Capítulo XXII.
El príncipe del sur


I.


Cuando despierta, ve el techo de su habitación. Por un momento sólo está confundido, pero el siguiente siente el dolor. Tiene ambos brazos entablillados —lo sabe porque intenta moverlos— y sólo puede ver la luz de varias velas.

—¡Oh, por los dioses! ¡Está despierto! —La exclamación es la voz de Mina, que se acerca y se sienta en el borde de la cama donde está Izuku. Busca su mirada y detiene su brazo cuando intenta moverlo—. No te muevas, Izuku. Tienes poción curativa e hice varios hechizos, pero tardará en hacer efecto en tus brazos, porque tienen las cicatrices. No las muevas. —Sonríe—. Iré por Katsuki, ¿está bien?

No tiene fuerzas para asentir, pero oye como Mina le dice algo a alguien más —probablemente a Ochako o a Tsuyu, no se le ocurre quién más pueda estar en su habitación—. «Cuídenlo» o algo así. No pone atención.

«Madre de todos nosotros…», empieza, pero ya no le quedan fuerzas para terminar la oración, ni siquiera mentalmente. «Gracias», piensa. «Gracias».

Sabe que la Madre, Nana Shimura, en realidad no decide sobre el destino. Pero pensar en ella siempre le ha prendido la vela de la esperanza en el pecho y lo ha hecho más fuerte.

—¿Ochako…? —pregunta. Voltea la cabeza, buscando a las dos damas con la mirada—. ¿Tsu…?

—¡No te esfuerces! —reprime Ochako, quien llega primero a su lado—. No te levantes. ¿Necesitas algo?

—Agua… —es lo único que puede pronunciar.

Tsuyu le lleva un cuenco con agua y Ochako lo ayuda para que pueda alzar un poco la cabeza y beber. Hay muchas otras preguntas en la mente de Izuku, pero tiene la garganta muy seca para hacerlas en ese momento. Cuando ya no siente más sed, sólo moja un poco sus labios y se aparta del cuenco. Tanto Tsuyu como Ochako entienden el gesto.

Izuku se aclara la garganta y sólo por instinto intenta mover sus manos hacia su rostro, pero el dolor lo hace soltar un quejido.

—No es nada —dice, en cuanto ve las caras preocupadas de las otras—, estoy bien. —Vuelve a aclararse la garganta con un carraspeo—. ¿Qué ocurrió? Sólo recuerdo… haber perdido el conocimiento y nada…

—Tsuyu y yo estábamos buscándote, cuando empezó —dice Ochako, con cautela—. El bosque se llenó de niebla, esa niebla oscura y desagradable… Mina se había separado un momento, pero corrió a encontrarnos en cuando empezó. Dijo que tuvo miedo de que aparecieran los Shie Hassaikai, pues son realmente temibles…

Ochako dirige una mirada a sus brazos. Izuku también y entonces ese da cuenta de que además de entablillados también están completamente vendados. Nota que ya no tiene el atuendo puesto, al menos la chaqueta. La busca con la mirada y la descubre cubierta de sangre en una de las esquinas de la habitación. Los pantalones aún los tiene puestos, pero en la parte superior del cuerpo sólo lleva una sencilla túnica blanca.

—Pero en vez de eso apareció alguien más. Un hombre… No sé cómo describirlo. Ahora es un prisionero. Supongo que lo verás —dice Ochako—. Llevaba un niño. O… no lo sé. Sólo sé que era un niño feo, deforme. Tenía una herida horrible en el pecho de la cual salía la niebla y ya estaba muerto. Nos atacó. Mina nos defendió bastante bien.

—Tú también —añade Tsuyu. Sonríe en sirección a Ochako, con ternura y después se vuelve hacia Izuku—: Será una bruja maravillosa. Yo sólo use muchas ramas de los árboles —comenta—, son buenas armas.

—Y no sabíamos dónde estabas, pero teníamos que defendernos. Tampoco sabíamos dónde estaban Momo y Kyoka…. —Ochako se aprieta las manos. Izuku puede ver sus nervios—. A ellas las encontramos primero. El hombre que nos atacó las había atacado primero a ellas, con la niebla, así que estaban inconscientes. Tuvimos que evitar que las hiriera o matara. —Ochako suspira—. Nos acorraló y no pusimos ir a buscarte.

—Fue Hitoshi quien lo hizo —sigue Tsuyu—. Es huidizo en su forma de gato. Nos encontró. Ochako lo vio y le gritó que estaríamos bien, que fuera a buscarte. Y eso hizo. Para ser un gato, resultó ser bastante servicia.

Ochako frunce el ceño.

—Estuvo todo el camino de vuelta diciendo que un gato no cumple órdenes.

—¿Y qué ocurrió…?

—Mina atrapó al hombre. Hizo cuerdas con las ramas de los árboles y yo hice un hechizo para fortificarlas. Pero ella fue la quien logró atraparlo y hacer que soltara al niño. Pudimos neutralizar el hechizo. Evitar que la niebla siguiera… —Ochako se mueve el fleco de la cara, sólo como un gesto nervioso—. Era un niño maldito. No sabemos si lo usó con su voluntad o contra ella, pero lo repetía. Una y otra vez. «El sacrificio se ofrece a sí mismo, el sacrificio se ofrece a sí mismo». Qué letanía tan horrible, por dios. —Se aprieta las manos—. Lo atrapamos, entonces. Así que Tsuyu y Mina fueron a buscarte mientras yo me quedé con el prisionero y… No sé… No supe bien que ocurrió entonces.

Izuku sonríe.

—Eres fuerte, Ochako —le dice y ella enrojece.

Hay un silencio antes de que Tsuyu siga con la historia.

—El gato te encontró. También Katsuki, Denki y Eijiro. Venían de regreso y el dragón vio la niebla. Sospecharon e hicieron bien en hacerlo —dice. Su voz, como siempre, es tranquila, segura; hace que Izuku se sienta mucho más seguro en tan sólo un momento—. Dejaste malherido a un hombre, Izuku. —Tsuyu dice aquello con cuidado, pero el príncipe lo recuerda perfectamente—. Katsuki fue quien sacó la espada de su cuerpo, cuando Mina y yo llegamos y ella se encargó de que no se desangrara. Y tú… Oh, Izuku. Me preocupé demasiado. El niño se había sentado a su lado y tenía una de tus manos agarrada…, no, aferrada. Esa es la palabra. Hitoshi tuvo que apartarlo de allí. Eijiro y Denki recorrieron el perímetro, asegurándose de que no hubiera nadie más. Pero Katsuki…

Izuku traga saliva, no sé si quiere escuchar lo que sigue. Pero no detiene a Tsuyu,

—Se puso de rodillas ante ti. Acomodó tus brazos, que habían quedado abiertos, con los huesos rotos —dice Tsuyu—. Mina y yo buscamos ramas para entablillarlos y, cuando por fin nos aseguramos de que estabas fuera de peligro, Katsuki fue quien te levantó en brazos. Nunca… Nunca había visto al Rey Bárbaro tan furioso. Ordenó que llevaran a los prisioneros a los calabozos. Le indicó a Eijiro que trajera a Momo y a Jirou al palacio, con urgencia. Todo eso sin soltarte.

Izuku se imagina la escena. Un Katsuki furioso y él en sus brazos.

—Forzaste demasiado tus brazos —dice Ochako—. Mina dice que no sabe… Si sigues forzándolos podrían… No puedes seguir forzando tus brazos, Izuku —termina diciendo.

—Déjalo en paz.

Los ojos de los tres se dirigen a la puerta. Ochako, principalmente, frunce el ceño.

—Ya tendrá tiempo de oírlo. Acaba de despertar.

Mina aparece detrás de Katsuki, que se queda parado en la puerta. Nunca antes ha estado en esa habitación —tampoco en la del otro lado de la sala, que pertenece a Ochako y a Tsuyu—; tan solo en la salita de los aposentos de Izuku.

—Oh, Katsuki. —Ochako es la primera que se pone en pie—. Puedes pasar.

Tsuyu también se pone en pie y el ambiente se torna un poco tenso.

Izuku carraspea.

—¿Podrían…?

—Claro —dice Ochako. Tsuyu se dirige a la puerta la primera. Ochako hace una pausa para mirar a Katsuki a los ojos, con el ceño fruncido de nuevo. Katsuki se la devuelve.

Izuku no dice nada hasta que no se asegura de que están solos.

—¿No estabas con el consejo o…?

Katsuki niega.

—Le dije que a Mina que fuera a buscarme en cuanto despertaras. Fue una orden. —Katsuki se acerca hasta Izuku, hasta el borde de su cama. Por un momento tiene el porte alto y majestuoso de un rey, pero después se derrumba completamente. Izuku lo ve lento, como si no lo estuviera viendo, como si estuviera pasando lejos, en otra parte. Lo ve y no lo ve. El rey mismo cae de rodillas ante su cama y con sus manos busca los dedos de Izuku y los aprieta un poco, sin llegar a lastimarlos. Esconde su rostro en la orilla de la cama—. Idiota —dice. Izuku juraría que está evitando que su voz tiemble—. No sabes medir tu fuerza.


Es difícil ver a Katsuki cuando no tiene el porte de un rey. Incluso en sus momentos más vulnerables, siempre ha sido capaz de verlo en su furia ciega de monarca que defiende a su tierra, en la tranquilidad inexpresiva cuando busca ocultar lo que siente, en la ira de un hombre que busca lo justo. Ahí no puede ver el porte del Rey Bárbaro.

Izuku tiene la vaga idea de que es su culpa, de que las manos de Katsuki tiemblan al atrapar las suyas en sus manos.

—Idiota —repite otra vez Katsuki—. Sabías que tus brazos…

—Kacchan… —musita—. Lo siento.

Katsuki aprieta un poco más su mano.

—¿Lady Tsuyu te dijo como te encontramos? —Izuku asiente—. Sólo sabía que estabas vivo porque prometiste contarme el final de una historia cuando volviera. Y no soportaría que no cumplieras una. —Lo dice con cuidado, aprieta los ojos para calmar su furia, su tristeza, todo lo que lo embarga.

—Tendrás que esperar un poco, a que esté bien. —Izuku sonríe.

Por un momento, todo parece adecuado, en orden. Y luego Katsuki se queda bien las vendas sobre los brazos de Izuku.

—Tendrán que estar entablillados un par de días —dice—. Mina dijo que…, las heridas podrían haber afectado un poco tu movilidad. Te costará trabajo recuperar el ritmo con la espada.

Izuku sabe escuchar a Katsuki entre líneas. Todas aquellas palabras que omite y que se quedan atoradas entre su corazón y su garganta, que salen poco a poco y se pierden en el aire con cada latido. Escucha la plena seguridad de que volverá a recuperar su destreza con la espada, donde algún otro sólo diría que sus brazos jamás se recuperarían. Escucha la preocupación y una petición que probablemente no se atreve a hacer en voz alta. «Ten cuidado, mide tu fuerza». Escucha el reclamo que Katsuki intenta callarse. Apenas mueve los dedos, acariciando los de Katsuki.

—El hombre dijo que era sólo un aviso —recuerda Izuku—; algo peor está por venir.

Los quieren encontrar desamparados, heridos.

—Mina dice que sobrevivirá —replica Katsuki—. Curó sus heridas, igual que las del otro. Ahora son prisioneros. —Hay una pausa. El Rey Bárbaro aún está de rodillas ante la cama de Izuku, sus manos lo toman con una ternura que no se alcanza a ver en sus facciones. Poco a poco recupera el temple de un rey. El príncipe lo ve claramente, convertirse ante él en un ser furioso; no clara venganza sino justicia y honor. Su cuenta pendiente no tiene que ver con una simple vendetta—. Morirán después —declara e Izuku no ve ni un ápice de duda en su voz—. No son como el resto de los prisioneros, soldados arrastrados a una guerra. —El príncipe tiene la idea de que aclara eso porque siente que va a negarse, que su compasión será más grande. Pero en ese momento no puede alcararse respecto a ese tema. Piensa en las estocadas del mandoble y en cómo su espada fue el único escudo entre el filo del acero y la carne de un niño. No puede atreverse a objetar—. Son del grupo de Shugaraki. Al menos eso declaró el otro. Ser leal a su señor Tomura, no a tu padre, Izuku.

El príncipe asiente.

—¿Puedo verlos?

—En unos días —replica Katsuki—. Cuando estén mejor. Cuando esos despojos de seres humanos, malditos, no estén al borde de la muerte. —Otra pausa—. ¿Por qué quieres?

—Quiero preguntarle a uno… al que herí… —Apenas si se había dado cuenta de lo cansado que está—. Quiero preguntarte si valió la pena todo por intentar matar a un niño.


Izuku pasa lo siguientes dos días en cama. Katsuki va a verlo todas las tardes, cuando el consejo deja de sesionar. También hacen rondas alrededor del bosque, asegurándose que no haya más guerreros del sur a la espera de atacar. Katsuki, frustrado, le cuenta que no tienen ni idea de cómo llegaron hasta el bosque. También le habla de su viaje al norte: habla de la Señora de la Montaña y Kamui del bosque. Con una sonrisa que Izuku interpreta como triunfadora, le dice que va a ayudarlos en la contienda, cuando sea necesario. Katsuki no dice «en caso de ser necesario», sino que asume un «cuando».

Le cuenta, también, de un grupo de viajeros que se dirigen hasta esos lindes —al bosque, más específicamente— porque buscan enfrentarse a los Shie Hassaikai. Izuku quiere saber más de ellos, con desesperación. Katsuki no puede contarle gran cosa, porque a duras penas recuerda sus nombres; le habla de un guerrero rubio y de un cambiaformas de cabello azul oscuro. Se detiene un poco más al hablar de un hada. «Nejire», pronuncia su nombre como si estuviera diciendo un sortilegio y a Izuku le parece impactante que el hada le haya confiado su nombre real y verdadero. Le dice que el hada le había dado un mensaje de la magia. El príncipe oye a la voz del Rey Bárbaro titubeante cuando dice aquella frase. «Que el amor y la magia conquisten todas las tempestades». Luego la repite de nuevo en su dialecto e Izuku intenta pronunciarlo. Eso es lo que termina por aligerar el ambiente y Katsuki lo corrige hasta que lo logra. Le dice lo que significa cada una de las palabras.

En el aire queda aquella sugerencia de Katsuki sobre enseñarle a hablar dialecto, que ninguno de los dos ha podido honrar.

El tercer día, Izuku es capaz de ponerse en pie y sus brazos ya no están entablillados. Mina sólo los cubre con vendas para protegerlos mientras sus huesos, con ayuda de la magia, terminan de sanar. Ochako es quien le ayuda a vestirse y él se disculpa varias veces por no ser más útil, pero ella le dice que no se preocupe.

Siempre ha sido así. Ochako da mucho y exige en reciprocidad. Es leal como nadie lo ha sido. «Cuidaré de tus heridas y tú cuidarás de las mías», la recuerda diciendo, cuando se raspó las rodillas después de caerse. Tenían poco menos de diez años entonces. Tsuyu todavía no llegaba a sus vidas —aunque lo haría pronto—. Siempre habían cumplido. Había algo hermoso, después de todo, en cuidarse los unos a los otros.

Lleva un atuendo sencillo, verde con bordados marrones y amarillos. El tema es otoñal y en sus bordados se alcanza a distinguir la espada perdida del guerrero estival. Hace mucho que no escucha esa historia, ni siquiera de su propia voz. Volverá a narrarla pronto, se promete, porque es hermosa.

Denki llama a su puerta mientras él y Ochako descansan en la salita.

—¿No estoy interrumpiendo? —pregunta, cuando Izuku abre la puerta.

—No —responde.

Denki se queda un momento mirando las vendas que sobresalen de las anchas mangas de la chaqueta que lleva.

—En la sala de audiencias… Te necesitan. Tuvimos que interrumpir una sesión del consejo porque vinieron de una aldea cercana —sigue Denki—. Katsuki me mandó por ti.

—¿A mí?

—A ti. Vamos —anima Denki.


Son tres mujeres y un hombre. Los tres llevan la pintura de los guerreros bárbaros en las mejillas y en los brazos. Izuku les dirige una mirada larga, intentando adivinar por qué están allí. Llevan capas de diferentes colores. La primera, con corto cabello café, lleva una capa color rojo sangre y cubre su pecho con una dela pintada en rojo y en dorado. Para el frío, llevan pieles en la cintura, en las muñecas y en las pantorrillas, las tres. Espadas en la cintura. Son guerreras bárbaras en toda su expresión. La de en medio lleva una simple capa amarilla y una sencilla blusa con amarillo y blanco cubre su pecho. Su cabello es verde y a Izuku, por un momento, le recuerda al cabello de su madre —aunque los tonos no son exactos—. La tercera es rubia, con el cabello dorado como el sol y su capa es morada. El hombre, parado detrás de ellas, con los brazos cruzados, lleva una capa guinda. Aunque Izuku podría

Katsuki está de pie a un lado del trono. Ni siquiera se molesta en sentarse. Tampoco lleva el cráneo de ciervo como corona. Eso sólo está reservado para los forasteros, no para su propio pueblo.

—Vienen de una aldea en los lindes del bosque —informa a Izuku, que se detiene frente a ellas.

Izuku las mira con incomprensión.

—Nosotros… bueno… Los padres de Kota… —dice la de en medio, la del cabello verde. Habla titubeando y con mucho acento. Izuku supone que no suele hablar demasiado seguido la lengua franca y es eso lo que causa la duda en sus palabras. Cuando vuelve a hablar, lo hace más despacio y con cautela y suena mucho más segura—: Los padres de Kota Izumi lo dejaron a nuestro cargo. Eran guerreros hábiles.

Izuku no necesita entender nada más. Sus padres murieron en la guerra.

—Nos refugiamos aquí cuando el sur volvió a atacar —sigue la chica—, pero nos marchamos porque no atacaron nuestra aldea. Y había que reconstruir otras. —Baja la cabeza al acercarse y busca las manos de Izuku para apretarlas—. Gracias por salvar a Kota.

Algo se calienta en el corazón de Izuku.

—No es necesario que… —Sacude la cabeza—. Era lo correcto. Lo honorable.

La mujer de en medio se acerca hasta él y le agarra las manos. Las aprieta.

—Gracias —repite—. En el nombre de Tomoko Shiretoko, sobre todo. Estaba a mi cargo ese día. Gracias. Y él también… él también dice gracias.

Las siguientes palabras de Izuku no llegan desde su garganta, sino desde su corazón.

—No hay de qué —musita.


II.


Hace tiempo que no tienen tantos prisioneros. Hay muchos soldados sureños que no saben a lo que su rey y Shigaraki —que Katsuki empieza a ver como una extensión de los deseos del rey— los han arrastrado y tampoco tienen más información. Es un desperdicio de tiempo lidiar con ellos, pero Katsuki no planea matarlos. No tiene sentido hacerlos luchar por su vida. Tampoco liberarlos para mandarlos al sur. El problema no es que vuelvan a su ejército —los seguirán usando como carne de cañón, pero los bárbaros los derrotarán tantas veces se atrevan a aparecer por allí— sino que los matarán en el camino. Las aldeas no perdonan y, aunque los soldados arrastrados a la guerra no tengan la culpa de los destrozos, Katsuki duda que sean inocentes. No va a proteger a nadie del sur que haya osado atacarlos.

Los otros dos, sin embargo, son completamente diferentes.

Mina lo sabe.

—Vas a matarlos, ¿no? —pregunta.

Están viendo la celda. Están juntos, pero encadenados de manera que uno no pueda tocar al otro. No se alcanzan, aunque lo han intentado varias veces. Tampoco escuchan lo que ocurre afuera. Mina dibujó varios símbolos en el piso para que no puedan ver ni escuchar lo que ocurre más allá de los barrotes de la celda. Es la manera más cómoda de hablar sin ser descubierto.

Katsuki le dirige una mirada de soslayo.

«¿No es obvio?»

Pusieron a Izuku en peligro, atacaron por sorpresa. Esos no son como los soldados enlistados en el ejército y arrastrados a la guerra. No siguen ninguna clase de código y, por lo que les han sacado intentando interrogarlos, sólo responden a Shigaraki. Ni siquiera son originarios del reino de Hisashi Midoriya. No le han sacado su nombre a ninguno de los dos, pero uno responde a un apodo.

Al que intentó matar a Izuku, Mina lo llama Músculos. Nadie más lo llama así, pero Katsuki supone que lo hace para no decir «el prisionero que atacó a Kota» o «el prisionero que atacó a Izuku» porque es es demasiado largo.

El otro es Moonfish. Mina estuvo preguntando qué significaba aquel nombre, porque el prisionero lo usó para referirse a sí mismo. Fue Lady Tsuyu la que la sacó de la duda. Le explicó que, cuando había habido muchos dialectos en uso en el sur, antes de la conquista que se había encargado de eliminarlos casi todos y uniformar la lengua franca, de manera que muchas palabras se habían perdido, en algunas partes del oeste, antes de llegar a los valles de Naruhata, los dialectos estaban mezclados con palabras propias de allá. Moonfish era una variante arcaica de «peces de la luna» —más tarde convertido a pez luna—, unas criaturas abominables llenas de huesos que vivían en los lagos del oeste, especialmente los cercanos a Naruhata.

Katsuki supone que eso tiene sentido en la mente del prisionero. Es un maldito. No tiene magia, pero la exposición a la explosión de esta en las Tierras Malditas tuvo consecuencias. Al menos según lo que le han explicado Lady Tsuyu y Lady Ochako, incluso Izuku aunque no lo haya visto todavía.

—¿Izuku está de acuerdo?

Algo le molesta en esa pregunta. Una sensación en el estómago. Sabe por qué Mina la está haciendo.

—No tendría por qué —espeta, pero algo le molesta en el estómago con esa afirmación—. Ni siquiera es mi consorte. Sólo es…

No sigue.

—Es un traidor a su puedo, Katsuki —dice Mina, con delicadeza. Aun así, su voz es dura e implacable, como siempre cuando se trata de ella—. Antes era un premio de guerra que habías obtenido, buscando la libertad cómo fuera. Incluso amándote… Y ahora es un traidor a su pueblo por esa misma razón.

—Él no lo ve así.

Y es verdad. El príncipe considera que más que traicionar a su gente, lo hizo con su rey y su gobierno.

Katsuki todavía no entiende muy bien qué planea enfrentándose de esa manera a su padre, tan abierta y tan obvia.

Él no tiene ni idea de lo que habría hecho en su lugar porque ni siquiera se imagina haber nacido en sus circunstancias. Las sucesiones del sur no tienen sentido porque los reyes no se ganan su lugar.

—Importa más cómo lo vean los demás. Cómo los hagan verlo —apunta Mina—. Pero no voy a discutir ahora mismo de eso. —Suspira—. ¿Izuku está de acuerdo? —vuelve a preguntar implacable.

—No lo sé —responde Katsuki—. No es mi consorte, no es del norte, aquí hacemos las cosas de otra manera.

—Será tu consorte —replica Mina, fría, dura—. No intentes decir que no, porque sé que lo has pensado. Sé que Izuku lo ha pensado.

—De todos modos, el deber no puede estar encima del amor —espeta él— como el amor no puede estar encima del deber.

—Habla con él sobre lo que pasará —le pide Mina—. Cuando te hartes de interrogarlos para saber cuándo aparecerá el Hombre de Piedra. Sé que lo harás. Sé que no vas a perdonarles la vida y lo que hicieron. Y sé también que lo vas a afrontar cómo lo hacemos los bárbaros. Pero quizá Izuku no lo ha pensado.

—Lo ha leído. Todas las historias de los reyes que están registradas.

Mina suspira, con una cara de hartazgo.

—Katsuki, habla con él. Él tiene derecho… al menos con el que lo atacó… Tiene derecho a cobrarse su revancha, si la quiere.

Katsuki desvía la mirada.

Mina tiene razón.


—Quiero verlos.

La voz de Izuku es segura y no tiembla. Parece más el tono que usaría un bárbaro que la voz regia de un príncipe del sur, pero tiene también un poco de lo último.

Lady Ochako va con él.

—No pude detenerlo —se excusa, ante Katsuki.

—No tenías por qué —responde él. Tiene la mano en los barrotes. La puerta aún no está abierta. Vuelve su rostro hasta Izuku—. Puedes verlos, si quieres.

Aun así, Lady Ochako agarra a Izuku del brazo.

—¿Estás seguro?

Katsuki trata de no juzgarla. Una parte de él lo hace, pero recuerda que ella conoce a Izuku desde mucho antes y no pregunta las cosas por preguntar. Conoce los sentimientos del príncipe mucho mejor de lo que lo hace el Rey Bárbaro. Lo que hay entre Izuku y ella es tiempo, porque lo conoce incluso mejor de Lady Tsuyu.

Izuku asiente y tiene una mirada determinada.

Podrá haber nacido en el sur, piensa Katsuki, pero su espíritu está en el norte.

Ochako no lo detiene después de eso.

—Vamos —dice Katsuki—. Puedes preguntarles lo que quieras.

Sólo espera que sea consciente que a veces las respuestas no son las que espera. A veces duelen.


Katsuki está convencido de que Izuku, en parte, eligió el atuendo de ese día buscando parecer el príncipe del sur que todavía es. Lo único que le falta es el tocado para el cabello con las tres flamas, pero en vez de eso lleva una diadema que Katsuki nunca ha visto. Parece la forma de una llama, con pedrería verde. Esmeraldas.

Nota como Katsuki la mira mientras abre la celda y se lleva la mano a la cabeza. Todavía lleva vendas, en vez de las mangas interiores de los atuendos, que funcionan para el frío.

—Originalmente era de mi madre —dice—. Un regalo de bodas, para mi ajuar. Flamas, como la familia a la que se iba a unir. Verde, como los colores de la familia a la que provenía. Fue un regalo, del compromiso.

Katsuki asiente.

El resto de su atuendo es también todo verde, con algunos hilos amarillos, ocres y colores crema en las mandas, en los bordes del cuello, en las tiras que cuelgan desde su cintura. Verde todo, excepto el cinturón que es color crema, casi blanco.

Katsuki abre la celda y lo deja entrar.

Los ojos de Izuku, tentativos, se dividen entre ambos prisioneros. Al final se clavan, por supuesto, en Moonfish.

Su aspecto llama la atención.

Va vestido todo de negro, con ropas viejas y descuidadas. Su cabeza está cubierta por una capucha, pero se alcanza a ver parte de su rostro. En vez de nariz, tiene sólo una fea cicatriz. Lleva los ojos cubiertos por un pedazo de tela negro y nadie se ha atrevido a quitárselo. Katsuki no los culpa. El resto de su aspecto es horrible. Y hay algo de él que huele asqueroso, como a pescado podrido.

—Trajiste a alguien nuevo, Rey Bárbaro.

Su voz es como un gruñido profundo, pero se oye vieja y decrépita por la falta de dientes.

Katsuki alza la mirada, buscando el rostro de Izuku.

—Le faltan dientes —apunta el príncipe. Traga saliva. Sus ojos van de un lado a otro. Probablemente su voz salió de improviso, antes de lo que hubiera deseado.

—¿Acento del sur?

Moonfish se ríe. Katsuki odia sus carcajadas. Sospecha que las usa para ganar tiempo. Llevan días intentando sacarle cualquier dato sobre Shigaraki.

—Le crecen y los usa como armas —espeta Katsuki—. Denki dijo que olía a magia maldita. Mina se los sacó. Pero vuelven a crecer.

—¿Me trajiste al príncipe traidor, Rey Bárbaro?

—Cállate —espeta Katsuki. Su mano se dirige hasta la empuñadura de su espada.

Izuku vuelve a tragar saliva.

—Nunca lo había visto —murmura—. Sé que Shigaraki usa…

—¡Tomura Shigaraki no usa a nadie! —espeta el otro, desde atrás. Katsuki voltea la cabeza.

—¡¿Y dónde está ahora tu señor, eh?! —espeta.

Izuku se tensa.

Katsuki nunca ha duda que sea valiente. Lo es. Lo puede ver en su mirada decidida y en la manera en que respira, intentando conjurar a la tranquilidad.

—¡Atacará! —grita Moonfish—. ¡Atacará y ustedes se arrepentirán!

Katsuki desenvaina la espada y se pone en cuclillas. Apunta la espalda hasta el rostro de Moonfish y, sin llegar a lastimarlo, le pone la punta de ella en la mejilla.

—Oh, interesante, me encantaría oír más sobre ello.

Moonfish escupe.

—Cómo si te fuera a contar, Rey Bárbaro.

Izuku balancea su peso en un pie y luego en otro. Está incómodo. Katsuki puede advertirlo aunque todavía no sepa del todo por qué.

—¿Qué les prometió Tomura Shigaraki? —pregunta, por fin. Su voz clara—. Sólo… sólo quiero saber eso. —Lo último suena mucho más titubeante y ambos prisioneros se dan cuenta. Alterna la mirada entre uno y otro. El tono es patético y casi parece una súplica.

—Cómo si te fuéramos a contar —espeta Moonfish—, príncipe traidor.

Katsuki bufa, sin poder contenerse.

—No le suplicas a los prisioneros, príncipe.

—Quiero saberlo —insiste Izuku. Al menos, esa vez su voz sale con más fuerza. Parece que se va acostumbrando, poco a poco, a la situación en la que está metido. Probablemente nunca vio los calabozos de Hisashi Midoriya desde la perspectiva que está viendo ahora a esos dos prisioneros. Quizá los vio desde el lado de la injusticia infinita del rey. Quizá. Pero no tiene ninguna certeza. Hay cosas que Izuku que siguen siendo un misterio para él y las va descubriendo poco a poco—. Quiero saber qué les prometió para que se rebajaran a atacar niños. O para atacar sin honor alguno, por la espalda. ¡Ni siquiera nuestros ejércitos están tan carentes de principios!

Ah.

Los porqués.

Pesan y duelen.

Katsuki quisiera abrazar a Izuku y apretarlo contra su pecho.

Esas preguntas no son nuevas. Quizá lleva acumulándolas desde siempre. Cada vez más. Una gota de agua tras otra y luego otra más hasta formar un charco que se convierte en lago y desemboca al mar. Matan cuando no hay respuesta alguna y sólo se hacen a los Dioses —en el caso de Izuku a La Madre—, pero matan más cuando tienes a un enemigo que te responda. No todos entienden el honor de la batalla. No todos son criados con esos principios. La crueldad existe y verla a la cara es enfrentarse a otros iguales que están dispuestos a las más terribles abominaciones.

Mirar la maldad a la cara y salir vivo es muy difícil.

—¿Por qué te importa?

La voz del de los músculos es sardónica. Katsuki no le da importancia. Casi todo lo que sale de la boca de esos son es blasfemia o insulto.

—¡Nos prometió libertad! —grita Moonfish.

Y entonces sí, en el dolor tan vivo en los ojos verdes y grandes de Izuku que le quitan la respiración a Katsuki —incluso al verlos tan vulnerables—, se pinta la curiosidad.

—¿Libertad?

Moonfish se ríe. Sus carcajadas chocan contra cada piedra, cada mota de polvo. Inundan la estancia, pero no son suficientes para la curiosidad de Izuku. Sus ojos son una pregunta infinita, permanecen abiertos, atentos.

—Un mundo donde haya lugar para los malditos.

Katsuki lo ve morderse la lengua y se da cuenta que, aunque Izuku no entiende la crueldad de ninguno de los dos prisioneros, entiende la desesperación de encontrar un lugar para ellos. Todo en su rostro lo dice.

El príncipe se lleva la mano a la barbilla.

—Shigaraki es, después de todo, un hechicero maldito —murmura.

Katsuki no sabe qué quiere decir. Entonces lo ve ponerse en cuclillas, tal cual como él, que no ha dejado de apuntar con su espada a Moonfish.

—Eso puedo entenderlo —dice. Su voz es amable, la voz de alguien que entiende. El Rey Bárbaro no entiende cómo eso es posible, pero es Izuku, que es capaz de darle un sentido a lo más descabellado—. Sin embargo, no creo que haya lugar en este mundo para alguien que intenta asesinar a un niño o a alguien indefenso en este mundo. —Su voz se vuelve dura, implacable—. No creo que debiera hacerlo. No creo que eso tenga que existir.

Moonfish vuelve a reírse. El otro prisionero lo hace también.

—¡Y sin embargo, aquí estamos! —truena la voz con forma de gruñido, fría y decrépita—. ¡Shigaraki acabará con todos ustedes!


El resto del día, Izuku está mucho más callado de lo normal. Piensa. Se encierra en la biblioteca. Habla largo rato con el gato de dos colas, porque lo encuentra tomando el sol en una de las ventanas. Katsuki los ve a lo lejos, sin atreverse a interrumpir sus pensamientos. Izuku alza la mirada y, al descubrirlo en la entrada de la biblioteca, sonríe. Katsuki le dedica un asentimiento y se marcha. «Nos veremos más tarde», quiere decir.

Se pregunta cómo sería su historia en tiempos de paz.

Un romance tranquilo y apacible, como los árboles que florecen en primavera, poco a poco. Lleno de tiempos muertos en la biblioteca, donde Katsuki no se sienta responsable todo el tiempo por lo que hizo o ha hecho. Donde Izuku no hubiera sido una moneda de cambio ni un premio de guerra que respiraba y tenía sueños al llegar a su fortaleza. Sin embargo, es incapaz de imaginárselo.

Y no es que carezca de imaginación. Su madre se la metió a base de zapes y de historias. Le dijo que eran importantes una y otra vez. Parte de la identidad de su pueblo.

Es simplemente que le parece imposible.

El norte y el sur llevan tantos años peleando que no concibe cómo sería un mundo en el que estén en paz, ni que acontecimientos permitiría que un príncipe sureño tuviera la libertad de amar a quien deseara. Izuku se ha procurado esa libertad para sí con lágrimas y una traición. No se le ocurre en qué tiempo podría ser posible que un matrimonio de ese calibre fuera factible. En el sur siempre se han casado por descendencia o deber. En el norte el amor siempre ha estado en primera fila. Son libres y defenderán su libertad hasta el último día.

Izuku toca a su puerta, para cenar con él. Le informa que Mina, Ochako y Tsuyu han decidido pasar la noche con una cena en los jardines junto a Kyoka y Momo.

—Pasa —dice Katsuki.

El príncipe apenas si dice una palabra durante la cena. El Rey Bárbaro lo deja estar a gusto con sus pensamientos.

Qué diferente de sus primeros encuentros, cuando le frustraba la apariencia más pasiva de Izuku, sin ver la fuerza que había dentro de él, sin asomarse a su fortaleza.

Al terminar la cena, Izuku carraspea.

Katsuki alza los ojos y se encuentra con su mirada. Siempre será difícil recordar como respirar cuando lo miran tan profundo.

—Kacchan —dice Izuku. Después hay una pausa, como si estuviera poniendo en orden sus pensamientos—. Sé que los prisioneros no saldrán vivos de esta fortaleza. Sé también que no me lo has dicho. Lo entiendo. Sólo dime que no es por venganza por mí. Dime que es por justicia y honor y no es sólo…

—No hay honor en aquellos que atacan a quienes van indefensos —responde Katsuki, con la voz dura.

Entonces Izuku respira con más facilidad.

Se pone en pie y extiende una mano.

—Vamos a tu balcón —pide—. Quiero ver las estrellas, Kacchan. Quiero alzar la vista y ver el cielo lleno de ellas antes de que llegue el invierno. Tengo un presentimiento. —Katsuki se pone en pie y busca su mano—. Lo siento en todo el cuerpo. Dice que disfrutemos esta noche.

Salen al balcón y las estrellas los reciben.

—Cuéntame esa historia entonces —pide Katsuki y lo abraza por detrás, dejando que el príncipe se acomoden en su pecho de manera que pueda ver el cielo nocturno—. La del mago y el hada. A cambio, besaré cada pedazo de tu cuerpo. Cada cicatriz, cada surco, cada peca, cada lunar. Tus dedos, uno a uno. Tus cadenas. Todo.

Le parece que Izuku sonríe.

—Sea, Kacchan. Me parece un buen trato. Una historia a cambio de todos tus besos.


Nota de este capítulo:

1) Muscular (que aquí no tiene ese nombre) y Moonfish (que sí) fueron una excusa para hablar un poco de Katsuki e Izuku y cómo conciben el honor y la justicia y los castigos. Son parecidos pero tienen sus diferencias. Izuku usa mucho la vía de la empatía, incluso cuando considera reprobable lo que hacen Muscular y Moonfish. A ninguno le gusta matar fuera de una pelea, eso sí. Me parece algo clave de ellos en el fic y lo decidí medio inspirándome en el canon y en cómo Izuku concibe ser un héroe y cómo Katsuki lo ha estado descubriendo.

2) Además, quería hacer un cameo de Moonfish, sue me. En niño muerto es Mustard. También Ragdoll y el resto de su equipo andan por este capítulo. Dios, el fic es largo por la cantidad de personajes. Y sigue Gigantomachia que me va a servir para resolver uno de los conflictos principales de la historia.


Andrea Poulain