Algodón
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Poco después, con los platos de la cena ya lavados, Naruto mandó a los chicos a la cama, y condujo a Hinata al dormitorio del piso bajo que estaba junto al recibidor. No encendió ninguna lámpara, y sólo unas monedas de luna se filtraban por la ventana de guillotina; por eso le pareció que había la suficiente penumbra para desvestirse sin avergonzarla.
Hinata no dijo nada cuando Naruto se quitó la camisa. Pero, cuando se quitó el cinturón de cartucheras e iba a seguir con el del pantalón, lanzó un chillido agudo.
-¿Qué estás haciendo?
Naruto se inmovilizó.-Desvistiéndome.
-¿Por qué?
Totalmente inseguro con respecto a cómo responder, Naruto dio un rodeo:
-Bueno... -Lanzó una mirada intensa a la cama-. Por lo general eso es lo que hago antes de acostarme. -Y eso que no tenía la menor intención de dormir-. ¿Y tú no?
-Pero ¿dónde está tu camisón?
-¿Mi qué?
-Tu camisón. No será que... -Se cortó, y tragó saliva. Naruto pudo ver el movimiento convulsivo de la garganta, hasta en aquella, semioscuridad-. No dormirás completamente desnudo...
Naruto se pasó una mano por la cara. No hacía falta ser un genio para comprender que estaba nerviosa como un gato de cola larga en una habitación llena de mecedoras. Desistió de desvestirse y caminó lentamente hacia la mujer, cuidando de no hacer movimientos bruscos. A juzgar por la palidez de la muchacha, que le confería un resplandor extraño a la luz de la luna, ya estaba bastante aterrada.
-No tengo camisón -le informó, cauteloso. Pareció escandalizarse al saberlo.
-¿No? Bueno... hasta que puedas comprarte uno, podrías dormir con tus... tus inmencionables.
-¿Mis qué?
-Tus... -bajó la voz-... tus calzones.
En verano, Naruto usaba unos calzones de algodón hasta la rodilla y, por alguna razón, supo que su esposa no se refería a eso.
-Hinata, cielo, no te haré daño. -Alisó un fino mechón de cabello oscuro, apartándolo de la mejilla-. Más bien tengo intenciones de hacerte sentir muy bien.
La mirada de la muchacha se apartó de la del hombre.
-Me alegro. Es decir... bueno, yo sé de... bueno, tú ya sabes. -Hizo un gesto con la
mano y se inclinó un poco hacia él, riendo, y murmuró, cómplice-: Es que preferiría no hacerlo desnuda.
Una oleada de ternura hinchó el pecho de Naruto. Recorrió con el pulgar el hueco de la mandíbula de Hinata.
-Y entonces, ¿cómo haremos?
-¿Con el menor lío posible?
Tuvo ganas de reír. Pero al mirarla en los ojos, comprendió el miedo de Hinata y supo que no era nada divertido. ¿Con el menor lío posible? El tenía la impresión de que, cuanto más lento fuera y cuanto más lío hiciera, sería mejor para ella. Pero, desde luego, Hinata no lo sabía.
Nerviosa, jugueteó con el botón superior del chaleco.
-También insisto en que compres un camisón de inmediato, a vuelta de correo. Naruto se imaginó cómo se burlarían sus hermanos si lo viesen con camisón.
-Veremos. Por ahora...
Le tomó la barbilla con el canto de la mano y le alzó la cara para besarla, confiando en poder excitar en ella la pasión, con la condición de que se relajara. Pero, al contrario, se puso rígida como un cuello doblemente almidonado.
-Hinata -la instó, con voz ronca-, no tengas miedo.
-No tengo miedo.
Murmuró la respuesta contra los labios de su esposo.
Pero, cuando le puso una mano en la cintura, Naruto supo al instante que mentía: tenía el cuerpo rígido.
Así, apretada contra él, percibía el ritmo agitado de la respiración y hasta el latir del corazón. Tuvo la esperanza de hacerle olvidar esos temores de doncella besándola.
Estaba a punto de intentarlo cuando se oyó un golpe en la puerta la habitación. Un instante después, se oyó un gemido angustioso que sonó no en toda la casa. Luego alguien gritó:-¡Ven, Naruto, rápido! ¡A Kurama le pasa algo malo!
Cuando Hinata y Naruto llegaron a la cocina, el perro estaba en pleno concierto de aullidos atronadores. Viendo al instante que la panza del animal estaba exageradamente distendida, Naruto se puso de rodillas.
-¡Oh, mierda! ¡Es la levadura de la masa! El pobre bribón comió demasiada, y no había terminado de levantar.
Azumi ahogó una exclamación:
-¿Va a morirse? -preguntó, con voz trémula.
-No -lo tranquilizó Naruto-. Pero va a sufrir un terrible dolor de vientre.
Miró a Hinata, deseando poder volver con ella al dormitorio, a terminar lo que había empezado. Pero una mirada a los afligidos ojos plata le dijo que, tal vez, no era bueno consumar tan pronto el matrimonio. Hinata necesitaba tiempo para conocerlo y, como marido, era su responsabilidad concedérselo. "Quizás hasta debería darle un mes,
¡Que Dios no lo permita!", pensó.
-Me parece que voy a tener que quedarme levantado, cuidando a Kurama. ¿Me acompañarías?
La muchacha sonrió, evidentemente aliviada por la tregua.
-Claro.
Así fue como los dos se prepararon para pasar la noche de bodas completamente vestidos, haciendo de enfermeros de un perro enfermo.
Poco después de medianoche, al fin llegó Menma a la casa. Naruto le informó del casamiento con Hinata y, después, Menma se unió a ellos en la vigilia, acomodándose en el suelo, junto al perro. Al principio, el ambiente era tenso: Hinata se mostraba abiertamente hostil, y Menma, enfurruñado. Naruto comprendió que los dos necesitaban hablar de los resentimientos que había entre ellos, que, al parecer, giraban en torno de Hanabi, la hermana menor de Hinata.
Cuando los instó a expresar su rabia mutua, Hinata empezó, acusándolo:
-¡Tú le diste falsas esperanzas a mi hermana, adrede, y luego la humillaste de una manera cruel!
Menma exclamó: -¡No hice tal cosa!
Así comenzó la pelea, y Naruto hizo de árbitro. Cuando los dos combatientes lograron ventilar todos sus motivos de cólera, logró guiarlos hacia una discusión más productiva, durante la cual se llegó a la conclusión de que Hanabi no le había contado toda la verdad a Hinata.
-Esa tarde, cuando se acercó a mí en la acera, se había rellenado el vestido con algodón -explicó Menma.
-¿Con algodón? -repitió Hinata, perpleja.
-Sí. -Menma hizo un ademán vago, señalándose el pecho-. Para parecer más grande...¿entiendes?
Los ojos de Hinata se pusieron redondos de asombro.
-¡No me digas!
Menma asintió, sombrío.
-Parte del algodón le asomaba, y ella no lo sabía -detalló-. Por encima del escote. Todos lo vieron. Algunos de los muchachos más pequeños empezaron a reírse. Cuando Hanabi se miró y vio qué los hacía reír de ese modo, empezó a llorar. -En su fervor por ser sincero, Menma dejó de acariciar a Kurama y la miró de frente-. Yo le dije que se fuera a casa, Hinata, tal como ella lo cuenta, pero no quise ser brusco ni tuve intención de ofenderla. Sólo quise... bueno, ella estaba tan avergonzada que, si no se o hubiese dicho, no habría tenido la presencia de ánimo de moverse.
Muy mortificada, Hinata se puso una mano sobre los ojos.
-¡Ay, Dios! ¿Algodón? ¿Por qué habrá hecho algo tan estúpido? -Movió la cabeza-. Ahora me explico por qué llegó a casa llorando. Debe de haber querido morir de humillación. ¿Por qué no me contó la verdad? Yo la habría entendido. Sin embargo, te echó la culpa a ti.
-Seguramente le habrá dado vergüenza contártelo. -Menma esbozó una leve sonrisa-. Cuando tenemos esa edad, todos hacemos cosas absurdas, en nombre del amor. Yo, una vez, hasta le canté una serenata a una muchacha, bajo la ventana del dormitorio.
-Eso no es absurdo, es muy bonito.
Menma rió.-¡Lo dices porque no me has oído cantar! -Echó una mirada a Naruto- Es tu turno, hermano. ¿Tú, qué ridiculez has hecho?
Naruto rió y respondió: - A mí déjame fuera de esto.
Hinata suspiró y se mordió el labio inferior.
-Creo que te debo una disculpa, Menma. Lamento que mi hermana haya sido un fastidio tan grande para ti. Parece que se te pegó a los pantalones.
-Oh, no fue tan malo -repuso-. En general, no me fastidió tanto. Salvo cuando entró detrás de mí en la casa de baños. Había tres hombres fumando cigarros, que se sumergieron en el agua al verla, y yo tuve que comprarles cigarros otra vez. Esa vez, tuve ganas de retorcerle el pescuezo.
-¿En la casa de baños? ¿Te siguió a la casa de baños? ¡Ah, espera a que se entere mi padre! No podrá sentarse en una semana.
La expresión de Menma se tornó preocupada.
-Tal vez no deberías contarlo -sugirió-. No quiero meterla en problemas. Es una niña. Los niños hacen cosas torpes.
Ese intento de Menma de suavizar la situación de Hanabi ganó por completo el corazón de Hinata. Sus ojos adquirieron un brillo sospechoso.
-Quizá tengas razón. Seguramente quedar avergonzada ante sus amigos fue suficiente castigo. -Miró a Naruto y apartó la cara-. Realmente me siento mal. Con todo lo que pasó, ahora me entero de que fue Hanabi la que se causó daño a sí misma.
-Todo lo que termina bien está bien -la tranquilizó Naruto
-¿Dices que termina bien? Tú has sufrido bastante por las travesuras de mi hermana. Aquí estás: casado conmigo.
Naruto sonrió: -Repito, todo lo que termina bien está bien.
Por la mañana, Kurama estaba mucho mejor, casi recuperado pe completo. Como aun estaba un poco preocupado, Naruto dejó que el perro quedara dentro de la casa, mientras él y Deidara iban a ordeñar las vacas y a juntar huevos.
Cuando los dos hermanos mayores salieron de la casa Yashamaru y Daisuke ya estaban en el fondo, recogiendo la leña cortada para las comidas de día, y la acomodaron en el porche.
-¿Qué está preparando Hinata para el desayuno? -preguntó Yashamaru en voz alta, cuando Naruto pasó junto a él, en camino hacia el cobertizo
-¡Galletas! -respondió Naruto, a gritos, aunque al mismo tierna esperaba que el segundo intento fuese más comestible que el primero.- Como estuvo levantada toda la noche, le dije que nos arreglaríamos con galletas calientes y melaza.
Yashamaru hizo una mueca, pero contuvo su decepción, pues estaba acostumbrado a comer cualquier cosa que pudiera conseguir.
Minutos después, mientras Naruto volvía a la casa, Yashamaru gritó:
-¡No tendríamos que haber dejado a Kurama dentro! Chocó con Hinata y le hizo volcar el frasco de melaza.
-Se ha derramado por todos lados -detalló Daisuke - Encima de Hinata, el suelo, la mesa. Ese sí que es un desastre. Encima, Hinata se distrajo limpiando y se le quemaron las galletas.
Naruto gimió. Entró en la cocina y encontró a Hinata todavía a gatas. Por el aspecto de su cara, supo que había estado llorando. Se arrodilló a ayudarla y, en pocos minutos, habían limpiado casi todo el jarabe Lamentablemente las tablas sin barnizar quedaron pegajosas, y se les pegaban los zapatos al suelo cuando caminaban por ese sitio.
-Bueno, este día ha tenido un comienzo maravilloso -dijo Hinata lentamente. Después, de repente, rompió a reír.
Naruto no comprendía qué era lo divertido, pues, desde que Hinata llegara, nada había salido bien. Pero luego comprendió por qué se reía: porque ellos ya habían empezado mal. Sólo Hinata era capaz de encontrarle humor a semejante situación.
Con una risa no muy convincente, se dejó caer en un banco.
-Bueno, supongo que, si salimos de esto, podremos salir de cualquier cosa.
Con el rostro enrojecido y sujetándose los costados, sin aliento, Hinata asintió y después logró chillar:
-¡Oh, Naruto, el banco! ¡Aquí es donde se me volcó jarabe también, y todavía no lo hemos limpiado!
Naruto se tocó con la mano atrás y maldijo en voz baja.
-Bueno, diablos.
Esta vez, le tocó a él estallar en carcajadas. Rió hasta que le dolió, hasta que le cayeron lágrimas por las mejillas. Hasta quedarse sin fuerzas.
-Las cosas tienen que empezar a mejorar -logró decir al fin-. Porque ya no pueden empeorar.
Hinata podría haberle dicho que, cerca de ella, las cosas siempre podían empeorar. Para ella, la mala suerte era como los milagros para Jesús, y en los días que siguieron pareció que el destino se empeñaba en demostrarlo. Una mañana, cuando iba del gallinero a la casa, no vio un trozo de leña que uno de los muchachos había dejado en los escalones. Se tropezó y rompió todos los huevos que había juntado para el desayuno. Como los huevos eran lo único que podía cocinar sin consecuencias desastrosas, no era un problema de poca monta.
La forma de cocinar de Hinata... no era simplemente mala: era espantosa.
Como todavía no se atrevía a decirle a nadie lo mal que veía, no tenía idea de lo que Naruto debía de pensar. Seguramente que era la criatura más estúpida de la tierra. Y lo entendía.
En una ocasión, leyó mal las etiquetas de los barriles de la despensa y puso sal en lugar de azúcar en el pastel de manzanas. Otra vez, puso el triple de la cantidad de soda que indicaba una receta de galletas.
La cosa se puso tan mal que, cada vez que alguien daba un mordisco normal a cualquier cosa que hubiese cocinado, tenía ganas de esconderse. Si no probaba las preparaciones a medida que las hacía, nunca estaba segura de haber leído bien la receta o confundido un ingrediente con otro.
Por desgracia, no sólo en la cocina cometía errores. Además de no poder seguir una simple receta con precisión sin las gafas, Hinata pronto descubrió otro error típico de ella: era muy distraída.
Fuera cual fuese la tarea a cumplir, en la mitad se distraía; era casi seguro que olvidaba lo que estaba haciendo, a menudo con desastrosas consecuencias. En una de esas ocasiones, puso toda una bañera llena de ropa blanca a hervir sobre un fuego, en el patio. Mientras estaba ahí, revolviéndola, con la vista perdida como en una nube, oyó llorar a Azumi y abandonó su puesto de vigilancia para ir a ver qué le pasaba.
Estaba muy angustiado, y pronto Hinata supo por qué.
El dieciséis de julio, que se avecinaba, era el cumpleaños de Naruto, y Azumi no tenía nada para regalarle. Como no podía soportar que el niño llorase, Hinata se empeñó en animarlo. Había enormes cantidades de papel de periódicos viejos y suficiente harina, y entonces le sugirió que le hiciera algo con papel maché. Se les ocurrió que sería ideal un cuenco en que guardar las monedas, y Hinata estaba enjugando las últimas lágrimas de Azumi cuando llegó un grito desde el patio. En un parpadeo, recordó el lavado, pero ya era demasiado tarde, para decirlo con ligereza, se había quemado. Más bien, se podría decir, incinerado. Fracaso... No sería tan duro de aceptar si no hubiese sido porque le importaba tanto, no sólo Naruto, de quien, tenía la sospecha, estaba enamorándose, sino también por Azumi, Menma, y todos los otros. Cada uno de los hermanos de Naruto se había vuelto especial para ella de alguna manera: Azumi, porque necesitaba con tal desesperación una madre, Menma por su inclinación a beber, y Yashamaru, porque necesitaba ayuda con la pronunciación, cosa en la que Hinata podía ayudarlo haciéndolo pronunciar en voz alta.
Y la lista continuaba. Por primera vez en su vida, Hinata sentía que la necesitaban de verdad. Quería con tal intensidad quedarse con los Namikaze sentir que pertenecía a la familia, saber que no era sólo parte de un arreglo circunstancial... Pero, por sus continuas torpezas, estaba casi segura de que Naruto la echaría con viento fresco. Y, si lo hiciera, ella lo entendería.
Para asegurarse de que no lo hiciera, Hinata planeó preparar una tarta especial para el cumpleaños de Naruto, de chocolate, con cubierta espesa que, según Azumi, era su preferida sobre todas las demás. El gran día, todo salió a la perfección. La tarta salió del horno con un aspecto sensacional. La cubierta era impecable, de la consistencia exacta. Cuando todos se le reunieron alrededor de la mesa para comer, Hinata estaba tan orgullosa de sí misma que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Entonces Naruto dio el primer mordisco a la tarta. Y, aunque era demasiado cortés para decirlo, Hinata supo por su expresión que algo no estaba bien.
-¿Qué pasa? -exclamó.
Naruto hizo un ademán quitándole importancia e intentó sonreír.
-No es nada -alcanzó a decir-. En serio, Hinata.
No le creyó ni por un segundo. Ella misma la probó: sal. La cubierta era deliciosa, pero la tarta tenía un sabor horrible. Casi se atragantó. No entendía cómo Naruto podía estar ahí sentado, fingiendo que no era tan espantosa.
De pronto, le pareció demasiado. En un instante, recordó cada uno de los desastres que había perpetrado desde que llegara. Y ahora, para agregar insulto a la ofensa, había estropeado el cumpleaños de Naruto. Hasta Azumi la miraba con expresión acusadora.
-Lo siento -murmuró sin dirigirse a nadie en particular-. Lo siento... mucho.
El golpe final fue cuando se dio la vuelta para huir de la casa. Kurama estaba tendido en el suelo, detrás de ella, y, como las lágrimas le dificultaban todavía más la visión, lo confundió con una alfombra, tropezó con él y se cayó de bruces. Menma fue el que primero llegó a su lado. Fue el que la ayudó a levantarse, se fijó si tenía raspones en las manos y le sacudió la ropa. Los otros revolotearon alrededor, pronunciando palabras de consuelo, pero ninguno dijo lo que ella necesitaba oír. Hinata no sabía qué podía ser. Lo que sí sabía era que se sentía humillada hasta la médula de los huesos.
Al levantar la vista hacia Menma, recordó lo que le había contado acerca de haberle dicho a Hanabi que se fuera corriendo a la casa, pero no por que quisiera ofenderla sino porque necesitaba que la hicieran moverse. Por diferentes razones, Hinata deseaba que le diera el mismo consejo. Cualquier cosa con tal de evitar esto.
Con movimientos agónicos, retrocedió hacia la puerta. A cada paso que daba, las caras se volvían más difusas. Salvo la de Naruto, desde luego. Supo que esa la llevaba grabada en el corazón, que jamás la olvidaría, jamás la vería borrosa, por mucho que se alejara de él.
Con un sollozo quedo que no pudo contener, abrió bruscamente la puerta y salió corriendo. No podía continuar así. No era ella la única que sufría: todos ellos sufrían también.
