La Fiesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata se despertó con la grisácea luz del amanecer y escuchó el distante traqueteo de la posada. Durante unos instantes, se preguntó dónde se hallaba y por qué había dormido con la ropa puesta. Después, lo recordó todo.

Hanabi, Winchester, Naruto...

Abrió un poquito los ojos y miró hacia la cama, pero, desde el bajo jergón en el que se encontraba, no pudo ver a su ocupante. Se deslizó cautelosamente desde debajo de las mantas, ansiosa por terminar de asearse antes de que él se despertara. Se incorporó sobre el suelo en calcetines y...

Vio a Naruto sentado junto a la ventana, con los pies en el alféizar, mirándola.

—Estaba a punto de despertarte, muchacho —le dijo él plácidamente—. Ya he pedido el desayuno. Tenemos que ponernos en camino.

—Vale —dijo Hinata y se escabulló detrás del biombo.

¿Sería distinto el sonido de una mujer al orinar? Esperaba que no.

Se puso su segunda capa de ropas, la peluca, el sombrero y salió con fuerzas renovadas. Él la examinó y pareció que fuera a hacer algún comentario, pero antes de que pudiera hablar, el posadero y una doncella entraron con un copioso desayuno. Naruto se encogió de hombros y le hizo un gesto a la muchacha, indicándole que se sentara a la mesa.

Las aventuras deben abrir el apetito. Hinata pensó que, a juzgar por el aprecio que hizo al jamón, los huevos, los riñones y el pan frito, bien podía pasar por un jovenzuelo hambriento.

—Hoy deberíamos llegar a Maidenhead, ¿no? —preguntó mientras ambos rebañaban los restos de la comida de sus platos.

—Si todo va bien y el tiempo no empeora. Pongámonos en marcha.

Al cabo de media hora, salían trotando de Winchester. Los caballos que habían alquilado no eran precisamente de raza, pero parecían bastante robustos y resistentes. Tanto mejor, porque aquel día tendrían que transportar a sus jinetes durante más de treinta millas.

Había mucha humedad en el aire y Hinata se felicitó por la doble capa de ropa y el grueso manto de montar. El sol se agazapaba detrás de lóbregas nubes sin intención de iluminar los árboles sin hojas y los pelados arbustos que se erguían muy tiesos sobre la oscura tierra labrada.

Deseó que el tenebroso día no encerrara ningún augurio sobre la suerte que les esperaba.

A Naruto, sin embargo, le brillaban los ojos. ¿No había nada que hiciera a aquel hombre sumirse en la melancolía?

—Anímate —dijo él—. El día mejorará. Encontraremos a Sarutobi y pondremos fin a los problemas de Hanabi. Después, podremos ocuparnos de los tuyos.

Hinata dio un respingo sobre las riendas, haciendo que el caballo se plantara.

—¿Qué?

—Ten cuidado. Sin duda, su boca es fuerte como el hierro, pero eso no es motivo para andarla rozando. No podría enviarte de vuelta a tu encierro en la cabaña sin intentar echarte una mano. Soy un fervoroso caballero andante, ¿no te acuerdas?

—Me parece que yo no soy una damisela en apuros. Él la miró bastante serio.

—Aún así, me gustaría ayudarte. ¿Qué crimen has cometido para que te enviaran al exilio?

—La desobediencia —dijo Hinata con desolación.

—Tienes un padre tremendamente estricto.

—Así es.

—Y ¿cuánto tiempo va a durar tu castigo? Hinata no podía soportar aquello. La tentación de contarle sus penas a Naruto era demasiado grande. Le miró con frialdad.

—Mis pequeños problemas no son de tu incumbencia, milord. Cuando arreglemos lo de Hanabi, yo regresaré con Nana y tú te verás libre de ambas.

Él se mostró conforme, pero a ella no le gustó demasiado la intensa mirada que le dedicó antes de apresurar el paso.

Aquel suave galope le sacó el frío de los huesos pero no alivió el que sentía en su corazón. Su asociación tenía las horas contadas.

Hinata decidió no pensar ni en el pasado ni en el futuro y disfrutar del breve tiempo que le quedaba con Naruto. Al pensar en ello, brotó en su interior una carcajada y ella la dejó escapar. Él le sonrió y ella hizo lo mismo. El día estaba mejorando a marchas forzadas. ; Una vez más, él demostró que tenía un excelente sentido de la orientación.

Con frecuencia, se salían de la ajetreada carretera y tomaban caminos de caballos que atravesaban la campiña, siempre en dirección noreste, hacia Londres, pero vadeando las rutas principales, ya que Maidenhead quedaba al oeste de la ciudad.

El no imprimió un ritmo demasiado rápido, pero Hinata dio gracias por las numerosas horas que había cabalgado a horcajadas durante su exilio, porque, de no haber sido por eso, no habría sido capaz de mantener el tipo.

Así las cosas, cuando pararon al mediodía para dar de comer a los caballos y alimentarse ellos mismos, entró contoneándose en la posada y manteniendo la adecuada compostura.

Comieron en la sala común, donde compartieron la mesa con un carretero, un médico entrado en años y un oficinista de pálida tez.

Hinata se preguntaba porque Naruto se aventuraba a comer en público cuando podían haber alquilado una habitación privada, pero disfrutó de la experiencia. Nunca había comido en semejante compañía.

Pronto descubrió por qué Naruto había elegido aquel recinto. Por el cotilleo.

—Hay muchos militares por aquí —dijo el recio carretero, tras echar una ojeada al uniforme de Naruto—. ¿Hay algún problema con los franceses?

—Que yo sepa no —dijo Naruto—. Existe cierta preocupación en torno a la posibilidad de que la guerra en curso anime a los franceses y los jacobitas a intentarlo de nuevo, aunque desde luego no aquí, en la costa sur. De ocurrir algo, sería en Irlanda.

—Siempre andan buscando problemas —dijo el carretero y escupió, aunque sin dejar claro si se refería a los jacobitas o a los irlandeses—. De todos modos, varias patrullas nos han estado controlando a lo largo de la carretera de Londres. Algo pasa.

—Yo sé de qué se trata —dijo el doctor con rostro afligido, limpiándose los labios con la servilleta—. Una pobre dama vaga por ahí desquiciada. La viuda de un noble caballero. Y lleva con ella al heredero del aristócrata.

El carretero frunció el ceño mientras masticaba un enorme bocado de carne de buey.

—Un montón de casacas rojas por un difunto. Nunca había visto tantos, ni siquiera en el 45.

—No exagere —dijo el médico—. En aquellos días aciagos, apenas podíamos movernos sin que nos interrogaran. No es que me pareciera mal. Si por mí fuera, todos los simpatizantes de los Estuardo deberían ser ajusticiados. Me ofende profundamente saber que hay por ahí muchos tipos sueltos de los que hubieran corrido a congregarse bajo el estandarte de Charles Edward Stuart. ¡Pero, ahora, incluso tenemos a un escocés como mano derecha del rey!

El oficinista intervino en este punto para declarar que su madre era escocesa, y que no todos los escoceses eran traidores. Muy pronto la comida se caldeó con los asuntos políticos y el doctor continuó con su diatriba contra los jacobitas y lord Bute.

Cuando él médico se marchó, el carretero volvió a escupir.

—Ese hombre sería capaz de entregar a su abuela para que la ahorcaran y seguir considerándose una buena persona. Sobre todo si hay dinero de por medio.

—Pero nuestro deber es oponernos a la traición —comentó Naruto. El carretero contempló su uniforme con inquietud pero no se calló.

—Sí, pero la lucha contra la traición siempre saca a la palestra a aquellos que tienen algún agravio y a quienes pretenden humillar a otros. Muchas fortunas cambian de manos en los tiempos difíciles.

—Eso es bien cierto —dijo el oficinista con amargura—. Y muchos de los vencedores resultarían tan traidores como los perdedores si se supiera la verdad. Mirad los Campbell, por ejemplo. —Él también se puso de pie y se sacudió la ropa—. Debería estar alerta por si se encuentra con la mujer desaparecida, capitán. Yo así lo haré. Se ofrece una considerable recompensa. Y, puesto que ella estará mejor cuando la encuentren, no será dinero manchado de sangre.

—Sí, decís bien —dijo el carretero—. Pero con el estrecho cerco que hay en las afueras de Londres, esa mujer tendría que ser un hada para llegar a cualquier punto al norte de aquí. Da pena decirlo, pero un día de éstos la sacarán de algún río, con bebé y todo. —Se levantó y fue a enganchar su coche de ocho caballos para continuar su lento y largo viaje hacia Somerset.

Naruto y Hinata salieron también a pedir sus caballos. Mientras esperaban a que se los dieran, Naruto dijo:

—Me ha parecido detectar en ti cierta simpatía hacia los jacobitas, ¿es así? ¿Te ha tocado el corazón el príncipe Charlie el Bello y sus gallardos soldados montañeses? Si es así, nos hallamos en bandos opuestos.

—No, no soy jacobita. Pero, por lo que he oído, los montañeses fueron valientes y fíeles a sus ideales. Las represalias fueron demasiado severas. Demasiadas familias deshechas. Y cada vez que paso por debajo de Temple Bar y veo las cabezas que siguen descomponiéndose allí... —Se estremeció—. Como ha dicho nuestro amigo el carretero, hay sin duda muchos traidores que no han sido descubiertos, los tramposos que esperaron a ver de qué lado soplaba el viento, mientras que los hombres valientes pagaron su precio.

—Eres demasiado ingenuo, muchacho. Muchos jacobitas pensaban que se hallaban en el lado ganador. La triste verdad es que la mayoría de los hombres van a ver qué es lo que pueden sacar con sus acciones.

Mientras comprobaba la cincha y se montaba en su silla, Hinata dijo:

—¿Incluso los caballeros andantes? Naruto le dirigió una furtiva mirada.

—Incluso ellos.

Cuando cabalgaban por la carretera de Exeter, en dirección norte, el cielo volvió a encapotarse de un modo que amenazaba lluvia. En noviembre, el crepúsculo llegaba pronto, pero, aquel día, parecía que iba a adelantarse aún más.

—No tiene buena pinta —dijo Naruto, echando un vistazo al cielo. Apremió a su caballo y Hinata hizo lo mismo.

Poco después, el caballo de Naruto perdió una herradura. El soltó una retahíla de vividos juramentos en varios idiomas.

—Tendré que llevarlo hasta la próxima aldea —dijo—, y esperemos que haya herrero. A lo lejos veo una alta torre de iglesia. Creo que es una buena señal, vamos.

Empezó a lloviznar y ambos se pusieron las capuchas de sus capas.

—Dudo que lleguemos esta noche a Maidenhead —dijo él irritado—. Si hay amenaza de tormenta, será mejor que no lo intentemos. —Después se encogió de hombros—. De hecho, tal vez sea mejor así. Si paramos a pasar la noche en una aldea apartada, llamaremos menos la atención que si aparecemos tarde y llenos de barro en Maidenhead, donde sin duda el cerco es más estrecho.

Él levantó la vista, como invitándola a romper su silencio.

—Sí, tienes razón —dijo Hinata. Otra noche en la carretera. Oh, Señor.

Para cuando llegaron al pequeño pueblo de East Green, la tensión había hecho que la cabeza de Hinata estuviera a punto de estallar. Se detuvieron en el Ángel, un sencillo edificio cuadrado de la calle principal, con un pequeño patio contiguo para los carruajes. Al abrir la puerta, su cálida luz y su agradable charla se difundieron por el patio.

El cordial posadero les aseguró que quedaban habitaciones y que había un herrero en esa misma calle. Su mozo de cuadra llevaría el caballo a herrar.

No había ningún vigía evidente por allí, pero lo primero que Hinata vio dentro del Ángel fue un cartel clavado en un poste.

DESAPARECIDA. RECOMPENSA.

Y, debajo, un dibujo bastante bueno de Hanabi. Estaba sacado del retrato que le hicieron nada más casarse. Se parecía mucho, pero tenía aires de gran dama, con el pelo recogido en alto, el corpiño escotado y el cuello rodeado de diamantes.

Hinata sospechó que Hanabi, con su actual aspecto, incluso el de matrona respetable, no ya el de desaliñada sirvienta, podría estar de pie junto aquel poste sin que nadie la reconociese.

Naruto captó la mirada de Hinata y le guiñó un ojo. Ella le devolvió el gesto, sintiéndose aliviada al comprobar que la persecución tenía sus fallos.

Y el posadero había dicho habitaciones. Esta vez no la tentaría la insensatez.

Todo iba a salir bien.

Se hallaban hablando de los aposentos y la cena con el mesonero, cuando una voz bramó:

—¡Naruto Namikaze! ¡Eres tú! ¡Por todos los santos, qué caro eres de ver! ¡Creía que la habías palmado!

Se dieron la vuelta y vieron a un oficial que salía de la cantina. Su aspecto era jovial, con las mejillas decoradas con un triangulo invertido de color rojo y grandes ojos negros, pero también medía bastante más de un metro ochenta. Cuando agarró a Naruto, Hinata pensó que lo iba a romper.

—¡Inuzuka! —Exclamó Naruto, evidentemente complacido a pesar del abrazo—. ¿Qué estás haciendo en el culo del mundo?

—Aja —declaró Inuzuka —. Hoy es tu día de suerte. No necesita habitaciones —le dijo al posadero—. El capitán Namikaze se alojara conmigo en Rood House.

—¿Rood House? —Preguntó Naruto—. ¿Es tu casa?

—No, la de Yahiko. —Pasó un brazo alrededor de los hombros de Naruto y le condujo hacia la taberna, volviendo la cabeza para soltar: —¡Pónganos más ponche de ése, patrón, y rápido!

Hinata entornó los ojos y les siguió. ¿Era Naruto Namikaze conocido y querido por toda Inglaterra?

Los dos oficiales se sentaron en una mesa junto al fuego y la emprendieron con lo que quedaba de un tazón de ponche caliente. Hinata se sentó en un banco cercano.

A excepción de una rápida mirada para comprobar dónde estaba, Naruto la ignoró por completo mientras él y su amigo se ponían al día.

En la cantina, había un puñado de lugareños, ocupados en degustar la cerveza casera del Ángel. Observaron a los jóvenes oficiales con un leve y benévolo interés, y después volvieron a sus cotillees y su dominó. El sonido de las fichas calmó los nervios de Hinata.

El posadero entró presuroso con otro humeante cuenco a rebosar. Hinata lo contempló con cierta alarma. ¿Se había bebido ya aquel gigante uno como aquél? Por lo que pudo apreciar, contenía principalmente brandy y ron. En un abrir y cerrar de ojos, los dos estarían borrachos como cubas.

Inuzuka no daba ninguna muestra de fatiga mientras llenaba dos vasos con aquel líquido. Ni de falta de consideración.

—¿Va contigo? —Inquirió haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Hinata—. ¿Querrá beber?

—La respuesta a las dos preguntas es sí —dijo Naruto, repantigando se en su silla—. Pero no le pongas demasiado. Es un tierno retoño que lleva poco tiempo lejos de su madre.

Hinata hizo una mueca al oír esta descripción pero se solazó con la exquisita y aromática bebida. Notó cómo el caliente licor se le metía en la sangre y la relajaba. Apoyó la cabeza contra la pared y se negó a preocuparse de nada por el momento.

Dios, cuánto daría por tener paz, y amigos, y días normales...

Escuchaba a media la conversación de los dos hombres, pero sólo oía noticias de la guerra y anécdotas de gente que no conocía. Ambos se reían estrepitosamente de cosas que para ella no tenían la menor gracia.

Empezó a sentirse desplazada, desconectada del mundo real de Naruto. Incluso contuvo una lágrima con un sollozo. Entonces se incorporó de un respingo y contempló con recelo la bebida que había en su vaso. Cielos, ¿iría a darle una borrachera llorona?

En aquel momento, otros dos hombres irrumpieron en la taberna.

—No temas —declaró uno de ellos dramáticamente—.¡Hemos venido a sacarte de este aburrido lugar para llevarte al Paraíso!

Aquel galán de pelo naranja no llevaba uniforme, sino un magnífico y desaliñado traje de satén verde, profusamente adornado. Estaba claro que aquel era Yahiko.

—Lord Akatsuki —, el dueño de Rood House. Su acompañante era el teniente Obito Uchiha. Fue Obito quien dijo:

—¡Naruto! ¡Me habían dicho que estabas recuperado, pero me alegro de comprobarlo con mis propios ojos!

Lord Akatsuki, que estaba visiblemente borracho, tenía dificultad para enfocar la vista:

—¡Voto a Dios que se trata del mismísimo Namikaze! ¡Bendito día! ¡Tenemos una cosa más que festejar!

La escena degeneró hasta convertirse en puro griterío. Los lugareños miraban sonrientes a los jóvenes, pero Hinata frunció el ceño. ¿No era Naruto Namikaze capaz de tener presente una tarea seria si se le presentaba la ocasión de estar de parranda? Tal vez había hecho bien en acompañarle, después de todo.

La situación se resolvió de la siguiente manera: Naruto pasaría la noche en Rood House, para ayudar a lord Akatsuki a celebrar la muerte de su abuelo, acontecimiento largamente esperado que, finalmente, había hecho que el vizconde y ex capitán pasara a poseer una gran fortuna.

Naruto se llevó a Hinata a un lugar aparte.

—Si digo que no, daré más que hablar. Lo mejor será que tú te quedes aquí.

—¡No! —dijo Hinata. Sólo Dios sabía cuándo aparecería él y en qué estado.

—Estarás a salvo. Este lugar queda al margen de las rutas principales.

—Necesitas a alguien junto a ti que mantenga la cabeza fría.

—Conociendo a Yahiko, aquello será un desmadre —dijo Naruto con tajante autoridad—. Quédate aquí.

Antes de que Hinata pudiera reaccionar ante aquella orden, su conversación se vio interrumpida.

—¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí? —Preguntó lord Akatsuki con la afabilidad que produce la embriaguez—. ¿Es tu criado? ¿Dónde está Tazuna?

—Descansando —dijo Naruto—. Le molesta la pierna. Este es un muchacho de la zona que me sirve de mozo de establo. Puede quedarse aquí tranquilamente.

—¡Ni hablar! Tengo sitio para todos y mis criados están teniendo también una fiesta de campeonato. Ven con nosotros, muchacho. ¡Te saldrá pelo en el pecho y se te atiesará la parte conveniente!

Hinata se vio arrastrada hacia el carruaje de lord Akatsuki.

Le lanzó a Naruto una mirada de alarma, pero él se limitó a encogerse de hombros, aunque a ella le dio la impresión de que estaba molesto. Sin embargo, tenía razón, protestar sólo serviría para levantar sospechas.

Obito Uchiha, por ejemplo, podía reconocer al joven que había ido con la señora Inchcliffy, de ese modo, empezar a pensar en ella y en su bebé. Los cinco en el coche iban muy apretados, teniendo en cuenta que Inuzuka y Yahiko eran hombres corpulentos.

—Debería haber dejado que Hiroshi fuera en el pescante — dijo Naruto, empujando a Hinata hasta el suelo. Ella ocultó la cara entre las rodillas—. Quédate ahí abajo muchacho, déjanos a los demás movernos a nuestras anchas.

Hinata refunfuñó interiormente pero sabía que tenía que tener cuidado. Uchiha no era tonto y no parecía que estuviera bebido. Por lo menos, pensó estoicamente, el suelo del carruaje estaba cubierto por una lujosa alfombra y no por mugrienta paja, como era el caso en los coches de alquiler.

Cuando el vehículo empezó a coger velocidad, Yahiko se puso a cantar y los demás se le sumaron enseguida.

Aquí va mí canción para un hermoso pecho Tan hermoso como su dulce y hermosa dueña Ven, dame tu pecho, mi dulce pequeña Y todos mis encantos gozarás en el lecho Tríalará, trialará, lará

Hinata levantó la vista por entre la rodilla y el ala del sombrero, queriendo compartir con Naruto la diversión producida por esa tonta cancioncilla. Pero él no la estaba mirando sino que, entre verso y verso, había aprovechado para dar un buen trago de una botella. El muy puñetero, parecía hallarse en perfecta sintonía con sus compañeros.

Aquellos hombres parecían conocer una ilimitada reserva de canciones similares. Las melodías eran monótonas, las letras no eran nada poéticas y los temas eran todos lascivos. Para poder comprenderlas, Hinata tendría que haber recibido una excelente educación en asuntos picantes.

Al pensar en ello, fruncía el entrecejo. «Agujero de abajo» le pareció que había entendido, aunque no le encontró sentido a la canción en la que lo decían. Pero ¿qué significaba beber de la taza de abajo? La interpretación obvia era demasiado ridícula. De todos modos, todo sonaba ridículo.

Los hombres emitían rugidos de aprobación por ser atados de pies y manos y comidos, ¡comidos! y por tener cinco mujeres en fila. Hinata se entretuvo pensando en cuál sería el sentido de aquello.

¿Querría decir que hacían cola, se preguntaba, o que se colocaban una detrás de otra?

También bramaron para expresar su conformidad con los hombros delicados, las redondas nalgas y los enormes pechos. Hinata pensó con tristeza en apretados senos. Que en este momento estaban en una triste situación.

Cantaron las glorias de un gran y tupido matojo entre las piernas de una moza. Hinata también carecía de eso. Apenas tenía unos cuantos bucles oscuros.

En la buena sociedad, los hombres dedicaban hermosos cumplidos a los suaves labios de cereza y los brillantes ojos azul cielo. Pero ¿sería eso lo que realmente querían? Entonces, ¿qué es lo que ella tenía que ofrecer? Nada de abultadas nalgas ni espesuras entre los muslos y aunque tuviera un buen tamaño de pechos, no eran tan sorprendentes.

Ahora seguían hablando de besar un culo colorado. Eso sonaba como si a alguien le hubieran dado algún azote. Vaya, ahora cantaban cosas más normales, como labios de cereza.

¿Labios de abajo de cereza...?

Tiraron de ella hacia arriba y la empujaron fuera del carruaje. Ya habían llegado a su destino. El que la había agarrado era Naruto, que tenía pinta de estar bastante enfadado. En realidad, parecía estar hecho una furia.

—Lo siento —murmuró ella—. No se me ha ocurrido qué es lo que podía hacer para no venir.

—Tampoco a mí —admitió él. Luego, la arrastró hacia sí—. Escucha con atención. Voy a encontrar un lugar seguro para ti y, cuando lo haga, vas a quedarte allí pase lo que pase. Te prometo que si no lo haces te voy a poner el culo bien colorado. Ella le miró fijamente.

—¿Era eso lo que quería decir la canción?

El levantó brevemente la vista hacia el cielo.

—Limítate a cerrar los ojos y taparte los oídos. —Naruto la asió fuertemente del brazo, y ambos entraron en la casa.

Rood House era un hermoso edificio jacobeo, con ventanas emplomadas y empinados gabletes. Estaba hecho para la elegancia y los madrigales, pero, tras sus puertas talladas, reinaba el desbarajuste.

El acogedor vestíbulo de madera de roble con su amplia escalera estaba iluminado únicamente por un par de resplandecientes y humeantes faroles, pero lleno de gente. Algunos estaban tirados por el suelo o sobre los escalones a causa de la bebida y la lujuria.

Otros pasaban zigzagueantes por delante de Hinata con destino a otras habitaciones. A juzgar por los alaridos, los cánticos estridentes y la música discordante, aquella casa estaba siendo el escenario de una bacanal. El aire estaba saturado de humo, vapores etílicos y perfumes sudorosos.

El ruido le resultaba ensordecedor, pero fue el olor lo que hizo que la cabeza le diera vueltas. Se inclinó contra Naruto, cuyo abrazo pasó de ser represor a brindarle apoyo.

Uchiha y Inuzuka desaparecieron inmediatamente entre el gentío. Yahiko sonreía benévolamente a sus convidados y compañeros de juerga.

—Menuda fiesta, ¿no? Tu muchacho puede ir al piso de abajo y sumarse allí a la diversión.

—No —dijo Naruto—. Prefiero que se quede conmigo. Yahiko le miró con extrañeza pero se encogió de hombros.

—Entonces, venid. Os voy a enseñar nuestro teatro. Naruto no se movió.

—No me habías dicho que esto iba a ser una orgía, Yahiko.

—¿Y qué fiesta que se precie no lo es? —Su anfitrión frunció el ceño y enfocó la vista hacia ellos con cierta dificultad—. ¿Te están en tarando remilgos con la edad, Naruto?

—Es sólo que estoy preocupado por mi uniforme —dijo Naruto—. Es nuevo. ¿Hay alguna habitación en la que pueda cambiarme?

—Debe haber alguna... —dijo Yahiko con vaguedad. Una voluptuosa pelirroja se le había enganchado del brazo y se frotaba contra él. Sus senos estaban prácticamente al descubierto, pero el rostro, por encima de los sensuales labios rojos, estaba oculto tras una máscara plateada.

Sus atenciones subyugaron al anfitrión—. Este sitio es grande —murmuró—. Debe haber alguna habitación...

No era de extrañar que el hombre no pudiera articular cuatro palabras seguidas a la vista del modo en que la pelirroja lo estaba distrayendo. Hinata contuvo una risita nerviosa.

¡Si alguien la palpaba de aquella manera, estaría en apuros! Insólitamente, la mujer le resultaba extrañamente familiar. Hinata miró a su alrededor. Aproximadamente, la mitad de las mujeres llevaban máscaras. Esto parecía indicar que se trataba de damas de la alta sociedad que andaban a la búsqueda de aventuras amorosas, como se decía que ocurría en el Club Hell Fire.

—Para, chica —le dijo el anfitrión a su torturadora, dándole un manotazo en la mano invasora—. Estate quieta un segundo. —Se volvió hacia Naruto—. Sube las escaleras y búscala tú mismo. La habitación que más te guste. Búscala tu mismo... Usa lo que te parezca... —Se volvió hacia su desobediente acompañante y se olvidó de ellos.

Hinata se arrimó un poco más, tratando de identificar a la mujer… pero Naruto la apartó de un tirón.

—Te va el voyerismo, ¿no? Entonces, te he traído al lugar adecuado, ¿no es cierto?

Naruto se abrió paso en línea recta hacia las escaleras a través de la multitud borracha, y a pesar de que tres mujeres le abordaron para hacerle proposiciones. Se paró con cada una de ellas para ofrecerles amables excusas por tener que posponer su encuentro.

—¡Vaya! Vas a estar muy ocupado —dijo Hinata entre dientes. Él le apretó aún más el brazo y estuvo a punto de producirle un moretón.

—Todo por una buena causa. No queremos que nadie nos haga ninguna pregunta inconveniente, ¿verdad?

Pasaron por encima de una pareja que había perdido el sentido y permanecía abrazada. Luego, subieron por las escaleras.

Una mujer joven y sin máscara bajaba hacia ellos. La abundante pintura y los muchos lunares no conseguían ocultar las cacarañas de su rostro, pero su figura era asombrosamente curvilínea. Se estiró el corpiño un poco más hacia abajo, cosa que parecía imposible, y balanceó las caderas.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? Dos apuestos amantes para Sal. Qué suerte la mía... —Se pasó la lengua por los labios y los miró con pericia profesional. Se acercó furtivamente con la intención de apretarse contra Hinata. De su cuerpo emanaba un sudor amargo mezclado con un intenso perfume.

—Me gustan jóvenes —susurró—. Mi especialidad son los jóvenes. Deja que Sally te enseñe, encanto. —La mujer alargó la mano. Hinata la esquivó y se arrimó a Naruto.

Él la rodeó con el brazo.

La furcia sacudió la cabeza.

—¿Eso es lo que os gusta? Maldito desperdicio. Los de vuestra clase están en la biblioteca, encantos. —Y siguió deambulando escaleras abajo a la búsqueda de posibles parejas.

Naruto arrastró a Hinata hacia el piso de arriba.

—¿Te das cuenta de que estás arruinando mi reputación? — refunfuñó él—. Tendré que tirarme a todas las mujeres de la casa sólo para demostrar que no soy un maldito sodomita.

Hinata le miró furiosa.

—Tú tienes la culpa de que nos hayamos metido en este lío. ¡Tú eres el que tiene unos amigos indecentes!

A juzgar por su expresión, parecía como si a él le hubieran entrado ganas de asesinarla.

En la planta de arriba, la cosa estaba más tranquila, pero no más decorosa. El ruido de abajo se desvanecía y se mezclaba con los porrazos, lamentos y chillidos procedentes de las habitaciones cercanas.

Tal vez algunas personas no hubieran conseguido llegar hasta los dormitorios, porque se veían esparcidas por allí algunas prendas de vestir. Por el suelo había dos zapatos desparejados; un par de medias de rayas festoneaban el marco de un cuadro; una corbata con adornos de encaje colgaba de un candelabro de pared.

Alguien había volcado una copa sobre un arca de madera de roble y el charco de vino se había secado, hasta convertirse en una pegajosa mancha.

—¿Cuándo dura esto? —preguntó Hinata.

Naruto se pasó la mano por el pelo y miró a su alrededor con expresión distraída.

—Vete a saber, pero parece que se entregan a ello con energías renovadas... —Un ruido y una corriente de aire les hizo a ambos bajar la vista en dirección al vestíbulo. Una nueva tanda de gente se agolpaba para entrar—. O que siempre tienen sangre fresca —añadió Naruto—. Seguramente la noticia de esta fiesta se ha propagado por los condados que rodean a Londres. Una cosa está clara —dijo mirando aviesamente a Hinata—. Sin duda esto debilita la persecución. Obito, innegablemente, ha perdido la concentración...

Hinata no le estaba haciendo caso. El horror la había dejado helada. Uno de los recién llegados era su hermano, Neji Hyūga, lord Thornhill. Estaba segura de que la reconocería al punto, a pesar de su disfraz. Después de todo, su cara era la misma y él ya la había visto con la cabeza rapada.

—¿Qué ocurre? —pregunto Naruto con viveza.

En ese instante, tuvieron que apretarse el uno contra el otro para evitar ser atropellados por una pareja, una moza desaliñada y con máscara, perseguida por un hombre con la cara roja. La muchacha se reía al mismo tiempo que gritaba, y no corría demasiado rápido. Se metió en una habitación, justo enfrente de Hinata. Su perseguidor se abalanzó tras ella.

—¡Ya te tengo, guasona descarada! —La mujer, que ciertamente tenía los ansiados senos del tamaño de melones, y que mostraba este hecho al mundo entero, agitó las manos e hizo aletear sus pintadas pestañas

—Oh, señor, me temo que habéis... — El hombre se desabrochó los pantalones y saltó sobre ella. Naruto cerró bruscamente la puerta, mientras murmuraba entre dientes. La pregunta, evidentemente, se le había ido de la cabeza.

Hinata estaba aturdida a causa de las escenas que se sucedían a su alrededor, pero lo que la había hecho palidecer de miedo había sido la llegada de Neji.

En nombre de Dios, ¿qué haría su hermano si la encontraba allí? ¿Pegarle? Era más probable que la asesinara. El había creído que Hinata había invitado a Ōtsutsuki a su cama y se encolerizó con ella por no detener el escándalo casándose con aquel hombre. Si llegaba a encontrarla en aquel lugar, y vestida de hombre...

Además, tenía que pensar en Naruto. Acabarían peleándose, y Naruto no tendría nada que hacer contra Neji, que era un hombre fuerte, y diestro con la pistola y la espada.

—¡Venga! —dijo Naruto bruscamente—. Tenemos que encontrar una habitación para ti.

Aunque no hubiera hecho falta, arrastró consigo a Hinata. Sin el menor escrúpulo, se dedicó a abrir las puertas que no estaban cerradas con llave. Pero todas estaban ocupadas. En la mayoría de ellas, Hinata sólo pudo ver un edredón que se movía —si bien hubiera jurado que, al final de una de las camas, había más de cuatro pies. No obstante, en una de ellas llegó a divisar unas pálidas nalgas que subían y bajaban.

Soltó una risita. Parecía tan estúpido. Naruto murmuró de nuevo.

Finalmente, abrió la puerta de una habitación libre. Naruto la empujó a su interior y, tras cerrar la puerta, echó la llave.

—Ojalá la peste se los lleve a todos —farfulló con la espalda apoyada contra la hoja.

Una risa histérica se apoderó de Hinata, que se dejó caer sobre la enorme y arrugada cama. Cuando recuperó el control de sí misma, él estaba recostado contra uno de sus postes esquineros, sonriendo de una extraña manera. ;

—Lo siento —dijo ella—, pero todo esto resulta tan ridículo.

—¿A que sí? —El se dio la vuelta para echar un vistazo a la estancia—. Si no me equivoco, ésta es la habitación del propio Yahiko. Dijo que hiciéramos lo que nos apeteciera y eso hemos hecho. —Arrojó al suelo su baúl y, tras sacar su traje azul, lo cepilló con cierto pesar—. A Tazuna le daría un ataque si me viera con semejante harapo, pero a esta gente no le importará.

—No —dijo Hinata, orgullosa de su tono despreocupado—. Sin duda te lo arrancarán en cuestión de minutos.

Él le lanzó una rápida mirada pero se limitó a decir:

—Es muy probable. Esas arpías estarán buscando sangre fresca. Estarían encantadas de dar contigo. ¿Estás seguro de que no quieres aprovechar esta ocasión para ampliar tu educación, muchacho?

Hinata se puso las manos detrás de la cabeza.

—Más bien no. Es terreno abonado para la sífilis.

—Después de todo, no eres tan inocente —comentó él—. Al menos las putas habrán tenido que dar garantías de que están limpias antes de venir aquí, aunque vete a saber si lo seguirán estando cuando se vayan...

Se encogió de hombros y se despojó de su uniforme, quedándose en camisa y calzoncillos.

—¿Y qué me dices de las damas? —preguntó Hinata, decidida a no dejar que su cuerpo la distrajera de su propósito.

—¿Qué pasa con ellas?

—Las mujeres que llevan máscara no son putas, ¿a qué no?

—Eso depende de cuál sea tu definición de puta. —Se ajustó los pantalones de terciopelo y se puso el chaleco bordado, estirándoselo hasta los muslos.

Después de todo, Hinata no pudo evitar entretenerse contemplando la flexible largura de su entrepierna. A sus ojos acudieron las lágrimas. No tenía ni idea de por qué se sentía tan desgraciada.

Había que pensar en Neji, desde luego, una complicación con la que no había contado. Pero lo que él la inspiraba era miedo. No la hacía emocionarse así.

Era Naruto el causante de aquello. Se había encasquetado el chaquetón y se examinaba en el largo espejo, tratando de comprobar si resultaría del agrado de las prostitutas que aguardaban en la planta baja.

Hinata imaginó que podía dar la cara y revelar que ella también era una mujer, aunque no le serviría de nada. En aquella casa había bellezas para todos los gustos, de alta y de baja cuna, todas ellas disponibles y bien dispuestas. Hinata Hyūga no era más que un bicho raro.

Naruto se anudó una delicada corbata de encaje alrededor del cuello y la sujetó con su alfiler de zafiro. Al contemplarse en el espejo, asintió.

—Creo que así servirá.

Se dirigió al tocador y se atusó el pelo, tomando prestada una cinta azul para hacerse el lazo. Y, tras estirarse el encaje del cuello y las muñecas, se dedicó a inspeccionar los frascos y cajas de su amigo.

—¿Qué te parece?

Naruto se estaba convirtiendo en una nueva criatura, en alguien diferente del alocado aventurero y soldado, en un ser frívolo y perfecto para una fiesta.

—Te falta empolvarte el pelo —le dijo Hinata con frialdad. El suspiró.

—Tienes razón, pero los polvos son tan sucios... Y cuesta tanto luego quitarlos. —Se dedicó a olisquear los perfumes de Yahiko y echó uno que fue de su agrado sobre un pañuelo bordado con el borde de encaje. Después, se lo metió en el ojal. Por último, se puso sus zapatos negros con altos tacones rojos y le hizo a ella una ceremoniosa reverencia.

—¿Qué te parezco?

Hinata tragó saliva. Estaba espléndido.

—¿Es que alguien te va a mirar antes de desgarrarte la ropa? Él sonrió levemente.

—Probablemente no, pero uno tiene que mantener su nivel.

Se llegó hasta la puerta de la habitación contigua y a continuación hizo girar la llave.

—En realidad, no es mi intención quedarme enredado por ahí. Para empezar, porque ambos necesitamos dormir bien antes de nuestra aventura de mañana. Y para seguir, porque no tengo ninguna intención de arriesgarme a pillar la sífilis. Pero tendré que dejarme ver un rato. Trataré de hablar con Obito para averiguar cómo va la persecución. Regresaré tan pronto como pueda. —Se detuvo en el umbral, antes de salir al pasillo—. Cierra la puerta y no abras a nadie que no sea yo. —La miró penetrantemente—. ¿Vale?

Hinata levantó la barbilla.

—Vale. Te aseguro que no tengo ningunas ganas de compartir esta cama con nadie.

—Pues me temo, querido Hiroshi, que tendrás que compartirla con alguien: conmigo.

Aunque aquel punto era obvio, Hinata lo había pasado por alto.

—Entonces dormiré en el suelo. El sonrió con cierta pereza.

—Eso me ofendería, muchacho. La cama es grande y yo no tengo piojos.

—Es una manía que tengo, lord Naruto. Siempre duermo solo.

—Ya veremos. —Y, dicho esto, desapareció.

Hinata fue corriendo hasta la puerta y la cerró con llave. Tal vez no le abriera ni siquiera a él. De pronto, todo se le vino encima y se tapó la cara con las manos. ¿Cómo demonios había llegado a esa situación?

Naruto esperó hasta oír el ruido de la cerradura. De momento, ella le había obedecido, pero no sabía hasta cuándo seguiría haciéndolo. Sonrió y sacudió la cabeza. Dios Santo, qué coraje tenía la chica. Aunque desde luego, las circunstancias la estaban poniendo a prueba.

¿Se derrumbaría antes de que él pudiera poner fin a aquella charada y protegerla convenientemente?

Un rugido proveniente del piso de abajo revelaba la ejecución de alguna proeza. No le interesaba lo más mínimo saber de qué se trataba. Si hubiera sabido la clase de fiesta que les esperaba, hubiera puesto cualquier excusa para quedarse en el Ángel.

Aún así, sintió que, tras haber puesto a su damisela a buen recaudo, podía relajarse.

También estaba tranquilo porque, hubiera ocurrido lo que hubiera ocurrido la pasada primavera, ella, en el fondo, era un ser inocente. Su manera de reaccionar en aquel lugar hablaba por sí sola.

Hubiera querido no tener que dejarla. Ninguna de las mujeres que había allí, por hermosa que fuese, podía competir con su damisela y con la fascinación que ésta ejercía sobre él. Quería que llegara cuanto antes el final de aquella aventura para sacarle la verdad y poder hacer conjuntamente planes de futuro.

Bajaba por aquellas escaleras con la intención de mezclarse entre la multitud pero anhelando poder regresar pronto a Hinata y a la cordura.

Hinata deambulaba por la habitación con gran desasosiego. Se imaginaba a Naruto en brazos de una de aquellas arpías: manoseado, cubierto de babas y desvestido, tratando de satisfacer su lujuria.

Las manos se le convirtieron en puños. ¡No era justo! En otro tiempo, ella había sido hermosa y a él no le hubiera resultado tan fácil abandonarla.

Se quitó la peluca de un tirón y se quedó de pie delante del espejo. Un bicho raro. Un bicho raro con pantalones y expresión dura. Llena de furia, se quitó la ropa de hombre y desenrolló la banda que le ceñía los pechos. En un decir amén, se quedó desnuda.

Y emitió un estremecedor suspiro. Se pasó las manos por el cuerpo. No estaba nada mal. Sabía que no era una belleza despampanante, como Shion Katou, pero tenía un buen cuerpo. Shion Katou, sin embargo, tenía unos brillantes y rubísimos rizos. Y unos grandes ojos vacunos con unas pestañas más espesas que las de Naruto. Sus senos eran como melones, aunque la sociedad elegante describía aquello como un pecho generoso...

Las manos de Hinata se quedaron inmóviles. Shion Katou: hija del obispo de Peterborough; esposa de lord Katou y viva imagen del decoro; ilustre personaje de Londres y arbitro social; una de las personas que habían visto a Hinata en la cama con Toneri Ōtsutsuki y la habían condenado.

¡Shion Katou era la mujer cuyos encantos habían conquistado la atención de Yahiko!

Hinata miró a su alrededor con indecisión. Cogió una bata de satén marrón y se cubrió con ella. Se sentó en un gran sillón junto al fuego y se sirvió un vaso de vino de un decantador que encontró allí.

Mientras bebía lentamente, se preguntaba si estaría equivocada. Parecía absolutamente increíble y, sin embargo, estaba segura. Sobre todo por aquella voz suya tan dulce y característica.

Una peluca roja le cubría el rubio cabello, pero era ella. La gran lady Katou estaba allí en esa fiesta pecaminosa.

¿Habría reconocido a Hinata? No, definitivamente, ella tenía los ojos y la mente pendientes de otros asuntos.

Después de todo, Hinata no tenía que extrañarse de que Shion tuviera amantes; todos sabían que se había casado con lord Katou por su dinero, y que él parecía un hombre frío y seco.

Pero, quien iba a imaginársela en un sitio así... ¡Y ella había tenido la osadía de condenar a Hinata Hyūga! ¿Cuántos más había allí? ¿Cuántos hipócritas más? Hinata apuró su vaso y se levantó. Tenía que averiguarlo. Iba a ponerse otra vez la ropa pero se detuvo. Su hermano Neji la reconocería si se topaba con él.

Tenía que llevar máscara. Pero sólo las mujeres llevaban máscara. Si se vestía de mujer, con peluca y máscara, seguramente nadie la reconocería. Hinata había identificado a Shion Katou por la voz, así que ella trataría de impostar la suya.

Vaciló indecisa. Quería, con todas sus fuerzas, permanecer a salvo en aquella habitación. Pero también quería, con la misma vehemencia, confirmar lo increíble: que Shion Katou estaba de parranda en el piso de abajo. Porque, de ser así, tal vez pudiera usar aquella información en provecho propio y salir airosa de la situación en la que se encontraba.

Decidió realizar una breve y cautelosa incursión.

Hinata abrió de par en par las puertas del ropero de lord Akatsuki, pero descubrió que sólo contenía ropa de hombre. Juntó las manos a causa de la frustración. Seguramente podría reunir un traje de mujer con las prendas sueltas que había tiradas por toda la casa, pero no se atrevía a salir a buscarlas.

La habitación contigua. Sin duda alguna, debía pertenecer a una mujer.

Al instante siguiente, había hecho girar la cerradura y se hallaba dentro. ¡Sí!

Era obviamente la alcoba de una mujer. ¿Le valdría su ropa?

Tras echar una ojeada al armario, comprobó que sí. No era exactamente de su talla pero serviría. No pudo reprimir una carcajada de placer ante aquel conjunto de bellos vestidos.

Hacía mucho tiempo que no veía prendas de confección tan exquisita. Se desprendió de la bata y se puso una fina camisola de seda blanca con mangas hasta los hombros, festoneada con una doble capa de espumeante encaje.

Se estremeció de placer al sentir cómo se deslizaba sobre su piel: un simple velo sobre su cuerpo, prácticamente inmaterial. A continuación, eligió una enagua acolchada de satén blanco con cintas amarillas.

Se metió dentro de ella y se ató los lazos en la cintura. Encima, se puso un peto bordado con un escote en forma de uve que le llegaba hasta la cinturilla de la enagua. Tuvo alguna dificultad para atarse los cordones a la espalda pero, como la posibilidad de llamar a alguna sirvienta quedaba descartada, lo hizo lo mejor que pudo, sonriendo al acordarse de cómo había vestido a Naruto, y suspirando al pensar que sentiría ella si fuera él quien le ayudara a ponerse o quitar se la ropa.

Apartó de sí aquellos pensamientos.

Se miró en el espejo. El peto apenas le tapaba los pezones y realzaba la rotundidad de sus pechos. La turgencia de éstos sólo quedaba cubierta por la vaporosa camisola. Nunca había llevado un corpiño tan atrevido, pero le gustaba. Tras aquella larga y árida mascarada, ser de nuevo una mujer le hacía sentirse de maravilla.

Descolgó un vestido abierto de seda, con rayas marrones y amarillas, y se lo puso, enganchándolo al peto a ambos lados de la cintura. Por encima y por debajo, se separaba para dejar al descubierto la enagua y el corpiño. Las mangas hasta los hombros mostraban el volante de encaje de la camisola.

Giró sobre sí misma, riéndose a causa del placer que le proporcionaban las cosas buenas y el tacto suave y susurrante de la seda. Las faldas caían sin demasiada gracia y echó de menos unos aros.

Pero si la dueña de todo aquello tenía aros, debía llevarlos puestos. El acolchado de la enagua tenía cierto cuerpo y, como Hinata debía ser algo más alta que la verdadera propietaria, por lo menos no la arrastraba.

Se le pasó por la cabeza que tal vez aquella fuera la habitación de Shion Katou. Buscó alguna pista, pero no encontró nada que con firmara sus sospechas. Acallando la voz de su conciencia, realizó un exhaustivo registro.

No halló nada en ninguno de los cajones.

Entonces descubrió una pequeña caja de marfil. Contenía dos cartas, dos ardientes cartas de amor. Suspiró frustrada. Probablemente eran de lord Yahiko pero estaban dirigidas a una tal Desirée.

Aquel nombre no significaba nada, porque según la costumbre de moda, un hombre llamaba a su amada con un nombre ficticio. Hinata había sido Bella para uno de sus pretendientes y Clorinda para otro.

Pero entonces se preguntó dónde guardaría Yahiko sus cartas de amor.

Se apresuró a inspeccionar su habitación. Después de mirar sin éxito en cajas y cajones —la clase de sitios en los que una mujer guardaría meticulosamente sus billets doux— encontró finalmente una misiva dentro del bolsillo de una chaqueta.

El estilo de la dama era más florido, aunque igual de escandaloso. Hinata se ruborizo al leer un mensaje tan lascivo. La nota estaba dirigida a Hércules y firmada por Desirée. Aquella caligrafía sería seguramente la de la autora. Una carta como aquella no podía dictarse a ningún secretario. ¿Se trataría de la letra de lady Katou?

Hinata se metió con cuidado la nota en el bolsillo del chaleco de su traje. Tenía más ganas que nunca de seguir adelante con su investigación. Quería encontrar pruebas que le permitieran identificar a Shion y descubrir a cualquier otro hipócrita que se hallara retozando en la planta baja.

Pero necesitaba una peluca y allí no había ninguna. Por unos instantes pensó que tendría que renunciar a aquella aventura y sintió un culpable alivio. Entonces se acordó de la peluca negra que Naruto le había comprado a la señora Crupley.

¿Estaría todavía en su baúl?

Allí estaba. Era un triste ejemplar de vasto cabello negro de caballo, pero le sacaría del apuro. Le pasó un peine para atusarla un poco y después esparció por sus rizos unos perfumados polvos rosáceos, más bien desagradables, que había encontrado en la alcoba de la dama.

La sustancia se quedó flotando en el aire y la hizo toser. No obstante, consiguió el efecto deseado. Cuando se puso aquel amasijo de rizos sobre la cabeza, los polvos habían suavizado aquel inverosímil y denso color negro, haciendo que resultara agradable.

Hinata no se cortó a la hora de usar los objetos del tocador de la dama. Una pata de conejo untada de colorete le proporcionó un color adicional a sus mejillas. Metiendo un dedo en un bote, consiguió carmín rojo para los labios. Se empolvó la cara y se pegó un corazón de terciopelo negro junto a la boca —una invitación al beso.

Hinata se dio el visto bueno frente al espejo. Allí se veía una dama estupenda, lista para el baile o para el cortejo. Tal vez le sobrara un poco de pintura para esto último.

Parecía mayor de lo que era, y más atrevida. Definitivamente, Obito Uchiha no reconocería a cierto joven, y Neji no identificaría a su hermana. Hinata Hyūga siempre se había vestido con recato, como corresponde a una dama bien educada a la búsqueda de marido.

Tenía muy buen aspecto. Su cintura era esbelta, sus hombros blancos y suaves y, aunque sus pechos sobresalían un poco con el corpiño, se veía estupendamente.

Se recordó a sí misma que no pretendía que la admiraran. De hecho, aquella indumentaria podía granjearle más admiración de la que iba a ser capaz de manejar. Por otro lado, la discreción en el vestir destacaría en aquel lugar como una cereza en un cuenco de guisantes.

Se estiró el peto un poco más hacia arriba y se dijo a sí misma que andaría entre los juerguistas sólo durante un rato y que tendría mucho cuidado.

No pudo evitar preguntarse que pasaría si se encontraba a Naruto. ¿La reconocería? Seguramente no. ¿La admiraría? Apartó aquellas especulaciones de su mente. Lo más probable era que le diera algún azote.

Por aquella noche, se mantendría a distancia de Naruto Namikaze. Y, en lo tocante a otros posibles galanes, como todos los hombres parecían estar bebidos, ella debería ser capaz de esquivarlos y ser más lista que ellos. No había precisamente escasez de hembras bien dispuestas.

Por último, la máscara. Se ató una de terciopelo negro que le cubría la mitad superior del rostro, y que, además, tenía la ventaja añadida de que servía para sujetar la peluca. Hizo una leve reverencia frente a su imagen en el espejo. Ni ella misma se reconocía.

Sólo había un par de zapatos y eran demasiado pequeños. Shion Katou estaba muy orgullosa de sus diminutos pies.

Hinata se encogió de hombros. No creía que nadie se sorprendiera al ver a alguien descalzo por aquella casa. Como toque final, cogió un frasco de perfume, pero, cuando lo olió, su mareante y densa fragancia de rosas le provocó una mueca de desagrado.

Se acordó del que había comprado Naruto.

¿Qué había hecho con él?

Volvió a la habitación de Yahiko y, tras cerrar la puerta que comunicaba ambas estancias, se puso a rebuscar en la maleta de Naruto, hallando por fin el botecito de cristal.

Lo destapó y olfateó con deleite la sofisticada mezcla de esencias y flores, sobre una base elemental que incitaba a la lujuria. Dudó unos instantes, preguntándose si no se ría peligroso llevar ese aroma en aquel lugar.

Después se dijo que una invitación a la intimidad tan discreta pasaría desapercibida entre todos los demás olores. Le apetecía ponérselo para ella misma, porque era maravilloso y le hacía sentirse espléndidamente femenina. Se aplicó una pequeña cantidad sobre los codos y entre los pechos.

Un cálido efluvio ascendió desde su cuerpo y le aturdió la mente. Naruto Namikaze tenía un gusto exquisito. Pensó que era una pena que los destinos de ambos fueran por caminos distintos.

Hinata admitió la verdad. Parte de su desesperación por averiguar quién estaba allí aquella noche tenía que ver con la remota esperanza de obtener alguna información que pudiera ayudarla a rehabilitar su reputación.

De ese modo, podría relacionarse honestamente con Naruto. Se tragó las lágrimas al pensar en la imposible tarea que le aguardaba, pero no cedió al llanto. Había aprendido a ser una luchadora y aquella oportunidad que se le presentaba era su única arma.