CAPÍTULO 9

§•ΩΩ•§

Se sentía tan vivo que casi resultaba doloroso. Carroll Kakuzu notaba como iba creciendo dentro de él una deliciosa expectación por lo que le aguardaba, como aumentaba su fuerza hasta que tuvo la sensación de resplandecer. Nunca dejaba de asombrarle que la gente no fuera capaz de ver aquella fuerza, pero es que la mayoría de la gente en realidad era extraordinariamente imbécil.

Sería esa noche. No era habitual que hubiera transcurrido sólo una semana desde el viernes, pero aquello iba a ser tan fácil que no merecía la pena aplazarlo. Además, resultaba muy agradable sentir aquella acumulación de fuerza casi justo cuando cuando se había desvanecido el brillo anterior. Naturalmente, no podía contar con que aquello le sucediese todas las semanas; los casos realmente groseros no se daban con tanta frecuencia. Y normalmente le gustaba planificarlos mucho más, tal vez incluso hasta durante un mes, porque casi siempre había dificultades que superar, complicaciones que resolver. Mei Terumi no planteaba ninguna.

Vivía sola, y su rutina diaria resultaba asfixiante de lo rígida que podía ser.

No, no había motivo alguno para esperar.

Era curioso que casi siempre fueran mujeres las que se mostraban groseras, aunque en una o dos ocasiones hubo un hombre al que no tuvo más remedio que castigar. No le gustaba que fuera un hombre. No era que la fuerza de un hombre lo hiciera más difícil, él despreciaba ese detalle; era lo bastante fuerte para manejar casi a cualquiera, y hacía ejercicio religiosamente para conservar esa fuerza. Sencillamente, los hombres no ofrecían el mismo placer, la oportunidad de jugar con ellos mientras la sensación de poder iba creciendo. Los hombres eran casi aburridos. y por supuesto, él no era marica, de modo que como mínimo se perdía la mitad de la diversión. Él no penetraría a un hombre por nada del mundo. Si a veces era más benévolo con la descortesía de un hombre. ..bueno, después de todo le correspondía a él decidir, y a nadie más. Si prefería a las mujeres, era sólo asunto suyo.

Se pasó todo el día tarareando, lo cual hizo que Kin hiciera la observación de que ciertamente le veía de muy buen humor.

-Debe de tener planes estupendos para este fin de semana -le comentó, y él percibió un inconsciente toque de celos en su voz. Eso le gustó.

Naturalmente, sabía que Kin suspiraba por él, aunque de bien poco le servía. Simplemente, Kin no era su tipo.

-Tengo una cita emocionante -contestó, sin preocuparse de si ella habría captado el ligero temblor de placer en su voz. A lo mejor eso animaba un poco sus fantasías.

Se imaginó a Mei Terumi esperándole. Ya había estado dentro de su casa, y se imaginaba la escena con toda exactitud. Sabía dónde se sentaba a ver la televisión. ..que era prácticamente lo único que hacía. Sabía cómo era su dormitorio, qué se ponía para dormir: Cómodos pijamas. No le sorprendió. Él prefería los camisones, pero los pantalones de pijama no suponían ningún problema. Ella se los bajaría a una orden de él; todas lo hacían cuando se les ponía un cuchillo delante de la cara.

Había inspeccionado la cocina. Los cuchillos se hallaban en un decepcionante mal estado, con los bordes sin afilar, apenas capaces de cortar un plátano. Evidentemente, no era buena cocinera, o de lo contrario tendría los cuchillos en mejor estado. Había seleccionado un cuchillo de cortar filetes y se lo había llevado a casa, donde pasó dos noches colocando cuidadosamente una cuchilla de navaja de afeitar sobre la hoja. Odiaba tener que trabajar con herramientas de segunda.

No podía esperar a que llegara la noche, cuando daría comienzo el ritual, tal como su padre le había enseñado. Cuando uno es descortés, recibe su castigo.

§•ΩΩ•§

Naruto había llamado a Hinata esa mañana a las siete, sólo para decirle hola y preguntarle si había dormido bien, y la irritación que notó en su voz le hizo reír ligeramente. Hinata se resistía a él mentalmente, pero físicamente había ido todo mucho mejor de lo que hubiera esperado.

La había besado, y ella no sólo no se asustó, sino que disfrutó. Teniendo en cuenta sus antecedentes, aquél era un paso de gigante.

De camino al trabajo fue todo el tiempo sonriendo como un idiota. ¡La había besado! ¿Y qué si había sido un beso que haría que cualquier adolescente pusiera los ojos en blanco de puro aburrimiento ? ¿Qué sabían esos adolescentes salidos? Lo único que les interesaba era estrujar tetas y unos cuantos empujones. Gracias a Dios, él era lo bastante adulto para saber que cuanto más despacio, mejor. Era posible que estuviera ya a punto de volverse loco de frustración cuando Hinata viniera a él, pero después de la noche anterior no tenía ninguna duda de lo que iba a pasar. Estaba mareado de felicidad, la ilusión por el placer que le aguardaba le volvía efervescente como las burbujas del champán.

Cuando llegó, Sai ya estaba allí, recostado en su silla con ojos de sueño y mirando cómo se acercaba Naruto. Alrededor de él pululaba la gente, hablando y soltando tacos; los teléfonos no paraban de sonar, el fax y la fotocopiadora zumbaban casi sin pausa. Un día típico, pero Naruto no se sentía típico. Todavía sonriente, fue hasta la máquina de café y sacó dos tazas. Empezó a beber de una al regresar a su sitio, y entregó la otra a Sai.

-Tienes pinta de necesitarlo. ¿Una mala noche?

-Gracias. - Sai probó el café con cautela, sin quitar ojo a Naruto-. Ha sido una noche muy larga, pero no mala. ¿ y bien? ¿ Averiguaste algo interesante ayer ?

-Bastante. De momento, digamos que ya no estoy tan escéptico como antes.

Sai puso los ojos en blanco.

-¿Y Hinata? ¿Qué ha estado haciendo en estos seis años?

-Tratar de recuperarse -respondió lacónicamente Naruto-. Otsutsuki le dio una paliza, intentó violarla, y al ver que no podía, mató al niño que tenía enfrente de ella. Según el doctor Sarutobi, el trauma que sufrió dañó gravemente, si no destruyó, sus capacidades paranormales. Evidentemente, la visión del asesinato de Yakushi es el primer síntoma psíquico que ha tenido desde entonces.

-¿Así que está recuperando sus capacidades psíquicas?

Naruto se encogió de hombros.

-Quién sabe. No ha sucedido nada más. -Gracias a Dios-. Anoche hablé con ella y le hice unas cuantas preguntas más sobre lo que vio en la visión, y recordó un par de detalles.

-¿Como cuáles?

-El tipo en cuestión mide alrededor de uno ochenta, está en muy buena forma física y no es del sur.

Sai soltó un bufido.

-Eso ciertamente reduce nuestra búsqueda.

-Es mejor que lo que teníamos.

-Conforme. Siempre es mejor algo que nada. Eso, suponiendo que aceptemos como pista la visión de una vidente, porque un tribunal con toda seguridad no la aceptará como prueba.

-¿Qué otra alternativa tenemos? No hay nada más. Ese tipo no dejó ni un rastro. Pienso agarrarme a cualquier pista que pueda conseguir, y ya me preocuparé por cargarla de peso cuando le encontremos.

-De hecho -dijo Sai lentamente-, ya hemos hablado con alguien que encaja en esa descripción.

-Sí, lo sé. Sasori Yakushi. Es fuerte como un toro, y aunque lleva más de veinte años viviendo en Florida, conserva un acento del Medio Oeste. -No le había sorprendido; había muy pocas personas no criadas en el sur que fueran capaces de llegar a coger bien el acento. Las industrias del cine y de la televisión no lo habían conseguido--. Pero las tripas me dicen que él no lo hizo.

-Tuvo la oportunidad.

-Pero no el móvil. Ningún novio, ninguna póliza de seguros. Nada.

-¿Tal vez una discusión que se fue de las manos?

-En el examen médico no se encontraron heridas que indicaran golpes. No sólo la mataron, sino que hicieron con ella una carnicería.

-Los libros de texto dicen que cuando hay tantas heridas de arma blanca, es que el asesino estaba realmente muy cabreado con la víctima. y que si invierte mucho tiempo en hacerlo, probablemente vive en las inmediaciones. Tú te sabes las cifras tan bien como yo: el ochenta por ciento de las veces, cuando una mujer es asesinada, el responsable es el marido o el novio y en muchas ocasiones es el asesino quien llama a la policía cuando «descubre» el cadáver. Yakushi encaja en todas las categorías.

-Excepto en la primera. Si estuvieron discutiendo, nadie lo sabe. Los vecinos no oyeron nada, al parecer siempre se habían llevado bien, y esa noche Yakushi no actuó de forma distinta de la normal en el trabajo. Además, la violaron, pero no se encontró semen. Hinata dice que el asesino llevaba una goma. ¿Por qué molestar a Yakushi? Era su esposa, por el amor de Dios. Encontrar semen suyo dentro de ella no serviría para incriminarle. Lo que realmente me preocupa -dijo, concentrándose- son los dedos. ¿Por qué le cortó los dedos? No los hemos encontrado. No había razón alguna para cortarle los dedos, a no ser...

-…que ella le arañase -terminó Sai, con sus oscuros ojos brillantes-. Lo arañó, y él sabía lo de trazar perfiles por el ADN . Así que le cortó los dedos para que los forenses no pudieran obtener una muestra de piel de debajo de las uñas.

- Yakushi llevaba una camisa de manga corta esa mañana -recordó Naruto-. ¿Recuerdas que tuviera algún arañazo?

-No. Es posible que tuviera alguno en el pecho o en los brazos, pero las manos y los antebrazos son las zonas más probables.

-No te olvides de la persiana rasgada del dormitorio. Si lo hubiera hecho Yakushi, para que pareciera que alguien había entrado por la fuerza, ¿no lo habría hecho de manera más obvia? De todos modos, no me da que sea un tipo sutil. y todo lo que nos contó Hinata coincidía con lo que encontramos en la escena del crimen. No fue Yakushi.

-Aguarda un minuto -dijo Sai-. Hinata no mencionó los dedos, ¿no?

Naruto reflexionó sobre ello, y luego negó con la cabeza.

-No, y no parece ser de esos detalles que uno olvida.

Aquella omisión le preocupó, y tomó nota mentalmente de preguntarle al respecto aquella noche.

-De todas formas, me sentiría mejor si hablásemos otra vez con Yakushi -insistió Sai.

Naruto se encogió de hombros.

-Por mí, de acuerdo. Simplemente tengo la impresión de que es perder el tiempo.

Sai intentó varias veces ese día ponerse en contacto con el señor Yakushi, entre los cientos de cosas que tenía que hacer, pero no obtuvo respuesta. Llamó a la compañía de transpones en la que trabajaba, y le dijeron que llevaba toda la semana de baja y que, teniendo en cuenta las circunstancias, no esperaban que volviera al trabajo por lo menos hasta dentro de otra semana más.

-Ayer fue el funeral-dijo Naruto,--. Puede que se quede en casa de algunos amigos. Diablos, claro que no está en su casa. Los forenses han terminado con la escena del crimen, pero ¿querrías tú dormir allí?

Sai hizo una mueca de desagrado.

-Supongo que no. ¿Pero cómo vamos a ponernos en contacto con él?

-Preguntaremos a uno de los vecinos. Ellos lo sabrán.

Ya eran las últimas horas de la tarde cuando llegaron a la casa del señor Yakushi. Tenía el aspecto de una vivienda cerrada, desocupada. Habían quitado la cinta amarilla que la identificaba como escenario de un crimen, pero aun así parecía aislada, para siempre distinta de las demás a causa de la violencia que había tenido lugar dentro de ella. Había un coche aparcado en el camino de entrada, y Naruto vio que era el mismo que estaba allí el sábado por la mañana.

-Está aquí.

Llamaron a la puerta principal. No hubo respuesta, ningún ruido procedente del interior de la casa. Sai probó en la puena trasera, con idéntico resultado. Todas las cortinas estaban echadas, de modo que no podían asomarse por ninguna ventana.

Las dos puertas estaban cerradas con llave. Golpearon de nuevo con más fuerza, identificándose. Nada.

Naruto fue hasta la casa de los vecinos Tras llamar, salió una mujer al porche.

-Soy el detective Uzumaki -dijo, abriendo la cartera con la identificación-. ¿Ha visto al señor Yakushi? Tiene aquí su coche, pero no contesta nadie a la puerta.

La mujer frunció el entrecejo y se apartó el pelo de los ojos.

-No, no le he visto desde el funeral. Acudí a él, igual que todos los vecinos de esta calle Ella era una mujer encantadora No sé cuándo su marido aparcó el coche ahí. Ayer por la tarde no estaba, pero lo vi esta mañana, al levantarme.

-¿No ha visto a nadie ahí?

-No. Naturalmente, no he estado aquí todo el día, pero no ha habido nadie que yo haya visto.

-Gracias - Naruto se despidió con un gesto de cabeza y regresó a la casa de los Yakushi - Esto no me gusta - dijo, después de contar a Sai lo que había dicho la vecina-¿Qué te parece si entramos por la fuerza?

-Que será mejor que lo hagamos -respondió Sai serenamente-. Si estamos equivocados, agacharemos la cabeza y pagamos los desperfectos.

Rodearon la casa hasta llegar a la parte de atrás. La mitad superior de la puerta de la cocina estaba formada por pequeños cristales en forma de rombo. Naruto sacó la Beretta y la utilizó para golpear el cristal que estaba más cerca del pomo de la puerta. Siempre le sorprendía de lo difícil que era en realidad romper una ventana. Los cristales rotos cayeron con estrépito al suelo de baldosa que había al otro lado. Se envolvió con cuidado la mano en un pañuelo, la introdujo en el agujero y abrió la cerradura.

La casa estaba caldeada y viciada con el olor a muerte que había quedado atrapado allí dentro. El silencio tenía casi una consistencia sólida.

Naruto se desenrolló el pañuelo de la mano y se lo puso contra la nariz.

-Mierda -murmuró, y luego alzó la voz-: ¿Señor Yakushi? Somos los detectives Uzumaki y Shimura.

Nada.

El olor se filtraba a través del pañuelo. No era ese tufo empalagoso y dulzón de la carne putrefacta, sino un penetrante hedor de restos humanos mezclado con el olor metálico de la sangre, tanto vieja como nueva. A Naruto se le hizo un nudo en el estómago. Soltó otra palabrota en voz baja y penetró en la casa.

El cuarto de estar estaba vacío, tal como esperaba. Las paredes seguían salpicadas de la sangre de la señora Yakushi, y las manchas se habían vuelto marrones.

El Sr. Yakushi estaba en el dormitorio.

La habitación tampoco estaba limpia. Todavía se veía la raya de tiza que marcaba la posición del cadáver, en el rincón. El señor Yakushi estaba tendido al lado, con una pistola pequeña junto a la cabeza.

No se había arriesgado a hacer una chapuza. Cuando alguien se mete el cañón de la pistola en la boca, es porque su intención es serie.

-Ah, mierda -dijo Sai con voz cansada -. Voy a llamar.

Naruto se agachó en cuclillas junto al cadáver, teniendo cuidado de no tocar nada. Nada que él pudiera ver indicaba que aquello fuera otra cosa que un suicidio, pero lo acostumbrado era no alterar la escena de un crimen.

Miró a su alrededor y vio un papel encima de la cama. Habían quitado las sábanas, dejando sólo el colchón desnudo, y el papel blanco no se apreciaba a primera vista contra la tela. Leyó lo que ponía sin necesidad de inclinarse.

Ya no tengo familia, ahora que Nōnō no está, de modo que no creo que importe mucho. Simplemente, no quiero continuar.

Había escrito la fecha y la firma, hasta anotó la hora. Las once y media de la noche, precisamente la hora aproximada a la que había sido asesinada su mujer.

Naruto se frotó la nuca e hizo un gesto de desagrado. Maldita fuera, aquello era duro de tragar. El hombre había enterrado a su esposa, y después había regresado al lugar en que la habían asesinado y se había pegado un tiro en la cabeza.

Sai volvió a la habitación y se quedó de pie junto a Naruto, leyendo la nota.

-¿Ha sido culpa o depresión?

-¿Quién diablos va a saberlo?

-Mierda -dijo Sai. Había algo en aquella casa de muerte que reducía los comentarios a aquella única palabra. Era triste.

Cuando la escena fue acordonada, retiraron el cadáver y se terminó el papeleo, casi eran ya las nueve. Naruto pensó en llamar a Hinata, pero decidió no hacerlo. No estaba de buen humor, y no tenía ganas de romances. Sai tenía una cita, pero estaba tan taciturno como él y llamó para anularla. En vez de ello fueron al bar favorito de los policías y se trasegaron un par de cervezas. Muchos policías tomaban una o dos copas, o tres, antes de irse a casa. Era la manera más fácil de desconectar, y una oportunidad para volcar toda la tensión en personas que sabían exactamente de qué les estaban hablando, antes de irse a sus casas a reunirse con sus cónyuges y sus hijos y fingir que todo era dulzura y felicidad.

-Si él era el asesino, ahora ya no podremos saberlo nunca -gruñó Sai, lamiéndose la espuma del labio superior.

Una cosa que a Naruto siempre le había gustado de Sai era que bebía cerveza en vez de algún vino de tío pijo. Podía aceptar los trajes italianos y las camisas de seda, y también los mocasines de Gucci, pero le habría costado mucho conectar con un tipo que bebiera vino.

No sabía por qué Sai había decidido de repente que Sasori Yakushi era su sospechoso más probable, pero todos tenían alguna vez la cabeza llena de pájaros.

-No creo que lo hiciera él. Yo creo que ese pobre cabrón no pudo soportar la idea de seguir viviendo después de encontrarse a su mujer como se la encontró.

-Yo no estaba convencido de que lo hubiera hecho él -negó Sai en tono gruñón-. Sólo quería cerciorarme de que no se fuera de rositas porque nosotros estábamos demasiado ocupados buscando fantasmas.

Naruto se acabó la cerveza.

-Bueno, inocente o culpable, no se ha ido de rositas. ¿Quieres otra?

Sai examinó el nivel de cerveza que quedaba en su vaso.

-No, con esto me basta. - Calló por un instante, todavía mirando el líquido ámbar con el ceño fruncido-. Oye, dime una cosa, Naruto...

Su voz se perdió, y Naruto levantó las cejas, aguardando con un gesto interrogante.

-Sí, ¿qué?

-Esas sensaciones que tienes en las tripas. Tu instinto suele acertar, eso lo sabe todo el mundo. ¿Alguna vez has pensado... que no eres muy diferente de Hinata ?

Si Naruto no se hubiera terminado ya la cerveza, la habría escupido por toda la mesa. Se atragantó, y exclamó un escandalizado «¿qué?» que le salió como un sonido ahogado.

-Tú piénsalo un poco. - Sai se estaba entusiasmando con el tema, y se inclinó hacia delante para apoyar los codos sobre la mesa-. Todos tenemos corazonadas, todos tenemos tripas. La mayoría de las veces no nos hacen falta, porque tenemos al culpable ahí sentado, cantando de plano, pero de vez en cuando nos topamos con un misterio. Y entonces, ¿por qué son diferentes nuestras corazonadas de lo que hace Hinata?

-Eso es una bobada. Las corazonadas son simplemente que el subconsciente percibe algo que conscientemente no se nos ha ocurrido todavía.

-Eso se parece mucho a lo que hace alguien que posee percepción extrasensorial, ¿ no ?

Naruto le dirigió una mirada agria.

-Me parece que con dos cervezas ya rebasas tu límite en una. Tenemos corazonadas debido a las pruebas que vemos ya circunstancias sobre las que podemos pensar. Diablos, un vidente no necesita estar en el sitio ni conocer nada acerca de una situación, sencillamente percibe esas vibraciones, o lo que sean.

Sai se frotó la cabeza, revolviéndose el pelo al hacerlo. Naruto empezó a sentirse vagamente preocupado; a lo mejor dos cervezas eran demasiado para Sai. Dios sabía que jamás había visto a su compañero con un solo pelo fuera de sitio, excepto aquella vez en que quedaron atrapados en un tiroteo y él fue alcanzado por una bala, pero ésas eran circunstancias atenuantes.

-No consigo decidir qué debería creer -musitó Sai-. La lógica y las leyes de los promedios dicen que Sasori Yakushi era el sospechoso más probable. Pero Hinata lo sabía todo, excepto lo de los dedos, ¿y cómo podía saberlo a menos que sea lo que dice ser? Si es así, Yakushi era inocente y volvemos al punto de partida. -Cogió el vaso y lo apuró, y luego lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.

-Ahí es exactamente donde nos encontramos. En el punto de partida. Estoy empezando a sentirme como un idiota, no estamos llegando a ninguna parte.

-No hay pruebas, ni testigos, ni móvil. ¿Sabes una cosa?

El rostro delgado y semejante a un fauno de Sai mostraba una expresión tan fúnebre que Naruto tuvo que morderse la mejilla por dentro para no sonreír.

-No, ¿qué?

-No metabolizo muy bien el alcohol-anunció su pulcro compañero con grave dignidad.

-¡No! - Naruto se cogió la cara con las manos-. Jamás lo hubiera pensado.

Pensó para sí que alguien que fuera capaz de decir la palabra «metabolizar» sin equivocarse con las sílabas tenía que estar en muy buena forma.

-Normalmente tengo más cuidado. Y... bebo despacio.

-Eres un bebedor lento de primera fila.

-Gracias. Pero creo que será una buena idea que conduzcas tú.

-Me parece que sí. ¿ Estás ya para irte a casa ?

-Cuando lo estés tú. No vas a tener que meterme en la cama ni nada parecido, pero no quisiera conducir.

-Yo tampoco quisiera que condujeras, amigo. Vámonos.

Sai se tenía derecho en pie, pero iba tarareando, y Naruto estuvo a punto de echarse a reír otra vez. Tararear .«Cuando salí de Cuba» no pegaba con la situación.

-¿Tendrás resaca luego? -le preguntó con curiosidad. Tener una resaca por dos cervezas sería para partirse de risa.

-Nunca la tengo -replicó Sai. Salieron a la calle, y aspiró una bocanada de aire libre de humos-. Esto no suele ocurrirme. Desde que fui a la universidad.

-Eso está bien.

-No se lo dirás a nadie, ¿verdad?

-No. Lo prometo.

Resultaría tentador, pero se lo guardaría para sí. Aunque la mayoría de las situaciones embarazosas eran algo legítimo que atacar, aquello era algo que Sai no podía evitar, y los chicos le tomarían el pelo sin piedad durante el resto de su vida. Por otro lado, era agradable tener algo con que poder coaccionar a Sai de vez en cuando. Se puso a silbar alegremente mientras subían al coche, otra vez de buen humor.

§•ΩΩ•§

El ritual resultaba reconfortante. Le gustaba que todo se desarrollara exactamente en el mismo orden todas las veces, porque él así lo mandaba. No lo hacía con la frecuencia necesaria para que se convirtiera en una actividad repetitiva -eso le quitaría fuerza-, pero la monotonía de la preparación le procuraba tranquilidad. El hecho de saber que aquellos mismos preparativos harían que a la policía le fuese imposible cogerle nunca le proporcionaba una sensación de poder. Atrapaban sólo a gente idiota que cometía errores idiotas, y él jamás había cometido un error. Ni uno solo.

Seguía notando cómo crecía dentro de sí la emoción por lo que le aguardaba, pero la mantuvo firmemente controlada. Quería concentrarse en los preparativos.

Primero sacó la peluca rubia y rizada. Era una peluca muy buena; había pagado por ella una indecente cantidad de dinero, pero había valido la pena hasta el último centavo. Nadie había descubierto que se trataba de una peluca total. No sólo era de un rubio natural, lo cual significaba que el color no resultaba chillón, sino que además el estilo de los bucles era algo que la gente recordaba. Era muy fácil de reconocer. Su propio pelo no tenía nada de malo, se dijo, examinando las sienes en busca de algún signo que delatara que se le estuviera retrasando la línea de nacimiento del cabello. Pero sería una tontería permitir que un pelo suelto diera a la policía un medio para identificarle. Se afeitó cuidadosamente la cabeza, sin prisas, aunque no tenía más que unos milímetros de pelo que le habían crecido desde la última vez, todavía reciente. Le encantaba afeitarse, la humedad, el tacto resbaladizo del gel de afeitar, el deslizarse de la cuchilla sobre su piel. Era casi como el sexo.

A continuación le tocó el turno a la barba. No sería caballeroso arañarla con una barbilla sin afeitar. Luego el pecho. Tenía una mata de vello en forma de rombo y estaba bastante orgulloso de su grosor, pero tenía que desaparecer.

Después los brazos y las piernas. No le extrañaba que las mujeres se depilaran las piernas.

Producía una sensación maravillosa.

Por último, la entrepierna. Que no quedaran por ahí pelillos rizados que peinar, examinar, disfrutar. Tuvo sumo cuidado en aquella zona, pues hasta el más mínimo corte podría dejar una mancha de sangre que pasara inadvertida. Simplemente no podía ser. y por supuesto, siempre usaba un condón para no dejar rastro de semen. Hasta contaba con un plan de emergencia por si se rompía el condón; hasta el momento, no había tenido que echar mano del plan.

Había leído que algunos hombres no podían ser identificados por su semen; se les llamaba «no-secretadores», y había uno de cada cinco. Le hubiera gustado saber si él se encontraba dentro de aquel veinte por ciento, pero no podía acudir a un laboratorio y pedir que clasificasen su semen en secretador o no secretador. No le importaba ponerse el condón; no quería que su esperma estuviera dentro de aquellas transgresoras.

Después vino la ropa. Cuero. Nada de fibras de tela que pudieran quedar como rastro, nada que les proporcionara pruebas. Conservaba sus prendas de cuero cuidadosamente guardadas en una caja de cartón, apartadas del resto. Tenía un cubreasientos de vinilo que ponía encima del asiento del coche, y el suelo estaba cubierto con alfombrillas de vinilo.

Siempre tenía mucho cuidado de no dejar que sus pies tocaran otra cosa que la alfombrilla, para que a sus botas no se adhirieran fibras de la moqueta.

Detalle.

La atención al detalle lo era todo. No había forma de que le identificase la policía, porque no dejaba nada a su paso excepto el objeto de la lección.

§•ΩΩ•§

El detective Uzumaki no había llamado, aunque Hinata esperaba que lo hiciera, 0 que incluso se presentara sin anunciarse como tendía a hacer. Había estado nerviosa, con miedo de que él efectivamente llamase o fuera a su casa, y después irritada porque no lo había hecho. De una forma o de otra, Uzumaki se las había arreglado para estropearle su tranquila velada en casa.

Había jugado con la idea de ir al cine, en parte para chafar a Uzumaki si por fin llamaba, pero rechazó la idea. No se olvidaba de lo que había pasado el viernes anterior. ¿Había transcurrido sólo una semana? Le parecía un mes. Tal vez la semana siguiente fuera al cine, pero esta noche no.

Se fue a la cama más temprano que de costumbre, antes de las diez, sin ni siquiera quedarse un rato a ver las noticias. Estaba cansada; aquella semana de tensión le había pasado factura. Supuso un alivio cerrar los ojos sabiendo que a la mañana siguiente no tenía que trabajar, que podría quedarse en la cama todo lo que le apeteciera. Se relajó sobre el mullido colchón, notando cómo sus músculos se aflojaban y su mente iba deslizándose hacia el sueño. ..

...Se movió silenciosamente por la casa. La televisión estaba a todo volumen, lo cual enmascaraba su presencia. Permaneció un momento de pie en la puerta, observando a la mujer que estaba sentada de espaldas a él viendo una película antigua, y sintió que le inundaba el desprecio. Qué fácil era. Avanzó despacio, sin prisas, disfrutando del suspense. El parpadeo de la televisión arrancó un destello a la hoja esbelta y curva del cuchillo que tenía en la mano. ..

Un gruñido animal surgió de lo más hondo del pecho de Hinata cuando intentó chillar, cuando intentó enviar una desesperada advertencia a través de su garganta cerrada.

Dios, oh, Dios.

Gimió, forcejeando con las mantas mientas trataba de salir de la cama. La visión era tan real que casi esperó ver al hombre venir hacia ella surgiendo de la oscuridad, con su brillante hoja plateada.

...Se quedó de pie detrás de ella, mirándola. La muy imbécil no tenía idea de que él estaba allí. Eso le gustó. A lo mejor se quedaba allí de pie hasta el final de la película, y durante todo ese teimpo, ello no sabría…

Hinata se escurrió como pudo de la cama y cayó al suelo a causa de la sábana que tenía enredada en las piernas. Luchó por liberarse de ella y consiguió ponerse de pie, dando tumbos de un lado a otro en su camino hacia la puerta. El pánico la cegaba, le paralizaba el cerebro…

No, estaba todo oscuro, las luces estaban apagadas. Se desequilibró contra la pared, y el duro impacto logró afianzarla de algún modo. Buscó a tientas el interruptor de la luz, pero no estaba.

...Aquello resultaba aburrido. Sonriendo, extendió para tocarle el cuello. ..

Hinata tropezó de nuevo contra otra pared, una pared que no debía estar allí. Se quedó quieta, temblando, totalmente desorientada ¿dónde estaba?

Los faros de un coche que pasaba iluminaron por un breve instante la habitación. Era el cuarto de estar. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordaba haber intentado llegar a la puerta del dormitorio, pero no recordaba haberla alcanzado. Bueno, por lo menos sabía donde había una luz.

Estuvo a punto chocar con la lámpara al dar un manotazo al interruptor, y el repentino estallido de luz la cegó momentáneamente.

El teléfono.

El teléfono estaba allí mismo, sobre la mesa.

Su número. ¿Cuál era su número, maldita sea? No se acordaba, no podía pensar… El botón de rellamada. ¿Había llamado a otra persona desde aquella noche? No lo sabía, ni tampoco le importaba; alguien contestaría. Levantó el auricular y se golpeó dolorosamente en la sien al intentar sujetarlo en el sitio con una mano temblorosa. Marcó lo que esperaba que fuese el botón de rellamada: la vista se le estaba volviendo borrosa, y no estaba segura.

Zumbó en su oído el primer timbrazo. Cerró los ojos, luchando por conservar el dominio de sí misma.

El segundo timbrazo.

Vamos. Por favor, aprisa, aprisa.

El tercero se interrumpió a mitad, y se oyó una voz grave, soñolienta, malhumorada, que dijo:

- Uzumaki.

-N-Naruto. -La voz de Hinata era muy débil, insegura.

-¿Hinata? -Rápidamente desapareció todo rastro de somnolencia-. Hinata, ¿qué ocurre?

Ella intentó hablar, pero no pudo; tenía la garganta demasiado rígida. Aspiró varias bocanadas de aire.

- Hinata, maldita sea, ¡di algo! - Naruto ya vociferaba.

Se acercaba. No podía continuar luchando contra ello. El temblor se hizo convulsivo, la luz se desvaneció y perdió la vista. Hizo un esfuerzo desesperado, chillando, pero su voz fue sólo un susurro:

-Lo... está haciendo... otra vez.

Continuará...