Advertencia

El siguiente capítulo contiene temas sensibles, tales como: abuso sexual, lenguaje explícito, contenido sexual maduro y violencia.

Se pide discreción al respecto, así como evitar comentarios desagradables.

En caso de no ser partidario de este tipo de contenido, se le ruega al lector pasar de este episodio, y seguir con el siguiente.

Muchas gracias.


—Te tardas más que una anciana —gruñó el rubio, tendido en la enorme cama, mirándole fijamente. Shoto frunció el ceño, dando media vuelta, para acercarse al tocador que adornaba una de las paredes de la habitación. —Lo que haga, no tiene que importarte; así como me vale mierda lo que hagas tú —siguió secando un poco más su cabello, dejando la húmeda toalla en la madera pulida del mueble. Ni siquiera sabía qué hacía un tocador ahí, hasta venía con un banquito, para poder sentarse al espejo. Tomó uno de los peines que había en el cajón central, solo para desenredar su cabello. —No hay necesidad de que te arregles, cariño. Así estás perfecto —soltó con un tono de burla el rubio, riendo a carcajadas ante los movimientos del omega. El bicolor bufó, ignorando lo más posible al alfa, mientras terminaba de peinar su cabello.

— ¿Para qué mierda te arreglas? En unos minutos serás un desastre de nuevo —ni siquiera notó el tono en que lo había dicho; Shoto solo apretaba la mandíbula, seguro de que el rubio estaba provocándolo. No le daría la satisfacción de responder a su actitud infantil, así que lo primero que le vino a la cabeza hacer, fue entrar al baño a dejar la toalla húmeda en el cesto de la ropa sucia. — ¿Terminaste? —un escalofrío recorrió su cuerpo, al encontrarse a Katsuki recargado en el marco de le puerta. ¿A qué hora se levantó de la cama y caminó hasta ahí? El hombre solo vestía un pantalón de pijama, sujeto a sus caderas. Volvió a fruncir el ceño, intentando pasar al lado del rubio, siendo retenido por el brazo de este. —Déjame pasar —ordeno, retrocediendo un paso, sin dignarse mirarle. — ¿Y qué pasa si no quiero? —podía escuchar la sonrisa petulante en el rostro del más bajo. — ¿Qué harás? ¿Soltarás tus feromonas de niña para hacerme ceder? —no supo que le crispó más, el insulto, o la fuerte carcajada que escapó de la boca del rubio. De igual forma, no le dio buena espina.

Intentó quitar la mano de Bakugo para poder pasar, pero el más bajo no cedió ni un poco. —Déjame pasar —insistió, esta vez, atreviéndose a verlo. Y lo que notó, le provocó un escalofrío por todo el cuerpo. Katsuki mordía su labio, paseando descaradamente la mirada carmesí por el cuerpo del bicolor, como si intentara descifrar la silueta bajo el holgado pijama. —Te dije que no siempre estarías rodeado de gente que te salvara, ¿no es así? —su voz sonaba más ronca que antes, y un olor amaderado llegó a su nariz, haciéndole tragar saliva al notar como el calor comenzaba a subir por su estómago. Sus manos comenzaron a temblar por el miedo, tragó saliva, cerrando los ojos, obligándose a no ceder a sus instintos ni a las provocaciones del alfa. —No necesito de alguien que me salve —soltó tan filoso como pudo, ocultando a la perfección el temblor de miedo en su voz. De nuevo esa maldita risa. —Perra que ladra, no muerde… amor.

De repente, la rubia cabellera entró en su campo de visión, evitando la mirada rubí. La mano libre de Katsuki, se deslizó por su cintura, intentando palmear el torso ajeno por encima de la tela. —Suéltame —espetó el omega, apartando con fuerza las manos del alfa. El sonido resonó por el baño, sintiendo el escozor en su mejilla, con el rostro volteado luego de la cachetada recibida. — ¡Escúchame bien, maldita zorra! —Katsuki lo tomó de los brazos, sacándolo del baño, y estrellándolo contra la pared. —Te guste o no, ¡ahora me perteneces! Y quieras o no, ¡haré que me respetes, así tenga que romperte la cara a golpes!

—Puedes romperme todos los huesos si quieres, pero nunca te mostraré ni un ápice de respeto —soltó claro y lento el bicolor; ignorando el temblor en sus piernas y la imperiosa necesidad de su cuerpo de escapar de ese lugar tan rápido como pudiera. La expresión de Katsuki se fue deformando poco a poco; la burla y superioridad de sus facciones, le daban lento paso a la ira. Esta vez no fue la palma, o el puño; el dolor se extendió por toda su cabeza, aunado al escozor que el tirón en su cabello le provocaba. ¿Acaso vería su sangre decorando la pared? Esperaba que no, pero dolía como si realmente le hubiera abierto la piel del golpe. — ¡¿Cómo te atreves a hablarme así, maldita basura?! —de nueva cuenta, fue jalado por el cabello, apartándolo de la pared, y lanzándolo al suelo. Sintió la cabeza dándole vueltas, y no podía enfocar la mirada; llevó su mano a la parte trasera de su cráneo, palmeando suavemente, tensándose al sentir un líquido tibio entre su cabello. Solo era el inicio.

Podía escuchar los gritos de Katsuki, pero no entender lo que decía. Su cuerpo comenzaba a reaccionar a las feromonas del alfa, y por más que intentaba luchar contra ello, su cuerpo se encogía lentamente, comenzando a temblar tras cada golpe recibido. Pero no se dejaría subyugar. Se había prometido no someterse a los deseos de alguien más, en especial a los de aquella bestia que tenía por conyugue. En algún punto, logró plantarle cara; devolviendo un par de golpes, lo suficientemente fuertes como para hacerle trastabillar, y alejarlo de sí. Tambaleándose, se puso de pie, intentando alcanzar la puerta. — ¡¿A dónde mierda crees que vas?! ¡Aún no acabo contigo! —Katsuki lo tomó de la cintura, jalándolo, y lanzándolo contra la cama. Por un momento, agradeció caer en el colchón, pero aun así, el rebote de su cuerpo le regresó el mareo. Intentó incorporarse, siendo detenido por una mano en su cuello, apretando más de lo que debería. El pánico se apoderó de él.

Sus manos se aferraban al brazo del rubio, y todos esos años de extenuantes entrenamientos a los que su padre lo sometió, se fueron por el caño. El aire no llegaba a sus pulmones, y su cerebro solo intentaba buscar una forma de conseguir oxígeno de inmediato. —TÚ… harás lo que yo diga —la respiración de Katsuki era errática, más por la ira, que por todo el altercado causado con el omega. —Cuando yo lo diga… y como yo lo diga. Mantendrás tu puta boca cerrada, y no causarás alboroto de nuevo, ¡¿entendiste?! —soltó el agarre en Shoto, sin quitarse de encima suyo. El bicolor comenzó a toser, sintiendo un horrible ardor en la garganta, dando grandes y ruidosas bocanadas, seguidas de desesperados jadeos por poder regular su respiración. —Nunca —su voz apenas si resonó, rasposa y débil, pero contrastando con el odio en sus ojos. —No era una petición —el semblante serio de Katsuki paralizó al bicolor.

Su omega estaba aterrado ante la amenazante figura sobre él; sus extremidades ya carecían de fuerza alguna, y la cabeza no dejaba de punzarle. Y de nuevo ese maldito olor. Apenas si pudo enfocar la sonrisa torcida del alfa; el calor volvió a encender en su pecho, desplazándose hacia su abdomen. Si la pelea y el golpe en la cabeza lo habían aturdido ya lo suficiente, el aroma del alfa terminó por controlarlo. Sus ojos se abrieron con mesura al sentir la humedad entre sus piernas. El pánico se apoderó de su cabeza, su respiración se volvió errática de nuevo, dándole esa sensación de ahogo que había experimentado momentos antes; el pecho le pesaba, y se obligó a bajar la mirada, creyendo tener la rodilla del rubio obstruyéndole el paso. Nada. Pero la sensación de pesadez no se alejaba, en cambio, se le unió una molesta sensación de hormigueo extendiéndose por su pecho, subiendo a sus clavículas y tomando terreno en sus hombros. La visión tampoco ayudaba, todo le daba vueltas, las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero no podía importarle menos. Como podía, intentaba luchar contra su esposo, quien no había dudado en aprovechar el momento de debilidad y sumisión. Podía sentir la boca de Katsuki recorrer la poca piel de su cuello, dejando las marcas de sus dientes en sus hombros; la tela que cubría su torso, fue desgarrada sin cuidado alguno, mientras las frías manos acariciaban sus costillas con rudeza. Una vez más, intentó quitarse de encima aquel cuerpo, solo para sentir como sus manos eran inmovilizadas sobre su cabeza con fuerza.

—Solo para esto sirves, imbécil. Así que deja de llorar, y empieza a satisfacerme —gruñó contra su oído, antes de ensañarse con su pecho. Las lágrimas no dejaban de deslizarse por su rostro, mojando su cabello y las cobijas; su voz apenas y podía salir, haciéndole sentir una desgracia ante los gemidos ahogados que el alfa lograba arrancarle. Estaba completamente a merced del rubio, y por más que sacudiera su cuerpo, lo único que lograba era que Katsuki pusiera más fuerza en su agarre. Sus dientes marcaban cuanto podían, a modo de venganza por atreverse a colocarse ese maldito collar. Su cuerpo, ahora olía completamente al alfa. Toda su fuerza de voluntad había sido drenada, dejándolo completamente indefenso contra su atacante. El frío volvió a entrar en contacto con su piel, al momento en que Katsuki terminó por desnudarlo por completo. Sin embargo, aun a pesar de dejar de luchar contra él, el rubio no dejaba de tratarlo con rudeza.

La fuerza con la que el alfa abrió sus piernas, le devolvió a la tierra. El terror inyectado en sus ojos, mientras observaba como Katsuki se acomodaba entre ellas, con la erección palpitante en su mano. ¿Cuándo se había desnudado él también? En un desesperado acto, intentó juntar las rodillas, importándole poco si pateaba al menor en el proceso. — ¡Quédate quieto, por un demonio! —y su cuerpo se paralizó por completo, sintiéndose como muñeca de trapo bajo la voz de Katsuki. —Por favor —gimoteó, ahogándose en el miedo, negando con la cabeza, apenas aguantándole la mirada al rubio un par de segundos. El grito que reptó por su garganta se esfumó en un segundo, mientras sentía la invasión en su cuerpo. Una sola estocada, y Bakugo le había llenado por completo. Fue en ese momento, que notó lo que realmente había pasado. Ignorando sus sentimientos, su propio cuerpo había entrado en celo gracias a las feromonas del alfa; la abundante lubricación había ayudado a que el pene de Katsuki se abriera paso en su trasero, dejándole libre camino para usarle tantas veces como quisiera.

Su dignidad había sido pisoteada en tan poco tiempo, a pesar de haber luchado tanto como pudo… ¿cierto? Quizás, pudo haberse resistido más; haber golpeado con mayor precisión y más fuerza; haber dormido en una de las habitaciones vacías, aunque fuera en el frío y duro piso. Una nueva posición; el llanto lo había debilitado como nunca lo había hecho. Su voz apenas si podía tomarse como suaves gemidos provocados por el constante golpeteo a su próstata; sin embargo, la ronca voz de Katsuki llenaba la habitación, satisfaciéndose con la ayuda del cuerpo ajeno. Se sentía patético, recordando todo lo que vivió luego de aquel incidente en la secundaria, para terminar siendo completamente sometido a la voluntad de un ser tan despreciable como lo era Bakugo Katsuki. Sus manos se aferraron a las sábanas, al sentir el nudo anclándose a su carne, permitiendo que el rubio le llenara tantas veces como deseara con su asqueroso esperma.

El paso del tiempo se volvió irrelevante para él; la oscuridad reinaba en cada rincón de aquella habitación. Apenas si podía moverse entre las sábanas; y a su lado, Katsuki dormía tan plácidamente. Ni siquiera tenía fuerzas para llorar. Todas las lágrimas habían caído de sus ojos, dejando sus ojos resecos y enrojecidos; aún podía sentir el tibio líquido escurrir por su piel, aumentando el sentimiento de repudio hacia sí mismo. Ni siquiera la Luna deseó hacerle compañía en la fría noche; su corazón había sido destrozado sin piedad alguna, y ahora, los pedazos adornaban el cuello del egocéntrico alfa que roncaba al otro lado de la cama. Sin poder impedirlo, sus párpados se cerraron, dejando a su mente caer en la inconsciencia.