•
Capítulo X
El secreto del Patriarca
•
Las pruebas que habían hecho llegar a sus manos cada uno de los santos que volvían de sus encomiendas, no hacían más que acentuar el sentimiento de haber fallado en su misión como líder de la orden.
En todos sus años dirigiendo el Santuario, manteniendo la frágil paz en el mundo a la espera de la reencarnación de Athena, luchando por no interferir demasiado para respetar el libre albedrío de la humanidad, jamás consideró siquiera como una posibilidad, que las historias fantasiosas de un puñado de hombres, fuesen reales.
Las desestimó tanto como las teorías de conspiración que por siglos vagaban entre lo imposible y lo absurdo, pero con el pergamino en manos, el que Shaka había llevado consigo en su escape de la isla, todas sus certezas dieron un vuelco.
Podía leerlo, podía comprenderlo; se trataba de la lengua muerta que hablaban sus antepasados mucho antes de que asentaran su pueblo en Asia.
Lo devolvió a su recipiente, pasando la punta de los dedos por el grabado en el metal, sintiendo un escalofrío al confirmar, por tercera vez, que se trataba de un trabajo orfebre de oricalco puro, y únicamente un gremio muy reducido, era capaz de realizarlo.
Aun así, ninguno lo haría, pues el oricalco puro no se usaba desde hacía siglos, cuando los alquimistas que atendieron el deseo de Athena para la creación de las armaduras, lo aliaron con polvo de estrellas y gammanium.
Guardó el cilindro entre sus ropajes, decidido a averiguar más al respecto.
Tras la agrupación, había ordenado a todos que permanecieran en la fuente de Athena, al menos hasta que los gemelos y Sorrento regresaran, que eran los únicos de los que aún no tenía noticias.
Claramente no estaban conformes, cada minuto perdían territorio a manos de horrores que hasta hacía unos días creían imposibles, pero la realidad de sus derrotas los obligó a aceptar el tratar sus heridas, tanto las físicas, como las mentales, provocadas por el impacto del cosmos corrupto que se había adherido al de Deathmask cuando este les avisó sobre lo que podría retrasar los planes de sus enemigos.
El silencio abismal del Santuario acentuó el sonido de sus pasos.
—Necesito estar a solas —dijo a los guardias de la puerta, quienes simplemente salieron, cerrando la gran puerta detrás de ellos.
Shion se volvió hacia el sitial, pero no se sentó en él, sino que usó su privilegio como Patriarca para escabullirse por entre las barreras del Santuario, llegando en cuestión de segundos al templo de Jamir.
El viento frío de esas altas montañas que hacía tanto tiempo no visitaba, lo recibió con inclemencia. Alejando por completo cualquier sentimiento que pudiese interponerse en la misión por la que había roto la regla no escrita de jamás abandonar el Santuario, sobre todo en una Guerra Santa, levantó las manos reconfigurando el templo.
Por la forma en las que los gruesos muros crujieron, se dio cuenta de que nadie había hecho eso antes, por lo que corroboró que Mū no había descubierto el secreto que su pueblo había guardado desde la era del mito, desobedeciendo deliberadamente a Athena.
Pensaba decírselo, pero nunca encontró el momento adecuado, y la muerte lo alcanzó primero.
Finalmente, se revelaron ante él unas escaleras que se adentraban en las entrañas de la montaña.
Descendió los primeros escalones, formando una esfera de cosmos para guiar su camino, pues las antorchas que sus antepasados habían puesto a los costados, estaban petrificadas, a punto de desmoronarse por su antigüedad.
El olor a humedad y abandono lo golpeó en la nariz, el aire viciado le dificultaba incluso el respirar, pero en cuanto llegó al final de las escaleras, y el estrecho salón del que su predecesor le había hablado, pero nunca había visitado, quedó ante su vista, el hueco en su estómago creció exponencialmente.
Respiró profundo para recobrar la compostura y decididamente se acercó a una caja que, por su brillo impecable, pese al abandono, rememoraba a las cajas de Pandora.
Pronto se percató de que la única forma de abrirla era mediante una combinación de sus piezas móviles en la cara frontal. Luego de pensarlo un poco, y dadas las circunstancias por las que se había construido ese recinto del que ni siquiera los Patriarcas, salvo que pertenecieran al pueblo muviano, tenían conocimiento, formó con las piezas el ideograma que representaba al primer jefe de su pueblo fuera del continente de Mu.
La caja se abrió enseguida, dejando expuesto un grueso libro, encuadernado con tapas metálicas y un cerrojo que inmediatamente le hizo pensar que solo podía abrirse de una manera.
Salió de aquel lugar devolviendo a su posición original el templo, yendo hacia el salón donde se resguardaban las armaduras de Escultor y Buril, encontrando ambas en sus respectivos nichos que flanqueaban el espacio vacío que dejaba la de Aries.
Luego de obtener las herramientas para usarlas a modo de llave, corroboró que su suposición había sido correcta y el libro finalmente se abrió.
Tal como le habían dicho, se trataba de una crónica recuperada de los sobrevivientes a la desaparición de su tierra natal.
Pasó las hojas con cuidado, aun con la situación apremiante por la que había recurrido a tomar esa decisión, no quería perder detalle, sin entender en primera instancia el motivo por el que le habían advertido la naturaleza traidora de aquel sitio.
Habiendo pasado los primeros capítulos que situaban el inicio de esa crónica antes de la encomienda para forjar las armaduras; hablaba del pueblo muviano y la adoración a su primer Dios, uno que les convenció de quedarse a las faldas de las montañas que habitaba a cambio de un regalo que los pondría en ventaja frente a cualquier enemigo: el poder para usar sus mentes como una extensión tangible de su cuerpo.
No todos lo recibieron, pero los primeros que manifestaron aquella misteriosa habilidad se convirtieron en sus sacerdotes, y se les rindió tributo con un palacio, oro, esclavos, todas las distinciones posibles, mientras que los siguientes, conformaron la élite del ejército y alquimistas, manteniendo sus dinastías más o menos con la misma jerarquía por los siguientes siglos.
Shion, sin embargo, no tardó en comprender que esa criatura a la que se habían enfrentado Shaka y Shura, no era otro que ese Dios.
"Si no se le ofrecía ninguna víctima, Ghatanothoa se arrastraría hacia la luz como una exudación de las tinieblas, y se derramaría por las laderas de basalto del Yaddith-Gho, arrasando y destruyendo todo aquello que encontrara a su paso. Ningún ser vivo podía contemplar a Ghatanothoa, ni siquiera una imagen suya por pequeña que fuese, sin sufrir algo peor que la muerte. La visión del dios o de su imagen, como aseguraban las leyendas de Yuggoth, significaba una parálisis y petrificación de lo más sorprendente y extraño: la víctima se convertía en piedra y cuero por fuera, en tanto que, en su interior, el cerebro permanecía perpetuamente vivo... fijo y preso a través de los siglos, enloquecedoramente consciente del paso interminable de los años, en una irremediable pasividad, hasta que el azar o el tiempo consumasen la destrucción de la corteza pétrea que lo aprisionaba, exponiéndose a la muerte".
Más adelante, se narraba la historia del hereje T'yong, la única persona de la que se tenía conocimiento, que se había adentrado en el templo de Ghatanothoa con la intención de liberar al pueblo de su tiranía, sin embargo, al no volver, se concluyó que había fracasado, y aunque se descubrió el sabotaje del que fue víctima, habiendo sido reemplazado el hechizo preparado por una réplica ineficaz, nadie más intentó siquiera pensar en ello.
Shion sacó el cilindro que resguardaba el pergamino, comparando los grabados con la pequeña ilustración.
Shura y Shaka, sin duda alguna, habían encontrado al desventurado hombre y recuperado el pergamino falso.
Entonces, el cronista finalmente colocó con palabras textuales, la advertencia de que, al continuar la lectura, se traicionaba la confianza de Athena, y que, por amor a ella, de seguir, sería solo por fuerza de las circunstancias adecuadas.
Un siglo después de la fallida rebelión de T'yong, el mundo tembló, sacudido por la fuerza magnánima de una batalla entre dioses, e incluso los sacerdotes fieles a Ghatanothoa temieron que emergiera a la superficie para tomar bando.
Cegados por el temor a tal posibilidad, reclamaron que todas las doncellas de la tierra de Mu fueran conducidas a la antesala del templo en las faldas de la montaña, para que su sacrificio calmara las ansias de salir a la cruzada. Arrancadas de sus casas por la fuerza, quizás fueron sus lágrimas las que las conmovieron.
La luz de su cosmos iluminó la mortecina estancia, como si hubiera amanecido, dos jóvenes, más hermosas que el cielo estrellado, más luminosas que el sol, con su sola presencia parecieron aminorar el dolor y el miedo.
La voz de la mayor detuvo a los obstinados sacerdotes de Ghatanothoa y el gentil toque de la menor liberó a las doncellas. Sin embargo, postrados a sus pies, suplicaron por conocer la forma de apaciguar a aquél que dormitaba en lo profundo de la montaña.
Ellas prometieron hacerse cargo, y ataviadas con resplandecientes armaduras, subieron las inmensas escaleras que conducían al templo principal, que solo el hereje T'yong había alcanzado a ver, pues los primeros habitantes registraban que ya estaba ahí cuando se asentaron.
Lo único que podían distinguir era el destello dorado en lo alto de la montaña.
Las diosas volvieron victoriosas, asegurando que, al igual que habían hecho con otros dioses antiguos, no volverían a ver la luz del sol.
¡Gloria a las diosas de la justicia y la victoria!, escribía el cronista.
Una sola cosa pidió la mayor, que los templos y pergaminos que mencionaran al vencido Ghatanothoa fuesen destruidos. Que los sacerdotes que le servían hicieran un voto de silencio y de sus labios no volviera a pronunciarse su nombre, que los habitantes de la tierra de Mu olvidaran esos años oscuros de miedo y sacrificio, porque el simple pensamiento podría influenciar algún regreso, pues no está muerto lo que puede yacer eternamente.
El templo principal ardió en llamas luego de ser destruido tanto como fue posible, el fuego se avivó con los pergaminos y tapices que representaban la adoración al dios, si bien realmente no había efigies de él, sí de sus sirvientes, de la montaña, de lo poco que podían ver del templo y réplicas de los ideogramas que habían podido rescatar de las ruinas previas a su propia ciudad. Los guerreros lanzaron las insignias de sus armas, y las mujeres sus colgantes.
Al amanecer, quedaban apenas ardientes cenizas, pero las diosas se habían marchado de la misma manera misteriosa en que habían llegado.
El ánimo del pueblo se recuperó poco después de eso, en el horizonte aún era posible ver algunos destellos, y por momentos, la piel se le erizaba a aquellos bendecidos con el único regalo que Ghatanothoa les había hecho, al menos a los más poderosos, que sentían en sus cabezas el estallido de esas batallas entre dioses.
Así, el temor por el ascenso de Ghatanothoa se había reemplazado por el temor a quedar en fuego cruzado de lo que fuera que atormentaba los cielos y hacía temblar la tierra.
Esos temores no fueron infundados, pudieron ver de nuevo el resplandor de las diosas acercándose por la costa este, pero no estaba sola, estaba en la proa del barco insignia de una flota de al menos cincuenta naves de velas blancas.
El rey, se abrió paso hasta el muelle que la recibía, postrándose a los pies de la diosa, escuchando con horror que los barcos eran para ellos, pues su padre había ordenado que todas las ciudades de los Antiguos debían yacer en la profundidad del mar.
Sin tiempo para alguna negociación al respecto, el caos se apoderó de la multitud, y una facción reticente de la traición a Ghatanothoa, incitó a la rebelión, acusando a las diosas de codiciar sus tierras y riqueza.
Un poderoso trueno silenció a la turba que se formaba, y las nubes se arremolinaron con una prontitud inaudita mientras que la lluvia caía a plomo.
El mar se agitó y dejando de lado cualquier diferencia, el pueblo de Mu tomó solo sus más elementales pertenencias y se precipitaron al abordaje de los barcos.
En medio de ese caos, fue que el rey finalmente se libró de su papel tácito como marioneta de los sacerdotes que ostentaban el verdadero poder.
Usando, como nunca antes, su don para llegar a los pensamientos de otras personas sin importar lo lejos que se encontraran; avisó a cada pequeño pueblo y villa, recorrió todos los confines de su reino para que apresuraran la evacuación.
Los movimientos de la tierra cambiaron por completo la línea de horizonte, levantando montes donde antes no los había, fisurando la tierra y sumergiendo hasta los palacios más altos.
Las diosas se habían mantenido en un mismo sitio, usando su poder para mantener un paso seguro.
Los primeros zaparon en un par de horas, pero debieron pasar cuatro días antes de que el hundimiento fuera inminente, y llevándose consigo a dos de los barcos aun libres, la tierra de Mu finalmente desapareció en el mar.
Guiados por el radiante cosmos que apaciguaba sus temores, con la lluvia y el mar bravo, la incertidumbre sobre su destino se convirtió en el menor de los problemas cuando el cielo, negro por completo, se iluminó un instante por un par de relámpagos.
Todos gritaron por el horror que pudieron distinguir: un dragón, un pulpo, una monstruosidad encomiosa que vociferaba, sobreponiéndose incluso a la tormenta.
Las diosas ordenaron que aquellos más dotados o que habían perfeccionado el regalo de Ghatanothoa, levantaran defensas para proteger las mentes de todos los sobrevivientes, mientras levantaban el vuelo, dirigiéndose al encuentro de la abominación, que ni siquiera en sus más fantasiosas idealizaciones sobre su antiguo Dios, habrían podido imaginar algo así.
El cosmos de las diosas casi volvía en día la noche, el mar se agitaba con violencia, como si se hubiera abierto, emergiendo de ahí una tercera figura que nadie pudo reconocer y se unió a la batalla.
Aquella aberración retrocedió poco a poco, aunque por su colosal tamaño, apenas era perceptible el movimiento
De pronto, uno de los resplandores dorados se precipito hacia las naves.
Uno de los miembros de la guardia personal del rey consiguió atraparla antes de que cayera en el furioso mar; se trataba de la diosa más joven, herida de tal forma que solo corroboraba su naturaleza divina, pues una mujer ordinaria habría muerto enseguida.
Los médicos y alquimistas trataron de sanar sus heridas, pero ninguno de sus conocimientos o habilidades tenían resultado alguno.
Con las fuerzas exiguas, la joven diosa pidió al rey un favor, que le obsequiara el báculo que portaba a Athena, y le dijera que siempre la acompañaría a sus batallas. Enseguida, una poderosa luz dorada obligó a todos a cubrirse los ojos.
El rey aseguraba que se sintió envuelto en una calidez reconfortante, y cuando el cegador resplandor se atenuó, el báculo en sus manos había cambiado, era completamente dorado, mientras que la joven diosa se había desvanecido.
La tormenta no amainó, por el contrario, las olas se alzaban en descomunales dimensiones, y de la flota original que había conseguido zarpar del puerto derruido, menos de la mitad consiguió vislumbrar la costa.
Sin embargo, ni bien consiguieron desembarcar, el resentimiento de los antes sacerdotes de Ghatanothoa volvió a ponerse de manifiesto, exigiendo que se entregara a su cuidado a la diosa, ya unida al báculo, para usarla como estandarte de guerra en esas tierras.
Comprendiendo que sus intenciones eran faltar a la promesa de estregarla a la diosa mayor, el rey se negó en rotundo, librando una batalla de varios días.
Con la victoria del rey, el reducido grupo se dividió de forma definitiva, los antiguos sacerdotes y sus partidarios escaparon hacia las montañas.
El cielo dejó de retumbar a cabo de algunos días, y la diosa mayor pronto les dio alcance, agradeciendo al rey y sus seguidores el proteger a Nike.
Una ventisca se coló en el templo de Jamir hizo silbar cada recoveco de piedra, obligando a Shion a levantar la vista, permitiéndose mirar de nuevo las piedras talladas que decoraban ese salón y relataban la historia de su pueblo desde que llegaron a esas tierras.
Sabía, por la tradición oral, que el antiguo rey de Mu había renunciado a su corona para seguir a Athena a occidente junto con algunos de sus más devotos guardianes, y sabía que el primer jefe de la aldea se había negado a conservar la organización monárquica que por mucho tiempo habían seguido, liberó a quienes habían vivido como esclavos y se dedicó a entablar buenas relaciones con los pueblos aledaños.
Distinguió las ovejas y los campos que araron, las pequeñas casas, a los alquimistas que forjaron las armaduras de los santos de Athena, a los primeros aprendices, y a todos los que habían llegado a ser nombrados Patriarcas.
Volvió la vista al libro, pasando los dedos sobre la última página, la que recopilaba las últimas preguntas del cronista, sobre el destino de los antiguos sacerdotes de Ghatanothoa, y si ellos serían capaces de guardar el secretismo que Athena había pedido.
Y la más importante, ¿podría Ghatanothoa aún tener vínculo con ellos mediante el regalo que les había dado?
Le quedaba claro que los antiguos sacerdotes y sus seguidores habían instruido a las siguientes generaciones en su culto, prueba de ello, era el grupo que había emboscado a Shaka, totalmente determinados a ofrendar, finalmente, sacrificios al dios bajo la montaña.
También entendía otra cosa; por tradición, todos los niños menores a ocho años podían alistarse para ser aprendices de caballero, pero aquellos que daban indicios de tener habilidades psícoquinéticas, eran enviados a ese templo, con el caballero de Aries para recibir entrenamiento de santo lo quisieran o no, independientemente de su edad.
Siempre le pareció una decisión pragmática, y estaba seguro de que, si en ese momento le preguntara el motivo al actual jefe de la aldea, le diría que siempre ha sido así, pero luego de haber leído aquél viejo volumen, no le quedaba duda que fue un intento de sofocar cualquier remanente del ahora desconocido Ghatanothoa, por la influencia divina de Athena.
Ya lo entendía todo.
Si bien la psicoquinesia que caracterizaba al pueblo muviano no era exclusiva de ellos, y caballeros de buen nivel podían desarrollar ciertas habilidades, era inevitable comprender que a sus enemigos les resultaba fácil interceptarlos, como habían hecho con Deathmask.
Dio una última mirada al muro con los nichos de las armaduras que siempre se habían asignado a aprendices de Jamir.
¡Siglos de tradiciones que solo se seguían sin saber el motivo real!
Cuando su maestro le confió el secreto, le aseguró que nunca había estado ahí, y le advirtió que únicamente bajara a en la más desesperada de las circunstancias, era así como pensaba decírselo a Mū. Entonces pensó con horror que su condescendencia para confiarle el secreto antes, había puesto en peligro una información valiosa.
Movió la cabeza de un lado a otro, en ese momento solo tenía que concentrarse en preparar a la orden para enfrentar a su enemigo y con lo que acababa de descubrir, cualquier duda sobre la legitimidad de los libros que Aldebarán y Aioros habían recuperado, quedaba despejada.
Consciente del riesgo, pero sin más remedio, regresó al Santuario tal como había salido.
Comentarios y aclaraciones:
*Reliquia de un mundo olvidado/Más allá de los eones, H.P. Lovecraft & Hazel Heald (1935)
¡Gracias por leer!
