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— Oikawa, espera…
— ¿Mmh?
Pese a las palabras sospechosamente suaves en el tono agitado de Iwaizumi, Oikawa no se detuvo. Tampoco era que estaban haciendo la gran cosa; luego de que Iwaizumi terminara su jornada laboral, ya en el atardecer, había ingresado en el bosque en el punto en el que ambos solían encontrarse para ir luego a las cercanías del arroyo donde Iwaizumi se le había declarado a Oikawa hacía poco más de una semana. El lugar era tranquilo, poco transitado por los animales y criaturas mágicas y, lo más importante para Oikawa, bastante lejos de su propio territorio y del de los Elfos.
Sin embargo, sin bien a Oikawa le agradaba oír todo lo que Iwaizumi tuviese para comentarle, desde su trabajo hasta el detalle más nimio que quisiese contarle acerca de su interacción con otros humanos, había ocasiones como aquellas en las que se exasperaba un poquito.
Había esperado que, luego de aquella declaración y solicitud de matrimonio tan humana y amorosa de su parte, Iwaizumi pasara a la acción. No es que Oikawa estuviese desesperado o necesitado, pero aquello habría sido el siguiente paso en su relación, ¿no? Luego de un par de días, Iwaizumi no había traspasado la barrera de los besos y los abrazos. Quizás alguna caricia un poco más íntima que aún resultaba siendo tímida para ambos y, pese a los intentos de Oikawa de avanzar un poco más en la cuestión, Iwaizumi parecía resistirse a ello.
¿Por qué? No podía comprenderlo, porque Iwaizumi tampoco exteriorizaba el motivo. En esos momentos parecían estar estancados en la misma situación; Iwaizumi había comenzado a hablar y, luego de un tiempo prudencial que Oikawa ya había comenzado a cronometrar en su cabeza, se había acercado al humano y comenzado lo que él llamaba "preliminares para distender a Iwaizumi". ¡Tampoco era nada osado! Solía olfatear su cuello, acariciar su brazo y adosarse a su torso. Luego, quizás, si Iwaizumi no se encontraba reacio, podía atreverse a depositar algún beso sobre su cuello, sobre sus labios y, tal vez, si se hallaba de buen humor, le permitía pasar su lengua ligeramente sobre su piel.
Aquel había sido uno de esos buenos días en los que Iwaizumi había estado receptivo a sus caricias; envalentonado, Oikawa había hecho lo que cualquiera en su posición hubiese resuelto: se había subido a horcajadas sobre Iwaizumi, obligándolo a recostarse sobre el suelo cubierto de césped y hojas secas. Y el otro no había puesto objeción alguna, no al menos hasta que había intentado desvestirlo.
— De verdad, detente.
Iwaizumi tomó a Oikawa por sus brazos, presionando suavemente. Éste, un tanto confundido y frustrado se detuvo, aún sobre Iwaizumi.
— ¿Qué sucede, Iwa-chan?
— No podemos hacer algo así aquí, Oikawa. Ten un poco de decoro.
Al estudiar su rostro, Oikawa notó el leve sonrojo que teñía las mejillas de Iwaizumi, resultándole como mínimo, tierno. Acarició su rostro con el dorso de su mano, inclinándose sobre él mientras depositaba un beso corto sobre sus labios.
— ¿Decoro? No estamos haciendo nada malo.— volvió a jalar de las prendas de Iwaizumi y éste, ya un poco ofuscado, sostuvo sus manos fuertemente.— ¿Ahora qué sucede?
— ¿Acaso no me oyes? No quiero hacerlo aquí.
— Iwa-chan, estamos en el bosque. Ningún humano va a vernos, tampoco ninguna criatura. Yo me encargo de eso.
— Estamos en medio de la nada, maldita sea.— en ese momento, Iwaizumi se apoyó sobre sus codos, la expresión de rostro ya fastidiada.— No puedo concentrarme así.
— No tienes que concentrarte en nada. Sólo tienes que hacerlo.
— Me cago en la naturalidad con la que lo dices. No puedo.
Al oírlo tan decidido, Oikawa detuvo sus intentos de convencerlo, sentándose aún sobre Iwaizumi con cada pierna a los costados de su cuerpo. Parpadeó un par de veces intentando centrarse en lo que el otro le decía. Finalmente suspiró, un tanto apesadumbrado.
— Iwa-chan.
— Qué.
— ¿Tu renuencia no tendrá que ver conmigo, verdad?
— ¿De qué hablas?
— ¿Hay algo en mi cuerpo que no te resulte atractivo?
— Oikawa, alto ahí.
Iwaizumi se deshizo de su agarre y se sentó a su lado, en el suelo. Tomó el rostro de Oikawa con sus dos manos y lo imitó, depositando un suave beso sobre sus labios. Luego chasqueó la lengua probablemente al notar la expresión contrariada, un tanto compungida en el rostro de Oikawa.
— No hay nada malo contigo. Soy yo el del problema, te lo estoy diciendo.
— Pero no entiendo cuál es el problema.
— ¡No quiero estar revolcándome en medio del bosque!.— ante el grito de Iwaizumi, Oikawa parpadeó, un tanto asombrado.
— ¿Te da pena que nos apareemos aquí?
— ¿Que nos…? Oikawa, maldito seas, me pones más nervioso. Pero sí, viene por ahí.
Ambos guardaron silencio, Iwaizumi un tanto avergonzado, Oikawa pensativo. A Iwaizumi lo que le molestaba era sentirse expuesto; ahora que lo pensaba, tenía sentido. Los humanos solían mantener sus intimidades en el mayor de los secretos, ocultos en sus hogares. Le resultó curioso que Iwaizumi aún mantuviese ese tipo de costumbres, sobre todo porque sabía que nunca había mantenido relaciones sexuales con ningún miembro de su especie. Aún así, la inhibición estaba allí y se planteaba como un problema real, tangible. Oikawa no podía llevar a Iwaizumi a su hogar, eso estaba claro. Vivía bajo tierra, en las grutas que se hallaban en una profundidad del bosque que Iwaizumi no conocía; nunca lo había llevado porque aquel no era un ambiente propicio para un humano, además de que no deseaba para nada que ningún miembro de su especie hiciera contacto con Iwaizumi.
Cavernas descartadas. ¿El bosque? También, allí no había nada que se le pareciera a lo que Iwaizumi estaba buscando. Lo máximo que Oikawa podía brindarle era un campo de protección invisible pero, en su fuero interno, sabía que no podía realizar hechizos tan avanzados como los magos y ocultarlos completamente.
¿La ciudad? ¡¿La ciudad?!
No, aquello era inaceptable. Estaba completamente fuera de discusión, no podía exponerse y mezclarse con los humanos. Por supuesto que ahora tenía herramientas más que suficientes para defenderse en caso de un posible ataque, pero no tenía deseo alguno de pisar suelo humano. Sin embargo, la curiosidad dormida que sentía por conocer la vivienda de Iwaizumi comenzó a despertar, otra vez.
¿Oikawa, pensando en ir a la ciudad para complacer las inseguridades de Iwaizumi?
Sí, ya lo estaba pensando, y lo hacía de manera inconsciente. Dentro de sus posibilidades actuales, era lo único que tenía a mano, fácil, práctico y rápido.
Torció el gesto de su rostro al comprender que estaba a punto de aceptar su desgracia. Iban a tener que conversar aquello seriamente.
— Oye, lamento no ser como tú. Me gustaría...podemos intentarlo, de todos modos.— el tono apenado y culpable de Iwaizumi se dejó oír en el silencio mientras el cerebro de Oikawa parecía a punto de estallar.
— ¿Quieres que vayamos a tu casa?
Lo dijo, finalmente lo hizo. Lo había dicho en un susurro arrepentido, casi esperando que Iwaizumi no lo hubiese oído. Lo vio fruncir el ceño, parpadear un par de veces. La mano de Oikawa aún descansaba entre las de Iwaizumi; presionó su palma en un intento por hacerlo reaccionar, porque Iwaizumi parecía haberse perdido en el más allá.
— ¿Cómo has dicho?
— Que si quieres que vayamos a tu casa.
— Pero tú no quieres ir a la ciudad. No quieres salir de aquí, Oikawa.
— Puedo hacer una excepción.— fue el turno de Oikawa para ponerse incómodo. Otros segundos pasaron sin que ninguno de los dos agregase nada.
— ¿Quieres dormir conmigo ésta noche?
La voz de Iwaizumi se volvió más grave al descender su tono; se había acercado al oído de Oikawa sin que éste lo notara y al escucharlo, captó el doble sentido de sus palabras. Un escalofrío ansioso recorrió su espalda, sonriéndole.
— Claro, Iwa-chan. Lo que sí...no creo que logremos demasiado, no estoy en mis días fértiles.
— Voy a hacer de cuenta que no oí eso.
— ¿Por qué no? Quiero darte hijos, ¿cuál es el problema?
— ¡Oikawa, cierra la boca!
Oikawa no pudo evitar reír a carcajadas al ver el tono casi violáceo en el rostro de Iwaizumi. Se incorporó del suelo y ayudó al otro a imitarlo. Sus ojos miraron más allá de los árboles, del bosque en sí. Ya estaba comenzando a anochecer.
— Ve a tu casa, Iwa-chan. En la noche me tendrás allí.
— ¿No quieres venir ahora? Podemos…
— Ve.
El tono de su voz no admitía réplica. Una cosa era que accediera a ingresar a la ciudad y otra muy diferente que lo hiciera en un horario donde los humanos podrían verlo. No iba a ocultar sus cuernos, mucho menos su magia. Tampoco quería ocasionarle un problema a Iwaizumi, sabía lo rencorosos y desconfiados que podían ser aquellas criaturas deleznables.
Iwaizumi abrió la boca y la cerró una vez más. Oikawa vio el entendimiento cruzar en su mirada; le sonrió, infundiéndole confianza mientras presionaba otra vez su mano.
— Te estaré esperando.
Sin embargo, Oikawa debía saber que "la noche" llevaba connotaciones diferentes para ambos. Para Iwaizumi, probablemente había significado esperar a Oikawa después de la cena, antes de la medianoche. Para Oikawa, significaba la noche cerrada, luego de la medianoche. Así, las horas habían pasado y Oikawa no le prestó demasiada atención a esos detalles, considerando la noche en su conjunto. Cuando la luna estuvo en lo alto y comenzó a descender nuevamente, fue la señal que él necesitaba para saber que el momento había llegado.
Por supuesto, salir de los límites del bosque e ingresar en la ciudad desierta y en penumbras no resultó para nada difícil, pero si un tanto incómodo. No conocía las calles ni los recovecos, así como tampoco podía distinguir entre casas y "negocios". Se limitó a seguir la presencia de Iwaizumi con un simple hechizo y luego se ayudó de su olfato. Encontrar su vivienda no fue tarea sencilla; las luces se hallaban apagadas y las cortinas cerradas. Quedó de pie frente a la puerta principal, pensando si debía tocar o forzar la entrada.
Dio un par de golpes a la madera, sabiendo que Iwaizumi probablemente se molestaría si forzaba la cerradura con algún encantamiento.
Oyó sus pasos y su ansiedad escaló un poco más; finalmente, la puerta se abrió de par en par con un movimiento brusco, violento. Iwaizumi parecía bastante ofuscado del otro lado de la puerta. Oikawa enarcó las cejas, sonriéndole. Apenas llevaba un pantaloncillo de tela fina.
— ¿Me estabas esperando, Iwa-chan?
Ni siquiera esperó a que el otro lograra gesticular el insulto que sabía se estaba formando en su mente; ingresó a la casa dando dos pasos largos, se aferró al cuello de Iwaizumi y pateó la puerta, realizando un hechizo silenciador en el proceso. Tomó los labios del otro de manera ansiosa, casi desesperada. Lo oyó gruñir mientras los brazos de Iwaizumi rodeaban su cintura, apretándolo contra su torso.
— Me cansé de esperarte, estúpido.
— Lo siento, no me di cuenta.
Sin dejar de besarlo, empujó a Iwaizumi hasta que éste se vio arrinconado contra una mesa. Una vez que lograron detenerse, Oikawa se deshizo de su túnica, de su chaleco. Iba a retirar también la camisa que llevaba puesta, pero decidió que podría ser más sencillo si empleaba magia, aquello iba a ser engorroso…
La risa de Iwaizumi lo sacó de contexto, contagiándolo.
— ¿Qué?
— Vas muy rápido, Oikawa.
Si bien lo había dicho como una queja, Oikawa no percibió molestia en su voz. Su mano se había desviado de su torso descubierto hacia el sur, introduciéndose en sus pantalones sin miramientos, sin pedir permiso. Iwaizumi suspiró, farfullando un insulto cuando los dedos largos y finos de Oikawa rodearon su miembro ya más que despierto en esos momentos.
— Quiero tocarte, Iwa-chan.— otra vez, sus labios se unieron en un beso más necesitado, vehemente. Iwaizumi mordió su labio inferior, casi haciéndolo sangrar.
— Yo también quiero tocarte, pero...tienes demasiada ropa, maldición.
Aún así, sus manos se las habían ingeniado para introducirse por debajo de la tela. Oikawa se retorció sutilmente entre sus brazos al sentir sus dedos frío sobre su espalda, descendiendo hacia su trasero. Las manos de Iwaizumi se instalaron allí, presionando.
— Deja que me deshaga de ella en un momento.
— No. Quiero hacerlo yo.
Y así fue. Entre empujones, risas y algún que otro insulto, Iwaizumi lo condujo hasta su habitación. Oikawa ingresó inspirando profundamente, llenando sus pulmones del aroma de Iwaizumi. Todo allí olía a él, incluso la madera del suelo. Al recostarse en su cama, supo que había sido la mejor decisión que había tomado; la fragancia intensa de Iwaizumi lo envolvía completamente mientras se retorcía bajo el cuerpo de Iwaizumi, quien le hacía cosquillas al desvestirlo lenta, tortuosamente. Su esencia lo enardecía todavía más, necesitaba que Iwaizumi fuese más rápido, más decidido.
— Ya quita esto.— Oikawa gimió aquello lleno de frustración, luchando contra sus propios pantalones. Iwaizumi lo ayudó, pero sus manos estaban más ocupadas recorriendo la piel de sus piernas que convidándose a retirarle los pantalones.— ¡Iwa-chan!
— Déjame verte.
El cuarto estaba a oscuras; aún así, la luz de la luna se filtraba lo suficiente por la ventana como para que Iwaizumi pudiese distinguir en la penumbra que allí había. Para Oikawa aquello no resultaba ningún impedimento, y fue por eso que no objetó nada. La intensidad en la mirada de Iwaizumi era tal que lo dejó sin habla durante algunos segundos al tiempo que su cuerpo, desnudo y tendido entre las sábanas desordenadas era sometido a un profundo escrutinio.
— ¿Te gusta lo que ves?
Susurró aquello sin pena alguna, porque no conocía un sentimiento tal relacionado a ese tipo de actividades. Lo que estaban haciendo era completamente natural, pero era la primera vez que ambos estaban desnudos y entendió que para Iwaizumi ese momento representaba algo único e invaluable. Para él también, pero Oikawa lo vivía más a un plano físico, Iwaizumi a uno emocional.
— Claro que sí.— sin pudor, separó aún más las piernas de Oikawa, acomodándose entre ellas.— Eres perfecto.
— Lo sé, y todo es tuyo. Hazte cargo.
— Ten por seguro que lo haré.
Para satisfacción de Oikawa, pudo comprobar que en efecto, Iwaizumi sólo se contenía producto de la inseguridad que la exposición del bosque le generaba. Ahora, sobre su propia cama y en un territorio fiable, Iwaizumi estaba demostrando un nivel de salvajismo que Oikawa no sabía si los humanos solían manejar. Había sido muy meticuloso a la hora de cerciorarse en no lastimarlo, en hacerlo sentir cómodo; progresivamente, sus besos se transformaron en mordidas, sus dedos dejaron de acariciar y comenzaron a hundirse en su piel, sus uñas probablemente dejando marcas como las que Oikawa estaba dejando en su espalda con las suyas, sus embestidas en un principio lentas y sosegadas convirtiéndose en penetraciones certeras, profundas.
— Más...más fuerte…
— Voy a hacerte daño, idiota.— la respiración agitada de Iwaizumi chocó contra su oído mientras Oikawa enterraba todavía más sus garras en su espalda, posiblemente lastimándolo en el proceso.
— Hazlo...más adentro…
Oikawa sabía que Iwaizumi lo estaba intentando pese al temor de herirlo, pero la posición no los ayudaba demasiado. Rápidamente logró apartarlo y se arrodilló, dándole la espalda; sin tapujos, se apoyó sobre las palmas de sus manos exponiendo su trasero a Iwaizumi, quien había quedado parcialmente enajenado por la visión que Oikawa le estaba dando.
— Así es más fácil. Vamos.
— S-Sí…
No rechistó su orden ni pareció incómodo cuando Oikawa percibió la primera penetración más profunda y vigorosa que las anteriores; rápidamente, Iwaizumi logró alcanzar un ritmo más rápido y enérgico. Oikawa no iba a quejarse; mientras más violento, mejor para él. Tampoco se reprimió a la hora de demostrarle abiertamente a Iwaizumi que iba por buen camino: jadeó, lloriqueó y gimió todo lo que la posición y los movimientos sobre la cama le permitían, sin contención ni embarazo alguno. Percibía los dedos de Iwaizumi clavados en su cintura, pero luego acarició su espalda, su espina dorsal hasta su parte más inferior.
— Nunca...no me habías dicho que...que tenías…
En ese momento, Oikawa sintió a Iwaizumi jalar del apéndice que se desprendía en la parte inferior de su cintura; rió entre gemidos porque la sensación tirante le generaba cosquillas y excitación al mismo tiempo.
— ¿Que tenía cola? Bueno, tampoco me lo preguntaste.
— Es cierto.
Oikawa se acaloró un poco más al percatarse de que Iwaizumi finalmente se había entusiasmado con la idea de estar poseyendo el cuerpo de una criatura que poseía características no humanas. Jaló fuertemente de su cola fina y negra, larga y hasta ese momento enrollada en la parte baja de su espalda en varias ocasiones, sujetándose de ella como si de una rienda se tratara. Luego, le siguieron sus cuernos. Mientras sus embestidas aumentaban en fuerza y Oikawa separaba más las piernas para hacerle lugar, Iwaizumi se entretuvo tironeando de uno de sus cuernos hacia atrás en forma brusca, obligándolo a estirar el cuello en una posición un tanto incómoda.
— Eres...realmente único…
— Ya me lo has dicho, Iwa-chan…
— No mientas, no dije eso.
— Dijiste que era perfecto. Es lo mismo...ah…
Un sonoro gemido escapó de su garganta cuando Iwaizumi se ensañó con aquel punto en su interior que le provocaba un hormigueo inmensamente placentero. No le dio tregua, atacando una y otra vez ese lugar. Oikawa se aferró a las sábanas y enterró el rostro en la almohada, aspirando el aroma de Iwaizumi mientras sollozaba de placer al alcanzar el orgasmo tan deseado; su cuerpo convulsionó en pequeño espasmos para quedar flácido, relajado después. Iwaizumi no tardó demasiado en secundarlo, sosteniendo su rabo con mayor fuerza que antes. Oikawa percibió el momento exacto en el que Iwaizumi llegó a su propia liberación, llenando sus entrañas. Lamentó enormemente no hallarse en su época prolífica en ese instante, de verdad lo hizo.
— ¿Te encuentras bien?
La voz grave y tranquila de Iwaizumi lo distrajo de sus pensamientos; su cuerpo se hallaba tan relajado y realizado en esos momentos que su mente había comenzado a adormilarse después de que Iwaizumi lo hubiese acomodado a su lado, cubierto con las sábanas. Entreabrió los ojos sólo un poco, enfocando su visión en el otro.
— Estoy maravillosamente bien, Iwa-chan. ¿Y tú?
— Te amo.
Iwaizumi estaba cerca, muy cerca de su rostro. Sintió sus labios primero sobre su frente, luego sobre su nariz y por último sobre sus labios. Oikawa suspiró, abrazándose a él mientras hundía el rostro en su cuello, aún deleitándose con el aroma del otro.
— Voy a tomar eso como un sí. Ya viste, soy perfecto y único. Yo también te amo, Iwa-chan.
— Ahora te estaría odiando.
— Sigue creyéndotelo.
— Y ahora me estaría arrepintiendo.
Oikawa rió contra su piel, sintiendo el temblor en el torso de Iwaizumi que indicaba lo estaba secundando. Al sentir los dedos de Iwaizumi sobre su espalda, acariciando arriba y abajo, volvió a relajarse, el letargo cayendo sobre su mente. Nunca se había sentido tan tranquilo y protegido en su vida mientras conciliaba el sueño.
Mientras se dormía, tuvo en claro dos pensamientos. Tenía que proteger aquello a como diera lugar. Y darle un hijo a Iwaizumi, eso también.
