Serie: Boys.

Fandom: Kuroko no Basket {AU}

Rating: M.


X-. ¿Quieres quedarte esta noche?


El abanico de tarjetas que se desplegó ante él le hizo sentir como si tuviera una muy buena mano en una partida de póker. Asintió con la cabeza, pasándolas de una en una y reconociendo los logos incluso antes de leer el nombre del equipo. Las largas letras rojas del Alvark Tokyo, dos veces campeón de la ; el águila musculosa de los Toyotsu Fighting Eagles de Nagoya o los jóvenes Yokohama B-Corsairs, unas promesas de 2010 que consiguieron ganar un campeonato de la liga. Entre otros, había también un equipo coreano llamado Elephants y una tarjeta con las letras azules de los Golden State Warriors, de los que Kiyoshi sabía que estaban en plenos planes de traslado de su sede actual.

Había un total de ocho, lo cual no era un mal número de reclutadores para un jugador de primer curso. Si tuviera que hablar como un futuro entrenador, Teppei diría sin temor a equivocarse que todos aquellos pedazos de papel eran una puerta a su futuro que le llevaba en diferentes direcciones, pero que tenían un destino muy similar. Optar por un equipo profesional dadas sus habilidades era lo que se esperaba, aunque obviamente Aomine tendría sus propias opiniones al respecto.

—Entonces —empezaba Kiyoshi tras un momento de silencio—, ¿has pensado en lo que vas a hacer?

El muchacho frente a él observaba el paisaje con aire pensativo. Era evidente lo prematuro de la pregunta, puesto que aún le quedaban dos años más para graduarse y no podría dedicarse al completo a sus estudios si decidía emprender aquel viaje desde ya. Además, ahora que había perdido por primera vez, parecía que necesitaba poner en orden muchas cosas en su cabeza.

Una llovizna repentina salpicaba los cristales desde que habían entrado en la zona de montaña, de camino una vez más a Yamagata aprovechando las vacaciones de navidad. Aomine había querido unirse a la escapada para poder partir el año con sus padres, dejando un poco colgados a sus tíos, que pretendían volver pasado mañana.

Teppei no supo exactamente por qué. Quizás quería dedicarle un momento a la reflexión o quizás pedirle consejo sobre lo que hacer. Al parecer no había tenido la oportunidad de pensar seriamente desde que la Winter Cup había acabado con el Seirin proclamándose campeón, y la horda de reclutadores dejaban caer en sus manos las tarjetas de visita junto a frases como "nos gustaría tenerte". Entendía que para un crío aquello debiera resultar agobiante. Sobre todo si eran todos tan buenos equipos.

—Siempre quise entrar en los Chicago Bulls —dijo entonces Aomine, apoyando la espalda en su asiento.

—Eres ambicioso… —Kiyoshi esbozó una sonrisa ladeada que no quiso parecer demasiado escéptica. Volvió a ojear las tarjetas, no encontrando el logo de los Bulls entre ellas.

—No es que me hayan invitado —notó Aomine, girando la cabeza hacia él—. Pero sería cuestión de llamar su atención. Con el tiempo.

—Siendo tú, lo conseguirías —le mostró la tarjeta de letras azules de los Golden State Warriors—. Aquí tienes americanos, también. Podrías empezar por ahí.

—Podría. Pero tendría que irme a San Francisco —le recordó, mirándole a los ojos como si esperase que Kiyoshi tuviera algo que decir al respecto.

—Con los Chicago Bull tendrías que marcharte también —le recordó—. Si no quieres limitarte a los equipos de nuestro país, sólo tienes esa opción. Pero no es necesariamente algo malo; entre viaje y viaje podrías hacernos una visita. Que no se te suba lo profesional a la cabeza, Daiki-chan.

—Cállate… —Aomine pareció ruborizarse, dándole con el codo en el brazo antes de volver a mirar por la ventana.

Dos meses atrás no habrían podido tener una conversación como aquella. Teppei se había dado cuenta de lo mucho que había influido en Aomine el perder, y aunque estuviera mal pensarlo, había sido algo bueno para él. Recordar el espíritu del juego, la emoción de un buen enfrentamiento y la frustración que se sentía al no conseguirlo; todo aquello eran cosas que un jugador debía experimentar tarde o temprano para poder evolucionar y tener otro tipo de mentalidad.

Aomine no había intentado absolutamente nada más desde la noche en el campamento. Y ya fuera por sus palabras o por la derrota, Kiyoshi estaba aliviado de poder sentarse junto a él de aquella manera y volver a ser un hermano mayor sin complicaciones.

Se separaron en mitad de la ciudad casi una hora después, cuando Yamagata les daba la bienvenida con una brisa helada bajada directamente de las montañas y un cielo que vaticinaba lluvias inminentes. Kiyoshi le perdía de vista por uno de los callejones cercanos al colegio de primaria antes de seguir su camino a casa de sus abuelos. No había avisado a Suzume de que llegaba hoy para poder reservarse el factor sorpresa, por lo que se dio prisa en aparecer tras demasiado tiempo fuera.

Su abuelo estaba fuera, al parecer colocando algún que otro adorno de navidad que el viento se había encargado de lanzar hacia el otro lado de la valla. Al verle, no dudó en levantar los brazos e ir a abrazarlo, para poco después agarrarle del brazo y prácticamente arrastrarlo dentro mientras anunciaba su llegada.

Encontró a su abuela en la cocina con Suzume. Habían adornado la casa tal y como recordaba de años pasados, con lazos, los kadomatsu bien preparados de su abuelo y los ya invaluables manteles rojos de la abuela. Reconoció algunos detalles de más, nuevos y evidentemente recién comprados como el pequeño arbolito de navidad junto al televisor o algunos juegos de luces con forma de reno que había ahora en las paredes del pasillo, suponiendo que había sido cosa de Suzume y su locura espontánea.

Su abuela le dio un cálido abrazo. Su novia una ardiente colleja.

—¿Por qué no me dijiste que venías hoy? ¡Podría haberte ido a recoger a la estación, tonto!

—Ow… —Kiyoshi rió, como confundido—. Bueno, es que… ¿Sorpresa?

—Idiota… —ella hizo un puchero que, a fin de cuentas, no pudo mantener durante demasiado antes de abrazarle también. Kiyoshi adjuntó un par de besos a aquel gesto, como si sintiera que debía disculparse con cada uno de ellos por la cantidad de cosas que habían pasado. Ajenas a su voluntad, sí, pero que le habían hecho sentirse mal igualmente.

Según su abuelo, habían seguido todo el proceso de sus partidos por las redes gracias a Suzume, así como el último que habían televisado hacía dos meses atrás. La Winter Cup les había sorprendido, pues según palabras textuales de su abuela, los niños de hoy eran demasiado altos y hacían las cosas demasiado bien. Curiosamente, Kiyoshi estuvo de acuerdo con eso.

Poco después se ponían al día, parándose a felicitarle una vez más por conseguir su título y animándole a seguir lo que quedaba de curso hasta lograr también las credenciales con las que podría volver de nuevo a casa.

Esa tarde almorzaron juntos y planearon la fiesta de finales de año. Y queriendo resarcirse un poco dada su ausencia, Kiyoshi ayudó con los preparativos anuales de aquella vieja casa; desde los arreglos y refuerzos del tejado para la temporada de nevadas y lluvia hasta el acicalamiento del jardín trasero y el desván. Acompañaba a Suzume más tarde a su casa, manteniendo una conversación curiosamente intrigante sobre postales navideñas y su historia, así como su elección clásica a la hora de distribuirlas a su familia.

Suzume había dejado de trabajar en el B3 en cuanto su carrera como historiadora había exigido más de lo que podría aportar teniendo un trabajo con tales horarios. Con algo de ayuda familiar y un trabajo eventual por las tardes, había conseguido mantenerse y dedicarse plenamente a lo que le gustaba. Hacía ya dos años desde que habían empezado oficialmente a salir, y la muchacha cada día le sorprendía más con todas aquellas charlas kilométricas sobre temas en los que no te esperabas que hubiera más de dos líneas de conversación.

—¿Este año quieres algo especial? —le preguntaba Suzume una vez delante de las puertas de su apartamento.

—Nada —respondía Kiyoshi con una sonrisa, frotando con el pulgar los nudillos fríos de la chica—. Lo de siempre está bien.

—¿Templo y fotos? —la chica levantó una ceja—. Eres tan simple.

—Sí. Pero eso ya lo sabías desde el principio —Kiyoshi rió, alzando su pequeña mano para besarla—. ¿Tenías en mente algo más?

—Que va. Me basto y me sobro con tu simpleza —le aseguró ella, acercándose y alzándose sobre la punta de sus pies para poder besarle.

Su primer año como pareja habían tenido un desacuerdo con respecto al día de su aniversario. Kiyoshi aseguraba que su primera cita había sido en navidad, y que aunque no fuera oficial, había sido el primer paso. Por otro lado, Suzume mantenía que todo comenzaba con el primer beso, y que había sido en Marzo, cuando Teppei le devolvía por fin el regalo en el día blanco. Así pues, dado que no podían ceder demasiado bien con la fecha, se habían decantado por un evento que sería difícil de olvidar, y ese era el fin de año. Parecía algo muy cómodo, según habían dicho algunas de sus amistades, pero muy conveniente para alguien ocupado como Suzume y alguien extremadamente olvidadizo como Teppei. Y no les había ido nada mal.

Aquel sería el segundo año que visitarían el templo, tanto para recordar aquel último ciclo de relación como para dar la bienvenida a lo que le siguiera en el próximo. Y dada la visión artística e histórica que corría por las venas de su novia, sería la segunda foto que tomarían en un concreto lugar del templo; algo que seguirían repitiendo a lo largo de los años, como si pudieran ir contando el número de canas y de arrugas que hubiera superado aquella relación.

Después de despedirse, quiso hacer lo propio con Izuki. Tenía la impresión de que su amigo estaba preocupado por haber ocultado todo lo ocurrido con el pequeño Aomine años atrás, por lo que vio conveniente hacerle una visita, saludarle y dejarle con la consciencia tranquila.

No supo muy bien si lo había conseguido con su sinceridad parcial, pero Teppei no mintió cuando le dijo que todo se había solucionado al final. Que ese pequeño Aomine, pese a los años y aquel malentendido, seguía siendo como el niño que una vez había conocido. Un hermanito al que quería seguir cuidando.

[…]

Te espero en la cancha a media noche.

El mensaje le había llegado la tarde del 31, mientras acompañaba a sus abuelos a su visita temprana al Hojuzan Risshaku, su templo habitual desde hacía años. Como venían haciendo desde que se veían incapaces de aguantar las largas colas que se formaban a media noche, se aseguraban de dejar sus deseos y donaciones entrada la tarde aunque resultase muy prematuro. Así, aprovechaban la transición hasta la noche para repartir los seibo, regalos que se les hacía a las personas a las que tenían algo que agradecerle —Suzume entre ellas, aunque esta insistió en que no hacía falta un detalle semejante— y poder celebrar de forma personal y tranquila su propia versión del fin de año en casa.

Así pues, no pudo contestarle hasta después de la cena. Su abuela había preparado su exuberante tempura de fideos largos y cebolleta extra, mientras que Suzume se había hecho con algunos Jûbako de oshechi-ryôri para comer después de la visita al templo. Les habían acompañado durante toda la noche, viendo su programación habitual de todos los años, para luego salir hacia el distrito Higashitagawa, donde visitarían, como el año pasado, el templo Hagurosan. Con Suzume al volante de su mini smart verde chillón, se gozaron un camino de hora y media mientras hablaban o canturreaban alguna canción de la radio.

—¿Cuándo vuelves a marcharte? —preguntaba ella, tras abonar el peaje del área de descanso de la carretera Tsuruoka. El olor a comida del restaurante coreano llegaba hasta el parking, como si quisiera competir con sus jûbako.

—El cuatro, creo —respondió Kiyoshi, antes de consultarlo en el calendario del móvil—. Sí, el cuatro. Hay menos índice de entrenamiento, pero quisiera ayudar a los novatos que suben en la alineación cuando los de tercero deban dejar el club. Sé que es un momento emotivo para ellos y me gustaría estar presente.

—Es la época de elegir también nuevo capitán, ¿no?

—Sí —asentía Teppei, volviendo a poner la calefacción del coche—. En cuestión de habilidad, Aomine lo haría bien. Sería un líder que diera confianza, puesto que va sobrado. Pero al mismo tiempo sería una elección malísima.

—¿Y eso? —enarcó una ceja Suzume, sin seguir del todo aquella lógica.

—Precisamente porque va muy sobrado —rió, encogiendo los hombros—. Y no creo que tenga paciencia. De elegir a alguien, sería Wakamatsu-kun. No es el chico con la mejor paciencia del mundo, pero es muy pasional al respecto y se preocupa mucho por su equipo. Lo haría bien.

—Te gustaría quedarte con ellos, ¿verdad? —adivinó Suzume, retomando el camino por carretera.

Teppei lo pensó. Quizás no fuera lo más conveniente para Aomine, puesto que el adolescente parecía pasar por una etapa de frustraciones varias y cambios hormonales que aún no terminaban de definirse del todo, y puede que su influencia no fuera la mejor. Aunque llevaba meses comportándose…

—Estaría bien como aprendizaje extra, pero con quien realmente quiero trabajar es con los peques —admitió—. Quiero verlos crecer hasta que den sus primeros pasos hacia lo profesional —carcajeó—. ¿Te imaginas? ¡Quizás entre todos esos enanos exista el futuro Yuta Tabuse!

—Consigue firmas de todos ellos, por si acaso —bromeó ella, uniéndose a la risilla.

Con una sensación de deja vù subiéndole por la espalda, Teppei contestó al mensaje que Aomine le había enviado entrada la tarde, y que había dejado pendiente hasta ese momento. No quería rechazar su invitación y dejarle plantado, y mucho menos después de lo ocurrido el día que se marchó de Yamagata, pero en una noche como aquella era difícil hacer promesas y planes de improviso.

No obstante, Aomine le respondía de nuevo antes de poder guardar de nuevo el teléfono, haciendo que su estómago diera un vuelco al temerse una mala respuesta.

No supo que responder a lo que se expuso en la pantalla. Y, como notando su estupefacción, Suzume apartó un segundo la mirada de la carretera para mirarle de reojo.

—¿Qué pasa?

Con disimulado impulso, Teppei apagó el teléfono y terminó por guardarlo en la chaqueta, con algo de mala consciencia.

—Izuki dice que nos demos prisa si queremos llegar a las campanadas —terminó por responder, con una sonrisa sutil. Y con una nueva melodía en la radio, Suzume aceleró otro poco.

La escalera hacia el Hagurosan estaba iluminada por farolillos rojos y linternas de papel blancas, que iban de lado a lado de los árboles que resguardaban los escalones de piedra. Dejando atrás el aparcamiento atestado, la ruta empezaba con un pequeño puesto de comida, donde Kiyoshi se aseguró de comprar unos takoyaki para el camino. Después le seguía la tienda de recuerdos, donde se congregaban los recién llegados como abejas en un mismo panal. Suzume expresaba su descontento al tener que meterse en un lugar tan atestado, y avisaba a Kiyoshi que más le valía sacrificarse más tarde para comprarle algo bonito.

La ruta seguía con el museo Shimane, en el que su encantadora novia fan de la historia en toda su gloria no tuvo ningún inconveniente en meterse, no dejando rincón sin explorar ni explicación en su versión extendida que dar. Teppei sintió que no había estudiado tanto en toda su vida.

Dejando atrás los Tenyu y Orai Shrine, las casetas donde las filas engrosaban el altiplano para poder pedir sus deseos de año nuevo, enfilaron la larga escalera de piedra que llevaba a Dewa, el camino que subía hacia el gran templo donde resonaría el tañido de la campana.

El gran templo rojo se levantaba con orgullo. Habían iluminado la parcela respetando las viejas tradiciones, con hilos de luces blancas y naranjas, dejando que los focos iluminasen la estructura. Familias enteras a las que no les importaba el gélido frío instalado entre las montañas de Dewa, y que esperaban poder escuchar en vivo y al completo las 108 campanadas.

Aquello le hizo preguntarse a Teppei si en unos años él sería uno de esos padres que cedía su bufanda a sus hijos, o que los cogía en brazos cuando el sueño les venciera. En aquel momento no le parecía algo muy inverosímil, y no era una imagen de sí mismo que le disgustase para el futuro. Poder seguir visitando aquel lugar recóndito año tras año, transición a transición, hasta que aquel día no fuera más que una de las tantas anécdotas que tuviese que contar.

Se encontraban con Izuki y su familia cuando buscaban sitio, pudiendo disfrutar del espectáculo y la comida que le siguió al celebrar aquel principio de un ciclo que, desearon, fuera siempre mejor que el anterior.

Por lo que comprobó según avanzaba la noche, Izuki era muy mal bebedor y su hermana mayor, Aya, parecía ser capaz de bajarle la borrachera a hostia limpia. La comida resultaba ser todo un manjar, opinión que compartió con Suzume mientras se terminaban sus menús, prometiendo comprar algún buen postre al bajar de camino al coche.

—Y entonces, ¿habéis pensado en casaros? —soltaba la señora Izuki en algún momento, con una sonrisa encantadora y una mirada directa hacia Teppei. El aprendiz de entrenador tuvo la sensación de que sólo había una respuesta aceptable a aquella cuestión.

—¡Mamá! —amonestó Aya.

—Eeh… —Teppei no supo exactamente qué decir.

—¡N-no hemos hablado de eso aún! —intervino Suzume, con las mejillas cogiendo color. Y dando palmadas en el hombro a su novio, añadió—. Y no es que él piense en esas cosas tampoco.

—¿Quieres casarte? —preguntó Teppei, devolviéndole la mirada. Y ante la expectación que le siguió a aquella pregunta, Suzume pareció enrojecer el doble.

—Bueno… Lo habré pensado alguna vez, sí —admitió—. Pero serían planes aún con vistas al futuro. Primero quisiera centrarme en terminar mis cursos y la tesis. Además de todas las charlas orientativas a las que quiero asistir.

—Eres demasiado lista para un cabeza-músculo como ese, Suzu-chan —puntualizó Aya, enarcando una ceja de forma burlona.

—Estoy de acuerdo —asentía Izuki.

—Pues yo creo que hacéis una parejita muy mona —añadía la señora Izuki—. ¡Vuestros hijos serán inteligentes y altos!

Ante la afirmación, Teppei se atragantó, Suzume sintió como si la cabeza le echase vapor a alta presión y Shun empezó a carcajear, como si hubiera logrado imaginarse a dichos niños.

—¡Mamá, deja de beber! —Aya puso fin a aquella conversación.

La visita al templo finalizaba con un segundo viaje al puesto de comida y otro más a la tienda de regalos. Teppei se daba una vuelta por el interior, dejando a Suzume cotilleando con Aya en la entrada, junto a las papeletas de la fortuna. Pasó de largo las miniaturas del templo y las pequeñas campanas de aire hasta llegar a un gran corcho expositor con diversidad de amuletos, donde se entretuvo leyendo lo que se pretendía potenciar con cada uno.

Cogió uno con un degradado en rosa que prometía felicidad en el amor, mientras que otro de color violeta rezaba éxito académico. Sopesando lo que se había estado hablando hoy, llegó a la conclusión de que Suzume aprovecharía mucho más el segundo, ya que el primero podría depender enteramente de él por el momento.

Satisfecho con la compra, dejó el amuleto rosa en su lugar, junto al que exponía de forma orgullosa el kanji de éxito sobre un acabado azul y dorado. Ver que era el último que quedaba allí colgado le hizo pensar que todos buscaban su propio triunfo, fuera de la manera que fuera. Alguien como Suzume, cuya pasión no pudiera ser tan interesante para otros como lo era obviamente para ella; alguien como Hanamiya, que pese a todo tendría también sus propias aspiraciones hacia la cima; Aomine, a quien se le abrían diferente rutas de futuro…

Teppei sostuvo el amuleto, sintiendo la tela gruesa y rugosa de su forma entre los dedos, como si con ello pudiera hallar sus propias aspiraciones. ¿Qué quería para sí mismo? Una vida feliz, una familia, un trabajo, una independencia. Era la lista de cosas típicas que en aquella época te hacía una persona, lo que podía convertirte en algo de valor. Pero si de verdad quisiera el éxito, ¿qué pediría? Ser un buen jugador, estar en un buen equipo. Tal vez algo de fama, ¿por qué no? Aunque luego no supiese cómo manejarla exactamente.

Kiyoshi no se consideraba un hombre demasiado ambicioso. No hasta un punto enfermizo, al menos. Su vida actual no le disgustaba, porque dentro de lo malo, había conseguido seguir una ruta cercana a lo que deseaba. Y no estaba nada mal.

La voz de Izuki llamándole le sacó de sus pensamientos, y abandonó la tienda de regalos dejando un hueco vacío en el tablón.

Cuando volvieron a Yamagata, pasaban de las tres de la mañana.

Habían podido desligarse de la enorme cola que se formaba en las carreteras hacia el sur, como si todos hubieran tenido la misma idea de tener su primer desayuno del año en casa. El amuleto violeta oscilaba en el retrovisor del coche, cambiando de tonalidad según pasaban de largo el camino de luces de las calles. Teppei había querido ser considerado con Suzume y no dormirse por el camino, prometiéndole de paso que lo siguiente que haría sería sacarse el carnet de conducir.

Dejando atrás las montañas y entrando a la prefectura por el Este, el coche pareció vacilar por las calles cercanas a la universidad.

—Oye… —la vocecilla de Suzume hizo que Teppei girase la cabeza hacia ella en un somnoliento "¿Hm?". Aún así, ella no continuó hablando hasta que no se detuvo en uno de los semáforos de la calle principal. Respiró hondo, apretó el volante y le miró—. ¿Quieres quedarte esta noche? —lo soltó rápido, como quien se quita una costra a la primera para evitar el sufrimiento innecesario— En mi casa.

Teppei pestañeó lentamente, como un niño que intenta procesar las leyes de la creación universal. Luego se separó del asiento, observando como Suzume se ruborizaba hasta la raíz del pelo bajo la sombra que ahora proyectaba el interior del coche. Y, tal vez por primera vez, supo lo que aquella invitación significaría sin necesidad de que nadie se lo explicase.

Estaban en uno de los cruces de Suwamachi, y dependiendo de su decisión, subirían por Koshomachi hasta frenar en casa de sus abuelos; o seguirían de frente hasta Wakabacho, donde Suzume había conseguido piso año atrás. Era como una de esas elecciones que podían cambiarte la vida dependiendo de a dónde girases en aquel único e irrepetible momento, y fue un peso que sintió verdaderamente sobre los hombros.

El "te espero en la cancha a media noche" retumbó en su cabeza como una bocina dentro de una cueva. Recordándole que, queriendo o no, había decepcionado ya a Aomine una vez, y que se había prometido no volver a hacerlo. Conocía los pros y los contras de la respuesta que rondaba por su cabeza, pero si había un momento para estar seguro de algo, ese era justamente aquel.

Con el semáforo ya parpadeando, Kiyoshi separó los labios, abrazando el peso de sus propias responsabilidades.


Continúa en el epílogo "Boys don't always win"