Disclaimer: Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer y esta trama a content1. Yo solo traduzco con su autorización.


Capítulo veintidós

BPOV

El silencio, la oscuridad y el dolor eran mi compañía. El caos se había detenido, pero me quedé sin nada.

No podía escuchar a Edward y solo rezaba para que estuviera a salvo del otro lado de la cueva.

No podía iluminar mi tumba, porque la linterna se rompió cuando caí encima de esta.

No podía lavar la tierra de mi garganta, ya que había dejado caer el agua.

Ni siquiera podía entrar en pánico, porque el miedo absoluto entretejido en mi corazón me mantenía petrificada como una estatua.

Por lo que sabía, podrían haber pasado horas antes de que el primer sollozo se escapara de mi pecho, aflojando la tensión en mi corazón. Edward tenía que estar bien. Simplemente tenía que estarlo. Ni siquiera podía pensar en la posibilidad de que estuviera enterrado bajo la roca. Había estado corriendo hacia mí, y la idea de que hubiera ignorado el peligro en un intento de llegar a mí era aterradora. Visiones de su cuerpo destrozado y sus ojos muertos jugaban con mi cordura. Me iba a asfixiar aquí; estaría atrapada en una tumba como la mujer y el niño.

¿Acaso alguien nos desenterraría dentro de cien años? ¿Su brazo estirándose hacia mí, el mío estirándose hacia el suyo? ¿Nos nombrarían Los Amantes y se preguntarían cómo llegamos a ser o qué habíamos pensado en nuestros últimos momentos, como lo hice yo con la madre y su hijo?

¿Estaban su familia y Charlie muertos encima de nosotros, sus cuerpos ya volviéndose cenizas y polvo?

¿Por qué sucedió esto? ¿Todo? ¿La muerte de mis padres, mi cacería, la muerte de Jack, la explosión?

El terror se apoderó de mí, tirando de mi corazón. Una y otra vez las imágenes me quemaban, mi respiración se convirtió en jadeos mientras sentía como si mi corazón fuera a estallar. Esto era todo. A lo que había llegado mi vida. Mis dedos rasgaban mi garganta, tratando de aflojar las cadenas que me ahogaban, tratando de arrastrarme hacia abajo.

De repente, la ira que sacudió mi alma superó el terror en una ola de bienvenida.

—¡No! —rugí en la oscuridad, apartando el miedo y las visiones.

No iba a caer presa del pánico.

Era más fuerte que eso.

Edward estaba del otro lado trabajando para liberarme.

Iba a salir de aquí.

¡E íbamos a salir de la cueva!

Tomando una respiración profunda en victoria, inhalé polvo y tosí rápidamente. Una risita histérica se liberó cuando me imaginé lo patético que habría sido mi momento de "poder de mujer" para cualquiera. Era más probable que me crean desquiciada y delirante que poderosa y lista para vencer las adversidades que nos acosan.

Qué mal, porque estaba llena de poder y estaba preparada. Era hora de desarrollar un plan.

Primera prioridad. Alejarse de la roca para no correr el peligro de que me caiga encima. Quizás unos metros hacia la abertura me ayudarían a respirar mejor. Entraba aire por la abertura, lo que significaba que la asfixia no era una preocupación.

Morir de hambre, sí, pero no por asfixia.

¡NO pensaré en eso!

Poniéndome de pie, utilicé la pared como guía para caminar lentamente hacia la parte posterior del túnel. Varias veces casi tropecé con rocas o protrusiones en el camino, pero finalmente, sentí que la roca se curvaba hacia la izquierda, haciéndome saber que había llegado a la pequeña área sobre la que se asomaba la abertura. Sentándome dejando la piedra contra mi espalda, respiré el aire limpio profundamente, tratando de calmar mi corazón acelerado. La absoluta oscuridad del túnel se había vuelto de un gris muy oscuro. La única explicación era que algo de luz debía estar filtrándose a través de la grieta. Observando el área donde sabía que se abrió el agujero, se lo veía más claro en esa dirección, pero no lo suficiente como para que pudiera ver mi mano delante de mi rostro.

Paso dos: cálmate.

Era más fácil cerrar los ojos y concentrarme que dejarlos abiertos e hiperventilar. Mi corazón se aceleró durante minutos hasta que las respiraciones profundas ayudaron a calmar la ansiedad y aliviar el dolor en mi hombro.

¿Qué había dicho Edward sobre su tiempo en el armario? El arte de la quietud.

Siguiendo la dirección de Edward, la sensación de tranquilidad se filtró lentamente por cada poro mientras me concentraba en mi entorno. El sonido del océano parecía aún más fuerte sin Edward y sin mis conversaciones y pasos, y si no estaba equivocada, incluso escuchaba el sonido de los pájaros. No era el revuelo de los murciélagos, sino posibles gaviotas. El sonido era débil, así que no creí al cien por cien que tenía razón. Sin embargo, me hizo pensar en el túnel al lado del que estaba atrapada.

El sendero a mi lado no había bajado gradualmente, como el que habíamos explorado la última vez. De hecho, pensando realmente en ello, parecía estar casi al mismo nivel que el túnel. Recordando los acantilados que había visto cuando nos acercábamos a la isla, y sabiendo que la cabaña estaba al nivel del suelo, estaba empezando a creer realmente que el túnel a nuestro lado... el que tenía toda el agua y me daba escalofríos... no era el camino a seguir. Mis mejores teorías incluían que la grieta probablemente era parte de uno de los acantilados, lo que conduciría a una caída hacia el océano, y si seguíamos el sendero junto a ella, sería necesario nadar mucho antes de encontrar una entrada. Las personas que habían usado este camino hace cien años no habrían tenido el equipo necesario para una inmersión tan larga. Además, el último túnel parecía más gastado, como si la roca hubiera sido alisada por los pies.

Decidida a contarle a Edward sobre mis pensamientos ni bien las rocas se apartaran, mi mente volvió al desastre que nos separaba. Una gran parte de mí gritaba que volviera y comenzara a sacar piedras de la pila, pero otra parte me decía que me quedara donde estaba. No sería capaz de ver lo que estaba haciendo, y ¿qué pasaría si quitaba una piedra que sostenía a otras? ¿Acaso eso no me pondría en riesgo de causar un segundo colapso que probablemente me enterrara debajo de él? No, era mejor esperar. Sabía que Edward estaría trabajando furiosamente para llegar a mí y lo último que tenía que hacer era correr riesgos. Era mejor confiar en él, confiar en lo que había llegado a saber sobre él. Era extremadamente inteligente y, hasta ahora, no me había defraudado.

Asegurándome de que sentarme quieta era lo correcto, me moví para ponerme lo más cómoda que podía considerando que mi silla era una roca y mi hombro dolía muchísimo y llevé mi energía a lo que podía hacer—pensar.

Había venido a los Estados Unidos determinada a crear mi propio camino, pero mi ingenuidad al pensar que podía escapar de mi familia ahora era evidente. Había hecho un buen trabajo al aferrarme a la libertad, sin duda, pero los lazos de mi pasado no se rompían fácilmente. Era una persona fuerte, algo que no había olvidado en los últimos días, sino algo que había sido enterrado bajo el dolor y la confusión. No iba a castigarme por mis episodios de llanto y mi apego. Cualquier otra persona que se encontrara en las circunstancias que yo había enfrentado también se habría derrumbado. Pero tampoco quería ser arrogante. No era una agente del FBI. Realmente no entendía las fuerzas que giraban a mi alrededor.

La vida, tal como la conocía, había terminado, pero de las cenizas y los escombros de mi pasado había surgido algo nuevo, como el conocido Fénix. Me negaba a inclinarme bajo el peso de lo que había sucedido, incluso si las cosas que tenía detrás habían moldeado quién era.

El duelo por mi mamá y mi papá sería un proceso que duraría toda la vida. Me habían amado con todo su ser, pero jamás sabría por qué habían acatado con mi secuestro. Que mi padre estuviera indudablemente en el tráfico de drogas era algo que no podía entender, pero era innegablemente cierto. Que mi tío hubiera matado a mi padre era inconcebible, pero sin argumento. Que haya mandado a matar a mi padre sin pensarlo era algo que no podía responder en este momento, junto con por qué quería que volviera. ¿Era por amor o por miedo?

Y si era por miedo, ¿por qué? ¿A quién temería mi tío? Obviamente no alguien de nuestro gobierno, porque podía recordar mil celebraciones familiares a las que asistieron el alcalde y los ministros. El Primer Ministro del país también había frecuentado nuestros eventos familiares. No era demasiado difícil creer que mi familia los tenía comprados. No se me escapaba el hecho de que muchas veces estadounidenses también habían visitado los eventos. ¿Acaso la respuesta estaba en alguien que había venido de visita por motivos comerciales? Por mucho que lo intentara, no podía pensar en una persona que encajara con mi idea de un traficante de drogas, pero tampoco pensaba eso de mi padre.

Debieron haber pasado horas mientras pensaba en las posibilidades. Tantos rostros sin nombre. Era difícil imaginar cómo se destacaría un individuo en particular. ¿Podría el FBI hipnotizarme y obtener mejor información? No me importaría el proceso si pudiera ayudar. Ciertamente aceleraría la búsqueda.

Sumida en pensamiento, no presté atención a los sonidos a mi izquierda hasta que el ruido volvió a sonar, retumbando en la cueva. Pequeños pitidos resonaron en la caverna cuando algo, muy probablemente pequeñas piedras, cayeron al suelo. Me habría asustado la idea de que ocurriera otro derrumbe, pero sonaba más como si algo estuviera viniendo por la abertura.

¿Murciélagos?

¡Diablos!

Mi corazón comenzó a acelerarse, y me arrastré sobre mi trasero por el túnel unos metros. Agarré una piedra y la sostuve contra mi pecho. No sabía de qué serviría contra una oleada de murciélagos, pero me hacía sentir mejor.

El ruido se detuvo abruptamente y reinó el silencio, pero con los ojos cerrados y mis oídos enfocados, lo sentí.

La frialdad.

—Sé que estás ahí —hablé sin pensar.

¿Los fantasmas podían hablar? Esos programas en los que la gente entraba en casas encantadas parecían pensar que sí. Por supuesto, mi fantasma permaneció en silencio.

Esperé, esperando ganar la batalla de voluntades, pero perdí.

—Oye, sé que es posible que no puedas hablar, pero derribaste esas piedras por una razón. ¿Puedes al menos demostrar que estás aquí? Jack dijo que nos estabas ayudando.

Un largo silencio respondió a mi petición, hasta que justo antes de que me rindiera y volviera a hablar, una pequeña piedra repiqueteó a mi lado, rodando y golpeando mi pierna. No pude evitar mi chillido de sorpresa. Siguió un medio sollozo, media risa.

—Gracias. —Oficialmente me había vuelto loca... Hablando con un fantasma. Aparte de espiarme, ¿de qué me sirve un fantasma? ¡Espera!

—¿Edward está bien?

Ciertamente, el fantasma lo sabría.

—Sólo tira otra piedra si lo está.

Otra piedra pequeña cayó al suelo cerca de mí.

—¡Oh, gracias a Dios! —El torrente de miedo se desató. Sollozando, los mocos rodaron por mi cara. Me había decidido a ser fuerte, pero la confirmación era más de lo que podía manejar. Ni siquiera me desconcertaba el estar tomando la respuesta de un fantasma, o una ilusión. La frialdad pareció hacerse más fuerte y mis nervios se apoderaron de mí. Estaba bien pensar en un fantasma al otro lado del cuarto, pero no uno justo a mi lado.

—Estoy bien, lo juro. —Tragué saliva.

Bueno, excepto por la asquerosidad de mi rostro donde las lágrimas, los mocos y la suciedad se habían combinado. No tenía nada con qué limpiarme la cara, excepto mi camiseta.

—Da la vuelta —le dije al fantasma. Cuando no hubo respuesta, le expliqué—. Necesito limpiarme la cara, pero voy a tener que levantarme la camiseta para hacerlo, así puedo usar el interior. Da la vuelta.

No sabía por qué, pero estaba viendo al hombre en mi imaginación —el grande y de cabello oscuro— y no quería mostrarle mis pechos. Me sobresalté casi un metro cuando podría haber jurado que escuché la más leve de las risas. Una decididamente masculina.

Dejando de lado la asquerosidad, usé el interior de mi camiseta para secarme la cara, agradeciendo a Dios que esta colgara casi a la altura mis muslos.

—Está bien, estoy decente —le dije al fantasma, luego me reí nerviosamente. Él no había retrocedido y podía sentir su presencia a solo unos metros de distancia.

—¿Estás tratando de ayudarnos?

Otra piedra cayó al suelo.

—¿Puedes ayudar a Edward a quitar las rocas?

Nada, salvo un silencio forzado. Era curioso cómo podías sentir la tensión. Para ser una cosa inmaterial, podía tener tal presencia.

—Está bien. Estaba pensando en lo que dijo Jack sobre que tú movías la leña.

Silencio de nuevo.

—Eh... ¿gracias por quedarte conmigo? —¿Qué más podía decir?

La roca que rozó mis pantalones se deslizó junto a mi muslo y me agaché para atraparla. Suave, estaba ligeramente ovalada como una gema. Lo aceptaba, pensé mientras bajaba la piedra más grande que había estado sosteniendo y mi pulgar alisaba la superficie de la piedra una y otra vez. Nosotros —mi fantasma y yo— nos sentamos en un agradable silencio durante mucho tiempo. Probablemente debería haber estado gritando como loca considerando que estaba atrapada en una cueva con un fantasma. En cambio, me reconfortaba la existencia silenciosa, hasta que un leve sonido a mi derecha me hizo sobresaltar hacia la cueva.

—Edward... —murmuré, y si era posible o no, sentí que la presencia a mi lado se movía. ¿Para irse?

—¡Espera! Acabo de pensar en algo. Los túneles, el de escape... ¿puedes decirme cuál es?

El choque de una roca contra otra me hizo sonreír.

—Es el otro, ¿verdad? No el que está al lado de nosotros, sino el que está más abajo que desciende lentamente.

La victoria me llenó el pecho cuando sentí que otra pequeña roca se deslizaba hasta detenerse contra mi pierna.

Un sonido un poco más alejado me hizo saltar. No, no puede ser. Se me erizó el vello de la nuca.

—¿Hay dos de ustedes? —chillé—. ¿Jack?

No hubo respuesta del segundo, más lejano.

La presencia más cercana se movió, y extendí la mano ciegamente para agarrarlo.

—¡Espera! —grité, sintiéndolo alejarse. Mi mano cayó al suelo y aterrizó sobre algo. Sacudiéndome en confusión, llamé de nuevo—. Espera, no te vayas. Lo siento. No preguntaré nada más.

Pero el daño estaba hecho y podía sentir que se iban.

—Detente, por favor —le rogué.

Un suave rasguño y una pequeña lluvia de rocas fue mi única respuesta. ¿Lo habían hecho para decirme adiós? Necesitaba saberlo y comencé a arrastrarme hacia donde lo había sentido. Pero mi mano aterrizó sobre el mismo objeto, y esta vez, me di cuenta de lo que era. Mis gafas de visión nocturna. Tomándolas, rápidamente me las coloqué y jadeé de alivio. ¡Podría ver! Un lente estaba roto, pero el otro estaba sano. Cerrando el ojo detrás del lado dañado, me concentré en el mundo iluminado de verde que me rodeaba. A mi derecha y varios metros más abajo había un montículo de rocas, a la izquierda, la cueva abierta.

Que mis protectores hayan puesto las gafas a mi alcance nunca fue una duda.

El escape me llamaba, pero tenía que saber. Caminando hacia el centro de la cueva, toqué con el pie los pequeños trozos de escombros en el suelo. Precisamente debajo de la abertura, a varios metros por encima de mi cabeza, pareciera indicar que alguien lo había atravesado. Por qué un fantasma o fantasmas necesitaban una forma de entrar era algo que no podía responder en este momento, así que me volví hacia el muro de destrucción que me mantenía alejada de Edward.

~MF~

EPOV

El terror se agitaba en mis entrañas. Bella había estado demasiado cerca cuando comenzó el derrumbe, y la idea de que descubriría su cuerpo sin vida en cualquier momento arruinaba mi cordura. Las linternas iluminaban el área con destellos macabros mientras quitaba con cuidado trozos de piedra y examinaba el rompecabezas que tenía delante. Cada pieza encajaba con la otra en un revoltijo precario, y me preocupaba que una elección incorrecta lo hiciera caer todo de nuevo. La esperanza de que Bella estuviera viva y la subsiguiente necesidad de volverme loco luchaban con la necesidad de ejecutar un plan racional.

Habían pasado horas desde que cayó el infierno y había tenido que correr a la cueva para conseguir suministros para la excavación. Horas desde que Bella pudo haber muerto, o la opción que estaba reclamando, desde que había sido sepultada. Eligiendo la cordura sobre la bestia que amenazaba con arrancarme del pecho, me concentré en la visión de ella esperando a que la descubriera. Piedra tras piedra, arrojé mis piezas seleccionadas en el túnel contiguo, sin querer llenar el espacio detrás de mí. Le estaba dando gracias a Dios por al menos el pequeño milagro de la cueva al ocurrir cerca de la abertura del túnel adjunto, porque no podía imaginarme perder el tiempo sacando las rocas del camino detrás de mí.

Solo habíamos estado a unos centímetros de distancia.

Centímetros.

Tan cerca, pero aun así a una distancia que podría haber cambiado nuestras vidas para siempre.

La imagen de la mujer y su bebé pasó por mi mente, provocándome con el pensamiento de que había fallado en mi deber de mantener a Bella a salvo. ¡Mierda! Teníamos que salir de las cuevas. Este último desastre era una clara indicación de que nuestro refugio era mucho más inestable de lo que me había dado cuenta.

Alcanzando una de las piedras más grandes en la parte superior, salté hacia atrás cuando varias cayeron en cascada. Estremeciéndome por mis manos desgarradas y ensangrentadas, me encogí de hombros a pesar del dolor, al menos dando otras gracias por los guantes que me protegían de cualquier daño adicional. Enfurecido y alimentado con la adrenalina, no lo había pensado antes de comenzar a romper los escombros después del colapso. Solo la débil carga de mi linterna y la sangre que brotaba de mis manos me habían detenido. La carrera de regreso a la cueva principal me había parecido los minutos más largos de mi vida, pero durante la carrera, acepté que conseguir provisiones solo haría mi trabajo más inteligente y me negaba a considerar que Bella podría haber muerto durante esos momentos.

Tenía que tener cuidado, me recordé a mí mismo mientras el polvo y las pequeñas rocas salían del lugar. Todo podría caer con el más mínimo error de cálculo, siendo las piezas más pequeñas la clave de la caída. Debería haberlo sabido bien, considerando que era exactamente lo que pensaba sobre por qué estábamos en este desastre. No había duda de que Bella era la pieza para derribar algo. Qué pieza era y para quién o qué, era la verdadera pregunta.

Demasiadas preguntas, pocas respuestas. Mientras tanto, la persona más importante de mi vida podría estar muerta bajo el polvo de la calamidad frente a mí.

—¡Diablos! —grité de frustración, pateando una roca y haciendo que ruede por el suelo antes de respirar profundamente y trepar por la pila de nuevo.

Una piedra particularmente grande estaba alojada en la parte superior, y observando el ángulo, parecía que, si la movía, una gran cantidad de piedras más pequeñas caería después. Era la siguiente para eliminar, por lo que no había nada que pudiera hacer más que atacarla, incluso si no me gustaba lo precaria que parecía la situación. El truco sería no quedar atrapado bajo la avalancha. Sin nada más para usar o reflexionar, era ahora o nunca. Acercándome, me estiré para alcanzar la piedra, moviendo los dedos para hacer palanca. Polvo y pequeñas partículas de roca se escurrieron por mis brazos. Cambiando mi peso, me pregunté si la roca se movería. Mis músculos comenzaron a gritar, el sudor goteaba y las heridas ardían.

—¡Vamos! —rugí a todo pulmón, usando la última reserva de mi fuerza para sacudirla con fuerza.

Con mi suerte, mis dedos se resbalaron, haciéndome perder el equilibrio y caí al suelo exhausto. Afortunadamente, solo mi orgullo resultó herido cuando la roca se derrumbó de todos modos, las más pequeñas no me tocaron cuando aterrizaron en el suelo de piedra. Dejando caer la cabeza hacia las piedras detrás de mí, solté otra oración de agradecimiento por no haber sido herido. Bella confiaba en mí para sacarla.

Demasiado dependía de mí para llegar a ella.

Demasiadas cosas dependían de mí para llegar a ella y de que estuviera a salvo.

Porque necesitaba decirle algo... que la amaba.

Sí, había sabido que ella era especial, que se había metido debajo de mi piel, pero fue el darme cuenta de que podría haberla perdido para que finalmente admitiera que había caído bajo el hechizo de Bella Swan.

Princesa de la mafia.

Rebelde.

Futura Trabajadora Social.

Informante.

Defensora de mujeres y niños muertos.

Dueña de mi corazón.

Gimiendo por los dolores y molestias, rodé hacia un lado y me levanté de los escombros sobre los que había caído, como una muñeca rota.

—¡Edward!

¿Eh? Estaba escuchando cosas. Sacudiendo la cabeza, me levanté para abordar la siguiente roca, solo para ver un milagro. Trepando por la pila, me abalancé hacia la abertura, agarrando la mano que pasaba por el pequeño agujero que había creado.

—¡Bella! —Sollocé su nombre, la sensación de sus dedos entrelazados con los míos derretía el hielo que rodeaba mi corazón.


¿Teorías? ¿Flores? ¿Tomates? jajaja

Si quieren pistas, les puedo dejar en mi grupo, no quiero spoilear a nadie ;)