Antología


11. Inspiración.


Mary Ann se rio. Era una risa sin humor, un sonido que no contenía ni una pizca de honesta diversión. Pero Mary la sentía inevitable. La expresión de Sarah era una mezcla de horror, confusión, incredulidad... Y todas esas emociones estaban conjugadas en un gesto indescriptible. No que Mary pudiera culparla, desde luego, por no saber cómo reaccionar. Porque, realmente, ¿qué le dices a tu mejor amiga si un día ella te cuenta que su madre, a quien creía muerta desde que tenía nueve años, en realidad estaba viva?

Y, para colmo, no era la persona que creían todos que era.

—¿No hay comentarios? —Mary preguntó sardónicamente.

Sarah sacudió la cabeza. Abrió la boca. Luego, la cerró.

—Y yo pensando que mi hermano era el que tenía una vida loca —respondió Sarah.

El trabajo de Tim, después de todo, había servido como base para su saga de libros sobre L.J. Tibbs. Sarah sabía que algunos detalles habían sido cambiados pero también sabía, gracias a sus conversaciones con su hermano mayor, que había momentos en los que la ficción superaba la realidad.

Mary Ann le dio una mirada. —Ahora puedes competir con tu hermano, el agente especial. Puedes usar mi historia familiar para inspirarte. No, espera... Steve me dijo que nadie debe saber lo que está pasando con Doris.

Sarah hizo una mueca de simpatía, pero la conocía lo suficientemente para saber que ella no quería palabras de consuelo ni necesitaba frases hechas. Mary la vio tomarse un momento para elegir una respuesta.

—Podría ser una gran serie dramática.

Mary se rio de vuelta, genuinamente sorprendida. —Y de acción. No vas a creer toda la mierda que pasa en Hawái y las cosas que hace el equipo de mi hermano. No te he contado ni la mitad de lo que me enteré por hablar con su gente.

Sarah alzó las cejas, olvidando momentáneamente su café. —¿Tanto?

—Digamos que me alegra no tener que contarle todo eso a la asistente social. No ayudaría mucho mi caso.

Sarah vaciló por un segundo. —¿Y le has hablado a tu hermano sobre la adopción?

Mary puso los ojos en blanco pero guardó la mordaz respuesta que tenía en la punta de su lengua. Era uno de los hábitos de los que quería deshacerse para las entrevistas para la adopción. El primer paso había sido conseguir un trabajo estable. Lo que había probado ser un desafío para ella. Su currículo estaba repleto de trabajos temporales e ideas a medio concretar, sus antecedentes ya tenían una mancha por un incidente del que ella había sido víctima y su vida apenas parecía estar ordenándose. Sarah habría sido mejor opción para cualquier posibilidad en el proceso de adopción pero Mary Ann McGarrett no era Sarah McGee, pese a que ambas tenían un padre llamado John, un hermano mayor protector y eran las pequeñas hermanas desventuradas.

Y era Mary quien quería adoptar, no Sarah.

—Conozco esa mirada, Mary.

Mary se encogió de hombros. –No le dije a Steve. No es como tu hermano. El mío va a juzgarme por lo que estoy haciendo. Él siempre… Él siempre me verá como su desastrosa hermana y quiero…

Quería probarle a Steve que ella era más de lo que veían. Que podía lograr cosas por su cuenta. Que no merecía… Que ella no se había quedado estancada.

Sarah, seguramente, no podría entenderlo del todo. Ni aunque Mary se lo pudiese explicar. Su relación con su hermano era mucho mejor que la de Mary Ann con Steve. Algo que, alguna que otra vez, había pintado sus conversaciones de amargura.

Todo estará bien —dijo Sarah, firme, resoluta. Sus ojos oscuros le mantuvieron la mirada—. Siempre has logrado salir adelante, ¿sabes? Eres fuerte, Mar. Todo saldrá bien.