidad cada vez era más patente, y se sintió tonta. Tremendamente tonta.
Mojada, empapada, y ahora sucia de barro, Iramet comenzó a llorar a moco tendido, mientras gritaba:
—¡¿Qué voy a hacer?!
Sakura resopló al verla y murmuró sacudiendo la cabeza:
—Venga..., ¡a llorar!
—¡Moriré... sola..., descuartizada!
—Y lo peor de todo, ¡despeinada! —se mofó ella mirándola.
Oír eso redobló los lloros de Iramet. No sólo se sentía tonta. El comentario de Sakura le hacía ver que ella también la veía así.
Shizune maldijo. Nadie debía saber la procedencia de su niña. Pero, al ver las lágrimas de la joven, que en el suelo lloraba, se acercó con el caballo a Sakura y murmuró en noruego para que la otra no la entendiera:
—Hija, esa desastrosa muchacha no puede quedarse sola.
—Lo sé... —afirmó ella en el mismo idioma—. Es que... es que... ¡la mataría ahora mismo!
—¡Sakura!
—Por su culpa estamos aquí, cuando tengo tantas cosas que hacer. Pero no..., aquí estamos, perdiendo el tiempo con una niña caprichosa y malcriada que... que...
—Bueno, hija, cálmate —la cortó Shizune.
Sakura asintió, era lo mejor, y, enfadada, gruñó:
—¿Y qué hacemos con ella? No se deja ayudar y...
—Tú tampoco te dejas ayudar —la cortó.
Las palabras de Shizune y su mirada la hicieron resoplar. Ella no necesitaba ayuda, y, suspirando, miró a Iramet, que seguía llorando. Sintió la dureza con que la había tratado, cuando ella era siempre tan cariñosa con ella, e indicó hablando en gaélico:
—Deja de llorar.
—No puedo... No puedo...
—Puedes. Inténtalo —afirmó ella.
Iramet paró.
Tragó el nudo de emociones que tenía en la garganta, pero segundos después sollozó:
—Soy... soy una torpe.
—Pues sí.
—Soy una calamidad.
—Sí, otra vez.
—No... no soy como tú.
—No. No lo eres —asintió Sakura.
—Y... y, si me dejas sola y desamparada en los... los caminos, voy a morir. ¡Voy a morir sola y sin nadie que sujete mi mano en mi último momento!
Sakura suspiró. El dramatismo de aquélla era tremendo, y, bajándose del caballo para estar junto a la rubia, cuchicheó mirándola:
—Olvidas algo.
—¿Qué olvido?
Shizune, que conocía muy bien a su niña y aquel tono de voz, sonrió, cuando Sakura añadió:
—Olvidas que hice un juramento de hermana, y a una hermana nunca se la abandona. Y menos cuando prometí enseñarte a manejar el hacha y a ser valiente.
Oír eso hizo que la barbilla de Iramet temblara con más intensidad.
—Pero si vas a llorar más —se apresuró a decir la pelirosa—, te juro que...
—Ay..., Sakura... —la cortó—. ¡Muero de amor por ti!
Y la joven rubia se levantó del suelo de un salto y la abrazó. Aquel abrazo tan lleno de necesidad, cobijo y amor le llegó al corazón a Sakura, que, una vez se separaron, dijo mirándola a los ojos:
—Deja de morir de amor y sé realista, ¿vale? —La joven rubia asintió y ella añadió—: Vendrás con nosotras, me contarás de lo que huyes y me dirás dónde está tu hogar, ¿entendido?
Iramet, secándose las lágrimas, que además de la lluvia inundaban su cara, respondió:
—En... en Inverness.
—¿Seguro? —insistió aquélla.
Ella asintió y, con un gesto compungido, afirmó:
—Esta vez no te miento. La pelirosa, sin entender bien su gesto, le limpió las lágrimas de su bonito rostro.
—Vamos, señorita Muero de Amor —la apremió—, sacúdete el barro, sube al caballo y busquemos el camino hacia Inverness. —Y, después, hablando en noruego, murmuró—: ¡Niña torpe!
Sin dudarlo, Iramet hizo lo que le pedía y, una vez montó sobre su animal, olvidando sus lloros, musitó mientras los dientes le castañeteaban:
—Un caldo calentito nos vendría muy bien.
—Muy bien —afirmó Shizune tiritando también.
—¿Y si vamos y...?
—No, Iramet —la cortó Sakura subiéndose a Unne.
—Pero...
—No —volvió a cortarla. Y, al ver cómo la miraba, aclaró entre temblores —: No tenemos dinero, y yo no tengo fuerzas para matar a nadie, ¿entendido?
Oír eso la asustó.
¿Por qué era tan salvaje aquella muchacha?
Retomaron el camino en silencio. Pero aquella paz duró poco, cuando la joven, tiritando, se quejó:
—¡Qué frío tengooooooooo!
—Y lo seguirás teniendo, por mucho que te quejes —replicó Sakura.
—Es que no lo puedo remediar —insistió temblando.
—Yo también tengo frío.
—Pues dilo.
—¿Para qué? —gruñó Sakura—. ¿Acaso puedes hacer algo por cambiarlo?
Iramet negó con la cabeza. Aquélla tenía razón, debía ser más dura y dejar de quejarse.
—Como diría mi padre —cuchicheó a continuación la pelirosa—, en ocasiones es mejor callar que ser callado.
Shizune sonrió. Aquellas dos jóvenes no podían ser más diferentes. Y entonces Iramet susurró, consciente de la lección que le había dado:
—¡Por lo menos, parece que deja de llover!
