Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen.

SEGUNDO AÑO

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JUNIO

-Helga, mi amor – murmura contra la piel de tu cuello, su voz es tan ronca que la sientes como una caricia adicional recorriendo tu cuerpo entero, haciendote vibrar. Tu sangre bombea más fuerte contra las sienes, sientes el corazón en la garganta y un calorcito desconocido viaja a ese sitio entre tus piernas. Las manos de Arnold no detienen su camino, acariciando tus brazos, tu espalda, tu cabello; rozando suavemente tu mandíbula, jugando con los huesos de tu clavícula antes de desviarse a los costados para mimar "con descuido" tus pechos aún cubiertos. Es tan halagador sentirse deseada que la necesidad de corresponderle te lleva a explorarlo arrancando gemidos bajos con cada roce de tus yemas.

Repites su nombre como una letanía, una plegaria. Sus labios ahora se acercan a tu oreja, mordisquea el lóbulo y ese calor que apenas era una llama se torna en incendio. Ardes como aquella noche en que se besaron después de tantos años. Gimes, murmuras, suspiras; besas, chupas y muerdes todo cuanto encuentras a tu paso. Arnold hace lo mismo e introduce las manos debajo de tu playera posando sus palmas abiertas contra tu piel, calcinándote por completo. Su tacto es tan impresionante que la impaciencia por disfrutarlo más, por sentirlo en cada trozo de piel te obliga a despojarte de la tela que la cubre y la arrojas con fuerza antes de quitarle la camiseta con bestialidad.

Su piel bronceada cubre maravillosamente aquel grupo de músculos definidos. Con apenas algo de conciencia, agradeces mentalmente a los deportes que practica. Piensas que otra vez, el cabezón, no decepciona. Es como admirar una escultura: el David de Miguel Ángel, si te lo preguntan. Tu boca se seca frente a la visión, tus palmas sudan, la sensación de que algo similar a un choque eléctrico te atraviesa de arriba abajo te descoloca pero te anima a besarlo con más hambre y la respuesta que recibes es la que siempre quisiste: con tanta pasión y sensualidad que raya en lo obsceno pero sorpresivamente rebosante de dulzura y un afecto semejante al amor. O tal vez es amor.

En esta habitación, con esa enorme claraboya a través de la cual un maldito enfermo podría verlos a pesar de la oscuridad, se desvisten; te parece que no solo es la piel lo que queda al descubierto, desnudaste tu alma y te sientes tan vulnerable que tu corazón se detiene. Cuando por fin levantas la mirada, un par de ojos verdes te reciben tan llenos de la misma emoción indefensa que abandonas tus miedos y te arrojas a él haciéndolo caer de espaldas en la cama mientras a horcajadas lo inmovilizas. Sientes su excitación en tu vientre bajo: húmeda, palpitante y caliente.

Anticipación y miedo; goce y audacia.

Mueves tu cuerpo como la naturaleza o la experiencia milenaria acogida en tu ADN te lo indica. Sabes que lo estás volviendo loco, los sonidos salvajes que abandonan sus labios mientras te besa son vestigio de ello. Eso te hace sentir poderosa, osada, lo suficientemente confiada como para abandonar sus labios y besar el resto de su cuerpo, para avanzar hacia su evidente deseo por ti. No sabes cómo hacer lo siguiente, pero el afán por probar algo más que la dermis que comúnmente tocas, ves y degustas, nubla tu mente.

Saboreas esa parte de Arnold sin dejar de mirarlo, sospechas que lo haces bien cuando cierra los ojos, suspira, gime y echa la cabeza hacia atrás, tu cuerpo registra su reacción volviéndola efecto, otro relámpago te atraviesa. Tu entrepierna está húmeda, cuando lo notas la presión de tu boca aumenta quieres devorarlo por completo y, aunque no estás segura de cómo, lo logras. "¡Por Dios, Helga!" gime con los ojos abiertos de par en par. "Oh, Dios, amor, cielos, cariño…Dios", cada palabra susurrada te apremia a seguir y cuando la liberación se acerca lo escuchas suplicar con vehemencia, insinúa que está por terminar para que puedas retirarte a tiempo pero lo tomas por los glúteos aprisionándolo. Codiciosa tragas todo lo que Arnold tiene para ti: amargo, salado, viscoso y, aun así, exquisito.

"Mi Helga" repite mientras te incorpora y besa con feroz apetencia. Una mano en tu nuca asegurando tu permanencia en su boca, la otra acariciando tus pechos turgentes, arrancando gemidos con cada roce, con la forma en que pellizca (tan dulcemente) tus pezones. Te pegas más a su cuerpo, quieres más de él, quisieres saber qué tan capaz es de hacerte gritar. Como si hubieras verbalizado tus anhelos abandona tu boca para ubicarse sobre ti, se acerca a tus senos y los adora hasta que gimes más alto, gustoso avanza hasta llegar a tu ombligo que besa y succiona pero ese no su objetivo, lo sabes, sonríes traviesa cuando lo notas posicionarse entre tus piernas.

La sensación húmeda y fresca de su lengua hace estragos en tus nervios, es tan placentero lo que puede lograr con unos cuantos movimientos. Ambicionas mirarlo pero en lugar de hacerlo aprietas los ojos porque si no lo haces crees que podrías perderte lo que su bendita lengua hace contigo. Echas la cabeza hacia atrás, tal como viste que lo hizo, y sin proponértelo gimes su nombre. Es un maldito experto, sabe lo que hace el muy… el muy… ¿qué pensabas? ¡Ah sí! Que es magnífico, maravilloso, formidable, estupendo. ¡Dios, cuánta habilidad! Sientes una sonrisa asomar a tu rostro, muerdes tu labio inferior con fuerza, aprietas las manos sobre las sábanas, pero no es lo quieres sentir entre tus dedos… en esto cavilas cuando Arnold desliza entre tu sexo dos dedos y los mueve a la par que succiona y besa tu botón, esas manos que aferrabas a la cama vuelan rápidas a su cabeza, mechones de cabello rubio deslizándose entre tu dedos… ¡Eso, esa suavidad, esa seda deliciosa, era lo que esperabas sentir! Todo te abruma, te sientes como una cuerda de violín a punto de romperse. Arnold… está… Dios… él está… tú estás… Estrellas danzan detrás de tus párpados, la tensión de tu cuerpo explota, un gemido largo, salvaje y fuerte abandona tus labios, sientes espasmos. Nunca antes fue así, nunca mientras te dabas placer. Sientes la boca de Arnold formar una sonrisa… el muy bribón se jacta.

Lo apremias a subir, llenos de sudor se abrazan. Lo besas como nunca antes, con el corazón en la mano… con toda ilusión, con todo sueño, con todo lo que eres. Lo besas, aturdida por lo que acaba de suceder, feliz como nunca, satisfecha, dichosa, plena…ufana.